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Víctor Hugo. El hombre que ríe. Primera parte. El mar y la noche. Dos capítulos preliminares.
1. Cursos.
Cursos y Homo estaban ligados por vínculos de estrecha amistad. Homo era un hombre como un lobo. Habían simpatizado. El hombre bautizó a la fiera y tal vez se había elegido también su nombre, habiéndole aparecido Cursos bueno para él. Le parecía bueno como para el animal. La reunión de los dos era de gran provecho para las ferias, para las fiestas de la parroquia, para las calles y plazas en las que los transeúntes se atropellan por oír contar patrañas y por escuchar a Dhu. Cursos era agradable a la multitud. Ver un lobo dócil y habilidoso, verle amansado, le complacía. Nos es agradable ver desfilar ante nuestra vista todas las variedades de la domesticación, y por eso se agrupa tanta gente a ver pasar los cortejos reales.
Cursos y Homo iban recorriendo de calle en calle, desde las plazas públicas de Huesca hasta las plazas públicas de Newark, de país en país, de condado en condado, de ciudad en ciudad. Cuando votaban un mercado, iban a otro. Cursos habitaba en una choza portátil que, como estaba bastante utilizada, arrastraba de día y vigilaba de noche en los caminos difíciles. En las subidas, cuando hallaba mucho barro o embarazos en el camino, el hombre tiraba fraternalmente al lado del lobo para ayudarle a llevar la carga. De esta manera envejecían juntos. Acampaban a la aventura en un erial o en un soto, en un cruzamiento de caminos, a la entrada de una aldea, a las puertas de un villorrio, de los mercados, en el atrio de las iglesias, en cualquier sitio. Cuando la carreta se paraba en el campo donde se exponía alguna feria, cuando la multitud corría hacia ellos y formaban círculo en torno suyo, Cursos peroraba y aún no aprobaba como con una artesa en la boca. Pasaba pidiendo por la concurrencia. Así graban se la vida. El lobo era instruido, el hombre también. Aquel fue educado por este, y éste por sí solo. Y las diferentes habilidades del lobo contribuían a que hiciera gran colecta.
"Sobre todo, no dejen ir ese nombre", decía el ex amigo. El lobo no mordía nunca. El hombre, algunas veces, a lo menos, pretendía morder. Cursos será misántropo y para disipar su misantropía, y, además, volatinero. Y también para poder vivir, porque el estómago impone sus condiciones. A más de esto, el volatinero misántropo, ya para complicarse, o ya para completarse, era médico. No solo médico, sino ventrílocuo. Oía se le hablar sin verle mover la boca. Copiaba exactamente el acento y la pronunciación de cualquiera. Imitaba la voz hasta el punto de identificación, la de la persona imitada. Él solo copiaba el murmullo de una multitud. Reproducía toda clase de gritos de animales, de tal suerte que, según su voluntad, os hacía oír a una plaza pública llena de rumores humanos, o un bosque plagado de voces de bestias. Esta clase de talentos, aunque son muy raros, existen. En el último siglo, un tal Tuchel, que imitaba a las muchedumbres de hombres y de animales juntos, y que simulaba todos los gritos de las bestias, fue agregado a la persona de bufón. Bajo este concepto, Cursos era perspicaz, inverosímil y curioso, e inclinado a las explicaciones singulares que llamamos fábulas. Aparentaba creer en ellas. Esta desvergüenza constituía parte de su malicia. Miraba las rayas de las manos de cualquiera, abría libros al acaso y sacaba consecuencias. Profetizaba el destino. Predecía que era peligroso encontrar un asno negro, y más peligroso aún en el momento de ponerse en viaje, o ir que nos llama alguno que no sabe a dónde nos vamos.
Cursos decía: "Nos diferenciamos el arzobispo de Canterbury y yo". El que yo confieso. El arzobispo, justamente indignado, le hizo llamar. Pero el discreto Cursos desarmó a su gracia recitando de un sermón de su propia cosecha sobre el santo día de Christmas. El arzobispo, con afán, aprendió de memoria, predicó en el púlpito y publicó como suyo, y le perdonó.
Cursos era médico y curaba con hierbas. Conocía muy bien las simples, sacaba partido del profundo poder que encierran algunas plantas desdeñadas. Usaba las hojas del titimalo, que arrancadas de la parte baja de la planta sirven de purga, y arrancadas de la parte alta se utilizan como vomitivo. Juraba el mal de la garganta por medio de la excrecencia vegetal conocida por el nombre de oreja de judío. Conocía cuál es la planta que cura al buey y cuál es la hierbabuena que cura al caballo. Conocía las virtudes de la mandrágora. Kennedy ignora pertenece a los dos sexos. Daba recetas. Curaba las quemaduras con la lana de la salamandra, de la que Nerón, según cuenta Plinio, tenía una servilleta. En día panaceas, se decía que en otro tiempo estuvo encerrado en Bedlam. Le dieron la libertad en cuanto advirtieron que era poeta. Esta historia, probablemente, no sería verdadera, pero nos vemos obligados a sufrir muchas de estas leyendas. Lo cierto es que Cursos era sabiondo, hombre de gusto y poeta latino. Era instruido en dos ramas del saber humano: hipocrática y pitagórica. Era capaz de componer, también, como el padre Buho, tragedias jesuíticas. Como resultado de su familiaridad con los venerables ritmos y metros de los antiguos, poseía imágenes completamente suyas y toda la familia de metáforas clásicas. Decía que una madre a la que antecedían en sus dos hijas era un dátil, o que un padre seguido por dos hijos era un anapesto, y un niño que iba entre su abuelo y su abuela era un macro.
Tanta ciencia solo podía servir para morirse de hambre. La escuela de Salerno dice: "Comed poco y con frecuencia". Muy Cursos comía poco y rara vez, o venciendo así a la mitad del precepto y desobedeciendo a la otra mitad. Pero esto era culpa del público, que con frecuencia no acudía y que compraba pocas recetas. Cursos solía decir: "La expectoración de una sentencia alivia al lobo, le consuela el aullido al cordero, la lana a la mujer, el amor y al filósofo el epifonema". Cursos, cuando la necesidad le apremiaba, escribía comedias que representaba después, y de esta vida iba a vender sus drogas.
Entre otras, compuso una pasta heroica en honor del caballero Middleton, que en 1608 condujo un río a Londres. Dicho río discurría apaciblemente por el condado de Hartford, a 60 millas de Londres. Fue allí acompañado de una brigada de 600 hombres armados con los útiles apropiados para la obra que iba a emprender. Se puso a remover la tierra, ahondarla por aquí, a levantarla por allá, a 20 pies de altura o a 30 pies de profundidad. Construyó acueductos de madera en el aire, puentes de piedra, etc. Y una mañana, el río penetró a Londres, que carecía de agua. Cursos transformó todos estos detalles vulgares en una linda bucólica entre el río Támesis y el río Serpentina. El primero invitaba al segundo a que llegase hasta donde él estaba, ofreciéndole su lecho y diciéndole: "Soy demasiado viejo para agradar a las mujeres, pero es suficientemente rico para pagarlas". Ingeniosa y galante manera de expresar que el G.P. Middleton había hecho todos los trabajos a expensas suyas.
