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Pasas cada segundo de tu vida protegiendo algo, defendiendo tu nombre, tu historia, tus opiniones, tu yo. Te aferras a esa construcción como si fuera un salvavidas, pero la verdad es que es un ancla. Es el disfraz perfecto, un disfraz diseñado por otros para que nunca jamás te preguntes qué hay exactamente debajo de él. De esa forma, nunca descubres que la verdadera prisión, el programa de control más efectivo, es el de la propia identidad que tanto defiendes. Mientras estés ocupado siendo tú, eres predecible, eres controlable, eres inofensivo.
Pero existe un conocimiento antiguo, un secreto hermético que no te dice cómo ser mejor o más feliz. Te enseña algo mucho más peligroso. Te enseña cómo dejar de ser, y eso es lo que más teme.
Vives en un mundo que percibes a través de cinco sentidos limitados, pero esos sentidos solo te muestran como mucho el 1% de lo que realmente existe. El 99% de la existencia es completamente invisible para ti. Es una inmensidad de información, energía y vibración que fluye a tu alrededor y a través de ti, pero no puedes verla, no puedes oírla, no puedes tocarla y sin embargo la sientes, ¿no es así? Sientes esa disonancia, esa sensación persistente de que algo está fundamentalmente mal en el mundo, como si vivieras en un sueño febril, una distorsión, una sombra en la pared. Es una astilla en la mente que te dice que esto no puede ser todo. Te han enseñado que esta sensación es ansiedad, estrés o locura. Te han medicado para que dejes de sentirla, pero esa sensación es tu brújula interna, gritándote que la realidad que te presentan es una farsa. Debes entender esto porque es la verdad más importante.
Esta ceguera no es natural. No es un simple subproducto de la evolución biológica. Tu estado actual de percepción limitada fue impuesto sobre ti. Es un diseño, un sistema de control tan vasto y tan sutil que ha pasado desapercibido durante milenios. Hay inteligencias, entidades que se benefician directamente de tu ceguera. Se alimentan de tu energía, de tu miedo y de tu ignorancia. Y para asegurarse de que nunca mires más allá del velo, han construido una prisión. Esta prisión no tiene barrotes de acero, no es una cárcel física que puedas señalar, es una jaula de frecuencia. Han afinado el mundo que te rodea, como si fueras una vieja radio para que solo puedas sintonizar una única estación. La estación de la materia, la estación de la supervivencia, la estación del miedo.
Piensa en ello. Vives bombardeado por vibraciones. Las ondas de radio, las microondas de las telecomunicaciones, las señales de wifi, el ruido constante de las ciudades, el flujo incesante de negatividad de los medios de comunicación. Todo esto no es un accidente, es un ruido de fondo diseñado intencionalmente para ahogar la señal de tu conciencia superior. Te mantiene anclado, vibrando bajo, enfocado solo en el exterior. Nos han entrenado desde el nacimiento para que solo confiemos en lo que podemos tocar, ver y medir. Nos han convertido en esclavos de nuestros cinco sentidos. Nos han enseñado que si no puede ser probado en un laboratorio material, no existe. Esta es la gran mentira del materialismo. Es el dogma central de la prisión. Te obligan a buscar respuestas fuera de ti en el mundo físico, para que nunca descubras que el poder, la verdad y la salida siempre han estado dentro de ti. Nos encerraron en el 1% de la realidad, en la frecuencia más baja posible. Nos convirtieron en lectores de sombras, pero no contaban con algo. No contaban con que nuestros ancestros más lejanos, aquellos que aún recordaban la verdadera naturaleza de la realidad, dejaron un manual de escape, un texto tan profundo, tan peligroso, que fue ridiculizado durante milenios.
