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Buenos días.
Me llamo Lis Nicolás y soy profesora aquí en la Universidad Popular de Logroño. Hago paseos en familia al aire libre. Estoy hoy aquí para presentaros a una persona muy especial, con una carrera profesional extraordinaria, una mujer impresionante.
Ella es licenciada en física teórica y doctora en medicina en neurociencia en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha trabajado como docente y como investigadora en varias universidades, en la Universidad Complutense de Madrid en neurociencia, en el laboratorio de neurociencia computacional y cognitiva, también en el Instituto Max Planck en Frankfurt y en el King’s College en Londres.
Después de esta trayectoria profesional, decide reorientar sus investigaciones hacia el campo de la meditación y sus efectos en el cuerpo. Ahora mismo, esto le lleva a que está dirigiendo en el laboratorio Nira Carara de la Complutense de Madrid la cátedra extraordinaria de mindfulness y ciencia cognitiva.
Ha escrito más de 70 artículos para revistas internacionales de prestigio y ha participado en 20 investigaciones científicas, de las cuales en siete de ellas ha sido la investigadora principal. Una persona, como ya les he dicho, extraordinaria.
Les dejo con ella, con Nazaret Castellanos y su ponencia sobre "Más allá de nuestro cuerpo". Muchas gracias.
A ver, hola. Uy, ahora demasiado. Parece que es un buen hábito empezar agradeciendo. No sé si sabéis que hay estudios de neuroimagen que mostraban que cuando alguien nos hace algún regalo, cuando nos hacen algún favor, imaginaros, es una situación que se simuló en un laboratorio.
Cogen un grupo de personas que estaban pasando por ciertas dificultades, hacen que alguien les haga un favor, por ejemplo, ante una dificultad económica, y veían qué pasaba en el cerebro cuando a esas personas se les solucionaba su problema.
Lo que ellos descubrieron con la neuroimagen fue algo muy bonito, y es que el cerebro da más importancia al agradecimiento que a la recompensa personal. El cerebro se activaba mucho más ante ese sentimiento de agradecimiento porque alguien ha tenido empatía hacia nosotros, por la generosidad y el esfuerzo de otras personas, más que porque mi propio problema y mi recompensa se hubiese visto solucionada.
Así que fijaros qué bonito, ¿no? Me parece que saber que nuestro propio cuerpo, nuestra biología, sobre todo, ve al otro antes que a nosotros. Entonces, empezar agradeciendo, pues a la Universidad Popular de Logroño, a Ana María, sobre todo, que es un sol, que te manda 150 WhatsApps, ¿verdad?, recordándote absolutamente cada cosa, pero siempre con muchísimo, muchísima amabilidad, siempre con esa sonrisa.
Sus audios, en ellos siempre hay una risa, y eso, pues la verdad que se agradece. Entonces, como yo hago mucho caso a mi cerebro, pues siempre me gusta empezar agradeciendo, y agradeciendo desde el cerebro y de todo corazón, pues a todas las personas que han hecho esto posible, y sobre todo, pues también a todos los que estáis aquí escuchando.
Sé que hay personas que venís de más cerca, más lejos, pero bueno, que se agradece el poder hablar y ver a personas. Y hoy, pues la verdad que cuando Ana María me llamó la edición pasada, porque ya estuve, aunque estaba online, pues la verdad, la primera vez fue, bueno, ¿y yo qué puedo decir aquí?
Yo, pues vengo de un mundo, como contó Lis antes, pues muy científico. Yo he trabajado siempre en laboratorios de biotecnología, siempre he estado con un pie en la física y otro en la medicina, y así he estado siempre. Para mí, la ciencia ha sido una forma de conocimiento muy fuerte, es en la que yo más me he apoyado.
A veces me he caído de ella y me ha decepcionado mucho. Creo que nos facilita, que contribuye una barbaridad y que puede contribuir. Ahora, a veces me da un poco miedo que se considere la única forma de conocimiento. Creo que a veces se está haciendo un poquito demasiado gorda, ¿no? Este poder exclusivo, yo creo que solo nos hará girar alrededor de nosotros mismos.
Entonces, lo que me gusta es unir la ciencia con otras muchas formas de conocimiento, y es por eso, pues también por lo que estoy aquí. Yo creo que la ciencia tiene que dialogar con la espiritualidad, con la filosofía, con otras ciencias, medicina de otras tradiciones. Creo que no es que haya que hacer la ciencia humana, sino que tiene que hablar con el humanismo, ¿no?
Este diálogo, yo creo que es el que nos va a hacer evolucionar. Y entonces, la idea que propongo para este ratito que vamos a estar juntos es hacer un recorrido en el que os voy a intentar explicar por qué, para mí, la biología está estrechamente unida al verbo compartir.
Porque yo siempre, desde la biología, yo trabajo desde que empecé, pues hace ya 25 años que empecé a trabajar en los laboratorios. Yo empecé trabajando con las neuronas, con células individuales en animalillos, y luego, pues ya llegué a todo el cerebro y luego ya, pues al cuerpo, ¿no?
Entonces, en cada una de las escalas en las que yo me he ido moviendo, también venía del mundo de la física. Yo había estudiado cosmología cuántica, y entonces veía como que todo, al final, siempre encontraba la palabra interacción, siempre encontraba la palabra relación.
Esta partícula está relacionada, esta neurona está asociada, esta área se comunica, estos órganos se transmiten. Siempre, siempre he encontrado esa palabra que era compartir. Ahora lo estudio también en cómo se comunican los cuerpos.
Entonces, la propuesta que yo tenía, si me acompañáis hoy, es ir desde lo más pequeñito hacia lo más grande para ir viendo cómo en esas diferentes escalas vamos a ir encontrando que lo importante es siempre ese compartir. Lo importante es siempre esa interacción.
Voy a empezar poniendo una imagen de lo que es una neurona. Aquí mis compañeros que van a poner, fijaros, esto es una belleza. Esto es la portada de un libro que recoge los dibujos que hacía Ramón y Cajal. Sabemos que don Santiago, como yo le llamo, Ramón Cajal es el que descubre por allí en 1905 que nuestro cerebro estaba formado por neuronas.
Entonces, fijaros cómo la historia nos va a ir acompañando en cómo se va descubriendo este compartir neuronal. En aquel momento, la teoría vigente era que nuestro cerebro era un tejido liso, era como una pared de ladrillos, no como esta que vemos aquí.
Entonces, es liso nuestro cerebro, pero había unos pocos, muy criticados en aquel momento, que decían: "No, no, es liso, está formado efectivamente por esos ladrillos, pero esos ladrillos no se tocan, están separados". Y esa era la teoría neuronal.
Entonces, los que defendían aquello, entre otros Golgi, en Italia, el más importante, diseñaron un sistema para demostrar que el cerebro era completamente liso. Y entonces, lo que ellos hacían era poner una técnica que tiñe el cerebro, y entonces lo echan sobre el cerebro, cogen una lámina del cerebro, y es como si yo echo pintura a esa pared.