Cursos era notable en el soliloquio. De naturaleza esquiva, charlatán, a gusto habla y no ver a nadie, y necesitaba hablar a alguno, por lo que vencía esta dificultad hablando consigo mismo. Todo el que haya vivido solitario sabe hasta qué punto es natural el monólogo. La palabra interior, picar, arengar en el espacio, quita la picazón. Hablar en voz alta y solo produce el efecto de un diálogo entablado con el dios que cada uno tiene dentro de sí mismo. Sabido es que Sócrates tenía el hábito de perorarse, y Lutero también. Cursos será como esos grandes hombres, poseía la cualidad del maphrodita de ser su propio auditorio. Se preguntaba y se contestaba, se glorificaba y se insultaba. Desde la calle se le veía hablar dentro de su choza. Los transeúntes, que tienen su modo de apreciar a las gentes de talento, exclamaban: "Es un idiota". Sin duda, para unas veces, como acabamos de decir, pero también otras rendíanle justicia. Un día, en una de las alocuciones que se dirigía a sí mismo, se le oyó exclamar: "He estudiado el vegetal en todos sus misterios: el tallo, en el botón, en los pétalos, en los estambres, en el óvulo, etc., en todos sus componentes. He profundizado la cromacía, la ósmosis y la timosis. Esto es la formación del color, del olor y del sabor". Indudablemente, era fatuo el certificado que Cursos se expedía a sí mismo. Pero que los que no hayan profundizado la cromacía, la ósmosis y la chismosa, que le arrojen la primera piedra.
Por su fortuna, Cursos no había ido nunca a los Países Bajos. Que se hubiera ido, sin duda, le hubieran pesado para saber si tenía el peso normal o excedía o no llegaba, y le consideraban como a brujo. En Holanda, la ley fijaba sabiamente este peso. Nada más sencillo ni más ingenioso. A pie se la prueba poniéndose en un platillo, y evidentemente erais brujos y destruyes el equilibrio. Ya sabéis demasiado, os ahorcaban; que sabéis poco, os quemaban. Hoy puede verse todavía en Woudrichem la balanza para pesar brujos, que actualmente sirve para pesar quesos. Tanto ha degenerado la religión. Cursos hizo bien en no querer sujetarse a esta balanza, y por eso se abstuvo de visitarla. Holanda, creemos además, que jamás salió de la Gran Bretaña.
Fuera de esto, lo que fuere, siendo como era pobre y hurón, y habiendo conocido en una selva a Homo, adquirió la afición a la vida errante y va con el lobo por los caminos y vivía con él a la aventura. La gran vida del aire libre era industrioso, tiene multitud de ideas y poseía el arte de curar, de operar, de quitar las enfermedades y de ejecutar particularidades sorprendentes. Consideraban como hábil saltimbanqui y como diestro médico. Creían que poseía algo de magia, aunque no mucho, porque era mal sano. En esa época, ser tenido por amigo del demonio. Verdaderamente, Cursos, por amor a la farmacia y por amor a las plantas, se exponía, viendo muchas veces a recoger hierbas en lugares muy peligrosos, corriendo el riesgo, que de constar el consejero de sangre, de hallarse a la caída de la tarde con un hombre saliendo debajo de tierra, tuerto del ojo derecho, sin capa, con la espada al cinto y con los pies desnudos.
Cursos, de formas y carácter caprichosos, era demasiado sincero para atraer el granizo, para aparecer con dos caras, para matar a un hombre haciéndole bailar demasiado, para proporcionar sueños dulces, de esos sueños espantosos, y para hacer nacer gallos de cuatro alas. Era incapaz de tales trapacerías. Era también incapaz de ciertas abominaciones, como por ejemplo, hablar en alemán, en hebreo o en griego sin saberlo, lo que sería prueba de execrable malignidad o de una enfermedad natural procedente de algún humor melancólico. Cursos hablaba latín porque lo sabía, pero no se permitiría nunca hablar en siríaco, que no había estudiado. Además, como es sabido, el siríaco es la lengua que se usa en los sábados en medicina. Prefería Galeno a Cardan, porque aunque éste era muy sabio, era un gusano comparado con Galeno. En suma, Cursos no era uno de esos personajes a los que persigue la policía.
Su choza, lo suficientemente larga y suficientemente ancha para poder acostarse dentro de ella, en un cofre que contenía sus trajes poco suntuosos, era propietaria de una linterna, de muchas pelucas y de ciertos utensilios que colgaban de clavos, entre los que había algunos instrumentos musicales. Tiene además una piel de oso con la que se cubría en días señalados, y él llamaba a esto "vestirse". Él decía: "Yo poseo dos pieles; esta es la verdadera", y mostraba la piel de oso. La choza con ruedas pertenecía a él y al lobo. Además de su choza, del tenaz vidrio para operaciones químicas, y del lobo, posee una flauta y una viola, y las tocaba bastante bien. Fabricaba él mismo sus elixires. Su talento le sugería algunas veces la cena. En el techo de la choza había un agujero por el que pasaba el tubo de un hornillo contiguo al cofre, y que enrojecía la madera de éste. Este hornillo tenía dos divisiones: en una hacía Cursos sus operaciones químicas, y en la otra cocía patatas. Por la noche, el lobo dormía dentro de la choza, amistosamente encadenado. Como era de pelo negro y Cursos de pelo gris, unos sostenían 50 o 60 años, estaba tan resignado a su destino que comía, como acabamos de decir, patatas. Alimentos entonces solo nutría a los cerdos y a los forzados. Él las comía resignado. No parecía alto, a pesar de ser largo, estaba encorvado y melancólico. La naturaleza le formó para que fuese triste. Le decían: "Sonríe", y le había sido siempre imposible llorar. Le faltaban consuelo de las lágrimas y el paliativo de la alegría. El hombre viejo es una ruina que piensa. Peso era Cursos, tenía la locuacidad del charlatán, la flacura del profeta y la irascibilidad de una mina cargada. En su juventud había sido filósofo en casa.
Dolor. Esta historia acontecía hace 180 años, en la época en que los hombres eran más fieras que lo son en la actualidad, pero poco más. Homo no era un lobo cualquiera por su afición a los nips, pero sí a las manzanas. Si lo hubiese podido creer el lobo de pradera por sus aullidos, que casi degeneraban en ladridos, hubiera se le podido tomar por el culé de Chile, pero no se ha estudiado aún lo bastante la pupila del culé para no estar seguros de que no es un zorro. Y Homo era un verdadero lobo. Tenía 5 pies de longitud, que es mucha hasta para un lobo de Lituania. Era muy fuerte. Tiene la mirada oblicua, sin culpa suya. Tiene la lengua suave y algunas veces la mía a Cursos. Tenía estrecha línea de pelos cortos sobre la espina dorsal, y no era delgado ni grueso. Antes de conocer a Cursos y de tener que arrastrar una carreta, recorrió alegremente cuarenta leguas en una noche. Cursos, en la ya oculta en una espesa maleza cerca de un arroyo de agua viva, y le cobró cariño cuando le vio pescar cangrejos con habilidad y con paciencia, y reconociendo en él a un legítimo lobo, compara como a bestia de carga. Cursos prefería como a un burro. Le hubiera repugnado que un asno condujese su choza. Daba las no demasiada importancia para que hiciese ese papel. Además, había observado que el burro es el señador de cuatro patas poco comprendido por el hombre. Pone en y está las orejas algunas veces cuando los filósofos dicen tonterías. En la vida, entre nuestro pensamiento y nosotros, el asno es un tercero, como compañero. Cursos prefería como a un perro, creyendo que va tan lejos como éste en cuanto a amistad. Por eso no bastaba Cursos era para éste más que un compañero, era su análogo. Cursos decía de él: "He encontrado mi segundo tomo, añadiendo además: cuando yo muera, da el que quiera conocerme, tendrá que estudiar a Homo, porque le dejaré en la vida como una copia idéntica al original".
