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Hola a todos. Bienvenidos a un nuevo vídeo en el que resumiremos algunas de las obras más importantes de la literatura, así como algunas de mis favoritas.
Si bien hay una generación literaria que me fascina, es la Generación del 98, ya que en los tres principales campos literarios se desarrolló una actividad formidable. En la Generación del 98 tenemos grandes poetas como Antonio Machado, tenemos grandes novelistas como Pío Baroja, Azorín, o tenemos grandes autores de teatro como Ramón María del Valle-Inclán.
Hoy nos vamos a centrar un poquito en la novela, en "El árbol de la ciencia" de Pío Baroja. Vamos a realizar un resumen capítulo por capítulo para que podáis repasar los hechos más importantes de la obra, para que podáis sacar buena nota en el examen sin necesidad de leerlo. Lo que no me gusta mucho esta opción, pero bueno, que muchos estudiantes son bastante vagos y que tienen en consideración. Y tercero, por si simplemente os fascina la obra y queréis volver a ella, recapitulando algunos de los hechos principales.
Ahora, sin más preámbulo, comencemos. Que el vídeo de hoy va para largo.
**Parte primera: La vida de un estudiante en Madrid**
**Capítulo 1: Andrés Hurtado comienza la carrera**
El libro comienza una mañana en la que Andrés Hurtado, protagonista del libro, esperaba junto a los demás estudiantes en el patio que daba acceso a la antigua capilla, a la que se accedía por la Escuela de Arquitectura. Allí se impartiría la primera clase que daría comienzo al curso, la carrera de Medicina. En la puerta encuentra a Julio Aracil, un antiguo compañero de instituto, y a Montaner, un amigo de este. Abrieron la puerta y entraron en tropel, impacientes por [ __ ] su sitio en el graderío.
Cuando entró el profesor con sus ayudantes, provocó aplausos ridículos y él los agradeció de forma ridícula también. Después pronunció un discurso vacío y grandilocuente, como si fuera un actor. Comenzaron las burlas.
La segunda clase fue diferente. El profesor, viejo y seco, cortó de raíz el primer conato de desorden. Hurtado y Montaner no se llevaron bien desde el primer momento, ya que eran muy distintos. Hurtado era republicano y antiburgués, y Montaner era aristócrata. A ambos les gustaba leer géneros literarios distintos y tenían personalidades totalmente opuestas. Los intentos de mediación de Julio eran inútiles y al final de este capítulo descubren que los tres viven muy cerca, en torno a la zona de Antón Martín en Madrid.
**Capítulo 2: Los estudiantes**
Madrid vivía en una burbuja. Era la ciudad más avanzada de España. Los estudiantes venían de las provincias a divertirse. El estudiante serio no podía empeñarse, ya que cualquier crítica a su estilo de vida o de otros países hacia España era descalificada como fruto de la envidia. La mayoría de profesores universitarios eran muy viejos y deberían estar jubilados, pero se mantenían porque tenían contactos o por vanidad. El profesor de química era un buen ejemplo. Sus clases eran un circo donde la gente fumaba, leía, gritaba, entraban perros o tocaban la corneta. Atender cualquier cosa. Aquello para Andrés resultaba bochornoso y un desastre para su inicio en la ciencia.
**Capítulo 3: Andrés Hurtado y su familia**
Andrés se sentía solo desde la muerte de su madre. A pesar de ser cinco hermanos, su padre era alto, flaco, elegante, egoísta y dirigía la casa como un déspota, sin dejar que Margarita, la mayor con 20 años, tomara las riendas. Le gustaba disponer de dinero para sus caprichos, vestir bien, cultivar amistades caras, mientras su familia no se podía permitir ningún lujo. Era socio de dos casinos. Su madre pasó la vida sufriendo, creyendo que era el deber de una esposa. Ahora muerta, don Pedro la idealizaba. Sus hijos favoritos eran Alejandro, el mayor, y el pequeño Luis. El mayor era su vivo retrato: inútil, juerguista, egoísta. Le consiguió un trabajo en el que solamente tenía que recoger sus salarios, sin necesidad de hacer absolutamente nada. Por otro lado, Margarita, la seca y dominante, Pedro, el siguiente, estudiaba para abogado. No le importaba y aprobaba por recomendación. Le gustaba vestir bien y divertirse. El pequeño Luisito, de cuatro o cinco años. Andrés apreciaba a Pedro y a Margarita, aunque discutía mucho con ella también, y quería con locura al pequeño Luisito. Con su padre tenía una muy mal relación y nunca estaban de acuerdo en absolutamente nada.
**Capítulo 4: En el aislamiento**
Su madre era muy fanática de la religión y lo llevó a su primera confesión. Andrés pasó mucho miedo antes de confesarse, pero el cura luego pasó de él. Luego su hermano Pedro le contó cómo para ellos la confesión era un trámite y acabó por ir a comulgar sin pasar por el confesionario. Aunque sus hermanos mayores estudiaron en colegio privado, él estudió en el instituto público por decisión unánime de su padre. Solo despabiló, lo hizo triste y solitario. Andaba continuamente enfrentándose a su padre, sobre todo por cuestiones políticas, pero también porque don Pedro no soportaba su independencia. Por eso se enfadó tanto cuando decidió por su cuenta estudiar medicina. Para él, una persona decente solo podía ser conservadora y se reía de los revolucionarios. Y los únicos pobres que respetaba eran los ludópatas, mujeres de malvivir y bebedores. Margarita trataba de mediar, pero inevitablemente acababa marchándose a su habitación. Nunca le pedía dinero a su padre Andrés, porque prefería considerar a su padre como un extraño antes que como una parte de su familia.
**Capítulo 5: El rincón de Andrés**
Don Pedro tenía buenas amistades. Administraba un edificio propiedad de un marqués, compañero de colegio. Trataba bien a los vecinos, excepto a los de las guardias. La pobreza solo era disculpable cuando iba acompañada de desvergüenza, como hemos mencionado en el capítulo anterior. Al comenzar la carrera, Andrés logró un cuarto para él. El cuarto parecía una celda, pero pronto se llenó de libros y papeles, también de huesos que le pasaba su tío Iturrioz. La ventana daba a la parte de atrás. Allí se entretenía poniendo nombres noveles, cosas. Cuando veía por fin, estaba a gusto. Luisito y Pedro de vez en cuando subían a visitarlo. Luisito con admiración y Pedro como quien observa a un [ __ ] raro. Al final le sorprendieron los finales y suspendió la química. Sus buenos propósitos para el verano pronto se esfumaron. Apenas se enteraba de lo que leía y le pilló el toro, así que decidió pedir una recomendación a su tío. El examen le salió de pena, pero la carta hizo su efecto y aprobó. Así que en este capítulo se sitúa más que nada en el pasado, antes de los eventos, describiendo un poco cómo era la niñez de Andrés y cómo la relación de sus hermanos. El curso nuevo, cuarto, y luego vuelve al presente para contarnos que en su primer año de carrera suspendió la típica.