Lo ves, yo no veo nada, es todo liso. Entonces, Ramón y Cajal, que era un absoluto genio, era un ser que había vivido una infancia maravillosa, muy cerquita de aquí, alguien con una gran imaginación que quería ser pintor, pero su padre dijo: "Hombre, por favor, dedícate a algo un poco más serio, estudia medicina".
Y entonces, él se queda ahí con esa espinilla, ¿no? Y eso, pues bueno, esa frustración luego nos ha ayudado mucho, mucho. Y entonces Ramón y Cajal dijo: "Claro, si yo cojo el cerebro de un adulto, es como si yo mirase un bosque".
Porque sabéis que Ramón y Cajal era un experto en botánica. Entonces, cuando hablamos en neurociencia de la anatomía, todos son referencias al mundo de la botánica: el árbol neuronal, la ramificación, las espinas.
Entonces, él definía el cerebro como un bosque. ¿Por qué es un bosque? Como luego vamos a ver. Entonces, ¿qué dice? Pues si yo cojo, pinto, hago, tiro una tinción sobre un bosque, lo miro desde arriba, imaginaos que vamos sobrevolando el Amazonas, digo: "Pues ahí no hay árboles, eso es un continuo".
Pero, ¿qué pasa si yo veo un árbol, un bosque que es joven? Pues que tiene pocos árboles. Entonces, yo los puedo distinguir. Entonces, Ramón y Cajal cogió un trocito de cerebro en el estado embrionario de un embrión, y entonces ahí vio un bosque joven.
Y cuando ves un bosque joven, pues te das cuenta que está formado por árboles. Entonces, esto es lo que llevó a Ramón y Cajal a descubrir que nuestro cerebro estaba formado por células que son independientes, son las células nerviosas que se llaman las neuronas.
Entonces, él es el que descubre esa anatomía de las neuronas. Golgi y él luego comparten el premio Nobel, ¿no? Porque ambos llegan a caracterizar cómo es la anatomía de nuestro cerebro. Pero, paradójicamente, aunque Ramón y Cajal descubre que nuestro cerebro está formado por neuronas independientes, él mismo luego dice que lo importante, sus estudios, todo lo que ya explotó después, llevaron a ver que nuestro cerebro está formado por unas neuronas independientes, pero que por ellas solas el cerebro no podría hacer nada.
Lo que dota a nuestro cerebro de esa capacidad de procesar información son las conexiones, es ese compartir. Entonces, lo que veis aquí, perdona que he ido a hablar, vemos en la imagen que ahora que va a salir, vemos un cuerpo neuronal.
Porque imaginaos que una neurona es un cuerpo como el tronco de un árbol, donde ahí está toda su carga genética, su procesamiento interno. Tiene ese cuerpo neuronal que veis aquí, que es este soma, que es normalmente de forma ovalada. Ese es su cuerpo neuronal, pero lo importante es que tiene ramas y raíces.
Eso es lo importante. Sin las ramas y sin las raíces no se puede procesar información. Por las ramas, las neuronas reciben información bioquímica y biofísica de las demás neuronas. Por las raíces, mandan a las demás neuronas.
Entonces, imaginaros, esto es una neurona que no es de las más complejas que hay. Entonces, fijaros, cuando se consigue aislar a una neurona, vemos que tiene ramas, igual que un árbol. Y luego, de cada rama, salen ramitas. Si veis, en cada ramita hay una especie de espina que se llama la espina neuronal.
En cada uno de esos, esta sola neurona se puede comunicar a otras. Ahora imaginar, echando cálculos, tenemos 86,000 millones de neuronas. Cada neurona se puede conectar a millones de neuronas.
¿Vale? O sea, y lo importante, insisto, si yo cojo, y esto se hace en los laboratorios, se hace una poda neuronal, le corto sus ramas, le corto sus raíces, ¿qué hace la neurona? Y se muere.
Esto yo lo he oído tantas veces. Cuando poníamos un electrodo, se abre un cráneo, pinchas, cortas y hace: "¡Asfixiado!", esa neurona se muere. Necesita recibir información y necesita mandar información. De tal forma que nuestro cerebro es un inmenso bosque, que es una red enorme de conexiones por las que manda y recibe, manda y recibe.
Entonces, ahora imaginaros, para cualquier mínima cosa que nosotros hacemos, la cantidad de información que tiene que ir pasándose de un lado a otro, la cantidad de neuronas que tienen que estar trabajando ahora para que vosotros me estéis escuchando y estemos entendiendo lo que yo estoy diciendo.
Imaginaros todo en circuitos, porque en el cerebro las cosas no van por donde quieren. Tenemos carreteras, tenemos carreteras por donde va la información bioquímica, biofísica. Y eso es una absoluta belleza, un poquito.
Entonces, aquí es donde ya vemos en esa primera escala microscópica de las neuronas lo importante que es que las neuronas compartan. Si no comparten, no funciona. Eso es así de sencillo.
Esto es lo que le llevó a Ramón y Cajal a decir: "Es que nuestro cerebro es un bosque, es un bosque formado por árboles que tienen ramas y que tienen raíces, pero es un bosque". Nuestro cerebro no es un árbol, es un bosque.
Lo importante es que se comunican. Eso lo hace una neurona. Las neuronas se comunican entre sí, necesitan mandarse y recibir información, pero lo mismo hacen las diferentes zonas del cerebro. Allí, en el siglo XIX, cuando ya empieza a estudiarse lo que es la neurociencia cognitiva, pues hubo una gran fiebre por lo que se llamaba el localizacionismo.
Aquí está la memoria, aquí está la atención, esto está aquí, esto está allá. Había que ubicarlo todo completamente en el cerebro. Esto, pues la verdad que trajo muchísima, una contribución muy, muy importante, ¿no? Porque, sobre todo, para las lesiones cerebrales había, pues, una gran obsesión en que, pues, a alguien le sucedía algo, tenía cualquier tipo de traumatismo, a ver dónde está, qué es lo que ha perdido.
O sea, había una gran obsesión en localizar funciones en el cerebro. Los avances fueron enormes, se aprendió muchísimo, pero después de eso, en el año 2000, es donde surge una nueva idea que dice: "No, no, está aquí o allá".
Lo importante es que nuestro cerebro es una red. Entonces, cuando decimos, por ejemplo, que lo utilizamos tanto y lo seguiremos usando, la memoria está en el hipocampo. No, la visión que tenemos hoy es que el hipocampo es la zona más importante para la memoria, pero siempre va a requerir de la comunicación con otras zonas.
Porque imaginaros, para que nosotros hagamos cualquier cosa, si yo la cojo y voy a la botella de agua, el cerebro tiene que coordinar mi movimiento, sabe lo que pesa una botella, ya ha preparado el brazo, ha preparado, sabe lo que tengo que hacer. La memoria necesita de un montón de asociaciones.
