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V. Completa. Neuropsicología de la vida cotidiana. Saul Martinez-Horta, neuropsicólogo

AprendemosJuntos1:03:24

Transcription

Soy Saúl Martínez Ortas, soy neuropsicólogo clínico en el servicio de neurología del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau en Barcelona. También en el Centro de Diagnóstico e Intervención Neurocognitiva de Barcelona. Llevo más de 15 años dedicado a la neuropsicología clínica y soy autor del libro "Cerebros rotos y dónde están las llaves: Neuropsicología de la vida cotidiana".

Hola Saúl, es un honor estar hoy aquí contigo. Soy Hilda Mosquera, una apasionada de la educación y madre de tres maravillosos niños. Y será un honor poder hablar hoy sobre un tema tan interesante como es la salud del cerebro, desde esta perspectiva de la neurociencia que tú trabajas y cómo esto nos impacta en nuestras vidas.

Es un placer, Hilda. Bueno, eh, Saúl, tú eres neuropsicólogo. Para una persona que no sepa qué es esto, ¿qué es esta disciplina? ¿Puedes contarnos de qué se trata y cómo surgió esa vocación?

Hay una respuesta a esto que sería como la formal, ¿no? La definición de diccionario de lo que es la neuropsicología. Yo creo que, para que la gente lo entienda de una forma simple, primero hay que tener en cuenta que la psicología es una disciplina muy amplia, cuyo objetivo en esencia es el estudio del comportamiento, de la conducta humana. Y eso se puede hacer desde distintas áreas: la psicología social, que observa cómo aparece o se produce la conducta en sociedad; la educativa, la clínica... Y los neuropsicólogos somos personas que nos hemos especializado en intentar entender cuál es la relación que existe entre el cerebro y, en esencia, cómo funciona un cerebro y cómo, gracias al funcionamiento del cerebro, se expresa el comportamiento, la conducta y la cognición en el ser humano.

Pero yo ahí añadiría que, a diferencia de lo que quizás tiene más que ver con la neurociencia en general, la neuropsicología es una disciplina eminentemente clínica. Y eso, ¿qué significa? Nosotros hemos aprendido mucho de observar y de estudiar un cerebro en condiciones de normalidad, pero en neuropsicología nuestro objeto de estudio es aquello que sucede cuando el cerebro se estropea. Es, ¿en qué se traduce que un cerebro deje de ser capaz de hacer aquellas cosas que hace para que un ser humano funcione acorde a como es un ser humano?

Y ahí es donde entra la segunda definición que a mí me gusta, que es menos formal: que nos convertimos en algo así como arqueólogos de los procesos cognitivos. Nosotros somos exploradores, somos personas que utilizamos una serie de herramientas, no solo administrar tests o pruebas, en un intento para comprender, por ejemplo, si está fallando la memoria, pero a expensas de qué está fallando, cuál de los procesos implicados en lo que llamamos memoria puede dar lugar a que una persona, aparentemente, no sea capaz de recordar. Y quien habla de memoria, habla de cualquier otro proceso cognitivo.

Y atendiendo a cómo entendemos que funciona un cerebro, eso que estamos viendo desde este acto como de arqueólogo, ¿qué nos sugiere desde la perspectiva de la disfunción en el cerebro? Nos hace pensar que hay un sistema en particular que está fallando. Y teniendo en cuenta lo que sabemos de cómo se comportan determinadas enfermedades, esto que estamos viendo, ¿se parece al esquema mental que tenemos de lo que es previsible que suceda en alguna enfermedad? Quiero decir, esto que estamos viendo, ¿nos está sugiriendo un diagnóstico?

De modo que, en resumen, neuropsicología clínica es ser grandes exploradores de lo que hace un cerebro para convertirnos en seres humanos, y grandes exploradores de lo que quizás no está funcionando del todo bien. Y digo exploradores porque nosotros estudiamos algo que es invisible. Hay otras disciplinas científicas y médicas que observan algo que se puede ver a simple vista, ¿no? Si yo no puedo mover una mano o si me ha salido, pues, un eccema en la piel. Pero los procesos cognitivos no se observan, no se ven. Nosotros vemos la conducta, cómo ejecuta una persona algo, pero lo que está por debajo de eso es invisible. Y nuestra función es, de algún modo, intentar ver qué está pasando por ahí debajo.

Y en cuanto a mi vocación, pues es una historia que a mí me gusta mucho explicar porque, simplificando un poco el escenario, yo he sido lo que podríamos considerar el peor estudiante que existió jamás. Sin duda, no soy el peor, ni fui el peor, pero fui un terrible, terrible estudiante. Yo era una persona que repetía cursos, mi media de suspensos era de unas seis asignaturas, básicamente porque no abrí un libro en mi vida. Y a mí me costaba mucho entender por qué no era capaz de hacer las cosas que con suma facilidad hacían otros chavales de mi escuela. Yo llegaba tarde a todos lados, no era capaz de organizarme o de anticipar que tenía un examen y que tenía que estudiarlo, pero tampoco me motivaba el hecho de hacerlo. Yo me pasaba el día andando en monopatín, literalmente.

Por suerte, mis padres siempre tuvieron la sensación, una sensación que yo también tenía pero que a mí me generaba mucha frustración, de que no era, no era poco listo, pero no tenía yo las herramientas. Mis padres buscaban alguna forma de motivarme, intentar entender qué sucedía. Y por pura casualidad, o quizás no, en algún momento de mi vida, un verano en el que yo suelo decir que me da la impresión que mi corteza prefrontal creció medio milímetro y fui un poquito más maduro (después hablaremos de eso), mi padre me regaló un libro de casos clínicos en neurología. Que no era de Oliver Sacks, podría parecer como muy obvio que fuese un libro de Oliver Sacks, pero no lo era. Y en ese libro, a través de casos clínicos, un neuropsiquiatra de Londres narraba historias de personas con enfermedades del cerebro que, de pronto, a mí me descubrió un mundo que me pareció terroríficamente fascinante. Terrorífico por complejo, pero fascinante porque, desde recuerdo que fue una reflexión como muy simple, me dije a mí mismo: "Ostras, este aparato puede darle respuesta a muchas inquietudes que yo me estoy planteando continuamente". Y de ahí nació una pequeña gran obsesión que me llevó, de pronto, a cambiar completamente mis hábitos educativos porque ahora tenía un motivo. Y desde aquel instante, en convertirme en alguien dedicado al estudio del cerebro, especialmente del cerebro cuando se estropea. Y de ahí nace mi vocación.

Justo tú tienes un libro que es llamado "Cerebros rotos". ¿Es posible que el cerebro se rompa en algún momento por alguna situación?

Sí, tanto, tanto literal como metafóricamente. Y posiblemente es mucho más correcto usar la metáfora de que el cerebro se rompe. Lamentablemente, el cerebro humano y los procesos que dependen del cerebro humano son tan complejos como frágiles. Un sistema tan sumamente complicado lleva implícita una inmensa fragilidad. Y hay una infinidad de escenarios que pueden hacer que, de una forma permanente o transitoria o más o menos grave, el cerebro se estropee.