La ley inglesa, poco cariñosa con las fieras, pudo proceder contra este lobo al verle recorrer familiarmente las ciudades. Pero como acogerse a la inmunidad concedida a los domésticos por un estatuto de Eduardo IV, que decía: "Podrá todo doméstico ir y venir libremente, siguiendo a su amo". Además, este relajamiento en beneficio de los lobos motivó entre las damas cortesanas de los tiempos de los últimos esfuerzos la moda de tener a guisa de perros pequeños lobos corsos, del tamaño de gatos, que se hacían traer de Asia a peso de oro. Cursos había enseñado a Homo parte de lo que él sabía: a tenerse en pie, a desvanecer la cólera, mal humor, a refunfuñar en vez de aullar. Y por su parte, el lobo había enseñado al hombre también lo que sabía: a no vivir bajo techado, a no formarse, a no tener pan ni fuego, ya preferir el hambre en un bosque a la esclavitud en un palacio.
La choza, a manera de cabaña-coche, seguía itinerario variado sin salir de Inglaterra ni de Escocia. Tenía cuatro ruedas y las barras a las que se unía el lobo, y un balancín para el hombre. La choza era fuerte como convenía que fuese para atravesar los caminos malos, pero construida de planchas ligeras. Tiene por delante una puerta con cristales y un balconcillo del cual se servía Cursos para arengar a la multitud, y que era para él entre tribuna y púlpito. Y por la parte de atrás tenía una puerta maciza con agujeros respiratorios. La caída de un estribo de tres escalones, girando sobre una carne y si todo detrás de dicha puerta, daba acceso a la choza, que se cerraba por la noche con cerrojos. Había caído sobre dicho vehículo mucha agua y mucha nieve. Estuvo pintado, pero ya no se conocía de qué color. Adelante, por la parte de afuera, en una especie de frontispicio compuesto de una plancha delgada de madera, se podía descifrar en otro tiempo esta inscripción, escrita con caracteres negros sobre fondo blanco, que poco a poco se veían confundidos y borrados: "El oro pierde anualmente por su frotamiento un 14 por ciento de su volumen, de lo cual se deduce que de cada mil 400 millones de oro que circulan por todo el mundo, se pierde todos los años un millón. Este millón de oro se trueca en polvo, se vuela, flota, se atomiza, se hace respirar, le se carga y pesa, aspira le a dosis las consecuencias y se amalgama con el alma de los ricos, a los que hace soberbios, y con el alma de los pobres, a los que hace feroces". Esta inscripción borraría, desecha por la lluvia y por la bondad de la Providencia, pero afortunadamente ilegible, porque es probable que la filosofía enigmática transparente del oro respirable hubiera disgustado a los sheriffs, prebostes y otros mantenedores de la ley.
La legislación inglesa no se chanceaba en esa época con facilidad. Suponía felón a cualquiera. Los magistrados eran feroces por tradición, y la crueldad era de rutina. Los jueces inquisidores pululaban. Jeffreys había se producido con profesión tres. En el interior de la choza había dos inscripciones más. Encima del cofre, sobre la pared de las planchas blanqueadas con cal, leíase esta, escrita con tinta: "Únicas cosas que importa saber: el varón, que es par de Inglaterra, lleva un cintillo con 6 perlas. La corona comienza en el vizcondado. El vizconde lleva una corona de perlas y número fijo. El conde, una corona de perlas con puntas entremezcladas con las hojas de mata de fresa. El marqués, perlas y hojas de la misma altura. El duque, flores y perlas. El duque real, un círculo con una cruz y flores de lis. Y el príncipe de Gales, una corona igual a la del rey, con la sola diferencia de no estar cerrada. El duque tiene el tratamiento de 'muy alto y poderoso príncipe'. El marqués y el conde, de 'muy noble y poderoso señor'. El vizconde, de 'noble y poderoso señor'. Y el varón, 'verdaderamente señor'. Al duque, ya base de 'su gracia', y a los demás pares, 'su señoría'. Los Lores son inviolables. Los pares forman cámara y corte, concilio en escurial, legislatura y justicia. Nos honra y bold es más que wright, sonora y vol. Los Lores pares se les da el nombre de Lores de derecho; los Lores que no son pares, de Lores de cortesía. El Lord no presta nunca juramento, ni el rey ni en la justicia. Su palabra basta, dice: 'Por mi honor'. Los Comunes, esto es, el pueblo que los Lores envían a la barra, preséntanse en ella humildemente con la cabeza descubierta ante los pares, que no se descubren. Los Comunes, en Viena, los Lores, los bills por medio de una comisión constituida por 40 miembros, que los entregan haciendo tres profundas reverencias. Los Lores mandan a los Comunes sus bills por medio de un escribiente. En caso de conflicto, las dos cámaras confieren. Los pares están sentados y cubiertos, y los Comunes descubiertos y en pie. Según la ley de Eduardo IV, los Lores gozan el privilegio del homicidio simple. Un Lord que mata a un hombre no es perseguido. Los varones tienen igual categoría que los obispos para ser varón par. Es necesario conseguirlo del rey. Barón yang integran por baronía e integral la baronía integra compone s de 30 feudos nobles y un cuarto de feudo. Cada feudo noble producía 20 libras esterlinas, lo que compañía en 400 marcos. El vínculo de la baronía capu baronía constituía lo un castillo regido como la misma Inglaterra, esto es, que no podrían heredar las hembras, sino a falta de varones, y aun en este caso, sólo la hija mayor. Cae terisse filia bush al yunque satisfactiva. Los varones poseen la calidad del oro que proviene de la palabra sajona 'la ford', y etimología procede de 'dominus' del latín clásico y del 'orden' del latín corrompido. Los hijos primogénitos y segundo genitos de los vizcondes y de los varones son los primeros escuderos del reino. Los primogénitos de los pares pueden pertenecer a la orden de caballería de la Jarretera; los segundos genitos, no. El hijo mayor de los vizcondes se coloca después de los varones y antes que los varones. Las hijas de los Lores se llaman Lady; las demás doce las inglesas se llaman Miss. Los jueces son inferiores a los pares. El alguacil lleva una capucha de piel de cordero; el juez, un capuchón de minuto vario de pieles blancas de todas clases, a excepción de la de armiño. Este quedaba reservado para los pares y para el rey. No se puede conceder un suplicar para los Lores. Los Lores únicamente pueden estar presos en la Torre de Londres. Al Lord al que se llama a su palacio se le permite matar un gamo o dos en el parque real. Los Lores tienen en su castillo corte de varón. Es indigno de Lord transitar por la calle con capa y seguido de dos lacayos. No debe presentarse en público más que con gran tren de gentiles hombres domésticos. Los pares van al parlamento en carrozas especiales; los Comunes, no. Algunos pares van a Westminster en carruajes de cuatro ruedas. Estos carruajes y aquellas carrozas blasonadas únicamente se permiten usar a los Lores y forman parte de su dignidad. Un Lord no puede ser condenado a pagar una multa más que por otros Lores, y esta vez exceder de cinco chelines, a excepción del duque, que puede ser condenado a pagar diez. Un Lord puede tener en su casa seis extranjeros; los demás ingleses solo pueden tener cuatro. Un Lord puede comprar ocho toneles de vino sin pagar derechos. Un Lord está eximido de presentarse al sheriff del departamento. El Lord está libre de pertenecer a la milicia. Cuando reemplazo a un Lord, organiza un regimiento y se lo entrega al rey. Así lo hicieron sus gracias el duque de Atholl, el duque de Hamilton y el duque de Northumberland. Un Lord solo puede depender de los Lores en los procesos de interés civil. Puede pedir que se inhiban del conocimiento de la causa si entre los jueces no hay siquiera un caballero. Un Lord nombra a sus capellanes; un varón puede nombrar tres, un conde y un marqués, cinco, y un duque, seis. A un Lord no puede castigarse con el tormento, ni por delito de alta traición. El Lord es letrado, aunque no sepa leer, sabe de derecho. Un duque se hace acompañar por todas partes de un dosel cuando el rey no está. Un vizconde tiene un dosel en su casa. Un varón tiene un tapete de escarlata que hace poner bajo la copa mientras bebe. Una baronesa tiene derecho de que un hombre le lleve la cola. Ante una vizcondesa, 86 flores o los primogénitos de estos flores presiden a las 86 mesas de 500 cubiertos cada una, que todos los días se sirven a su majestad en su palacio, a expensas del país que rodea la residencia real. A cualquier plebeyo que pegue a un Lord se le amputará la mano por el puño. El Lord es casi, casi un rey; el rey es casi, casi Dios. La tierra es un Lordship. Los ingleses llaman a Dios 'mi Lord'".
