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En 2005, cuando el huracán Katrina golpeó Nueva Orleans, destruyendo todo a su paso, América descubrió bruscamente que el desorden climático no era una ilusión. Es una catástrofe de consecuencias dramáticas que mata masivamente: inundaciones en Mozambique en el 2000, oleadas de calor en Europa en el 2003, sequía extrema en Australia en el 2006, ciclones repetidos en el Caribe. Las alarmas se multiplican frente a la magnitud de los daños.
El Jurado del Premio Nobel de la Paz envió una fuerte señal en 2007, concediendo el premio a aquellos que luchaban por llamar nuestra atención. El profesor Pachauri, a la cabeza de un centenar de expertos, demostró científicamente la realidad del calentamiento global. Compartió el premio con Al Gore, excandidato a la presidencia de los Estados Unidos, que utilizó la película documental "Una verdad incómoda" para alertar de la magnitud del peligro.
La confirmación de que el mundo se estaba tomando el cambio climático un poco más en serio no se trataba del Nobel de química o de física, se trataba del Nobel de la Paz. Quiso dejar clara la relación que veía entre la paz y el cambio climático. Hoy todos sabemos que los grandes equilibrios planetarios están amenazados. Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Para comprenderlo, hay que remontarse atrás en el tiempo y hablar de las catástrofes medioambientales que sacudieron el mundo y de las alarmas que despertaron nuestras conciencias.
Diez desastres que cambiaron el mundo. La primera catástrofe ecológica golpeó Londres durante el invierno de 1952, causando millares de víctimas. Aquellos primeros días de diciembre, nadie conocía la causa del extraño de guisantes que caía sobre el valle del río. No se veía nada a un metro de distancia. David Attenborough, gran especialista en medio ambiente, iniciaba su carrera como periodista en Londres. Recuerdo perfectamente salir del tren y tener que ir tanteando para subir las escaleras y tener que ir mirando los nombres de las calles.
Una niebla en Londres no tenía nada de excepcional, pero lo espantoso de aquella es que no era blanca, era amarilla. Una suciedad amarilla que te hacía toser. Los médicos informaban de que las personas con problemas respiratorios estaban en peligro de muerte. Entonces comprendimos que estaba ocurriendo algo terrible.
Enfrentados a aquella niebla tóxica, los británicos se organizaron. Por todas partes, en las esquinas de las calles, se vendían mascarillas que se esperaba protegieran a la población. Vano intento. La niebla mató a 4,000 personas durante los primeros cinco días y a unas 8,000 en las semanas siguientes. Esta primera alarma ecológica no fue el resultado de una fatalidad, sino de una decisión económica. Durante aquel periodo de desarrollo industrial, Inglaterra exportaba su mejor carbón y guardaba el de mala calidad para las necesidades del reino.
Aquel carbón, utilizado en las fábricas y para uso doméstico, liberaba con la combustión un polvo negro que dejaba rastro por todas partes. A nadie le preocupó hasta que el rigor del invierno de 1952 obligó a los londinenses a cargar las estufas más que de costumbre para calentarse. En la capital, el aire se hizo repentinamente irrespirable y se descubrió entonces que la polución tiene consecuencias dramáticas en la salud de los ciudadanos. Aunque se sabía que el humo del carbón de baja calidad podía matar, los británicos tuvieron que acostumbrarse a vivir con el smog.
Durante los años siguientes, no sin cierto sentido del humor, hubo que esperar cuatro años después de aquella alarma ecológica masiva para que los humos negros fueran prohibidos en la ciudad, gracias a la primera Ley de Protección del Aire, aprobada en 1956. Londres podía respirar de nuevo normalmente. La industria en las ciudades y la utilización de un combustible tóxico en un lado del Atlántico, fe ciega en el progreso tecnológico.
Al otro lado del océano, fue la polución química la que amenazó a los norteamericanos. Durante los años 50, el DDT, utilizado durante la Segunda Guerra Mundial para luchar contra los insectos transmisores de enfermedades, acababa de ser adoptado por el Departamento de Agricultura. Las películas de propaganda lo decían: era el insecticida milagro.
"Because we're fighting a total war, a search for a more powerful insecticide was imperative. The answer to the quest was found in DDT." DDT afecta el sistema nervioso y la coordinación motora del insecto. Luego, en secuencia, siguen inquietud, temblores, convulsiones, parálisis y muerte. En la carrera por la productividad, la eficacia del DDT permitía soñar con una agricultura sin insectos. La aspersión sistemática de los terrenos agrícolas prometía cosechas cada vez más abundantes y funcionaba.