Hay escenarios relativamente conocidos: un traumatismo, un accidente, un ictus, una enfermedad neurodegenerativa... Son procesos que, quien más, quien menos, todos conocemos. Hay entidades transitorias: por ejemplo, durante una crisis epiléptica, un cerebro se "rompe" durante un pequeño periodo de tiempo. Y luego hay toda una infinidad de mecanismos que pueden dar lugar a la fractura del cerebro y de la mente que son quizás menos conocidos, pero que a mí me gusta mucho educar en torno a ellos porque nos cuentan cosas muy relevantes de cómo estamos hechos y de qué nos puede suceder.

Por ejemplo, hay enfermedades autoinmunes, enfermedades en las que, por algún mecanismo, el sistema inmunitario reacciona a algo en un intento de salvarnos y acaba causando más daño que beneficio. Hay enfermedades mediadas por exponernos a determinados tóxicos, síndromes metabólicos, incluso determinados tipos de cáncer que pueden afectar a partes del cuerpo muy alejadas del cerebro, pueden desencadenar una cascada de acontecimientos negativos a nivel cerebral.

Si me permites, te voy a poner algún ejemplo de estos, de estos menos conocidos. En el caso de las enfermedades autoinmunes, es un escenario que durante los últimos años ha ido cobrando mucha relevancia porque, fíjate, en torno a 2007, un neurólogo de Barcelona, el profesor Josep Dalmau, descubrió que, sobre todo en mujeres, mujeres que a una edad donde es relativamente frecuente que debute un problema de salud mental como es la esquizofrenia, sobre los veintipocos, pues en una proporción significativa de esos casos, estas mujeres lo que tenían era un teratoma, un tipo de quiste de cáncer benigno de ovarios.

¿Qué estaba sucediendo? Había una respuesta autoinmune contra este tejido tipo tumor. Lo que pasa es que este teratoma suele contener como células, digamos, que no deberían estar allí: receptores anti-NMDA, que es algo que también tenemos en el cerebro. En consecuencia, cuando estas mujeres desarrollaban este tipo de teratomas, se desencadenaba una respuesta autoinmune que, en un intento de acabar con el cáncer, destruía los receptores anti-NMDA al cerebro, desencadenando una clínica psiquiátrica compleja que, si la viésemos, nos parecería que no es distinguible de lo que hemos visto muchas veces en problemas de salud mental.

Y eso significa que, posiblemente, a lo largo de la historia, miles o millones de mujeres han estado condenadas a una institución psiquiátrica hasta que no nos dimos cuenta de que cosas que parecen una enfermedad mental tenían una causa biológica tan alejada del cerebro. Lo que es peor, que tienen tratamiento y si se tratan, se curan.

¿O te pongo otro ejemplo que me parece precioso? Más allá de lo que digo, de las enfermedades obvias que todos conocemos. Por poner un ejemplo que todo el mundo conocerá: el mercurio. Hace ya más de un siglo, siglo y dos, cuando estaba de moda de llevar sombreros, había unas personas que se llamaban sombrereros, que obviamente se dedicaban a fabricar sombreros. Y en el proceso de separar la piel de conejo de lo que es la piel del animal, usaban una técnica para la cual se empleaba o emanaban unos vapores de mercurio. Esa técnica la llamaban "croling" en inglés, porque el agua adquiría un color anaranjado. Y de ahí que muchos sombrereros tuviesen la barba y el pelo naranja.

Y aquí, a lo mejor, alguien ya empieza a hacer alguna asociación, porque hay un personaje de un cuento muy conocido, "Alicia en el País de las Maravillas", que es el Sombrerero Loco, que tiene el pelo naranja. Y el Sombrerero Loco no aparece en ese cuento por azar, sino porque en esa época era conocido que los sombrereros enloquecían. Hoy sabemos que enloquecían por la exposición al mercurio. La intoxicación al mercurio da lugar a un trastorno progresivo e insidioso de la conducta, de la cognición, básicamente a una "rotura" del cerebro que, por aquel entonces, desde el desconocimiento, nadie podía pensar que tenía que ver con esos vapores. Y eso explica el porqué de los sombrereros locos.

Y así tenemos una infinidad de causas de "rotura" de un cerebro.

Se ha normalizado que en la vejez tengamos un deterioro de la memoria o un deterioro, pues, de la salud mental. ¿Esto es así o podemos incidir para que esto no suceda?

Aquí el gran problema es que la sociedad, no toda obviamente, pero ha habido una normalización, una considerar que hacerse mayor lleva implícito deteriorarse a nivel cognitivo. Envejecer no es enfermar. El envejecimiento es un proceso biológico que forma parte del ciclo vital. Es evidente que cuando envejecemos, conforme envejecemos, suceden una serie de cambios a nivel tanto biológico como psicológico, fisiológico, pues que tienen algunos matices más que obvios: menos ágiles, menos destreza, pérdida de agudeza visual, auditiva, etcétera. Pero todo eso sucede dentro de unos parámetros de lo que llamamos la normalidad.

Para muchas personas se ha convertido en algo normal o previsible que cuando alguien se hace mayor se deteriore. Deteriorarse significa que eso que sucede es más que evidente, tiene un impacto en la vida de la persona. "El abuelo ha perdido la memoria". Bueno, pero es por la edad. No. Lamentablemente, el envejecimiento añade riesgo, es un factor de riesgo a que se puedan desarrollar enfermedades relacionadas con la edad. Y en ese contexto, en el de enfermedades relacionadas con la edad, es desde donde puede explicarse cómo y por qué muchas personas mayores desarrollan un deterioro cognitivo progresivo. Pero lo están desarrollando porque hay un proceso patológico de base que nada tenía que ver con el envejecer.

Antiguamente se creía que solo existía la enfermedad de Alzheimer y si no tienes Alzheimer, pues esto es que "se ha hecho mayor". A día de hoy sabemos que procesos neurodegenerativos y procesos que puedan deteriorar la cognición hay una infinidad. Y de hecho, a nivel diagnóstico médico, neurológico y neuropsicológico, no está aceptado a día de hoy como diagnóstico un concepto tan asociado a la vejez como la demencia senil. Cuando se dice "esta persona tiene una demencia senil", la demencia senil no existe. Es un concepto completamente erróneo. La demencia es un constructo que utilizamos en clínica para definir cuando una persona tiene un trastorno cognitivo tan severo que no podría sobrevivir sola. Y una persona puede tener una demencia como consecuencia de una infinidad de factores: enfermedades del cerebro, accidentes, tumores... Envejecer no provoca una enfermedad que se llama demencia, porque la demencia es un síndrome. La demencia en sí no es una enfermedad. La enfermedad de Alzheimer causa demencia, pero cuando tú tienes patología de Alzheimer, no siempre tienes demencia. Hay una etapa previa a la demencia que tienes otras cosas.