Entonces, a nivel de neuronas, veíamos que hay ese compartir. A nivel de cerebro entero, ya estamos hablando del cerebro, volvemos a ver ese compartir. No existe una zona en el cerebro que actúe sola y una función en el cerebro no está nunca en un sitio solo. Se requiere de la comunicación entre ellos.
Hoy en día decimos que el cerebro es un sistema en red, y esto, pues ha hecho también crecer una barbaridad. Pero, sobre todo, lo que a mí me gustaba de estas nuevas perspectivas que había en la neurociencia, cuando todo esto explota, que se llamaba el conectoma, es la conectividad cerebral.
Era un poco el salir hacia una visión del cerebro un poquito más compleja. Antes era como demasiado reduccionista, demasiado materialista. Esto está aquí, esto está allá, esto está aquí. Ahora quito esto y esta persona pierde lo otro.
Pero hay un montón de casos que no, da igual, esto aquí, esto lo otro, no. Ahora se ve que está aquí, pero también está en otro sitio. Y esto es todo lo que se llama la teoría de redes, que ha hecho, pues, nos va cada vez, yo siempre pienso, ¿no? Cada vez que vamos aprendiendo más, que van saliendo más, yo creo, descubrimientos, ¿no?
Vamos adquiriendo más conocimiento y, a la vez, siempre me da la sensación de que cada vez estamos más lejos, porque cada vez que descubrimos algo nuevo, nos damos cuenta que era mucho más difícil de lo que pensábamos, era mucho más complejo.
Y entonces, ya cuando ya, pues, el cerebro era muy complejo, porque ahora ya no es que las cosas estén aquí, sino que están distribuidas por ahí. Esto, a nivel matemático, complicaba las cosas una barbaridad.
Entonces, cuando ya nos parecía que todo era muy difícil, en 2017 surge una nueva revolución científica que a mí me parece que la ha hecho mejorar y que es una maravilla. O al menos yo, como científica, ser testigo directo de una revolución científica es una cosa que es apasionante.
Entonces, el 17 de junio del 2016, la revista Nature, que es como la revista número uno científica, lo que diga Nature, eso es lo que es. Vale, entonces se publica una portada maravillosa que yo tenía en mi despacho y ahora me la llevaba a casa, ¿no?
Donde decía: "Las cosas se nos complican". Y a mí esto me encantaba, porque, claro, imaginaos que yo venía del mundo de la física, donde las cosas eran muy complejas, donde uno, pues, se rechazaba completamente el poder entenderlas, simplemente las observábamos.
Esto es así, el electrón se va por dos sitios, al bueno, vale, es así. Y entonces, cuando uno llega a la neurociencia, dice: "No puede ser que esto sea tan cuadriculado".
Entonces, cada vez que las cosas se van complicando, a mí me parece que ganan, ganan mucho en riqueza. Entonces, esa revista, en ese año, pues se hacía eco o aceptaba la revolución de que no debemos considerar al cerebro el único órgano involucrado en la consciencia, en la mente, en la percepción.
Debemos considerar al cuerpo entero. Entonces, esa es gran parte de la investigación que yo llevo. Cómo el cerebro tiene que escuchar al corazón, a los pulmones, al estómago, al intestino, al útero, al riñón, a los músculos, especialmente los faciales.
El cerebro no solo sabe lo que está haciendo el cuerpo, necesita saber lo que hace el cuerpo para saber lo que tiene que hacer. Y este ha sido el grandísimo cambio. Esto, pues, hace como cinco o seis años, bueno, casi siete ya, pues en el mundo científico no gustó al principio, ¿no?
Pues veníamos, imaginaros, los que se dedicaban al mundo de la neurociencia, éramos los más guays, el cerebro es el más guay del cuerpo, y de repente, no. O sea, el reino está ahí, solo está distribuido. Hay otros órganos, necesita escuchar lo que hacen otros órganos.
Entonces, ha habido unos años de mucha polémica en los que, pues, había mucha resistencia en aceptar que no todo es el cerebro. Porque, claro, volvíamos a lo que había pasado antes en el cerebro. Ahora ya las cosas no están localizadas aquí o allí.
Cuando las cosas se localizan, se distribuyen, tienes que asumir que no vas a saber manipularlo tan fácil y que no vas a saber localizarlo de forma tan fácil. Cuando está distribuido entre muchos, pues te da la sensación de que es una red la que lo sostiene.
Y entonces, pues se aceptó científicamente, un poco se empezó a aceptar, y esto ya está aceptado, que el cerebro en cada momento tiene que saber cómo está la postura de nuestro cuerpo. Por eso es tan importante cómo está nuestra postura.
No es igual esto que esto, absolutamente. Si yo estoy así, al cabo de un rato, que es una postura en la que solemos estar, los sistemas de memoria se empiezan a inhibir y los sistemas de percepción buscan más lo negativo que lo positivo.
Igual que si tengo una cara así, mi cerebro está constantemente procesando cómo estoy, cuál es la postura. Sabemos que el intestino y el estómago influyen una barbaridad sobre la función cerebral, no vamos a entrar.
Sabemos que la respiración influye tremendamente en los sistemas cerebrales de la memoria, de la atención, de las emociones, cómo estemos respirando. Pero, sobre todo, ahora voy a entrar muy poquito, porque esto es todo un mundo, en el corazón.
¿Por qué? Porque es el que, de todos estos órganos, no, que hay, pues, como ahora se habla de, bueno, pues vale, son todos, ya no es solo el cerebro, vale, hemos aceptado que son todos, no, que la mente está distribuida en todo el cuerpo.
Pero entonces surge, como siempre, esa visión. Y entonces hay universidades que están desarrollando un proyecto para establecer la jerarquía. Bueno, vale, sí, todos son iguales, pero algunos más que otros, ¿verdad?
Y entonces, en esa jerarquía, el único que compite realmente con el cerebro es el corazón. Son los que están un poco ahí, a la misma altura. Y entonces el corazón, pues, nos abre un mundo que nos ha descolocado.
Porque a mí lo que me gusta también de todo esto, de no localizar las cosas en un sitio o en otro, es que también nos descoloca a nosotros. Y entonces los descubrimientos de la interacción entre el corazón y el cerebro, pues nos han llevado a cosas que no esperábamos.
Y yo creo que es uno de los puntos donde mayor puente de unión puede haber de discusión con otras disciplinas, ¿no? Porque estamos hablando, al fin y al cabo, del corazón. El corazón, al que matamos simbólicamente, pues cuando, sabéis, cuando Harvey, en el siglo XV, descubre que nuestro corazón está dividido en la parte derecha e izquierda.
