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10 CUENTOS de Emilia Pardo Bazán resumidos #selectividad #EBAU #bachillerato

Óscar Cortina, profe de Lengua15:33

Transcription

Muy buenas. Hoy voy a analizar los 10 cuentos de Emilia Pardo Bazán que entran para el examen de selectividad de la Comunidad Valenciana y quizás en otras comunidades también. Y dejo aquí ya en pantalla los 10 cuentos con el momento exacto en el que empezará el resumen de cada uno de ellos.

El mechón blanco.

En Marineda todos hablaban de la generala, una mujer guapísima, elegante y seria que mantenía a raya a los hombres con su aparente recato. Sin embargo, esa misma seriedad despertaba aún más curiosidad y rumores. El verdadero enigma estaba en su mechón blanco, una marca en medio de su melena oscura que parecía guardar un secreto.

La gente empezó a sospechar, sobre todo cuando la generala y su marido dieron versiones distintas sobre el origen de esa cana. Aquello encendió la chispa del cotilleo local y la pareja pasó a ser observada con lupa.

Mientras tanto, Rodriguito Osorio, un joven inexperto de 19 años, hijo de la marquesa de Beniales, se enamoró perdidamente de la generala. Ella, quizás por el juego o por necesidad de consuelo, comenzó a devolverle miradas intensas [música] hasta que un día el chico, atrevido, besó con pasión el mechón y ella no lo rechazó.

El misterio se resolvió cuando un sobrino de la marquesa reveló la historia. Y es que años atrás en Zaragoza, la generala fue acusada de infidelidad y para defenderse juró su inocencia por la vida de su hija. Poco después la niña murió y desde entonces apareció ese mechón [música] blanco como cicatriz de culpa y dolor. Al escuchar la verdad, Rodriguito quedó devastado e incapaz [música] de soportar la carga del secreto.

Indulto.

Antonia, una asistenta humilde, Marineda, carga con una vida marcada por la tragedia. Su marido asesinó a su madre para robarle y, aunque todos lo creían culpable, solo fue condenado a 20 años de cárcel. Desde entonces, Antonia vive con miedo, pues él juró vengarse de ella por haberlo denunciado. La mujer, enferma y empobrecida, apenas logra criar a su hijo con ayuda de las vecinas.

[música] El terror renace cuando corre la noticia de un indulto real que podría devolverle a su marido antes de tiempo. Aunque después descubre que era algo únicamente temporal, la ansiedad la consume cada vez que se anuncian nuevos indultos.

Cuando al fin oye el rumor de que el criminal ha muerto en prisión, Antonia siente que revive, llora, ríe, pasea con su hijo y compra dulces, convencida de que al fin es libre. Pero esa noche descubre que la noticia era falsa. Su marido ha vuelto y se mete en su casa como si nada.

El hombre, sin violencia explícita, la intimida con su sola presencia. Se acuesta en la cama donde cometió el crimen y obliga a Antonia a compartir el lecho. El miedo, más fuerte que cualquier cuchillada, la paraliza. Al amanecer, su hijo avisa a las vecinas. Antonia yace como muerta. [música] El médico asegura que no hubo golpes: murió de puro terror.

El ruido.

El poeta Camilo de Lelis lo tenía todo: dinero, prestigio social, éxito con las mujeres y fama como poeta refinado. Su arte se basaba en la perfección formal y musicalidad de cada palabra, [música] algo que le exigía un esfuerzo obsesivo.

Pero de pronto descubrió que el ruido de la ciudad —tranvías, pregones, rebuznos, pianos— le [música] impedía escribir. Decidió entonces mudarse a una casita tranquila en las afueras, convencido de que allí hallaría el silencio.

Al poco, los juegos de unos niños y luego los susurros de una pareja enamorada junto a la verja volvieron a atormentarlo. Desesperado, huyó aún más lejos, a un convento en ruinas en plena montaña. Al llegar, creyó haber encontrado al fin el silencio absoluto, pero enseguida le molestaron los sonidos de la naturaleza. Palomas, ratones, viento, abejas, cascadas, todo lo sentía como martillazos en su cerebro.

Obsesionado, cayó en la locura y terminó en un manicomio olvidado de todos. Solo tras su muerte creyó alcanzar el silencio eterno en la tumba. Pero ni allí escapó. Lo despertó otro ruido, el de la descomposición y los gusanos. La ironía final es que Camilo, que adoraba la forma pura del arte, no pudo escapar jamás de la vida misma, siempre [música] ruidosa y siempre insistente.