Y es imprescindible que se eduque en torno a esto por una cuestión que, lamentablemente, vemos de una forma demasiado frecuente: esta normalización lleva implícita una banalización de cómo envejecemos. Y es evidente que los mismos esfuerzos que desplegamos en las primeras etapas de la vida y en nuestra madurez, en muchas ocasiones no se despliegan al final de la vida. Y eso es absolutamente injusto desde una perspectiva médica, psicológica y humana.

"El abuelo o la abuela ha perdido la memoria y está deprimido, pero es normal porque se quedó viudo y además es muy mayor". Una, no es normal, es previsible, pero tenemos que saber qué ha pasado. Y dos, si lo normalizamos, no lo tratamos. Una persona mayor de 80, de 90, me da igual, merece ser feliz, merece estar en contacto con los suyos. Y por lo tanto, no podemos trivializar todo esto. Hay que tratarlo como lo que es, igual que lo haríamos con una persona de 50 años que pierde la memoria ante una situación de estas.

Cuando tenemos familiares que puedan estar sufriendo un proceso de estos degenerativos, ¿qué podemos hacer los familiares, quienes estamos alrededor? ¿Cómo podemos ayudarles?

En muchas ocasiones, cuando hablamos de enfermedad neurodegenerativa, quien menos padece, sin pretender simplificar el concepto de padecimiento, pero quien menos padece es la persona afectada. En muchas ocasiones, no en todas, y a quien más impacto supone lo que está sucediendo es al entorno. Después podemos hablar más de esto de lo que implica el diagnóstico. De acuerdo. En cualquier caso, disponer de herramientas para explicar y para explicarnos qué está sucediendo es un paso, para mí, de gigante que resuelve muchas dudas a quienes conviven con la realidad cotidiana de un cerebro que se está rompiendo, que da lugar a escenarios muy complejos de entender. Y, por supuesto, a partir de ahí, desde el correcto diagnóstico, proveer de herramientas al entorno de esa persona afectada para que puedan interactuar de la mejor manera posible, atendiendo a cómo funciona ahora esa persona. Hay una labor más del diagnóstico de educar a todas las piezas que formarán parte del tratamiento de una persona con una enfermedad del cerebro.

Tú recibes diariamente en consulta, tienes muchísimos casos, eh, de personas que están buscando un diagnóstico. ¿Cómo se afronta un diagnóstico y con qué herramientas? ¿Qué herramientas se podría dar a un familiar cuando se tiene que dar una noticia de una enfermedad degenerativa?

El diagnóstico pone encima de la mesa una serie de elementos relativamente simples, prácticos, y un escenario con distintos actores muy complejo. Obviamente, no es lo mismo cuando hablamos de un diagnóstico de un proceso que va a tener un tratamiento o que va a tener un pronóstico benigno, de cómo sucede en la mayoría de los casos que yo llevo, donde el diagnóstico significa que no se va a poder hacer nada. Eso, ya de entrada, marca dos escenarios muy distintos.

Diagnóstico, pero siempre, siempre se convierte y le debemos convertir en una herramienta para poder entender y explicar. Al final, nos vamos a encontrar con algo que no se puede curar, pero que posiblemente se puede tratar en el sentido más amplio del concepto. ¿Qué es tratar? ¿Qué significa tratar algo incurable? De modo que, muchas veces, cuando tú haces frente a la complejidad de los problemas que derivan de la desintegración de la mente humana, lo primero que necesitas es entender por qué está sucediendo lo que está sucediendo. Y no en pocas ocasiones, poder delimitar esto desde un nombre, desde una etiqueta, desde "esto es una degeneración frontotemporal y esto explica por qué ha ido sucediendo esto". Es algo que se hace como muy necesario para quienes conviven con esta realidad y que, además, te permite hacer un pronóstico a futuro.

Pero aquí aparece lo que para mí motiva mucha reflexión en mi día a día, y es las distintas piezas y los distintos momentos. Porque cuando hablamos de diagnóstico, por ejemplo, podemos hablar de cuándo diagnosticamos. ¿Qué significa diagnóstico en una persona que aún no tiene una enfermedad pero que la va a tener? Porque, por ejemplo, yo en mi caso me dedico mucho a una enfermedad neurodegenerativa de base genética que nos permite saber en personas que están a riesgo porque sus padres tienen esa enfermedad, padres, tíos, primos, si ellos han heredado o ellas han heredado la mutación genética y la tendrán en el futuro. Pero, ¿qué significa diagnosticar 20 años antes? Claro, aquí el significado del diagnóstico es distinto.

Y plantea una pregunta: si tú pudieses saber algo tan trascendente sobre tu existencia como que dentro de 5, 10, 15, 20 años se va a iniciar un proceso irreversible de degeneración, ¿lo querrías saber? Y la siguiente pregunta es: ¿por qué? Y la siguiente, y la, para mí, la más importante: ¿para qué? Y esto plantea una reflexión que yo suelo repetir muchas veces, que es, para mí, la gran lección que me han brindado los casos que yo llevo. Cuando hablo de este tipo de enfermedades, muchos colegas o gente que yo voy conociendo, cuando se enteran de que trabajo en esto y el tipo de enfermedades, me suelen preguntar: "Ante un escenario como el que digo, diagnóstico genético antes de que estés enfermo, te dicen: 'Oye, ¿y qué sentido tiene la vida de estas personas?'". Y yo, con el tiempo, he aprendido a darles una respuesta en forma de pregunta, para la cual no espero respuesta, y es que yo les pregunto a ellos: "¿Qué sentido tiene la tuya?". Pero piénsalo bien, ¿qué sentido tiene la tuya?

Porque aquí hay un detalle que es la gran lección que yo he aprendido, y con esto no pretendo romantizar las enfermedades ni mucho menos, pero hablo de realidades. Tú y yo y las personas que hoy nos acompañan aquí, en el fondo, sabemos que el futuro nos depara una tragedia. Es así. Y lo más probable es que, cuando lleguemos a eso, no lleguemos bien. Eso es así. La pregunta es si estamos viviendo acorde a esa realidad.

Porque resulta que tú, cuando te dedicas a esto, descubres que cuando a alguien le diagnosticas algo, habitualmente aparecen las prisas. Las prisas por vivir una vida que no he tenido tiempo de vivir. Y allí es donde yo construyo una reflexión que me atormenta: ¿Por qué necesitamos que nos cuenten esto para vivir una vida que no estamos viviendo? Y eso es un poco lo que les pregunto yo a las personas cuando les digo: "¿Qué sentido tiene tu vida?". Cuando el día de mañana te digan que esto se va a acabar, te entrarán las prisas.

