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Schopenhauer y la voluntad

Darin McNabb16:31

Transcription

Tengo un libro sobre Schopenhauer que se llama “Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía”. El autor se refiere a la época en que Schopenhauer vivió: finales del siglo 18 hasta 1860, cuando murió. Fue la época del auge del idealismo alemán. Escribían Hegel, Fichte y Schelling en un tono metafísicamente muy especulativo, hasta salvaje. Schopenhauer no fue excepción; ¡hasta su aspecto parece salvaje!

Schopenhauer una vez escribió que toda verdad pasa por tres etapas: Primero, es ridiculizada; segundo, es criticada violentamente; tercero, es aceptada como auto-evidente. Quizá escribió esto tratando de justificar su propio pensamiento, ya que en su día ni fue ridiculizado, sino casi totalmente ignorado. No fue hasta la última década de su vida que recibió fama. Sea como sea, su pensamiento dio un fuerte giro a la filosofía de su época, y sus consecuencias, gracias a que influyó en Nietzsche y Freud, entre otros, han llegado a considerarse hoy en día casi como auto-evidente.

En este vídeo consideraremos su obra maestra: El mundo como voluntad y representación. Como se nota en el título, el libro supone una distinción metafísica básica con respecto a la naturaleza de la realidad, una que toma directamente de Kant. Me refiero a la distinción fenómeno/noúmeno.

En su célebre revolución copernicana, Kant establece que el mundo que conocemos es uno constituido por nosotros. Es constituido a través de nuestro aparato cognoscitivo que cuenta con las capacidades de intuición y de entendimiento. La primera ordena los objetos de nuestra experiencia en un campo espacio-temporal y la segunda categoriza los contenidos de esa intuición según conceptos de cantidad, cualidad y relación. Lo que se produce así es conocimiento, y el objeto de ese conocimiento es el mundo fenoménico. Lo que conocemos es aquel mundo susceptible de una intuición empírica. Aquel aspecto del mundo que no sea así susceptible, Kant lo llama el noúmeno, el mundo tal como es en sí mismo.

Volviendo al libro de Schopenhauer, vemos que el mundo como voluntad corresponde al noúmeno en Kant, y el mundo como representación al fenómeno. Con este trasfondo, pasemos a la primera oración del libro. Dice: “El mundo es mi idea”. La palabra en alemán es ‘Vorstellung’, que significa ‘idea’ o ‘representación’, es decir, una representación mental de algún objeto. El mundo que puedo conocer aparece a mí como fenómeno. Se agota, por así decirlo, en su perceptibilidad. En este sentido, el acceso a ese mundo es algo que el hombre comparte con el animal.

Pero se trata no solamente del mundo físico/material que captamos con los cinco sentidos, o sea, no sólo de los objetos de nuestra experiencia, sino también del sujeto. La mente, la razón, el aparato cognoscitivo en general, es también objeto para Schopenhauer y forma parte de ese mundo como idea o representación. Hasta aquí tenemos Kant recalentado.

Pero Kant no fue la única influencia en el pensamiento de Schopenhauer. Schopenhauer fue uno de los primeros en leer las primeras traducciones de los Upanishads al alemán. En el pensamiento de la India antigua, Schopenhauer encontró el concepto de “maya” que hace referencia al aspecto ilusorio del mundo en tanto una manifestación de la multiplicidad de fenómenos. Habla Schopenhauer del mundo fenoménico que ha descrito hasta ahora como un velo de maya, como si la multiplicidad del mundo que percibimos y conocemos fuera pintada en un velo, o, como vemos aquí, en una cortina.

A estas alturas de su exposición, la pregunta es: “Si el mundo que conozco es fenómeno, ¿dónde está el noúmeno? ¿Qué está detrás del velo de maya?” Ha habido varias respuestas a lo largo de la historia. Para Platón eran las Ideas; para otros, Dios; y para Kant, X, algo incognoscible. ¿La respuesta de Schopenhauer? La Voluntad.

