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Salamanca, la blanca, Salamanca, la blanca, ¿quién te mantiene? Cuatro carboneritos, [Música] cuatro carboneritos que van y vienen.
Cuántas veces tarareó Carmen Martín Gaite esa vieja canción. Cuántas veces se quejó de que nadie la avisara para hacer una foto de la que fue su casa. La casa de su infancia y adolescencia, la casa de su primera juventud, antes de derribarla para levantar un banco.
Nací en Salamanca el 8 de diciembre de 1925 a las 12 de la mañana de un día frío y soleado. Esto de nacer a mediodía y con sol parece presagio de buena fortuna, según dicen los neigromantes. Pero en mi caso, y sin ánimo de quitarle méritos al sol, creo que todo lo bueno que me ha pasado en el mundo se debe al amor a la vida y a la confianza que desde la infancia me inculcaron mis padres.
Dicen los tópicos que las únicas patrias del escritor son su infancia y su lengua. Y tópicos o no, ambos se cumplen con asombrosa exactitud en la vida y en la obra de Carmen Martín Gaite. Nada hay tan presente en sus libros como ese cuarto de atrás, donde empezó a gestarse como escritora y nada sería su obra sin ese castellano del que a ella le gustaba presumir, ese castellano de Salamanca, enseñado por los mejores profesores y cultivado al lado de los mejores amigos en bares y tabernas, en infinitas y apacibles y acaloradas charlas.
Carmen Martín Gaite, escritora, fue la segunda hija de José Martín, notario natural de un pueblo de Valladolid, pero que se consideraba de Madrid y de María Gaite, gallega de Orense. En la plaza de los Bandos número tres estaba la casa de los Martín Gaite. Era de tres plantas con miradores planos. Ellos vivían en el primero. De la plaza venía el ruido del agua cayendo por tres caños al pilón de una fuente que había en medio, el único ruido que entraba al cuarto de noche.
Me levantaba de puntillas para no despertar a mi hermana. Me asomaba al balcón. Veía muy de cerca la sombra de los árboles y enfrente la fachada de la iglesia del Carmen con su campanario. No se oía más que el agua cayendo en el pilón de la fuente. Las farolas exhalaban una luz débil. No pasaba nadie. Tal vez yo sola estaba despierta bajo las estrellas que vigilaban el sueño de la ciudad. Las miraba mucho rato como para cargar el depósito de mis párpados.
Carmen es educada en casa junto a su hermana Ana, ya que su padre no apreciaba la educación religiosa y era difícil encontrar en Salamanca colegios no religiosos de calidad. Al colegio no fui. Mi padre era poco amigo de la educación impartida por frailes y monjas. Mi hermana y yo tuvimos varios profesores particulares de dibujo, de idiomas y de cultura general, pero fue sobre todo mi padre quien nos aficionó personalmente al arte, a la historia y a la literatura.
Perteneció a una generación herida de muerte desde su nacimiento. No en vano les llamaron los niños de la guerra. La guerra. La guerra que toda la familia pasa en Salamanca con bastante miedo debido a las ideas liberales de don José María y de todos sus amigos, muchos de los cuales, entre ellos Miguel de Unamuno, sufrieron persecución o cárcel por parte del general Franco, que tenía en Salamanca su cuartel general.
Vámonos al refugio. Salimos a la escalera. Nos tropezamos con el vecino del segundo, un comandante muy nervioso, con bigote a lo Ronald Colman, que iba gritando mientras se despeñaba hacia el portal. Sin precipitación, sin precipitación. Algo detrás bajaba la familia. Uno de los hijos era de mi edad. Me sonríe, me coge de la mano. No tengas miedo. Cruzamos todos la plaza de los Bandos bajo el silbido pertinad. El refugio estaba enfrente. Lo habían construido aprovechando una calleja estrecha que había entre la Iglesia del Carmen y la casa de doña María Labraba. Los refugios. Los refugios que para Carmen se convirtieron en parte de su vida.
¿A qué edad empezó a escribir? ¿Quiere decir a qué edad empecé a refugiarme?