De modo que, cuando diagnosticas a una persona que aún no tiene una enfermedad pero que la va a tener, lo que intentamos es que la utilidad del diagnóstico sea para que lo utilice en beneficio de algo. Yo estoy convencido de que voy a seguir viviendo mi vida como si aquí no fuese a pasar nada. Pero si no me quedase más remedio que saber, porque he decidido que quiero saber, debería ser capaz de utilizar esta información en positivo. Y eso es lo que intentamos en estos casos.

Luego hay el escenario de lo obvio: paciente, persona, donde es más que evidente que está pasando algo y su familia busca una respuesta, busca un nombre. Y muchas veces la respuesta es un alivio, un alivio doloroso, porque ya nos lo habíamos imaginado. Pero luego hay otro escenario, que es el imprevisible. Es el cuando vienen personas porque, bueno, últimamente me parece que se me olvidan algunas cosas o porque me han dicho que tal. Y lo último que se esperan es que esto que les está pasando lleve implícito el diagnóstico de una enfermedad del cerebro. Allí, la manera en cómo informas, en cómo transmites, es crítica. A mí no me sirve de nada, como neuropsicólogo, no me sirve de nada que lo que yo estoy descubriendo únicamente provoque dolor, sufrimiento y destruya una vida. No me sirve de nada. No me sirve de nada poderle contar a alguien que lo que le está pasando es una enfermedad de Alzheimer u otra enfermedad si con esa información no vamos a poder hacer nada. Eso es crítico.

Y finalmente, hay otro escenario del que a mí me gusta hablar y que se habla muy pocas veces. Cuando hablamos de diagnóstico, hemos hablado de protagonistas como pacientes, como familias, y luego estamos nosotros. Y lo que se habla muy pocas veces, o yo escucho mucho, muy pocos colegas hablar, es: ¿qué significa diagnosticar para nosotros? Y diagnosticar significa, y al menos hablo yo desde mi propia persona, un acto que muchas veces es no es doloroso, es dolorosísimo. Trabajar con la enfermedad y con el sufrimiento de otro ser humano es fascinante, pero exponerse al sufrimiento humano es terriblemente traumatizante. Y aunque parezca mentira, a veces yo estoy hecho de lo mismo que las personas que tengo delante. Y diagnosticar, aunque también nos alivia porque hemos encontrado lo que está pasando, también nos mata, porque es terrible tener que contar ciertas cosas a las personas que atendemos.

Entonces, cuando yo lo pongo todo encima de la mesa, vuelvo un poco a lo que decía al principio, ¿no? Esto que podría parecer simplemente un desastre, ¿cómo lo podemos utilizar? Diagnóstico más allá de un nombre, diagnóstico más allá de "demencia con cuerpos de Lewy". ¿Qué significa? Significa que vamos a poder anticipar un futuro, vamos a poder organizar una vida, vamos a poder educar a un contexto, vamos a poder intentar intervenir farmacológica y no farmacológicamente para mejorar una calidad de vida, vamos a poder curar, no cuidar. Sí, acompañar, por supuesto, y paliar. Definitivamente, las enfermedades del cerebro lo único que tienen de positivo es que nos trazan un escenario al cual debemos anticiparnos continuamente para que todas las etapas sean de la más profunda, llamémosle, dignidad humana posible, porque son las enfermedades que más fragmentan la dignidad del ser humano.

En tu libro has hablado de estos procesos degenerativos o que se puede perder la memoria. Pueden ser diferentes situaciones, pero ¿por qué no siempre se olvida todo? ¿Por qué se recuerda aquello que está más relacionado con las emociones? Hay una memoria emotiva, ¿qué pasa ahí con ese mundo emocional?

En primer lugar, el cerebro y sus procesos no está evolutivamente diseñado para que no se produzca olvido. Eso, de hecho, sería una catástrofe, no no olvidar. De modo que el olvido es un acontecimiento previsible y, en el contexto de la normalidad, pero también de la patología, todos experimentamos que hay sucesos que se olvidan y otros que no se olvidan. Y de ahí pueden hacer la pregunta de por qué hay cosas que se olvidan y otras que no se olvidan.

Aquí hay distintos elementos a tener en cuenta, donde nuevamente la enfermedad nos ayuda a entender. Por un lado, hay recuerdos anclados a un instante en el tiempo, no muy alejado del momento presente. Lo que yo he comido esta mañana o lo que hice hace una semana implica unos sistemas en el cerebro distintos a ese recuerdo que tiene que ver en cómo era mi escuela, esa en la que iba cuando yo tenía 10 años. Ese recuerdo tan remoto. Estos recuerdos remotos, simplifico, no están en un almacén en concreto, han quedado desperdigados por distintas regiones o territorios de nuestra de nuestro cerebro. Y estos recuerdos más recientes, lo que yo cené ayer, sí que a día de hoy lo tengo más colocado como en un sistema de almacenaje.

Determinadas enfermedades tienen la predilección por destruir estos almacenes, como por ejemplo lo es la enfermedad de Alzheimer. La enfermedad de Alzheimer tiene, en la mayoría de los casos (porque hay formas atípicas), suele asociar lo que llamamos un síndrome amnésico, un síndrome que se caracteriza porque la persona tiene una gran dificultad para aprender, para incorporar información en este almacén, porque el almacén está roto. Y cuando va a buscar información, este almacén no la encuentra porque se ha caído, se ha perdido. Pero sorprendentemente, incluso en un paciente evolucionado con enfermedad de Alzheimer, le hablas de su niñez y te la cuenta, porque esos recuerdos no están en estas zonas que el Alzheimer tiene predilección por desintegrar muy al principio, están en otros lugares. Eso es uno de los motivos que explica el cómo se distribuyen los recuerdos o las memorias atendiendo al gradiente temporal, porque unos permanecen y otros no.

Luego hay otro escenario, y es que hay muchas cosas que creemos que hemos olvidado que no las hemos olvidado. Primero, porque hay cosas que no se han olvidado porque jamás las aprendimos. Muchas veces la gente dice: "Ostras, es que se me olvidan muchas cosas". Yo le suelo explicar: para que se produzca el fenómeno del olvido es absolutamente necesario que se haya producido el aprendizaje. Y para que se produzca el aprendizaje son necesarias otras cosas. Quizás lo que sucedió es que no aprendiste. Luego podemos también hablar de ello. Pero si yo he aprendido y tengo la impresión de que he olvidado, aquí es donde nosotros a veces tenemos que valorar si en efecto se ha producido el olvido y la información ya no está, o si lo que no consigues es acceder a la información. Hay recuerdos a los cuales es más fácil acceder, hay recuerdos a los cuales es más difícil acceder.

Y en última instancia, hay un fenómeno obvio, y es que hay experiencias que suceden en un contexto en el que cohabita la situación con la emoción. Y eso, involuntariamente, en muchos casos, convierte muchos de los elementos que están en ese contexto en una memoria imborrable. Creo que todos podríamos más o menos situarnos con bastante precisión mientras observábamos los atentados de las Torres Gemelas, o mientras revivimos los atentados en Madrid, o cuando recordamos nuestra primera cita, o incluso la primera canción que bailamos con X. Esos recuerdos tienen un aspecto muy distinto, muy, muy distinto.