Y entonces dice: "Nuestro corazón está dividido, ¿cómo vamos a tener un alma en un órgano que está dividido?", dice Descartes. Entonces el corazón, dice, va a pasar a ser una bomba hidráulica. Y a partir de ahí, pues se destierra.
Hoy, yo creo que lo estamos volviendo a recuperar, a recuperar esa visión que teníamos tan simbólica, tan romántica, pero que yo creo que también tan verdadera de lo que era el corazón.
¿Y entonces qué es lo que se ha visto hoy en la neurociencia? ¿Cuál es la relación entre el corazón y el cerebro? Fijaros qué maravilloso. Los que siempre habíamos pensado que, pues, no solo era el cerebro, sino que era el cuerpo entero, y especialmente el corazón.
Pues cuando el University College of London publica esta gráfica, pues os podéis imaginar la emoción que produjo. No era la primera vez que científicamente se podía poner números y ecuaciones a la interacción entre el corazón y el cerebro.
Era la gráfica que ya asentaba que el cerebro tiene que escuchar al corazón. ¿Y entonces cómo sucede esto? Pues fijaros, ahora vosotros estáis aquí, estáis escuchándome, estáis observando, estáis percibiendo lo que está pasando.
Fuera de vosotros, estáis observando la exterocepción, el mundo exterior, y vuestro corazón está latiendo aproximadamente una vez por segundo. Cada vez que se produce ese latido, hay un grupo de neuronas en diferentes partes del cerebro que tienen que responder al latido cardíaco.
Es decir, las neuronas emiten descargas eléctricas, se cargan de electricidad, emiten una descarga eléctrica y, a través de sus raíces, se lo mandan a la otra. La otra recibe un chute de electricidad y se lo manda a la otra, así, y ella se lo están haciendo a su ritmo.
Las neuronas son absolutos, una orquesta de percusión constante: pa, pa, pa, pa. En el momento en que el corazón late, haga lo que haga, esté haciendo lo que esté haciendo, la neurona en ese momento tiene que responder al corazón.
Si las neuronas de esas zonas del cerebro, que luego os diré cuáles son, si esas neuronas no responden al latido del corazón, vosotros os desconectaríais de lo que está pasando fuera. Gran parte de lo que pasa fuera, a nosotros se nos pasa desapercibido.
Cuanto más responde el cerebro al latido del corazón, más información de fuera percibimos. Fijaros qué importante. ¿Cuáles son las zonas del cerebro que tienen que responder al corazón? Zonas como la amígdala, una de las más importantes de las emociones, zonas como la ínsula, una de las zonas más importantes del cerebro para la idea de quién soy yo, cómo me autopercibo.
Zonas como la corteza cingulada, una de las zonas claves para traducir lo inconsciente en consciente. Es uno de nuestros interruptores que nos hace que estemos en el presente y que nos vayamos. Esas dos, la ínsula y la corteza cingulada, son esos interruptores, son las dos zonas que más trabajamos cuando hacemos meditación, por ejemplo.
Entonces, fijaros, cuando se descubre esto, cuando el UCL de Londres da esta gráfica y dice: "Esto es lo que hemos encontrado, señores", zonas tan importantes como ínsula, amígdala y corteza cingulada reciben información del corazón.
Si esas zonas no responden al corazón, no percibimos lo que está fuera. Esto era absolutamente revolucionario. Imaginaros para el mundo científico las formas en las que la información le llega al cerebro.
Pues eso está en estudio y son muchas. No hay un nervio que se llama el nervio vago, porque va vagabundeando por el cuerpo y es el que le envía, entra por aquí, le envía la información al cerebro de lo que está haciendo todos nuestros órganos y entra por aquí.
Pero antes de entrar al cerebro, el nervio vago manda la información de mis vísceras a los músculos faciales. La cara es el espejo de mi organismo. ¡Qué tremendo es esto! O sea, somos ese compartir de todo el cuerpo.
O sea, el cerebro necesita de todo lo que está pasando dentro, lo que está pasando fuera, y es una fusión constante entre todos ellos. Pero, ¿qué pasa? Que hubo experimentos cuando se descubre que el corazón, perdón, cuando se observa experimentalmente que el corazón influye en la ínsula.
Pues esto a la comunidad científica un poco le puso un poco sobreaviso. La ínsula es una de las zonas más importantes, es la zona más involucrada en la idea de quién soy yo. Y entonces empezó a considerar.
La pregunta era: ¿tiene algo que ver el corazón con la idea del yo? Porque si esa zona necesita fusionar la información de lo que hacen los órganos y, en especial, lo que hace el corazón para generar, para dar lugar a esa idea de quién soy yo, pues a lo mejor tiene algo que ver el corazón en ello.
¿Y entonces qué es lo que se vio? Pues algo que descoloca un poco, y es que cuanto más responde el cerebro a los latidos del corazón, más pensamos en nosotros mismos. El corazón nos da una idea de quién soy yo, de cómo yo, yo, yo, naza, yo, cada persona, cómo yo veo el mundo.
Es la que proporciona la información de cómo ha sido mi vida, mi cultura, lo que yo pienso, mis experiencias, mi mundo, y se lo comunica, se lo pasa o lo comparte con el cerebro.
A mí, por ejemplo, estos resultados, toda esta literatura científica que se ha desarrollado, sobre todo en la Universidad de París y la Universidad de Londres, y nosotros que tenemos dos artículos sobre ello, a mí me parecía que reflejaba una de las frases que a mí siempre más me ha impactado, ¿no? Que viene del Talmud de los judíos: "No vemos las cosas como son, sino como somos".
El corazón proporciona al cerebro cómo somos. Cómo soy yo, voy a percibir el mundo cuando mi corazón le va a decir al cerebro cómo soy yo. Yo siempre voy a ver el mundo desde mi perspectiva.
Ahora bien, si el cerebro escucha demasiado a mi corazón, yo mino demasiado lo que percibo. Entonces, ¿qué pasa? Que lo que se ha observado es que hay veces que el corazón echa un paso atrás y reduce un poco esa influencia sobre la percepción.
Hace que sea menos dependiente de cómo soy yo. Esto sucede, por ejemplo, cuando meditamos. Hay estudios de neuroimagen que se han hecho entre la Universidad de Pittsburgh y diferentes universidades en Estados Unidos que han observado qué pasa entre la comunicación entre el corazón y el cerebro cuando estamos meditando.
Entonces, estamos aquí, me miden a las personas percibiendo lo que sucede y su corazón y su cerebro están en comunicación. Esas personas están percibiendo el mundo desde su posición, desde su yo, empiezan a meditar y hace el corazón y echa un paso atrás.
O el cerebro hace: "Y te respondo menos". No sabemos si es uno que se echa para atrás o el otro que se echa a un lado. La cosa es que cuando meditamos, la comunicación entre el corazón y el cerebro disminuye.
