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Fusilamiento de Maximiliano, Miramón y Mejía

José Manuel Villalpando45:33

Transcription

Amigas, amigos, muy buenas tardes tengan ustedes. Los saluda con el afecto de siempre José Manuel Villalpando aquí en una emisión más de su programa La historia que quiero vivir, que como ustedes bien saben, transmitimos todos los sábados a esta hora de la tarde a través de los micrófonos y frecuencias de Radio Fórmula en el 103.3 de FM, en el 970 de AM, aquí en la capital de la República Mexicana, en algunas partes del país donde nos permite la feroz competencia automovilística de los autos finos.

También, por supuesto, llegamos a los Estados Unidos de América, a Canadá, a Puerto Rico y a todo el mundo a través de internet en la página www.radioformula.com.mx. Quiero recordarles primero nuestros vías de comunicación que tenemos para estar en contacto con ustedes. El correo electrónico villalpandohistoriador@gmail.com y el Facebook Villalpando y la historia.

Hoy, hoy es un programa grabado en virtud de que tengo un compromiso que tuve la noche anterior, ayer, ayer viernes en la ciudad de Aguascalientes, para precisamente dar una conferencia sobre el tema que hablaremos hoy en día, el aniversario 150 del fusilamiento de Maximiliano de Asburgo. También, hoy por la mañana, por eso no me dio tiempo de regresar a México, tengo la grata, la grata noticia de informar a ustedes que hoy pudimos rendir un homenaje a mi padre en la Universidad Panamericana Campus Bonaterra aquí en Aguascalientes, y en donde además también la biblioteca de mi papá especializada en filosofía, en pedagogía y en psicología de varios miles de volúmenes que mis hermanos y yo donamos.

Amos reciente, recientemente cuando mi papá muere hace 8 meses, pues ha sido hoy abierta, colocado una placa en su memoria y naturalmente con una pequeña ceremonia en la que naturalmente debería yo, debía estar yo hablando además también y por supuesto rindiendo un homenaje a mi papá, un gran pedagogo mexicano y por esa razón pues hoy no puedo estar en vivo con ustedes, pero sin embargo está el programa grabado y con un tema además especial porque el próximo lunes 19 de junio hará 150 años que Maximiliano Dasburgo, el cediciente emperador de México, junto con los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía, fue fusilado allá en Querétaro, en el cerro de las campanas, como todos lo sabemos, porque es uno de los capítulos más conocidos de la historia patria y que hoy tenemos que recordar precisamente porque este año, como lo anunciamos desde el principio, hace ya varios meses, es un año lleno de conmemoraciones de 50 años atrás, de 100 años atrás, de 150 años atrás, de 200 años atrás y si recuerdan ya hablamos de alguna también de 250 años hace ya, un cuarto de milenio. Y todo esto ocurre justamente por ese prodigio del año 17, 2017 que estamos viviendo y que hoy nos hace trasladarnos, exactamente, repito, al día 19 de junio de 1867, día en que fue fusilado Maximiliano.

Pero bueno, habíamos platicado hace varias semanas, el día justamente para el día 15 de mayo, cómo cayó la ciudad de Querétaro y como finalmente Maximiliano fue tomado prisionero por los republicanos. Y a partir de ahí vamos a seguir la historia de este día. Fue puesto en prisión primeramente en el antiguo convento de la Cruz allá en Querétaro, que había sido antes el cuartel general de las tropas imperialistas. Después trasladado a los pocos días al convento de de Teresitas en el medio centro de la ciudad Cretana. Este edificio bellísimo cuya iglesia principal, la fachada, fue elaborada por ese gran arquitecto y escultor mexicano Manuel Tolzá, una iglesia muy, muy hermosa que tiene anexo un convento y que allí fue puesto en prisión por una noche nada más, Maximiliano. Una noche terrible.

Además, déjenme platicarles amigos, que el general a cargo, Refugio González, un republicano que tenía fama de espiritista, que traducía textos espiritistas y era médium y aparte, bueno, hacía cosa y media muy creyente del más allá. Se le ocurrió la puntada de que esa noche que estuvo bajo su custodia Maximiliano, Miramón y Mejía los encerró en este convento. Pero, ¿saben dónde? En cripta mortuoria, donde están sepultadas las monjas. Ahí los hizo pasar la noche para que se fueran acostumbrando a la cercanía de la muerte. Háganme favor. Esas son las puntadas de nuestros generales que a veces son francamente muy ocurrentes, como este general espiritista.

Pero de ahí, de ahí al día siguiente fue ya trasladado al convento de Capuchinas también en el centro de la ciudad de Querétaro, en donde va a permanecer todo el resto del tiempo desde el día más o menos 20 de junio, perdón, 20 de mayo hasta el día 19 de junio, casi un mes, en donde se le va a instalar una celda que hoy en día, amigos y amigas, pueden verse. Hoy es un museo, se llama Museo de la Restauración de la República y ahí han acondicionado las celdas en donde estuvieron presos Maximiliano, Milamón y Mejía. Las han puesto más o menos como si fuera un museo de sitio y es bastante bonito y agradable en Querétaro. No dejen de visitarlo cuando puedan. El lunes seguramente va a estar cerrado porque los lunes sean los museos, pues el día que debería estar abierto, pero en fin, eso ya es un asunto de los queretanos allá en ese museo.