**Capítulo 6: La sala de disección**
Y en segundo, los tres amigos coincidieron en la misma mesa de disección de cadáveres. Las asperezas entre Hurtado y Montaner se suavizaron y Andrés pidió a su hermana que le cogiera una bata para las prácticas. Aquello de los cadáveres producía en los estudiantes jovialidad o indiferencia. Las bromas de mal gusto estaban a la orden del día y también la brutalidad quirúrgica. La ostentación de desdén hacia la muerte y la insensibilidad también estaban muy presentes. Pero lo que más le molestaba a Andrés era el traslado de los cadáveres desde el carro hasta el depósito. Los dejaban caer como sacos, golpeándolos, arrastrándolos, las cabezas rebotando contra los escalones al bajar al sótano. Si pensó Andrés, y las madres de aquellos desgraciados hubiesen visto el final miserable de sus hijos, hubieran deseado seguramente parir los muertos. También le resultaba desagradable la recogida de partes del cuerpo y entrañas en un cubo. La curiosidad de Jaime Más, un amigo de Aracil, era tal que robaba trozos para llevárselos a su casa y diseccionar los. Era extraño. Mayor decía ir dejando un rastro al caminar en un hilo que no podía romperse. También un apasionado de Wagner. A él lo trataba como un payaso. Los tres amigos, al ser naturales de Madrid, despreciaban a los provincianos con sus historias previas. También huían de lo vulgar y de lo bulliciosa. Su biblioteca fue formándose a retazos: medicina, historia de la Revolución Francesa, una pasión que mantuvo en secreto, que lo hacía sentir diferente. A veces coincidía con dos antiguos compañeros, Rafael Saludo, que estudiaba para ingeniero, y Fermín Ibarra, un chico enfermo. Iban al café Siglo en la calle Mayor. Saludo y sus amigos solo hablaban de música, adoraban a Wagner. Ellos afirmaban que la música dotaba al oyente de una sensibilidad especial, pero Andrés no lo veía así realmente. Antes no entendía cómo a seres tan brutos podía a la vez gustarle la música. Iban por allí también algunas muchachas de aire dudoso. Había una rubia guapa acompañada de su madre gorda, con mirada retorcida y colmillos de jabalí. Y su historia era hija de un sargento, casada con un relojero que acabó echando la de casa por golpe. No era de este su ambiente tampoco el cante flamenco, que le gustaba cuando era sencillo, pero le repugnaban sus excesos. Algunos cafés cantantes y casas de juego le atraían porque se les antojaba peligrosos y entraba para alternar con bailadores, camareras y chulos, venciendo sus miedos. A veces visitaba a Fermín Ibarra, enfermo de artritis, y le contaba lo que hacía. Después se sentía mal, con un vago sentimiento de dolor y amargura que estará presente a lo largo de toda la obra.
**Capítulo 7: Aracil y Montaner**
El verano fue largo. Paseos por el Retiro con Margarita y Luisito por la tarde. Novelas de Dumas hasta aburrirse de crímenes y misterios. El nuevo curso estudiaría fisiología y le hizo ilusión, pero fue otra decepción. El libro no era más que un montón de recortes y el profesor era más un político que un médico, sin compasión ni compasión por lo que enseñaba. Y una asignatura a la que tenía ganas se acabó convirtiendo en otra decepción más. Hizo buenas migas con Juliana Aracil. Parecía más hombre, moreno, de palabra fácil e inteligente. Vivía con unas tías y, aunque modesto, era independiente hasta de renunciar a la protección de su primo Enrique, médico por oposición. Gracias a su habilidad en el juego lograba llegar a fin de mes con el poco dinero que le daban sus días para el teatro. Le gustaba rodearse de gente inferior a él y siempre andaba ocupado como un insecto en ganar dinero, un auténtico fenicio. Le molestaba todo lo que fuera molesto o exaltado, como el patriotismo o la guerra, o en general la política. La dificultad en conseguir dinero constituía para él su mayor aliciente. También Montaner tenía más de ese mítico que de ibérico. Era perezoso, tranquilo, blando, quizás porque vivía con varias hermanas de carácter avinagrado. Al acabar el curso volvieron a marcharse. Andrés se reunía con Aracil y paseaban por el Retiro y criticaban a Julio para luego volver a juntarse con él cuando estaba presente.
**Capítulo 8: Una fórmula de la vida**
El aliciente de cuarto de carrera. Era profesor Letamendi. Sus teorías aplicando las matemáticas a la biología lo deslumbraron, pero cuando Andrés trató de defenderlas con los ingenieros del café y Fermín Ibarra, estos científicos le demostraron que era una sarta de simplezas sin fundamento, solo juegos de palabras barnizados de cientifismo. El único método del tal Letamendi resultó ser su palabrería. Este vacío acercó a Andrés a la filosofía kantista, Schopenhauer. Sus compañeros no lo entendían. En la mayoría de los libros franceses e italianos solo encontró divagaciones y esto le hizo volver a Kant y la "Crítica de la razón pura".
**Capítulo 9: Un rezagado**
Luisito cayó enfermo de fiebre tifoidea a principios de otoño. La enfermedad cedió a los 30 o 40 días gracias a los cuidados de Margarita. Por este tiempo se hizo amigo de un estudiante rezagado, Antonio Lamela, un gallego de aspecto frágil y misterioso. Antonio estaba enamorado, padecía de un romanticismo como los de antiguamente que superaba con las borracheras. Era un hombre chapado a la antigua, para quien todos los problemas sociales se resolvían con la caridad. La amada de Lamela resultó ser una solterona fea, negra, nariz ganchuda y vieja. Sin embargo, vivía permanentemente pendiente de sus actos. Residía en un pequeño cuarto en una casa de huéspedes de Lavapiés, donde estudiaba metido en la cama con los libros desconocidos y rodeado de botellas vacías que escondían los lugares más insospechados por miedo a que se las robaran. Dormía con una botella bajo la cama para beber si se despertaba. Nunca discutía con los profesores y para él solo había dos clases de personas: los de buen corazón y los mezquinos, vanidosos. Aracil y Montaner eran de estos últimos.
**Capítulo 10: Paso por San Juan de Dios**
Con vistas al examen de ingreso en el Hospital General, los tres amigos decidieron apuntarse a un curso de enfermedades venéreas. El Hospital de San Juan de Dios resultó ser un estercolero humano en un edificio inmundo. El médico encargado trataba a aquellas desgraciadas con una crueldad inútil, aplicando castigos severísimos por supuestas faltas como quejarse en la cura o hablar durante la visita. Cierto día ordenó matar a un gato que hacía compañía a una enferma. Andrés resultó canalla y no volvió a aparecer por allí. Otro día se sintió conmovido por el mitin de un anarquista, Ernesto Álvarez, pero Julio Aracil, mucho más pragmático, frenó su sentimentalismo: "Si quieres invertir, dedícate a la política; si no, déjalo correr". Pero Andrés no pensaba en la política, no le inspiraba confianza en la vida, ni había ni podía haber justicia. Poco a poco iba inclinándose hacia el anarquismo espiritual, basado en la simpatía y en la piedad, sin soluciones prácticas. Estaba desconcertado y sobreexcitado intelectualmente.
**Capítulo 11: El alumno interno**
Gracias a la recomendación del título, fue llamado por un médico especialista en diagnósticos. Había llegado la fecha del examen de ingreso en el hospital y, aunque no sentía afición, el dinero y la experiencia le vendrían bien. Este médico era un hombre vocacional que vivía por y para su carrera, pero a Andrés le interesaba todo menos los síntomas y el médico no tardó en darse cuenta. La vida de las monjas en el hospital, la administración, la gestión económica era inmoral, como la actitud de los trabajadores. Algunos médicos, curas e internos se pasaban las noches jugando y apostando. Los curas no tenían vocación. Uno de ellos, el Lagartijo, andaba siempre en apuros económicos por el juego, quejándose continuamente. Las monjas habían tomado el hábito por sobrevivir. Un día, el enfermero le dio el diario de una monja que había encontrado: Sor María de la Cruz. Eran notas breves que abarcaban cinco o seis meses. Ya había muerto, contagiada de tisis en el hospital. A base de leerlo llegó a sentir obsesión por ella. En ese ambiente, el Hermano Juan resultaba extraño. Era un místico que iba a cuidar enfermos. Era bajito, con barba, y vivía en un callejón cercano. Siempre estaba disponible y su vida era un misterio. Una noche de guardia, fueron a pedirle de comer y les dio café, azúcar y galletas. Cuando recibía dinero, convidaba a los convalecientes y regalaba. Pero para Andrés, lo normal era que el hombre evitase el dolor ajeno. Por eso había algo repulsivo en este ser, a pesar de su calidad y sus buenas obras. No lograba entenderlo.
