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La charla de hoy va o o esta o esta o esta catequesis o esta charla que me dijo Ibrahim para hacerla sobre la palabra de Dios. A ver, la palabra de Dios, pues esto no va a ser una una clase, ¿vale? Pues porque no no es el lugar tampoco. Y además, no podemos en 45 minutos, una hora, hacer una clase de Biblia. La Biblia es un mundo entero, no son semestres y semestres y años y años de estudio y aún así será sin, siempre será un pozo sin fondo, un pozo que siempre puedes ir a él y saciarte y nunca se vacía. Siempre está ahí para para, como dice, como le dice Jesús a la samaritana, "dame, dame de esa agua". Dice, "Si supieras quién te pide de beber, le pedirías tú a él y él te daría y no tendrías sed jamás". Dame siempre de esa agua.
Ojalá podamos siempre acudir a la escritura, que es el último sitio donde acudimos, hermanos, cuando cuando necesitamos que el Señor nos hable, cuando necesitamos una palabra de aliento, cuando necesitamos una palabra de de ánimo, o cuando simplemente necesitamos tomar una decisión en nuestra vida. No como algo mágico, pero pero sí porque aquí está Dios hablándonos.
Mirad, esto es la escritura. Bueno, más bonita de lo normal porque es, tiene unas unas tapas en plata o en alpaca, no sé en qué será. Pero dentro está la palabra de Dios escrita. Esta palabra de Dios por sí sola no sirve para nada. O sea, esto puede servir para, muy bonita, la podemos poner para adornar, o la podemos poner para trancar la puerta de la casa, o simplemente como muchas personas hacen, abrirla en el Salmo 23. Es 91, 91. Usted le abre en el 91. Salmo 50, es muy lindísimo. Algunos ya nos vamos aprendiendo algunas palabras de memoria, ¿no? El Salmo 91, "El que habita al amparo del Altísimo". Ese lo abre usted. Pero la mayoría lo abre en el 23. Claro, "El Señor es mi pastor". Eso es un clásico. Salmo 23, el Buen Pastor, ¿no? "El Señor es mi pastor, nada me falta". Y ahí está abierta, ¿no? Y ahí está abierta en el atril de la casa, la entrada de la casa, debajo del espejo, ahí está. Y y listo. Y ya. Y nadie toca esa vaina. De hecho, algunos le haces así y está llena de polvo. Por nadie la toca. Porque es como un libro tan misterioso, como no entendemos, entonces mejor no. Mejor, mejor yo vengo a la misa y que me lo explique el padre. Pero yo no, yo no me voy a poner a interpretar. No me voy a poner a a ver qué me dice el Señor.
Había una cosa que hacía San Francisco así. Yo no sé por dónde me va a llevar. Yo tengo unas cosas que quiero deciros, pero no sé por dónde me va a llevar el Espíritu Santo. Pues por donde me lleve. Pero había una cosa que hacía San Francisco de Asís. ¿Sabíais que era el abrir la escritura al azar? La abría y donde, pero en momentos especiales, momentos de de que necesitaba discernimiento, momentos en los que eh estaba triste, o momentos de alegría, simplemente quería que el Señor le diera una palabra. No es algo mágico, insisto, pero sí el Señor actúa y nos da la palabra que necesitamos.
Yo tengo eh momentos muy importantes en mi vida donde el Señor me ha dado una palabra así, aleatoria, al azar, y que se me han quedado marcados. Por ejemplo, eh cuando llego a la primera parroquia de Santa Bárbara y eso era un caos, ¿no? Era un desastre en todos, a todos los niveles. O sea, había ratas en el templo. Aquí también hay ratas, pero de dos patas. Allí había de cuatro, ¿vale? Bueno, había ratas en el templo, el templo se caía, la casa pues eh también muy muy indigna, muy dejada. Hacía años que no se le hacía mantenimiento. Una casa de 400 años, imagínate, sin, llevaba como 20 años sin hacerle nada, eh. Una deuda grandísima y la colecta en las eucaristías era a la semana 120.000 pesos, que no daba ni para pagar los servicios de ninguno, ni la luz, ni el agua, ni el gas, nada. Y una deuda de varios millones de pesos.
Bueno, en ese momento, yo recién ordenado, le pido al Señor que me ayude. Pero, ¿por qué? Porque en una noche no podía dormir. Me levanto, como no, no podía dormir. Eran como la 1:30, 2, 3 de la mañana, no me acuerdo. Y cogí la palabra, la abrí y puse exactamente, abrí así un evangelio, ta, y donde puse el dedo decía: "No os dejaré huérfanos". Y me impactó muchísimo. Y dije: "Bueno, pues si tú eres mi Padre, que no me dejas huérfano, tú provees". Cerré la Biblia y me acosté a dormir. Pude dormir ese día. Y al día siguiente, el Señor empezó a proveer de una manera impresionante, hermanos, hasta el último día que me fui de esa parroquia, pero de una manera inmensa. Una palabra que me dio el Señor en ese momento.
Otra palabra fue antes del, antes de ser ordenado presbítero. Antes de ser ordenado presbítero, también hacemos un retiro donde se, se nos da una palabra, una palabra al azar. Y salió Salomón. Salomón, el constructor. ¿Sabéis que el templo no lo construye David, ¿verdad? David quería construir el templo y le dijo: "No, no, no vas a ser tú, va a ser Salomón". Salomón y constructor. Y bueno, pues esa palabra me ha acompañado. Pues porque allí en Santa Bárbara me tocó construir bastante. Aquí ya tenemos construidos dos salones. Bueno, ahí vamos, ¿no? El oratorio, tal. Bueno, entonces son palabras que me han ido acompañando. Y en momentos difíciles del ministerio también el Señor me ha dado palabras.
Quiero deciros que aquí, aquí está vuestra vida. Aquí está lo que habéis vivido, lo que estáis viviendo y lo que vais a vivir. Aquí está, porque esta es la historia. Aquí está la historia de un pueblo que es el pueblo elegido. Y tú has sido elegido. O sea, que aquí está tu historia. Y has sido elegido portentos de una manera grandiosa por el Señor, que ha enviado a su Hijo Jesucristo para hacerte hijo y para hacerte heredero de las promesas, de las promesas que están hechas a nuestros antiguos padres, las promesas que están aquí escritas. Una promesa, la promesa de la libertad, la promesa de la felicidad, la promesa del Mesías, la promesa de vida eterna, hermanos, la promesa del paraíso. Está todo acá.
Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto entender este libro? Pues porque está escrito por gente. Esto no lo ha escrito Jesús. Jesús no escribió nada. Dios tampoco. O sea, nosotros no somos eh como los mahometanos, que creen que el eh Corán bajó del cielo así y lo recibió Mahoma, dijo: "Esto viene de Dios", así tal cual, encuadernado por Dios. No. Nosotros no creemos esto. Nosotros sabemos de sobra que ha sido escrito por hombres, pero inspirados por el Espíritu Santo. De manera que la historia que está aquí escrita está escrita con una mentalidad del que la escribió. Y es una mentalidad no solo de hace muchos años, sino que es una mentalidad oriental. Y nosotros tenemos una mentalidad occidental. Ese es el primer escollo que debemos de sobrepasar para entender y para poder que la escritura llegue a nuestra vida.