Frente por frente de esta inscripción había escrita otra que decía lo que sigue: "Satisfacción que debe bastar a los que nada poseen. Enrique Havercare, conde de Granja, que se sienta en la Cámara de los Lores entre el conde de Jersey y el conde de Greenwich, tiene cien mil libras esterlinas de renta. Pertenece a su señoría el palacio de Gran Hunter, has edificado todo el de mármol y célebre por su laberinto de corredores, que es una verdadera curiosidad. Contiene el corredor encarnado, que es de mármol de Sadam Calling; el pardo, simulando mariscos de Astracán; el corredor blanco, de mármol del agua; y el gris, de mármol de esta arena; el amarillo, de mármol de GS; el corredor verde, de mármol de Tirol; el azul turquí, de Génova; el violeta, de granitos de Cataluña; el corredor de luto, blanco y negro, de Chiste de Murviedro; el corredor rosa, de los Alpes; y el corredor de todos los colores, denominado el corredor de los cortesanos. Ricardo Lowther, vizconde Lonsdale, poseen Lutter en el Westmoreland, humanístico o palacio, cuyo pórtico parece que invita a los reyes a entrar. Ricardo On the Score Bolts, barón Lumley y vizconde de Waterford en Irlanda, Lord Teniente y Vice Almirante del condado de Natureberland y de Durham, posee villa y condado, y la doble castellanía de Stansted, la antigua y la moderna, en la que se admira una suntuosa verja en semicírculo que rodea un gran estanque que tiene incomparable salto de agua. Además, posee su castillo en Dunblane. Roberto de Ars y conde de Holderness, en cuyo condado posee sus dominios con torres de barón y con muchos jardines a la francesa, en la que se pasea en carruaje de seis caballos, precedido de dos picadores, como conviene a un par de Inglaterra. Carlos de Ander, duque de El Sen Albans, conde de Deep Ford, barón Headington, gran alconero de Inglaterra, pues en palacio suntuoso en Windsor, al lado del rey. Carlos Baudelaire, los Robe Artes para un truco, vizconde de Bosmin, tiene un edificio en Cambridge que forma tres palacios, como tres frontones, uno arqueado y dos triangulares. Llegase a él por una cuádruple fila de árboles. El muy noble y muy poderoso Lord Felipe Herbert, vizconde de Cardiff, conde de Montgomery, conde de Pan Brook, señoría y par de Kandal, Marmion, San Quintín y Charland, visitador hereditario del colegio de Jesús, tiene maravilloso jardín de Wilton, en el que hay dos fuentes más preciosas que las de Versalles del rey cristianísimo Luis XIV. Carlos Seymour, duque de Somerset, posee Ames House sobre el Támesis, que iguala en magnificencia la villa Pamphili de Roma. Descansa sobre su gran chimenea dos vasos de porcelana de la dinastía de los Wen, que valen en Francia medio millón. Posee Arturo Flores Ingram, vizconde de Irwin, Yorkshire, un templo Newsham, al que se entra por un arco de triunfo, y cuyos anchos tejados aplastados se asemejan a terrazas moriscas. Robert Flor Ferrers de Chatter le Bourget, el Peine, tienen en la Interstate un Stanton Harold, cuyo parque ofrece la forma de un templo con frontones delanteros. Están que descuella la iglesia señorial con campanario cuadrado en el condado de Northampton. Charles Spencer, conde de Sunderland, miembro del consejo privado de su majestad, pues el palacio de Al Rock, en el que se entra por una verja que tiene cuatro pilares, encima de los cuales hay grupos de mármol. Lorenzo Hyde, conde de Debod Chester, pues en su rey un New Park magnífico por sus atrotas esculpidas, su jardín circular circundado de árboles y por sus bosques, en cuya extremidad se encuentra una pequeña montaña artísticamente redondeada, en cuya cima campea una gran encina que se percibe desde muy lejos. Flor Always, barón de Ayer, pues se abre al que es un palacio del siglo XIV. Es muy noble al Vermont Cap, el vizconde de Mayor, conde de Essex, posee el caso de castillo que afecta la forma de una H mayúscula, la que haya abundante caza mayor. Carlos los Autores Tom, o sea Down Live ni del Ses, al que se entra atravesando por jardines a la italiana. Jaimes el Sil, conde de Salisbury, posee el palacio de Marfil House con sus cuatro pabellones señoriales, la torre de Talaia al centro y su patio de honor, cuyo pavimento es de mármol blanco y negro como el de Saint Germain. Este palacio, que tiene 272 pies de frontispicio, fue edificado en tiempos de Jacobo I por el grande cerebro de Inglaterra, bisabuelo del conde actual. Con ser base en él la cama de una antigua condesa de Salisbury, de inestimable precio, construido de madera de Blog Shield y que sirve de para sea contra las mordeduras de las serpientes, cuya madera llámase mil hombres. En la cabecera de este lecho se halla escrita en letras de oro esta inscripción: 'Omnis hoy fui mal y pensé'. Edward Bits, conde de Warwick y de Holland, poseen Ward y es Castell, en el que se queman encinas enteras en sus chimeneas. En la parroquia de Saint Bart, Carlos Build, barón de Uex Heart, vizconde de Grand Field, conde de Dorset, posea un noble que es grande como una ciudad y está compuesto de tres palacios paralelos, uno detrás de otro, como líneas de infantería. Tomás está en el conde de Weymouth, barón de Bart Minister, posee a Long Legs, que tiene casi tantas chimeneas, claraboyas, glorietas, pabellones y torrecillas con el palacio real de Chambord en Francia. Henry Howard, conde de Sub Fault, posee a doce leguas de Londres el palacio de Anglin en en Middlesex, que casi tiene tanta magnificencia y majestad como el palacio real del Escorial de España. Enrique Márquez, este que poseen Bedfordshire, el Great House and Park, que es todo un territorio rodeado de fosos y de murallas con bosques, ríos y colinas. Hampton Court en el Ford, con su poderosa torre almenada y con su jardín al que un estanque separó del bosque, es posesión de Zonas Flor, con In Spain. Roberto, conde de Lindsay, posee Green Hart en Lincolnhair, con su elevada fachada recortada por trencillas, con sus parques, sus estanques con faisanerías, con sus ganados, con sus árboles simétricos y en extensas filas, con sus partes reportados de flores que semejan grandes tapices, con sus praderas para ejercitarse en las carreras y con la grandiosidad del círculo en el que las carrozas dan la vuelta antes de penetrar en el castillo. Johannes Paddocks en Warwickshire tiene dos viveros cuadrangulares y una pared frontera con ventanas de vidrios formando cruz. Es posesión del conde de Deu Bites, que también el esconde de Reinfeldt. Hans en Alemania. White Jane en el condado de Berks, con su jardín a la francesa, en el que se encuentran cuatro cobertizos tallados y una gran torre almenada. Pérez Alor, montaña, conde de Abject, que también posee Récord, en cuya puerta principal se halla escrita esta divisa: 'Virtus ariete fortiori'. William Cavendish, duque de Devonshire, tiene sus castillos, uno de los cuales, el de Chance World, de dos pisos, es de puro orden griego. Además, su gracia es propietario de un palacio en Londres, en el cual hay