Los supermercados norteamericanos rebosaban de frutas y hortalizas atiborradas de insecticidas, pero de un aspecto espléndido. Los norteamericanos, convencidos, extendieron el campo de acción del DDT. Después de rociar los campos, rocían el ganado, después los humanos. Mientras parecía que médica desaparecía bajo una nube de DDT y otros pesticidas, una voz se elevaba para denunciar los peligros de aquel uso indiscriminado.
Ecologista adelantada a su tiempo, la bióloga Rachel Carson fue la primera en dar la voz de alarma. Demostró que los pesticidas impregnaban el aire, el agua y los terrenos. Años después de su expansión, si no tenemos cuidado, concluía, los cantos de los pájaros no serán más que un lejano recuerdo y la primavera será silenciosa. "Primavera silenciosa" es el título del libro que Rachel Carson publicó. Desde su aparición en 1962, causó el efecto de una bomba.
Cuando se publicó el libro de Rachel Carson, yo trabajaba en el Departamento de Agricultura, de manera que pude observar personalmente el impacto de su análisis, ya que afectaba a todas las actividades del departamento. La primera reacción de los científicos de la burocracia fue la crítica, porque el análisis cuestionaba su modelo. Los grupos de presión, los industriales y miembros del Departamento de Agricultura de Estados Unidos contraatacaron inmediatamente. Contrataron al Dr. White, científico de renombre.
La virulencia de los ataques de la industria química, preocupada por defender sus intereses, benefició al libro, que se convirtió en un éxito mundial. En la televisión estadounidense, Rachel Carson defendía sus posiciones. Más de 15 millones de telespectadores se enteraban en directo de que el uso masivo de pesticidas era una amenaza para la salud pública. Después de la emisión del programa, llegaron miles de cartas a la Casa Blanca.
Esta movilización sin precedentes de la opinión pública estadounidense está en el origen de la primera ley sobre el uso de pesticidas. Fue firmada por el presidente Lyndon Johnson dos años después de la aparición de "Primavera silenciosa" y poco después de que su autora muriera de cáncer, reclamando que se evaluara el impacto de los productos químicos sobre el medio ambiente y la salud. La bióloga Rachel Carson introducía la idea del principio de precaución. Esta recomendación está todavía en uso.
La Unión Europea hizo su primer inventario de sustancias químicas y con gran sorpresa descubrió que el número de sustancias en el mercado era del orden de 100,000. También descubrimos que el 97% de esas sustancias no habían sido sometidas a una evaluación. El coste humano es enorme. De otra manera, no se puede explicar el aumento de la incidencia del cáncer, siendo este la primera causa de muerte actualmente.
De forma que tenemos una epidemia mundial de cáncer que en gran medida está relacionada con esta política totalmente irresponsable. Estas políticas irresponsables, que han descuidado la evaluación de riesgos para el medio ambiente y la salud de la población, tienen una característica común en todo el mundo: en nombre del progreso, anteponen el beneficio inmediato al interés público.
Uno de los ejemplos más aterradores lo encontramos en Japón durante los años 50, con una dimensión adicional. Esta vez, las consecuencias desastrosas de la polución fueron ocultadas intencionadamente bajo el pretexto del desarrollo industrial. Todo comenzó en la Bahía de Minamata, una región que vivía tradicionalmente de la pesca. En 1952, los gatos, muy numerosos en esta zona costera, parecían estar volviéndose locos, agitados por extraños temblores. Abrevian sus sufrimientos arrojándose al mar.
Nadie prestó mucha atención al suicidio de los gatos hasta que años después los mismos síntomas empezaron a presentarse en humanos. El profesor Jada inició su carrera médica en Minamata. Sacudían las manos incontrolablemente, no entendíamos lo que decían y bababan todo el tiempo. No podían caminar en línea recta porque les flaqueaban las piernas, un poco como a los borrachos.
Los síntomas del extraño mal eran aterradores: convulsiones, pérdida de visión, del oído, del equilibrio, daños irreversibles en el sistema nervioso y, para los más gravemente afectados, una agonía atroz. La inquietud se hizo aún mayor cuando las madres empezaron a dar a luz a criaturas gravemente discapacitadas. Aquella enfermedad, desconocida para la cual no había cura, se propagaba principalmente en el seno de las familias de pescadores.
Por temor al contagio, estas familias fueron marginadas por la sociedad. Las sospechas apuntaban a la compañía petroquímica Chisso, principal empleadora de la población local, que se había instalado en la Bahía de Minamata desde los años 30. La fábrica utilizaba el mercurio como catalizador en la fabricación del plástico. Las aguas residuales con mercurio se vertían directamente al mar y acabaron contaminando el fondo marino.