Ahí fueron pues encerrados Miramón, Mejía, Maximiliano y con él, fíjense, no estaba totalmente solo. Permitieron que estuviese en el mismo convento, claro, en otra celda distinta, pero lo pasaba a ver todos los días un personaje de quien ya platicamos hace poco tiempo, el Dr. Samuel Bash. Su médico particular, quien tenía permiso del general Escobedo para poder diariamente hacer la visita porque Maximiliano estaba muy, muy enfermo del estómago, ya lo platicamos, siempre se la pasaba con disenterías, con diarrea, se la pasaba también pues atendido por este médico que también ya sabemos, ya lo platiqué hace algunas semanas, le suministraba para paliar los dolores y los malestares píldoras de opio dos diarias, lo cual pues como ya concluimos también en aquella ocasión, provocará que Maximiliano esté siempre en un estado entrelánguido, eufórico, somnoliento a veces muy vivo en otras, pero finalmente en un estado hoy diríamos narcotizado, drogado, para decirlo con toda claridad.

También estaba por ahí cerca Miguel Miramón, Tomás Mejía y Maximiliano. En estos días, además del Dr. Bach, recibió la asistencia de varias personas. Miren, ahí en la misma prisión estaban alojados en alguna otra dependencia, en el mismo convento, los dos criados húngaros que Maximiliano traía y que eran sus ballets, sus sirvientes personales, lo que lo vestían, le arreglaban su ropa, le voleaban los zapatos, le planchaban el uniforme, uno de nombre Tudos y el otro Antonio Grill. Estos dos hombres húngaros de nacionalidad venían con Maximiliano y van a ser finalmente los más frecuentes visitantes de la celda porque van a estar allí a la disposición de Maximiliano cada vez que se le ofrecía alguna cosa, como llevar los alimentos, como retirar la bacinica, por supuesto, en fin, todos los menesteres propios de este hombre los cumplían sus criados Grill y Tudos.

Y en cambio, en cambio, fíjense la diferencia, en las celdas de Miramón y de Mejía, la visita cotidiana que el general Escobedo autorizó fue en cuanto llegó a Querétaro, primero doña Concha Lombardo, la esposa de Miguel Miramón, pudo estar cerca de su esposo todos los días de su estancia presa, prisionera en Querétaro hasta el momento en que Miguel Miramón lo va, la va a enviar a San Luis Potosí para que le pida a Benito Juárez por su vida. En una medida que a mí se me hace muy interesante, Miramón le confesó a Maximiliano que había pedido a su esposa Concha Lombardo, que fuese a ver al presidente Juárez para alejarla de Querétaro y que no tuviese que presenciar ni la muerte de Miramón, ni tampoco su cadáver recién agujerado por las balas.

También estaba cerca de ellos la esposa muy jovencita del general Tomás Bejía, que tenía un pequeño niño de brazos apenas de unos cuantos meses de nacido y que atendía al pobre de don Tomás porque además de ser un hombre pues solo, pobre, con en la miseria vivía en realidad a pesar de ser un adalí del imperio, estaba muy enfermo el general Mejía de una enfermedad de estas muy penosas, vergonzosas que le impedía montar a caballo. Tenía unas terribles hemorroides, almorranas le decían en aquel tiempo, que pues no lo dejaba ni estar en paz, ni sentarse, ni estar bien. Y era atendido, pues, por su pobre mujer, que quedaría viuda en un poco tiempo más, en un estado además de pobreza verdaderamente terrible. Así vivían los primeros días de la prisión. Esto se va un poquito a a despertar y a a desesperazar por cuando aparezca otro personaje más del cual hablaré un rato más, la princesa Agnes de Salzam. Pero eso lo voy a platicar cuando llegue la hora, porque mientras tanto comienza la vida en prisión de los tres prisioneros y de pronto llega ya la orden del presidente Benito Juárez, redactada por su ministro Sebastián Lerdo de Tejada, de someter a Maximiliano, a Miramón y a Mejía a un proceso militar, a un consejo de guerra con fundamento en la ley del 25 de enero de 1862. Una ley que el presidente Juárez había expedido en uso de sus facultades extraordinarias que le había concedido el Congreso y que es una ley además previa a que ni siquiera apareciese en el horizonte Maximiliano, esto es importante destacarlo, a que ni siquiera Maximiliano hubiese aceptado la corona y por supuesto muy, muy previa a que Maximiliano hubiese llegado a México. Simplemente recuerden que Maximiliano aceptó la corona y formalmente se convertiría en emperador el día 10 de abril de 1864 y 2 meses y 2 años y meses antes, esta ley del presidente Juárez condenaba a muerte, y eso es lo importante, a todos aquellos que usurparan el poder público, que auxiliaran de cualquier manera a los invasores franceses y que sirviesen a las órdenes del poder usurpador.