un león que vuelve a las espaldas al palacio del rey. Burton House en Piccadilly, cuyos extensos jardines llegan hasta los campos de fuera de Londres, pretende el vizconde de The King, que esconde de Cork en Irlanda. Pues que también a 6 Which, que ostenta nueve cuerpos de habitaciones magníficas. Tiene demás Londesbourg, que es un palacio nuevo al lado de otros palacios viejos. El conde de Oxford posee la propiedad de Chelsea, que encierra dos castillos góticos y uno florentino. Tiene a Badminton en Gloucester, que es una residencia que contiene multitud de avenidas que afectan la forma de estrellas. John Holmes, duque de New Castle y marqués de Claver, es propietario del Bolso Bear, cuya torre cuadrada es majestuosa, y además es dueño de Hanson, en el que sobresale en el centro de un estanque una pirámide simulando la Torre de Babel. William Flor Craven, barón de Craven de Hámster, posee en Warwickshire la residencia llamada como Ave, y que contiene el mejor salto de agua de Inglaterra, y además 2 baronías en Bershire. Hámsters Marshall, cuya fachada presenta 5 linternas góticas, y Auston Esparta, que es un castillo colocado en el punto de intersección de diversos caminos de un bosque. Flor Line, un barón de Clan Charlín y de Younger Be, marqués de Corleone, Sicilia, funda su paria en el castillo de Clan Charlín, edificado en 914 por Eduardo el Viejo contra los daneses. Además, es poseedor de las propiedades siguientes: Coleoni, en lo que es un palacio; Hunger Bill House en Londres, que es otro palacio, y 8 castellanias, una de ellas en Brooks Ton, con derechos sobre las canteras de alabastro, y las otras son un Drive Hombre, Miró Camps, Tren Guard, Rights Holders, que tiene un pozo maravilloso, y Limón y Raquel Ver. Por último, es dueño de 19 pueblos y aldeas con Bayly o si todo el territorio de Pence Netsize, todo lo cual produce asociaría 40 libras esterlinas de renta".
Los 162 pares que viven en el reino de Jacobo II poseen una renta de mil 272 libras esterlinas al año, que es la onceava parte de la renta de Inglaterra. En el margen del último nombre de Lord Linux Clan Charlín, léase esta nota trazada por un shows rebelde desterrado: "Bien es castillos y dominios secuestrados. Bien hecho. 4". Y se miraba a Homo, porque es una ley natural que miremos a los que se nos asemejan.
La situación interior de Cursos será estar solamente furioso y gruñir. Era su situación exterior. Representaba el descontento de la creación. Hacer la posición estaba en su naturaleza, pues veía siempre saltar ante su vista la parte mala del universo. Nada de él le agradaba por completo. Labrar los panales de la miel no absorbía a la abeja de picar. Hacer abrir las rosas no absorbía al sol. De causar la fiebre amarilla ni el vómito negro. Es probable que en lo íntimo de su pensamiento y sus críticas, y mucho adiós, únicamente merecían su aprobación los principios. Y para esto tenía su modo particular de aplaudirlos. Una vez Jacobo II regaló a la Virgen de una capilla católica irlandesa una lámpara de oro macizo, y Cursos, que pasaba como con indiferencia por delante de ella con Homo más indiferente aún, se quedó admirado ante el público y exclamó: "Verdaderamente, más falta le hace a la Santa Virgen una lámpara de oro que a los niños pobres que van con los pies desnudos, sin zapatos, a las pruebas de lealtad". Y su evidente respeto a los poderes establecidos contribuyeron bastante a que los magistrados tolerasen su existencia vagabunda y su alianza con un lobo. Dejaba por debilidad amistosa, como algunas veces por la tarde, se estirase los miembros y arrase con libertad en torno a la choza. El lobo era incapaz de un abuso de confianza y se comportaba en sociedad, quiero decir, entre los hombres, con la discreción de un perro de aguas. No obstante, para no tener que vérselas con justicias de ninguna clase, porque esto el inconveniente tenía Cursos, encadenado como todo el tiempo posible.
Desde el punto de vista político, su escrito sobre el oro, que era ya indescifrable y poco inteligible, no era otra cosa que su embadurnamiento de fachada y no era denunciable hasta después del reinado de Jacobo II y de los de Guillermo y María. Pudieron ver las pequeñas ciudades de los condados de Inglaterra cómo rodaba pacíficamente su carreta, viajaba libremente de un extremo a otro de la Gran Bretaña, vendiendo sus filtros y sus aromas, compartiendo sus habilidades de médico de plazuela con el lobo, y pasando con facilidad a través de las mallas de la red de la policía vendida en esta época por toda Inglaterra para acabar con las partidas nómadas y, en particular, para detener a su paso a los compra-niños. Por otra parte, esto era justo, porque Cursos no pertenecían a ningún partido. Cursos vivía solo con Cursos, esto es, consigo y dentro de sí mismo. Siendo un lobo, metía de continuo el hocico. Cursos ambicionaba ser caribe; no pudiendo ser, vivía solo. Y el solitario es un diminutivo de salvaje, aceptado por la civilización. Pero el colmo de la soledad es la vida nómada, y de esto nacía el no establecerse en parte alguna. Permanecer en algún sitio le parecía domesticarse. Por eso pasaba la vida errando por los caminos. La vista de las ciudades le aumentaba la afición a las grandes malezas, a las selvas y las cuevas bajo las rocas, porque su domicilio directo era la selva y se encontraba en su centro, oyendo el rumor de las plazas públicas que se asemeja bastante al murmullo de los árboles. Y la multitud satisfacía hasta cierto punto su afición al desierto. Les gustaba la de su choza, que tenía fuertes ventanas y se parecía demasiado a las casas. Hubiera conseguido su ideal haber podido poner una caverna sobre cuatro ruedas y viajar en un antro. Nunca se sonreía, como dijimos, pero se reía con frecuencia, con risa amarga. Interviene el consentimiento a la sonrisa, pero la risa es muchas veces una denegación. Su gran tema era del odio al género humano, en el que era implacable, convencido de que la vida humana es horrible, convencido de sus calamidades, del predominio de los reyes sobre el pueblo, de la guerra sobre los reyes, de la peste sobre la guerra, del hambre sobre la peste, y de la bestialidad es sobre todo. Convencido de que existe cierta cantidad de castigo en el mero hecho de existir, y reconociendo que la muerte nos libra de la vida. Cuando se le presentaba un enfermo, le curaba. Componía cordiales y brebajes para prolongar la vida de los quejosos. Ponía de pie a los lisiados sin piernas y brazos que andan arrastrándose, dirigiéndoles este sarcasmo: "Ya puedes andar con dos pies como los demás hombres, y ojalá andes mucho tiempo por este valle de lágrimas". Cuando veía a un pobre desfallecido por falta de alimento, le daba los liarse que llevaba encima y le decía murmurando: "Vive, miserable, vive, come, vive mucho tiempo. No soy yo el que abre que tu presidio". Después de hablar así, se frotaba las manos y exclamaba: "A los hombres, todo el mal que puedo".
