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Estamos llegando al final del año litúrgico y cuando se aproxima esta fecha, la liturgia nos habla de la parusía, de la segunda venida del Señor, del final del mundo. Y se nos indica cómo tenemos que vivir esta espera, que no puede ser una espera de brazos cruzados, sino que tiene que ser una espera activa. Vamos a verlo.
San Pablo nos insinúa en la primera carta a los tesalonicenses en el capítulo 7 que la venida del Señor puede estar cerca, puede que se aproxime esa venida del Señor, pero nunca lo dice como una verdad de fe. Pero también hay que tener en cuenta otra opinión de San Pablo y es la que aparece en la primera carta de los tesalonicenses en el capítulo 5. ¿Qué es lo que dice ahí San Pablo? Que el Señor vendrá como un ladrón en la noche, que no sabemos ni el día ni la hora. Y el mismo Jesús en el evangelio de este domingo dice unas señales de cuándo llegará la parusía, cuándo llegará el fin del mundo, pero son unas señales tan generales que nunca vamos a saber ni el día ni la hora.
Algunos de la comunidad de Tesalónica pensaban que el final del mundo estaba ya muy cerca y la conclusión que ellos sacan equivocadamente es que si el final del mundo está muy cerca, pues no tiene sentido trabajar. Y San Pablo, ¿qué es lo que responde a eso? Que quien no trabaje, que no coma.
La tentación de hacer lo mínimo o de hacer muy poquito es una tentación que suele estar muy presente en el ser humano. El pecado de la pereza es una tentación constante en nuestras vidas. Y a raíz de este planteamiento que tenemos muchas veces los cristianos de hacer lo mínimo, lo mínimo indispensable, lo que está mandado y de ahí no paso, les voy a contar una anécdota que me sucedió ya hace muchísimos años. La he contado en muchísimas ocasiones porque esa anécdota me viene muy bien para explicar ciertas cosas de los planteamientos que solemos tener muchas veces equivocados en nuestra vida cristiana. Se trata de lo siguiente.
Era una persona ya un poco mayorcita, una persona jubilada, pero que estaba muy bien físicamente y de cabeza estaba muy bien de todo. Y esta persona me acerca un día allí a su parroquia y estaba paseando alrededor de la iglesia, en el atrio de la iglesia. Estaba paseando alrededor. Era una mañana de primavera, una mañana espléndida. Y yo lo vi, lo conocía, lo saludé y le dije así por decir algo. Dije, "Bueno, ya está usted por aquí paseando para venir a misa, ¿no? Ya que se va acercando la hora de la misa." Y me dice muy serio, dice, "No, yo ya he dejado de ir a misa." Me sorprendió mucho. Como que ha dejado de ir a misa si en su familia son todos muy creyentes y practicantes, desde los abuelos hasta los nietos. Dice, "No, es que el párroco me ha aconsejado que ya como estoy jubilado, que ya voy siendo mayor, pues que ya estoy dispensado de ir a misa."
Qué triste me pareció aquel razonamiento. Me pareció que se equivocaban las dos partes, tanto el sacerdote por aconsejar eso. ¿Qué pasa? Que una persona cuando es mayor ya no tiene necesidad de Dios. Siempre tenemos necesidad de Dios. Pero es que en ese momento que por ley de vida se está aproximando ya nuestro encuentro con el Señor, pues también tendremos necesidad de prepararnos para ese encuentro. También tendremos necesidad de alimentar nuestra vida espiritual. ¿Cómo le vamos a quitar una persona lo más grande que tenemos? ¿Que es la misa, que es la palabra de Dios, que es la comunión? ¿Cómo le vamos a quitar eso? ¿Cómo le vamos a quitar ese alimento espiritual si esa persona está en perfectas condiciones para poder recibirlo? Sería distinto si esa persona pues se encontrara mal, estuviera enfermo, no pudiese salir de casa. Entonces sí, pero si está bien, ¿por qué le vamos a privar de los dones de Dios? Y también mal por parte del jubilado, porque él podría haber dicho, "No, no, usted me aconseja eso, pero yo me encuentro muy bien, pues yo me acerco a la misa como he hecho toda mi vida." ¿Por qué no lo hizo? Porque en el fondo, en algunas ocasiones, estamos deseando que alguien nos justifique en liberarnos de las cosas de Dios.
O sea, esto quiere decir que nos hemos pasado toda la vida viviendo nuestra fe, no como hijos de Dios, sino como siervos. El siervo es el que ve la vida cristiana como una carga y el hijo de Dios es el que disfruta con las cosas de Dios. Cuidado que podemos estar toda la vida en la iglesia y toda la vida no vivir como hijos, sino como siervos. El hijo de Dios es el que disfruta de las cosas de Dios. Y cuando digo que el hijo de Dios es el que disfruta de las cosas de Dios, no me estoy refiriendo solamente al culto, no, no, no. Me estoy refiriendo a toda nuestra vida, porque toda nuestra vida la tenemos que dedicar a construir el reino de Dios aquí en la tierra, en el día a día, en esas tareas que hacemos cotidianamente. Todas esas tareas que hacemos en la vida, si las enfocamos bien, tienen que ir todas enfocadas a construir el reino de Dios aquí en la tierra. Y haciendo eso, las tareas que sean, tenemos que disfrutar porque tenemos que ser muy conscientes de que estamos construyendo el reino de Dios aquí en la tierra. Y el cristiano es el que disfruta con las cosas de Dios.