La mentalidad occidental y la mentalidad oriental son muy diferentes, hermanos. Tú no piensas igual que un japonés. Tú no piensas igual que un judío. Y esto han escrito judíos. Todo, prácticamente todo, judíos. Algo en el Nuevo Testamento algún griego lo ha escrito, pero prácticamente todo judíos el Antiguo y el Nuevo Testamento. Entonces, ¿cómo piensa un judío? Un judío no piensa como tú y como yo. Un judío no es de conceptos, es de experiencia. El judío tiene esta mentalidad, experiencia. Te pongo un ejemplo. Si yo a ti te digo la palabra "árbol", pues tú qué te has imaginado enseguida. Cuando escuchas una palabra, te viene una imagen, porque nosotros somos de imágenes, de conceptos. Y te has imaginado un árbol, ¿verdad? No sé cómo como te lo hayas imaginado. Pero si tú a un judío le dices "árbol", ¿qué le viene así rapidito? Le viene el Génesis. Le viene el Génesis, le viene el árbol del paraíso. Por eso, para un judío, decir que en un madero, en un árbol, ha venido la salvación, es, es, es cuando un judío se convierte, es impresionante, hermano, porque entiende toda la escritura. Por eso los discípulos de Emaús, dice que se les abrieron, se les abrió la mente, se les abrieron los ojos, se les abrió todo cuando entendieron que todo lo que estaba escrito en el Antiguo Testamento estaba referido a Jesús. No lo habían entendido hasta ese momento.
Por ejemplo, la palabra "árbol". Pero pongamos cualquier otra. "Desierto". Y tú te has imaginado un peladero allí, no sé qué desierto te has imaginado. Pero un judío, tú le dices la palabra "desierto", un judío abre aquí y pone "desierto", y ¿qué se le viene a la cabeza? La libertad, el paso de la de la esclavitud a la libertad, los 40 años que estuvo en el desierto, etcétera. Que Jesús fuera tentado 40 días en el desierto, pues para una mentalidad judía le dice mucho más que a ti, que quizás no has visto un desierto en tu vida. ¿Entiendes el escollo que tenemos? El escollo, el problema que debemos poder. Por eso lo más importante es hacernos poco a poco con el lenguaje de la escritura, ir entendiendo.
"Roca". Por ejemplo, una palabra. Roca. Es que se me están ocurriendo muchas. Roca. A un judío, ¿qué significaba la palabra roca? Para él, ¿qué le quería decir? ¿Dónde aparece esto en la escritura? Pues en el desierto, la roca que te acuerdas que manaba el agua, que les seguía, iba con ellos y manaban agua, ¿verdad? Esa es la roca. Ahora, que Cristo diga "Yo soy la roca". ¿Cómo te parece? Un judío lo puede entender perfectamente. Tú y yo, bueno, pues roca, pues pues roca, o o lo que quieras. También puedes ser madera si quieres, pero pues no te dice nada. ¿Entiendes?
"Cordero". No sé, os estoy diciendo palabras, palabras que salen aquí y salen muchas veces. Cordero. Para ti, un cordero es un animal muy rico que se come, ¿verdad? El chivo, el corderito, muy rico, buenísimo está el cordero. Cuanto más pequeño, más rico está. Pero para un judío, el cordero es el animal del sacrificio. ¿Ves? Es que Jesús diga "Yo soy el cordero" o que Juan diga "Es el cordero de Dios que quita el pecado del del mundo". ¿Entiendes la dificultad que tenemos? Un judío entiende esto perfectamente. Un judío, insisto, que se convierte, entiende el Nuevo Testamento perfectamente. Por eso es, es, es casi ilógico que viendo a Jesucristo no se convirtieran, que no vieran en él al Mesías.
La palabra "Mesías" tampoco la entendemos mucho, porque Mesías era lo, la promesa que se le había hecho al pueblo, que iba a venir uno de parte de Dios a liberar al pueblo y a restaurar el reinado de Israel. Eso para nosotros es una locura, no lo entendemos. No entendemos qué quiere decir eso. Cuando nos dice "Mesías", bueno, pues vale. Nosotros hemos sido educados también en una religión de concepto. En la escuela nos enseñaron la clase de religión, ¿verdad? Y la historia de salvación. Aprendimos alguna cosita de Noé, los animales, Moisés, y qué Moisés, y el sacrificio de Isaac, Moisés, que era que su mujer era estéril. Algunas cositas hemos aprendido, pero muy conceptuales, sin experiencia.
Porque el pueblo de Israel, y ya entró un poquito en materia, el pueblo de Israel, en un momento de su historia, se da cuenta que su historia es palabra de Dios. O sea, ¿qué quiere decir que es palabra de Dios? Que Dios ha actuado en su historia. Porque Dios no es un Dios de letra, Dios es un Dios que actúa. ¿Qué es primero, la letra o la acción de Dios? La acción de Dios. Dios actúa y después el pueblo escribe, escribe la actuación de Dios. Tú podrías escribir tu historia si tu historia es palabra de Dios, ha actuado Dios en tu vida, entonces tu historia es palabra de Dios. Puedes escribirla.
Por eso, no sé si os acordáis, el Evangelio de Juan cómo termina. Dice: "Muchas cosas se podrían decir, muchas cosas, y no habría bibliotecas para guardar tanto libro", dice Juan. A ver si lo tengo aquí. Esta como está nuevecita, no se mueven las hojas casi. "Además, hay otras muchas cosas que hizo Jesús. En ti ha hecho algo Jesús. Si se pusieran por escrito una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran". Así termina el Evangelio de Juan. Esa es la conclusión. No hay más. ¿Qué está diciendo? Pues que tu historia también es palabra de Dios. Y que si quieres, puedes escribirla.
La acción de Dios. Y además, aquí aparecen también pecados. También en tu historia hay pecados. Aquí hay pecados. También aquí hay batallas. En tu historia hay batallas. Has luchado, has ganado, te han vencido, has caído, te has levantado. El Señor te ha hecho promesas. Es que está nuestra historia. Santa, la sagrada, la historia sagrada, ¿verdad? Hablamos de la historia sagrada del pueblo de Israel.
Entonces, no, fijaros que el pueblo de Israel es un pueblo de tradición oral, que transmite la fe a sus hijos oralmente. Pero hay un momento de su historia que es en el exilio, más o menos en el siglo VIII antes de Cristo, hasta el siglo VI antes de Cristo, de 700 y pico al 500 y pico, están exiliados. No tienen templo, no tienen tierra, no tienen nada. En ese momento recopilan escritos, porque no hay nada más. Tienen que poner por escrito su historia y recordar todo lo que ha hecho Dios, todo lo que se ha transmitido de generación en generación. O tú crees, ¿quién estaba allí para escribir? A ver, "En el primer día Dios hizo la luz y dijo: Hágase la luz". ¿Y quién estaba allí? Pues nadie. Entonces, ¿quién está escribiendo esa vaina? Pues el Espíritu Santo.
O tú crees, vámonos al al cualquier evangelio. Y entonces Jesús le dijo al ciego: "¿Qué quieres que te haga?". Y el ciego le dijo: "Que vea". Jesús: "Ve, tu fe te ha salvado". Anota bien Mateo, anota bien, porque si no la vas a embarrar después. "Ve, tu fe te ha salvado". No pongas otra cosa, pon eso, hombre. No. De hecho, el Evangelio de Mateo se escribe 80 años después, unos unos 50 después de la muerte de Jesús. 50 años después de la muerte de Jesús. ¿Entendéis?
A ver, si el Génesis, Adán y Eva, lo que aquí está escrito es verdad. ¿Todo, todo es verdad? Según la concepción occidental, pero es que, perdón, oriental. Para nosotros solo es verdad lo que sucede. Y eso es, y eso es un error. Porque hay cosas que no suceden que son verdad. Que Dios ha creado al hombre y a la mujer es verdad. Que lo haya creado con un hombre que se llama Adán o una que se llama Eva, pues es una manera que tienen los judíos de explicar la creación de del universo y la creación del hombre. ¿Entendéis?
