📱

Get Our Mobile App

Take your business learning on the go!

Download on the App StoreGet it on Google Play

📖🕯 Todo Por Gracia by Charles Spurgeon - Capítulo 6

Jesus Answers Prayer18:55

Transcription

Sobre la liberación de pecar en este lugar, quisiera expresar una sencilla palabra o dos para quienes entienden el método de justificación por fe, que es en Cristo Jesús, pero cuyo problema es que no pueden dejar de pecar. Nunca podremos ser felices, ni tener sosiego, ni ser sanos espiritualmente, mientras no lleguemos a ser santos. Debemos ser liberados del pecado, pero ¿cómo ha de ser obrado el rescate? Esta es la pregunta de vida o muerte para muchos.

La vieja naturaleza es muy fuerte y, a pesar de que han tratado de reprimirla y domarla, no acepta ser sometida. Y aunque están ansiosos de ser mejores, descubren que sólo están volviéndose peores que antes. El corazón es tan duro, la voluntad es tan obstinada, las pasiones son tan furiosas, los pensamientos son tan volátiles, la imaginación es tan ingobernable y los deseos son tan indómitos, que el hombre siente que tiene una madriguera de bestias salvajes en su interior que lo devorarán antes que ser gobernadas por él.

Podríamos decir de nuestra naturaleza caída lo que dijo el Señor en relación al leviatán: "¿Jugarás con él como con pájaro, o lo atarás para tus niñas?". Un hombre podría esperar de igual manera sostener el viento del Norte en el hueco de su mano, que controlar mediante su propia fuerza aquellos poderes borrascosos que moran dentro de su naturaleza caída. Esta es una mayor hazaña que cualquiera de los fabulosos trabajos de Hércules. Para esto se precisa a Dios.

"Yo podría creer que Jesús perdona el pecado", dice alguien, "pero entonces mi problema es que peco de nuevo y que siento terribles tendencias al mal dentro de mí". Con la misma certeza que una piedra, si es arrojada al aire, pronto cae otra vez a la tierra, lo mismo sucede conmigo. Pues, aunque soy enviado al cielo por la predicación de no dada, regreso de nuevo a mi insensible estado. Ay, me quedo fácilmente embelesado con los terribles ojos del pecado y permanezco como bajo un hechizo, de tal manera que no puedo escapar a mi propia insensatez.

Querido amigo, la salvación sería un asunto tristemente incompleto si no tratase con esta parte de nuestro estado caído. Necesitamos ser purificados al igual que perdonados. La justificación sin la santificación no sería salvación en absoluto. Llamaría limpio al leproso y lo dejaría para que muriera de su enfermedad. Perdonaría la rebelión y permitiría que el rebelde permaneciera siendo un enemigo para con su Rey. Quitaría las consecuencias, pero no advertiría la causa, y esto dejaría ante nosotros una tarea interminable y desesperanzada. Te tendría el torrente por un tiempo, pero dejaría abierta una fuente de contaminación que tarde o temprano irrumpiría con mayor poder.

Recuerda que el Señor Jesús vino para quitar el pecado de tres maneras: él vino para quitar el castigo del pecado, el poder del pecado y, por fin, la presencia del pecado. Puedes alcanzar enseguida la segunda parte. El poder del pecado puede ser quebrantado inmediatamente, y así estarás en el camino hacia la tercera parte, es decir, la eliminación de la presencia del pecado. Sabemos que él apareció para quitar nuestros pecados. El Ángel dijo de nuestro Señor: "Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados". Nuestro Señor Jesús vino para destruir en nosotros las obras del demonio. Lo que fue dicho en el nacimiento de nuestro Señor fue declarado también en su muerte. Pues cuando el soldado le abrió su costado, al instante salió sangre y agua, para expresar la doble curación por la cual somos liberados de la culpa y de la contaminación del pecado.

No obstante, si estás turbado por el poder del pecado y por las tendencias de tu naturaleza, como podría ser el caso, aquí hay una promesa para ti. Ten fe en ella, pues figura en ese pacto de gracia que es ordenado en todas las cosas y será guardado. Dios, que no puede mentir, ha dicho en Ezequiel 36:26: "Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne". Puedes ver que todo es "Yo haré" y "Yo haré", "Yo daré" y "Yo quitaré". Este es el estilo real del Rey de Reyes, que es capaz de cumplir toda su voluntad. Ninguna de sus palabras caerá a tierra jamás.