Si bien todos sospechaban de Chisso, nadie tenía pruebas para cerciorarse. El médico de la empresa reunió en el mayor de los secretos a los empleados encargados de la investigación, llevando a cabo experimentos con gatos, los primeros que desarrollaron la enfermedad. Intentaban comprender el origen de aquel misterioso mal.
Enseguida se tuvo la certeza de que los fenómenos observados estaban relacionados con la contaminación por mercurio del fondo marino, pero el secreto fue cuidadosamente guardado. Si uno hablaba del asunto con personas ajenas a la empresa, era de perito. Estaba terminantemente prohibido hablar de ello y en la fábrica había una especie de acuerdo tácito para no hablar del tema.
Fue en 1959, tres años después de la aparición de los primeros síntomas en humanos, cuando investigadores independientes comprendieron por su parte el origen de la misteriosa enfermedad. Lo anunciaron públicamente. Los pescadores se organizaron para llamar la atención sobre su suerte, bloquearon el puerto, se manifestaron delante de la fábrica y reclamaban el cese inmediato de los vertidos de mercurio.
La respuesta de los dirigentes fue el envío de enérgicos soldados, pero la polémica continuó. Para parar los rumores, la empresa instaló un filtro gigantesco que supuestamente purificaba las aguas vertidas al mar. Era un simulacro que no impedía en absoluto la contaminación con mercurio, un veneno mortal que los pescadores seguían recogiendo en sus redes.
Este crimen ecológico contra la humanidad se llevaba a cabo con pleno conocimiento de causa por parte de los directivos industriales, apoyados por las autoridades. Mientras los pescadores morían, Chisso se citaba como ejemplo, era el florón del triunfo económico del país. En 1966, finalmente cesaron los vertidos de mercurio al mar. No hubo pesar ni arrepentimiento; la compañía simplemente descubrió un proceso de fabricación más rentable.
Mientras Chisso daba por terminado el asunto del mercurio, los pescadores, a los que se habían unido las primeras asociaciones ecologistas japonesas, no cedían. En 1973, casi 20 años después de la aparición de la enfermedad, consiguieron que se condenara a la compañía asesina.
En el transcurso del decenio siguiente, los años 60, con el consumismo y el crecimiento ilimitado, el problema de la polución se agravó. Fue la consecuencia directa de nuestras elecciones como sociedad. El petróleo, que se había convertido en indispensable para el buen funcionamiento de la economía, será el origen de las siguientes catástrofes.
A lo largo de las costas bretonas, por donde transitaban los petroleros que abastecían a una parte importante de Europa, los naufragios se multiplicaban. En marzo de 1978, con la catástrofe del Amoco Cádiz, comienza en Francia la mayor marea negra de la historia.
"Nous sommes quelques mètres de la Mokad et le spectacle est vraiment très impressionnant. Je vous assure, on entend des bruits sinistres qui se dé du bateau. Voyez ma main, si je plonge ma main davantage du pétrole. Je crois qu'il y a 30, 40, 50 cm. Je ne sais pas exactement combien." Durante dos semanas, mientras el barco se partía en los acantilados, la totalidad de la carga se vertió al mar, empujada por los vientos y las corrientes. Pronto cubrió la costa bretona.
La imagen de este cormorán atrapado en el crudo dio la vuelta al mundo. Los alcaldes de las comunidades de Bretaña contrataron a dos jóvenes abogados especialistas en medio ambiente para defenderse. Aún desconocidos para el gran público, la abogada Corinne Lepage y su marido y asociado, Christian, llevaron a los tribunales de su propio país a la compañía petrolera norteamericana responsable del vertido.
"Y yo pasé varias noches en vela atreviéndonos a llevar a 90 comunas, dos departamentos, no sé cuántos centenares de profesionales a los Estados Unidos con un caso que era, cuando menos, muy aleatorio, porque había que conseguir un fallo favorable de la justicia norteamericana en un tipo de proceso que nunca antes se había producido." Era el primer proceso de contaminación marina, no había precedentes.
Habría que esperar 14 años, 14 años de batallas legales, para que la corte de apelación de Chicago obligara al contaminador a pagar por los daños causados en Bretaña. El juicio del Amoco Cádiz marcó un punto de inflexión. Por primera vez, una compañía petrolera poderosa fue condenada en base al principio de "el que contamina, paga".
