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La pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.
Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: "He deseado enormemente comer esta comida pascual con ustedes antes de padecer; porque les digo que ya no me volveré a comer hasta que se cumpla en el reino de Dios".
Y tomando una copa, pronunció la acción de gracias y dijo: "Repartan entre ustedes; porque les digo que no beberé ya del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios".
Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes; hagan esto en memoria mía".
Después de cenar, hizo lo mismo con la copa, diciendo: "Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes. Pero miren, la mano del traidor está sobre la mesa junto a mí. Porque el Hijo del hombre se va, según lo establecido, y aquel que lo va a entregar..."
Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos podía ser el que lo iba a traicionar.
El discípulo se puso a discutir sobre quién de ellos debería de ser considerado como el más importante. Jesús les dijo: "Los reyes de las naciones tras dominante, en los que ejercen autoridad, se hacen llamar directores. Pero ustedes no deben ser así; al contrario, el más importante que se comporte como el menor, y el que gobierna como un servidor. Porque ¿quién es más importante? ¿El que está en la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está en la mesa? Pues yo me traigo en medio de ustedes como el que sirve. Ustedes son los que han perseverado conmigo en mis pruebas, y yo les transmito el reino, como me lo transmitió mi Padre a mí: comerán y beberán a mi mesa en mi reino, y se sentarán en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel".
Y añadiendo: "Simón, Simón, mira que Satanás nos ha pedido a ustedes para zarandearlos como trigo; pero yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca, y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos".
Él le contestó: "Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte".
Jesús le replicó: "Yo te aseguro que hoy, antes de que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces".
Y dijo: "Cuando los envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿les faltó algo?". Contestaron: "Nada". Él añadió: "Pero ahora, el que tenga bolsa, que la coja, y lo mismo alforja; y el que no tiene espada, que venda su manto y compre una. Porque les aseguro que tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: 'Fue contado entre los malhechores'. Lo que se refiere a mí, toca su fin".
Ellos dijeron: "Aquí hay dos".
Él salió, como de costumbre, al monte de los olivos, y los siguieron los discípulos. Al llegar a ese sitio, les dijo: "Oren para no caer en la tentación".
Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba diciendo: "Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya".
Y se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba. En su angustia, oraba con más insistencia, y su sudor era como gotas de sangre que caían hasta el suelo.
Después de orar, se levantó y fue hacia sus discípulos, y los encontró dormidos para tristeza de Jesús. Les dijo: "¿Por qué duermen? Levántense y oren para no caer en la tentación".
Todavía estaba hablando, cuando llegó una multitud encabezada por Judas, uno de los doce. Éste se acercó a Jesús para besarlo. Jesús le dijo: "¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?".
Al darse cuenta de que lo que iba a suceder, los que estaban con él dijeron: "Señor, ¿herimos con la espada?". Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha.
Jesús terminó diciendo: "Dejen". Y tocando la oreja, lo curó.
Jesús dijo a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del templo y a los ancianos que habían venido contra él: "Han salido con espadas y palos, como si yo fuera un ladrón. A diario estaba en el templo con ustedes y no trataron de arrestarme; pero esta es la hora de ustedes y el poder de las tinieblas".
Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del sumo sacerdote. Pedro no seguía de lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor, y Pedro se sentó entre ellos.
Una criada, que lo vio junto al fuego, lo miró y dijo: "También éste estaba con él". Pero él lo negó diciendo: "No lo conozco, mujer".
Poco después lo vio otro y le dijo: "Tú también eres uno de ellos". Pedro replicó: "¡Hombre, no lo soy!". Como una hora después, otro insistía: "Sin duda estaba con él, pues también es galileo". Pedro contestó: "¡Hombre, no sé de qué me hablas!".
Y en aquel momento, cuando aún no estaba hablando, cantó un gallo. El Señor se volvió y miró a Pedro. Recordó Pedro las palabras que le había dicho el Señor: "Hoy, antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces". Y saliendo afuera, lloró amargamente.