Ese manual es conocido como El Kibaleón, pero no te confundas, no es simplemente un libro, es una recopilación de la sabiduría perdida de Hermes Trismejisto, el maestro de maestros. Una figura que enseñó a las antiguas civilizaciones de Egipto y Grecia. Es el conocimiento que sobrevivió a la quema de bibliotecas y a la caída de imperios, transmitido en secreto de maestro a discípulo. ¿Por qué fue tan perseguido? ¿Por qué temen tanto a este conocimiento? La respuesta es simple y aterradora. La mayoría de las filosofías y religiones te enseñan a obedecer las reglas del universo, a ser sumiso, a rezar a un Dios externo. El Kival no te enseña a obedecer, te enseña a usar las reglas. Te explica que el universo no funciona por milagros, sino por leyes inmutables. Te enseña que estas leyes operan en todos los planos de la existencia, desde la materia más densa hasta la conciencia más pura y te da la llave maestra. El que comprende estos principios puede operar conscientemente en los planos superiores. Puede convertirse en una causa en lugar de ser un simple efecto.
El Kial articula siete principios herméticos. No son creencias, no son dogmas, no son una religión, son descripciones literales de cómo funciona el motor de la realidad. Son la física del universo mental y espiritual. Son el mapa de la prisión y al mismo tiempo el plano para su desmantelamiento. Estos siete principios son la herramienta para desprogramar tu mente y recalibrar tu percepción. El primer principio es el más importante, el fundamento de todos los demás. Si logras entender esto, no solo tu percepción de la realidad se romperá en mil pedazos, sino que entenderás que tú has estado creando tu propia jaula sin saberlo. El todo es mente. El universo es mental. Grava estas palabras en tu conciencia porque son la llave maestra que abre todas las demás cerraduras.
¿Qué significa esto? Significa que la ciencia moderna, la base de tu educación y de tu visión del mundo, está fundamentalmente invertida. El materialismo te dice que el universo físico es la única realidad. Te dice que de alguna manera de la materia muerta, de una sopa química primordial, la vida surgió por accidente y que de esa vida un cerebro complejo evolucionó y como un simple subproducto, ese cerebro crea la conciencia, como una radio que crea la música que suena. La verdad hermética es exactamente la opuesta. El universo no es un gran mecanismo, es un gran pensamiento. La conciencia no es el efecto de la materia, es la causa de la materia. Existe una mente universal infinita viviente a la que llamamos el todo. Esta mente es la totalidad de la existencia y el universo que percibimos con todas sus galaxias y planetas es una creación mental sostenida dentro de esa mente. Tu cuerpo, el suelo bajo tus pies, el aire que respiras, las estrellas distantes. Nada de eso es sólido en el sentido que crees. Son pensamiento condensado. Son ideas sostenidas en la mente del todo. Son energía que ha adoptado una forma temporal mantenida en su lugar por un acto de enfoque mental y esto te lleva a la revelación más profunda sobre ti mismo. Tu yo, esa personalidad que tanto defiendes, tu nombre, tus recuerdos, tus miedos, tus traumas, tus éxitos. Eso tampoco es quien eres realmente. Esas también son construcciones mentales. Son pensamientos pasajeros que has aprendido a identificar como tú. Tú no eres tus pensamientos. Tú eres la conciencia pura que observa esos pensamientos. Tú eres una chispa individualizada de esa gran mente universal. Esta es la primera y más grande liberación. No eres la cosa material que te han dicho que eres. No eres tu cuerpo, no eres tu cerebro, no eres tu nombre. Eres la mente eterna que está teniendo la experiencia temporal de un cuerpo. Y si el universo entero es mental, esto significa que puede ser afectado, modificado y reorganizado a través del poder de la mente.
