Transcription
Estamos leyendo, queridos amigos, el libro del profeta Daniel y durante todos estos días hemos venido escuchando unas lecturas muy iluminadoras. Cuando uno escucha estos textos, uno se va para la casa con muchos interrogantes. Y el texto de hoy, de igual manera tiene una característica especial y es que nos confronta. Descubre uno en esta profecía de Daniel la vida de las personas. Y la va a descubrir uno como en tres momentos. La vida de todos nosotros está contenida en la Sagrada Escritura. Y por eso siempre me han escuchado decirles que hay que leer la Biblia desde la vida y la vida desde la Biblia. Ahí está todo. Entonces, yo descubro en esa lectura que escuchamos tres momentos que acontecen o que pueden acontecer en la vida de una persona.
Vamos a a contextualizar un poquito. Lo acabamos de escuchar. El rey Baltazar está haciendo una fiesta, una fiesta de esas desmedidas bacanales. Dice el texto que ha invitado a mil de sus nobles, se pone a beber vino y cuando está bien prendido, bien borracho, manda a traer los vasos de oro que su padre Nabucodonosor había cogido del templo de Jerusalén. Entonces, los vasos que se utilizaban para el culto los utilizó él para sus fiestas irresponsables y empezó con todo el mundo a los cálices, los copones, las cosas que había allá y todo el mundo vea. mientras bebían vino y alababan a sus dioses de oro y plata, de bronce y de hierro y estaban allá esa gente, mejor dicho, en mera parranda, apareció una mano. A mí me encanta ese detalle, amigos. Es la mano de Dios que aparece en esos momentos en los cuales uno está a punto de perderse. Es la mano de Dios que nos recuerda que si nos salimos de sus manos esto no tiene sentido. Es la mano de Dios que constantemente nos está señalando el camino. Es la mano de Dios que nos recuerda su providencia divina. No se salga de las manos de Dios, de las cosas de Dios, porque te pierdes.
Entonces aparecen unas manos unos dedos escribiendo sobre el reboque del muro. Ellos no saben entender eso, pero saben que hay un hombre muy especial de Dios que tiene un discernimiento preciso y se llama Daniel. Y entonces le van a decir, "Hemos escuchado de ti que eres muy sabios y nos puedes ayudar con esto. Sabemos que tú puedes interpretar los sueños y resolver problemas." Entonces Daniel se acerca al rey y le dice, "Yo no necesito nada de usted, no me prometa nada, pero sí te voy a decir lo que ha pasado porque te has revelado contra el Señor del cielo." Tres palabras contado, pesado y dividido.
Primer momento de la vida. El momento en el que uno sin medir las consecuencias va por la vida alimentando el ego. Entonces, no me importa nada. Yo no mido consecuencias de nada. Yo no soy capaz de medir las consecuencias de mis actos. Yo estoy viviendo mi vida y que nadie se meta en mi vida y que nadie me diga nada. Y es cuando uno, queridos amigos, va por la vida cometiendo tantos errores y uno no logra dimensionarlos y pareciera que uno fuera como un caballo desbocado y pensando solamente en mi bienestar, en conseguir, en tener, en meterme en el mundo y el deleite del mundo y las cosas del mundo y esta vida es para vivirla. Y como decían los epicúreos, comamos y bebamos que mañana moriremos. Y entonces son personas que están centradas solamente en el placer, en el tener y en el darse gusto. Ese es el primer momento.
Pero el problema ni siquiera es ese. El problema es el segundo momento porque va en ascenso. Cuando la persona empieza a construirse la vida desde ahí y ve que todo funciona, llega el momento donde la persona empieza a erigirse como un Dios y tiene reconocimientos y la gente dice, "Vos tan bacanome." Y el man es hasta generoso y las cosas fluyen, fluyen en el momento de la persona, pero se van frenando en los tiempos de Dios. Eso va en ascenso. Y entonces el ego me lleva a qué? A que ya he construido un círculo, he construido mi vida, tengo de qué vivir, el mundo me sonríe y entonces me voy creyendo Dios. Eso fue lo que le pasó a Adán y Eva en el paraíso. Y el segundo momento es que termino levantándome contra él. Esa es la lectura de hoy. Están en la fiesta, están en la parranda y el man está así, 1000 personas, oíste, vos tan teso, vos tan especial, vos todo el poder que tenés y todo el mundo le soba el hombre y tin. Y viene el segundo momento, vaya, traiga las cosas de Dios. Amigos, eso es lo que pasa en la vida. Termino yo soltándome de la mano de Dios. Termino yo. Misa, para qué ome eucaristía dominical, para qué, para qué rezar, mi hija, hágame el favor y me quita ese cuadro de ese Jesús de ahí de esa pared y empezamos a desaparecer a Dios de la vida. Ese es el segundo momento.