Esta victoria indiscutible, sin embargo, no protegería a los mares durante mucho tiempo. Una de las consecuencias perversas del asunto del Amoco Cádiz fue que las petroleras cambiaron de táctica. Vendieron sus flotas a otras sociedades, unas otras más turbias, y se convirtieron en simples fletadores.
Es decir, ¿qué es un fletador? Es el que elige el barco y, naturalmente, procuraban reducir los costes. ¿Y cómo se reducen los costes de fletamento? No es difícil: presionando a las sociedades propietarias, quienes a su vez respondían a la presión, mal pagando a las tripulaciones y no haciendo las reparaciones necesarias.
Y así fue como se produjo el "Élica", el naufragio más espectacular ocurrido cerca de las costas bretonas desde 20 años. Un petrolero de 180 metros de largo, literalmente cortado en dos. "Il a 3 heures pour secourir l'équipage."
"Miamos un sistema que permita que el principio de 'contamina, paga' sea virtuoso. En otras palabras, que haya un círculo virtuoso que mueva a todos los actores de la cadena a avanzar en los aspectos de seguridad y la prevención de accidentes."
En torno a estas dos constataciones comenzó a organizarse el movimiento ecológico, que se reforzaba al hilo de las catástrofes. En Europa se fundaban los primeros partidos verdes, que expresaban la voluntad de no sacrificarlo todo en aras de la economía y defendían políticas más preocupadas por el medio ambiente, enfrentadas a regulaciones que se endurecían notablemente.
Después de la catástrofe ecológica provocada por la nube de dioxina escapada de la fábrica química de Seveso en Italia, las multinacionales buscaron nuevos terrenos de acogida en los países del Tercer Mundo. La protección del medio ambiente parecía una preocupación de ricos, mientras que el desarrollo industrial era vital para salir de la miseria.
La lógica del beneficio a cualquier precio tendría todavía mucho tiempo por delante. En la India, en Bhopal, será el origen de la peor catástrofe industrial conocida hasta el momento. Durante la noche del 2 al 3 de diciembre de 1984, una nube tóxica formada por los gases más peligrosos de la industria química escapó de la fábrica de Union Carbide. Varios de los sistemas de seguridad destinados a impedir este tipo de accidentes no funcionaron.
Mientras la nube tóxica se extendía por unos 25 km, la mayor parte de la población del barrio de chabolas que rodeaba a la planta industrial dormía. Sonó la alarma y cundió el pánico entre los cientos de miles de personas que se encontraban intoxicadas, algunos fatalmente. Buscaban en vano el auxilio que tardó mucho en llegar.
El gas atacaba primeramente a los ojos y provocaba una ceguera temporal o definitiva, según los casos, antes de penetrar en los pulmones y provocar asfixias mortales. En las primeras 24 horas, esta contaminación química mató a 4,000 niños, mujeres y hombres.
Banda Siva, una de las grandes figuras de la ecología mundial, comenzó su lucha a raíz de la catástrofe de Bhopal. Aquella noche de diciembre de 1984 no se olvidará jamás en la India. El accidente ilustra particularmente la actitud agresiva y violenta del hombre moderno con la naturaleza, en aras de un único objetivo: el de generar beneficios.
En la India, como en todas partes, es la búsqueda constante de beneficios lo que explica el accidente increíble de Bhopal. La fábrica, abierta para asegurar el monopolio de pesticidas en Asia a la multinacional norteamericana Union Carbide, no era rentable. Ante la amenaza de cierre, la dirección de Bhopal redujo gastos, despidiendo a parte del personal cualificado y reduciendo al máximo los costos de producción de su filial India.
Los responsables estadounidenses sacrificaron la seguridad de la población local. El denominador común de todos estos desastres medioambientales es la separación entre beneficio y responsabilidad. En mi opinión, esa división es la causa de las catástrofes ecológicas, porque los que se enriquecen de este modo nunca pagan.
Los directivos de Union Carbide rechazaban toda responsabilidad en la catástrofe. Además, sus abogados se las apañaron para que el asunto se dilucidara en la India y no en los Estados Unidos, lo que les permitió ahorrar una fortuna en indemnizaciones. La cantidad que se destinó a cada víctima era irrisoria, alrededor de 715.
Hubo diversos incidentes que supusieron una toma de conciencia lenta y gradual de la crisis ecológica y social. Estaba Bhopal, estaba la enfermedad de Minamata, que demostraban que el progreso técnico no necesariamente conlleva el progreso humano. Si no controlamos el progreso técnico democráticamente, puede volverse contra nosotros.
