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En el adiento que estamos recorriendo, la liturgia de este segundo domingo nos coloca frente a dos figuras que iluminan de manera singular nuestro camino hacia Navidad. El profeta Isaías con su palabra que brota en tiempos de ruina y Juan el Bautista, cuya voz austera emerge del desierto para despertarnos y así sacarnos de cualquier posible letargo espiritual.
Ambos, cada uno con su lenguaje y sensibilidad propias, nos invitan a vivir dos actitudes esenciales para reconocer la llegada del Señor y su presencia hoy: la esperanza y la conversión.
Vivimos en un mundo donde, casi sin darnos cuenta, el pesimismo se vuelve la atmósfera que respiramos. Las noticias de cada día nos hablan de crisis sociales, tales como la inseguridad que angustian a las familias, de enfermedades que amenazan la vida, de guerras que desgarran países y continentes, y de agresivas tensiones políticas que fracturan a las diversas sociedades. Vemos migraciones forzadas, injusticias que se prolongan y, dentro de la Iglesia misma, sufrimos también heridas que nos duelen profundamente. Todo esto es real y sería ingenuo negarlo.
El peligro está en permitir que esta realidad se convierta en la única mirada posible, como si la oscuridad tuviera la última palabra y el ser humano estuviera destinado solo a sobrevivir en la tristeza. Isaías nos enseña una mirada distinta. El profeta no evade el sufrimiento de su pueblo. Conoce muy bien la devastación que hay a su alrededor. Y sin embargo, allí donde todos ven un tronco muerto, él anuncia que un brote nuevo está naciendo. Con esta imagen bíblica nos está diciendo que Dios no rehace la historia desde lo perfecto, sino desde lo quebrado. No restaura desde los palacios y sus lujos, sino desde la debilidad de la pobreza.
Por eso Isaías puede describir un mundo reconciliado con imágenes que a primera vista parecen imposibles: el lobo que convive con el cordero o el niño que juega sin temor cerca del escondrijo de la serpiente. Para quien mira solo la superficie, esas visiones son fantasías. ¿Para quién observa con fe? Son el reflejo de lo que Dios ya está realizando silenciosamente en la humanidad y en la creación.
El mensaje del profeta nos recuerda que la esperanza cristiana no es un simple optimismo superficial. No consiste en convencerme de que no pasa nada, sino en reconocer que Dios está actuando incluso en aquello que parece más estéril. Isaías nos invita a ampliar la mirada, a descubrir que en medio de una sociedad marcada por la desatención, también brotan gestos de solidaridad, belleza, creatividad, ciencia puesta al servicio de la vida y, sobre todo, hombres y mujeres de fe que intentan amar. Podríamos decir con toda certeza que en los inviernos más duros, Dios sigue plantando la semilla del reino, haciendo germinar sus brotes de esperanza.
Para reconocer estos brotes nos ayuda la voz de Juan el Bautista, que escuchamos en el evangelio. Él no vivió en el centro de la ciudad de Jerusalén. Tampoco estuvo en los espacios donde se tomaban decisiones políticas. No, su palabra surge desde el desierto, lugar donde todo se simplifica y donde uno se encuentra consigo mismo ante Dios. El desierto se recorre solo con lo esencial y con la compañía de algún buen amigo de camino.
El estilo de Juan es claro, sobrio y directo: "Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos". No es un grito de amenaza, sino una invitación a despertar. El reino de Dios no es un sueño lejano, una utopía o fantasía de unos pocos. Está ya entre nosotros, pero solo lo perciben quienes se convierten de corazón y cambian su modo de ver.
En el Antiguo Testamento, la conversión era comprendida como un volver atrás, regresar al camino abandonado. Pero Juan y luego Jesús usan otro concepto, otra palabra: *metanoia*, es decir, cambiar la mente, permitir que Dios transforme nuestros modos de comprender la realidad. Convertirse cristianamente no significa añorar tiempos pasados, sino dejar que la presencia de Cristo ilumine nuestros criterios, sane nuestras heridas, enderece nuestras prioridades, nos ayude a distinguir lo esencial de lo secundario y así cambiar nuestro modo de ver el presente para construir un futuro mejor, un futuro según el querer de Dios.
La cercanía del reino debiera provocar en nosotros revisar lo que hacemos, lo que esperamos, lo que deseamos. El Adviento no es un tiempo de espera pasiva, sino de abrir espacio para que aquel que viene pueda entrar en nuestras vidas, abrirle espacio en nuestros pensamientos, en nuestras relaciones, en nuestras decisiones.
Esta conversión no consiste solo en corregir comportamientos externos; es más radical, es profunda. Es permitir a Dios que transforme la raíz de donde brotan nuestros pensamientos y acciones. Es aprender a mirar la realidad, no con la mirada mundana del individualismo, del consumismo o de cualquier ideología, sino con la mirada de Cristo, que sabe reconocer el mal con realismo, pero también descubre el bien aún donde parece no haberlo. Y, sobre todo, es aprender a amar como él: con firmeza frente al pecado, pero con una compasión inmensa hacia la persona que lo comete y lo sufre. En los evangelios vemos continuamente esta doble actitud. Jesús denuncia lo que destruye al ser humano, pero nunca cierra la puerta a quien quiere volver a levantarse.
Por eso San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que el Dios al que seguimos es el Dios de la paciencia y del consuelo. Dios no se cansa de nosotros, aunque a veces nosotros nos cansemos de él y dejemos a un lado su camino. Dios no pierde la esperanza, aunque nosotros tal vez la perdamos y caigamos en la desesperación.
Pidamos, por lo tanto, junto a San Pablo, que él, Dios, nos conceda tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús, de tal modo de dejar que el corazón del Señor modele el nuestro.
Adviento nos ofrece una gran oportunidad. Nos invita a mirar como Isaías, a sentir como Pablo y a actuar como Juan Bautista. Nos ayuda a no dejarnos arrastrar por el clima de desesperanza, sino a aprender a reconocer los brotes nuevos que Dios está haciendo surgir. Nos pide abandonar la dureza interior y permitir que Cristo renueve nuestra mente y nuestro corazón. Si caminamos así, la Navidad que se aproxima no será solo un recuerdo del pasado, sino la experiencia viva de que Dios sigue naciendo allí donde encuentra un corazón dispuesto a recibirlo. Amén.