Igual en los evangelios. Todo lo que dicen los evangelios, ¿todo es verdad? Sí. Y entonces, ¿por qué uno dice que fueron las Mad, fue la madre de Santiago y Juan la que le dijo al Señor que se sentaran uno a la derecha y a la izquierda, y el otro dice que fueron ellos los que pidieron sentarse a la derecha y a la izquierda? ¿Quién tiene razón? Alguno de los dos está mintiendo. No, los dos nos están dando una catequesis, porque esto es una catequesis que nos ayuda. El paralítico. Hay, hay momentos donde los exégetas, los estudiosos de la Biblia, dicen: "Esto tuvo que ser así porque tiene unos detalles demasiado explícitos, demasiado concretos como para ponerse a inventar". No, por ejemplo, que Jesús en la, cuando estaba la tormenta, Jesús estaba acostado sobre un cabezal en popa, creo que dice el evangelio. Oye, pues eso, hay uno de los que estaban allí que se acuerda. Jesús en ese momento estaba recostado allí, tal. Vale, pues eso dice, no es eso es verdad. Allí estaba Jesús recostado, dormido.
Momentos y palabras, y palabras de Jesús. Lo que se llama eh las verdaderas palabras de Jesús. Hay palabras en el evangelio, en los evangelios, que sabemos que son verdaderamente dichas por Jesús. Primero, porque están en todos los evangelios y coinciden. Y segundo, porque son demasiado, o sea, los evangelistas son demasiado concretos en la manera de decir esas palabras. A los pies de la cruz estaba Juan. Pudo escuchar perfectamente lo que decía Jesús. "Ahí tengo sed". Las las siete palabras, ¿no? Que celebramos, por ejemplo, por ejemplo, esas siete palabras.
Entonces, yo quiero que entendáis que lo que está ahí escrito es la acción de Dios en la historia de un pueblo, pero que se ha ido dando en transmisión oral. Estamos hablando de que Moisés, de que eh Abraham es de 1850 antes de Cristo. Estamos hablando de que Moisés es de 1250 antes de Cristo y todavía no se ha escrito nada. Ya pasó Abraham, ya pasó Moisés y todavía no se ha escrito nada. Lo primero que se escribe es el primer libro de Samuel. No es el Génesis. El Génesis es de lo último que se escribe. Los cinco, el Pentateuco, Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, es de lo último que se escribe en el Antiguo Testamento. Hermanos, ¿sabían eso?
Lo primero que se escribe del Antiguo Testamento, están de acuerdo bastantes exégetas, es el primer libro de Samuel. En el primer libro de Samuel aparece un hombre que es el rey David. Con David se empiezan a escribir cosas, con el rey David se empiezan a escribir sobre todo cosas litúrgicas, los salmos, cosas. Escribían las cosas, pues los cánticos, los himnos, los salmos que que que que hacían en las celebraciones. Y empiezan a escribir la historia de sus reyes. Eso es de lo primero que se escribe. Y ya después empiezan a darse cuenta: "Oye, pero es que a nosotros siempre se nos ha transmitido de nuestro padre Abraham, pongámoslo por escrito también". Y empiezan a escribir de Abraham, Isaac, Jacob. Y todo esto, hermanos, es impresionante. Ojalá podáis escudriñar un poquito la escritura, estudiarla, que es algo maravilloso.
Abraham. Con Abraham empieza la historia de la salvación. Si os fijáis, los 11 primeros capítulos del del Génesis, en los 11 primeros capítulos del Génesis tenemos lo peor de lo peor: la caída de Adán y Eva, Caín mata a Abel, la torre de Babel, eh el diluvio universal, Noé. O sea, los primeros 11 capítulos de Génesis, que es lo primero que está en la escritura, nos está mostrando la caída del hombre, el hundimiento de la humanidad, para empezar la historia de salvación en el capítulo 12 con un señor que se llama Abraham. Dios empieza la historia de salvación con ese hombre, Abraham. Salvarlo de qué? De eso que nos ha contado en los primeros 11 capítulos, la maldad de la humanidad. Y el Señor empieza esta historia con Abraham y empieza una historia con un pueblo. Rescata un pueblo. El Señor. A mí me ha gustado mucho siempre esto, que Dios no elige a un pueblo maravilloso. Dios no elige al mejor pueblo que había en ese momento en la tierra, porque había muchos pueblos, ¿verdad? Había muchos, los celtas, los íberos, los vikingos, eh los no sé qué. Aquí estaban los chipchas, los. Oye, ¿por qué no eligió a los mayas? El pueblo elegido, los mayas. ¿Por qué no o a los chipchas? ¿Por qué no eligió Dios desde el cielo, miró la tierra y eligió al pueblo más pobre, al más esclavo y al peor de todos, al pueblo de Israel, para hacer una historia con él, para hacer esta historia de salvación que culmina en Jesucristo?
Culmina en Jesucristo, hermanos. En Jesucristo está la plenitud de la revelación de Dios y la plenitud de la historia de salvación. Dios ha cerrado, digamos así, el círculo. Nos puso en el paraíso, somos unos necios y unos brutos, pecamos, nos vamos del paraíso por necios, y el Señor ha tenido que hacer una historia inmensa para volvernos al paraíso, para devolvernos al cielo. Y eso es todo lo que cuenta este libro.
Pasa que nos da cosa entrar, adentrarnos allí, porque tiene batallas, guerras, matanzas, no sé qué. Pues hay que saberlo interpretar con la mentalidad oriental. Por eso, muy importante, hermanos, muy importante que vayamos entendiendo el lenguaje de la escritura. Ya lo he dicho antes, pero lo repito ahora: entender el lenguaje de la escritura. ¿Qué quiere decir? Porque nos escuchamos en los evangelios, escuchamos las epístolas, las cartas de Pablo, escuchamos el Antiguo Testamento, y nos quedamos con que eso es una historia que pasó hace tiempo. Y eso no es verdad. Cuando decimos "Palabra de Dios, te alabamos, Señor", Palabra de Dios, estamos diciendo que Dios hace presente esa palabra hoy para todos nosotros. O sea, que Dios actúa en nuestra vida, que esa palabra se hace carne en nosotros. Por eso la escritura es un esqueleto, hermanos. Que si no le ponemos carne, no tiene vida. No tiene vida. De nada sirve que tengas ese atrilito con esa palabra allí.
Y no se trata de leerlo como si fuera una novela. No vas a entender nada. Te va a parecer una historia larga y aburrida. Es meter tu vida, meter tu vida, adentrarte allí, que tú, tú estás allí. Ves que se proclama la palabra. Yo no sé si tú te ubicas en ella. O sea, por ejemplo, si abrimos un evangelio y dice: "Al día siguiente, al enterarse de la numerosa muchedumbre que había llegado para la fiesta de que Jesús se dirigía a Jerusalén, tomaron ramas de palmeras y salieron a su encuentro gritando: ¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel". Jesús encontró un borriquillo y se montó en él, según está escrito: "No temas, hija de Sion; mira que viene tu Rey, montado en un pollino de asna". Esto no lo comprendieron sus discípulos de momento, pero cuando Jesús fue glorificado, cayeron en la cuenta de que lo que le habían dicho estaba ya escrito acerca de él".
Si se proclama esta palabra así, a ti, ¿qué te dice? Pues muy bien, que Jesús entró en Jerusalén montado en un burro. Y ya está. ¿Y tú dónde estás? Aquí. Tú dónde estás, metido en esta palabra. Pues hay una de dos: o eres Jesús, o eres el burro. Y aquí ninguno es Jesús. Así que ya sabes, ya sabes quién eres. Ojalá seas el burro. Ojalá. O quizá eres los que echan las ramas allí para que entre el Señor. Ojalá. O quizá eres el discípulo que no entiende nada cuando se proclama la palabra. Métete en ella. Métete en ella. ¿Qué te dice la palabra?
