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Argentina. Los niños de la infamia

Más que crónicas34:42

Transcription

¿Y te han dicho tus abuelos por qué se llevaron a tu mamá? Sí. ¿Por qué? Según ellos me contaron, era porque ellos querían que nosotros tengamos algo mejor de lo que teníamos. Cada jueves, en Buenos Aires, la ronda patética de las madres de Plaza de Mayo proclama que no basta con juzgar a los integrantes de las juntas militares, que aún queda pendiente esclarecer la suerte corrida por los desaparecidos, y que la justicia debe castigar también a cada uno de los verdugos de la dictadura que todavía continúan en sus puestos de la policía y las fuerzas armadas.

Entre los miles de víctimas del terror militar se encuentran centenares de niños, criaturas que vieron cómo los escuadrones de la muerte se llevaban a sus padres o que fueron detenidos y desaparecieron junto a ellos, niños de la infamia, cuyos testimonios constituyen la mejor definición del carácter de la dictadura. Leticia, ¿cuántos años tenías tú cuando se llevaron a tus papás? Yo tenía tres años. ¿Y te acuerdas de cómo fue? Sí.

Cuéntanoslo. Yo un día estaba en en mi casa con mi mamá, mi hermano, que tenía un año, y mi prima. Estábamos en el fondo de mi casa, mi mamá estaba lavando ropa. No me acuerdo si era tarde, temprano, mañana, eso no me acuerdo. Pero me acuerdo, mi hermano estaba durmiendo, se despertó, mi mamá le estaba dando la madera a él.

De repente, golpean la puerta. Entonces, mi mamá deja a mi hermano en la cuna y va va a abrir la puerta y aparecen un montón de hombres con unas medias en la cabeza, no no se podía ver la cara. No me acuerdo muy bien lo que le decían. De repente empezaron a entrar hombro y hombro y hombro y a mi mamá se la llevaron a a un patio que teníamos nosotros, que eso sí me acuerdo muy bien. Yo fui atrás y le agarraron le agarraron las manos, se la ponían así en la espalda, y con unos palos grandotes le pegaba en la espalda, porque me parece me parece que no sé qué estaban buscando, pero yo eso muy bien, muy bien, no lo recuerdo.

Después se, a ella se la llevaron y después de ahí no recuerdo más nada. ¿No has vuelto a ver a tu mamá nunca? ¿Y te han dicho tus abuelos por qué se llevaron a tu mamá? Sí. ¿Por qué?

Según ellos me contaron, era porque ellos querían que nosotros tengamos algo mejor de lo que teníamos. Y de eso me ha contado más, qué sé yo. Leticia, ¿y tú crees que tu mamá vive y va a volver o 0 no? Yo tengo muchas esperanzas, pero por dentro mío, no sé, hace ocho años que se la llevaron. No sé.

Leticia, ¿quién se llevó a tu mamá? ¿Eran militares, eran policías? ¿Qué te han dicho? Decirme no no me han dicho nada, pero así, hemos comentado que eran los militares, se supone, ¿no? Pero después ¿Y tú qué crees que habría que hacer con las personas que secuestraron e hicieron desaparecer a tu mamá?

Para mí habría que ponerlos en la cárcel y que la justicia diga, porque, por ejemplo, por lo que se sabe, han hecho torturas y todo, y si nosotros, por ejemplo, lo pondríamos en las torturas, estaríamos en el mismo lugar que ellos. Van a ser así, pienso yo. Entonces, ¿tú no crees tú lo que crees es que hay que futurarlos? Claro. ¿No crees que también habría que hacerlos desaparecer?

Para mí que la justicia de si desaparece está. El veinticuatro de marzo de mil novecientos setenta y seis, la barbarie, incubadora en los sótanos del gobierno de Isabel Perón, vestía sus uniformes militares y asaltaba la casa de gobierno. Todas las dictaduras son abyectas por su propia naturaleza, pero pocas han cometido crímenes tan numerosos y execrables como la inaugurada por el general Videla. Presentará lamento como presidente de la nación argentina Yo, teniente general Jorge Rafael Videla, comandante general del ejército argentino. Juro por dios, nuestro señor y estos santos evangelios desempeñar con lealtad y patriotismo el cargo de miembro de la junta militar.