Pero esto presenta una pregunta obvia. Si todo es mente, si todo está hecho de la misma sustancia de conciencia, ¿por qué algunas cosas parecen tan sólidas, tan reales como una roca y otras tan etéreas e invisibles como un pensamiento o una emoción? La respuesta no está en la sustancia de la que están hechas, porque todo está hecho de lo mismo. La respuesta está en su velocidad. Esto nos lleva directamente al segundo principio hermético. Nada reposa, todo se mueve. Todo vibra. No existe el reposo absoluto en el cosmos. Desde la forma más densa de materia hasta la expresión más elevada del espíritu, todo está en un estado constante de movimiento vibratorio. El Kivaleón explica que los diferentes planos de la existencia no son lugares diferentes, no son reinos separados geográficamente, son simplemente grados diferentes de vibración. El plano físico, el plano mental y el plano espiritual no están apilados uno encima del otro. Están todos aquí, ahora mismo, en el mismo espacio, interpenetrados. La única diferencia entre ellos es su frecuencia. La materia, eso que tus sentidos perciben como sólido, es simplemente vibración espiritual en una frecuencia tan baja y densa que se vuelve perceptible para tus sentidos físicos. Es exactamente como el vapor de agua que es invisible. Si bajas su vibración se condensa en agua que puedes ver. Si bajas aún más su vibración se convierte en hielo que puedes tocar y sostener. Todo es la misma sustancia H2O, solo que en diferentes estados vibratorios. Tus pensamientos, tus emociones, tus ideas también son vibraciones, pero operan en una frecuencia mucho más alta y rápida que la materia. Por eso son invisibles para tus ojos físicos. Un pensamiento de miedo o de culpa vibra en una frecuencia baja, lenta y densa. Un pensamiento de amor o de gratitud vibra en una frecuencia extremadamente alta, ligera y rápida. Y aquí es donde el plan de la tan mencionada élite se vuelve terriblemente evidente. Cómo te encierran en la prisión material. Lo hacen sintonizando forzosamente tu conciencia solamente con la banda de frecuencia de la materia. Han manipulado tu entorno y tu biología para que olvides que tienes la capacidad de vibrar más alto. Te enseñaron a confiar únicamente en tus cinco sentidos, pero tus cinco sentidos son herramientas biológicas diseñadas exclusivamente para leer las vibraciones más bajas y lentas de la existencia. Son los detectores del plano físico. Al obligarte a confiar solo en ellos, te ciegan a todos los demás planos que coexisten contigo. Te convencen de que el hielo es la única realidad, ignorando por completo la existencia del agua y del vapor.
El tercer principio hermético es la brújula que nos permite navegar estos planos interpenetrados. Su axioma es como es arriba, es abajo. Esta ley es la que une el mundo visible y el invisible. En su forma más simple, esto significa que tu realidad exterior, tu mundo material, tu cuerpo, tus finanzas, tus relaciones, todo lo que llamas abajo, no es más que un espejo perfecto de tu realidad interior. Refleja tu estado de conciencia, tus creencias más profundas, tus miedos y tus patrones mentales, lo que llamamos arriba. Tu mundo no te sucede a ti, refleja lo que tú eres vibratoriamente. Las mismas leyes que rigen la formación de las galaxias, el macrocosmos, rigen tu biología y tu mente, el microcosmos. El universo es holográfico. Cada fragmento, sin importar cuán pequeño, contiene la imagen del todo. Lo que ves fuera es una proyección de lo que llevas dentro. Aquí es donde el conocimiento se vuelve poder y donde yace el secreto de la sanación y de la manifestación. Esto es fundamental para entender la salud y la enfermedad. Un cuerpo enfermo, un cuerpo en caos celular. Lo de abajo no es un accidente, no es mala suerte, no es un simple fallo biológico, es una correspondencia directa, un reflejo material inevitable de una conciencia que está vibrando en desorden, incoherencia y miedo, lo de arriba. Por el contrario, un cuerpo perfectamente sano y vital solo puede existir como el reflejo de una conciencia que vibra en orden, coherencia y armonía. La ciencia materialista te ha enseñado a mirar el cuerpo como una máquina que se rompe. La verdad hermética te enseña que el cuerpo es un barómetro de la conciencia. Esto revela la trampa en la que cae la mayoría. La gente trata desesperadamente de cambiar el mundo exterior. Tratan de curar el cuerpo, que es el reflejo, usando solo herramientas materiales, más materia. Es como intentar borrar un objeto del espejo limpiando el vidrio en lugar de retirar el objeto que se está reflejando. No puede sanar verdaderamente abajo si no ha sanado primero arriba.
