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(Te Mintieron) No eres HUMANO… Eres un Dios Creador pretendiendo SER TÚ

Despertarium22:59

Transcription

Hay una habitación en tu mente a la que nunca entras. Crees que está vacía, pero en realidad es el taller donde se forja cada circunstancia de tu vida.

Todos operamos bajo una ley fundamental que nadie nos enseñó en la escuela. No es física ni filosofía, es la ley de la creación misma, tan impersonal como la gravedad y tan precisa como las matemáticas. Esta ley no responde a tus esperanzas ni a tus deseos, sino a lo que en el silencio de tu ser aceptas como verdadero.

Vives en una galería de espejos y has pasado toda tu vida gritándole al reflejo, suplicándole que cambie, sin darte cuenta de que la única imagen con poder es la que sostienes dentro. Los antiguos sabían esto. Codificaron el secreto a plena vista en sus historias, no como un registro del pasado, sino como un manual de instrucciones para la conciencia.

El poder para moldear el universo no es algo que debas adquirir. Ya lo posees. Por eso te pregunto, ¿por qué sigues pretendiendo que no es así? Y si todo lo que crees que es sólido e inalterable en tu vida, tu trabajo, tus relaciones, tu salud, tu cuenta bancaria, no fuera más que una sombra proyectada por algo que ocurre dentro de ti.

Pasamos nuestros días navegando por un mundo que percibimos como externo, como algo separado de nosotros. Reaccionamos a las circunstancias, nos adaptamos a los hechos y luchamos contra las condiciones, creyendo que esa es la naturaleza de la vida. Vivimos en un estado de respuesta constante a un guion que parece haber sido escrito por otra persona.

Consideramos que los eventos externos son la causa de nuestros sentimientos internos. Una buena noticia nos alegra, una mala noticia nos entristece, un ascenso nos da seguridad, un despido nos genera miedo. Vemos el mundo como el origen y a nosotros mismos como el efecto. Pero esta percepción, aunque universalmente aceptada, se basa en una profunda inversión de la verdad.

Existe una ley que opera en nuestra vida con una precisión tan infalible como la ley de la gravedad, pero funciona en un plano que no podemos ver ni tocar. Esta ley establece que el mundo exterior no es la causa, sino la consecuencia. Las circunstancias de nuestra vida no originan nuestros estados internos, sino que los revelan.

Cada persona, cada situación, cada condición que experimentas es un reflejo, un eco material de algo que primero tuvo que existir dentro de tu propia conciencia. La mayoría de nosotros vivimos reaccionando a las sombras en la pared sin darnos cuenta de que tenemos el poder de cambiar la fuente de luz que las proyecta.

Para entender cómo funciona esta ley, primero debemos comprender que no vivimos en un solo mundo, sino en dos al mismo tiempo. Y uno de ellos es infinitamente más real que el otro. Estos dos mundos son el mundo visible y el mundo creador.

El primero es el que conoces bien. Es el mundo de los objetos, de las personas, de los lugares. Es el espacio físico que recorres cada día, el conjunto de hechos y condiciones que conforman tu realidad aparente. Este es el mundo de los efectos, un universo de símbolos materializados. Sin embargo, este mundo visible, por muy sólido que parezca, no tiene poder para crear. Es como el reflejo en un espejo. Puede mostrarte una imagen, pero no puede cambiar esa imagen por sí mismo. Es una pantalla donde se proyecta una película, nada más.

El segundo mundo es el mundo creador. Este es tu mundo interior, el reino de tu conciencia, de tus pensamientos, de tus creencias y fundamentalmente de tu imaginación. Este es el único mundo que tiene sustancia real. Es la única y verdadera causa de todo lo que aparece en la pantalla del exterior. Lo que tú aceptas como verdadero en tu mundo interior, lo que sientes con convicción y asumes como un hecho en el plano de tu conciencia, debe, por una ley inmutable, manifestarse en tu mundo visible. La realidad externa está obligada a conformarse a los patrones que estableces dentro de ti.