Como receta frente a una izquierda armada y dogmática, se dio al país un baño de sangre, mientras los más privilegiados y muchos demócratas de hoy cerraban los ojos. El terror se extendió y se profundizó sin límites, alcanzando a todos, incluso a los niños, que ni siquiera se libraron de los potros de tortura. Cómo se se implementaba la tortura en los chicos de menores de diez, once o doce años, que el doctor Verges, que es un médico de policía de la provincia de Buenos Aires que está detenido, decía que después, pasados los veinticinco kilos, podía recibir tortura, y se ponía a la al padre, a la madre y arriba al chico, y se le se le aplicaba corriente eléctrica, por intermedio de un transformador que se iba elevando esa corriente. Cuando la corriente no era suficiente, se cambiaban los cables y se le ponía directamente dos veinte, corriente continua. Después, no interesaba si en ese momento el chico se moría, si no se moría, si la madre se moría, si no se muere.

Lo único que interesaba era que sacar los datos para seguir la investigación de la lucha contra la sumercia. El destino de cientos de niños detenidos junto a sus padres se confunde con el de los hijos de las mujeres que estaban embarazadas en el momento de su apresamiento. Secuestrados, arrebatados a sus madres, los niños serían regalados a las esposas estériles o caprichosas de quienes manejaban la máquina de matar, o serían vendidos como parte del botín de guerra de los oficiales. Muy pocas mujeres tuvieron la suerte de Adriana Calvo, que parió estando presa y conserva a su hija, porque la mayoría de los niños desapareció en manos de los verdugos de la dictadura. El quince de abril comencé con el trabajo de parto.

Este, yo estaba en la Comisaría Quinta de La Plata en ese momento, y mis compañeras comenzaron a pedir ayuda. Bastantes horas después, cuando el vendada y esposada con las manos atrás. Me pusieron en el asiento atrás, delante iban dos hombres, y a pesar de que me dijeron que me llevaban a a un hospital a tener mi criatura, tomaron rumbo a Buenos Aires. De la ciudad de La Plata a Buenos Aires es un camino largo de cincuenta kilómetros y, más o menos, a mitad de camino yo les dije que mi beba ya estaba por nacer. Allí pararon en la banquina durante algunos minutos.

En ese tiempo una de las personas que estaba adelante en el auto sacó un trapo de la guantera y sacó un trapo de la guantera y ataron el cordón umbilical de la niña y así seguimos viaje. Una chiquita iba todavía unida a mí por el cordón y en el piso del auto. El viaje duró una media hora más hasta que llegamos a lo que hoy sé que es el pozo de Banfield. Allí nos dejaron a las dos solas en el auto durante aproximadamente una hora y media o dos. En ese momento cuando me di cuenta que estaba sola alcancé a agarrar a mi beba y ponerla sobre el asiento del auto.

Al tiempo llegó un médico que cortó el cordón y me hizo subir por los guardias a mí y a mi beba, este, a un lugar donde había una camilla. Me hicieron acostar en la camilla y este médico procedió a sacarme la placenta. Y luego rodeada de guardias, a los que aparentemente les parecía muy graciosa la escena, y en medio de los insultos y las burlas me hicieron lavar el piso, lavar la camilla, este, levantar mi placenta. Cuando supusieron que todo estaba en orden, recién allí me dejaron agarrar a mi beba para poder limpiarla y darle un poco de calor. Esa noche pude dormir en una cama y, a la mañana siguiente, me subieron a otro piso más, donde tuve la suerte de encontrarme con otras más, donde tuve la suerte de encontrarme con otras compañeras que ya había conocido durante mi secuestro en La Plata.