El tesoro.

En el país de los sueños vivía Inés, una joven bellísima y pura, considerada casi un ángel. Su único fallo era la curiosidad.

Un día paseando se topó con un brujo que le entregó un cofrecillo adornado, asegurando que contenía su mayor tesoro, la inocencia, y que nunca debía abrirlo. Inés guardó el cofre, pero la idea de que Inés guardó el cofre, pero la idea de lo que escondía la atormentaba. ¿Cómo era la inocencia? ¿De qué color? ¿Para qué servía? Preguntó a conocidos, pero todos respondían con evasivas, burlas o reproches.

La confusión y la obsesión [música] la fueron enfermando. Finalmente, incapaz de resistir más, Inés [música] abrió el cofrecillo. Para su sorpresa, no encontró nada, salvo una nubecilla blanca que se deshizo en el aire y [música] unas letras que aparecieron en la tapa: "Cuando sepas lo que es la inocencia, será que la perdiste".

El relato muestra cómo la curiosidad y la búsqueda de respuestas pueden ser el camino hacia la pérdida de la ingenuidad.

El fantasma.

Un estudiante universitario solía comer cada jueves con sus parientes, los señores de Cardona. Don Ramón era práctico y jovial. Doña Leonor, frágil y romántica. Poco a poco el joven quedó cautivado por ella [música] y sus magníficos ojos.

Una noche Leonor le confesó un gran secreto: había tenido una relación con el marqués de Kazaya [música] y le había escrito cartas comprometedoras que ahora la atormentaban. El muchacho, con ímpetu juvenil, fue al día siguiente a encarar al marqués.

Para su sorpresa, el marqués negó todo. Nunca había tratado a Leonor y demostró incluso que en las fechas señaladas estaba en otras ciudades. Según él, Leonor sufría una ilusión enfermiza, un fantasma de amor [música] que había tomado su figura.

El narrador comprobó luego, a través de Don Ramón, que este ya sabía del asunto. Leonor nunca lo engañó, pero padecía esa obsesión imaginaria. Él, enamorado de su mujer, la vigilaba en silencio, convencido de que estos fantasmas eran más protectores que reales. Y desde entonces, el narrador evitó cualquier tentación y comprendió que Leonor estaba atrapada en un mundo de quimeras más cercano a la poesía que a la realidad.

La perla rosa.

Un hombre ahorró en secreto durante meses para regalar a su esposa Lucila un capricho que ella había soñado: unos pendientes con dos raras perlas rosas. Con ayuda de su amigo elegante Gonzaga, que incluso le prestó dinero, logró comprarlas y sorprenderla. La felicidad fue grande.

Lucila se mostró radiante y agradecida, pero al poco tiempo una de [música] las perlas desapareció. Él y Lucila buscaron desesperadamente, pero ella se mostró nerviosa y evasiva sobre sus salidas ese día.

Intrigado y preocupado, el marido acudió a Gonzaga para pedir ayuda, confiando en su influencia. Al entrar en su casa, antes de verlo, [música] descubrió la perla perdida en la alfombra del gabinete de Gonzaga. Allí entendió la doble traición de su amigo y su esposa.

Aunque lo invadió la rabia, no se atrevió a matarlos ni a delatar el engaño. Volvió a casa, entregó la perla con frialdad a Lucila y, en un arranque, rompió los pendientes bajo sus pies. El matrimonio se destruyó. Más tarde volvió a ver a Lucila, ya en brazos de otro, llevando aún la marca en la oreja que él le había hecho al arrancarle el pendiente.

La resucitada.

Dorotea de Guevara, despierta en su propio velorio, no estaba muerta, sino paralizada. Aprovecha las llaves de la capilla familiar para escapar y volver a casa, convencida de que su regreso será motivo de alegría.

Pero cuando llama a la puerta, sus criados y hasta su marido e hijos reaccionan con puro terror al verla como si fuese un fantasma. Aunque organizas y celebraciones para agradecer el milagro, Dorotea percibe el rechazo silencioso. Sus hijos la rehúyen, los criados la esquivan y su esposo ya no la toca. Por mucho que intente arreglarse y mostrarse viva, todos la ven marcada por la muerte con el rostro de la tumba [música] aún pegado al cuerpo.

Al darse cuenta de que ya no pertenece al mundo de los vivos, Dorotea planea a su final. Consigue una copia de las llaves de la cripta y en secreto una tarde regresa a la iglesia. Allí baja lentamente al sepulcro familiar, cierra la puerta desde dentro [música] y se acuesta de nuevo en su tumba apagando el cirio. Decide entonces volver definitivamente al lugar del [música] que nunca debió salir.