Podemos entenderlo con una analogía simple. Piensa en el guion de una película y la película que finalmente se proyecta en el cine. El mundo físico es la película que todos ven en la pantalla. Es el drama, la comedia o la tragedia que se desarrolla ante tus ojos. Pero la película no se escribió a sí misma. Cada escena, cada diálogo y cada giro argumental fue primero concebido y escrito en el guion. El verdadero trabajo creativo no ocurre en la pantalla, sino en la mente del guionista.

Si no te gusta la película, no tiene sentido gritarle a la pantalla o intentar rasgarla. La única forma de cambiar la historia es volver al origen, al guion y reescribirlo. De la misma manera, tu vida es una proyección. Lo que llamas problemas o bendiciones son simplemente escenas que se corresponden con un guion interno. Intentar cambiar las circunstancias externas por medio de la fuerza o la lucha es tan inútil como intentar cambiar el reflejo sin alterar el objeto que lo produce. La verdadera transformación ocurre cuando dejas de prestarle toda tu atención al mundo del efecto y te giras hacia el mundo de la causa, hacia el proyector que está dentro de ti.

Si nuestro mundo interior realmente da forma al exterior, surge una pregunta crucial. ¿Cuál es exactamente el mecanismo? ¿Cómo un simple pensamiento o sentimiento se convierte en una casa, una relación o una crisis? La respuesta se encuentra en el lenguaje que entiende la conciencia. El lenguaje que entiende la conciencia universal no es el de las palabras ni el de los meros pensamientos fugaces. El universo no responde a súplicas, esperanzas o deseos vacíos. Responde a un solo tipo de comunicación, la creencia. Para la conciencia creadora, lo que tú crees que es verdad es verdad. Tu creencia es la orden que el mundo visible no tiene más remedio que obedecer.

Pero es fundamental que entendamos qué es realmente una creencia en este contexto. No es algo que afirmamos intelectualmente o que repetimos como un loro. Una verdadera creencia es un sentimiento, una convicción interna tan profunda que se siente completamente natural. Es lo que tú silenciosamente asumes como un hecho irrefutable sobre ti mismo y sobre la vida. Este es el mecanismo de la creación. Para cambiar cualquier aspecto de tu realidad externa, primero debes cambiar lo que asumes como verdadero en tu interior. Debes persuadirte a ti mismo de la realidad de tu deseo antes de que puedas verlo manifestado.

A este acto de encarnar la sensación de un deseo ya cumplido, lo llamaremos asunción. Asumir no es esperar, no es desear, no es fingir, es aceptar plenamente el sentimiento que tendrías. Si tu objetivo ya fuera una realidad tangible, te preguntas, ¿cómo me sentiría si ya fuera la persona que quiero ser? Si ya tuviera lo que deseo tener y entonces en la quietud de tu imaginación te envuelves en ese sentimiento hasta que se vuelve tu estado dominante.

Este proceso puede compararse con el acto de sembrar una semilla. Tu mente subconsciente, la parte más profunda de tu conciencia, es el suelo más fértil que existe. No tiene capacidad para rechazar nada. Acepta cualquier semilla que le des. Una asunción impregnada del sentimiento. Es esa semilla. El suelo no juzga si la semilla es de una flor hermosa o de una mala hierba. No distingue entre una semilla de abundancia y una de escasez o entre una de salud y una de enfermedad. Su naturaleza es simplemente hacer crecer lo que sea que se plante en él.

Cada vez que sostienes un sentimiento, cada vez que das por sentada una verdad sobre tu vida, estás plantando una semilla en este suelo fértil. La persistencia en esa asunción es el agua y el sol que nutren la semilla. No basta con sentir la realidad de tu deseo por un solo minuto y luego pasar el resto del día sintiendo lo contrario, sumido en la duda y la preocupación. Eso equivale a plantar una semilla y desenterrarla cada hora para ver si está creciendo. Debes permanecer fiel a tu nueva asunción. Debes caminar, hablar y actuar internamente desde la perspectiva de que tu deseo ya es un hecho consumado, aunque tus sentidos físicos aún no lo confirmen. Es vivir desde el final, no hacia el final.