Volvemos enseguida y estamos aquí, amigas y amigos, en este segundo bloque del programa de del día de hoy grabado, como ya comenté, en virtud de que ando por la ciudad de Aguascalientes, pero que sin embargo nuestra cita semanal de este sábado pues hay que cumplirla, por supuesto, porque hay que hablar en esta ocasión, como ya lo anuncié, del 150 aniversario del fusilamiento de Maximiliano, que se conmemorará, se recordará el próximo lunes. 19. Incluso una manera muy curiosa, fíjense que vi en los periódicos y por ahí circuló en las redes sociales una invitación para una misa católica a celebrarse el día 19 a las 7 u 8 de la noche en una iglesia jesuita en Polanco y que además trae la particularidad de que dice que la asistencia debe ser con vestimenta formal. Válgame Dios. Yo sí nada más quisiera asomarme, ¿no? Por supuesto por estar por el arma del emperador, que desde mi punto de vista creo que no tiene perdón de Dios, no por invadir a México, sino por lo que hizo en su vida privada, que ya lo hemos platicado, hizo sufrir lo indecible a su esposa. Pero sin embargo, quisiera ver quiénes son los señores estirados mexicanos que van a esas celebraciones, porque todavía hay quien cree que se siente heredero de Maximiliano. Está una página de internet de estas verdaderas que se llama la casa imperial de México, un señor descendiente entre Asburgo e Iturbí, una mesa ahí muy rara y en fin, siempre hay casos así extravagantes. Si a mí me invitaran, yo iría, pero con todo gusto para llevar puesta mi medalla que se llama Victoria de la República. Que en ese aspecto, como ustedes lo saben, amigos y amigas, en ese en este aspecto específico, yo sí estoy de acuerdo con que el presidente Juárez haya fusilado a Maximiliano, por lo que voy a decir en los siguientes minutos, porque decíamos hace un momento en el en el segmento anterior que el presidente Juárez ordena pues que se proceda a juzgar a Maximiliano, a Miramón y a Mejía en un consejo de guerra conforme lo prescribe la ley del 25 enero de 1862, que condena a muerte a todos aquellos, como lo comenté, que hayan apoyado, auxiliado a la invasión extranjera, que hayan usurpado el poder público y que hayan servido bajo las órdenes de los usurpadores, lo cual era exactamente los delitos que cabían en contra de Maximiliano, de Miramón y de Mejía.

Evidentemente, Miramón y Mejía no usurparon el poder público, pero sí sirvieron a las órdenes del usurpador y sí auxiliaron a la invasión francesa. Y Maximiliano, pues no se diga, él sí reunía las tres características de los tres las tres categorías de los delitos y, por supuesto, según la ley, los tres merecían la pena de muerte y tenía la posibilidad del general Mariano Escobedo de ejecutarlos con las armas que cayeron prisioneros porque bastaba la evidencia de la identificación de las personas y su fama pública para que hubiese sido ejecutado el mandato de la ley. Pero Escobedo no quiso hacerlo y lo hizo, creo que muy bien, por una precaución de política sobre todo internacional. Remitió a Juárez la noticia que tenía ya en su poder a los tres y Juárez consultándolo y seguramente reflexionándolo muy bien con su ministro Sebastián Lerdo de Tejada tomaron la decisión de hacer un consejo de guerra de consumo internacional, que es lo importante para que el mundo viera que Maximiliano, sobre todo él, porque en Europa naturalmente iban a poner el grito en el cielo cuando supieran que lo habían fusilado para que vieran en Europa que se cumplían las formas previstas en cualquier país civilizado que tenía derecho a un juicio y aunque la sentencia ya estaba en realidad dictada de antemano, de todas maneras pues era preferible que el mundo entero viese que en México se hacía justicia conforme a los más estrictos cánones de un proceso judicial bien hecho.

Y entonces pues sería sometido a un juicio. Maximiliano al principio no quiso ni aceptar porque dijo, salió con esta ocurrencia de que a un miembro de la familia Asburgo no se le puede juzgar, ¿no? Bueno, ¿cómo no? ¿Verdad? El miembro de la familia Asburgo era en realidad un delincuente para efecto de esta ley y este pues esta condición de noble no servía para nada en México que además en la Constitución del 57. Y ya desde después de 1824 los títulos nobiliarios en México habían desaparecido, así que esa condición no se podía argumentar. Después, naturalmente, argumentó que él no podía ser sometido a un consejo de guerra y que acaso la los únicos que podían juzgarlo eran un el Congreso de la Unión, que no estaba en funciones, o la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que tampoco estaba en funciones, porque él mismo pues las había desaparecido con la huida que había tenido que hacer el gobierno federal de la ciudad de México con la intervención francesa, así que no quedó otro remedio más que someterse y cuando vio que era inútil argumentar de estas minucias bastante absurdas, pues se avino, aceptó ser juzgado, pero eso sí, la ley le concede, como en todo el mundo civilizado, la presencia de un abogado que lo asista.