Antes de hablar de ella, volvamos un momento a la filosofía hindú. Lo que los Upanishads enseñan es que detrás de la multiplicidad del mundo de maya está la unidad del principio cósmico de Brahman. Es la fuerza o energía básica del cosmos de la que todo lo demás es una manifestación derivada. Muchas veces es caracterizada como una serena plenitud del ser, pero en los mitos sobre los dioses es caracterizado como algo mucho más dinámico. Los dioses más importantes forman un triunvirato: Brahma, Vishnu y Shiva. Brahma es el creador, Vishnu el que mantiene y conserva, y Shiva el destructor. Sus respectivas funciones constituyen una dinámica de creación y destrucción continua. Esta idea se expresa también en el Bhagavad Gita, otro texto sagrado de la India, donde Krishna (que es una encarnación de estos dioses) se revela como el Señor de la Vida y la muerte.

El gran aporte de Schopenhauer, su noción de la Voluntad, fue inspirado en buena parte por estas lecturas. Lo que quiere decir con este concepto es que todo lo que percibimos con los cinco sentidos e incluso nuestras propias vidas son manifestaciones de una sola fuerza o energía cósmica. Se describe como un impulso ciego, un esfuerzo sin cesar, un eterno devenir. Es como la inmensa profundidad del mar, un cuya superficie brotan olas y burbujas que enseguida se absorben y luego salen nuevas. La pequeñez y fragilidad de nuestras vidas ante la Voluntad se compara con un hombre flotando en una endeble balsa en alta mar.

La Voluntad puede visualizarse también fijándose en esos documentales sobre la naturaleza de cámara rápida donde las nubes van escurriendo a lo largo del cielo y las flores subiendo, abriéndose y luego decayéndose. Toda esa abundante multiplicidad de formas, de nubes, plantas y flores, vienen y se van, pero es la misma energía que corre por todas de forma incesante.

Una última ilustración la tomo de un poema del poeta irlandés Dylan Thomas. En uno de sus poemas tiene la frase: “la fuerza que por la mecha verde impulsa la flor.” La flor que percibimos es el fenómeno. Es parte del mundo como representación. Pero la fuerza que la da vida y que la hace abrir es precisamente eso que Schopenhauer llama la Voluntad, una fuerza cósmica más allá de la dualidad fenoménica.

Es importante entender que lo que plantea Schopenhauer va totalmente en contra del optimismo ilustrado de su época, de gente como Hegel. Para Hegel, lo que está en el meollo de las transformaciones del mundo es Geist, espíritu, un espíritu que va desarrollándose de forma racional, articulando todo en un sistema de armonía donde el mal y el sufrimiento quedan superados. Dada su metafísica, Schopenhauer es mucho menos optimista, ya que el intelecto del hombre, su propia razón, es una manifestación de la Voluntad, al igual que la flor. A diferencia de Hegel, este Geist, o fuerza o energía, nunca llega a descansar en un estado de reposo. No hay ninguna dialéctica que la lleve a un término de plenitud. En el pensamiento posterior de Nietzsche y Freud, esta noción de Schopenhauer llegará a constituir el inconsciente del hombre y pondrá muy fuertemente en tela de juicio la autonomía de la razón.

Como manifestación de esta Voluntad, el hombre busca felicidad, pero no la encuentra. De hecho, es imposible que la alcance. ¿Por qué? Tiene que ver con la naturaleza del deseo. El deseo es siempre un deseo por algo, un X. Cuando estamos en el estado de deseo, sin todavía alcanzar el objeto, sufrimos. Es que el deseo es la expresión de una falta, una carencia, y eso es doloroso. Cuando por fin alcanzamos el objeto de nuestro deseo, sea chocolate, un amante o dinero, el dolor se suprime y experimentamos algo que llamamos felicidad. Pero la felicidad es sólo una cesación temporal del deseo. El placer de poseer el objeto se disminuye rápidamente y luego surgen nuevos deseos.

Además, la felicidad para Schopenhauer, en tanto la ausencia de dolor, es sólo negativo. No es algo que experimentamos positivamente, sino sólo negativamente. En este sentido, la felicidad es como la oscuridad, en tanto que la oscuridad sea sólo la ausencia de luz en vez de algo en sí mismo. Para Schopenhauer, el sufrimiento es la condición básica de la vida. Continuando la metáfora, se podría decir que la luz también la sea. Cuando se apaga la luz, sólo queda la oscuridad que no es más que la negación de la luz. Y cuando durante un tiempo se apaga el sufrimiento, sólo queda su negación, esa cosa que llamamos felicidad.