Qué bonito sería, hermanos, preguntarle a la gente, oye, antes, antes de la homilía, porque después de la homilía ya están centrados y ya están ubicados. Antes de la homilía, antes de decir nada, oye, tú, tú, a ti, ¿qué te dice esta palabra? Pero a ti, a tu vida. A tu vida que vives en adulterio, por ejemplo. ¿Qué te está diciendo esta palabra? Pues esta palabra me dice que tengo que dejar el adulterio, por ejemplo. No sé. Me dice que Dios me ama, que me quiere, que tenga paciencia conmigo, con mi esposo, con mi esposa. Yo qué sé. Es que la palabra nos ayuda en nuestra vida, hermanos. Te ayuda a tomar decisiones en tu trabajo, te ayuda a tomar decisiones con tus hijos, te ayuda a tomar decisiones en tu casa, en tu familia, en todo. Te ayuda a a la conversión.
"Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mis senderos". O sea, que sin la palabra de Dios andamos a oscuras. A oscuras. Tú te imaginas a oscuras, pues camina sin saber a dónde vas. Quizás aciertas, pero lo más probable es que no. O sea, si ahora pagamos luces, si las apagamos todas, no se ve nada, nada. Y si intentamos salir, si no encendemos un celular o cualquier cosa, si no hay luz, yo me estrello con esa banca, me caigo aquí, me rompo la cabeza. ¿Me entiendes? Y así andamos en la vida sin la palabra de Dios.
Cuando tenemos la palabra, cuando nos ubicamos en la palabra. Pero es que nos hemos conformado que el padre nos explique la palabra. Muy bien, el padre explica la palabra, pero yo te digo, y yo os voy a decir un secreto: cuando yo preparo la homilía, yo os digo lo que me dice a mí la palabra, a mí, a Eugenio. Y si eso os ayuda, maravilloso. Si, pero pero no os quedéis con eso. Qué bonito sería que vosotros, que sois los proclamadores, escudriñarais un poquito la palabra del domingo, la del domingo, primera lectura, segunda lectura, salmo, evangelio, que lo escudriñarais un poquito. Que vinierais aquí, ya habiendo saboreado un poquito la palabra. ¿Qué te ha dicho a ti esa palabra? Y entonces la predicación, la misma palabra, la predicación, todo, la misma Eucaristía te va a ayudar no solo a saborearla, sino a digerirla. Te va a ayudar.
Pero a veces nos quedamos con lo que dice el padre. Salimos por esa puerta y se nos ha olvidado lo que dice el padre. Si hizo un chistecito gracioso, pues nos quedamos con el chistecito gracioso. Que yo a veces digo algún chistecito, digo, por lo menos se quedaron con el chiste. Se acuerdan de algún chiste que dije el domingo. Ah, que sí. Se acuerdan del Evangelio. Tienen que pensarlo más. Ves, es que así somos. Es que así somos. Tienen que pensar. Ya sabes cuál es la palabra que vivimos ayer. Sí. Algunos no. Tienes que pensarla. Tienes que pensarla. Oye, ¿cuál fue? ¿Cuál fue? ¿Cuál fue? A ver, ¿qué dijo el padre? El padre habló ahí, dijo unas cosas como de eh la manera de entender que es diferente en griego, no sé qué. El padre también dijo algo. Y tienes que pensar. Ay, sí, ya me acuerdo. La palabra.
Si, sin embargo, si la tenemos escudriñada un poquito. Por eso a mí me gusta mucho la Biblia de Jerusalén, que es esta que está aquí. La Biblia de Jerusalén tiene, para mí es la mejor. Y no solo para mí, para la mayoría de las personas que saben, que saben un poquito de Biblia, es la mejor, porque tiene una traducción bastante acorde al texto original. Es una Biblia de estudio. Es una Biblia que tiene paralelos, o sea, que una cita te lleva a un paralelo del Antiguo Testamento. Entonces tú puedes ver muchas cosas de Jesús en el Antiguo Testamento y, etcétera. Y tiene pie de páginas que explican ciertas expresiones, ciertas palabras. Es genial. Incluso tú la puedes ir completando, porque no está completa, quiero decir, que puede haber más paralelos, puede haber más explicaciones. Y la puedes, la Biblia se puede escribir, la Biblia tuya se puede escribir, se puede rayar, se puede subrayar. Pues claro que sí. La tuya, la aquí no, la tuya, la tuya, claro que sí. Y la pones y pones, puedes poner al ladito lo que te dice. Mira, este día, esta palabra me ayudó.
Los salmos son estupendos, hermano, porque en los salmos está la oración de todos nosotros. Por eso siempre las eucaristías hay un salmo. Los salmos fueron hechos para ser cantados. Todos son canciones. Los salmos. No sabemos la melodía que tenían en esa época, pero sí sabemos la letra que nos ha quedado. Pero hay salmos de tristeza, hay salmos de de alegría, hay salmos de exulta, hay salmos de petición, hay salmos de grandeza, hay salmos donde exalta alguna cualidad de Dios, hay salmos para los enfermos, hay salmos para el que está sediento del Señor, hay salmos que son oraciones para el que está lejos de su casa. Hay, de todo. 150. 150 salmos.
Y el Nuevo Testamento, hermanos, no lo podemos. A ver, que hay gente que dice: "No, yo solo el Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento, eso para los judíos. Yo el Nuevo Testamento". Pues muy mal, porque Jesucristo, para que me entiendas, Jesucristo es como un árbol que florece en el Nuevo Testamento, pero que hunde sus raíces en el Antiguo Testamento. De manera que si tú a un árbol le cortas las raíces, pues no, no da fruto. No vas a entender nada. Por eso siempre hay una lectura del Antiguo Testamento en la Eucaristía, siempre, prácticamente siempre los domingos, me refiero. Entre semana a veces del Nuevo Testamento.
¿Qué es lo primero que se escribe del Antiguo Testamento? Entonces, ya les dije, primer libro de Samuel. ¿Qué es lo primero que se escribe del Nuevo Testamento? Alguno sabe. El Evangelio de Marcos. El Evangelio de Marcos. El Evangelio de Marcos es el primer evangelio que se escribe. Pero el Nuevo Testamento son más que evangelios. El Nuevo Testamento están los cuatro evangelios, están todas las cartas, está el Apocalipsis y están los Hechos de los Apóstoles. Entonces, de todo eso, lo primero que se escribe, dicen los exégetas, es la primera carta a los Tesalonicenses, en el año más o menos 50, 52 después de Cristo. La primera carta a los Tesalonicenses, mucho antes que cualquier evangelio.
Porque el nuevo Israel, que somos nosotros los cristianos, un poquito reproduce lo mismo que el Antiguo Israel: primero transmisión oral y después escrito. Las cartas. Las cartas eran cartas. Imaginaos que yo me voy de viaje un año a España, ¿no? Y desde allí os escribo una carta. Sigo siendo vuestro párroco, pero a distancia, y os escribo una carta. Entonces, la carta que escribe el párroco a su comunidad. San Pablo había fundado, por donde pasaba, iba fundando comunidades cristianas. Comunidades, eran comunidades judías, hermanos, sobre todo al principio. Iba a las sinagogas y tal, hasta que ya le sacan la piedra y dice: "Se acabó. A los judíos no les predico más. Yo me voy a los gentiles". ¿Os acordáis de esa de ese momento, ¿no? Pero él empieza a formar comunidades. Comunidades. En las comunidades había judíos y no judíos, pero todos vivían esa buena noticia del amor de Dios, de la su que había muerto por ellos, había resucitado. Entonces va formando comunidades. Las cartas de San Pablo son cartas que le escribe a esas pequeñas comunidades. Cuando decimos de la carta del apóstol San Pablo a los Efesios, no es que allí se paró uno en la plaza de Éfeso a leerle la carta a todo el mundo. No, eran la comunidad de los Efesios, era una pequeña comunidad de cristianos que quizá eran 10. Y San Pablo le escribe la carta. Y esa carta, como es tan buena, como les da tan buenos consejos, que además la mayoría de las cartas son consejos que les da, como les da tan, entonces se la pasan a los cristianos de Galacia, los Gálatas, y para que la tengáis, para si os sirve estos consejos también a vosotros. Ah, pero a nosotros nos envió otra carta. Venga, se la pasamos. Y entonces empiezan a circular las cartas de los apóstoles, del apóstol San Pablo, empieza a circular la carta del apóstol San Juan, de Santiago, empiezan a circular por las iglesias.