Esto, fijaros, es tremendo. Yo que he estado en esas investigaciones y hablado con los investigadores, esperábamos lo contrario, ¿no? Y era como más bonito. Cuando meditamos, el corazón y el cerebro se comunican a más no poder, entran en una gran coherencia.
Bueno, pues lo que dicen, al menos las investigaciones, es que no, porque es todo mucho más complejo. Que se comuniquen y que tenga coherencia es una forma muy lineal, que se descomunales, ¿vale?
Entonces, ya descoloca completamente. Entonces, ¿qué es lo que se ha visto? Pues que el corazón y el cerebro tienen que tener un equilibrio que esté muy afinado. Si se desconectan, esto nosotros lo hemos hecho en el laboratorio en personas que tienen Alzheimer.
Cuando empieza la persona a perder las primeras etapas de la enfermedad de Alzheimer, el corazón, el cerebro ya no escucha, el corazón se desconectan. Ahora, si se conectan mucho, mi realidad va a estar absolutamente condicionada por quién soy yo.
Hay un equilibrio muy fino entre el corazón y el cerebro, pero fijaros, es ese compartir. Si se separan, yo no percibo. Si se juntan de más, percibo mal, percibo muy sesgado. Es un equilibrio muy sutil entre ambos.
Entonces, ya es ese compartir enorme. Pero las cosas son aún un poco más complejas, un poco más complicadas. También en esa interacción entre el corazón y el cerebro intervienen los ojos.
El corazón está íntimamente relacionado con la dinámica de nuestros ojos. Fijaros, esto lo demuestra también la Universidad de Londres. Ya sabéis que la menciono mucho porque es una de las mejores universidades que hay.
Obviamente, lo que diga ella se escucha mucho más, pero sobre todo porque desde que científicamente se aceptó que el cerebro tiene que escuchar al cuerpo, en ese momento dijeron: "A ver, todos los recursos que teníamos hasta ahora dirigidos a esto, el paradigma ha cambiado".
Entonces, como tienen muchísimo dinero, pues cogen, buah, y han dedicado una gran cantidad de esfuerzos y en un grupo enorme en estudiar esa relación. ¿Y entonces qué es lo que vieron?
En este estudio participó, por cierto, un chico español. Cuando nuestro corazón late, pum, en cada latido, sin que nosotros seamos conscientes de ello ni lo hagamos, los ojos hacen un rastreo, movimiento rápido, donde crea el mundo, percibe.
Entonces, el corazón acaba de emitir un disparo, bum, los ojos se mueven, se abre al mundo, el corazón empieza a repolarizar, empieza a contraerse, a recogerse, los ojos se fijan, el corazón se relaja, parpadeamos.
Entonces, en cada par, cada latido, percibimos el mundo. Me fijo, me recojo, percibo, me fijo, me recojo, así constantemente. Fijaros qué baile tan bonito.
Yo siempre imagino, porque como nosotros en el laboratorio lo que hemos hecho es medir los campos electromagnéticos del cerebro, del corazón, del tiroides, de los ojos, del estómago, del intestino, de la respiración, todo simultáneamente, ¿no?
Entonces, imaginaros, ahora vosotros estáis aquí sentados, estáis escuchando y parece que no estamos haciendo nada, ¿no? Pero para que vosotros podáis estar percibiendo lo que está pasando, toda la biología supone que el cerebro está escuchando.
Si el corazón acaba de latir, ¿cómo estás respirando? ¿Cómo está tu intestino? ¿Cómo están los ojos? Y en cada latido hacen una coreografía, porque es el corazón que marca.
¿Sabéis por qué el estómago y el intestino tienen campos electromagnéticos que oscilan muy, muy lento? Vale, una, dos veces por minuto. Respiramos unas 12 veces por minuto, pero el corazón late casi una vez por segundo.
Por tanto, es el que marca el ritmo. Vale, entonces late el corazón, el cerebro le responde, los ojos se abren, la respiración reacciona, todo así constantemente, esa coreografía.
Pero insisto, que es ese compartir entre los órganos. El cerebro solo no lo sabría hacer. Esto es lo que se ha visto. Si yo cojo y corto esa vía de órganos que le llega al cerebro, el cerebro no sabe responder. Necesita ese compartir.
Si no comparte, el organismo no funciona, y así constantemente. Pero hasta los ojos. Hasta los ojos, por ejemplo, meditar, el movimiento de los ojos es muy importante.
Nosotros, aunque tengamos los ojos cerrados y parece que no los movemos, pues a cuando tenemos los ojos, los ojos se están moviendo. Entonces, cuanto más movimiento, menos atención. Cuando los tenemos abiertos, cuanto más parpadeos, menos atención.
¿Vale? Los ojos, cómo pongamos la mirada, influye en la memoria. Cuando nosotros nos están contando algo, cómo tengamos la mirada influye en la cantidad de información que se va a guardar o no.
O sea, que fijaros qué, a mí, bueno, como todo esto me fascina, ¿no? Que es como todo el cuerpo a la vez, todo. Y entonces, cuando dices: "Es todo el cuerpo a la vez".
Entonces, una de las preguntas que vuelve loca completamente la comunidad científica es: "¿Y entonces dónde está?" No le dicen: "Pues es que no está ni aquí ni allí". Es que no lo vas a poder, es que no es, no.
Pero entonces, ¿es ese área? Entonces, cojo la ínsula, la aíslo. Es que no está ahí, porque esa necesita del corazón y la otra necesita de los pulmones y el otro necesita de los ojos y luego también necesita de la piel.
¿Y entonces dónde está? Entonces, ¿dónde está? No está en ningún lado, está distribuido, ¿no? Y entonces, esto es lo que se llama una teoría neuronal distribuida, que a mí me parece que es fascinante.
También se llama la teoría interoceptiva. ¿Qué es lo que hicimos nosotros en el laboratorio? Pues yo muchas veces, no, que me preguntan, y más, pues en el mundo de la meditación. Bueno, esto ya lo sabíamos.
Ya, pero a mí me gusta medirlo y yo creo que tiene algo, ¿no? O sea, decían: "Ya, ya, pero es que no hace falta invertir tantos millones y ponerle datos". Pues a lo mejor no hace falta, pero a mí me encanta.
Y entonces, cogimos a dos personas y las metimos en el laboratorio. Y tenemos a Gustavo y el hombre que está dentro de esa máquina. Esa máquina se llama magnetoencefalografía y mide los campos magnéticos del cerebro.
Es una máquina que cuesta, pues, dos millones y pico de euros, porque los campos magnéticos del cerebro son unidades de femtoteslas, es una cosa mínima, ¿no? Entonces, lo que nosotros hicimos fue meter a dos personas en la máquina.
Que empezas a meditar, primero estaban ahí simplemente hablando, luego estaban tranquilos, sin hacer nada, y luego meditando. Y lo que yo desde fuera hacía era medir sus cerebros y sus corazones, los dos a la vez.