Y esto es muy interesante. Fíjense, Maximiliano recurrió finalmente a cuatro o cinco abogados. Hay un quinto que ahorita platicaré. Primero a dos abogados, a un abogado queretano, don Jesús María Vázquez, que era un hombre sensato, brillante, quien se hace cargo de inmediato de la defensa. Pero luego también Maximiliano para apoyarse decidió traer a los mejores abogados que había en México, en la ciudad de México, en la capital. Y cuando esta ciudad cayó ya en poder del general Porfirio Díaz, pues don Porfirio permitió la salida de estos tres personajes que son don Jesús Ortega, un buen abogado, muy, muy bueno, don Rafael Martínez de la Torre, liberal, fíjense qué interesante, y don Mariano Riva Palacio, el papá de don Vicente Riva Palacio, el esposo de Guadalupe Guerrero, es decir, el yerno de don Vicente Guerrero, que era un liberal, liberal, liberal, pero sin embargo era un abogado. Y los tres republicanos liberales decidieron, y esto es muy importante, que valía la pena intentar la defensa de Maximiliano, no porque creyeran en el sistema monárquico, sino por hacer cumplir este principio fundamental de que todo mundo tiene derecho a una defensa para poder acudir a un juicio. Y estos tres abogados mexicanos destacados salieron de la Ciudad de México, se fueron a Querétaro y allí junto con Jesús María Vázquez se van a repartir la chamba. Entendieron muy bien que el aspecto procesal del juicio lo podían llevar el propio Jesús Vázquez con el abogado Ortega y en cambio don Rafael Martínez de la Torre y don Mariano Ri Palacio se trasladaron a San Luis Potosí para desde allá estar negociando y tratar de platicar y pues convencer a ver si era posible a obtener el indulto a don Benito Juárez y a Sebastián Lerdo.

Miguel Miramón también tuvo un abogado, el licenciado Ignacio Jauregui, un abogado también brillante queretano. Y por supuesto, don Tomás Mejía también recurrió a uno de ellos, a un hombre que verdaderamente fue una eminencia en su tiempo y que en Querétaro inclusive aún hoy en día tiene calle. Una calle lleva su nombre porque el hombre se destacó por su generosidad, su filantropía, porque fue director del Instituto Queretano. En fin, un sabio de estos respetados localmente hablando, el abogado Próspero Vega, que va a ser el defensor de don Tomás Mejía. Todavía Maximiliano, cuando se van Mariano Riva Palacio y Martínez de la Torre a San Luis Potosí, va a recurrir a otro más, a un abogado norteamericano que andaba por allí, Frederick Hall. Ya ven que Maximiliano le encantaba pues buscar mucha ayuda y mucho consejo y este hombre lo impresionó porque le dijo cosas según Maximiliano, que no le habían dicho sus abogados mexicanos. Cuentos nada más, simplemente este abogado norteamericano quería seguramente cobrar algún monolumento y como no había con qué pagar porque a ningún abogado de los que tuvo Maximiliano, ni Miramón ni Mejía, se les pagó porque no había dinero con qué. Maximiliano para entonces ya era pobre y Miramón también. Y Mejía no se diga, pues Frederick Hall se retiró.

Esto es el cuerpo de la defensa y Maximiliano pues va a ser enjuiciado en ausencia porque estaba tan enfermito que el doctor Bash expidió un certificado médico que Escobedo decidió aceptar por el cual el estado de salud estomacal del emperador era tan delicado que no podía ser juzgado. En cambio, Miramón y Mejía sí. Fueron llevados al Teatro Iturbide, hoy teatro de la República, un lugar muy, muy hermoso que tiene la característica, como los amigos seguramente recuerdan, y en Querétaro están particularmente orgullosos de ello, que en ese mismo sitio ha habido dos acontecimientos históricos de primera magnitud. El primero en 1867, allí en ese teatro se va a celebrar el proceso, el consejo de guerra que va a juzgar a Maximiliano, a Miramón y a Mejía, aunque Maximiliano en ausencia, pero sin embargo estaban sus abogados presentes, pero también allí en el mismo teatro, pero ahora llamado ya Teatro de la República, en el año 1916, a partir del día primero de diciembre y hasta el 5 de febrero de 1917, en el mismo lugar, en el mismo sitio, lo cual no es una coincidencia, sino que fue deliberadamente planeado por don Venustiano Carranza. El mismo lugar fue el sitio donde se reunió el Congreso Constituyente el 17, donde se discutió y donde se aprobó nuestra Constitución que con todas y sus muchas reformas aún nos rige. Es el mismo sitio histórico que amigos, cuando vayan a Querétaro hay un buen tour que hacer. Miren, hay que ir al Teatro de la República, hay que ir al convento de de Capuchinas, que es el museo de la restauración, hay que ir al museo de San Francisco, el Museo Regional de Nina, porque ahí me anticipo, ahí está la caja mortuoria de Maximiliano, que es una caja muy peculiar porque era bastante pequeñita y Maximiliano era muy alto, no cabía y tuvieron que quebrarle las piernas. Hay que ir al Museo de la Cruz en donde el convento de la Cruz donde estuvo preso y fue el cuartel general también de de Maximiliano. Y por supuesto hay que ir en Querétaro al cerro de las campanas a apreciar el sitio exacto donde fue fusilado Maximiliano con Miramón y con Mejía y donde hoy en día hay una capilla que mandaría construir el gobierno de Austria del emperador Francisco José, el hermano mayor de Maximiliano y que fue inaugurada ya en el siglo XX por ahí de 1903, 1904. Hay que ir, Querétaro, hay que visitarlo.