Los transeúntes podían leer por el hueco de la ventana de atrás, en el techo de la choza, esta nota escrita en el interior pero visible desde afuera y hecha con carbón en letras grandes: "Cursos, filósofo. ¿Quién conoce ya ni sabe el sentido de la palabra 'compra-niños'? Los compra-niños o compra-pequeños componían una repugnante y extraña filiación nómada que formamos en el siglo XVII, que se olvidó en el siglo XVIII y que ya es desconocida en el siglo XIX. Los compra-niños son como la pólvora de sucesión, un antiguo detalle social característico. Forman parte de la antigua fealdad humana. Para la penetrante mirada de la historia, que abarca los conjuntos, los compra-niños se relacionan con el inmenso hecho de la esclavitud. Joseph vendido por sus hermanos es un capítulo de esa leyenda. Los compra-niños han dejado su sello en las legislaciones penales de España y de Inglaterra. Se ve aquí ella en la confusión obscura de las leyes inglesas la presidente ese hecho monstruoso, como se halla en un bosque la huella del pie del salvaje. Los compra-niños, como esta frase indica, se dedicaban al comercio de los niños. Los compraban y los vendían, pero no los robaban. El robo de niños era otra industria. Hacían de los niños comprados los transformaban en monstruos, ¿para qué? Para que hicieran reír. El pueblo tiene necesidad de reír, y los reyes también. Es menester que las calles tengan su titiritero y los lúgubres sus bufones. El primero llámase Tourloppin, y el segundo Tribulet. Los esfuerzos que el hombre hace para proporcionarse alegría son muchas veces dignos de la atención del filósofo. ¿Qué es lo".
que si no vamos en estas páginas preliminares un capítulo del más terrible de los libros que podría titularse la explotación de los desgraciados por los dichosos.
Han existido niños destinados a servir de juguetes a los hombres y existen todavía en las épocas ingenuas y feroces. Dichos niños componían una industria especial en el siglo XVII, llamado gran siglo. Fue una de esas épocas. Fue un siglo muy bizantino. Tuvo la ingenuidad corrompida y la felicidad delicada. Curiosa variedad de civilización. Era un tigre sonriendo. Era madame Sévigné haciendo melindres con respecto a la hoguera y a la rueda.
Dichos siglos, proto a los niños en gran escala. Los historiadores aduladores suyos ocultaron esta llaga, pero dejaron ver el remedio que fue Vicente de Paul. Para conseguir hacer del hombre un juguete, es necesario trabajarlo cuando es tierno. Pena no se forma cuando es pequeño. Un niño derecho no causa risa, pero un jorobadito sí. De aquí nació un arte que tuvo cultivadores. Cogían al hombre y le tocaban en un aborto. Cogieron una cara y la convertían en un mascarón. Ya saben el crecimiento y petrificaba en el semblante. Esta producción artificial de casos teratológicos sostenía sus reglas. Era toda una ciencia. Imaginaos una ortopedia en sentido inverso. Donde Dios colocó la mirada, este arte ponía el estrabismo. Donde Dios puso la armonía, establecía si la deformidad. Donde, dijo, se imprimió la perfección, se restablecía el bosquejo. Pero para los inteligentes en el arte, el bosquejo era la perfección también.
Reforma van a los animales. La naturaleza es nuestro cañamazo y el hombre desea siempre añadir algo a la obra de Dios y retoca la creación. Unas veces para mejorarla y otra para estropear la. El bufón de la corte solo era un ensayo para hacer retrogradar al hombre hasta el mono. Progreso retrospectivo. Al mismo tiempo trataban de transformar al mono.
La duquesa de Cleveland, condesa de Southampton, tenía por paje un mono muy pequeño. En casa de Francisca Sutton, baronesa Tuti, le servía el té. Único que había de volcado de oro. Clic donde llamaba mi negro. Catalina Sydney, condesa de Dorchester, iba a sentarse al parlamento en una carroza blasonada. Zetas de la cual iban de pie tres peones de gran libre. A una de las duquesas de Medinaceli, a la que el Cardenal Paul los vio levantarse de la cama, hacía se poner las medias por un orangután.
Estos monos ascendidos en categoría eran el contrapeso de los hombres brutalizados y bestializados. Esta promiscuidad del hombre del animal que buscaban los grandes estaba especialmente subrayada por el enano y por el perro. El enano no dejaba nunca al perro, que era siempre mayor que él. Eran dos colores unidos. Esta yuxtaposición consta de una multitud de documentos domésticos, en particular por el retrato de James Frey Hudson, enano de Enriqueta de Francia, hija de Enrique IV y mujer de Carlos I.
Degradar al hombre conduce hacerle deforme y completa vas en la supresión del estado por medio de la desfiguración. Algunos viví sectores de esas épocas consiguen borrar bastante bien del rostro humano la efigie divina. El doctor Conquest, miembro del colegio de Am en Street y visitado el jurado de los establecimientos químicos de Londres, escribió un libro en latín sobre esta quirúrgica a la inversa y en el presenta sus procedimientos. Si hemos de dar crédito a estos de Carrickfergus, el inventor de esta quirúrgica fue un monje denominado Ademar. Palabras grandes a que significa gran río. El enano del elector para latino Perqué o cuya muñeca o espectro sale de una caja de sorpresa en la caverna de Heidelberg era un notable espécimen de esta ciencia variadísima en sus aplicaciones. Esta ciencia formaba seres cuya ley de existencia eran monstruosamente sencilla. Le daba permiso para padecer y les ordenaba divertir a los demás.