Yo quería ver, pues, si había alguna relación entre los corazones. En concreto, cerebro ya sabíamos que se comunicaban, ya sabemos que los cerebros se contagian. Y, por ejemplo, ahora no sé si para bien o para mal, pero vuestro cerebro se parece más al mío que hace media hora.
Esto se llama la comunicación de fase, la sincronización de fase inter cerebral. Si me habéis estado escuchando con atención, mi cerebro se parece al vuestro, el vuestro al mío en este momento.
Pero, ¿qué pasaba con el corazón? ¿Y entonces qué es lo que vimos? Pues fijaros, al principio, pues eso, en rojo está el de Gustavo y en negro está el de Juan, que es esta persona que vino a la máquina.
Entonces, al principio, pues cada corazón va a su aire, ¿no? Pa, pa, pa. Nosotros esto que veis aquí es un electrocardiograma, el pulso cardíaco. Bueno, pues cada uno seguía su dinámica. Empiezan a meditar y, ¿qué sucede?
Pues que veis ahí se sincronizan. Había momentos en los que el de Juan, Gustavo es un gran meditador, y había momentos en los que el de Juan se atrasaba un poquillo y luego lo volvía a, pero se produce una sincronización entre corazones.
Entonces, hemos empezado hablando de las neuronas como seres microscópicos que necesitan ese compartir, que se comunican, que las áreas cerebrales se comunican, necesitan compartir. Si el cerebro no comparte, parte no funciona.
Que el cerebro necesita compartir con el resto de los órganos. Sin ese compartir, no funciona. Ahora bien, me salgo de mi cuerpo. Mi cuerpo, como decía antes, acaba en la piel.
¿Vale? Entonces, somos seres independientes, individuos. Mira, sabéis que el mundo científico, cuando todo esto empezó, pues una de las grandes cuestiones era: "Pero antes a las personas científicamente se nos llamaba individuos y lo poníamos en los artículos, individuo A, individuo B".
Si todo está relacionado, entonces, ahora, ¿cómo nos llamamos? Porque ahora uno de los grandes problemas que tiene el mundo, al menos el de la neurociencia, es: "¿Y cómo llamamos ahora las cosas?" Porque, claro, neurociencia hace referencia a neuronas.
Pero como ahora ya hay que medir al cuerpo entero, ahora se llama ciencia interoceptiva. Entonces, nos pasamos el día y grandes debates entre todos, ahora online, ¿y ahora cómo llamamos a esto? Porque, claro, ahora ya no es así.
Entonces, ¿qué es lo que sucede cuando hay una... que todo se descoloca? Y entonces, el individuo, si resulta que ahora depende de tantas cosas, ya no es individual.
Entonces, ¿sabéis cómo nos llama la ciencia ahora? Holobionte, que suena un poco mal, ¿no? Esto me acuerdo cuando yo lo leí, que salgo de aquella reunión, eh, que era online, ¿no? Y salgo, ya voy a la cocina, estaba mi padre: "Eres un holobionte".
No, ¿cómo? Pero, ¿qué dices? Holobionte, que suena muy mal. Es holo de holografía, bionte de vida, integración de vidas. Somos la integración de todas las vidas que hay dentro de nuestro cuerpo y la interacción de las vidas que están fuera de nuestro cuerpo.
Nuestro cuerpo es principalmente un cerebro de interacciones, necesita la relación con el otro. Eso es absolutamente claro. Entonces, vimos, pues eso, que los corazones se sincronizan.
Esto yo lo vi en mi laboratorio, una cosa que me fascinaba, me hacía una ilusión tremenda. Y, pues, bueno, ya había otra literatura, pero verlo en directo es una cosa, de verdad, tremendamente emocionante.
Los corazones se sincronizan. Ahora bien, se sincronizan solo cuando estamos meditando, cuando estamos en un momento tal y dentro de una máquina y tal. No, los corazones se sincronizan constantemente.
Esto es lo que se llama la coherencia, la sincronización fisiológica entre las personas. Entonces, lo que se ha visto, y esto ya está más que demostrado científicamente, es que los órganos, las vísceras de las personas se están comunicando entre nosotros.
Entonces, tú estás hablando con una amiga, tal, no sé qué, y parece que solo el diálogo es ese verbal, pues tal y cual, no, po, po, po, y los corazones se están comunicando.
Entonces, ¿qué pasa? Pues esto a mí me llevó un poco, lo reconozco, un poco de paranoia cuando decir: "Jo, y yo tengo que el metro todos los días, ¿con qué corazones te vas a comunicar?"
Entonces, un aspecto que a mí me parece, no, que se debiera profundizar desde la ciencia o se debiera hablar más explícitamente, no, son todas estas implicaciones, no.
¿Qué significa que los corazones se comuniquen? Hay que tener, para mí, hay que tener mucho cuidado de las personas de las que te rodeas, pero hay que tener mucho cuidado con lo que yo también quiero comunicar.
¿Qué va mi corazón comunicando por ahí? Cuando yo hablo con mi hija, cuando yo estoy con mi hija y cuando miro a mi hija, no solo le estoy educando a través de las palabras que yo le estoy diciendo.
Yo creo que esa es la mínima parte. ¿Qué quiero yo para mi hija? No, pues nos decía Luján antes que habló de una frase de Gandhi: "Sé el ejemplo que quieres para tu hijo".
¿Qué quiero yo para mi hija? Pues lo primero, cultivar en mí bien, porque yo creo que solo desde esa postura tan honesta, desde uno mismo, desde esa intención de intentar a mí estar mejor y cultivar en mí lo que yo quiero transmitir a mi hija, se lo voy a poder transmitir.
Entonces, a mí esto de que el corazón sea, no, ese órgano especialmente involucrado en la interacción entre las personas me gusta, sobre todo por esa faceta. Porque a nivel cerebral es más fácil simular.
Puedo fingir que soy tal o cual, y vale, puede llegar un momento, pero ¿qué transmite el corazón? Si sabemos que el corazón tiene la información más cercana, ¿cómo soy yo?
Fijaros, en Estados Unidos se hizo un experimento donde se medía el corazón, no, de las personas y se midió en policías, en policías de una cierta región de Estados Unidos, ¿no?
Entonces les ponía imágenes de personas blancas y de personas negras que llevaban diferentes cosas en la mano. Cuando el policía veía a esa persona, una negra, su corazón reaccionaba.
El policía sigue su corazón. Cuando lleva la mano a empuñar la pistola, él está siguiendo su corazón. Entonces, hay que tener mucho cuidado con eso de "sigue tu corazón".
Yo creo que tu corazón sí sabe dónde hay que ir. Entonces, cuidado, hay que primero, ¿qué quiero cultivar? Esto ya lo decía San Agustín: "¿Qué semillas quiero plantar en mi corazón?" Porque el corazón es una tierra muy fértil, decía él.