La cuestión del progreso tecnológico, en el que no se controlan las consecuencias, está en el fondo mismo de los movimientos de oposición a la energía nuclear que surgieron en Europa a finales de los años 70. Algunas de aquellas manifestaciones marcaron la historia de la ecología, tanto por su magnitud como por la dureza con que se reprimieron.
En Francia, la marcha de 60,000 personas contra la construcción de la central nuclear de Creys-Malville acabó con un baño de sangre. El joven manifestante Vital Michalon resultó muerto por una granada. Pero aquellas concentraciones no bastaron para poner en cuestión el desarrollo de la energía nuclear. Este tipo de energía era defendido por los poderes públicos como una alternativa segura a la dependencia del petróleo, cada vez más y más costosa.
La catástrofe sin precedentes que se desencadenó el 26 de abril de 1986 en Chernóbil daría un vuelco a la situación. Elad afirmó en varias ocasiones que cerca de los nucleares no pasaría nada. Para los especialistas de todo el mundo, la central nuclear de Chernóbil estaba a la cabeza de la tecnología. De hecho, fue un simulacro de apagón el origen de la catástrofe.
Los errores se encadenaron, los protocolos de seguridad no fueron respetados. El pánico se apoderó de los ingenieros a cargo del simulacro y todo eso provocó la más grave explosión nuclear civil que ha conocido la humanidad. La mañana del accidente, a 3 km de Chernóbil, en las calles de Pripyat, villa especialmente construida para las familias de los empleados de la central nuclear vecina, nadie sabía lo que acababa de ocurrir.
Incolora, inodora, invisible, la radioactividad emitida por la columna de gas en fusión que se elevaba a más de 1,000 metros sobre el reactor destripado comenzó a disiparse. Las primeras informaciones que recibimos fueron las siguientes: un accidente, un incendio. Nadie habló de una explosión. Al principio no se dijo nada de una explosión.
Las consecuencias de aquella mala información fueron particularmente dramáticas. Durante aquel primer día, los habitantes disfrutaban tiempo al aire libre. La máxima autorizada de radioactividad a ese ritmo, la dosis mortal se adquiriría en solo cuatro días. Los flashes blancos que se aprecian en las imágenes son debidos a los efectos de la radioactividad sobre la película.
Cuando los militares fueron enviados a tomar las primeras medidas del nivel de radiación en las calles, los viandantes curiosos observaban sus extraños atuendos, pero no había información oficial alguna en el Kremlin. Las cifras provocaron un verdadero shock. Jamás se había registrado tal nivel de radioactividad. Nuestros antiguos criterios eran completamente inútiles.
Por supuesto, habíamos tenido accidentes nucleares anteriormente, igual que los Estados Unidos, pero aquello se había mantenido en secreto. Nunca se había producido un accidente de semejante magnitud. Incluso pensábamos que el reactor estaría de nuevo en funcionamiento para el mes de mayo o junio.
En el Kremlin, las cifras provocaron un verdadero shock. Finalmente, se ordenó la evacuación de Pripyat. Con las manos vacías, los habitantes de la pequeña villa ignoraban que no volverían jamás. Un tercio de ellos moriría a consecuencia de la exposición a la radioactividad. Durante los meses siguientes, las primeras fotos satelitales mostraban al resto del mundo la central destripada.
48 horas después de la tragedia, millones de partículas se elevan sobre el cielo europeo y forman rápidamente una nube que cubre todo el continente. Se disparan las alarmas en toda Europa, en toda, excepto en Francia. "Il faut bien faire la différence entre le possible et le réel."
Durante el accidente, el Antic desor se desarrolló. La meteo afirma que permanecerá hasta el viernes próximo. Recuerdo que presentaba el informativo de las 13 horas en el momento de la catástrofe de Chernóbil y nos explicaron que la nube tóxica estaba atrapada en la zona de Chernóbil y alrededores y que no había nada que temer en Francia.
Al mismo tiempo, recibíamos imágenes del extranjero de la EVN que nos mostraban los informativos de televisión de Suecia y Alemania, que indicaban claramente que la nube no había quedado restringida a sus fronteras nacionales. "Copenhague, il y a une véritable rée dans les pharmacies où l'on vient se procurer des tablettes d'iodes pour se protéger des retombées radioactives."
La inquietud amenaza. "On peut demander au do pin, oui, je viens d'apprendre ce que vous nous dites sur le comportement des Scandinaves. On a fait tellement de catastrophisme sur le plan du nucléaire qu'on risque de déclencher des paniques."
Entonces, me dirigí a la Universidad de Villanueva, donde había un instituto de física nuclear. Nos presentamos allí con vegetales, tierra, agua, muestras de leche y llegamos y pusimos todas las muestras delante del espectrómetro. Todos, incluido el profesor de la facultad, quedamos sorprendidos con las lecturas, particularmente con los niveles de cesio que subían y subían en el espectro.