Volvemos enseguida. Ya estamos de nueva cuenta aquí, amigos y amigos, en este tercer bloque del día de hoy en un programa grabado, repito, porque estoy en Aguas Calientes realizando algunas cuestiones que ya platiqué en el primer bloque, pero que no podíamos dejar hoy sin hablar del tema que el próximo lunes 19 vamos a conmemorar, que es el 150 aniversario del fusilamiento de Maximiliano, Miramón y Mejía. Decíamos, decíamos en el bloque anterior, perdón antes que se me olvide, recuerden que cualquier mensaje amablemente que me hagan llegar, ya sea por nuestro correo electrónico villalpano historiador@gmail.com o vía el Facebook Villalpano la historia, en cuanto me sea posible lo responderé como siempre lo hacemos y se los aprecio enormemente.

Pero bueno, vuelvo a la narración. Decíamos que en el Teatro de la República ahí va a ser juzgado en ausencia Maximiliano, que tiene un certificado de incapacidad médica otorgado por el doctor Samuel Bach, pero en cambio iban a estar presentes con sus abogados Miguel Miramón, Tomás Mejía, que además van a ser sentados literalmente en banquitos como los famosos banquillos de los acusados. Ahí nos van a sentar estos banquitos de tres patas que no tienen respaldo totalmente incómodos. Bueno, los pobres a los hicieron permanecer varias horas en lo que los abogados presentaban sus alegatos de defensa y en lo que el fiscal, quien es el acusador, un joven abogado y militar de nombre Manuel Aspiros presenta la acusación. Este era un muchacho muy, muy brillante que se había adherido al régimen del presidente Juárez allá en Chihuahua. Juárez había anotado, por supuesto, pues su valentía, tanto que había ascendido a teniente coronel, pero sobre todo era abogado y tenía una perspicacia enorme y una inteligencia pues bastante notable. Y el presidente Juárez lo envió comisionado con el general Mariano Escobedo para que en el momento adecuado fuese precisamente este muchacho, el fiscal. El muchacho cumplió con su deber, presentó un argumento irrebatible demostrando cómo precisamente las conductas de Maximiliano, de Miramón y de Mejía se apegaban absolutamente a los tipos de delitos que se enunciaban en la ley del 25 de enero de 1862 y con argumentos además muy, muy sutiles.

Cuando, por ejemplo, el abogado de Maximiliano trataba de desbaratar el argumento fundamental de Aspiroz diciendo que en la Constitución del 57 se había suprimido la pena de muerte para los delitos políticos. Aspiroz respondió que no estaban juzgando a Maximiliano por ningún delito político. Usurpar el poder público es un delito, de hecho, no es un delito político. No es pregonar que soy de izquierda o de derecha, no. El señor utilizó las armas extranjeras, además para socavar al gobierno legítimo de México, el republicano, e instalarse como usurpador en un supuesto trono imperial que no existía y para ello combatió a la resistencia, sembró de dolor y de sangre los campos mexicanos y utilizó el recurso de un ejército invasor, el francés, para poder sostenerse y va a caer precisamente cuando el ejército francés se haya retirado. El argumento pues es imbatible. Y el abogado de Maximiliano, Eliseo Vázquez, respondía, "Bueno, es que Maximiliano no puede ser juzgado con estas leyes porque no es mexicano." Y entonces el fiscal le responde, "Ah, caray, pues no se declaró mexicano. Muchas veces Maximiliano, hasta se vestía de charro." Y entonces el argumento es muy sencillo y cae por su propio peso. Si no es mexicano, entonces es un pirata internacional y merece la pena de muerte. Si es mexicano, utilizó las armas extranjeras para hacerse el poder público y con ellos tuvo su juzgado al pueblo, causando muchas muertes, usurpando el legítimo gobierno de la nación y merece, por lo tanto, la pena de muerte también. Es decir, no había escapatoria y el fiscal Manuel Aspiros logró esquivar y torear todos los recursos de la defensa.

Maximiliano todavía soñaba de veras que Juárez lo iba a indultar. Le escribía cartas y más cartas pidiéndole que su sangre fuese la última que se iba a derramar en esta contienda, prometiendo que se iba ir a vivir a Austria, que no iba, juraba por todos los santos y por todo el cielo y por todos los lo que había que jurar, que jamás volvería a ocuparse de México. Y el presidente Juárez, pues por supuesto ni tomó en serio esto. En cambio, Miguel Miramón estaba absolutamente convencido de que lo iban a fusilar. Él era exactamente el verdadero enemigo a vencer porque él sí había sido el paladín del partido conservador, el joven Macabeo, el héroe del partido de la reacción, como se le llamaba, en quien naturalmente veía don Benito al principal enemigo. Matar a Miramón significaba acabar con los conservadores. Matar a Maximiliano significaba darle dignidad y respeto internacional a México. Es decir, don Benito tenía perfectamente bien claro que a los dos debería fusilarlos porque además la ley le permitía hacerlo porque los dos habían cometido el mismo tipo de delitos.