Los hombres que tenían preso a Jesús se burlaban de él, dándole golpes y tapándole la cara, y le preguntaban: "Adivina, ¿quién te ha pegado?". Y proferían contra él toda clase de insultos.
Cuando se hizo de día, se reunió el consejo de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y haciendo en el Sanedrín, le dijeron: "Dinos si tú eres el Mesías". Él le contestó: "Si se lo digo, no lo van a creer; y si les pregunto, no me van a responder. Desde ahora, el Hijo del hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso".
Dijeron todos: "Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?". Él les contestó: "Ustedes lo dicen. Yo lo soy".
Ellos dijeron: "¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca".
Se levantó toda la asamblea y lleváronlo a Pilato. Se pusieron a acusarlo diciendo: "Hemos comprobado que este hombre andaba alborotando a nuestra nación y oponiéndose a que se paguen tributos a César, y diciendo que él es el Mesías, el rey".
Pilato preguntó a Jesús: "¿Eres tú el rey de los judíos?". Le contestó: "Tú lo dices".
Pilato dijo: "Los sumos sacerdotes y la gente no encuentran ninguna culpa en este hombre". Ellos insistían: "Solivianta al pueblo, enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí".
Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo y, al enterarse de que era de la jurisdicción de Herodes, se lo envió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días. Pero al ver a Jesús, se puso muy contento, pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo, y no le respondió nada.
Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas, acusándolo con insistencia. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él, poniéndole una vestidura blanca, y lo devolvió de nuevo a Pilato.
Aquel mismo día, Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes estaban enemistados. Pilato convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, dijo: "Me han traído a este hombre alegando que alborota al pueblo, y resulta que yo lo he interrogado delante de ustedes y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputan. Ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal, nada ha hecho que merezca la muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré".
Por la fiesta, tenía que soltarles un preso.
Toda la muchedumbre se expuso a gritar a una: "¡Fuera ése! ¡Suelta a Barrabás!". A ése lo habían metido en la cárcel por una revuelta que tuvo lugar en la ciudad y por un homicidio.
Pilato volvió a dirigirle la palabra, con intención de soltar a Jesús, pero ellos seguían gritando: "¡Crucifícale, crucifícale!". Y les dijo por tercera vez: "¿Qué mal ha hecho este hombre? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré".
Pero ellos insistían a gritos que lo crucificaran, e iba a ceder a su criterio. Pilato decidió que se cumpliera su petición. Soltó al que ellos querían, al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio; a Jesús, lo entregó al arbitrio de ellos.
Mientras lo conducían, echaron mano de un tal Simón de Cirene que volvía del campo y le obligaron a cargar la cruz para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía mucha gente del pueblo y mujeres que se dolían y lamentaban por él.
Jesús se vuelve hacia ellas y les dijo: "Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren por ustedes y por sus hijos. Porque miren que llegará el día en que se dirá: '¡Dichosas las estériles, y los vientres que no han dado a luz, y los pechos que no amamantaron!'. Entonces empezarán a decirles a los montes: '¡Caigan sobre nosotros!', y a las colinas: '¡Sepúltennos!'. Porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?".
Conocían también a otros dos malhechores para ser ejecutados con él. Y cuando llegaron al lugar llamado la Calavera, lo crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otra a la izquierda.
Jesús decía: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Y se repartieron sus ropas echando la suerte.
El pueblo estaba mirando. Los magistrados también se burlaban, diciendo: "A otros ha salvado; que se salve a sí mismo si es el Mesías de Dios, el elegido". Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre: "Si eres tú el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!". Había encima una inscripción: "Éste es el rey de los judíos".
Uno de los malhechores crucificados insultaba: "¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!". Pero el otro lo increpaba: "¿Ni siquiera temes a Dios tú, que sufres la misma condena? Nosotros la sufrimos justamente, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, él no ha hecho nada malo". Y decía: "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino". Jesús le respondió: "Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso".
Y era ya eso del mediodía, y el sol se oscureció, y las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del templo se rasgó por medio, y Jesús clamaba con voz potente: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Y dicho esto, expiró.