**Parte segunda: Las Manillas**
**Capítulo 1: Las Manillas**
Montaner se había quedado atrás, pero él seguía como interno con Aracil y su amistad se fue afianzando. Julio lograba hacer cosas extraordinarias por su pequeño sueldo. Un día lo llevó a casa de las Manillas, Niní y Lulú, hijas de una viuda venida a menos. Estaba en relaciones con Niní, la mayor, solo para entretenerse. Andrés no entendía que actuara así, son [ __ ] a una muchacha, pero Julio pensaba que en la vida hay que aprovechar las oportunidades. Éstas vivían en casa de vecinos, en un ambiente de miseria. La madre, Doña Leonor (de Leonarda, perdón), era oscura y falsamente amable. Se las daba de aristócrata. Su marido había sido subsecretario y vivía de los recuerdos. Lulú era graciosa, no bonita, con unos ojos muy humanos. Tenía picardía e ingenio, pero carecía de ingenuidad, marchita por el trabajo, por la miseria, por la inteligencia. Tenía 18 años. Niní era más mujer, más vulgar. Andrés estaba convencido de que Doña Leonor sabía lo que estaba pasando y consentía, confiando en que yo acabaría en boda. Andrés no le gustaba nada esta situación, que su amigo se estuviera aprovechando de las hijas, y se sentía muy violento con todo lo que iba aconteciendo.
**Capítulo 2: Una cachupinada**
Julio invitó a Andrés al baile de carnaval en casa de las Manillas. Allí conoció a Antonio Casares, un chulo andaluz, para quien las mujeres pobres solo servían para divertirse y las ricas para casarse. En esto último concentraba sus energías. Ellas lo aceptaban, engañadas por su apariencia, pero al descubrir que solo era un pobre periodista, lo rechazaban. Pero Julio lo consideraba un igual, alguien capaz de ayudarlo en la vida. Al comenzar el baile, Julio mandó a Andrés a entretener a Lulú. Entre las muchachas destacaban una rubia llamativa con una historia sórdida. Se había jugado con un rico al Hotel de la Prosperidad. Se dejaba ver en el balcón, medias de seda calada, camisas de seda. Las vecinas no soportaban a Estrella. Su padre había sido procesado por violar a una niña y su hermano le había pegado dos tiros a la mujer. Su hermana Elvira, de 12 o 13 años, muy bonita y desolada, seguía sus pasos. Lulú habló con Andrés y rechazó la invitación a bailar de Casares. Conocía las intenciones de Julio, como también que Andrés era de otra manera, no se dejaba impresionar por los hombres. La lucidez temprana y cierta repulsión al sexo, quizá fruto de la miseria, la llevó a confesarle que nada esperaba en la vida. A las doce y media el baile se empezaba a terminar y las niñas tenían que trabajar al día siguiente. Entonces, todo el mundo para casa.
**Capítulo 3: Las moscas**
A la salida, fueron a casa de Virginia García, una comadrona cuarentona, rubia y gorda, que se las daba de sensible. Estaba reunida con un profesor de italiano que continuamente se quejaba de la falta de confort en España. También había un tipo siniestro, director de la revista "El Masón Ilustrado". Estaba de guardia en su casa, tendría partos de muchachas de buena familia que habían quedado embarazadas. Se sentían muy incómodos en esta casa. Al salir, se encontraron con Victorio, sobrino de un prestamista, acompañado de una chula. Para qué iban al baile de la Zarzuela. Al poco, se les unió el director y pusieron al corriente a Andrés. La comadrona se dedicaba a los abortos y las tercerías. Ella y la trata de muchachas, o decir, que manejaba la prostitución. Había enterrado a dos maridos. El italiano era su cómplice. Sus idiomas los había aprendido ejerciendo como carterista en los hoteles y al final, bueno, se despidieron para ir a cacerías, un autor dramático con dos hijas coristas. Por el camino compraron unos pasteles. Una muchacha los hizo pasar a un estudio de pintor, donde los recibió Rafael Villa, un majadero que se creía bohemio y había echado a perder a sus dos hijas, Pura y Ernestina. Pura, la mayor, tenía un hijo y su amante era un imbécil y un granuja, fabricante de chistes fáciles y amigo del padre. Allí estaban e hicieron entre ambos una exhibición de ingenio, tomando por halagos las burlas que les hacían para reírse de su estupidez. Cuando fue a beber agua a la cocina, se encontró con Casares y el director. Éste se proponía ensuciarse en el puchero. Andrés lo llamó imbécil y se enfrentó a él. En medio, Casares y la cosa no pasó a mayores. Doña Virginia, explotando y vendiendo mujeres a aquellos jóvenes en carne, siendo a una pobre gente desdichada. La piedad no aparecía por el mundo, son las reflexiones de Andrés Hurtado al final de este capítulo. Lulú no era bonita, pero sí graciosa y clara. Tenía además cierta malicia. A aquella alcahueta que le había ofrecido llevar la casa de un viejo la había llamado tía [ __ ]. Era inteligente y cerebral. Trabajaba en un taller por tres pesetas al día. A veces se ensimismaba en largos silencios. Contestaba con desparpajo a los requiebros, tanto que la madre y la hermana se avergonzaban de su modo de hablar. No guardaba respeto por nada ni por nadie, pero era buena con los viejos y los enfermos y también servicial. Doña Leonarda añoraba la vida de antaño que recordaba con don Prudencio, un chulo de grueso a con acento andaluz que de vez en cuando la visitaba.
**Capítulo 5: Más de Lulú**
A veces salía a pasear con Doña Leonarda y Lulú por el Jardín Botánico o por el Retiro. Lulú le contó cómo de pequeña, en sus frías jaquecas y ataques de nervios, como le pegaban y cómo algo de todo eso quedó en su carácter desigual. Pasaba de periodos de gran actividad a periodos de cansancio. Lulú no tenía una moral al uso. Tenía una idea noble y humana de la vida. Estaba dispuesta a irse con un hombre que la quisiera, sin atender al qué dirán. Si luego salía mal, la ilusión, la felicidad vivida, a nadie se la podría quitar. Le contó Andrés cómo con 12 años estuvo a punto de ser violada, sin acritud, porque "para una mujer que no es guapa como yo, la cosa no tiene gran importancia". Algunos sábados salían juntos con Julio, Niní y su madre al teatro, a tocar, a tomar café.
**Capítulo 6: Manuelcha Funding**
La señora Venancia era una amiga y vecina de Lulú. Tenía 60 años y se pasaba todo el día planchando. Vivía con su hija y su yerno, Manuelcha Funding. Tenían tres o cuatro hijos, el último de pecho, al que Lulú solía pasear por la galería. Manolo no trabajaba y la hija de Venancia era una vaca borracha y vaga. Un día que la hija estaba insultando a su madre, Lulú se metió en medio y la puso en su sitio, y se estuvieron insultando. Manuelcha Funding iría a pedir explicaciones y Doña Leonarda estaba temblando. Al enterarse Andrés, las tranquilizó. Julio y él estarían allí con ellas. A media tarde se presentó con la garrota en el antebrazo izquierdo. Entró y comenzó a divagar. Lulú la había insultado a su mujer y el asunto exigía una reparación. Como nadie le replicaba, fue subiendo el tono y envalentonándose hasta que Andrés, muy tranquilo, lo invitó a sentarse y después le dejó claro que estaba dispuesto a abrirle la cabeza con la silla por imbécil. El chulo salió por pies, soltando bravatas, mientras Julio y la familia retenían a Andrés.
**Capítulo 7: Historia de Venancia**
Venancia era una vieja sirvienta que no paraba de trabajar. Para ella, la aristocracia era una especie de superior a la que todo estaba permitido, algo que a Andrés le parecía monstruoso. Mientras lanzaba, la Venancia contaba historias de sus amos. Su primera dama era una mujer caprichosa, loca y violenta, que maltrataba a todo el mundo. Se escondía para sorprender los comentarios que pudieran hacer sobre ella. Vestía mal a su hija para que nadie se fijara en ella. Cuando murió su hijo, estaba vestido para salir a un baile. Le pidió a la Venancia que disimulara para no perderse la fiesta. Después fue a parar con otra guapa y generosa que tenía los amantes a pares. Pasaba de estar en la iglesia a marcharse con su amante. Un día llegó el duque a deshora y tuvo que ayudar al amante a escapar justo a tiempo. La Venancia conocía todos los sórdidos manejos de la aristocracia, pero no aceptaba la opinión de Andrés de que esta gente era [ __ ] morra. Ya para ella era todos buenos y caritativos. Él quiso explicarle que su dinero procedía del trabajo de los pobres y que era una situación que podía cambiar. Todo aquello no era más que una [ __ ] para Venancia.