Tomás Mejía es un caso diferente. El abogado defensor argumentó que este hombre había, pues, simplemente por efecto de la obediencia debida a sus superiores aceptado la intervención francesa y por así había combatido y era visto con simpatía por los propios republicanos. Hay que decirlo. Pero además, don Próspero Vega, su abogado, pudo demostrar que en varias ocasiones, justamente Tomás Mejía, a diferencia de los demás como Miramón, como Leonardo Márquez o como los mismos republicanos, era un hombre con un sentido de humanidad muy grande y jamás había fusilado prisioneros. Jamás. Inclusive, y aquí viene lo más emocionante, fíjense, amigos, Tomás Mejía, general conservador, dos veces en dos ocasiones tuvo preso, habiendo capturado en combate al entonces coronel y después general Mariano Escobedo, el mismo comandante en jefe del ejército del norte republicano que hoy tenía preso a Tomás Mejía, antaño había sido dos veces su prisionero y las dos veces le había perdonado la vida. Cuentan que una vez, la segunda vez que le perdonó la vida a Escobedo, el general Leonardo Márquez, que si era un verdadero asesino furioso, le dijo a don Tomás Mejía, "Oiga, don Tomás, usted hoy perdonó la vida Escobedo, pero Escobedo no se la perdonará usted mañana." Y en efecto, Escobedo, fíjense amigos, le ofreció perdonarle la vida a Tomás Mejía. Pidió permiso al presidente Juárez diciéndole que tenía una deuda de honor, que en dos ocasiones Mejía le había salvado la vida. El presidente Juárez le autorizó a esquivar, sacar, hacer un lado a Mejía del proceso y dejarlo ir, perdonándolo, indultándolo. Y cuando Escobedo fue a entrevistarse con don Tomás Mejía para agradecerle, por supuesto, las dos veces que salvó la vida y para decirle que a cambio esta vez le concedía su propia vida, ¿saben qué respondió Tomás Mejía? Que no, que él se quedaba a sufrir la suerte de su emperador, a quien le debía lealtad y disciplina. Es decir, murió por su propio, por su propia voluntad. Escobedo pudo haberlo mandado a sacar a fuerzas, pero tampoco quiso hacer más.

Y cuando don Benito Juárez platicaba con Escobedo y Escobedo le narraba este trance tan difícil que humanamente él tuvo que enfrentar porque él sí quería perdonar la vida Mejía y Mejía se empeñó en morir con el emperador, Juárez hizo un comentario que es verdaderamente bueno, llena, llena de de estremecimiento. Fíjense, le dijo, "Mire, mire, don Mariano, lo que pasa es que así como yo, Tomás Mejía era indio y como era indio era leal. Y en efecto era un indio puro otomí, de Querétaro. Y pues Mejía el único que tenía la posibilidad de salvar su vida y no quiso, no quiso acogerse al perdón que le estaba dando Mariano Escobedo.

Finalmente, el Consejo de Guerra compuesto por siete jóvenes capitanes, seis capitanes jóvenes y un teniente coronel de nombre Platón Sánchez, que era un hombre pues bastante brillante, a quien por cierto van a matar al año siguiente varios soldados eximperialistas que se habían dedicado ya a ser bandidos. Lo van a matar para vengarse que había juzgado y condenado a muerte a Maximiliano. El Consejo de Guerra finalmente va a dar su sentencia, que es precisamente condenar a los tres reos, a Maximiliano, a Miramón y a Mejía, a ser pasados por las armas. Una sentencia que es dictada para ejecutarse al día siguiente, que es 16 de junio, pero que el presidente Benito Juárez decidió concederles a los tres prisioneros para que se prepararan en sus cosas terrenales tres días de gracia y dispuso que fueran ejecutados el día 19 de junio de 1867 a las 7 en punto de la mañana en el lugar que destinase o que decidiese el comandante en jefe, el general Mariano Escobedo.

Los prisioneros recibieron con cierta pues duda este plazo de gracia. Maximiliano comentó que para él ya no tenía sentido porque ya se había despedido del mundo. En cambio, Miramón y Mejía, que eran otro tipo de personas, decidieron que tres días eran fabulosos porque podían estar con sus esposas. Claro, Miramón inmediatamente que pudo la envió a doña Concha, a su mujer, a San Luis Potosí. Ya platicamos por qué, para que no tuviese que presenciar el terrible espectáculo de su muerte ni ver su cadáver agujerado. Y en cambio, en cambio, don Tomás Mejía decidió aprovechar esos tres días para estar todo el tiempo con su esposa y todo el tiempo con su pequeño niño, niño de brazos que se la pasaba él acurrucándolo, cargándolo esos tres días que pudo aprovecharlos para estar con sus seres, sus seres queridos.

Maximiliano ya no tenía seres queridos, todos estaban en bien, así es que quería alguien, pero en cambio pues tuvo la delicia de encontrarse con una mujer, una mujer muy guapa, muy seductora, la princesa Salm, de la que ya hablamos hace algunas semanas, pero de esto platicaremos en un momento más.

Ya estamos de vuelta aquí, amigas y amigos. Este último bloque del día de hoy de del programa La historia que quiero vivir y grabado en esta ocasión porque ando por Aguas Calientes, pero estamos recordando que el próximo día 19 de junio, el lunes próximo, conmemoraremos los 150 años del fusilamiento allá en Querétaro, en el cerro de las campanas de Maximiliano, de Miramón y de Mejía. Decía yo hace un momento que fueron condenados a muerte porque el Consejo de Guerra ha sido decretó por unanimidad y que sin embargo, bueno, se pensó que se podía obtener el indulto, por lo cual Miguel Miramón le va a pedir a su esposa, Concepción Lombardo, Concha Lombardo, que se fuese, que se fuese precisamente a San Luis Potosí para ver si podía ella obtener del presidente Juárez el indulto. Y mientras tanto, pues en Querétaro se van a quedar los tres presos. Y decía yo que Miramón solo, finalmente Maximiliano también, pero Mejía con su esposa y con su niño.