¿Pero por qué? ¿Por qué sucede esto? Porque las emociones, a lo largo de la evolución, han jugado un papel crítico en la supervivencia de nuestra especie y de otras especies. Y cuando el cerebro se emociona, una cosa es la experiencia que nosotros tenemos, pero la otra cosa es lo que la emoción le cuenta a un sistema que lleva millones de años evolucionando. Y lo que la emoción le cuenta a este sistema es sencillo: le cuenta "¡Ey! Esto es relevante para tu supervivencia". De modo que, cuando algo sucede asociado a emoción, la información que estos sistemas del cerebro dedicados a procesar la emoción y la memoria, lo que a ellos les llega es: "Cuidado, que esto es sumamente importante para nuestra especie, ¡no lo olvides!". Y eso hace que este tipo de información el cerebro la maneje de una manera distinta, la sitúa en otro lugar.

Y eso da lugar a escenarios clínicos muy, muy bonitos de ver (entre comillas). Por ejemplo, yo recuerdo un caso, contaré tres ejemplos. Un caso de un hombre en Barcelona que era un famoso fotoperiodista que padecía una parada cardiorrespiratoria en la calle y nadie le ayudó. Porque cuando tú vives en una zona rica y pasas a ser un hombre tirado en el suelo, te conviertes en invisible, incluso cuando estás en el suelo porque se te ha parado el corazón. Entonces tardaron demasiado tiempo en ayudarle y le resucitaron con las consecuentes secuelas cerebrales de llevar más de 45 minutos con una parada cardiorrespiratoria. Y eso le provocó en esta persona un trastorno amnésico muy severo. No era capaz de recordar su pasado, ni era capaz de aprender a partir de ese instante hacia adelante. La persona que tenías que recordarle continuamente dónde estaba y con quién estaba.

Pero me acuerdo de un escenario que sucedió, que me contaba su esposa: "Nos fuimos de viaje y la mujer me contaba: 'Yo llevaba varias horas con la cámara de fotos intentando sacar una fotografía de noche, pero yo no soy fotógrafa y no lo conseguía'. Y de pronto, él se acercó, cogió la cámara y sacó una foto extraordinaria". Una persona que, en principio, ya no se acordaba de nada. Luego, hablaré de esto. Y luego había un día que vino feliz y le dije: "¿Por qué estás feliz?". Y me decía: "No lo sé, pero hoy es un muy buen día". Luego, hablando con su esposa, me contó que habían ido a la graduación de su hija, su hija había sacado las mejores notas que se podía imaginar. Él no podía recordar ese evento, pero recordaba con mucha emoción que algo bueno había sucedido.

Otro escenario que a mí me cautivó mucho y que lo cuento en "Cerebros rotos" era una pareja donde el hombre había desarrollado una enfermedad neurodegenerativa poco conocida, se llama una parálisis supranuclear progresiva, lo que llamamos parkinsonismos atípicos. Una enfermedad que suele asociar síntomas parecidos a la enfermedad de Parkinson, pero acompañada de un trastorno cognitivo que suele ser muy grave. Sin entrar en los detalles de qué causaba ese trastorno cognitivo, este paciente tenía un evidente compromiso de la memoria hasta el punto que, en una de las visitas, era incapaz de reconocer y de saber quién era la mujer que tenía al lado, que llevaba toda la vida con él.

Y en una de estas visitas, la mujer me dijo: "Bueno, yo ya he asumido que esa persona ya no está. Y cada semana, un par de días, me le llevo". Eran de las Islas Canarias. "Me le llevo a un hotel donde íbamos de jóvenes y le pido al pianista que toque boleros, y él está ahí, tranquilo, relajado, escuchando los boleros". Y me contaba la mujer una de estas veces que salimos: "Él me dijo: '¿Me pides matrimonio?' Me preguntó si me quería casar con él". Y entonces, claro, yo tenía este señor ahí sentado y le pregunté: "Pero, ¿usted sabe quién es esta mujer?". Y me decía: "No". Entonces yo le pregunté: "¿Y cómo es que le ha pedido matrimonio a una desconocida?". Y él me decía: "No lo sé, porque sé que es la mujer de mi vida". Y es cierto. Él no lo sabía, pero esa era la mujer de su vida. Lo había sido durante toda su vida. No podía ponerle un nombre, no podía recordar que ya habían ido de jóvenes a escuchar esos boleros, pero un tipo de recuerdo, sin una forma específica, pero totalmente alimentado de la más profunda emotividad, le estaba diciendo a este hombre: "Esta es la mujer de tu vida".

Y el último caso, en esta línea. Chico muy joven al que le habían extirpado un tumor. Y me acuerdo que durante la conversación se hacía evidente que había un flagrante problema de la memoria, del cual él no era consciente y que traducía lo que denominamos una gran confabulación. Ese chico se inventaba todo, aunque él no era consciente que se lo inventaba. Y me contó que había ido a vivir delante del hospital, y me contó que él era psicólogo y que había trabajado vigilante de seguridad, y me contó toda una vida que era una fantasía. Y también me contó que iba a ser padre por primera vez. Las lesiones que le había dejado la cirugía que se había realizado para extirpar el tumor eran dramáticas y, en efecto, todo lo que contaba era una fantasía. Pero él vivía inmerso en esa fantasía como si fuese cierto. Todo menos que iba a ser padre por primera vez. Eso que tenía un valor emocional indescriptible, lo podía explicar y vivir como un recuerdo totalmente cierto. Era lo único que mantenía. Pero no había sido psicólogo, no había trabajado nunca en una tienda, siempre había vivido delante del hospital, él decía que había ido a vivir hacía poco. Ese es un poco el escenario tan complejo que nos podemos encontrar cuando hablamos de memoria y de emoción.

Justamente hablando de enfermedades relacionadas con el cerebro, no son muy conocidas, hay una gran diversidad que no conocemos mucho, pero sí cada vez nos vamos acercando más por casos de personajes conocidos como Robin Williams o Bruce Willis. ¿Qué les pasó a ellos, especialmente?

Sí, el caso del primero, Robin Williams, es una enfermedad que, además, nosotros vemos mucho. Es una enfermedad que se llama demencia con cuerpos de Lewy, y su historia ilustra lo que muchas veces es la historia de estas enfermedades, y es una historia de incomprensión. Antes de que una enfermedad del cerebro, muchas veces, dé su cara con todo su esplendor, lo que le va sucediendo a la persona se parece demasiado a otro tipo de problemas y la gente no entiende qué está pasando.

Para mucha gente, este actor solo se suicidó porque tenía depresión. Esta persona, en parte, se suicidó porque no pudo soportar lo que estaba sucediendo. En parte, no lo pudo soportar porque la enfermedad que tenía le había privado de la capacidad también para resolver y trabajar con lo que le estaba sucediendo. Y porque la magnitud de la ansiedad y de la depresión que él tenía estaba profundamente condicionada por una enfermedad que tenía a nivel cerebral.