Ellas me dieron mucho ánimo, me ayudaron con mi bebé, yo era la la única que había logrado conservarla, porque pocos días antes se había producido otro parto en el mismo lugar, esta vez en el pasillo de las celdas, y con la única ayuda de que les alcanzaron un cuchillo de cocina para cortar el cordón, y se habían llevado a la bebé inmediatamente. Así que, bueno, mi temor era terrible de que pudieran llevársela. Por suerte, esto no ocurrió. Estuve trece días allí con Teresa, por supuesto, sin ropa y sin comida, la alimentaba yo, y después de trece días nos pusieron a las dos en un auto y nos dejaron en libertad. ¿Dónde están todos estos niños buscados por las abuelas de Plaza de Mayo, cuyo rastro se pierde tras los barrotes de las comisarías y los muros de los cuarteles?

Se conocen los datos de ciento ochenta y dos criaturas desaparecidas, aunque, sin duda, hay muchas más. Se han localizado solo treinta y una, de las cuales cuatro eran ya cadáveres. Apenas una docena de niños recuperados viven otra vez con sus familias verdaderas o esperan que una justicia lenta y corrupta les entregue a ellas. La búsqueda y restitución de los niños es un trabajo de un chiquito porque alguien nos ha hecho llegar una información de dónde se puede encontrar, dónde está, con quién está. Empezamos un trabajo de detectives, a veces, lento, y muy, pero muy difícil, porque la gente tiene mucho miedo, porque no sabemos con quién nos vamos a encontrar, con quién que nos tergiverse los datos, incluso.

Después de, a veces, años de búsqueda y completar esos datos que nos faltan, llegamos a tomar contacto con la familia que tiene la criatura, siempre que sean familias del pueblo. No así cuando el niñito está en poder de un represor. En ese caso, vamos directamente a la justicia, apoyados por nuestro equipo jurídico. Y en todo momento cuidamos la restitución del chiquito que sea hecha con los mayores recaudos para que no sufra, para que no tenga ningún trauma en el futuro. Para ello nos ayudan los equipos psicológico y médico de nuestra institución.

Juan Pablo Moyano es uno de los pocos niños que han sido recuperados. Las Fuerzas Armadas lo secuestraron junto a su madre cuando aún no tenía año y medio, pocos meses de que su padre fuera encarcelado y desapareciese en la escuela de mecánica de la Armada. Ahora, Juan Pablo vive con su abuela y su tía tratando de olvidar los siete años que pasó en poder de una mujer de vida turbia que lo maltrataba. Lo maltrataba. Juan Pablo, ¿qué pasó con tu papá?

No, gracias a Dios. ¿Qué es eso? ¿Qué pasó? No, tú sí sabes que desaparecieron. Es más, te desaparecieron, ¿sí?

Bueno, entonces contesta lo que sabe. Qué bueno, te te parecieron más. Yo hace dos años que tengo el nene que me lo entregaron, el juez. Y, lógicamente, la criatura un poco medio admirado de las cosas que estaban pasando, para él era todo mucha novedad, muchas cosas. Y, claro, llegó Alria que me preguntó de los padres, y yo me tuve que morder el el corazón, si se quiere, para no decirle exactamente la verdad, o sea, la crueldad que le había dicho la persona que lo tenía, que sus padres mataban a gente, ponían bombas, y después la policía los mandó ahí.

La psicóloga de la del juzgado, al saber eso, bueno, él se lo ella se lo explicó de de distintas maneras, porque un niño de seis años no se puede tener esa crueldad. Y cuando lo tuve yo y él me preguntó a mí, yo le dije, mirá, ontalo, si yo te digo que sí, que tus padres viven, te miento, si te digo que no, también, porque yo no lo sé. Pero, mira, van van cuando te desaparecen las personas, más vale que pensemos que han desaparecido, que después sea lo que dios quiera. Este, y entonces nosotros vamos a orar por ellos siempre, a dios. Porque si están vivos la oración les hace falta, y si están muertos, más todavía.