En esos días, bueno, un día antes, apareció un personaje, decía yo, muy curioso, muy bella mujer, la princesa Agnes de Salam de la que ya hablamos hace tres semanas, en la que se en la que comentamos, ustedes recordarán que es una artista circense norteamericana que se casó con este coronel de origen alemán, el príncipe de Salm, que vino a México. Y sin embargo, en Querétaro, cuando ella va a buscar a su esposo, pues también se paso se le presenta a Maximiliano y Maximiliano pues queda impresionado por los arranques y el entusiasmo esta mujer que demuestra por él. No sabemos si se enamoró ella de él o él de ella, no sabemos qué pasó ahí. El caso está que la princesa de Salzam va a idear un plan de fuga, logra reunir algo de dinero y sobre todo logra que le den letras de cambio. En aquel tiempo no había cheques ni nada de eso. Pagarés que podían cobrar en Europa los beneficiarios y con esos trató de comprar al coronel Palacios, el comandante de la prisión, que al mismo tiempo era comandante del batallón de Nuevo León, el batallón que era, digamos, el preferido de don Mariano Escobedo. Y como no logra conseguir que este hombre caiga en el soborno, decidió no solamente sobornarlo o cohecharlo con dinero, sino también se le ofreció, cuentan que se desgarró el escote enfrente de él para decirle, "Tómeme coronel, pero deje salir a Maximiliano." Imagínense nada más.

Por lo cual, pues el el general Mariano Escobedo va a tener que expulsar a la princesa de Salzam de Querétaro y la manda también a San Luis. En San Luis, los abogados de Maximiliano, don Mariano Riva Palacio, don Rafael Martínez de la Torre, van a estar suplicando por la vida de Maximiliano al presidente Juárez y le van a decir que no. También va a llegar doña Concha Lombardo a lo mismo, a suplicar al presidente Juárez y Juárez prefiere mejor no recibirla porque él mismo contó que no iba a soportar ese momento que es durísimo, el de una mujer que está a punto de perder a su marido y que va a pedirle por su vida. Eso no quiso ni verlo el presidente Juárez. En cambio se hizo soportó a la Salam, que también fue y se le arrodilló y cuentan un mal chiste. Con esto amenizamos el día de hoy espantoso que ya lo he repetido en otras ocasiones, pero que vale la pena hacerlo y que está inmortalizado en un cuadro muy hermoso que se encuentra en el palacio de gobierno de San Luis Potosí, cuando la princesa de Salsan, con un escote así tremendo se arrodilla frente a Juárez para pedirle la vida de Maximiliano y en eso atrás de una puerta aparece la figura de Sebastián Lerdo de Tejada que dice, "Señor presidente, ahora o nunca." Lo que no sabemos si se refería a ejecutar a Maximiliano o a tener a la ramera esa que estaba allá a sus pies. No sabemos y es un mal chiste, pero bueno, también ahí es cuando recibe Benito Juárez las famosas cartas telegramas que piden por la vida de Maximiliano que vienen firmadas, una de ellas por Giuseppe Garibaldi, el famoso guerrillero italiano, y la otra por el gran escritor y novelista francés Víctor Hugo, a los cuales también tienen que contestar que no, que no es posible conceder la vida, el indulto a Maximiliano.

Era la dignidad de México. Eh, yo estoy absolutamente convencido de ello. Era el momento de demostrar al mundo que México no era un país de bárbaros. No era tampoco un país que se dejaba de todas, en el que todo, cualquier potencia podía venir a hacer lo que quisiese, como el caso de Francia. Ah, si voy a jugar un rato al imperio, mato a mexicanos, los invado, extraigo su riqueza y después me voy y que pues que perdonen al hijito que trajimos de emperador. Pues no. Alguien tenía que pagar el precio de haberle faltado el respeto a México y en este caso pues fue Maximiliano, Miramón y Mejía.