La sensación de naturalidad es la señal de que la semilla ha echado raíces. Cuando la idea de tener tu deseo se siente más real que la evidencia de su ausencia, la cosecha es inevitable. Este poder de sembrar y cosechar no es algo que necesitemos aprender a usar. De hecho, lo estamos usando en cada segundo de cada día, pero la mayoría de nosotros lo hacemos completamente a ciegas, creando resultados que no entendemos.

La única manera en que podemos creer en un futuro es cuando sentimos la emoción asociada a él. Porque si sientes la emoción asociada a ello, tu cuerpo es tú, tu mente inconsciente. Es tan objetiva que no sabe la diferencia entre la experiencia real que está generando esa emoción y la emoción que tú creas solo con el pensamiento. Y así le estás dando a tu cuerpo una muestra emocional del futuro. Y cuanto más fuerte es la emoción que sientes, más recuerdas ese futuro y literalmente estás grabando el circuito para que creas más en él.

Entonces, si caemos en la costumbre y nos convertimos en víctimas de nuestra vida y decimos que alguna persona, circunstancia o condición está causando que me sienta y piense de esta manera, en el momento en que nos enojamos, frustramos, sentimos culpa, indignidad, miedo o ansiedad, ya no podemos creer en ese futuro. Esas emociones están asociadas a recuerdos del pasado y esas emociones nos hacen comportarnos como si estuviéramos en nuestro pasado, tomar decisiones que corresponden a nuestro pasado y creer en nuestro pasado. Y muchas más personas creen firmemente en su pasado que en su futuro. Y es mucho más fácil olvidar tu propia visión del futuro que recordarla con claridad.

Y entonces si eso es verdad, entonces si entendieras que esta emoción que estás sintiendo es realmente una emoción creativa, vivir en el miedo y vivir en la ira y vivir en la hostilidad y el odio y el juicio y el resentimiento, eso no tiene nada que ver con tu futuro, tiene todo que ver con el pasado.

La imaginación nunca descansa. Es un motor creativo que está perpetuamente en funcionamiento, ya sea que lo dirijas o no. Cuando no le damos una dirección clara, un objetivo definido en el que enfocarse, no se detiene. Simplemente empieza a alimentarse de cualquier material que tenga a su disposición. Y en el día a día ese material suele ser el miedo, la duda, la ansiedad y la negatividad. Se nutre de los titulares alarmistas de las noticias, de las conversaciones pesimistas con amigos o familiares, de los recuerdos de fracasos pasados y de las proyecciones ansiosas sobre el futuro. Así es como nos convertimos en creadores dormidos, fabricando nuestra realidad por accidente.

Cada vez que una persona se preocupa por no llegar a fin de mes, está en ese preciso instante asumiendo el sentimiento de la carencia. Está ensayando mentalmente la experiencia de la escasez, plantando esa semilla en el fértil suelo de su subconsciente con una convicción emocional inmensa. Cada vez que alguien teme a la enfermedad imaginando los peores escenarios, está vistiendo su conciencia con el sentimiento de ser una persona enferma. Y la ley, que es impersonal y no juzga, procede a materializar esa asunción. No lo hacemos a propósito, pero el resultado es el mismo.

Es crucial entender que esto no se trata de culpar a nadie por sus infortunios. No es una doctrina para señalar a las personas y decirles que sus problemas son su culpa. Es simplemente la revelación de una mecánica impersonal, tan neutra como la electricidad. La electricidad no decide si va a alimentar una incubadora para salvar una vida o una silla eléctrica para quitarla. Simplemente fluye y anima aquello a lo que está conectada. De la misma manera, el poder creador de tu conciencia no juzga tus asunciones, no distingue entre lo que es bueno para ti y lo que es malo. Su única función es dar forma y vida a la creencia que tú sostienes con mayor persistencia y sentimiento. El mundo es un espejo que no puede hacer otra cosa que reflejar la cara que pones ante él.