Entonces, a mí, con toda esta comunicación entre los corazones, de verdad que me lleva mucho a esa reflexión. Y entonces, lo que yo empezaba diciendo de lo importante que es que diferentes disciplinas hablen en torno a un tema es porque a partir de aquí, o sea, la ciencia, lo que nosotros mismos en el laboratorio, hay una comunicación significativa, estadísticamente, entre los corazones.
Se produce a los tantos segundos, dura tal y dura cual, y ya se tiene que callar, porque no puede ir más allá. La ciencia, yo siempre he dicho que es un sistema maravilloso, pero mudo. Te da los datos, pero ya se tiene que callar.
Entonces, ahí es donde a mí me parece que enriquece que filósofos y gente de la espiritualidad, de otras tradiciones, de otras medicinas, fijaros, la medicina tradicional china, la medicina griega anterior al siglo X, es que, fijaros, todo esto que estamos descubriendo es maravilloso.
Porque en el mundo científico se dice: "Hemos descubierto que el cerebro necesita todos los órganos". No, hijo mío, toda la historia de la medicina científica hasta el siglo XV lo ha dicho. Las teorías galénicas, Galeno de Pérgamo, padre de nuestra medicina, ya establecía los tres ejes donde el corazón era un punto muy importante.
Entonces, en las carreras de medicina hay que estudiar historia de la medicina, porque si no caemos un poquito en esa soberbia de decir que nosotros hemos inventado la rueda.
¿Vale? Entonces, por eso estos foros a mí me parecen muy necesarios, porque a nivel científico yo puedo decir una cosa, pero me tengo que callar. Necesito escuchar lo que se dice desde otras corrientes, mucho más humanistas.
Entonces, los corazones son, sobre todo, por ejemplo, aquí, si lo pudiéramos medir, y yo creo que Ana, un día hay que pedirle un presupuesto a la Universidad Popular, poner electrodos aquí, que además son bastante baratos.
Ana, con 5000 te lo arreglo. Se ponen electrodos en los corazones. Medir el corazón es una de las cosas más fáciles y económicas. Medir el cerebro te puede costar por persona unos 2000. Medir el corazón no te llega ni a 50.
Entonces, has oído, Ana, solo 50. Se sube un poquito la matrícula de la gente y ya está. Pones electrodos en los corazones. Y esto se ha hecho en los corazones de las personas al azar. Todos esos cables van a un único ordenador que va a medir simultáneamente todos los corazones.
Diferentes algoritmos matemáticos que son muy fáciles detectan los momentos donde hay una sincronización. Entonces, aquí, a lo largo de la mañana, va a haber momentos en los que la sincronización sea muy alta.
¿Sabéis cuándo ha debido suceder? Cuando hemos empezado y Ana nos ha hecho esa danza de las bendiciones, que yo no la conocía. Y yo estaba haciéndolo, pero a la vez estaba pensando científicamente: "Si yo pudiera medir aquí los corazones".
¿Por qué? Porque cuando todos nos movemos a la vez se facilita la comunicación. Uno de los momentos donde mayor sincronización grupal de corazones hay es haciendo una coreografía.
¿Vale? Todos haciendo lo mismo a la vez. Si además esa coreografía, como es la que hemos hecho hoy, lleva una atención consciente a lo que estamos haciendo, como lo hemos hecho hoy, la sincronización es máxima.
Esto se ha observado, se ha medido en la Universidad de Oslo, se ha medido en diferentes universidades. Cuando se hace una coreografía, los corazones se sincronizan. Cuando todos hacemos algo a la vez, se produce una mayor sincronización.
¿Vale? O sea que aquí, fijaros, lo que se produce es mucho más que cada uno de vosotros escuchando. No es lo mismo. O sea, tú estás aquí, te crees que estás solo. Bueno, sí, hay gente, pero a mí me da igual, es la otra gente.
Yo estoy escuchando. No, no te da igual, porque lo quieras o no, tu corazón se está comunicando con los demás. Y esto es otra cosa que trae loco al mundo científico. O sea, que yo no puedo parar la acción de mis vísceras con las otras vísceras, no.
O sea, no todo depende de nosotros. Y eso es lo que a mí me parece también que es fascinante. Es una gran conexión que escapa a mi control. O sea, que fijaros qué bonito, ¿no?
Y es donde, insisto, que aquí tiene que haber muchas más voces que ayuden a seguir avanzando desde la línea en la que la ciencia se tiene que parar, que es todo esto. O sea, ¿qué significa que aquí los corazones se hayan sincronizado?
No son los fascinantes del punto de vista numérico. ¿Qué significará todo eso? Es tremendo. Por ejemplo, el mundo sufi se pronunciaba mucho sobre ello.
Pongo otra vez, ah, este lo ves. Este es el ejemplo de lo que os contaba antes. Un grupo de músicos, ah, que no está, un grupo de músicos está haciendo música, está bailando. Un grupo de gente está trabajando y los corazones, puedes poner la presentación, por fin, y los corazones se comunican.
Este experimento se hizo en un grupo de músicos donde tenían que improvisar música y se medían sus corazones en grupo de diferentes personas. Tenían que improvisar y entonces, pues, en esa improvisación había unos que se seguían más que otros, ¿no? O que interactuaban más en esa improvisación.
Curiosamente, eran aquellos cuyos corazones se habían sincronizado más. Yo no sé si es que el corazón se sincroniza y, por tanto, me comunico más, o me comunico más y el corazón se sincroniza. Me da igual lo que sea, ahí.
Pero fijaros qué bonito, ¿no? Cómo hay esa emergencia de nuestros cuerpos. Sabemos que los cerebros, esto ya lo sabíamos, que lo dijimos además el año pasado, ¿verdad? Que los cerebros se contagian, se comunican y que esto también se hace a través de la pantalla.
Las personas que ahora nos están viendo de forma streaming también se han contagiado con mi cerebro un poquillo, ¿verdad, Miguel? Que estará por ahí en Mallorca, que sé que está viendo, y María Antonia también se ha contagiado de mi cerebro.
Pero el corazón no. El corazón no se ha visto que se sincronice por Zoom, ¿vale? Pero el cerebro sí, el cerebro sí. Y ya para acabar, para acabar, ¿qué hora es? Jo, has visto, María, qué bien de tiempo para acabar.
Hay una teoría científica, ¿vale? Yo todo lo que os he contado es solo científico. Por eso os digo que luego hace falta otras voces que vengan de otras posiciones que no conocemos, las que somos, o yo, tremendamente inculta, que nos puede ayudar.
Hay una teoría científica que yo apoyo, eh, profesionalmente. La mayoría de la comunidad científica establece que la consciencia la crea el cerebro. Ahora, pues, vale, ha hecho una concesión al resto de los órganos, pero solo como soporte del cerebro.
Pero hay un debate que es muy interesante. Dice: "Vale, la consciencia la crea el cerebro, el cuerpo, la lo crea la consciencia". Hay una de las visiones en las que, pues, yo me posiciono más durante un tiempo porque me ayudaba en esta incomodidad, ¿no?