Así que dirigémoslo todo en manos de dios, que sea lo que dios haya querido. Y así lo he podido dulcificar mucho a este nene con el pensamiento de los padres. Él pregunta mucho por su padre, más que por la madre. Los análisis inmunológicos sirven para establecer la verdadera identidad de los niños secuestrados. El denominado índice de Abuelismo permite determinar el parentesco con una certeza casi absoluta.

En los laboratorios, junto a las cifras de los análisis, se guarda un dato conmovedor. Muchas abuelas, pendientes aún de localizar a sus nietos y sabedoras de que la vida que les queda será corta, dejan su sangre en depósito para que algún día pueda servir para aclarar la personalidad de los seres a quienes en su infancia les fue robada la identidad. El índice de abolismo nos está mostrando la posibilidad que tiene este niño estudiado, la probabilidad de que tiene este niño estudiado, de pertenecer a la familia que lo reclama. Y hasta esta hora hemos estudiado seis casos con las familias completas y los niños, y los resultados han oscilado entre un noventa y ocho y noventa y nueve punto noventa y ocho por ciento de posibilidad de inclusión de este niño en la familia que lo solicitaba. Hola.

Cuando solo tenía veintitrés meses, el dieciocho de mayo de mil novecientos setenta y ocho, la niña Paula Eva Logares fue detenida en Uruguay junto a sus padres. El rastro de estos se pierde poco después en la comisaría argentina de San Justo, y fue, precisamente, el jefe de esa dependencia policial quien se apoderó de la niña, inscribiéndola como hija propia gracias a un certificado de nacimiento falso. La pequeña Paula vivió con la familia del comisario La Ballén hasta que alguien identificó su fotografía en los anuncios publicados en los periódicos y denunció anónimamente su domicilio. Las abuelas de Plaza de Mayo presentaron el caso ante los tribunales y las pruebas sanguíneas forzaron al juez a entregar la niña a la abuela que la reclamaba. Este señor que la tenía era un miembro de la represión.

Era, este, comisario de la Brigada de San Justo, lugar por donde pasaron, estuvieron detenidos, desaparecidos los padres de Paula, y de donde posiblemente ha sido tomada Paula. Yo no sé si él hizo el operativo que él tomó la nena en el momento del operativo o la tomó de los brazos de los padres adentro de la de la Brigada de San Justo cuando ellos llegaron allí. Esto, en realidad, tendrían que averiguarlo los jueces, no Hasta ahora no se han molestado en averiguarlo. Paula nunca había hablado de la desaparición de sus padres ni sobre el matrimonio que durante más de seis años la tuvo secuestrada. Inesperadamente, lo hizo ante nuestras cámaras, justo cuando el juez que entiende su caso se dispone a conceder al policía La Ballén el derecho a ver periódicamente a la niña.

Paula, ¿qué pasó con tus papás? Ellas desaparecieron. Espera, vamos a poner a Jasper aquí. Ven, Jasper. ¿Tus papás desaparecieron?

Ajá. ¿Cómo desaparecieron? ¿Te lo han dicho? ¿Cómo? Lo secuestraron.

¿Lo secuestraron? ¿Por qué lo secuestraron? No sé. Paula y tú, después viviste con unos señores. Ajá.

Que se llamaban, ¿cómo se llamaban? El hombre entero es. Era Rubén Luis Lavayen, yo te decía, y Raquel ¿Y desde que te devolvieron a tu abuela tú no los has vuelto a ver? No. Sí, los vi.

¿Los viste dónde? Me operaban en la puerta de las paredes y yo no quería. ¿Tú no querías verlos? Sí. ¿Por qué razón?

Porque ellos son malos. ¿Son malos? Ajá. ¿Y por qué crees tú que son malos? Ellos secuestraron a mis padres.

Y en este momento estamos ante la disyuntiva de que el la la cámara federal le concede a este señor las visitas a Paula. Esto es bastante bastante doloroso, primero y fundamental porque ella no quiere. Ella no quiere y es muy es muy difícil poner a una criatura de nueve años frente a la disyuntiva de tener que decir no a la gente. Porque esto ella lo puede decir adentro de casa, pero afuera no porque es muy chica. Y otra porque yo sé que fue el carcelero de mis hijos, así que me resulta muy muy difícil llevarle a la nena a este señor.