**Capítulo 8: Otros tipos de la casa**
Lulú seguía la vida de sus vecinos. En una buhardilla vivía la Tía Negra, una vieja verdulera, borracha, a la que daba por vitorear la República e insultar a las autoridades. Otra vecina era la Benjamina, Doña Pitusa, una montonera a la que gustaba el aguardiente y sorprendía a los transeúntes en plena calle con su velo negro y con sus narraciones trágicas. Su pobre hijo había muerto, pero su hijo, el Chuleta, tenía 20 años y era un tipo fúnebre, vengativo y tenebroso. A Manolo el Cha Funding se le tenía jurada. Tenía muchos hijos que se parecían a él. En otra buhardilla vivía Paca la Gallega, que tenía como pupilos a un cesante, Don Cleto, un hombre culto venido a menos que vivía de la caridad. Este viejito flaco luchaba con su pobreza por mantener la dignidad. Paseaba, saludaba cortésmente, se sentaba y conversaba en los jardines y cuando nadie lo veía cogía alguna de las colillas del suelo. Otro era el Maestro y un droguero que junto a su hija Silveria atendía una tienda. También estaba Victorio, el sobrino del prestamista, conocido como el Tío Miserias. Cobraba las rentas del edificio. El Tío Miserias era un viejo encorvado que siempre vestía de luto. Se pasaba el día en la trastienda de su establecimiento. Aunque tenía otras dos tiendas, no quería ver a nadie desde que un día un mancebo se abalanzó sobre él hacha en mano y estuvo a punto de matarlo. El muchacho fue apresado, pero condenado solo a unos meses de cárcel, para la indignación del Tío Miserias. Nunca perdonaba. Llegó a embargarle a un pobre sabiendo que sin ellos le resultaría imposible pagarle. Nunca sus sobrinos seguían sus pasos. Además de ir a don Juan y gastarse en juergas el dinero ganado con su usura, iba camino de enriquecerse con una casa de juego y una taberna. Cuando había dinero en el tapete, al grito de la policía, todos salían corriendo y él se quedaba con la ganancia. A pesar de ello, nadie lo odiaba. Lo veían algo natural, aceptaban su miseria, aceptaban lo mala persona que era.
**Capítulo 9: La crueldad universal**
El Tío Iturrioz había preparado la azotea para disfrutarla. Allí solían conversar. Para Andrés, la vida era una lucha continua en que vamos devorándonos los unos a los otros. El Hermano Juan era una anomalía. La lucha era un proceso en el que hay siempre un vencedor y un vencido, sin que ello implique que uno sea bueno y otro malo. Cada quien, animales, plantas, personas, actúa según su naturaleza. Todo forma parte de un proceso biológico común a cualquier ser vivo. La justicia es una idea que existe en nosotros, pero algo irrealizable. En esa línea, para Iturrioz, el padre Juan era una anomalía, un depredador. Con los distintos perturbados, el hombre sereno solo puede abstenerse y dedicarse a la contemplación o actuar en su círculo reducido. Pero ir en contra de la regla es absurdo. Es lo que tiene de bueno la filosofía: te convence de que lo mejor es no hacer nada. No somos más que síntesis de la psicología animal. Podríamos encontrar multitud de similitudes en el mundo animal para cada uno de los tipos descritos por Andrés, con sus respectivos caracteres. El Tío Miserias, alimentándose de la sangre de los demás, es como cualquier araña o insecto que devora para alimentarse, siguiendo el curso de la naturaleza. Y la naturaleza es siempre salvaje: digerir, guardar, cazar. La conclusión del Tío Iturrioz estaba clara: "Si quieres vivir con decoro, vete a un club inglés". Después de la conversación con su tío, Andrés se marchó más confuso de lo que había llegado. Ese sentido tenía la vida.
**Tercera parte: Tristezas y dolores**
**Capítulo 1: Día de Navidad**
Antes de Navidad, ya en el último año de carrera, Luisito comenzó a escupir sangre. Los análisis no detectaron tuberculosis, pero Andrés no quedó satisfecho. Podría ocurrir que estuviera en estado incipiente. Conviene llevarlo a un clima más cálido. Así que escribieron a unos primos de don Pedro que vivían en Valencia. Andrés pidió dinero adelantado en el hospital y fue a ver una casa que tenían libre. El día de Nochebuena tomó el tren en tercera. La idea de que Luisito pudiera tener tuberculosis le aterraba. Tenía un frío terrible. Al amanecer, un aldeano le prestó su manta. El paisaje se fue suavizando poco a poco a medida que se acercaba. Una vez en Valencia, se ajustó con una tartana que lo llevó hasta el pueblo. La casa era baja, encalada. Un cartel indicaba que la llave se encontraba en la casa vecina. Entró. Apenas tenía fondo y detrás había un jardín, un huerto de frutales cubiertos de hierbajos. Era justo lo que deseaba. El día, lleno de luz, de paz, el contacto con la vegetación lo llenaron de paz y de melancolía. Una campana lo sacó de su ensimismamiento y regresó. Puso un telegrama informando favorablemente y tomó el tren de regreso a Madrid.
**Capítulo 2: Vida infantil**
Mientras don Pedro y Margarita acomodaban a Luisito en Valencia, Andrés se concentró en aprobar la licenciatura. Cuando se reunió con ellos, encontró a Margarita embellecida y a Luisito bien. El huerto había florecido. Al día siguiente comenzó a arreglarlo, ayudado por su hermano. Plantaron de todo, pero al final solo salieron los ajos. Era durísimo regar a base de cubetas sacadas del pozo. Solo permanecieron las antiguas, increíblemente frescas a pesar de su calor. Andrés había impuesto a Luisito una vida muy sana: dormitorio ventilado, duchas matutinas, largos paseos hasta el final. Y se entretenían por las tardes con mil juegos. Luisito tenía más tendencia a leer y a hablar que a los juegos físicos, pero Andrés no le dejaba los libros y lo enviaba a jugar con otros chicos. Lo esperaba sentado en la puerta con un libro entre las manos mientras pasaban las carretas y las muchachas que trabajaban para la fábrica. Luisito también siempre andaba contando historias inventadas. Le gustaba caricaturizar a la gente que iba por la casa. Entre sus amigos de pregunta, le preocupaba Roig, cuyo padre ejercía de curandero y atendía lo mismo a personas que a caballos y sabía de brujerías y procedimientos para sanar. Roig siempre andaba con una cesta bajo el brazo cogiendo caracoles para ayudar en casa: "A esto realizamos con un poco de arroz ya tenemos comida", decían. En las cuevas vivían otros de sus amigos: el yo Bizet, que era un auténtico troglodita, decía estar dispuesto a matar por un real. El gitano, en cambio, tenía más tendencia al robo. Andrés iba poco a poco, sin querer, conociendo a la gente. Entre las muchas costumbres absurdas, hombres y mujeres siempre estaban separados. A veces, la distancia de Margarita solía ir al café de la plaza, donde le ponían al corriente de todos los cotilleos.
**Capítulo 3: La casa antigua**
El padre no podía mantener dos casas y Luisito parecía estar bien, así que los mudaron a casa de los tíos en Valencia, contra el criterio de Andrés, que no creía que cambiar campo por ciudad fuera bueno para la salud de su hermano. Aquello era un caserón antiguo con patio central. Con Juan, primo de don Pedro, lo recibió en la planta superior. Eran tres hermanos solteros y una hermana. La idea de que los niños deambularan por allí les encantaba. Don Juan era el pequeño y enseñó la casa a Andrés. La habitación preparada para él y Luisito era grande, daban sobre los tejados. A los pocos días se instalaron y Andrés empezó a buscar trabajo de médico en algún pueblo para poder llevarse consigo a Luisito, que mimado por sus tíos pronto dejó de seguir sus instrucciones y su autoridad no era reconocida en aquella casa.
**Capítulo 4: Aburrimiento**
A Andrés no le apetecía salir ni conocer gente. Tampoco encontró trabajo, así que comenzó a preparar el doctorado. Al anochecer, subía a una pequeña azotea desde la que se divisaba el mar y casas blancas, patios, tejados y palomares. Le gustaba seguir con la vista el vuelo de los pájaros, vencejos y golondrinas. Después bajaba a cenar y a veces regresaba a contemplar las estrellas.