De pensar que solo, pues, la materia es la que crea esa consciencia, que no explica muchas evidencias que se ven y es, da lugar, yo siempre que me escuchéis, veo esta zona, es la más involucrada en la memoria.
Esta red neuronal da lugar a esto. Yo no utilizo, como se utiliza normalmente, el hipocampo crea la memoria. Esta red cerebral crea tu estado de alegría o de tal. Yo creo que dar lugar es una posición un poco más cómoda.
Yo no digo que lo cree, pero sí que también creo que sin este sustrato corporal la consciencia no se manifestaría tal y como la conocemos. Yo he estado muchos años en daño cerebral, en lesiones.
Entonces, me encanta esa relación de mente y cuerpo como cosas que pueden ser indistinguibles. Que yo las puedo distinguir. Ahora, yo no sé si las puedo separar, al menos en la forma como la conocemos en nuestra vida.
Pero esta teoría, que está desarrollada por Giulio Tononi, que es uno de los neurocientíficos más prestigiosos que tenemos, establece una nueva visión. Él dice, como modelo, vale, tenemos todo esto, hemos observado que el cuerpo actúa.
Pues vale, yo estoy haciendo una cosa y es verdad que mi cuerpo cambia, hago otra cosa y mi cuerpo, oye, pues están relacionados, obviamente. Entonces, nosotros, por ejemplo, en el laboratorio estudiamos lo que se llama los correlatos neuronales de la consciencia.
Cuando yo hago una cosa, el cuerpo hace esto. Está maravilloso estudiar esa asociación. Ahora, él dice: "Esto no significa que lo cree, sino que necesita, pues eso, igual que un instrumento".
¿Vale? Y entonces esta teoría establece que la consciencia es una propiedad física del universo, igual que existe la masa, igual que existe, pues, la gravedad. Pues hay otra propiedad que es la consciencia.
Entonces, él ha creado lo que se llama la teoría de la información integrada y él ha llegado incluso a sacar una ecuación que se llama fi. La fi es el grado de consciencia que tenemos. Yo me duermo y mi fi baja.
Yo me despierto, mi fi aumenta. A lo largo del día puedo tener más o menos fi. Hay personas que tienen más fi, personas que tienen menos fi. Pero, sobre todo, lo que es más impactante para esta teoría es que la fi es, y esta es la palabra tremenda, compartida.
La fi es como si fuese el aire que respiramos. Yo lo respiro, entra en mí, lo transformo, sale con mi dióxido de carbono, sale con parte de mí y lo echo, sale. Y el otro lo respira.
¿Y qué es lo que respira? Ese aire, fruto de la respiración de todos. Entonces, él habla de esa fi que es global, habla de una fi que es humana. Todo esto, científicamente, ¿vale?
Entonces, esa fi entra en mí, yo tengo más, tengo menos, según el día, ¿no? Pero esa fi es producto de la interacción de fi con todos los seres por los que ha ido pasando fi. De tal forma que, y él lo dice, y yo lo he conocido a él, he estado con él en la Universidad de Madrid.
Cuando la fi entra en ti, la transformas. Y cuando la fi entra en otra persona, entra la fi transformada por la persona en la que estaba, ¿no? Entonces, a mí me encantaba porque me parecía una visión como que fuéramos jarras de agua, ¿no? Así lo veía yo.
Pero hay un agua y yo soy. Me encantaba. Cuanto antes decía: "El traje, sí, soy el traje también". O sea, yo tengo una forma, yo soy Naza y tengo mis formas de ser y mis cosas, y he tomado esta forma y este es mi traje, que va cambiando, ¿no? Tal y cual, pero tengo traje.
Pero a la vez lo que le contiene va cambiando de unos a otros. Entonces, yo creo que para mí estas teorías, porque sabéis que esto pertenece a un proyecto, hubo un señor muy rico en Estados Unidos que es el señor John Templeton.
Él era propietario de una mobiliaria en Estados Unidos y era multimillonario, pero era una persona a la que le gustaba mucho el mundo científico, pero también era muy espiritual. Entonces, él sabía que hay proyectos de investigación que la universidad nunca te va a financiar.
Y entonces él dejó, fundó antes de morir la Fundación Templeton con muchísimo dinero para financiar proyectos que una universidad estándar no va a financiar. Entonces, él hace cinco años, la fundación, ya no está, dedicó 25 millones de dólares a intentar demostrar esta teoría.
Y entonces, ahora mismo estamos en esto, porque es un como un derby maravilloso. Entonces, esta teoría supone una serie de cosas, de hipótesis. Entonces, cinco universidades en el mundo, entre las cuales están cuatro que están completamente en contra de esto, tienen que hacer los mismos experimentos.
Y entonces tienen que ir viendo si esta teoría es verdad, o sea, funciona, se cumple, o cumple las observaciones, como queramos llamarlo, o no. Entonces, por ejemplo, entre otras, está la Universidad de París, que es absolutamente contraria, o es organicista, la mente, la consciencia la genera el cerebro, tal, no.
Pero tiene que hacer los experimentos igual y tiene que mostrar los resultados. Y de momento va ganando la de Tononi. Entonces, yo creo, siempre me he posicionado un poco acerca de la de Tononi. Al fin y al cabo, yo creo que todos son teorías, yo creo que todas son verdaderas y todas son falsas.
Y realmente a mí me da igual. Lo que pasa es que las implicaciones de esta teoría son mucho más humanas, son mucho más, eh, nos hablan más de ese compartir, hablan más de esa interacción entre las personas, ponen a las personas en un lugar muy protagonista, pero muy humilde.
La otra visión, por lo que yo veo, lleva más a una soberbia, lleva más a una falta de querer, de trascendencia, de querer mejorar. Veo la otra como mucho más fría, ¿no? Entonces, yo creo, y por eso, pues agradezco tanto estos foros, estos lugares de encuentro.
Porque yo creo que ahora que estamos en esa época de transición científica, donde está sucediendo todas estas revoluciones, que de verdad que es apasionante ir viviendo el día a día, porque estamos constantemente cambiando las ideas que teníamos antes.
Entonces, como nos decía antes Luján, en esa crisis, en estas transformaciones que estamos teniendo a nivel científico, creo que como sociedad, todos, y no solo exclusivamente lo científico, tenemos que apoyar e intentar desviar a veces el rumbo hacia teorías que a mí me parezca que son un poco más humanas, ¿no?
Donde nos alejemos un poco de esa frialdad de manipular todo lo orgánico, donde vuelva, no, a ver ese humanismo. Y, pues, ya me callo. Si yo tuviera que definir de verdad lo que, pues, lo que yo estudio en el laboratorio, lo que yo veo, es intentar desde la biología ver esa humanidad compartida.
Y muchísimas gracias.