Y por otro lado, tampoco la justicia se ha molestado en preguntar, ¿dónde están los padres de Paula? Él lo sabe. ¿Dónde, de dónde tomó la nena? Él lo sabe. Y, bueno, esto esto hace que que estemos, sigamos luchando y vamos a luchar con toda la fuerza que podamos para que para que estos encuentros no se produzcan, porque son muy violentos, ¿no?

Es sentar a la víctima con el victimario, es es, este, para mí es una cosa aberrante, es una humillación que que realmente a esta altura de de la democracia y a esta altura de la vida de Paula y la mía, yo creo que que es muy muy doloroso de superar, ¿no? Nos encontramos ahora con jueces que demoran meses y meses para resolver estos casos, para producir las pruebas de sangre que permiten la inmediata identificación de si este niño pertenece a esta familia familia o a aquella familia. E incluso, en estos días estamos tropezando con una niña entregada a su abuela y que el juez pretende que el represor que la secuestró, que la tuvo fraudulentamente, tenga visitas con ella. Pero al lado de esto están esos ciento y pico de casos de nietos no detectados. Y entonces, yo le estoy diciendo al presidente de la nación, lo he dicho en la propia cámara de diputados, doctor Alfonsín, ayer, diciembre de ochenta y tres, hoy, llame al jefe militar de turno y dígale, no me puede devolver la vida a los desaparecidos, bueno, pero acá hay vida.

Y, entonces, a estos niñitos, por favor, en cuarenta y ocho horas tráigamelos sí o sí, como decimos los argentinos. Que nunca se busca bastante, que los esfuerzos oficiales son mínimos, es algo que sabe bien el matrimonio gótica. Detenidos, separados de sus hijos, que les fueron arrebatados en noviembre de mil novecientos ochenta y dos, han pasado años buscándolos. Tuvieron suerte porque su hijo Felipe cayó en manos de una familia de buena fe que ha devuelto el niño y con la que han desarrollado una íntima amistad, y porque acaban de recuperar a su hija Eugenia retenida por un policía, pero son otra excepción. No faltan voces en Argentina que se oponen a la devolución de los niños desaparecidos a sus verdaderas familias, teniendo que ello signifique un choque afectivo dañino para sus personalidades.

Sin embargo, los psicólogos coinciden en rechazar tales argumentos y defienden la necesidad de recuperar la verdad. Este secreto, que no es cualquier secreto, este ocultamiento de la verdad, esta mentira que estos pseudo padres ejercen sobre estos niños, esta mentira que estos pseudo padres ejercen sobre estos niños no es cualquier mentira, es el ocultamiento de un horror, y este horror latente tiene tal eficacia que de alguna manera pervierte como un cáncer, se infiltra, y la única manera de poder lograr que estos niños tengan una salida a la salud es hacer drenar esta especie de cáncer o de quiste, y la forma de drenarlos es, de alguna manera, ayudarlos al acceso de la verdad y al retorno a su familia de origen. Por eso diferenciamos rotundamente la adopción de la apropiación. La apropiación no puede ser jamás un proyecto de amor, es siempre un proyecto perverso. Muchas otras criaturas sufrieron las consecuencias de nacer y vivir bajo el terror.

La represión golpeó a niños de todas las edades, desde recién nacidos a casi adolescentes. Un ejemplo de la falta de límites de la barbarie fue la llamada noche de los lápices, nombre con el que se conoce la detención de catorce escolares entre los catorce y los diecisiete años. Su delito había sido protestar contra el precio del autobús del colegio. Detenidos, vejados, torturados, tan solo uno sobrevive. Los trece restantes desaparecieron entre los engranajes de la máquina militar.