Entonces, imaginaos que esa carta que hoy has enviado de España, dicen: "Está buenísima, está deliciosa, qué buena, nos ha ayudado mucho. Vamos a llevársela a los Torcoroma también para que la tengan, para que la lean allí, no, igual les ayuda". ¿Entiendes? Es eso, se da esa dinámica. Y entonces empiezan las cartas. Pero después, el primero que escribe el evangelio, un evangelio, es Marcos, que no conoció a Jesús. Marcos. Y es un evangelio concreto, es el más corto, es el más chévere, porque va al grano. No cuenta grandes vainas, va al grano. Tin. Mirad, son el Evangelio de Mateo, que es más pesado. Mateo, el Evangelio de Mateo. [Aplausos] Son, son 28 capítulos. El de Marcos, 28 capítulos. Mateo, el de Marcos son 16. Lucas, 24. Y Juan. Juan tampoco tiene muchos, pero los que tiene son muy pesados. Juan tiene unos 20, si no me equivoco, 22. A ver, el de Marcos es el más concreto, hermanos. Tiene 20. Espérate, no, 21. Juan Marcos, cortito. Marcos escribe lo que ha escuchado, porque no estuvo allí con Jesús. Y ha escuchado, pues a los apóstoles, a la Virgen María. Porque la Virgen María tiene los datos de cuando nació Jesús. Es la única que estaba allí. Y entonces, ¿cómo saben que lo acostó en un pesebre y que tal, y que lo envolvió el pañal, y que llegaron los pastores, y que llegaron los Reyes Magos, y que, cómo saben eso? Pues porque lo contó María. Dijo María: "Pues esto sucedió así, así nació Jesús". Y les contó. Mira, y vino el ángel. Y me. ¿Quién sabe por qué llegó un ángel que se llamaba Gabriel a visitar a María y le dijo: "Alégrate, llena de gracia"? Pues María lo contó. Es ella, o quién estaba allí más. Si solo estaban Gabriel y ella, ni el pobre José, ni ni María. Y y lo cuenta. Pero era una tradición oral. ¿Por qué era tradición oral? Porque todos eran judíos y se transmitía todo oralmente. Pero en un momento dado dicen: "No, es importante que para nuestra liturgia tengamos esto, porque esto sí que es también palabra de Dios, porque esta es la plenitud de la revelación, nuestro Señor Jesucristo".
El Apocalipsis, que no lo entendemos. Por ejemplo, yo voy tocando cositas, no, a ver si alguna os ayuda. Pero yo no soy un biblista, ni he estudiado Sagrada Escritura. El Apocalipsis. El Apocalipsis, si tú lo entiendes, el Apocalipsis, según la tradición, lo escribe San Juan. No sabemos si, si tú lo entiendes. En un momento en el que están siendo perseguidos los cristianos, perseguidos brutalmente, están muriendo. San Juan quiere animar a los cristianos. Y cómo los anima, diciéndoles: "Pues ánimo, no os preocupéis, que el Cielo existe, que allí vamos a ser, vamos a estar con el Señor en su trono de gloria. Los mártires están allí, los que están dando su vida están con el Señor". Y entonces Juan escribe el Apocalipsis porque tiene estas visiones. Y ve, ¿qué ve? Todos los mártires, todos los que están dando su vida, allí en el cielo, con las túnicas blancas. Y cuando tú entiendes el Apocalipsis desde ese concepto, desde esa visión de que es un dar ánimo a sus discípulos, pues entonces lo puedes comprender. Si no, son fumadas que se pegó San Juan. Dices: "¿Qué cosa tan horrible? O sea, ¿cómo? ¿Por qué ve estas cosas? Porque ve un dragón. ¿Por qué ve una mujer que que que que que que tiene la luna bajo sus pies?". Pero, ¿qué se fumó Juan? No, no se fumó nada. Simplemente está dando ánimos, ánimos a sus discípulos. ¿Os dais cuenta?
Entonces, poder ir entendiendo esto poco a poco, poco a poco. Los Hechos de los Apóstoles, que es la pastoral que deberíamos de llevar todos adelante. Ahora que las diócesis se se gastan, no solo dinero, tiempo, dinero en sentarse en un escritorio a organizar planes de evangelización que no sirven para nada, para nada. Lean los Hechos de los Apóstoles. Ahí está el plan de evangelización. Ahí está lo que hay que hacer. Lean los Hechos de los Apóstoles. No se trata, "Ay, tenemos que reunirnos ahora en el Coliseo del Campín y hacer todos un gran encuentro sinodal". Está bien. ¿Y qué? O tenemos todos ahora que tener eh una lectio divina. Vale, muy bien. Bien, nos va a ayudar. Pero, ¿y cuál es el camino? Ahora, sentémonos todos y hagamos una encuesta y preguntémonos: "¿Cuál es nuestro fallo? ¿Por qué tenemos tan poca adhesión a Jesucristo?". Unas cosas, hermanos, rarísimas, unas cosas que se ha sentado ahí unos en un estudio a escribir eso, esos planes y esas cosas que no, que no, que no son. ¿Cuál? ¿Qué les dijo el Señor? Y de dos en dos, sin alforja, sin calzado, sin dinero, y anunciad la buena noticia. Punto. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, expulsad demonios. Esa es la pastoral. Esa es. No hay que inventar nada. Lee los Hechos de los Apóstoles. Predicaba Pablo, predicaba, daba su vida, eh, casi muerto muchas veces, viajaba para acá para allá, formaba comunidades. Las comunidades se reunían para la fracción del pan, que es qué, la Eucaristía. Al principio no hacía misa diaria. Eso vino después, con los años. Si tú vas allí, la fracción del pan, ¿cuándo era? El domingo. Hubiera sido LL cura en esa época y solo tenía una misa a la semana. Imagínate qué maravilla. Una misa. Luego, con el tiempo, uno se van dando cuenta a la Iglesia que es tan importante la Eucaristía que es necesario hacerla todos los días. Que nos ayuda. Todo esto, hermanos, todo esto es la escritura.
Todo esto los profetas. Me me vuelvo a saltar ahora al Antiguo Testamento. Los profetas. Los profetas que nos anuncian tantos profetas. Ezequiel, Jeremías, Baruc, Naum, Habacuc, Zacarías. Dije Isaías ya. Isaías. Todos los profetas anuncian la acción de Dios en el pueblo. Anuncian, exhortan, ayudan. Y el Señor envía profetas a nuestra vida. Entonces, cuando tú lees cualquiera de todos estos profetas que están aquí, cualquiera, Isaías, Amós, por ejemplo, Oseas. Oseas es genial, hermanos. Oseas. ¿Sabéis lo que hace Oseas? Alguno sabe lo que hace Oseas. Oseas le dice el Señor que se despose con una prostituta. Di: "Pero por qué, Señor, si es una prostituta, si me es infiel". Ah, "así ya sabes lo que siento yo con mi pueblo, que mi pueblo me es infiel y yo aún así me desposo con él". Imagínate. Eso, eso es el profeta Oseas, que es cortito, que es cortito. Son nada, a ver, son 13 capítulos. 14.