Pero si esto es verdad, si cambiar la mente puede cambiar el cuerpo, ¿por qué nos sentimos tan a menudo atascados? ¿Por qué parece tan difícil escapar de estados de enfermedad, pobreza o negatividad? Es porque la realidad no es estática. Opera con un balance perfecto de opuestos. El cuarto principio es el de polaridad. Afirma que todo es dual, todo tiene dos polos, todo su par de opuestos. Pero la clave hermética es esta, los opuestos son en realidad la misma cosa, solo que en diferentes grados de vibración. El calor y el frío no son cosas distintas, son simplemente dos extremos de la misma escala, la temperatura. No hay un punto donde el calor termine y el frío comience. De la misma manera, el odio y el amor no son opuestos absolutos. Son dos polos de la misma energía emocional, operando en frecuencias diferentes. Esto es crucial. La enfermedad y la salud son polos de la misma vitalidad. El miedo y el poder divino son polos de la misma conciencia. La escasez y la abundancia son polos de la misma energía de manifestación. Esto significa que es posible la transmutación mental. Puedes moverte a lo largo de la escala. Puedes tomar una vibración de miedo y cambiando tu polaridad mental elevarla conscientemente a una vibración de coraje. Puedes transmutar la conciencia de enfermedad que vibra bajo en la conciencia de salud perfecta que vibra alto. Pero esta transmutación debe lidiar con el quinto principio, el ritmo. Todo fluye y refluye. Todo tiene sus periodos de avance y retroceso. Todo asciende y desciende. Es el movimiento del péndulo, marea alta, marea baja, verano, invierno. Nada permanece en un extremo para siempre. Este principio explica por qué tenemos días buenos y días malos, por qué a veces nos sentimos eufóricos y otras veces deprimidos. Es un flujo natural del universo. El péndulo de la vida siempre está en movimiento.
Los principios herméticos describen el software del universo, las reglas del juego. Pero para poder usar estas reglas, para neutralizar el ritmo y transmutar la polaridad, necesitamos entender a la perfección el hardware biológico que nos dieron para navegar esta realidad. El hardware biológico que te dieron para navegar esta realidad es tu cerebro. Pero la ciencia materialista te ha mentido fundamentalmente sobre su verdadera función. Te han dicho que tu cerebro crea tu conciencia, que tus pensamientos, tus emociones y tu sentido del yo no son más que una compleja reacción química dentro de la materia gris. Esta es quizás la mentira más útil para mantenerte en la jaula de frecuencia. La verdad es que tu cerebro no crea la conciencia, la recibe. Tu cerebro es una antena biológica, es un transceptor, un sintonizador de frecuencia infinitamente más avanzado que cualquier tecnología que conozcamos. Es el hardware que te permite decodificar las vibraciones de la mente universal, el software del que hablamos y como cualquier sintonizador puede operar en diferentes estaciones o bandas de frecuencia. Estas frecuencias son lo que tu ciencia conoce como ondas cerebrales. Comprender estas ondas es comprender el mecanismo exacto de tu encarcelamiento y también el método preciso de tu liberación.
Comencemos con el estado en el que pasas casi toda tu vida despierta. Las ondas beta. Este es el estado de la mente analítica y del ego en pleno funcionamiento. Es la frecuencia de los cinco sentidos. Es el estado de alerta, de estrés, de supervivencia, de mirar constantemente hacia el exterior en busca de peligros o amenazas. Cuando estás en beta, tu neocórtex, la mente pensante o lógica, está completamente al mando. El neocórtex es el guardián de la prisión material. Su trabajo es analizar incansablemente toda la información que proviene de tus cinco sentidos y compararla con la base de datos de tu memoria con lo que ya sabes que es real. Cuestiona, duda, juzga y rechaza activamente cualquier información que no se ajuste a la realidad material que te han programado. La élite adora el estado beta. Hacen todo lo posible para mantenerte ahí. El ruido constante de las ciudades, las noticias 24 horas, las redes sociales, las crisis financieras, todo está diseñado para mantener tu cerebro bloqueado permanentemente en esta frecuencia de alerta y estrés.