Vimos que todas las muestras que habíamos reunido estaban contaminadas con cesio 137 y había rutenio y yodo. El profesor de la facultad se dijo: "No puede ser, ¿cómo va a estar contaminado el drom y nosotros no?" Y entonces bajó al campo de césped de la facultad y tomó unas muestras y vio que allí también había contaminación.
La gente decía: "Si fuera peligroso, nos lo habrían dicho." Pues bien, es peligroso. Esa contaminación podría provocar cáncer de tiroides en los años sucesivos. Y ellos dijeron: "No puede ser, es imposible." ¿Y qué pasó? Que se dispararon los casos de cáncer de tiroides.
Yo creo que no querían alarmar a la población francesa porque lo que había ocurrido en Chernóbil podía poner en peligro el programa nuclear francés. Mientras en Francia el silencio era abrumador, la Unión Soviética se embarcaba en la batalla más importante que libraba desde la Segunda Guerra Mundial. Durante siete meses, 700,000 hombres emplearon en Chernóbil. Se llamaron los liquidadores.
Ningún ser humano con índices tan altos de contaminación radioactiva. "90, 1, 2, 3, 4, 90, 90." Con el fin de cubrir el reactor abierto que continuaba ardiendo, los liquidadores construyeron un sarcófago gigante de hormigón y acero. Gracias a estos hombres, se pudo evitar una segunda explosión del reactor de Chernóbil, con una potencia diez veces superior a la de Hiroshima. Habría destruido la mitad de Europa.
Después de su heroicidad, los liquidadores se repartieron por las cuatro esquinas de la URSS. 100,000 de ellos morirían como consecuencia de la radiación antes de cumplir los 40 años. En cuanto a los millones de personas que siguen viviendo hoy en las zonas contaminadas, sufren una alta incidencia de diversos tipos de cáncer, patologías inéditas y enfermedades genéticas nuevas.
Desde Chernóbil, no volvió a construirse ninguna central nuclear en la antigua Unión Soviética, pero el actual gobierno ruso acaba de anunciar el relanzamiento de su programa nuclear. Hoy en día, observo que tendemos a tomarnos muy a la ligera las consecuencias de aquella catástrofe. No deberíamos. Deberíamos recordar siempre lo que ocurrió.
Chernóbil debería ser siempre para nosotros una lección y una advertencia. Con Chernóbil conocimos algo que antes desconocíamos: qué es una catástrofe nuclear. Chernóbil respondió a la pregunta: hoy sabemos qué es todo aquello que los promotores de la energía nuclear intentaron ocultar. Siempre quedó al descubierto gracias a numerosos testimonios.
Así que ahora la pregunta que se le debe hacer al ciudadano es: "¿Escuche, una catástrofe como esta puede suceder?" Afortunadamente, no pasa todos los días. Las probabilidades son escasas, pero para tener electricidad, ¿corremos este riesgo o no? En la historia de la ecología, la explosión nuclear marcó un antes y un después. Era la primera vez que un accidente de tales consecuencias tenía lugar.
Hasta entonces, las catástrofes, por muy dramáticas que fueran, quedaban limitadas a una pequeña parte del globo. Con Chernóbil, fuimos conscientes de que podían afectar a todo un continente. Pero todavía no se habían terminado las sorpresas. A partir de mediados de los 80, el planeta en conjunto se enfrentaba a un grave peligro: la destrucción de los bosques tropicales.
Durante mucho tiempo se ignoró hasta qué punto la tala de árboles amenazaba la biodiversidad. Hoy sabemos que la deforestación tiene consecuencias fatales en el medio ambiente de todo el mundo. Estamos destruyendo el ecosistema en el que nos apoyamos para vivir y no hay civilización que pueda resistir la desaparición del ecosistema que la sustenta. Es imposible.
Las empresas, persiguiendo el beneficio a corto plazo, explotan los bosques a una velocidad superior a la de su capacidad de regeneración natural. Cuando uno viaja a un país intermitentemente, es decir, cuando uno vuelve a un país después de un intervalo de unos años, aprecia claramente la deforestación. Lo que antes eran cifras o estadísticas se convierte de golpe en algo visual.
Si continuamos a este ritmo, no llegaremos al final del siglo. Hacia el 2050, no tendremos una hectárea de bosques tropicales húmedos, que son los bosques más importantes de la red, los que tienen mayor riqueza en cuanto a biodiversidad. Hay que tener en cuenta que un medicamento de cada cuatro de los que se usan en nuestras sociedades utiliza las moléculas o los principios activos que se encuentran en la canopea del bosque tropical.