El bachillerato lleva a Carmen al Instituto Femenino, un caserón destartalado y frío del que ella deja constancia en su novela Entre visillos. En el instituto tuve tan buenos profesores como don Rafael Lapesa y don Salvador Fernández Ramírez, a quienes la guerra había pillado por casualidad en Salamanca. Creo que a estos dos excelentes profesores les debo mi definitiva vocación por la literatura. Y son estos años los que llenarán la novela que le valdría el Premio Nadal en 1957. Entre visillos. El ambiente de la ciudad, las apariencias. El profesor de alemán, las chicas un poco mayores, el asfixiante ambiente de provincias, la Plaza Mayor, el Casino, el destruido Gran Hotel, la Rúa, el río, las barcas, la Catedral. Son el escenario en el que se mueven los personajes tan reconocibles de Entre visillos.
A mediodía me gustaba sentarme en las terrazas de los cafés de la Plaza Mayor y me estaba allí mucho rato mirando el ir y venir de la gente que casi rozaba mi mesa, escuchando trozos de conversación de los otros vecinos. Había mucha animación, sobre todo muchachas. Y el río tantas veces presente en su novela Entre visillos. Siempre está el río de Salamanca en mi recuerdo, como frontera entre lo de fuera y lo de dentro. La ciudad reflejada en sus aguas desde la otra orilla o desde el río mismo que cuando apuntaba la primavera yo surcaba en barca con mis amigos. Mujer de agua y de fuego, quizás porque nunca olvidó el frío horroroso de la posguerra. Pasear por la calle de las Úrsulas hasta llegar al parque de San Francisco. Yo de joven algunas mañanas iba a leer allí porque me parecía muy poético aquel silencio solamente turbado por la algaravía de los pájaros. A andar por andar, a caminar sin prisa, atrasando la mirada con el paso, aprendí en Salamanca. Es la famosa leyenda grabada en una placa sobre la fachada de la trasera de la Universidad, justo enfrente de la Catedral nueva y del Palacio de Anaya, donde yo estudié Letras, Letras en libros y Letras en bronces por la calle, leídas al pasar, grabadas en la memoria como oraciones. [Música]
Un nuevo tiempo se abre para Carmen en la Universidad, donde tiene como profesores a César Real, Antonio Tobar, Zamora Vicente. Ya nada volvería a ser lo mismo.
Cuatro disparos de alerta despertaron a Chicago. Larrigan rió su muerte mirando al cielo al soslayo. Larrigan cayó de espaldas junto a la puerta de un banco. Estas cosas escribía Ignacio Aldecoa por los primeros años del 40, cuando yo lo conocí en la Facultad de Letras de Salamanca. Nos gustaba mucho a los amigos de entonces, todos entre los 17 y los 20 años, esta historia del pistolero Larrigan y la recitábamos a voces mientras tomábamos el sol en la varandilla de piedra del Palacio de Anaya entre clase y clase o cuando íbamos a remar en grupo al río. Estoy hablando del curso 1943-1944, tan cerca aún del final de la guerra. Éramos 16 alumnos en primero de comunes. Recuerdo el nombre y el rostro de todos.
En 1944 ocurre un hecho trascendental en la literatura española. Carmen Laforet gana el Premio Nadal en su primera edición. Un premio que 13 años más tarde ganará Carmen Martín Gaite. En la Universidad tuvo además su primer contacto con el teatro participando como actriz en varias obras. Colaboró en varias revistas como Trabajos y Días en Salamanca y Revista Nueva en Madrid. Su primera salida al extranjero fue en 1946. Partió con una beca a la Universidad de Coimbra y también visitó Porto y Lisboa. En ese periodo nació la idea de hacer la tesis doctoral sobre los cancioneros galaico-portugueses del siglo XI. Se licenció en Filología Románica en 1948 y en ese mismo año disfrutó de una beca en la Universidad de Verano de KS, donde se familiarizó con la literatura francesa. A la vuelta deja Salamanca y el hogar familiar para irse a vivir a Madrid. Quería trabajar y hacer la tesis. [Música]
En la capital se reencontró con Ignacio Aldecoa, quien la puso en contacto con un grupo de escritores, entre los que se encontraban Medardo Fraile, Alfonso Sastre, Jesús Fernández Santos, Rafael Sánchez Ferlosio y Josefina Aldecoa. Poco a poco los proyectos de la tesis doctoral se fueron diluyendo y ganó peso la dedicación a la literatura. Publicaba cuentos y artículos en revistas y trabajó durante un tiempo haciendo fichas para un diccionario de la Real Academia Española. Y así empezó todo. Ignacio no había acabado la carrera y también sus amigos Sastre, Sastre, Ferlosio, Fernández Santos, Medardo Fraile, la nota común de todos ellos era que parecían despreciar los proyectos y que les gustaba mucho contar cosas. Una generación privilegiada por su inteligencia, por su formación, por sus ansias de libertad, por romper y hacerse un hueco en las viejas y oxidadas estructuras de la vida cultural. Una generación golpeada con saña por la vida, por la enfermedad, por el desarraigo, por el ninguneo y que a pesar de todo sobrevivió. Sobrevivir, vivir y escribir eran la clave y una amistad a prueba de literatura. De la misma manera que a mi padre y no a la Universidad debo yo la lectura de Galdós, Clarín y Baroja, a Ignacio y a sus amigos les fui debiendo en años sucesivos el conocimiento de Truman Capote, Kafka, Steinbeck, Dos Pasos, Sartre, Pavese, Hemingway, Melville, Conrad, Esbebo y Camus, autores poco frecuentes en las librerías de entonces.