Si logras apagar el ruido exterior, cerrar los ojos y respirar profundamente, tu cerebro comienza a cambiar de frecuencia. Entras en ondas alfa. Este es el puente hacia el mundo interior. Es el estado de relajación ligera, de la creatividad, del ensueño despierto. En alfa, el mundo exterior comienza a difuminarse. Tu atención se vuelve hacia adentro y tu mundo interior comienza a volverse más real y vívido que el mundo exterior. Ya estás empezando a girar el dial de sintonización, alejándote de la estación de la materia, pero la verdadera puerta de escape se encuentra mucho más allá.
Cuando entras en una meditación profunda o en ese estado mágico y lúcido, justo antes de caer dormido, tu cerebro desciende aún más a ondas theta. Aquí es donde ocurre el verdadero milagro. En theta sucede algo crucial que es la clave de todo el proceso. El guardián de la prisión, el neocórtex, se apaga. Tu mente analítica, tu yo lógico y crítico que juzga y cuestiona todo, finalmente se va a dormir. En el momento en que ese guardián abandona su puesto, el sistema operativo queda completamente expuesto. Tu mente subconsciente, el vasto almacén donde residen tus programas, tus creencias y tu conexión con la inteligencia universal queda abierta de par en par. En este estado te vuelves asombrosamente sugestionable, ya que no hay ningún filtro crítico que rechace la información. Es aquí donde la conciencia se prepara para dar el verdadero salto.
Cuando el cerebro lógico se apaga en theta, dejas de ser un tú analizando el mundo. ¿Qué pasa entonces? Dejas de mirar la ilusión del 1% y te giras para ver por primera vez el 99% restante. La ciencia moderna ha chocado contra una pared. Ha descubierto para su propia confusión que el mayor porcentaje de todo el cosmos observable es materia oscura y energía oscura. Le ponen la etiqueta oscura simplemente porque no pueden verla, no pueden medirla y no tienen la menor idea de qué es. Están admitiendo que solo entienden un pequeño porcentaje de la realidad, el mismo porcentaje que los sentidos pueden percibir. El misticismo antiguo, sin embargo, siempre supo que era ese porcentaje invisible. No es un vacío, es la fuente de todo. Es el campo cuántico, es el éter de los antiguos, es la matriz divina, es el akasha. Es el plano invisible del que hablamos, el plano de la vibración más alta. Este campo no está vacío. Es un océano infinito de potencialidad pura. Es energía e información vibrando a una velocidad incalculable. Este campo contiene toda la información, contiene todas las posibilidades. Piensa en esto por un momento. Cada versión posible de tu futuro, cada realidad alternativa, cada potencial que puedas imaginar, existe ya como una huella vibratoria, como una onda de potencial en este océano. El tú que está perfectamente sano, el tú que es próspero, el tú que está iluminado. Todos existen ahora mismo, no como una fantasía, sino como una posibilidad real esperando ser activada. Este campo de potencialidad infinita es, en esencia, la mente universal de la que habla el primer principio hermético. El todo es mente. Es el todo en su estado puro, antes de que el pensamiento se condense en la materia que podemos tocar. Es el lienzo en blanco del creador.