El Señor sabe muy bien que tú no puedes cambiar tu propio corazón y que no puedes limpiar tu propia naturaleza, pero también sabe que él puede realizar ambas cosas. Él puede hacer que el etíope mude su piel y el leopardo sus manchas. Oye esto y asómbrate. Él puede crearte una segunda vez. Él puede hacer que nazcas de nuevo. Este es un milagro de gracia, pero el Espíritu Santo lo realizará.

Sería algo sumamente prodigioso si uno pudiera estar al pie de las Cataratas del Niágara y pudiera decir una palabra que hiciera que el río Niágara comenzara a correr en dirección contraria y remontar ese gran precipicio en el que ahora se desploma con estupenda fuerza. Nada sino el poder de Dios podría lograr ese prodigio. Pero eso no sería más que un paralelismo adecuado para lo que tendría lugar si el curso de tu naturaleza fuera invertido por completo. Todas las cosas son posibles para Dios. Él puede cambiar radicalmente la dirección de tus deseos y de la corriente de tu vida. En lugar de despeñarte apartándote de Dios, él puede hacer que tu ser entero tienda hacia arriba, hacia Dios. Esto es, de hecho, lo que el Señor ha prometido hacer para todos aquellos que están en el pacto, y sabemos por la escritura que todos los creyentes están en el pacto.

Permítanme leer estas palabras de nuevo: "Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne". ¡Cuán asombrosa es esta promesa! Y es "sí" y "amén" en Cristo Jesús, por medio de nosotros, para la gloria de Dios. Hemos de decirla, aceptarla como verdadera y apropiarnosla, entonces será cumplida en nosotros, y tendremos que cantar en días y años por venir acerca de ese cambio maravilloso que la soberana gracia de Dios ha obrado en nosotros.

Es muy digno de consideración que cuando el Señor quita el corazón de piedra, el acto es cumplido, y cuando es realizado una vez, ningún poder conocido podría quitar jamás ese nuevo corazón que él da y ese espíritu recto que pone dentro de nosotros. Irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios. Esto es sin arrepentimiento de su parte. Si él ha otorgado algo alguna vez, no lo quita. Si él te renueva, serás renovado. Las reformas y limpiezas del hombre pronto llegan a un fin, pues el perro vuelve a su vómito. Pero cuando Dios pone un nuevo corazón en nosotros, el nuevo corazón queda allí para siempre y nunca se endurecerá ni se convertirá de nuevo en corazón de piedra. Quien lo hizo de carne, lo mantendrá así. Hemos de regocijarnos y alegrarnos para siempre en lo que Dios crea en el reino de su gracia.

Para explicar este asunto de manera muy sencilla, ¿has oído alguna vez acerca de la ilustración del Señor Rowland Hill sobre la gata y la puerca? Te la contaré a mi manera para ilustrar las expresivas palabras de nuestro Salvador: "Os es necesario nacer de nuevo". ¿Ves aquella gata? ¡Qué aseada criatura es! ¡Cuán diestramente se lava con su lengua y sus zarpas! Es un espectáculo muy agradable. Por otra parte, ¿viste a una puerca hacer eso alguna vez? No, nunca. La viste. Va en contra de su naturaleza. Prefiere revolcarse en el cieno. Anda y enseña a una puerca a lavarse y verás cuán poco éxito tendrás. Sería una gran mejora sanitaria si los cerdos fueran limpios. Enséñales a lavarse y a limpiarse como la gata lo ha estado haciendo. ¡Inútil tarea! Puedes lavar a esa puerca por la fuerza, pero se apresura al cieno y pronto está tan sucia como siempre. La única manera en la que puedes conseguir que una puerca se lave a sí misma es transformándola en una gata. Entonces, sí, se lavaría y estaría limpia, pero no antes.