En Querétaro, mientras tanto pasan cosas muy, muy curiosas. Estos días de gracia, estos días previos a que van a ser ejecutados, están en capilla, como se dice técnica y lúgubremente a estos hombres que están a punto de ser condenados o aplicados la pena de muerte. En capilla estaban los tres y cada uno pues se dedicó a preparar lo que tenía que hacer. Ya decíamos que particularmente don Tomás Mejía, que además hizo su testamento y fíjense, dejó una casa de adobe en un lugar que se llama Pinal de Amoles en Querétaro y 16 vacas. Esa era su fortuna de don Tomás Mejía, una casita de adobe y 16 vacas. Háganme favor. Y vacas además que no sabía si existían o no, según anotó, porque pues seguramente con la guerra pues a lo mejor ya se las habían robado o se habían muerto por falta de cuidado, pero él creía que tenía 16 vacas y una casita de adobe. Miramón tenía mayores bienes, nunca había tenido ni siquiera casa propia y solamente pues pudo escribir algunas cartas para encomendar a que su esposa pudiese atender a sus hijos. Para lo cual hay que decirlo claramente, el gobierno imperial austriaco, atendiendo una petición de Maximiliano en su última voluntad, también con su testamento decidió pasar una pensión siempre cuando viviesen allá en Europa a doña Concha Lombardo y a sus hijos. Y Concha Lombardo más tarde pues se irá a vivir con todos y sus hijos a Europa justamente por esta pensión generosa que le da el archiduque Francisco, el emperador Francisco José a petición de su hermano Maximiliano, quien hace su testamento y es muy curioso porque le deja, por ejemplo, el yate que tiene al príncipe Salsalm, a José Luis Blacio y a otra persona por ahí más para que vendan el yate y se repartan la fortuna. Blacio es el secretario particular, es el príncipe de Salam que no sé por qué se volvió su amigo en los últimos dos meses y le dejó hasta una tercera parte de un yate que nunca pudieron cobrar además y también fíjense qué curioso a sus criados a Grill y a Tudos les deja su ropa pero les pide que le lleven un anillo a su mamá a la archiduquesa Sofía. Maximiliano ha subido un anillo, así dice la carta, el anillo que diariamente usé. Pero escuchen estos, amigos. Es un anillo de estos muy del siglo XIX que contenía una pequeña capsulita que se llamaba guardapelo, en donde efectivamente se guardaba cabello la persona amada. Y Maximiliano es tremendamente cruel cuando dice, "Este es el anillo que usé todos los días de mi vida y que contiene cabello de la mi amada la princesa María Amalia de Braganza. Su gran amor que había fallecido. Su gran amor no era Carlota. Usó todos los días de su vida un anillo con el cabello de la otra, la ya la ya muerta. ¿Qué habrá pensado Carlota de todo eso? De que su marido traía el anillo con los cabellos de la otra. Imagínense nada más qué hombre tan cruel. Por eso yo creo que esta misa que le van a hacer pues va a servir para ver si ya sale del infierno, porque se ha de haber pasado muchísimo tiempo allá por los sufrimientos terribles que hizo pasar a su mujer.

Esos días también pues que son muy, muy difíciles, platicaron muchísimo los prisioneros. Es el día en que Maximiliano le dice aquella frase a Miguel Miramón, "¿Qué tarde os conocí, general?" Pues sí, bastante tarde. Efectivamente, hubiese sido muy distintas las cosas y en lugar de correr a Maximiliano el imperio, mandarlo a Europa, disque comisionado para que estudiara tácticas de artillería a Prusia, se hubiese quedado con él y se hubiese apoyado en un hombre de mente tan brillante como Miguel Miramón, que sí era en efecto el paladín conservador y hubiera dado un cariz distinto al propio imperio teniendo a Miguel Miramón a su lado. Pero también, bueno, es el día, estos días cuando Maximiliano le hace otra confidencia, más bien Miramón le hace una confidencia tremenda a Maximiliano y le dice, extrañando a su esposa Concha que le había enviado a San Luis Potosí y es cuando le dice, "Majestad, yo estoy aquí en esta situación preso y a punto de ser ejecutado por no haberle hecho caso a mi mujer, que siempre me dijo que no, que no regresáramos a México." Y Maximiliano lo tomó, le pasó un brazo por los hombros y le dice, "General, no se preocupe, yo estoy en esta misma situación, preso y a punto de ser ejecutado, precisamente por haberle hecho caso a mi mujer que quiso venir a México a que fuera emperatriz ella y yo emperador." Es decir, los dos estaban allí por causa de sus mujeres. Uno por no hacerle caso Miramón y el otro por sí hacerle caso Maximiliano.

Finalmente, bueno, llegaría el día 19 de junio de 1867, muy temprano. Se levantaron ese día los prisioneros a las 4:30, 5 de la mañana. Inmediatamente les dijeron misa a cada uno en su celda. Se confesaron, les dieron la comunión, la absolución, seguramente también la extrema unción. Después los tres juntos desayunaron, fíjense, desayunaron pollo ese día. Pollo en la mañana con un poquito de vino, seguramente vino con agua más rebajado seguramente para que fuera el trance menos amargo. Y después de ahí pues lo sacaron cada uno en un en un coche para trasladarlo al cerro de las campanas. Maximiliano en el primero, en el segundo Miramón también solo. En el tercero Tomás Mejía y pasó algo terrible. La esposa de Tomás Mejía, que iba a quedar viuda con el niño en brazos, salió corriendo tras él, se tomó de una rueda del coche y cuando el coche comienza a andar, arrastra la niña y se lastima ella y el niño. Y don Tomás ya no puede hacer absolutamente nada. Los llevan al cerro de las campanas y allí, como todos sabemos, Maximiliano le va a otorgar o ceder el lugar de honor a Miguel Miramón, al centro Miramón, de un lado Mejía y del otro Maximiliano. Y van a ser fusilados cuando regrese Concha, y con eso termino nada más, cuando recoja los papeles y las cosas que dejó Miguel Miramón, va a encontrar una pequeña nota. Y con esto cierro porque es la nota hermosa de esta muerte, el 19 de junio de 1867, en la que Miramón le puso estas palabras, "Concha mía, te amo más que a mi vida." Miguel Miramón.

Amigos, amigas, nos escuchamos la semana que entra en una emisión más de La historia que quiero vivir. Por hoy, muchísimas gracias. Le agradezco como siempre a mi productora Daniela García Olvera y a todos ustedes, amigos y amigas. Pásenla muy bien y aquí nos escuchamos, si Dios lo permite, muy pronto.