Y yo le voy a pedir el favor, nunca olvide esa ruta y esa radiografía de la vida. Primero, el ego. Segundo, la irreverencia contra Dios. Pero como la vida es justa y como la vida todo lo sabe y Dios en la vida todo lo ve, lo veíamos esta semana, aparece lo que nos muestra la lectura de hoy. Contado, pesado, dividido. Padre, ¿por qué esta enfermedad si yo no le hago nada a nadie? Tranquilito, mi hijo, es que no le hiciste nada a nadie, pero si te hiciste a ti mismo y ofendiste a Dios y esa enfermedad que tenés es para que entendas que tus días están contados. Amigos, es que cuando uno se suelta de la mano de Dios, ¿qué le queda a uno? Esperar que la vida le muestre a veces de una manera retadora, agresiva y contundente que la vida no depende de uno. Tus días están contados. vos no sos infinito. Y a veces es la enfermedad la que tristemente nos recuerda después de una vida irreverente e irresponsable que los días están contados, no dependen de vos. Ese evangelio, queridos amigos, del rico pulón y del pobre Lázaro, se muere el rico y se lo entierran. se muere el pobre se va para el cielo y cuando está aquel mano y el otro allá en la candela, le empieza a pedir ayuda y el Abraham le hace entender, "Tuviste tiempo para arrepentirte, tuviste días para hacer el bien. Ahora tus días están contados.
Pesado. Pasaste por la vida pesando para el mundo. Pasaste por la vida pesando para tus amigos. Pasaste por la vida construyendo tu propio peso. Pero pasaste por la vida perdiendo peso delante de Dios. Por eso esa balanza, queridos amigos, es un interrogante grande. Yo peso delante del Señor y peso porque tengo una vida organizada. A Dios no le importa que usted hubiera sido un sinvergüenza antes. A Dios le importa que desde hoy usted tenga peso y usted empiece a alinearse con él. Él no te va a sacar los pecados pasados en cara. Él no te va a refregar tus errores en la cara. Él te va a impulsar a que a partir de este momento vos pesés. Yo tengo peso delante de Dios porque he ido construyendo una vida espiritual seria. Yo tengo peso delante de Dios porque me he ido saliendo de mis enredos. Yo tengo peso delante de Dios porque he ido pensando en construir una vida digna, limpia y transparente. Yo tengo peso delante de Dios. Porque primero en mi familia cometí muchos errores, pero entendí que lo principal es mi familia y mis hijos. O no pesas nada porque pasaste en tu ego pesando para todo mundo, pero ya no pesas ni para tu familia ni para Dios.
Dividido. ¿Cómo termina una persona que se mueve en las coordenadas del mundo de sus intereses y de ir por la vida peleándose con Dios? Termina dividida. Pero la división más grande ni siquiera es la división que experimenta hacia afuera. A veces en soledad se fueron los amigos, la familia vuelta. La división más grande es la división interior, es la división del alma. Es uno sin saber para dónde Es un desasosiego. Es un sentimiento de culpa. Es la conciencia reclamando el no haber hecho el bien. Y esa división, queridos amigos, causa mucho dolor. Esos son los tres momentos que uno ve en la vida de muchas personas. El ego, padre, es que mi hijo tiene un puestazo, yo no sé dónde, padre, y ese muchacho vive viajando y ese muchacho es esto y ese muchacho es aquello, padre y tiene varias novias, padre, pero no va donde Dios el ego. Y si esa señora me pregunta, "Padre, ¿y qué se sigue?" Espere y verá qué se sigue. Termina creyéndose Dios. ¿Y qué se sigue? La palabra de Dios lo dice, contado, pesado, dividido, que espere un momentico para que vea. Y esa es la vida, queridos amigos. Por eso la palabra de Dios es iluminadora y es extraordinaria y nos invita a llevar una vida en responsabilidad. No se suelte de Dios. Viva la vida desde Dios. El centro es Dios, no soy yo. Y cuando Dios es el centro, vencer la tentación del egoísmo. Cuando Dios es el centro, vencer la tentación de la irreverencia. Y cuando Dios es el centro, entonces pesás. Eres capaz de tener peso. Eres capaz de vivir tu vida en responsabilidad, sabiendo que los días están contados y eres capaz desde Dios de vencer las divisiones. Digan conmigo, amén.