Vamos a ponernos de rodillas y guardar un momento de silencio. Amén.
Continuamos de pie.
El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios diciendo: "Verdaderamente este hombre era justo".
Toda la muchedumbre que había acudido para contemplar este espectáculo, al ver lo que había pasado, regresaba dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos y las mujeres que le habían seguido de Galilea se mantenían a distancia contemplando lo sucedido.
Un hombre llamado José, que era senador, hombre bueno y justo, que no había estado de acuerdo a la decisión y al crimen de ellos, que era natural de Arimatea y esperaba el reino de Dios, acudió a Pilato a pedir el cuerpo de Jesús. Y bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía. Era el día de la preparación, y ya comenzaba el sábado.
Las mujeres que le habían acompañado desde Galilea fueron detrás para observar el sepulcro y cómo había colocado el cadáver. Prepararon aromas y ungüentos, y el sábado guardaron descanso según el precepto.
El logro del Señor. Amén.
1. 7. Este momento, queridos hermanos, quisiera, de alguna manera muy breve, fijarlos que tiene la liturgia de hoy, domingo de Ramos, tres detalles que nos permiten vivir correctamente estos días santos.
Porque hoy, queridos hermanos, entramos a la Semana Santa, que es un tiempo de gracia, y no hay que desperdiciar este tiempo de gracia.
El primer detalle de la liturgia de hoy es que se han bendecido los ramos. El silencio. Esto es muy importante. Hemos recibido la bendición. El silencio. Qué importante es el silencio. Qué importante es el recogimiento. La Semana Santa es un tiempo para vivir de manera especial el recogimiento, queridos hermanos. En el silencio habla Dios. Cuando guardamos silencio, hacemos un buen examen de conciencia para confesar los bienes. Hay que guardar silencio, invocar al Espíritu Santo y ver nuestro corazón. Desgraciadamente, hoy se ha perdido el hábito del silencio, el hábito del recogimiento. Yo me acuerdo cuando era niño, hace muchísimos años atrás, con un día de recogimiento. Le pregunto hoy, ¿podemos decir lo mismo? Desgraciadamente, no. Cuántos ruidos con tornillos, queridos hermanos.
Primer propósito: vivamos esta Semana Santa con un gran espíritu de recogimiento. ¿Para qué? Para examinarnos, para ver aquello que no le gusta a Jesús en nuestra vida y pedirle a Jesús. Gracias. Hacen una buena confesión y salir renovados.
Segundo detalle de la liturgia de hoy: hemos proclamado el evangelio al inicio. ¿Y qué pasaje de la vida de Jesús hemos proclamado al inicio? La entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Hemos revivido esta entrada triunfal de Jesús a la ciudad santa. Jesús entra en Jerusalén como lo que es: el Rey de Reyes y el Señor de Señores, y la gente alaba a Jesús.
Segundo detalle: tenemos que alabar siempre al Señor. Y se alaba al Señor no solamente con palabras, se alaba al Señor con nuestra propia vida, y eso todos los días de nuestra vida, queridos hermanos. El domingo de Ramos, la gente decía: "¡Bendito el que viene en nombre del Señor!". ¿Y qué pasó días después? Muchas de esas personas van a decir: "¡Crucifícale, crucifícale!". Siempre tenemos que alabar al Señor y nunca decir: "¡Crucifícale, crucifícale!".
Hoy sacamos un segundo propósito: que nuestra vida sea siempre una alabanza a Dios. Que llevemos como una ofrenda agradable a Dios todos los días de nuestra vida, no solamente en Semana Santa, cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo, hay que ser una ofrenda grande a Dios. Todo lo que nos pasa, cuando se hace con amor, se convierte en una ofrenda agradable a Dios. ¿Qué es lo único en nuestra vida que no puede ser una ofrenda agradable a Dios? El pecado. Un sacerdote contaba que se había encontrado con un borrachito, y el borrachito le dijo: "Padrecito, yo soy católico. Cada vez que me emborracho, ofrezco mi borrachera a Diosito". ¿Eso está bien o está mal? Pésimo. El pecado nunca es ofrenda agradable a Dios. Jesús ha muerto por nuestros pecados, y si queremos ser una ofrenda grandiosa, hay que vivir siempre en gracia, no en pecado.