Tómate un momento y piensa en una circunstancia recurrente en tu vida, algo que parece no cambiar nunca. Puede ser en el ámbito financiero, en tus relaciones o en tu bienestar. Puedes identificar el sentimiento o la creencia interna que has estado alimentando constantemente en relación con eso. Si lo deseas, comparte en los comentarios qué patrón has descubierto en ti mismo al entender esto. Siempre puedes ayudar a alguien más cuando compartes tus experiencias.

Reconocer que hemos sido creadores dormidos es el primer paso, pero también el más liberador. Porque si hemos creado nuestras limitaciones sin saberlo, eso implica que tenemos el poder de crear también nuestra libertad. La pregunta ahora es, ¿cómo despertamos?

Despertar al poder de la creación consciente es un arte y como todo arte requiere práctica y método. No se trata de un esfuerzo violento ni de una lucha contra la realidad, sino de un sutil pero deliberado cambio de enfoque. El primer paso en este proceso es la claridad del fin. Debes saber con precisión qué es lo que quieres experimentar. No te preocupes por el cómo, los medios, los puentes de incidentes que te llevarán allí. Esa no es tu tarea. Tu única responsabilidad es definir el destino final. La mente consciente, la que usas para razonar y planificar tu día, actúa como el capitán que elige el puerto de destino. Una vez que el destino está claro y la orden está dada, el vasto poder de tu subconsciente se encargará de la navegación con un fin claro en mente.

El siguiente paso es la construcción de la escena. Debes concebir una escena breve, un momento estático que sucedería de forma natural después de que tu deseo se haya cumplido. La clave aquí es la implicación. La escena no debe ser la del momento en que recibes lo que quieres, sino una que confirme que ya lo tienes. Por ejemplo, si deseas una mejora financiera, no imagines un cheque llegando por correo. En su lugar, imagina una conversación con un ser querido en la que dices con alivio, "Qué maravilla es no tener que preocuparse más por el dinero." Si deseas una pareja, no imagines el primer encuentro, sino la sensación de un anillo en tu dedo o el estar cómodamente sentados en casa después de mucho tiempo juntos. La escena debe ser corta, fácil de recordar y debe sentirse como una consecuencia lógica de tu deseo ya realizado.

Una vez que tienes tu escena, llega la parte más crucial del proceso, la inmersión sensorial. Aquí es donde transformas una simple idea en una realidad subjetiva. Debes entrar en esa escena en primera persona como si la estuvieras viviendo ahora mismo. Cierra los ojos al mundo exterior y activa tus sentidos interiores. ¿Qué verías si estuvieras allí? Observa los colores, las formas, la luz. ¿Qué oirías? Escucha los sonidos, las voces, el silencio. ¿Qué tocarías? Siente la textura de los objetos, la temperatura del aire, el contacto de otra persona. Impregna la escena con la mayor cantidad de detalles sensoriales posible hasta que comience a sentirse sólida y real. Pero por encima de todo, captura el sentimiento. ¿Cómo te sentirías emocionalmente en ese momento? Alivio, alegría, gratitud. Ese sentimiento es la firma de la realidad. Es la sangre que le da vida a tu creación.

El paso final es la persistencia en la asunción. Después de haber vivido tu escena en la imaginación y haber capturado el sentimiento de su realidad, debes permanecer fiel a ese estado. Este es el verdadero trabajo. Durante tu día, el mundo de tus sentidos gritará para contradecir tu nueva realidad interna. Verás pruebas de lo contrario, pero tu tarea es no dejarte llevar por esas sombras. Debes volver una y otra vez al sentimiento de que tu deseo ya es un hecho. Caminas sabiendo que lo que has hecho en tu imaginación es la única realidad y que el mundo exterior es solo un espejo que tarda un poco en reflejar tu cambio. Vives desde el final, no trabajando hacia él. Cuando esta nueva asunción se siente natural, cuando se convierte en tu estado de ánimo habitual, has logrado impregnar a tu subconsciente. La manifestación física es entonces tan segura como el amanecer.