Eso la gente no lo sabe. La mayoría de las claves para la resolución de problemas médicos futuros probablemente se encontrarán o no se encontrarán, porque de momento somos incapaces de controlar la deforestación, el 80% de la cual es ilegal en la Amazonía, por ejemplo. En una economía global, la madera cortada se convierte en papel, muebles y material de construcción destinados a los países ricos.
El subdesarrollo, además, provoca el saqueo sistemático de los bosques. La madera transformada en carbón es la principal fuente de energía para calentarse y cocinar en Brasil. Chico Mendes fue uno de los primeros en denunciar los peligros de la deforestación masiva, denunciando la impunidad de los grandes propietarios de terrenos que se beneficiaban de la deforestación.
Chico Mendes se convirtió en un hombre señalado. No se desplazaba si no era acompañado de guardaespaldas y sobrevivió a seis intentos de asesinato. Pero un mes después de tomadas estas imágenes por una televisión extranjera, Chico Mendes fue abatido por dos asesinos a sueldo en diciembre de 1988.
Se descubre entonces que cuando la lucha por la ecología se intensifica, mata. Siempre que alguien le planta cara a intereses industriales, a intereses políticos, arriesga su vida. Naturalmente, nadie quiere morir. No hacemos esto para que nos maten, pero desgraciadamente, en ocasiones, es el precio a pagar.
Enfrentada al peligro que se cernía sobre el planeta, la lucha contra la deforestación dejó de ser un combate aislado. A principios de los 90, reclutó un abogado inesperado: Sting. El cantante fue la primera estrella de renombre internacional que se unió públicamente a la lucha por la defensa del medio ambiente.
"Pour une conférence de presse inédite, Sting et le chef indien expliquent dans un cal l' [Música] projet." Hoy, no solo el bosque amazónico está en peligro. Los bosques de Asia arden, incendios para despachar el trabajo rápidamente y responder a la creciente demanda de las industrias agroalimentarias, ávidas de nuevos terrenos de cultivo.
Más de 13 millones de hectáreas desaparecen cada año, el equivalente a un campo de fútbol por segundo. La cría de ganado y la agricultura intensiva de soja y aceite de palma reemplaza los árboles centenarios, los pulmones verdes de nuestro planeta. Últimamente, lo más espectacular que he visto es, desde luego, Borneo, con esos miles y miles de hectáreas deforestadas por el aceite de palma.
Y piensas en los orangutanes y piensas en el cambio climático. Cortamos los árboles más rápido de lo que pueden crecer, pescamos los peces más rápido de lo que pueden reproducirse y liberamos más CO2 de lo que puede absorber la atmósfera. Y hablas de ello con la gente de allí, se te ríen en la cara. Te dicen: "Un momento, para riqueza, gracias a esto tengo trabajo."
No podemos reprocharle a esa gente que esté deforestando, sobre todo porque el aceite de palma es para nosotros, o al menos en su mayor parte, para nosotros. Y si hablamos de la deforestación, por ejemplo, de la Amazonía, es para cultivar soja que va a alimentar a nuestro ganado. Nosotros somos los que creamos la demanda de productos que provoca la destrucción de los bosques.
Si se produce esa carne a expensas de los bosques, podemos decidir que no queremos esa carne. Y si no la compramos, el bosque estará a salvo. O sea, no puedes estar sentado en tu casa, en la ciudad que sea, y decir: "Yo no vivo en el bosque, no corto árboles, así que no soy responsable."
Tu vida, tu modo de vida, la manera en que utilizas los recursos, lo que comes, la ropa que te pones, tus valores, también tú puedes estar contribuyendo a la deforestación. Porque supo mostrarnos hasta qué punto cada uno de nosotros está implicado en el futuro del planeta.
Wangari Maathai fue la primera ecologista que recibió en 2004 el Premio Nobel de la Paz. La importancia del gesto es enorme. El mundo entero pudo conocer a quien, con su movimiento el Cinturón Verde, hizo plantar 30 millones de árboles en África. El Premio Nobel de la Paz es una manera de decirnos: "Esto arde, despierta, haz algo."
Y a fuerza de talar árboles, hemos olvidado que eran nuestros principales aliados contra la catástrofe ecológica contemporánea más grave de nuestra historia: el calentamiento global. Cada vez hace más y más calor en un planeta donde somos cada vez más y más personas produciendo.