El relato de Pablo Díaz contrapone la inocencia infantil a la perversidad de los verdugos. Somos interrogados por los represores, que eran de la fuerza de seguridad. Los interrogatorios consistían en picada eléctrica, golpes, a las chicas, las violaban, y las preguntas en sí era cuál era nuestra actividad dentro del colegio secundario. Esto en Arana era explícitamente tortura, todo tortura física. Nosotros estamos aproximadamente seis, siete días, y después somos trasladados a Banfield.

En Banfield las condiciones eran que estábamos vendados, atados, encabcabozas individuales o no, Con soga consistía en una soga al cuello, la soga al cuello atrás, necesitábamos atados a las manos, cosa que si nos tirábamos para para abajo, nos ahorcábamos nosotros mismos. La la venda consistía en un algodón y después en una cinta adhesiva, cosa que en el verano o en invierno cuando había mucho calor, eso transpiraba y se mojaba el algodón a través de propias lágrimas, y eso se iba pudriendo. A los seis meses ya teníamos todos los ojos totalmente yagados y podridos. Yo terminé en las condiciones, bueno, sin ver, estuve veinte, un mes totalmente ciego. De Del recuerdo que tengo de todos ellos, indudablemente, resalta el de Claudia Falcone, que tenía dieciséis años, y era con la que yo más hablaba, por estar a espaldas míos, ¿no?

Un calabozo de por medio. El, bueno, hablábamos permanentemente, nos contábamos cosas, la, como yo digo siempre, la relación, esa relación que nace entre el llanto, el silencio y la tortura, ¿no? Es muy, muy especial, se manejaron valores muy especiales, solidaridad mutua, el querer los dos darnos fuerza, fue llevando una relación indudablemente muy hermosa. Cuando nos enteramos de que a mí me van a trasladar, yo le pido a un guardia que me deje ir a que me deje verla, que me deje estar en la celda con ella, que me deje unos minutos, unos segundos, por lo menos, para para levantarnos la venda y vernos, ¿no? Este, estar, bueno, en la intimidad y de y decirnos por ahí con la mirada muchas cosas que no sé, o 0 poder darle la mano, que significaba muchísimo por el por el motivo este de que a mí me trasladaban.

El guardia accede y yo me deja diez minutos con ella en el calabozo, levantamos las vendas y ella una de las cosas que me dice es, no me toque porque fui violada. Ella era una era permanente en ella, este, esto que le había pasado, ¿no? Decir que a ella le había pasado. Ella decía que nunca iba a poder hacer mujer por el hecho de que había sido violada y manoseada. Ella tenía dieciséis años.

Bueno, de todo el respeto que le tengo a todos ellos, siempre me guardo algo muy importante, que fue esa relación con ella. De ahí, el día que a mí me trasladan al otro día, me vienen a buscarla a la noche, y ella una de las cosas que me dice, o sea, que todos nos estamos saludando, de que siempre lo recuerde a todos ellos, de que siempre lo recuerde a ella todos los treinta y uno de diciembre, que levante la copa porque ella ya estaban muertos. Se le había escapado un poco de esperanza y de fe al ver que a mí me trasladaban y que a ellos se quedaban. Yo me fui gritándoles de que ellos iban a salir todos, de que nos íbamos a encontrar todos. Bueno, hoy hoy en día sabemos que no es así, ¿no?

Solo aparecí yo y y un poco de de reclamar permanentemente y de hablar permanentemente, de tratar de esclarecer es ser un poco la voz de todos ellos, ¿no? Perdonar es un acto de voluntad, pero olvidar es algo que estos niños no conseguirán nunca. El dolor ha marcado al fuego sus memorias y nadie les dará jamás una explicación convincente sobre lo ocurrido, porque nadie podrá encontrar una sola razón que justifique el crimen y la barbarie. Tantas veces me borraron, tantas desaparecí. Estos niños habrán de ser, en un mañana más limpio, los jueces implacables y los únicos autorizados para ejercer la piedad con los asesinos.

En sus ojos queda guardada la memoria imborrable del horror y de la vergüenza de unos tiempos oscuros cuando las botas y los sables se impusieron sobre los anhelos del hombre.