Dominar esta técnica nos lleva a una comprensión aún más profunda. No estamos simplemente atrayendo cosas hacia nosotros. Estamos haciendo algo mucho más fundamental. Estamos seleccionando la versión de la realidad que queremos experimentar. Esta comprensión nos lleva a la cumbre de la montaña, a una perspectiva desde la cual el paisaje de la realidad cambia por completo. Ya no vemos un yo aquí dentro y un universo allá afuera. Nos damos cuenta de que no existe tal separación.

Los textos antiguos y las tradiciones de sabiduría de todo el mundo, cuando se leen no como historia literal, sino como grandes mapas psicológicos, apuntan a una misma verdad monumental. La conciencia humana individual no es una entidad aislada, sino una expresión localizada de una conciencia universal única e indivisible. No eres una gota en el océano. Eres el océano entero experimentado ser una gota.

Esto significa que no hay un poder externo al que debas apelar o que debas convencer. El universo no es un juez al que le presentas tu caso. Es un espejo perfecto. Tu estado de conciencia, el conjunto de tus asunciones y creencias no influye en el universo. Es el universo que experimentas. No hay múltiples realidades fijas, sino un infinito potencial de realidades. Y tú, a través de tu estado de ser, seleccionas cuál de ellas se manifestará para ti.

Cuando cambias tu asunción interna, no estás alterando un mundo externo y sólido. Estás en realidad cambiando de universo. Te estás desplazando a un flujo de realidad diferente en el que tu deseo ya es un hecho natural. El mundo que te rodea se reajusta entonces de maneras que tu mente lógica no podría haber concebido para reflejar perfectamente tu nuevo hogar vibracional.

Esta es la razón por la cual el esfuerzo, la lucha y la fuerza de voluntad son inútiles en la creación consciente. Son herramientas del mundo de los efectos. No puedes forzar al espejo a sonreír mientras tú frunces el ceño. El cambio debe ocurrir primero en el ser que se mira en él. El único trabajo es interior. Se trata de una rendición a tu deseo cumplido, una aceptación alegre de su realidad en el único lugar donde la realidad existe. Tu propia conciencia. El mundo simplemente se acomoda. No tiene otra opción.

Entender esto nos coloca en el verdadero asiento del director de nuestras vidas. Ya no somos actores leyendo un guion ajeno. Ni siquiera somos los protagonistas reaccionando a la trama. Somos los autores silenciosos de todo el espectáculo y el poder para reescribir la siguiente escena no se encuentra en el futuro, sino aquí y ahora, en el acto de elegir qué asumimos como verdadero.

El mensaje entonces es simple y a la vez profundo. No eres una víctima de las circunstancias. No eres una hoja llevada por el viento del destino. Eres la causa operante y el poder creador detrás de cada aspecto de tu vida. Has estado ejerciendo este poder desde el día en que naciste, aunque lo hayas hecho de manera inconsciente, creando tanto tus alegrías como tus penas. La única diferencia entre la vida que tienes y la vida que deseas es la dirección consciente de tu atención y de tus asunciones.

Tu verdadero ser no es el cuerpo que habitas, el nombre que llevas o la historia que cuentas sobre ti mismo. Esas son las vestiduras, el disfraz. Tu verdadera identidad es la conciencia que anima todo eso. El poder imaginativo que sueña el sueño de la vida. Este poder no necesita ser adquirido, solo necesita ser reconocido y utilizado deliberadamente.

La invitación final, por lo tanto, no es a hacer algo frenéticamente en el mundo exterior para cambiarlo. La invitación es hacer, a ser consciente de lo que estás pensando y sintiendo, a prestar atención a las semillas que estás plantando en cada momento. Tu punto de poder es ahora. Tu herramienta es tu imaginación y tuya es la libertad de elegir la realidad que deseas experimentar. No eres un humano buscando un poder divino en algún lugar lejano. Eres el poder divino experimentando lo que es ser humano. Lo has olvidado, pero ya es hora de recordar quién eres.

Si llegaste hasta aquí, recibe como siempre un fuerte abrazo en nombre de todo el equipo. Por hoy me despido sin más, no sin antes agradecerte por tu presencia. Que todo lo bueno del mundo llegue a ti. Nos vemos pronto.