La demencia con cuerpos de Lewy es una enfermedad distinta a la enfermedad de Alzheimer, que suele asociar síntomas que nos recuerdan al Parkinson y que, además, suele asociar también síntomas que llaman mucho la atención, además de una ansiedad absurda que no suele estar motivada por nada, y depresión, y trastornos cognitivos. Los pacientes suelen presentar fenómenos muy curiosos y muy intensos de alucinaciones, alucinaciones visuales, fenómenos que, en muchas ocasiones, tienen los elementos típicos de la narrativa en torno a los fenómenos paranormales y que dan que pensar muchas veces en hasta qué punto, yo creo que es, en mucho punto, las enfermedades del cerebro han ayudado, han contribuido a construir las historias, los cuentos en torno a lo sobrenatural.

Hace pocos días veía una persona que tenía la misma enfermedad que Robin Williams y me contaba que la enfermedad, en algún momento, empezó a ver en el techo unas manchas de humedad negras, de las que poco a poco empezaron a aparecer personas sin cara, ahorcadas, que colgaban del techo. La escena número uno no está mal. Al poco tiempo, empezó a escuchar voces que venían de detrás de un muro de su casa, y esas voces le decían que esa casa no le pertenecía y que tenía que irse de la casa. Al poco tiempo, cuando se miraba el espejo, la mujer que aparecía en el espejo no era ella, era otra que la instaba también a marcharse.

Llegaron las vacaciones y se fueron a una casa que tenían en la playa y, aparentemente, allí las voces no fueron. Pero al poco tiempo, sus familiares la encontraron de nuevo gritándole a un muro porque escuchaba las voces que le decían que se fuese de allí. Cuando volvieron a casa, tenía la plena convicción de que había unas entidades que vivían detrás del muro y que, a través de un armario, podrían acceder a su casa y llevársela. De modo que se convenció de que tenía que cerrar con llave el armario. Y narraba muy bien esta mujer cómo, mientras estaba cerrando el armario, vio aparecer unos brazos que no eran los suyos por su espalda, que sujetaron y se llevaron la llave, que por cierto no ha encontrado. Pero esta narrativa, que es muy típica de este tipo de enfermedades, tiene unos matices tan espectaculares desde el plano de lo sobrenatural.

Otro paciente con una enfermedad similar, me acuerdo, me contaba: él había trabajado en un monasterio cerca de Barcelona y una tarde vio llegar a su casa a 12 monjes. Sin cara, en las alucinaciones de personas, muchas veces no tienen cara. Y vio llegar a 12 monjes vestidos de monjes, como frailes. Entraron en el comedor de su casa. Y la reacción que el hombre tuvo, y esa reacción también te cuenta mucho de cómo disfunciona un cerebro, es que les puso la mesa para que se quedasen a comer.

Esta enfermedad es sumamente compleja desde el punto de vista de la vivencia que tienen las personas y de la incomprensión que causa en el entorno.

En el caso de Bruce Willis, eh, él ha desarrollado un síndrome que observamos en un tipo de enfermedad también distinta al Alzheimer, que se llaman demencia frontotemporal. Las demencias frontotemporales hay dos grandes grupos: las variantes conductuales y las afasias progresivas primarias. El lóbulo frontal juega un papel crítico en que el ser humano sea como es, un ser humano, en regular nuestra conducta, en inhibir nuestros impulsos, en saber entender, experimentar cómo se siente el otro, en la gestión de las emociones. De modo que cuando lesionas un lóbulo frontal, todo esto se desmonta y aparecen conductas groseras, desinhibidas, violentas, maleducadas. La variante conductual de la degeneración frontotemporal es esto.

Mientras que las afasias progresivas primarias son enfermedades en donde lo que se empiezan a lesionar son estructuras que juegan un papel central en la producción del lenguaje a distintos niveles. Hay distintos tipos de afasias progresivas primarias: una de ellas vinculada a la enfermedad de Alzheimer, una forma atípica, la persona pierde los nombres, la afasia logopénica. Y dos vinculadas a la degeneración frontotemporal, que es lo que le sucedió a Bruce Willis: a una la llamamos afasia semántica, la persona pierde los conceptos, ve un bolígrafo y no puede nombrar lo que es eso, el concepto "bolígrafo" ha desaparecido. Y las otras las llamamos gramaticales no fluentes, la persona empieza a emitir un discurso desorganizado, etcétera.

Pero fíjate, estas enfermedades, todas ellas frecuentes, el elemento central, lo que las define, lo que nos pone en alerta, no se parece en nada a lo que todo el mundo piensa cuando piensa en enfermedad degenerativa, que es Alzheimer. No hablamos de memoria. Hablamos de una persona que de pronto empieza a ser violenta o desinhibida, que hace gastos excesivos, o hablamos de una persona que no organiza bien el discurso, o hablamos de una persona que está viendo fantasmas. De modo que educar en torno a estos síntomas es necesario para que las personas aprendan a identificar, más allá de lo que es un problema de memoria, algo que puede merecer la pena que veamos.

Nos has estado hablando de todas estas enfermedades neuronales, estas enfermedades degenerativas, pero ¿cuándo deberíamos preocuparnos? Por ejemplo, nos pasa, o a mí me ha pasado, y creo que a todos nos ha pasado, que vamos a la cocina y como que llegamos y no sabemos a qué íbamos, o constantemente no sabemos dónde hemos dejado las llaves, o estamos teniendo situaciones como de pérdida de memoria que consideramos cotidianas, pero ¿deberíamos preocuparnos? ¿Hasta qué punto? Sí, a partir de cuándo. ¿Cómo se explica esto?

Es verdad que mucha de la narrativa que hacemos en torno a memoria y demás en estos contextos clínicos tiene que ver con la enfermedad, y a mí me gusta...

Mucho eh recordar que desde esta fragilidad que acompaña un sistema tan complejo como es el cerebro, es fácil contemplar el que suceda en una infinidad de situaciones cotidianas que no tienen nada de maligno, es decir, que son que son benignas, pero que tienen el aspecto de que aquí algo ha fallado, aquí algo no ha salido bien. No nos tendría que que sorprender demasiado. Es decir, estamos hablando de un sistema sumamente complejo que continuamente está trabajando en un intento de resolver algo muy problemático, que es comprender el mundo en el que estamos, el externo y el interno, y que eso no siempre salga bien es previsible.