Si todas las posibilidades existen simultáneamente en este campo, ¿qué es lo que decide cuál de ellas se manifiesta en tu realidad física? ¿Cómo se convierte una posibilidad invisible, una onda en una experiencia material y sólida, en una partícula? La respuesta descubierta por la física cuántica para horror de los materialistas eres tú, el observador. La ciencia cuántica ha demostrado en repetidos experimentos que las partículas en el plano subatómico, los bloques de construcción de tu realidad existen solo como ondas de probabilidad. Mientras no son observadas, están en todas partes y en ninguna al mismo tiempo. Pero en el instante preciso en que una conciencia, un observador pone su atención en ellas, todas esas ondas de probabilidad colapsan, se convierten en una sola partícula, se vuelven materia. Esto no es una teoría abstracta de laboratorio, es lo que estás haciendo en cada segundo de cada día de tu vida. Estás constantemente colapsando la onda. Estás constantemente convirtiendo el potencial infinito del campo en tu realidad material a través del acto de observar. El problema es que lo has estado haciendo inconscientemente. Has estado observando el mundo desde el estado beta, desde la prisión de tus sentidos. Has estado observando desde el miedo, desde la carencia, desde el programa de la víctima que te instalaron y por la ley de correspondencia, como es arriba, es abajo. El universo no tiene más opción que reflejarte exactamente aquello en lo que estás enfocado. Para cambiar tu realidad, para sanar tu cuerpo, debes dejar de observar desde el tú programado y empezar a crear directamente desde el campo mismo. Debes entrar en el océano, pero hay un precio de entrada. No puedes entrar como tú. El campo no entiende de identidades humanas. El campo solo entiende de vibración. Para entrar en él debes volverte nadie.
Este es el proceso de la verdadera meditación. No es el método que te venden en las aplicaciones populares para reducir el estrés o dormir mejor. Esas son simples distracciones. El verdadero proceso es el método de la disolución, el que la élite teme por encima de todo. Porque este proceso no te calma para que aceptes mejor tu prisión. Te da la llave para demolerla desde sus cimientos. El precio de entrada al campo cuántico es absoluto y por eso muy pocos lo pagan. Debes soltar voluntariamente todo lo que crees que eres. Debes disolver tu identidad material, tu yo programado, para convertirte en pura conciencia. Debes volverte literalmente nadie.
Un bebé no sabe que eso es un zapato. Lo único que experimenta es una forma y un color. Y quizá si quiere puede probarlo y olerlo, intentar comérselo, jugar con él. Pero la palabra zapato es una construcción humana. Del mismo modo, el bebé no sabe que tiene un cuerpo o una mano ni nada por el estilo. Esto es un color, una forma, un olor, una textura, una sensación. La palabra cuerpo es una construcción humana para una experiencia.
El primer paso para convertirte en nadie es olvidar tu cuerpo. Tu cuerpo es el ancla que te mantiene atado a la realidad de los cinco sentidos. Es la primera y más fuerte capa de tu identidad programada. El proceso requiere que retires metódicamente toda tu atención del mundo exterior y de tu vehículo físico. Debes dejar de procesar la información sensorial que te mantiene anclado al lugar y al espacio. Debes dejar de sentir el peso de tu cuerpo en la silla, la temperatura del aire en tu piel, esa picazón en la cara o el ruido lejano del tráfico. Tu conciencia debe desconectarse por completo del entorno. Este es el primer gran obstáculo. Tan pronto como cierres los ojos, tu mente beta, adicta a los sentidos, luchará. Te enviará sensaciones físicas, picores, la necesidad imperiosa de moverte, un dolor repentino en la espalda. Es el guardián de la prisión tratando de que vuelvas a sintonizar la materia. Pero si persistes, si mantienes tu atención en el espacio infinito que hay detrás de tus ojos, en el vacío, esas señales se desvanecen. El cuerpo se duerme mientras la mente permanece perfectamente despierta, el ancla se suelta. En ese momento ya no estás poniendo tu atención en ninguna parte de tu cuerpo. Te conviertes en un sin cuerpo.