El mundo físico, los animales y nosotros mismos son juguetes, por así decirlo, de la Voluntad, como pelotas que la superficie de un río torrencial tira de un lado a otro. En la naturaleza, los leones matan a los antílopes y así sucesivamente a lo largo de la cadena alimenticia. Y no hacen falta ejemplos e ilustraciones del sufrimiento que causan la violencia y agresión en el seno social de los hombres. No es por nada la célebre frase homo hominis lupus: el hombre es un lobo al hombre. Todo esto se debe a la naturaleza de la Voluntad. En este mundo fenoménico en que vivimos se manifiesta como conflicto. La guerra y la crueldad tienen, en efecto, un origen metafísico. Este carácter del mundo no puede transformarse mediante el optimista idealismo de Hegel, ya que el mundo no es en su fundamento racional, sino que es una crueldad sin sentido. ¿Ahora entienden mejor el fama que tiene Schopenhauer de ser pesimista?

Una consecuencia interesante de esta metafísica de la voluntad es cómo informa su reflexión sobre la ética. La ética de Kant es sumamente intelectualista: la moralidad se deriva de la razón. Pero para Schopenhauer, la razón es meramente instrumental, una herramienta del ego que no puede hacer más que representar la dualidad del mundo fenoménico. Si nos relacionamos con los demás mediante la razón, lo que tenemos es una mera representación de su sufrimiento o necesidades, de modo que lo único que nos puede mover es la abstracta obligación kantiana. Pero hace falta no sólo mover, sino conmover; no un conocimiento representado, sino uno sentido. Y aquí es donde entra la voluntad schopenhaueriana.

La voluntad la sentimos en nosotros mismos, tanto en experiencias intensas como el sexo, como en el sufrimiento de todos los días. Gracias a nuestro conocimiento de que la individualidad es meramente fenoménica, una ilusión, podemos experimentar analógicamente el sufrimiento del otro. Podemos sufrir con ellos, y eso no es ni más ni menos que el significado etimológico de “compasión”. La compasión es el punto de partida de la ética de Schopenhauer. La voluntad está a la base de nuestro sufrimiento, pero también es lo que posibilita la solidaridad. Ontológicamente somos solidarios y, gracias a este conocimiento sentido, lo sabemos y podemos actuar a partir de ello.

Para terminar, quiero considerar la respuesta de Schopenhauer a la desgracia de nuestra situación. Siempre me da mucha pena ver un perro en la calle tratando de cruzarla y casi le pegan o atropellan los coches. El perro no puede comprender cómo funciona esto del tránsito vial y se ve, por tanto, patético, como un niño atrapado en una batalla, sentado en el suelo llorando y llorando. Pero nosotros, gracias a Schopenhauer, sabemos de qué se trata. Sigue siendo una desgracia, pero al menos tiene sentido. Entendemos por qué.

¿Pero qué hay que hacer? ¿Seguir en el juego, siendo tirado por aquí y por allá como un juguete? No. Para Schopenhauer, la raíz de toda maldad es ser esclavo a la Voluntad, como un drogadicto es esclavo a la droga. Si sigue uno llevado por las pulsiones de su ego, deseando y tratando de poseer todo cuanto pueda, acabará sufriendo.

La respuesta de Schopenhauer es desprendernos de este juego a través del arte. En la vida cotidiana, nuestro ego y el uso del intelecto están al servicio de la Voluntad, por lo que nuestra percepción normal siempre está teñida por nuestros esfuerzos subjetivos, por nuestras pulsiones. Pero en la experiencia del arte, el ego y sus pulsiones se calman. La actitud aquí es contemplativa en vez de apetitiva. Una obra de arte afortunadamente realizada es capaz de calmar el apetito y, en el transcurso de esa experiencia, nos desprendemos de la Voluntad.

También aconseja Schopenhauer el ascetismo, que es la estrategia que emplea la sabiduría oriental que le inspiró en primer lugar. La disciplina mental llamada yoga o meditación tiene como objetivo calmar el incendio de pasiones que constituyen el ego. Lográndolo, alcanza uno lo que se llama nirvana, que significa literalmente soplar o extinguir la llama de nuestras pasiones.