Te voy a intentar responder a esto que yo llamo la neuropsicología de la vida cotidiana, estos eventos cotidianos que se pueden explicar desde la neuropsicología de un cerebro sano, para ver si podemos entender algo que es difícil y es cuándo tenemos que ponernos en alerta. Yo lo empezaría al revés. La cognición, es decir, el cómo se expresa el lenguaje, la memoria, la atención, etcétera, puede fallar eventualmente por una infinidad de motivos que ahora comentaremos. El suceso puntual, anecdótico, que no va a más, que se puede repetir varias veces, obviamente, pero que no es algo que se instaura, se queda allí. Da la impresión de que lentamente progresa o incluso, aunque yo no me dé cuenta, que los otros ven que me afectan mi funcionamiento día a día. No está empezando a interferir el cómo yo funciono. Cuando dejamos la anécdota y nos encontramos con algo que se reitera y que empeora y que los otros empiezan a notar, hay que consultar. Tener que consultar no significa, "Ay, Dios mío, tengo una enfermedad". Puede haber una infinidad de causas detrás y no todas son enfermedades del cerebro. Y cuando son enfermedades del cerebro, no todos son enfermedades intratables o progresivas, etcétera.

Yo suelo decir que es es tremenda la diferencia, no, que que que existe entre lo que es prevención de determinados procesos para los cuales se ha hecho una muy buena psicoeducación, como lo es el cáncer de mama, como lo es el cáncer de próstata, ¿no? Y en cambio, en todo lo que tiene que ver con lo que es salud mental, ya no solo enfermedad cerebral, todo lo que es salud mental y todo lo que son enfermedades del cerebro, hay una distancia tremenda. En parte, entiendo por el desconocimiento y por el miedo, sí. Pero cuanto mejor las expliquemos y mejor entienda las personas qué es lo que podemos hacer, yo creo que más fácil será para todos actuar antes.

Yo suelo contarle a la gente una regla que debería ser muy simple. Tú, cuando vas al médico, ¿por qué vas? Quiero decir, cuando una muela te duele demasiado, ¿vas? Si te sale un bulto que no tenía, ¿vas? Si de pronto es obvio que no te encuentras bien, ¿vas? Pues con lo cognitivo y con la conducta pasa exactamente lo mismo. Si hay una tristeza que persiste en el tiempo y no me deja vivir como antes, hay que consultar. Si esos fallos de memoria están cada vez a peor, las palabras que no encuentro, es puro sentido común. Y en muchos casos, no estará pasando nada.

Me comentabas el escenario cotidiano de algo que nos pasa a todos, ¿no? Por ejemplo, el "¿dónde están las llaves?", que es algo sobre lo que he escrito, ¿no? Y hay una infinidad de ejemplos. ¿Cómo puede ser que en tantas ocasiones de pronto esté buscando algo y no lo encuentre? Como como he comentado, para olvidar, antes tengo que aprender. ¿Qué sucede? Muchas de las actividades que realizamos las realizamos de forma totalmente automatizada. Tú piensa lo que haces desde que te despiertas hasta que llegas a tu lugar de trabajo. Sabes lo que haces, pero ¿podrías explicarme exactamente qué es lo que haces cada día? No puedes, está automatizado. Incluso gente que va conduciendo al trabajo, "ostras, y no sé ni cómo he llegado". Para que la memoria se construya, es necesario que se despliegue atención. Cuando yo venía para acá, me he cruzado con personas y no recuerdo quiénes eran ni cómo iban vestidas, aunque las he visto. La percepción no garantiza el aprendizaje. Pero quizás he visto a alguien que me ha llamado la atención su chaqueta y recuerdo la chaqueta. Cuando tú atiendes a algo, la información se mantiene en un sistema o almacén a corto plazo, donde, en el mejor de los casos, si todo funciona bien, esa información podrá pasar a otro sistema más a largo plazo. Si no hemos prestado atención, esto no va a suceder. Cuando vayas a buscar la información, si no hemos prestado atención, la información no va a estar allí.

En muchos casos, cuando uno hace rutinas cotidianas, no despliega atención sobre aquello que hace. Yo he dejado las llaves en tal sitio y he ido no sé dónde. Y de pronto, a lo mejor ese día no he dejado las llaves donde siempre, porque justo cuando entraba a casa, en mi rutina del día a día, me han mandado un mensaje y, en un intento de responderlo y dejar la bolsa de la compra, he dejado las llaves en otro lugar. ¿Quién ha prestado atención a ese evento? Nadie. Y aunque nuestro cerebro está continuamente atendiendo de un modo como muy primitivo a cosas que suceden en la periferia, más allá de nuestro foco atencional, si nuestro foco atencional está en el WhatsApp o está en la bolsa de la compra, no puede estar en las llaves. De modo que, de pronto, esas llaves no existen en mis recuerdos. No es que lo haya olvidado, es que no están allí. Así que lo mejor que podría hacer es encontrarlas esporádicamente. Y esto es un suceso benigno, secundario al bajo despliegue de atención sobre lo que hacemos.

Y qué puede trastornar de algún modo en la normalidad el cómo desplegamos atención a lo que hacemos, pues en gran medida, una parte esencial. El modo en como vivimos a día de hoy, vivimos todos sometidos a una sobresaturación continua de actividad. La capacidad atencional del ser humano es muy limitada, muy limitada. La memoria más inmediata dura pocos segundos y, a pesar de ello, vivimos con el teléfono, los niños, el no sé qué. Es imposible. Es decir, atendiendo a cómo funciona un cerebro normal y cómo funciona la memoria, lo más normal del mundo es que se nos olviden una infinidad de eventos porque nunca jamás los hemos aprendido.

Y otro escenario muy curioso es el de cuando voy a la cocina y de pronto digo, "¿qué venía a hacer?". Y eso ilustra un fenómeno neuropsicológico que todos experimentamos, pero que a mí me parece como todos muy bello, ¿no? Es el ser humano se agenda tareas mentalmente y luego se olvida de ellas, pero suceden. ¿Qué quiero decir? Tú te dices, "ostras, me tengo que acordar que cuando pase por delante del supermercado, tengo que comprar leche". Y esa información no se queda reverberando en tu mente continuamente hasta que pasas por delante de un supermercado, sino que cuando pasas por delante del supermercado, algo se despierta dentro de ti y te recuerda que tienes que comprar leche. A esto le llamamos memoria prospectiva. Y este componente de la memoria prospectiva se parece mucho y en esencia se nutre del aprendizaje asociativo, del condicionamiento. Hay un estímulo, una respuesta. En este caso, el estímulo es "supermercado" y yo me estoy asociando a mí mismo el estímulo "supermercado" con una respuesta que es "comprar el brick". Si eso se almacena correctamente, cuando me exponga, me exponga al estímulo "supermercado", va a salir.

Pero luego hay otro escenario que es el más cotidiano. Tú estás en el sofá y dices, "voy a la cocina a buscar chocolate". Y llegas a la cocina y no sabes lo que habías hecho. Aquí esto no se rige en términos de aprendizaje asociativo, sino que esto se rige en términos de mantenimiento de la información. Si yo te dije, te diese ahora un número al azar, tú lo olvidarías a los pocos segundos, a no ser que hicieses algo con el número y es que lo reverberes mentalmente. Cuando no tenemos donde anotar, todos podemos repetir en nuestra mente eso. A esta repetición mental la llamamos bucle fonológico. Es una repetición que mantiene viva una memoria inmediata que, en el instante en que dejemos de reverberar, va a desaparecer para siempre. Cuando tú vas a la cocina a buscar chocolate, si tu bucle fonológico o su análogo visual, ver la pieza de chocolate, que es lo que llamamos la agenda visoespacial, no está manteniendo esta información, cuando llegues en la cocina, no vas a saber qué ibas a hacer.