**Capítulo 5: Desde lejos**
Por mayo fue a examinarse a Madrid. Allí se encontraba mal. Hubiera querido irse para viajar, pero no tenía dinero. Entonces le salió una sustitución en Burgos. El médico al que fue a sustituir estaba más interesado en su colección de monedas que en su profesión. Se hicieron amigos y le ofreció su casa. El verano resultó ser delicioso entre los paseos y la lectura. El optimismo y el pesimismo. Pudo comprobar Andrés son reacciones orgánicas como una buena o una mala digestión. Llevaba allí mes y medio cuando recibió la carta: Luisito había muerto en Valencia hacía ocho días. Recordaba a su hermano sano y fuerte. La noticia lo dejó indiferente y aquella ausencia de dolor le pareció algo malo. Por Margarita supo que había sufrido una meningitis tuberculosa. Recordó entonces a un niño que vio morir así en el hospital, imágenes de horror, pero no lograba imaginarse a su hermano en ese trance.
**Cuarta parte: Inquisiciones**
**Capítulo 1: Plan filosófico**
Regreso a Madrid y se encontró con Fermín Ibarra. Ya no estaba enfermo, aunque sí que cojeaba un poco. Estudiaba para ingeniero y era inventor. Y de Andrés le tomaba por loco hasta que vio las llantas con trozos de metal que él había diseñado. Le gustaba visitar a su tío Iturrioz y charlar con él. La práctica de la medicina no lo atraía como buen laboratorio de fisiología, pero no existían laboratorios ni la preparación científica era la adecuada. Los profesores solo sirven para entretenernos, lo piensan en cobrar sueldo, son vagos, fanáticos y farsantes. Su plan era vivir de su trabajo de forma independiente. Aquí en España no se paga el trabajo, sino la sumisión. En cuanto a la filosofía, sigue buscando una síntesis que explique el hombre y el universo. Por Kant y Schopenhauer, Iturrioz prefiere a los filósofos ingleses, más apegados a la vida, que los alemanes. Andrés se siente estéril en un intelectualismo malo. Kant demostró que los pilares de las religiones, Dios y la libertad, eran indemostrables. Todo está sometido a una concatenación causa-efecto, sin que exista la causa primera, y puede que exista solo dentro de nosotros. La realidad acaba con nosotros. El espacio, el tiempo, la casualidad, todo se apaga cuando morimos, y eso lo tranquiliza. Pero su tío Iturrioz, todo es son ideas absurdas, juegos de ingenio y fantasías.
**Capítulo 2: La realidad de las cosas**
Para Iturrioz, la realidad es algo práctico y todo lo demás es poesía. La duda lo destruye todo. Las verdades lo son no porque creamos en ellas, sino porque son verdades. Por ejemplo, la gravedad. La ciencia no puede llegar hasta el final, pero para Andrés, allí es donde entra la filosofía para elaborar hipótesis que nos ayuden a comprender lo que no alcanza la ciencia. La ciencia es una fortaleza del hombre que lo arrolla todo, incluyendo al hombre en sí mismo.
**Capítulo 3: El árbol de la ciencia y el árbol de la vida**
Para Sutil, Iturrioz se ha idolatrado a la ciencia, la necesidad del capricho y hasta la mentira. El instinto de supervivencia nos hace ver la realidad que nos interesa, confirma Andrés. Es como dice el Génesis: "En el paraíso estaba el árbol de la ciencia. Si coméis de este árbol, moriréis". Y el árbol de la vida nos hubiera llevado a vivir como animales. Es el estado de conciencia en el que corrompe la vida, afirma Iturrioz. Las religiones se míticas suponen una gran impostura. Para Andrés, es la ciencia la que está devolviendo al mundo la cordura. Y fue Kant quien dejó definitivamente abierto el camino de la ciencia. Schopenhauer situó la ciencia junto con la libertad, la responsabilidad y el derecho, y todo ello movido por la voluntad, que a veces produce el reflejo de la inteligencia. Hoy no fracasa la ciencia, sino la mentira. Iturrioz, en cambio, opina que las religiones seguirán prosperando. Si caemos en el relativismo por aceptar que no podemos conocer más allá de los principios científicos, caeríamos en una inacción paralizante. Por ello, hemos de decantarnos por el principio de utilidad, porque hay que seguir viviendo. Sin embargo, Andrés ve peligroso este principio de utilidad, porque nos lleva a aceptar como válidas ilusiones falsas como el fanatismo religioso. Incluso la fe es, sin embargo, útil, según su tío, porque cuando crees en algo, la fe te ayuda a lograrlo. Pero eso no sería para Andrés más que la conciencia de la propia fuerza. La otra fe habría que destruirla, porque detrás de ella están todas las locuras humanas. En cambio, cerrando esa puerta, Iturrioz, la vida languidece. Razón y ciencia nos acaban apabullando.
**Capítulo 4: Disociación**
El intelectualismo. La filosofía nos lleva a la destrucción sistemática, según Iturrioz, pero para Andrés no se trata de destrucción, sino de análisis, porque no aplicar a la filosofía procedimientos que tan buenos resultados han dado en la ciencia. Sin embargo, la disociación moral nos llevaría a una nueva sociedad que no tendría por qué ser mejor, porque la maldad social proviene del egoísmo del hombre y forma parte de su misma naturaleza. Iturrioz no cree en el cambio gradual. Lo que mueve a la masa son las promesas de felicidad y paraíso, como bien saben los semitas y también los anarquistas, unos neo-cristianos que prometen el paraíso en vida. Alguna vez tendremos que dejar de ser niños para mirar alrededor con serenidad y superar nuestros miedos, concluye Andrés.
**Capítulo 5: La compañía del hombre**
Pero Iturrioz es un romántico. Para él, acabar con el ministerio y sería acabar con la sal de la vida. Hay que ser práctico. Tienes que vivir con tus ideas, cuidando las, aprovechándote de ellas, aunque a los ojos de los demás puedan parecer incrédulas. Si hay que luchar es por dar a los hombres una regla común, una disciplina, como hiciera Ignacio de Loyola con la Compañía de Jesús, para enseñar los valores puros, a seguir a los limpios de semitismo de espíritu cristiano. Andrés ya lo corta: "Escríbeme al pueblo cuando la funde", le dice a su tío de manera irónica. Y finalmente, cansados de hablar, guardan silencio y anochece.
**Quinta parte: La experiencia en el pueblo**
**Capítulo 1: De viaje**
Unos días más tarde recibió el nombramiento y marchó hacia Alcolea, un pueblo de unos diez mil habitantes entre Andalucía y La Mancha. Esta vez hizo el viaje en primera, en no fumadores. Un señor vestido de negro le insistió en este punto. Al arrancar, se echó a dormir. Lo despertó el revisor. Resultó que el señor de negro viajaba con billete de segunda. Se enfrentó al revisor porque era extranjero y comenzó a despotricar de España y los españoles. También que no le caían bien, qué bastantes cosas. Y un joven rubio que iba con ellos se levantó y dijo: "No le permita hablar así de España", y lo amenazó con tirarlo por la ventanilla. A Andrés le pareció admirable la reacción y mientras que él se limitaba a observar, el joven reaccionó con una afirmación rotunda de su padre y de su raza. El hombrecillo quedó murmurando y Andrés se hizo el dormido. En la siguiente estación, una compañía de cómicos subió al tren. Al amanecer, ya se divisaba en tierras de vides y olivos. Cuando llegó a su destino, bajó de un salto a la estación. "¿A qué hora sale el coche para Alcolea?", "A pasar, a eso de las cinco". Se sentó en su maleta a esperar.
**Capítulo 2: Llegada al pueblo**
El pueblo le pareció grande. Se instaló en la Fonda de la Palma y le sorprendió la comida a base de carne de caza y un vino muy subido de grados. Después se fue a tomar café al casino, acompañado de los viajantes que se alojaban en él. Tras dormir la siesta, fue a ver al secretario del ayuntamiento, que lo llevó a conocer al doctor Sánchez. Era un hombre grueso con cara de carnero, que desde el primer momento le dejó claro que los clientes ricos los atendía el otro médico, don Tomás, el médico titular. No podía sino malvivir. Salieron a dar un paseo: casas encaladas, balcones, patios. Y en uno se encontraron a gente llorando. Se trataba de un rezo que la tradición iba a rezar el rosario a casa del difunto. Subieron hasta un...