Tenemos que tener mucho cuidado en nuestra vida de fe con ir siempre a los mínimos. Me explico. Por ejemplo, la misa. La Iglesia nos manda los mandamientos de la Santa Madre Iglesia que vayamos los domingos a misa. Eso quiere decir que solamente debo ir los domingos a misa. El Señor también te puede conceder la gracia que vayas más días. No digo todos los días de la semana, pero si algunos días más, ¿por qué no? La iglesia también nos manda que nos confesemos como mínimo una vez al año. Pero eso quiere decir que solamente debemos confesarnos una vez al año. Pues no. Lo suyo es que nos confesemos con cierta frecuencia. ¿Para qué? Pues para recibir la gracia que el Señor nos da en el sacramento, para recibir el amor de Dios que el Señor nos derrama en ese sacramento.
Esto se ve muy claro en la parábola del hijo pródigo. El padre solamente se dedica a perdonar al hijo, ¿no? ¿Qué hace el padre? El padre derrama su amor sobre ese hijo. Le abraza, le cubre de beso, le hace una fiesta, le pone vestidos nuevos, sandalias nuevas. ¿Qué está haciendo ese padre? Derramando su amor. Si nosotros nos limitamos a solamente recibir una vez el sacramento de la confesión a lo largo del año, pues estamos ahí rechazando el amor de Dios. Si el Señor nos da esas gracias, ¿por qué no vamos a aprovecharlas? Tenemos que tener mucho cuidado con los mínimos. Tenemos que tener mucho cuidado con ir a los mínimos. Que es verdad que la iglesia nos pone unos mínimos. Sí, pero eso es para que no nos desconectemos totalmente de Dios. Pero el ideal de nuestra fe no es ese. Bien claro lo dice el evangelio. Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Eso no es un mínimo, eso es un máximo. O también ama a Dios sobre todas las cosas. Eso no es un mínimo, eso es un máximo o amar a los demás. O sea, los cristianos no podemos vivir pensando en los mínimos, sino pensando en los máximos.
Dios no es un Dios de mínimos. Dios es un Dios de máximos porque es un Dios generoso. Esto se ve muy claro en la parábola de los talentos. Todos conocemos esa parábola. A uno le da un talento, a otro le da tres y otro le da cinco. Y pensamos muchas veces que al que le dio uno le dio muy poquito, ¿no es verdad? Al que le dio un talento también le dio muchísimo. Es verdad que le dio menos que a los otros, pero le dio muchísimo porque un talento equivalía a 20 años de salario, con lo cual es muchísimo. O sea, Dios nos da muchísimo a todos. Entre otras cosas, esa parábola lo que nos quiere decir es que Dios es muy generoso y nos da muchísimo a todos, aunque alguno le dé un talento, pero ya es muchísimo también. O sea, el Señor ahí vemos claro en esa parábola que no tenemos que ir a los mínimos, tenemos que rendir aquellos dones que el Señor nos ha dado. Cuando vamos a los mínimos es una manera de despreciar los dones que nos ha dado el Señor.
El racaneo con Dios, permítame esta palabra, es algo bastante presente en nuestras vidas, por desgracia. Muchas veces esto lo vemos constantemente, la misa, bueno, pues que no sea muy larga, que sea muy cortita, dedicarla a Dios el menos tiempo posible. Que piden un voluntario, bueno, pues a ver si hay otro que da el paso adelante y yo me quedo atrás y a ser posible me libro y no me presento como voluntario. Eso es una constante en nuestras vidas. Esto nos pasa mucho. Lo de dar un paso atrás. El cristiano no tiene que ser el que da un paso atrás, sino el que da un paso adelante. Porque cuando damos un paso adelante es una oportunidad que nos ofrece el Señor, una oportunidad aceptada. Y cuando damos un paso atrás es una oportunidad perdida. Y esas oportunidades que perdemos no vuelven a pasar. Podemos decir, "Sí, sí, se me presentó otra vez en la vida, pero era otra oportunidad. La que dejaste pasar, esa ya pasó. Así que tenemos que tener el ojo muy abierto para dar siempre un paso adelante y no dejar esas oportunidades que nos ofrece el Señor para crecer en virtud, para poder servir más a los demás y para crecer en nuestro amor al Señor."
Y otro peligro que tenemos es la fidelidad, ser fieles al Señor toda nuestra vida. Esto lo comentaba muy bien San Juan Pablo Segundo. Decía San Juan Pablo Segundo, "A veces somos fieles al Señor una temporada, pero no toda la vida. Y la prueba más grande que tiene que pasar la fidelidad, decía San Juan Pablo Segundo, es la duración. La duración de esa fidelidad al Señor, que tenemos que serle siempre fieles al Señor, que lo importante es que seamos coherentes, no unos días, no una temporada, sino toda la vida."
Dice el Concilio Vaticano Segundo en la Gaudionet en el número 43, que se apartan de la verdad aquellos que piensan que por no tener aquí una patria permanente aquí en la tierra, descuidan las obligaciones en la tierra. Esos se apartan de la verdad. Esa no es la fe de la Iglesia. Todo cristiano tiene una vocación y esta vocación la tenemos todos en común. ¿Y qué vocación es esa? La vocación que todo cristiano es que todos tenemos que ser sal de la tierra, todos tenemos que ser levadura, todos tenemos que ser fermento. Fermento que fermente la masa. Todos tenemos que ser luz en medio del mundo. Esa es una vocación de todo cristiano. El reino de Dios se gesta aquí en la tierra, se construye aquí en la tierra y no en la estratosfera, no. Se construye aquí en la tierra. La historia de la salvación la tenemos que hacer entre todos.
Que el Señor os bendiga y os proteja. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.