Los profetas. Isaías es un profeta que es más largo. Dicen que son tres personas, no una sola, que escribieron en diferentes momentos. Pero que, por ejemplo, en un momento de angustia, en el momento del exilio, cuando el pueblo había tenido todo, la tierra prometida, el templo, los reyes y todo, en un momento dado les invaden y los expulsan. Y viene, y viene en ese momento, como os he dicho antes, es cuando recopilan todo, porque no tienen nada. No tienen nada. El templo ya no tienen, no tienen la tierra, no tienen nada. ¿Qué tienen? Solamente la acción de Dios en su vida. La escriben. Dios ha actuado, sí. Entonces, va a volver a actuar. Tenemos la certeza de que va a volver a actuar. Si nos sacó de la esclavitud una vez, nos puede sacar de la tiranía de de esta opresión que estamos viviendo y nos puede devolver a la tierra prometida. Y los devuelve a la tierra prometida con Esdras y Nehemías. Podéis ver ahí toda la acción de Dios para devolverlos a la tierra prometida. Yo no sé si si os estoy hablando en chino. No lo sé, porque me miráis con unas caras, dice: "¿Esdras y Nehemías? ¿Eso qué es?".
Bueno, el Cantar de los Cantares. Hay libros en la escritura que se llaman los libros sapienciales, que son de sabiduría, que son un poquito más profundos. Está la Sabiduría, el Eclesiastés, el Eclesiástico, Cantar de los Cantares. Todos los salmos. El Cantar de los Cantares es espectacular. En un momento dado se prohibió su lectura, pues porque tiene cosas un poquito subidas de tono. Como por ejemplo: "Qué bella eres, amor mío, qué bella eres". Te lo está diciendo el Señor a ti. Cuando habla aquí, dice el Amado, cuando habla el Amado, está hablando Jesucristo a ti. "Qué bella eres, amor mío, qué bella eres". Mira que te diga eso el Señor, eh. "Palomas son tus ojos a través de tu velo". Elena, "rebaño de cabras que desciende del monte Galaad". "Tus dientes", a ver, va bajando, vale, a ver hasta dónde llega. "Tus dientes, rebaño esquilado, las ovejas que salen del baño, todas con crías mellizas, entre ellas no hay".
Una estéril tus labios, cinta escarlata, y tu hablar, todo un encanto. Tus mejillas, dos cortes de granada, se adivinan tras el velo. Tu cuello, la torre de David, muestrario de trofeos. Mil escudos penden de ella, todos paveses de valientes. Tus pechos son dos crías mellizas de gacela, paciendo entre azucenas.
Fijaros qué bonito lo que nos dice el Señor. Ya llegó a los pechos y sigue bajando. No, bueno, ven del Líbano, novia mía. Mira, esto es muy bonito. Ven del Líbano, novia mía, ven.
Llegaste del Líbano. El Líbano no es el pueblo elegido, el Líbano es, es el, el paganismo. Entonces, que el Señor diga, ven del Líbano, nos está diciendo, ven, ven del pecado, ven de allí, de, de tus idolatrías, de tu, de tu, de tus pecados, de tus, de esas tentaciones en las que has caído. Ven de tus debilidades, ven, que yo te quiero, amada mía. Es precioso, es precioso.
Pero si no lo entiendes, pues entonces, pues, pues, pues, o sea, si no sabes estas cosas, pues esto te parece una cosa horrorosa, unos poemas. Pues sí, muy lindos, pero pues que no me dicen nada. Mi vida, pero ah, es que el Señor me está diciendo que me quiere. Pero será que me quiere siendo infiel como soy, será que me quiere siendo sucia como soy. Sí, te quiere así. Esto es la historia de amor más grande escrita, hermanos. Esto que está aquí, la historia de amor más grande. Y es la historia de amor contigo, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, todos los libros que tiene la Sagrada Escritura.
Entonces, si lo han escrito personas, por qué, o sea, en qué momento se define la escritura. Y ya voy terminando, hermanos, que no quiero ser pesado. En qué momento se define la escritura, o sea, se dice, bueno, estos son los libros y ya.
Acabo. Pues bueno, eh, nosotros los cristianos cogemos, eh, el Antiguo Testamento del pueblo de Israel. Son escritos que ya tenía el pueblo de Israel. El Nuevo Testamento, en varios concilios, se va definiendo qué es, eh, qué libros entran en lo que se llama el Canon, o sea, que son definidos como verdaderamente palabra de Dios. Hay libros que no están en el Canon, pero que son de esa época. Hay cartas, escritos, evangelios apócrifos, que se llaman, que quiere decir como secretos, como escondidos, que no entraron en el Canon. No entraron porque la Iglesia dijo, primero, para entrar en el Canon, deben de ser escritos en griego. Segundo, que estén, que se usen en varias comunidades. No, ah, es que esta comunidad tiene un escrito desde hace mucho tiempo del apóstol San Pablo, pero alguna otra lo tiene. No. Entonces, no, que fuera un escrito considerado palabra de Dios en varias comunidades. Y segundo, escrito antes del año, creo que es más o menos el 100 después de Cristo. Lo escrito después no entra en el Canon. Es más o menos esa, esa época.
Entonces, en ese momento se define el Nuevo Testamento. Pero por cerrar algo, como por concretar algo, se podría haber, insisto, se podría haber escrito muchísimas cosas más. Bueno, eso es más o menos datos concretos de, de quién escribió.
¿Quién escribió los Salmos? Pues sabemos que algunos los escribió David, sobre todo el Salmo 50, que es el Salmo del Miserere. Misericordia, Dios mío, por tu bondad. Sabemos que es escrito en el momento más, donde ha tocado más fondo David, que sabéis que es el momento donde, eh, comete adulterio con, eh, Jezabel, donde mata a Urías, su esposo. Ese momento de mayor infierno de, de David.
No, no era como el afán de ellos, no era escribir. Daros cuenta que el afán de ellos era anunciar a Jesucristo. No les mandó escribir, no les dijo, vayan y escriban ahora todo lo que les he dicho. No, anuncien lo que, lo que aquí han vivido, anuncien la buena noticia. Todo tradición oral, porque eran todos judíos. María es judía, Jesús es judío. Jesús es judío, Jesús no es católico apostólico y romano, es judío.
Que el Señor actúa en nuestra vida, que la palabra de Cristo, la palabra del Señor, la palabra de Dios es viva, tiene vida y tiene la fuerza para para convertirte. Una palabra tuya bastará para sanarme. ¿No decimos eso en la liturgia? Eso lo dijo el centurión. Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Una palabra, una de todo esto, una, me transforma, me salva, me sana.
Por eso, cuando venimos a la Eucaristía, debemos de venir anhelando, como una esponja, absorber todo, todo. Desde un canto, una oración, la lectura, la predicación, todo, absolutamente todo. Una imagen, un cuadrito, el Cristo. Tú miras al Cristo. Igual un día no me escuchas la predicación, pero igual te la pasas mirando ese Cristo y termina la Eucaristía y estás contentísimo. ¿Qué pasó? No escuché al padre. No pasa nada. No escuché la palabra. Tranquilo, el Señor quería que te sentaras ahí a mirar ese Cristo y a darte cuenta, porque ese Cristo es una palabra de Dios también, que te está diciendo que ha dado la vida por ti y que te ama. La buena noticia. Esa es la buena noticia. Ahí la tienes. Hecha una imagen de yeso, pues ahí está, pero te ayuda.
Un canto. Hacemos un canto, pero, pero no porque te ayude, porque nos mete como, ay, qué canto tan hermoso y tan lindo. No, porque te ayuda lo que dice, te ayuda lo que dice, te exhorta, te ayuda, te mete la palabra. Es Jesucristo.
Os habéis dado cuenta que no, no nos da como palmaditas en la espalda nunca. Nunca nos dice, muy bien, qué alegría que estéis aquí en la Eucaristía, sois muy buenos, todos los mejores de la bella Suiza. Nunca, nunca te va a decir eso el Señor. Llega y nos da duro. Fariseos, hipócritas. A ver si te conviertes, a ver si dejas de amar tanto el dinero, a ver si dejas de pensar tanto en ti, a ver si te das cuenta que como estás, vas mal. Porque es lo que constantemente le decía a sus discípulos.