En el verano de 1949, ese año, toda la familia se traslada a Madrid. Se casa en octubre de 1953 con Rafael Sánchez Ferlosio y pasan unos meses en Roma en casa de los abuelos maternos del escritor, además de visitar otras ciudades italianas como Nápoles, Florencia y Venecia. Durante esta etapa se puso en contacto con la literatura contemporánea del país. César Pavese, Italo Esbevo y Natalia Kinsbur se encuentran entre sus principales influencias. En la primavera de 1954 obtuvo el Premio Café Gijón por su novela corta El balneario. En octubre de ese año nació su primer hijo Miguel, que murió de meningitis en mayo del año siguiente. Tuvo otra hija, Marta, nacida en 1956. Es en estos años cuando sus padres adquieren una finca en el pueblo madrileño de El Boalo, a donde Carmen iba y venía sin darse tregua, y donde la chimenea y la piscina, el agua y el fuego, eran quizá los dos elementos que la atraían con más fuerza. Una casa donde los amigos eran siempre bien recibidos, donde aún el trasiego de gente sigue siendo imparable, custodiada por la mano firme de Ana Martín Gaite, fiel cuidadora y depositaria de tantos secretos de Carmen. Era llegar aquí era la paz, la serenidad, el sosiego, la tranquilidad. Y si ella tenía, por ejemplo, una obra en marcha, digamos, pues pues aquí le daba el final o le daba el principio de las cosas, ¿no? Había dos cosas que le entusiasmaban, que eran el agua y el fuego. El fuego. Esa esa casa a veces era un calor horrible, pero ella lo que quería era ver el fuego. Le atraía el fuego y el agua. El agua, por supuesto. Sí. El despacho de su padre la traía mucho siempre, incluso estando su padre en vida, decía a veces por la tarde, "Padre, mientras te acuestas la puedo entrar en tu despacho a escribir." Sí, sí, sí. El despacho también ha sido otra cosa muy significativa de esta casa. Claro. Representa además el trabajo de todos, el trabajo de mi padre intelectual, el trabajo de ella intelectual. Eh, cuando es una cosa de trabajo o de pensamiento o de reflexión, todos vamos ahí. Por otra parte, es una casa muy viva y sigue muy viva. Eh eh en efecto, están los recuerdos, está ese pasado del cual se desprende uno muy mal, pero pero también hay vida. Y te cuento un detalle. Cuando estaba ya muy grave, un día le dije, me dijo, "¿Qué de cosas han pasado aquí?" Digo, sí, pero espérate, trae unos folios y vamos a apuntar toda la gente que ha venido aquí después de muerta Marta y que no la ha conocido, ¿eh? Porque eso te indica la vida que ha habido en esta casa después de la muerte.