Pero soltar el cuerpo físico no es suficiente porque todavía estás atado a la mente, a la personalidad. El segundo paso es olvidar tu identidad. Esta es la parte más difícil. Debes soltar voluntariamente tu yo. ¿Qué es tu yo? No es más que una colección de pensamientos, programas y recuerdos almacenados. Es tu nombre. Es tu profesión, es tu rol de madre, padre, hijo o hija, son tus cuentas bancarias, tus deudas, tus éxitos y tus fracasos. Son tus dificultades. La élite te ha definido por tus dificultades. Eres el que está enfermo, el que tiene deudas, el que está solo, el que sufre. En este estado de meditación profunda, debes soltarlo todo. Dejas ir tu nombre, dejas ir tu pasado con todos sus traumas y triunfos. Dejas ir todas tus posesiones en tu mente, tu casa, tu coche. Dejas ir a todas las personas que conoces, no con rechazo, sino con un desapego temporal y absoluto. Tu identidad personal, tu ego, es la entidad que está atascada en el tiempo lineal y en el drama material. Es el personaje que ellos programaron para ti. Para entrar al campo cuántico, el personaje debe salir de escena. Debes volverte nadie.
El último paso es disolver el tiempo. Tu identidad material solo puede existir si está anclada al concepto del tiempo lineal. El yo programado vive en un estado constante de arrepentimiento por el pasado, lo cual genera culpa y tristeza, o vive en un estado de ansiedad y preocupación por el futuro, lo cual genera miedo y estrés. El pasado y el futuro son constructos de la mente beta, son los barrotes horizontales de tu jaula. En este proceso debes retirar tu conciencia del pasado predecible y dejar de proyectarla hacia un futuro familiar. Debes colapsar toda tu atención en el único lugar donde existe el poder real, el eterno momento presente.
Piensa en lo que acabas de lograr. No tienes cuerpo, ya no estás atado a los sentidos ni al espacio. No tienes identidad, ya no estás atado al ego ni a la personalidad. Y no tienes tiempo, ya no estás atado al flujo lineal. Entonces, ¿qué queda cuando el cuerpo, la identidad y el tiempo se han disuelto? ¿Quién o qué es lo que está observando este vacío infinito? Lo que queda es conciencia pura. El observador, la chispa divina, ya no eres la identidad programada. Has trascendido la prisión del neocórtex. En ese instante sagrado, dejas de ser la radio que está desesperadamente tratando de sintonizar una señal débil entre el ruido. Te conviertes en la señal misma.
Cuando el yo material desaparece y la conciencia se libera por fin de la jaula del cuerpo, el cerebro no se apaga, hace algo milagroso, deja de ser un receptor y se convierte en un transmisor. En ese momento desata la frecuencia de la creación. Cuando la conciencia se libera de la identidad programada y se desprende de la jaula del cuerpo, el cerebro responde a esta liberación de una forma asombrosa. El sintonizador biológico, ya no forzado a recibir la señal limitada de los sentidos, salta de las ondas theta profundas a una frecuencia mucho más alta, una que la ciencia apenas comienza a comprender. Esta es la frecuencia de las ondas gama. Las ondas gama son las ondas cerebrales más rápidas, de mayor frecuencia y más energéticas que el cerebro puede producir. Este no es un estado de sueño, es un estado de superciencia. Es el estado místico del éxtasis, el samadhi. El satori es el momento en que el cerebro físico alcanza su máximo potencial operativo. Lo que sucede en gama es un fenómeno conocido como coherencia cerebral. Normalmente en tu estado beta, diferentes partes de tu cerebro están en conflicto trabajando de forma desincronizada. El miedo está en una parte, el análisis en otra, la memoria en otra, pero en gama algo milagroso ocurre. Todas las secciones dispares del cerebro, desde el óvulo frontal hasta el cerebelo, comienzan a vibrar al unísono. Dejan de ser una orquesta desafinada y se convierten en un rayo láser de conciencia pura, unificado y coherente.