Yo no sé tú que te imaginas que era Jesús. Es que quizá esas estampitas que nos han metido por los ojos, donde está un Jesús así, todo, digo yo, edulcorado, todo mariconcito, parece a veces, ¿verdad? Todo bien depilados, bien la barbita, eh, el pelito. No sé cómo las mujeres son felices con ese Jesús. No, con el gamn que les ha tocado de esposo, porque ese Jesús es una maravilla. Ay, qué es divino Jesús, Jesús, Jesús. No era así.
Jesús es un tipo que entra al templo, pega cuatro voces y saca todo el mundo de allá con cuatro voces que pegó. Hace un látigo y saca y vuelca las mesas. Ese es Jesús. Jesús es un tipo que constantemente está exhortando a sus discípulos. Jesús es un tipo que con su mirada y con decir solo una palabra, solo sígueme, solo esa, todo el mundo dejaba todo y lo seguía. ¿Qué tenía Jesús? No, que que lo ponemos así, todo dulcecito. No, de dulcecito nada, de dulcecito nada.
Yo no sé si llegar aquí, si nos volcaba las mesas y todo, y al primero que le daba con el látigo era a mí, y después a ustedes, no crean que no. Hipócritas, me diría, hipócrita. Es un hipócrita. Les voy a decir una cosa. Hay dos momentos, ya para concluir, esto no tiene nada que ver con la escritura, pero ahora me acordé. Hay dos momentos donde el demonio a mí me engaña mucho en la Eucaristía, o sea, donde se quiere meter profundamente. Uno es ahí en la sacristía, antes de empezar, antes de empezar la Eucaristía. Di, eres un hipócrita, tú, ¿qué vas a salir allá a decir? Mira, mira, mira lo que eres, hipócrita. ¿Qué vas a, qué vas a hacer? Y sabes cuál es el segundo, en la Consagración. En la Consagración. Y no me estoy refiriendo a que suene un celular, eso a mí me da igual. Pero hay, no, siempre hay a veces en la Consagración, donde te vienen pensamientos, imágenes, porque el demonio quiere joderte ese, ese momento tan sagrado. Son esos, son los dos momentos donde el demonio a mí, personalmente, y hablando con otros curas, coincidimos, eh, sobre todo en lo de la Consagración, eh, donde el demonio se te quiere meter ahí, se mete para, para molestarte.
No me acordé por lo que estaba diciendo. Ahora sí, porque yo experimento la Eucaristía una cosa, aunque esto ya se sale del tema, pero bueno, experimento en la Eucaristía una cosa grandísima y de verdad que lo experimento siempre. Haga tres, cuatro, cinco, o hasta alguna vez que he hecho hasta siete Eucaristías en un día, y es que puedo estar cansado, puedo estar aburrido, puedo tener pereza, porque puede, puede darse, verdad, pero es empezar la Eucaristía y a mí me sucede algo que yo no sé explicarlo, que me, me, me, me transforma, me transforma el, el todo, todo. De hecho, digo a veces, digo, a qué pereza esta boda, no, yo, yo eso lo voy a hacer rapidito, yo no les voy a decir nada. No puedo. Empiezo la Eucaristía y termino con una homilía de 20 minutos diciéndoles de todo, porque no puedo, no me sale, no me sale, me sale el, el, el, el como ese amor a las personas que están ahí. Y eso es el Espíritu Santo, no soy yo. Eso es el. Yo sé que es el Espíritu Santo, que en ese momento, pues ayuda de esa manera.
No, eso dependiendo del estado de ánimo, sí, porque nosotros nos cansamos, los curas nos cansamos, nos curamos, nos aburrimos, nos da pereza, nos da jartera también, como tú con tu esposa. El domingo me sucede una cosa, que la misa de 6, es la que más me, de 6:30, la última, es la que más me disfruto. No sé si es porque sé que ya no hay más, o porque verdaderamente es como que ya me la gozo, me la, me la vivo yo mucho. Esa, las otras estoy un poquito más estresado. La, la primera, la de la del sábado en la noche, estoy un poquito estresado porque no sé todavía la predicación cómo, cómo, porque puedo tener, tengo unas ideas, pero no sé qué va a salir. Espíritu Santo, no sé por dónde va a soplar. Digamos que ahí se va armando ya un poquito la predicación, y ya en la de 8:30 y 10, ya está prácticamente definida. A veces el Espíritu Santo me mete alguna cosa nueva, a veces, a veces me quita alguna cosa, eh, pero ahí, ahí se va, se va, se va armando.
Si habéis vivido algunas varias Eucaristías el domingo, os habéis dado cuenta, pues, he hecho el mismo chistecito, eh, digo la misma anécdota, eh, intento llevar el mismo hilo conductor, pero es el Espíritu Santo. Entonces me voy ir como relajando, pero la de 12 me estresa mucho porque hay mucha gente. Eso me estresa a mí mucho. No crean que me encanta la de 12, me, me estresa, pero mucha gente me, me estresa. Y ya la de 5 y 6:30, que son un poquito más bajitas, aunque este domingo la de 6:30 estuvo también reful, ya, ya estoy, ya estoy como que ya lo que salga, bueno, eso.
Ahí es donde ahí tocamos un punto complicado, porque Judas no estaba predestinado por Dios a traicionar a Jesucristo, porque si no, entonces todos estamos predestinados a condenarnos o a salvarnos. Dios tiene una historia de salvación con todos nosotros, un plan, digámoslo así. Ese plan para cada uno de nosotros se puede llevar a cabo porque está tu libertad en ese plan. Hay un elemento que es tu libertad, el libre albedrío. Se puede llevar a cabo o no, depende de tu libertad. El plan de Dios.
Ahí, ahí no estamos en la mente de Dios. Bueno, Dios no tiene mente, no le podemos poner atributos humanos, lo podemos poner para medio explicar, pero no estamos, no somos Dios para saber cómo. Pero Dios quería salvar al mundo, que su Hijo fuera entregado. No sé hasta qué punto, eh, o sea, Judas, Judas podía haber entregado a Jesús, pero es que el problema de Judas no es que entregó a Jesús. Judas, yo siempre digo que pudo haber sido, sido un gran evangelizador, porque él sí podía haber dicho, yo lo entregué y me amó y entregó su vida por mí en la cruz. Hubiera sido impresionante, un apóstol maravilloso, un predicador, hubiera fundado comunidades. O sea, que el punto de él no es que lo entregó. Tú también lo entregas y todos lo entregamos. Y Pedro lo negó, que es peor, y tres veces además.
Judas se arrepiente. Judas se arrepiente. No, Judas dice que en un momento dado, devuelve las monedas, dice, no me he equivocado, se suicida porque no se perdona ese pecado. Sabe que ha pecado, sabe que ha fallado. Dicen algunos que Judas lo que quería era poner a Jesús en el límite para que actuara, pero lo que no se imaginaba Judas es que no iba a actuar, que precisamente eso era la salvación, quedarse como un cordero frente al matadero, no abrir la boca. Pero Judas lo que quería era, queremos el reino de Dios ya. Daros cuenta, la, ellos tenían la mentalidad judía del Mesías que venía a liberarlos de los romanos. Entonces, hay cosas de Jesús que no entiende nadie. Los discípulos no entienden. Por ejemplo, al que te obligue a andar una milla, vete con él dos. Pero cómo así, vaya Mesías es este, si lo que necesitamos es que nos quite al que nos está obligando. Al que te pegue en la mejilla, ponle la otra. Pero cómo así, no, no necesitamos un revolucionario, necesitamos un tipo que, que acabe con todo, que mande sus ángeles del cielo y arrase con todo.