Y el tercer y último detalle que quisiera remarcar: hemos leído el relato de la Pasión. Hoy, también, domingo de Ramos, recibe el nombre de domingo de la Pasión. Hemos proclamado el relato de la Pasión del Señor. Relato largo, relato para meditarlo, relato para profundizar en lo que ha hecho Jesús por nosotros, cómo el Señor ha sufrido por nosotros. Hemos costado la sangre de Cristo. Por eso el color de hoy es el rojo. Y fíjense, queridos hermanos, el domingo de Ramos, domingo de la Pasión. El viernes, otra vez vamos a leer la Pasión del Señor. Dos veces en la Semana Santa se lee la Pasión del Señor. ¿Y por qué? Porque el domingo de Ramos leemos la Pasión del Señor, y el viernes otra vez vamos a leer la Pasión del Señor según el evangelio de Juan. ¿Por qué? Para que se nos meta en la cabeza y en el corazón que hemos costado la sangre de Cristo y que no podemos rechazar. La gente rechaza la cultura, echa a Jesús. Jesús entra a la ciudad santa, viene como Rey, pero no va a ir a sentarse, no va a ir a la cruz. Y nuestro Rey triunfó en la cruz. Por eso, estos días santos tienen que ser motivo para contemplar a Cristo en la cruz, para meternos en las llagas de Cristo, para tomar conciencia de que Dios los ama tanto que no solamente se ha hecho hombre por nosotros, sino que ha muerto por nosotros.
Queridos hermanos, pongamos nuestros ojos en Cristo crucificado. La cruz, el signo de victoria, no derrota. Porque esta Semana Santa, lo sabemos de ese modo, en la Vigilia Pascual, en el triunfo de Cristo sobre el pecado, sobre la muerte. Triunfo que pasa por la cruz. Por eso, bendita cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo.
Vamos a pedirle hoy a la Virgen Santísima, nuestra Madre, que nos ayude para que esta Semana Santa sea la mejor semana de nuestra vida. A eso tenemos que aspirar. Que Dios, hermanos, que esta semana sea la mejor Semana Santa en nuestra vida, porque vamos a estar muy unidos a Cristo, porque vamos a vivir el recogimiento, porque vamos a hacer de nuestra vida una ofrenda grande a Dios, y porque vamos a estar muy abrazados a la cruz de Cristo, sabiendo que la cruz desemboca en la Resurrección. Que María, nuestra Madre, nos ayude a vivir con mucha fe, con mucha devoción, con mucho amor estos días santos. Que así sea, queridos hermanos.
Hemos bendecido los ramos del silencio. Primer propósito: el recogimiento. Necesitamos ser personas que guardan silencio para escuchar la voz de Dios y para purificar nuestro corazón. Hemos proclamado el inicio del evangelio del ingreso triunfal de Jesús a Jerusalén. La gente alababa a Jesús, pero muchos de ellos luego dicen: "¡Crucifícale, crucifícale!". Hoy sacamos el propósito de que toda nuestra vida tiene que ser una alabanza a Dios. Tenemos que hacer ofrendas agradables a Dios. Miren, en gracia, no en pecado. Y hemos proclamado, leído el relato de la Pasión. Hoy, domingo de la Pasión, domingo de Ramos. El viernes, otra vez leemos la Pasión, ya según el evangelio de Juan. Dos veces vamos a escuchar la Pasión para que se nos meta en la cabeza y en el corazón que seguimos al crucificado resucitado. Sí, pero ha pasado por la cruz.
Tercer propósito: estar siempre abrazados a la cruz de Cristo. Vamos a pedir a la Virgen que nos ayude a vivir con mucha fe, con mucha devoción, con mucho amor estos días santos.
Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Dios ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Por el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo. Amén. Siempre por los siglos de los siglos. Amén.
Jesús.