La fabricación de monstruos, práctica base en gran escala y comprendía diversos géneros. Los necesitaba sultán, necesitaba los el Papa. Aquel para guardar sus mujeres y este para elevar sus preces, componiendo un género aparte que no podía reproducirse por sí mismo. Estos seres casi humanos eran útiles para la voluptuosidad y para la religión. El serrallo y la capilla Sixtina utilizaban las mismas especies de monstruos. El primero feroz, es la segunda mansos. Ejecuta avance en esa época obras que no se producen ahora. Tenía un talento que hoy no poseemos y no sin razón hay quien cree que estamos en decadencia. Ya no se sabe esculpir en plena carne humana, por lo cual el arte de los suplicios se pierde. Esa época era aficionada a este género. Hoy ya no existe esa afición y se ha simplificado dicho arte hasta el punto en que pronto tal vez desaparecerá del todo.
Extirpaban miembros a los hombres vivos, abriéndoles el vientre, arrancando en las vísceras. Se estudiaban prácticamente los fenómenos y ansias de descubrimientos. Hoy es preciso renunciar a ellos y privarnos el progreso al que el verdugo impulsaba la cirugía. La vivisección de esas épocas no se limitaba a confeccionar fenómenos para las plazas públicas, bufones para los palacios, especies aumentativa del cortesano y onu cos para los sultanes y para los papás. Sus variedades eran múltiples. Uno de sus triunfos fue hacer un gallo para el rey de Inglaterra. Era costumbre que en el palacio del rey de Inglaterra hubiese siempre una especie de hombre nocturno que cantase simulando el gallo. Este vigilante, que estaba en pie mientras todos los demás dormían, rondaba el palacio y mi tía de hora en hora un cacareo de corral, repitiendo a tantas veces como horas pregonaba, sufriendo a una campana.
Este hombre transformado en gallo sufrió el efecto en su infancia una operación la laringe, cuya operación está descrita en el arte de doctor Conquest. Bajo el reinado de Carlos II, habiendo desagradado a la duquesa de Portsmouth una salivación inherente a la operación, se conservó ese empleo para que no decreciese el brillo de la corona, pero se hizo que lanzara el cacareo del gallo un hombre que no estuviese mutilado. Ordinariamente elegía se para este honroso empleo a un antiguo oficial. En el reinado de Jacobo II, este funcionario se llamaba William Samson Cop y percibía anualmente por cantar 9 libras, dos chelines y seis sueldos, según relata las memorias de Catalina II.
Apenas hace cinco años que cuando el Zar o su esposa estaban descontentos de algún príncipe ruso, le obligaban a que se acurruca se en la gran antecámara del palacio y estuviese en esta postura un número determinado de días, mayando como un gato o creo que andando como una gallina que cobija los pañuelos y que pica en tierra el alimento. Estas modas han pasado, pero no del todo. Actualmente los cortesanos que bloquean para agradar modifican un poco la entonación y algunos cogen del suelo, por no decir del fango, lo que comen. Afortunadamente los reyes no pueden equivocarse, es así que sus contradicciones no embarazan jamás, aprobando sin cesar sus actos y sus palabras. Ciertamente se tiene razón. Lo que es muy agradable. Luis XIV no hubiera consentido ver en Versalles a un oficial limitar el gallo, ni a un príncipe imitar al pavo. Lo que realzaba la dignidad real e imperial en Inglaterra y en Rusia hubiera le aparecido a Luis el Grande incompatible con la corona de San Luis. Es muy sabido el discurso que tuvo cuando Madame Enriqueta contó una noche que vio en sueños una gallina. Grave inconveniencia, ciertamente, en persona tan distinguida de la corte. Cuando se ve en palacio no se debe soñar en corrales. Recordad que puse participó del escándalo del reinado de Luis XIV.
El comercio de niños en el siglo XVII completa base como acabamos de explicar con una industria. Los compra niños hacían ese comercio y ejercían esa industria. Compraban los niños, trabajaban un poco esta primera materia y la vendían en seguida. Los vendedores eran de todas clases, desde el padre pobre de solemnidad que se desembaraza va de su familia hasta el señor que utilizaba su ganado de esclavos. Vender los hombres era a la sazón cosa muy natural. En nuestros días se han batido por sostener este derecho. Recordamos que hace menos de un siglo que el elector de Hesse vendía a sus vasallos al rey de Inglaterra, que tiene necesidad de hombres para que se los matasen en América. Acudía a casa del elector de Hesse como a casa de un carnicero a comprar carne, porque el tal elector disponía de carne de cañón.
En Inglaterra, cuando mandaban ella a Jeffries después de la terrible aventura de Monmouth, de que petar y descuartizaron a muchos señores y gentiles hombres, estas víctimas dejaron esposas e hijas viudas y huérfanas. Hija como segundo se los entregó a la reina su mujer. La reina vendió estas ladies. Guillermo Penn probablemente es que el rey participase de alguna remesa y del tanto por ciento, pero lo que causa asombro no es queja como segundo vendiese a aquellas mujeres, lo que asombra es que Guillermo Penn las comprase. La compra de Penn se excusa o se explica por el motivo de que, poseyendo un desierto para sembrar de hombres, necesitaba mujeres que formaban parte de sus herramientas. Dichas ladies proporcionaron un excelente negocio a su majestad a la reina. Las jóvenes se vendieron muy caras. Crece malignamente que Penn conseguiría duke esas viejas muy baratas. Mucho tiempo estuvieron semi ocultos los compra niños. Hay muchas veces en el orden social una penumbra que favorece a las industrias indignas y en ella viven.
En el reinado de los Stuarts, los compra niños no estaban mal vistos en la corte y en caso necesario la razón de estado se servía de ellos. Para Jacobo II casi fueron un instrumento. Rain fue la época que se truncaban las familias en compradas y refractarias, en la que se procedía rigurosamente en las filiaciones y en la que se suprimían bruscamente los herederos. A veces frustraba se una rama en provecho de la otra. Los compañeros poseían el talento de celebrar al que les recomendaba la política. Desfigurar vale más que matar. También podría utilizarse la máscara de hierro, pero este era un mal medio porque no se puede poblar la Europa de máscaras de hierro, mientras que volatineros deformes transitan las calles. Verosímilmente además la máscara de hierro se puede arrancar, pero la de carne no. Se enmascaran para siempre con el propio rostro y esto es ingeniosísimo.
Los compra niños trabajaban el hombre como los chinos trabajan el árbol, pues siguen sus secretos como hemos dicho y se han perdido. Hacían desmedrar caprichosamente al ser que salía de sus manos y quedaba ridículo. Que tocaban al niño con tanta habilidad que ni su mismo padre era capaz de reconocerle. A veces dejaban recta la columna dorsal, pero contra asia en la cara. Quitaban la marca a un niño de igual modo que es dable quitársela a un pañuelo. Los productos destinados a ser volatineros tienen dislocadas las articulaciones hábilmente. Parecía que habían quedado sin huesos. De estos salían los gimnastas.
Los compra niños no solo desfiguraban el rostro de los niños, sino que les quitaban la memoria, al menos la parte de ella que podían. El niño no tenía conciencia de la mutilación de que habían sido objeto. La espantosa cirugía dejaba huellas en la cara, pero no en el espíritu. Lo que más recordaba el niño era que lo cogieron unos hombres, que se durmió y que seguidamente lo curaron, de que le curaron y la ignorada de las quemaduras del azufre y de las decisiones del hierro no se acordaba. Los compró niños durante la operación adormecer al niño con los polvos especiales que pasaban por mágicos y que suprimían el dolor. Estos polvos se han conocido siempre la China y se emplean aún las Chinas. A poder o antes que nosotros de algunas de nuestras invenciones como la imprenta, la artillería, la área estación y el cloroformo. Pero los descubrimientos que en Europa nacen y crecen y se diseminan enseguida convirtiéndose en prodigios y maravillas, permanecen en embrión en la China y allí conservarse muertos. La China es un vocal de fetos.