Entonces, dicen que Judas lo quiso poner en ese momento, ya como que veía que no pasaba nada, entreguemos para que actúe, para que ahí sí se cargue a todo el mundo y bueno, que haga su magia y su vaina. Pero eso es un tema interesantísimo. Es que dices tú de Judas, hasta qué punto esto, porque acuérdate que en la Última Cena dice, en ese momento entró el, en él. Hasta ese momento no, o sea, que hasta ese momento pudo echarse para atrás, a pesar de tener ciertos pensamientos.
Hay momentos en nuestra vida donde ya no hay marcha atrás, ya no hay vuelta atrás, ya no hay vuelta atrás. Por eso es muy importante no jugar con el demonio. No, porque el demonio ya te llega un momento que tú te crees su engaño y ya has tomado una decisión. Dices, voy a actuar. No, por ejemplo, eh, no sé, frente al adulterio. Hay un momento ahí donde tú puedes estar coqueteando con otra vieja, donde tú puedes estar ahí pasando ciertos límites que no deberías de pasar. Por qué, por, a ver, no sé, decirle a la secretaria que hoy ha venido muy linda. ¿Es pecado? No, no es pecado, no es pecado. No es pecado, pero te estás empezando a exponer en un, en algo muy complicado. Escribirle un WhatsApp diciendo, dándole, oye, por qué no nos tomamos un café. Tomarse un café es pecado, así sea con una mujer bonita. ¿Es pecado? No, no es pecado. Tomarse un café no es pecado. Ir al cine es pecado con una mujer que no es la tuya. Pues no, no es pecado. No es pecado. No, ¿dónde? ¿En qué mandamiento dice, no irás al cine con otra que no sea tu mujer? No, no dice. Entonces no es pecado, pero ya empiezas a exponerte de una manera impresionante. Además, tú sabes que si vas a tomar tu café o que si vas al cine o que si vas a su casa, ya sabes lo que va a seguir. Entonces, tú en ese momento, ya podemos decir que es como Judas, ya ha entrado el demonio en ti y ya has dicho, café. Y el pus, café también, lo que, lo que surja. No.
Entonces, eh, es lo de Judas es muy, muy curioso, muy bonito. Se han escrito muchos libros de eso. Pobre Judas. Además, yo tengo una teoría, pero esta es mía, no, no es de fe. Judas muere antes o después que Jesús. Pues muere antes, ¿verdad? O por lo menos antes de que Jesús resucite. Cuando Jesús baja al infierno, ¿será que se encontró con Judas? No. Entonces, ¿dónde estaba Judas? Judas se arrepiente, pero, pero, cometió un pecado gravísimo, suicidio. Pero, pero bueno, Jesús vino por todo. Por eso.
Entonces, cuando lo que te quiero decir, Jesús ha venido a salvar a todos, pero se salva el que quiere. Y el que no quiere salvarse, no se quiere salvar. Judas, pues no quiso. Pero, pero hay una intervención divina ahí muy grande, que es que, por eso la pregunta que te he dicho, cuando Jesús baja al infierno, ¿se encontró allí con los que estaban allí? De hecho, baja al infierno, según la tradición, para liberar a todos los que estaban allí. O sea, que si Judas estaba allí, resulta, hermanitos, que quizás Judas subió al cielo con él. No lo sé, no lo sé, no lo sabemos. No, si sacó a todos de allí o dijo, a todos menos este desgraciado que me entregó, este que se joda, que se pudra ahí. Todos los demás, venga, vamos. Es un misterio. No, no sé. Es una manera que yo, que yo, que ahora por si acaso. No, no la. Sí, tanto el Señor ya descendió a los infiernos y el Señor desciende a nuestros infiernos constantemente. Y lo vemos en el Sacramento de la Confesión, lo vemos en el Sacramento de la Eucaristía, lo vemos constantemente como el Señor desciende a nuestros infiernos. Yo no sé si ustedes tienen esa experiencia de que Jesús haya descendido a tu infierno, cuál fue tu infierno, y que Jesús ha descendido allí, te ha sacado, ha resucitado, te ha llevado al cielo. A mí sí.
Descendió a mi infierno y mi infierno era que yo creía que nadie me amaba. Yo siempre creí desde pequeñito que nadie me amaba. Y incluso llegó un momento que yo hice una lista de las personas que no me amaban y en esa lista estaba todo el mundo. Fíjate, yo tendría 9, 10 años. Y desde pequeñito el demonio a mí me dijo eso, a ti nadie te ama. Y me lo creí, me lo creí. Ese fue mi infierno. Pero hubo un momento donde el Señor descendió a ese infierno y me sacó de allá. Y fue el 30 de abril de 2005. Y no se me olvida nunca la fecha. Y no se me olvida nunca quién lo anunció. Y no se me olvida nunca dónde estaba yo. En el estadio de fútbol del Ajax de Amsterdam, allí en un encuentro de jóvenes. Un señor llamado Kiko Argüello, que es el iniciador del Camino Neocatecumenal, predicó, hizo un kerigma, un anuncio de la buena noticia que llegó a mi vida. Y porque me di cuenta en ese momento, cuando estaba escuchando esa predicación de un señor que no es cura, cuando estaba escuchando esa predicación, me di cuenta que sí había uno que me amaba. Toda la vida había creído que nadie me amaba y resulta que había uno que sí me amaba y que me amaba además. Como yo era, eso me impactó. Eso fue impresionante, hermanos, para mi vida. Y en ese momento, pues, eh, se, como que fue el antídoto para ese veneno que estaba circulando por mis venas de la serpiente desde hace tantos años. Ese fue el antídoto, el anuncio de la buena noticia, el amor de Dios. Eso cura, eso nos cura.
Por eso, no sé si os habéis fijado, o al menos lo intento, no sé si lo consigo, siempre, pero lo intento, predicar siempre el amor de Dios, porque eso transforma la vida de las personas. En ese momento el Señor me saca del infierno, me saca del infierno y me lleva al cielo. Eh, me lleva al cielo con él. Quiere decir que no volví a pecar. No, sí, yo seguía siendo la misma porquería, pero me sentí amado. Ahora, eso es lo que cambió, que ahora la mierdecita se sentía amada. Fue genial. Y es en ese momento, después de anunciarme esa buena noticia, ese amor de Dios, después de que me curó, me llamó ese mismo día. Después de anunciar el kerigma, la buena noticia, hicieron un llamado vocacional. Fíjate cómo es la cosa. Me cura y me llama. Cura ese engaño del demonio y me llama. O sea, que me sacó del infierno. Ahora, yo me sigo metiendo todos los días en el infierno, no, porque soy necio, me meto. Y el Señor me sigue, me sigue sacando. Yo necesito confesarme también, exactamente. Yo necesito confesarme.
Y bueno, pero hay algo que no me quita el demonio y no me lo va a robar nadie, y es el amor de Dios. Eso no me lo quita el demonio ya nunca. Ya no me engaña por ahí. Me engañará con ese amor. Yo soy feliz. Por eso puedo, puedo ser feliz en el celibato, por ejemplo, sin novia, sin moza, sin amante y sin, sin esposa, y ser feliz. Es un combate, por supuesto que es un combate. Otro día os hablo del combate mío, pero es un combate, claro. ¿Por qué? Pues porque tengo 39 años y mi maquinaria funciona mejor que la tuya. Claro, porque está 0 km. La tuya está muy usada ya. La mía está nuevecita. Entonces, por eso, por eso es un combate. Por eso es un combate. La tuya está ya oxidándose. Bueno, hay que echarle aceite, me entendéis. Entonces, es un combate, pero el Señor me ayuda y, y, y el poder predicar, el poder darme el poder preparar la homilía, poder, todo, todo esto, visitar un enfermo hoy, visitamos dos enfermos. Todas estas cosas, hermanos, que muchas veces me cuesta, pero por amor, el Señor me, me lo compensa inmensamente. Y no necesito acostarme con nadie. No.
Entonces, bueno, eso. Pero nos hemos salido mucho del tema. Entonces, ya acabemos. Hacemos una oración y nos vamos.