La cana.

El narrador llega a Estela para visitar a su tía Elodia en Navidad, pero decide no ir de inmediato a su casa y quedarse en el parador. Esa noche se encuentra con un viejo compañero, Laureano, arruinado y vicioso, que le pide dinero y lo inquieta con su actitud sospechosa. Aunque cenan juntos, el narrador evita acompañarlo.

Después, durante la cena, nota en su chaqueta un detalle extraño: un cabello blanco y largo, una cana que le causa una impresión misteriosa. Al día siguiente lo despierta la policía. Su tía ha sido hallada, estrangulada y robada. Todas las sospechas recaen sobre él, ya que debía dormir en casa de la víctima, no en el parador. Sin cuartada sólida, pues en realidad había pasado esas horas con su antigua amante Leocadia, se ve atrapado por los indicios que lo comprometen.

Finalmente, el verdadero asesino resulta ser Laureano. Lo descubren con el dinero robado y la llave del alcoba. Sin embargo, la duda pública nunca se disipa del todo y la sombra de aquella acusación marca para siempre al narrador que se aísla [música] en el campo, amargado y sin honor.

Las [música] medias rojas.

Hildara, una joven campesina, llega a casa cargada de leña y con la ilusión de un futuro mejor. Sueña con emigrar a América, como muchos de su aldea, convencida de que allí encontrará riqueza y libertad. Su pequeña vanidad, unas medias rojas compradas con lo que ganó vendiendo huevos, revela esas aspiraciones.

[música] Pero su padre, el brutal Clodio, al descubrirlas, la acusa de engañosa y la golpea salvajemente. Sabe que la muchacha planea marcharse y teme quedarse solo y desamparado. En su furia, la desfigura, le rompe un diente y la deja tuerta.

El médico confirma que ya no podrá ver por un ojo. Con ello se apagan de golpe los sueños de Hildara. Ya no podrá embarcarse rumbo a un destino prometedor porque los agentes que reclutan inmigrantes exigen mujeres sanas y atractivas. El relato muestra cómo la violencia patriarcal y la miseria rural destruyen no solo el cuerpo de Hildara, sino también su única oportunidad de escapar de una vida condenada al trabajo duro y la opresión.

La señora Aglae.

El narrador vive en su pueblo natal, hundido en la tristeza tras la muerte de su madre y su hermano. Encerrado en sí mismo, evita a la gente y cree haber perdido toda [música] sensibilidad.

Un día en el muelle se reencuentra con Medardo Solana, un viejo amigo alegre y emprendedor que se dispone a viajar a Buenos Aires para dirigir un teatro. Tras escuchar las penas del narrador, Medardo le propone un favor: ocultar por una noche en su casa a la señorita Aglae, una bellísima joven actriz que lo acompaña porque está enamorada de él. Los padres de la muchacha, influyentes y contrarios a la relación, podrían impedir su embarque.

El narrador acepta, prepara con esmero la habitación de su difunta madre y siente una extraña agitación, como si [música] aquella desconocida ya lo conmoviera. Esa noche, Medardo deja a Aglae en la casa y se marcha. Incapaz de dormir, el narrador se acerca a la alcoba y, vencido por la curiosidad, espía a la supuesta joven dormida.

Queda deslumbrado por su hermosura y cae de rodillas, creyéndose enamorado al instante. Embriagado por la visión, imagina planes insensatos: raptarla, seguirla a América e incluso eliminar a su amigo. Finalmente se inclina para besar la mano de Aglae y descubre horrorizado que no es una mujer, sino una figura de cera con un mecanismo que imita la respiración. Al día siguiente, Medardo le revela la broma. Formaba parte de un museo de curiosidades y quería sacarlo de su letargo sentimental. Con ironía, le asegura [música] que el amor ha sido el remedio a su melancolía.

Esto ha sido todo. Espero que hayas disfrutado con este resumen donde recomiendo siempre haber leído previamente los relatos, pero creo que viene bien poder refrescarlos de cara al próximo examen de selectividad.

Así que ponme en comentarios qué te han parecido cada uno de ellos, qué te ha parecido el resumen que he realizado y suscríbete al canal Óscar Cortina, profe de lengua, para no perderte más contenidos como este, especialmente dedicado siempre al examen de lengua castellana de selectividad. Hasta pronto.