Cerillo hacia un calor terrible y el doctor Sánchez no los acompañó. Desde allí, el pueblo se veía enorme. El campo estaba colmado de viñedos. Con la luz del atardecer, su aspecto era fantasmagórico. Un olor dulce se dejaba sentir. Estaban quemando de orujo. Salió la luna. Fachadas, bancas, rejas, misterio y silencio en el pueblo de Alcolea. Que cabe reseñar que no es un pueblo real, que es un pueblo basado para esta obra. Pero vamos, que en esa época un pueblo de diez mil habitantes tendría características similares a lo que describe Pío Baroja en este capítulo.
En esta parte de la obra, capítulo 3º, "Primeras dificultades", Andrés y el doctor Sánchez repartieron el pueblo, pero acordaron respetar los deseos del enfermo. Las pocas visitas que tenían las hacían por la mañana. El primer verano llevó así una vida soñolienta. La comida del hostal lo cansó pronto. Pidió legumbres, pero lo miraron con extrañeza. Para los dueños, hubiese sido deshonroso para el establecimiento. Tampoco había pescado y el agua era un lujo caro. Debía ser traída de carros desde muy lejos. Decidió mudarse y Sánchez, para quitarse competencia, lo llevó hasta una casa de las afueras. Era una casa grande, antigua y blanca. José, el dueño, era conocido como "El Pepinillo". Pidió a Andrés un cuarto en la planta baja y una tinaja donde poder bañarse. Y también pidió, luego, legumbres en las comidas. La patrona empezó a pensar que estaba loco. Era una mujer morena de ojos negros brillantes, guapísima. El marido, en cambio, era estúpido. Tenía aspecto degenerado. Tenía una hija con 12 o 13 años. Cierto día, capturaron un gorrión que no podía volar. Pepinillo llamó al gato y lo azuzó, y después se rió del sentimentalismo de la mujer.
Con Juan Sánchez llevaba 30 años ejerciendo en Alcolea. El manchego, apático y triste, muy aficionado a los toros, lo que bastó para que Andrés lo considerara un bruto. Una noche, llamaron a Andrés del molino, en la que la hija estaba enferma. Era paciente de Sánchez, pero no estaba en el pueblo. El molinero se sintió contrariado cuando lo vio aparecer. Era un hombre rico y orgulloso. La hija tenía vómitos y convulsiones. En el líquido, sonaba claramente en su vientre hinchado. Tenía una grave enfermedad del hígado. El pulso era débil y no se podía esperar. Fue a por su instrumental y le practicó una punción en el abdomen. Comenzó a mandar un líquido verdoso y la enferma respiró con más facilidad. Le dio un poco de leche y descanso. Andrés sabía que el cuadro se repetiría, pero le recomendó a la familia que la llevara a Madrid para que la viera un especialista. Sánchez se sintió perjudicado por esta recomendación, así que empezó una campaña de descrédito contra Andrés. Multiplicó su prudencia. Sus diagnósticos no es que fueran acertados, pero los tratamientos eran suavísimos. Recomendaba mucha agua, jarabe y procuraba, sino curar, al menos no perjudicar. El tiempo hacía el resto. Lo que peor llevaban de él era su régimen. "Alimentos. No entiende que este hombre no coma carne. Desde que ha venido este médico, no se siente placer en ser rico", decía.
Capítulo 4º. Alcolea del Campo. Alcolea era un pueblo troglodita, sin instinto colectivo. El pueblo vivió su época de prosperidad cuando el tratado del vino con Francia, pero aquello pasó. Nadie habló de cambiar los cultivos y aceptaron la ruina con resignación. Los hombres iban al casino, las mujeres sólo salían de casa para ir a misa los domingos. La perfección en el orden social se lograba poniendo al más inepto al poder. Apenas había delitos. El caciquismo estaba sentado y vivía en una guerra declarada entre los ratones liberales y los mochuelos conservadores. Entonces, donde dominaban los mochuelos, el pueblo se había acostumbrado a eso. Y entre unos y otros se repartían el botín. Pura expresión de egoísmo, envidia, crueldad y orgullo. Andrés, a veces, pensaba que todo esto era necesario. "¿Por qué angustiarse?". Entonces le comentaba de vez en cuando con Dorotea, su patrona: "Qué hermosa sería la revolución". Ella se reía de estas ideas absurdas. No quería saber nada de política porque, total, ¿para qué? Sólo conseguirían otra casta de ratones o mochuelos. Lo mejor, marcharse. Por la mañana se bañaba, la siesta se le hacían interminables. Después, se sentaba a leer bajo el emparrado que las mujeres consideran al junto al pozo. Al anochecer, volvió el patrón. Era un petulante que trataba mal a su mujer y a su hija. Las trataba de estúpidas y ricas. Gustaba de contar historias sangrientas de matanzas. Como era el de Tomelloso, siempre estaban en alzado contra Alcolea. Al final de septiembre, de Dorotea le enseñó la bodega que la que la estaban arreglando. Bajaron hasta la cueva repleta de tinajas antiguas que, a la luz del candil, cobraban movimiento. Se entendían las historias de duendes y huesos humanos. Días después, comenzó la vendimia y aquello le pareció un trabajo brutal y desagradable.
Capítulo quinto. Tipos de casino. Por el invierno, comenzó a ir al casino. El esplendor era un vestigio de la época de bonanza, repleta de tipos vulgares. Entre los asiduos estaba el pianista Ibás Carriño, un hidalgo local. Los dos eran flacos. El uno, de aspecto eclesiástico, era también organista de la iglesia. El otro vivía anclado en el pasado, hasta el punto de acreditarle el lenguaje. El pianista lo imitaba y había llegado a establecer una especie de código común. Don Blas puso a disposición de Andrés su biblioteca. Parecía no tener nervios y vivía ajeno a cuanto le rodeaba. Todo lo antiguo era lo mejor. Un día, de broma, le dieron a probar unas migas asquerosas diciendo que se habían hecho seguido la receta tradicional, y se las comió todas, ponderando su buen sabor. Le gustaba obsequiar a los invitados y era arbitrario en sus decisiones. Para él, había quien no tenía derecho a nada y quien tenía derecho a todo. Insultar a sus criados y despotricaba de las mujeres por el placer de citar a los clásicos. "La investigación de un sabio se echa abajo con una frase graciosa", afirmaba. Lo importante era lucir el ingenio. A pesar de todas sus diferencias, no le era antipático. Otra impresión tenía del hijo del burrero local, un joven petulante que lo contemplaba todo con aires de superioridad, con su sonrisa irónica. Un imbécil con un barniz de cultura. Andrés pensaba que Demócrito, quien ama la contradicción y la verbosidad, es incapaz de aprender nada en serio.
Capítulo sexto. Sexualidad y no por grafía. En la papelería del pueblo, que servía de librería, encontró Andrés algunas novelas pornográficas del estilo francés. Ante su sorpresa, el dueño le comentó que eran las únicas que se vendían. Aquello resultaba contradictorio: que en un país tan moral estuvieran autorizadas esas obras. En Londres, a la gran darse en la vida sexual por la libertad de costumbres, se achicaba la pornografía. Toda una paradoja y un fenómeno de compensación, piensa Andrés.
Capítulo 7. El dilema. Su mala reputación fue en aumento. Dejó de ir por el casino y pasaba las tardes leyendo. Estaba irritado. Trató de alejarse de la filosofía y tomó prestados algunos libros de historia de la biblioteca de don Blas. También encargó a Madrid un libro de astronomía e intentó escribir, pero nada le satisfacía. Se sentía irritado por todo. Comenzó a tener dolores articulares y a perder pelo. "Es la castidad", se dijo. La idea de casarse, someterse, le horrorizaba. Tampoco había muchas formas de conocer chicas en Alcolea, como no fuera yendo a un burdel, y eso jamás lo hubiera aceptado. Decidió probar a limitar la alimentación. Su odio contra el pueblo lo sostenía en esa batalla interior, aunque a veces su propia actitud le parecía absurda. Pero el régimen fue dando resultado y se sentía como un asceta. Se le mataba temprano y paseaba por los viñedos hasta el olivar, donde había una casa y un molino de viento que siempre lo sobrecogía. Por la noche, se refugiaba en el fogón de la cocina junto a Dorotea, la vieja y la niña.