Ya que hablamos de la China, vamos a ocuparnos en algo que se relaciona allí con este asunto de la China. En todas las épocas se ha crecido la industria de modelar al hombre vivo. Cogen un niño de dos o tres años y le meten en una vasija de porcelana más o menos caprichosa que no tiene cubierta ni fondo para que queden libres la cabeza de los pies. Durante el día ponen la vasija en pie y por la noche la apuesta para que el niño duerma. De esta manera el niño en gruesa sin cesar, llenando con la carne comprimida y los huesos retorcidos todas las sinuosidades de la vasija. Este aumento dentro de la botella durante muchos años y en un instante dado es irremediable. Cuando se juzga suficiente y se cree que el monstruo está haya deformado, romperse la vasija y el niño sale obteniendo un hombre de la figura de un cacharro. Esto es cómodo y se puede encargar anticipadamente un enano de la figura que se desee.
No se desdeña siempre lo que se desprecia. Esta baja industria expediente magnífico en ocasiones para la industria alta que se llama la política. Permanecía voluntariamente en miserable estado, pero no era perseguida. No se la vigilaba, si bien se la prestaba cierta atención cuando era útil. La lideraba un ojo y el rey abría el otro. Algunas veces el rey llegaba a confesar su complicidad en las audacias del terrorismo monárquico al que deseaba desfigurar la flor, deslizaban quitándole la marca de Dios e imprimiéndole la marca del rey. A cabo es ley, caballero y varón, el señor de Melton, condestable en el condado de Norfolk, tuvo un hijo vendido en su familia, en cuya frente el comisario vendedor puso impresa con un hierro candente una flor de lis. En ciertos casos, si se intentaba aprobar por medio de razones el origen real de la nueva situación del niño, empleaba se este medio. La Inglaterra utilizada para sus usos personales la flor de lis.
Los compra niños con el matiz que separan la industria de su fanatismo eran semejantes a los estranguló a d'or es de la India y bien entre ellos a bandadas. Eran charlatanes, pero por pretexto, así la circulación le espera más fácil. Acampaban aquí y allá, pero en graves y religiosos y no tienen parecido alguno los demás nómadas. Eran incapaces de robar. El pueblo equivocadamente les confundió durante mucho tiempo con los moriscos de España y con los moriscos de la China. Los de España eran monederos falsos y los de la China no se parecían en nada a los compra niños. Eran gente honrada. Diga se lo que se quiera, eran sinceramente escrupulosos. Empujaba en una puerta, penetraban, compraban un niño, abonaba en el precio y se lo llevaban. Pertenecían a todos los países con el nombre común de compra niños. Fraternizaban los ingleses, los franceses, los castellanos, los alemanes y los italianos. Uno mismo era su pensamiento, la explotación en común del mismo negocio y esto era lo que los unía en esta fraternidad de bandidos. Los de Levante representaban al Oriente, los de Poniente representaban al Occidente. Muchos vascos charlaban con muchos irlandeses. El vasco y el irlandés se comprenden por hablar el antiguo directo público y además de esto por las relaciones íntimas de la Irlanda católica con la católica España, relaciones tan íntimas que consiguieron hacer ahorcar en Londres a un casi rey de Irlanda, al Orbán y lo que produjo el condado de Electric.
Los compra niños componían una asociación más que un pueblo y más un residuo que una asociación. Formaba lo toda la inteligencia del universo practicando como industria un crimen. Era una especie de pueblo arlequín constituido por toda clase de harapos. Afiliar a un hombre a él era coser un pedazo. Vivir errante será la ley de la existencia de los compra niños. Aparecían y desaparecían que el que solo vive la tolerancia no puede echar raíces. Hasta los reinos en los que su industria proveía las cortes y en caso necesario auxiliaba al poder real, eran tratados con aspereza. Los reyes utilizaban su arte, pero mandaban a las galeras a los artistas. Esta sin consecuencias construyen el vaivén del capricho real porque si las sufrimos los compra niños eran pobres y podría exclamar como aquella bruja flaca y andrajosa que voy a encender la hoguera donde iban a echarla, lo que van a quemar no vale tanto como la candela. Probablemente sus jefes, que eran desconocidos, esto es, los empresarios del comercio de los niños en gran escala, serían ricos. Esto no será fácil dilucidarlo nunca.
Los compran niños constituían como hemos dicho una afiliación que tenía a sus leyes, su juramento y sus fórmulas y casi casi su cábala. El que desee enterarse minuciosamente de los compra niños que vaya Vizcaya y a Galicia, como hubo entre ellos muchos vascos en aquellas montañas debe conservarse su antigua leyenda. Aún hoy hablase de Oiartzun en Urbistondo y en eso de esta asociación y aguarda de niño que voy a llamar al compra niños es en dicho país todavía el grito de intimidación de las madres a sus niños. Los compraremos se daban citas de vez en cuando. Los jefes tenían conferencias. En el siglo XVII existían cuatro sitios principales para verificar estos encuentros: uno en España, en el desfiladero de Pancorbo; y otro en Alemania, en la pradera denominada la Mala Mujer, cerca de Dietrich, en la que hay dos bajos relieves enigmáticos que representan a una mujer con cabeza y a un hombre sin ella; otro en Francia, en el último bosque sagrado Borbotó Mona, cerca de Bourbon-les-Bains; y otro en Inglaterra, detrás de la pared del jardín de William Charlone, el escudero de Chris Brown, en Cleveland, en George, entre la torre cuadrada y la pared delantera que muestra una puerta ojiva.
Las leyes contra los vagabundos han sido siempre muy rigurosas en Inglaterra. La Inglaterra en su legislación gótica parecía inspirarse en este principio. Como eran esfera errante, pesos, uno de sus estatutos califica al hombre errante del más peligroso que el áspid, el dragón, el lince y el basilisco rey. Inglesa por lo mismo que toleraba, como acabamos de ver, al lobo aprisionado y doméstico, transformado casi en perro, toleraba también al vagabundo que se hacía su vasallo. No inquietaban y al saltimbanqui, ni al barbero ambulante, ni el físico, ni el buhonero, ni al sabio del aire libre, porque tienen oficio del que vivían. Fuera de esto y de algunas excepciones, la clase de hombre libre que comprende el hombre errante daba miedo a la ley. Un hombre de paso era un enemigo público posible. La voz moderna "planner" no se conocía, únicamente se conocía la voz antigua "vagar". Tenerse en plante sospechoso, tener ese no sé qué que todo el mundo divina y nadie sabe definir era suficiente para que la sociedad se dirigiese a un hombre y le preguntase: ¿Dónde vives? ¿Qué oficio tienes? Si no respondía satisfactoriamente, tenía que sufrir duras penalidades. El hierro y el fuego estaban entonces en el código y la ley ejecutaba la cauterización de la vagancia. Había pues en todo el territorio inglés una ley de sospechosos que se aplicaba a los vagabundos malhechores y particularmente a los egipcios, cuya expulsión fue comparada sin fundamento a la expulsión de los judíos y de los moros en España y de los protestantes en Francia. Pero nosotros no confundimos una batida con una persecución.