Supongamos que esa transformación se lograra. Entonces, lo que era difícil o imposible se torna sumamente fácil. La puerca estará presentable para tu sala de recibo y para la alfombra que está junto a la chimenea. Lo mismo sucede con un impío. No puedes forzarle a hacer lo que el hombre regenerado hace de buena gana. Podrías enseñarle y darle un buen ejemplo, pero él no puede aprender el arte de la santidad, pues no tiene una mente para ello. Su naturaleza le guía en otra dirección. Cuando el Señor hace de él un hombre nuevo, entonces todas las cosas muestran un aspecto diferente. Este cambio es tan grande que una vez oí que un convertido decía: "¡O todo el mundo ha cambiado, o yo he cambiado!". La nueva naturaleza fluye en pos del bien tan naturalmente como la vieja naturaleza se extraviaba en pos del mal. ¡Qué bendición es recibir una naturaleza así! Sólo el Espíritu Santo puede otorgarla.

¿Consideraste alguna vez qué cosa tan maravillosa es que el Señor otorgue un nuevo corazón y un espíritu recto a un hombre? Tal vez hayas visto a una langosta que luchó con otra langosta y, habiendo perdido una de sus tenazas, le creció una nueva. Eso es algo extraordinario, pero es un hecho mucho más asombroso que un hombre reciba un nuevo corazón. Esto, en verdad, es un milagro que está más allá de los poderes de la naturaleza. Allí está un árbol; si cortas una de sus ramas, otra puede crecer en su lugar, pero ¿puedes cambiar al árbol? ¿Puedes endulzar la savia amarga? ¿Puedes hacer que el espino produzca higos? ¿Puedes injertarle algo mejor? Y esa es la analogía de la obra de gracia que nos proporciona la naturaleza. Pero cambiar absolutamente la savia vital del árbol sería, en verdad, un prodigio.

Dios obra en todos los que creen en Jesús un prodigio y un misterio de poder semejantes. Si te rindes a su operación divina, el Señor alterará tu naturaleza. Él someterá a la vieja naturaleza y soplará una nueva vida en ti. Pon tu confianza en el Señor Jesucristo, y quitará de tu carne el corazón de piedra y te dará un corazón de carne. Donde todo era duro, todo será blando; donde todo era maligno, todo será virtuoso; donde todo tendía hacia abajo, todo se alzará con impetuosa fuerza. El león de la ira dará lugar al cordero de la mansedumbre. El cuervo de la inmundicia volará delante de la paloma de la pureza. La vil serpiente del engaño será hollada bajo el talón de la verdad.

He visto con mis propios ojos cambios tan maravillosos de carácter espiritual y moral que no pierdo las esperanzas por nadie. Yo podría, si fuera conveniente, señalar a quienes una vez fueron mujeres impúdicas que son ahora puras como la nieve apretada, y a hombres blasfemos que ahora deleitan a quienes les rodean por su intensa devoción. Los ladrones son vueltos honestos, los borrachos socios, los mentirosos veraces, los burladores celosos. Siempre que la gracia de Dios ha llegado a un hombre, lo ha educado para negar la impiedad y las concupiscencias mundanas, y para vivir sobriamente, rectamente y piadosamente en este presente mundo perverso. Y, querido oyente, lo mismo hará por ti.

"Yo no puedo hacer este cambio", dice alguien. ¿Quién dijo que tú podrías? La escritura que hemos citado habla no de lo que el hombre hará, sino de lo que Dios hará. Es la promesa de Dios, y a él le corresponde cumplir sus propios compromisos. Confía en que él cumplirá su palabra en ti, y así será. Pero, ¿cómo se llevará a cabo eso? No es asunto tuyo. ¿Acaso el Señor habría de explicarte sus métodos antes de que le creas? La obra del Señor en este asunto es un gran misterio. El Espíritu Santo lo lleva a cabo. Quien hizo la promesa tiene la responsabilidad de guardar la promesa, y él está a la altura de las circunstancias.

Dios, que prometió este maravilloso cambio, seguramente lo implementará en todos los que reciben a Jesús, pues a todos ellos les da potestad de ser hechos hijos de Dios. ¡Oh, que creyeras en esto! ¡Oh, que le hicieras al benigno Señor la justicia de creer que él puede hacer esto y que lo hará por ti, aunque sea un gran milagro! ¡Oh, que creyeras que Dios no puede mentir! ¡Oh, que confiaras en él para tener un nuevo corazón y un espíritu recto, pues él puede dártelos! Que el Señor te dé fe en su promesa, fe en su Hijo, fe en el Espíritu Santo y fe en él mismo, y a él será la alabanza y la honra y la gloria por siempre y para siempre. Amén.