Esta vez no son solo los militantes ecologistas los que advierten del peligro, sino también eminentes especialistas que, por todo el mundo, evalúan los monstruosos estragos ligados al crecimiento de la actividad humana, responsable de los famosos gases de efecto invernadero.
El aumento de la concentración de esos gases ha formado como una capa y parte del calor que debería volver al espacio, retenido y vuelve a la tierra. De esa manera, se recalienta la superficie de la Tierra. Hemos creado un nuevo patrón climático peligroso para todas las formas de vida.
Los glaciares se funden y desaparecen, los desiertos se extienden, las inundaciones, los huracanes, los ciclones se multiplican por todas partes del globo. Esta metamorfosis de la naturaleza amenaza hoy directamente los ecosistemas y la especie humana.
En respuesta a la magnitud de la amenaza, los líderes políticos intentan, por primera vez, organizarse juntos. La Cumbre de Río de 1992 fue una cita histórica. Jamás antes, en nombre del medio ambiente, se había producido tal concentración de jefes de estado. Jamás se había dicho de manera tan clara hasta qué punto nuestro modo de vida amenaza las generaciones futuras.
"Coming up here today, I have no hidden agenda. I am fighting for my future. Losing my future is not like losing an election or a few points on the stock market. I am here to speak for all generations to come. Are we even on your list of priorities?"
La joven no fue escuchada en Río. Todo quedó en agua de borrajas. Si bien todo el mundo estaba de acuerdo en los principios básicos, ningún país quiso comprometerse legalmente. Habría que esperar años más para que el mundo se diera una nueva oportunidad.
En la clausura de la Cumbre de Kioto, celebrada en 1997, los estados se comprometieron a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. "Rec the adoption of this protocol to the Conference by unanimity." Este avance histórico quedó rápidamente atemperado por la negativa de los Estados Unidos, principales contaminadores del planeta, a ratificar el protocolo.
En nombre del modo de vida norteamericano, que el presidente George Bush, recién elegido, no quería que se pusiera en cuestión. Pero un desastre se encargaría de recordar a los norteamericanos la urgencia de la situación. Una de las consecuencias del calentamiento global es la mayor frecuencia de los huracanes, que además son cada vez más violentos.
Katrina, el huracán que golpeó Nueva Orleans en agosto de 2005, tenía una fuerza demencial. Mató a 2,000 personas y arrastró todo a su paso. Más de 60,000 millones de euros desaparecieron bajo las aguas. Era el fin del mundo, transmitido en directo por televisión: cadáveres que nadie recogía, escenas de pillaje, refugiados que deambulaban turbados.
El sueño americano convertido en pesadilla. La potencia más grande del mundo no podía elegir. También a ella le afectaba el cambio climático. Ningún país industrializado puede seguir ignorando este reto. Después de la advertencia lanzada por el célebre economista del Banco Mundial, el coste de la inacción en materia de cambio climático estaría entre un 5 y un 20% del producto interior bruto.
Mientras que el coste de buscar combustibles alternativos, utilizar coches eléctricos, utilizar energía solar o eólica para producir electricidad, es decir, el coste de actuar, sería de un 1 o un 2% del producto interior bruto. Así que, lo mires por donde lo mires, es rentable actuar contra el cambio climático.
La lucha contra el calentamiento global ha sido ignorada durante mucho tiempo por los países emergentes. Los últimos en llegar a la era del desarrollo industrial, en aras del crecimiento económico, no se han preocupado del tema de la contaminación. Pero ha ido todo tan deprisa que hoy la India y China contaminan más que los Estados Unidos y cada vez se respira peor en las ciudades del continente asiático.
Es un poco como la H de la verdad. "Hoy, en 10 años, para cambiar las cosas, ¿seremos capaces de hacerlo?" Eso que dijo Al Gore: "Dentro de 20 años dirán: 'Vaya, es formidable, reaccionaron,' o dirán: 'Eran unos perfectos idiotas, lo vieron venir, lo sabían, porque todos sabemos lo que está pasando, pero no quisieron creerlo y no supieron reaccionar, no quisieron reaccionar.'"
Y si finalmente hubiera otra catástrofe que nos obligara a reaccionar, la crisis económica sin precedentes que atravesamos demuestra que nuestro modelo de crecimiento ha quedado obsoleto. Hay que encontrar otra forma de vivir, más respetuosa con los recursos del planeta.
Por primera vez en mucho tiempo, los Estados Unidos entreabren la puerta a la ecología. El presidente Barack Obama cita la economía verde como medio de salir de la recesión. "Del discurso hay que pasar a los hechos." Mientras tanto, la banquisa continúa derritiéndose.