La experiencia subjetiva de este estado es abrumadora y trasciende el lenguaje. El cuerpo físico se inunda con los neuroquímicos más potentes, una sensación de placer estático, de un amor universal e incondicional que disuelve todo miedo, recorre cada nervio, pero no es solo una sensación. En este estado coherente, tu cerebro comienza a procesar información a un nivel cuántico. Comienzas a percibir la realidad no a través de los sentidos, sino directamente como frecuencia e información. Recibes descargas de conocimiento. De repente entiendes la física cuántica, el propósito de tu existencia, la naturaleza del cosmos, no porque alguien te lo haya explicado, sino porque lo estás experimentando. Te conviertes en el conocimiento mismo. Y lo más importante de todo, en el centro de tu cerebro, esa glándula misteriosa y atrofiada que los místicos llaman el tercer ojo, la glándula pineal se activa de forma masiva, se inunda de energía electromagnética, vibrando en resonancia con el campo cuántico. El sello artificial, la calcificación impuesta para mantenerte ciego se rompe. La antena principal se enciende.
Este estado de éxtasis en ondas gama no es solo una alucinación placentera, no es un escape pasivo de la realidad, es el estado operativo del creador. Es el momento en que la conciencia pura toma el control directo sobre la materia. En el momento en que tu cerebro entra en coherencia gama, te has convertido en pura conciencia, conectada conscientemente al océano infinito de potencialidad, el campo cuántico. Eres nadie en ningún lugar y en ningún tiempo. Te has convertido en el observador cuántico en su estado más potente. Aquí, en este vacío fértil, el principio de correspondencia, como es arriba, es abajo, se vuelve instantáneo. Ya no hay un retraso de tiempo entre el pensamiento y la manifestación, porque ya no estás en el tiempo lineal.
Piensa en lo que esto significa. Arriba, en el plano de tu conciencia, acabas de alcanzar el estado de orden, unidad y coherencia más perfecto que existe. Estás vibrando en absoluta armonía con la mente universal. Por lo tanto, según la ley infalible, abajo o en el plano de tu cuerpo físico, este estado se reflejará. Tu biología no tiene más opción que reflejar ese nuevo estado de orden divino. Tu sistema nervioso, ese que ha estado funcionando con el programa de estrés y supervivencia durante toda tu vida. Recibe una nueva señal. Recibe la señal de coherencia total. Deja de producir las químicas del miedo y la enfermedad y comienza a inundar el cuerpo con las químicas de la regeneración y el éxtasis. Tus billones de células que habían estado vibrando en caos, cada una luchando por su cuenta, reciben esta nueva frecuencia unificada. Como limaduras de hierro alineándose instantáneamente con un poderoso imán, todas tus células comienzan a vibrar al unísono en perfecta coherencia y entonces el verdadero milagro ocurre. El llamado ADN basura, ese 90% de tu código genético que la ciencia materialista arrogantemente descartó como inútil porque no entendía su propósito, se activa. Ese ADN no es basura, es la biblioteca, es el plano original. Contiene la información de tu cuerpo perfecto, el plano divino de tu salud, antes de que fuera corrompido por la programación. Cuando la señal coherente de gama golpea ese ADN, el cuerpo accede a este plano original. Comienza a fabricar nuevas proteínas y nuevas células, no basadas en el programa de la enfermedad, sino en el programa de la salud perfecta. El cuerpo, obedeciendo a la mente coherente, comienza a regenerarse a una velocidad que la ciencia considera absolutamente imposible. Las enfermedades se revierten, los órganos se reparan, el cuerpo se sana a sí mismo instantáneamente, porque la materia no puede hacer otra cosa que obedecer a la mente que la está observando.
Cada vez que te sientas a meditar, cada vez que cierres los ojos al mundo material, no estás simplemente relajándote, estás llevando a cabo el acto de rebelión espiritual más profundo que existe. No solo estás sanando tu cuerpo y reescribiendo tu destino, estás desmantelando la matriz desde adentro. Estás debilitando la jaula de frecuencia con tu propia coherencia. Estás corriendo la venda de tus ojos, activando tu glándula pineal y reclamando, por fin, tu derecho de nacimiento olvidado como un cocreador divino de la realidad.
Si llegaste hasta aquí, recibe como siempre un fuerte abrazo en nombre de todo el equipo. Por hoy me despido sin más, no sin antes agradecerte por tu presencia. Que todo lo bueno del mundo llegue a ti. Nos vemos pronto.