¿Qué nos sucede en muchas ocasiones? Que tú te levantas del sofá con tu agenda, con tu bucle fonológico diciéndote, "voy a buscar chocolate", y en ese instante, en la televisión aparece una noticia o te llega un WhatsApp o hay un ruido que orienta tu atención a otra cosa. "Hoy, qué bien que me quedan los pantalones". Y llegas en la cocina, tu bucle fonológico lleva 2 segundos apagado, ya está procesando lo bien que te quedan los pantalones. Al llegar a la cocina, no sabes lo que estás haciendo allí. Esos son fenómenos absolutamente benignos.

Entender cómo funciona nuestro cerebro en la patología es muy útil. Entender cómo funciona nuestro cerebro en la cognición en la normalidad también es extraordinariamente útil. Sin duda, parte de lo que has descrito, eh, podríamos decir que eh está relacionado con los procesos de enseñanza y aprendizaje. Históricamente, ese bucle fonológico que nos cuentas es como hemos venido aprendiendo. Pero ahora, ¿cómo está impactando la neurociencia en la educación? La psicología en sí misma, la psicología de la educación, la psicología de los procesos que rigen el aprendizaje y la adquisición de las habilidades a lo largo del desarrollo y cómo intervenimos sobre ellas. Eso existe desde hace mucho tiempo y para ello no necesitamos una neurociencia. Para ello necesitamos saber de procesos psicológicos como memoria, aprendizaje, emoción, etcétera, desarrollo de lenguaje.

Entonces, esa idea de cómo podemos desde la neuro nutrir cosas. Yo soy bastante contrario a todo esto. Creo que hay una cierta tendencia o moda de incluir la etiqueta "neuro" a cosas que en esencia no necesitan "neuro". Nada distinto. Algo distinto es cómo en el ámbito educativo podría eh o debería la neuropsicología o la neurociencia de algún modo ayudar en el proceso de aprendizaje de las personas. ¿Qué quiero decir? Yo muchas veces he dicho que con teniendo un absoluto respeto a los profesores, que para mí es una disciplina crítica, es una responsabilidad inmensa, eso por encima de todo. Y lo que sucede durante los procesos de aprendizaje, lo que sucede en una escuela, tiene mucho que ver con la construcción de un individuo, tiene mucho que ver con una infinidad de procesos que dependen de un cerebro y que también son susceptibles a fallar. Para mí, la educación, los profesores o las herramientas que se despliegan en el ámbito educativo deberían saber mucho de neuropsicología de la educación y de psicología de la educación. Deberían saber mucho de cómo funciona la memoria y la atención, de cómo disfuncionan, de cómo se adquiere o se desarrolla el lenguaje, de cuáles son los signos de que algo está pasando a nivel de desarrollo de las habilidades lingüísticas, motoras, espaciales, atencionales, como para ser la pieza de cribado inicial, ¿no? El el el lugar donde se detecta por primera vez que aquí algo está sucediendo. Y atendiendo a las bases científicas que rigen todo esto, a "ey, aquí está pasando algo" y está pasando algo que desde el ámbito clínico o que desde el ámbito psicoeducativo y psicopedagógico conocemos muy bien y podemos intervenir. Para mí, ese es el punto crítico, el nexo entre la educación, el conocimiento de verdad en torno a todo lo que le puede pasar a un chaval y cómo intervenimos sobre esto para no condenar a un individuo al fracaso cuando no cumple con lo normativo desde el punto de vista del desarrollo o del rendimiento.

Claro, hemos hablado mucho de enfermedades, hemos hablado de diagnósticos. Al final, estamos hablando de normalizar algo que es inherente al ser humano y es que el ser humano tiene una trayectoria en vida que empieza y termina. Yo creo que aquí la pregunta inteligente no es contra qué puedo maldecir eh esa desgracia de que no vaya a existir para siempre, sino al revés, ¿qué puedo hacer? Un cerebro que se construye estimulándolo a lo largo de la evolución y a lo largo de una vida, hay que intentar sanarlo o hay que intentar protegerlo dándole precisamente aquello a través de lo cual la evolución le ha construido. Un cerebro estimulado, un cerebro que nunca deja de aprender, un cerebro que asume nuevos retos, que sale de lo cotidiano e intenta cosas que nunca se había se habría planteado. Es que ya no te tocan por edad, precisamente porque no te tocan ya por edad, aprende a bailar tango ahora que tienes 85 y a tocar la guitarra y a pintar. Eso es lo mejor que le podemos dar a un cerebro.

Cuando a mí me preguntan, pero entonces, ¿qué hacemos para a nivel de estimulación cognitiva? No hablemos o no hablemos de enfermedad. ¿Qué ejercicios de realidad virtual o de ordenador? No es necesario. La interacción social, la vida con toda su complejidad, es el mejor escenario. Dejar a una persona con una enfermedad cerebral encerrada en casa no sirve para nada. Y a un individuo sano sumido en lo cotidiano y aburrido, tampoco. Hay muchas variables que condicionan nuestra salud cerebral que son fácilmente modificables. Nuestro estilo de vida juega un papel crítico en lo que va a suceder en nuestro futuro desde la perspectiva de la salud de nuestro cerebro. El control de los factores de riesgo cardiovascular, que parece un mantra, ¿no? Estamos continuamente hablando de ello, pero es que hablamos continuamente de ello porque pocas cosas hay más obvias que esta. Mucha gente sabe lo que tiene que ver el el alcohol o el tabaco con los problemas del corazón, pero mucha gente desconoce que la copita a diario y ese colesterol que, bueno, tampoco es para tanto, o esa hipertensión mal gestionada, a medio largo plazo asocia una infinidad de de patología de problemas de índole cerebral que se pueden corregir.

Entonces, al final, teniendo en cuenta que no vamos a ser jamás inmortales, teniendo en cuenta que somos una especie que vive mucho, muchísimo tiempo, quizás gestionar todo aquello que impacta nuestra salud de una forma mucho más simple de lo que pueda aparecer es, en esencia, la mejor garantía que tenemos de un envejecimiento saludable. Incluso si llegamos a padecer una enfermedad. Bueno, Saúl, pues de verdad que ha sido fascinante poder conocer hoy sobre la salud del cerebro, el funcionamiento del cerebro, tener esta charla tan tan motivante, tan interesante, que de verdad, pues me llevo con grandes aprendizajes. El placer ha sido mío. Muchísimas gracias a [Música] ti.