Capítulo noveno. La mujer del tío Garrota. Llamaron a Andrés una noche para atender a una mujer moribunda. La halló con la cabeza cubierta de sangre, sin sentido. Era la mujer de un prender o, el tío Garrota. Le practicó una sangría. Comenzó a respirar mejor, recobró el sentido, pero sólo llegó a decir "Garro". Y el juez atendió que estaba acusando a su marido. Pero Andrés observó que la herida la tenía en el lado izquierdo de la cabeza. El lenguaje estaba afectado, sufría afasia. Dejaron al cura dándole la extremaunción y subieron a la planta superior de la casa, de donde la mujer había caído. Ahí encontraron un abanico manchado de sangre y manchas de sangre en el suelo. Entre los antecedentes y los indicios, todos sospecharon del tío Garrota. Pero cuando lo interrogaron, él lo negó rotundamente. Quedaron pendientes del resultado de la autopsia. Andrés pidió a un tercer médico presente, que de poco sirvió porque no se pusieron de acuerdo sobre las causas. Para Sánchez, corroboraba la hipótesis del asesinato. Andrés, en cambio, pensaba que por el tamaño de los cardenales del cuello, eran auto infligidos. Que borracha se cayó y golpeó la cabeza contra el abanico y desorientada cayó por la ventana. El asunto apasionó al pueblo, que se inclinaba por culpar al tío Garrota. Pero las huellas del abanico no coincidían y el juez lo dejó en libertad. Para excepción de todos, estos no hizo sino acrecentar la animadversión hacia Andrés en el pueblo.
Capítulo del noveno. Despedida. Andrés decidió marcharse. En primavera, se despidió de Blas y el juez, y discutió con Sánchez. Aquella tarde, la casa se quedó a solas. De Pinito y los demás habían ido a un balneario próximo. Al irse al día siguiente y estar a solas, lo llevó a sincerarse con su patrona. Estaba casada con un imbécil y él era otro por no haberle hecho el amor. Dudas, recelo, pero al final Dorotea no se resistió. Por la mañana, huyó, dejándolo en un estado de abatimiento y confusión. Se marchó, pero tuvo que bajar en Aranjuez, diciendo: "¡Qué absurdo, qué absurdo es todo esto!".
Sexta parte. La experiencia en Madrid.
Capítulo 1. Comentario a lo pasado. Al llegar a Madrid, la noticia era la inminente guerra con Estados Unidos. Cogió una sustitución de tres meses. Siguió con interés las noticias, los políticos y sus bravuconadas ignorantes. La derrota era tan evidente que aquello era ridículo. La indiferencia de la población era insultante, ya que no quedaba ni patriotismo. Y después de la derrota, la gente siguió yendo a los toros o al teatro como si nada. Fue a ver a su tío y comentaron su experiencia manchega. Para su tío, esa moral era una forma de defenderse contra la pobreza. "En todas partes, el hombre en su estado natural es un canalla, un idiota y un egoísta". Andrés no comprendía cómo no se levantaban contra el sistema. Para Iturrioz, aún no se había inventado un sistema de justicia redistributiva y, sin embargo, el mundo marcha porque la naturaleza sabía, igual que sucede con el mundo animal. Cada quien tiene el espíritu que le corresponde: abeja obrera o reina, rico o pobre, obrero o militar. Le contó Andrés cómo en Cuba presenció un accidente: un chino se cayó en una máquina trituradora de caña de azúcar y fue despedazado. Sus compañeros reían mientras los blancos estaban consternados. "Esa es la realidad y hay que aceptarla. Lo contrario es andar como un subser superior, tal y como hizo Andrés en Alcolea, totalmente absurdo. Lo de ir de independiente no funciona y si lo intentas, tendrá sus consecuencias". Sin embargo, Andrés estaba dispuesto a defender su independencia.
Capítulo segundo. Los amigos. Un día se encontró con Montaner y entraron en el café Fornés. Estaba concurrido. Había acabado, pero no encontraba trabajo. Estuvo un tiempo como ayudante de Arancel. Ahora tenía una clínica, además de una plaza en el ferrocarril. Le prometió a cedérsela, pero no lo hizo. Ganaba mucho, pero gastaba todavía más. Le hizo trabajar de todo, desde albañil a niñera. Después de convino asociarse y le dio la patada. Y para que se fuera, le dieron un repaso a los condiscípulos. A ninguno le había ido bien. Estricto organizó con su periódico de carnicería los regalos de los carniceros. Una buena mujer poniendo en el langosta algunos domingos. Y por otro lado, Julio Aracil, que se casó bien, pero andaba prostituyendo a su mujer. Iba a llevar a su nuevo socio a su propia casa para que se entendiera con la mujer. Se casó por dinero, pero tenía además una amante vieja y rica. A los pocos días, coincidió con Arancel y lo acompañó a una visita. Dio por supuesto que Montaner lo había criticado. No soportaba su sentimentalismo, como su familia política, que también criticaba el que lo viviera en su casa, ya que él confiaba en su mujer. Trabajaba mucho, ganaba bien, pero había que gastar para estar a la última: sastres, joyas, teatros, coches. "Hay que disfrutar mientras se puede, ya que la moralidad es una lacra estúpida y una mujer honrada, una estupidez. Las mujeres han de ser coquetas y lucirse". Entretanto, llegaron a su destino y se despidieron. Aquí podemos ver el excelente contraste que existe entre Andrés Hurtado, protagonista de la obra, y Arancel, un materialista absoluto que vive de las apariencias y que le importa poco el amor.
Capítulo 3. Fermín Ibarra. Otro día se encontró con Fermín, el ingeniero inventor, que planeaba irse al extranjero. Iban a comprar sus patentes en Bélgica. En España no había nada que hacer, ni talleres, ni medios, ni laboratorios. Pero lo más indignante para Fermín es que no hay más que chulos y juerguistas petulantes, y el capital en manos de canallas. Meses después, describió desde Bélgica: ya era jefa de taller y sus empresas iban hacia adelante.
Capítulo cuarto. Encuentro con la luz. La luz se turbó un poco al encontrarse a Andrés por la calle. Como tenía prisa, lo citó para el sábado en un café de la Luna, donde solía ir con su madre. Allí estaban el sábado, acompañada de un hombre con anteojos. Le hizo sentar junto a ella para hablar. Se había mudado a la calle del Pez y Andrés comenzó a hablar de su experiencia en el pueblo. Y al final, el joven de los anteojos se marchó aburrido. Lo que no jugó a doña Leonor. Julio había dejado a Niní por una señorita de buena posición, pero Lulús anticipó y le pidió que hablara con don Prudencio. Sabía que don Prudencio estaba enamorado de su hermana y acudiría cuando supiera que el camino estaba libre. Aquello fue la salvación. Don Prudencio era rico y se casó con Niní, y ella puso una tienda de ropa infantil. Se mudaron de barrio y, tras este encuentro, Andrés y Lulú acordaron volver a verse pronto.
Capítulo 5. Médico de higiene. Un amigo de su padre le consiguió este empleo, pero pronto comprendió que no era lo suyo. El reconocer prostitutas sólo presentaba su odio hacia los ricos. Vivía amargado, irritable y violento. No comprendía cómo no se revelaba, no como no sentía, no odio. Iturrioz debía tener razón: la naturaleza que hacía al esclavo, también haría a las prostitutas. A través de ella se enteró con asombro de cómo un cura regía dos de aquellas casas con ciencia apostólica. Algunas pasaban el reconocimiento en sus casas. Allí contrastaban estas mujeres ajadas, de caras cansadas y empolvadas, con señoritos engominados y fuertes por el deporte. "Si el pueblo comprendiese", pensaba Andrés, "se mataría por intentar una revolución social". Las diferencias sociales se acentuaban y la notaba en todo, incluso en la estatura, en la inteligencia, en la fuerza. La casta burguesa se va preparando para someter a la casta pobre y hacerla su esclava.