En 1957 obtuvo con su novela Entre visillos el Premio Nadal. En los años siguientes se aficionó a estudiar la historia de España, en especial el siglo XVII. Esos estudios llevaron a una biografía sobre un personaje de esa época, Melchor de Macana, que acabó apareciendo publicada en 1970 y un segundo trabajo, Usos amorosos del siglo XVII en España, que también le sirvió como base para la tesis doctoral que presentó en 1972 en la Universidad de Madrid bajo la dirección de Alonso Zamora Vicente. En 1970 se separa de manera amistosa de su marido. Durante la década de los 60 continúa cultivando la narrativa con obras tan importantes como Las ataduras en 1960 o Ritmo Lento 1963, pero es en los 70 cuando vemos la versatilidad de Martín Gaite. Publica sus dos ensayos sobre el proceso contra Macana, además de su tesis. Recopila su poesía en Arrachas, 1976 y una de sus obras cumbre, la novela Retailas, sale a la luz en 1974. También a esta década debemos su primera recopilación de relatos, Cuentos completos. En 1978 mueren sus padres y le es concedido el Premio Nacional de Literatura a su novela El cuarto de atrás. Primera mujer en conseguir este galardón. Además de publicar novelas, ensayo, teatro, de octubre de 1976 a mayo de 1980, ejerce todas las semanas la crítica de libros en Diario 16. También realizó traducciones de Gustav Flaubert, Charles Perrot, Virginia Woolf, Emily Brontë o Natalia Ginsburg, además de guiones de televisión, entre los que destaca la serie sobre Santa Teresa de Jesús y Celia. En 1979 viaja por primera vez a Nueva York. A Estados Unidos volvería en viajes sucesivos para dar conferencias e impartir clases.
Cuando he sido invitada por alguna universidad extranjera y sale a colación que soy licenciada por Salamanca, compruebo que resulta prestigioso. Yo ya sabía cuando iba a clase por la calle de la Rúa que es una de las cuatro universidades más antiguas de Europa. Pero a mí lo que me divierte es sentirme amparada por el licenciado Vidriera, que también es de allí. [Música]
En 1984 fallece su hija Marta, sin duda el golpe más duro de su vida, aquella niña que le regaló su primer cuaderno de todo. En 1988 recibe el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, compartido con el poeta José Ángel Valente. Premio Castilla y León de las Letras en 1991 y Premio Nacional de las Letras en 1994. En 1990 publicó con enorme éxito Caperucita en Manhattan. Al año siguiente Novedad Variable y unos años más tarde dos enormes éxitos de crítica y público. Lo raro es vivir en 1997 e irse de casa en 1998. Y en 1999 se publica y representa La hermana pequeña y recopila en Cuéntame con la colaboración de Emma Martín Gifreé, ensayos y cuentos escritos entre 1953 y 1997. En 2000 se le diagnostica un cáncer que cerca de mes y medio después acabará con su vida el 23 de julio en una clínica de Madrid. Es enterrada en El Boalo, donde resistió sus últimos años en la casa familiar y donde están enterrados sus padres y su hija. La casa que siempre la esperaba con las puertas abiertas. La casa donde encender la chimenea hasta abrasarse, donde lanzarse al agua y nadar hasta quedar exhausta, donde colgar sus collares del caos a la serenidad. Yo nunca seré vieja. Se me ha quedado todo por decir. Siempre pasa lo mismo. Su obra ha seguido creciendo después de su muerte, amparada y cuidada por su hermana Ana, firme, fiel y decidida. Una obra que nunca ha dejado de interesar a los buenos lectores y que es objeto de innumerables estudios en muchas universidades de Europa y de Norteamérica. Sin duda su mejor herencia, eso y el haber paseado el nombre de Salamanca por todo el mundo.
Apoyada en la ancha balaustrada de piedra de la hermosa galería del Palacio de Anaya, donde cursé mis estudios de Letras, recogía dentro de la cartera mis papeles y me entregaba al puro placer de haber acabado con el trabajo de aquel día, entretenida en ver caer la nieve, en dejarme acariciar por el sol o en mirar hacia el busto de Unamuno que preside el primer rellano de la escalera que arranca del patio. Y recordaba a aquel señor alto y de barba blanca, vestido de azul marino, que había visto alguna vez de niña en el despacho de mi padre antes de la guerra, que había posado sobre mí, sus ojos distraídos. Ahora estatua de piedra, retrato fijo y mudo para siempre, mientras yo aún podía seguir mirando los reflejos del sol sobre la nieve.
Salamanca, la blanca, Salamanca, la blanca, ¿quién te mantiene? Cuatro carboneritos, cuatro carboneritos que van y vienen. Ay. [Música]