Capítulo sexto. La tienda de confecciones. Al cabo de un mes, pasó por la tienda de Lulú. Comenzaron a verse con frecuencia. El joven de las gafas era un pretendiente de la chica, farmacéutico, pero ella lo trataba con desdén. Andrés se lo recriminó, pero ella respondió simplemente que no le gustaba.
Capítulo séptimo. De los focos de la peste. Andrés comentó a la Luz cómo su trabajo le hacía sentir mal. Los abusos que se cometían, la crueldad y el sinsentido de cómo las madamas tenían tendencia a martirizar del cotorbita, un travesti que les raptaba jóvenes disfrazados. Disfrazados de mujer, vivían indefensas, destinadas a morir pronto en la cárcel, del hospital o con las enfermedades. Si intentaban escapar, las acusaban de robo. Tenían a policías comprados. Además, conocían las triquiñuelas legales. Por eso no servían las denuncias. En general, no eran engañadas. No querían trabajar en algo brutal y, sin embargo, tenían un concepto trasnochado de la honra. "Somos una raza de fanáticos". Lo miraba con pena. Debía dejar ese destino.
Capítulo octavo. La muerte de Villasuso. Dejó el trabajo y comenzó la esperanza en "La Esperanza", una sociedad para aprender a indigentes. Aquello era agotador: miseria, suciedad, pestilencia, violencia. Aquellos desgraciados no entendían que la soledad de los pobres podía acabar con el rico. Se le pasaban por la cabeza todo tipo de ideas destructivas. Entonces encontraba su oasis en la tienda de Lulú. Ahí se sentaba en la sombra y conversaban. Algunas noches, la acompañaba a pasear con su madre por el Paseo Rosales. Eran horas de paz. Un día, le pidieron que fuera a atender a un anciano. Era ciego y se había vuelto loco. Nada se podía hacer por él. Era Rafael Díaz Usa, el autor dramático que vivió como bohemio. Sus hijas habían envejecido de forma asombrosa. "¡Qué asco de heroísmo trágico!", pensó Andrés. Poco después, murió y parts pasó a verlo. Estaba tumbado en el suelo, su hija acurrucada en un rincón, ausente. Y para colmo, sus amigos bohemios, dudando si estaba muerto, se dedicaron a hacerle perrerías, como que más de los dedos. Ni siquiera muerto lo dejaban tranquilo. El mozo del coche fúnebre puso fin a la escena grotesca.
Capítulo noveno. La mejor teoría y práctica. Una tarde, Andrés comenzó a hablar con la Luz sobre el amor y la conversación derivó hacia lo personal. Creía que el amor era un instinto, un engaño romántico que nos empuja a la reproducción. De allí, los dolores y desengaños en los matrimonios. Cierto día, encontró a un joven de uniforme conversando con Luke. Quiso alejarse, pero no pudo. Un día de otoño, paseando, se sintió profundamente melancólico y pensó en ella. Fue hasta la tienda y se declaró. Lou se estrechó contra él y dijo: "Y ahora, déjame más. A donde tú vayas, llévame".
Séptima parte. La experiencia del hijo.
Capítulo 1. El derecho a la prole. Andrés planteó un asunto a su tío Iturrioz, como si se tratara de un tercero. Él, artrítico y débil, histérica. No debían casarse. Sería un delito traer al mundo un hijo de semejante pareja. Andrés no veía relación necesaria entre salud de padres e hijos, pero para su tío, el riesgo existente bastaba para no tener ese hijo. "No entienden la paternidad irresponsable: engendrar hijos de presidio o prostitución, borrachos o inútiles, para ir luego mendigando. ¿Como semejante despropósito fuera un mérito y no un delito? No es lícito engendrar hijos para el dolor. Su consejo último sería: casi se, si quiere, pero no tenga hijos". Andrés salió de la azotea aturdido.
Capítulo segundo. La vida nueva. Andrés se casó por la iglesia, como quería doña Leonarda. Llevó a Lulú a conocer a su tío. Simpatizaron. Además, éste le consiguió un nuevo trabajo de que traductor de artículos para una revista. El matrimonio se acomodó en una nueva casa, a cerca de las Pozas, próxima a la tienda de Lulú. Andrés se negó a que doña Leonarda viviera con ellos. Prefería que nadie de la familia entrara en casa. La Luz decidió contratar a una antigua vecina, la Venancia. Pronto se sintió Andrés entusiasmado con su nuevo trabajo y la vida fue fluyendo plácidamente. El uno quiso dejar la tienda. Había que ahorrar porque nunca se sabía qué podía ocurrir. Incluso cosía algo por la noche. No tardó en acometer también trabajos originales, además de traducciones. Se encontraba tan bien que le daba miedo. Su pesimismo le inclinaba a pensar que la dicha no podía durar. Veía un peligro en todos los allegados. "No hagas caso de lo que te digan. Nuestra felicidad es un insulto para toda esa gente", recomendaba su mujer. Lo llevaba a veces al teatro con su hermana y de regreso le contaba lo que veía. En verano, Andrés recogía la Luz la tienda e iban a corretear por la dehesa o el canalillo, o iban al cine. "Hemos llegado a querernos de verdad porque no teníamos interés en mentir", dice. Han resultado.
Capítulo tercero. En paz. Los meses pasaban y Andrés vivía feliz. Se sentía bien su nuevo trabajo y su matrimonio. Su carácter y el de Lulú se habían dulcificado. Cierto día, mencionó la posibilidad de tener un hijo y Andrés sintió de nuevo el vértigo del porvenir. Pero Lulú enfermó al cabo del año y se instaló en ella la tristeza al no tener hijos. Lo asumieron dolor inconsolable. No había razonamiento que pudiera remediarlo. Cedió y al cabo de los dos meses, la mirada de la Luz le dijo que estaba embarazada. Fue entonces cuando Andrés comenzó a vivir una angustia continua. A ella le cambió el carácter, se volvió posesiva, sentimental, irritable y su histerismo se fue acentuando con el paso del tiempo. Aunque todo aquello era normal, Andrés vivía una tensión permanente, de la que sólo le aliviaba el trabajo.
Capítulo cuarto. Tenía algo de precursor. Llegó el parto y los dolores fueron terribles. Fue a peor durante la noche, ya que las fuerzas comenzaron a abandonarla. Finalmente, hubo de sacar al niño con fórceps, pero nació muerto. Lulú quiso ver a su hijo y Andrés sintió un dolor agudo y ximo. Lloró mucho. Plus lloraba amargamente. El médico tuvo que extraer la placenta con la mano y la hemorragia fue abundante. Dos días estuvo postrada. Se sentía morir. "Si siento morirme es por ti, ¿qué vas a hacer tú, pobrecito mío?". Otras veces, su atención se dirigía al niño muerto. Finalmente, falleció. Estaba allí doña Leonor y niña con su marido. Fue a su cuarto y se inyectó morfina. Se durmió. A media noche, se despertó y fue a ver el cadáver. La besó varias veces en la frente. Lulú estaba blanca como el mármol, serena, indiferente. En la habitación de al lado, su tío Iturrioz hablaba con el médico sobre lo acaecido. Regresó a su habitación y se encerró. Fueron a despertarlo a la mañana siguiente para el entierro, pero Andrés Hurtado estaba muerto. Ahora había dado una sobredosis de morfina. Se había intoxicado del mismo. Bueno, con esto concluye una de las mejores novelas de la historia de España, definitivamente, en mi opinión, la mejor de la generación del 98, ya que tiene todas las preocupaciones existenciales sobre España, sobre la clase política, sobre la guerra de las Filipinas, sobre la pérdida de territorios. En fin, hace un retrato bastante fiel de la época y es una novela que, a pesar de ser muy antigua, ha envejecido de las mil maravillas. Podemos seguir tomando los mayores temas de esta obra, aplicarlos a la filosofía del siglo 21. Muchas gracias por estar ahí otro vídeo más y nos vemos en el próximo.