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El historiador inglés Eric Hobsbawm dice que el siglo 19 comienza con un gran volcán revolucionario que tiene dos cráteres, uno más económico en Inglaterra, la Revolución Industrial y durante el último cuarto del siglo 18 y otro más político en Francia, la Revolución Francesa a partir de 1789.
Pero tanto una como otra son expresión de un proceso de fondo que se está desarrollando en ese momento histórico, que es la consolidación del capitalismo. La Revolución Francesa aparecen medidas tales como la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, la abolición del orden Feudal y del Absolutismo Monárquico.
El cuerpo de ideas que conocemos como liberalismo sustenta ideológicamente la ruptura revolucionaria con el orden establecido, esto es, con el antiguo régimen. Transcurrida la década revolucionaria y el período napoleónico, el congreso de Viena reunido en 1815 representará un intento de retorno al pasado prerrevolucionario, esto es lo que en historia llamamos la restauración.
Pero contra todos los esfuerzos conservadores, la revolución continúa su marcha. Prueba de ello serán los ciclos revolucionarios de mil 820, mil 830, mil 848, las expresiones del nacionalismo y la aparición de los primeros intentos de reivindicaciones y protagonismo de los trabajadores.
Así esta etapa es manifestación de una prueba de fuerza entre restauración y revolución, y la poderosa fuerza del nacionalismo juega a favor de la revolución, porque la restauración, a través de las decisiones del congreso de Viena y a través de las acciones de la Santa Alianza, había sido antinacional.
El nacionalismo es un fenómeno complejo. La línea de nación no es preexistente, sino que se construye y no parece históricamente siempre de la misma manera, pero sí constituyó un factor decisivo y contribuyó entre las décadas de 1860 y 1870 a configurar el mapa de Europa, ya fuera en un sentido aglutinante como en el caso de las unificaciones de Italia o de Alemania, o bien en un sentido desintegrador como ocurrió con la disolución del Imperio Austrohúngaro.
Pero las unificaciones ocurridas en la Europa central a mediados de la segunda mitad del siglo 19 no son únicamente procesos políticos, son también manifestaciones de la consolidación progresiva del poder burgués, es decir, del capitalismo. Sobre los basamentos constituidos por el respeto a las libertades y a la propiedad privada consagrado con la Revolución Francesa, los sectores más poderosos de los reinos de Piamonte Cerdeña y de Prusia llevan adelante los respectivos proyectos de unificación que cristalizarán en un orden social con escasos componentes democráticos.
Porque es necesario tener presente que Liberalismo no es de por sí un sinónimo de Democracia ni República. En realidad, a lo largo de casi todo el siglo 19 funcionan más bien como conceptos contrapuestos, hasta que confluyen progresivamente hacia el final del siglo 19 y comienzos del siglo 20.
Pero paralelamente a su consolidación, el capitalismo va generando inexorablemente los elementos que lo combatirán y lo cuestionarán. Los textos de Marx y Engels, los conflictos sociales que se multiplican, la conformación de sindicatos y partidos obreros expresan las aspiraciones, las luchas de una clase trabajadora numerosa y explotada que poco a poco irá tomando conciencia de su situación.
Hacia fines del siglo 19, el fenómeno del imperialismo representa el punto culminante del poderío europeo, justificado por la ideología colonial sostenida por líderes de la época. Ese mismo imperialismo, en la misma época, será lúcidamente criticado por Lenin. Europa, que en ese momento cuenta con los recursos como para hacerlo, extiende su poderío sobre el resto del planeta, impone de esta manera condiciones económicas y modelos políticos, culturales y religiosos.
Es en el marco de estos densos y complejos procesos históricos, en este clima de ideas, en que deben leerse e interpretarse los procesos de independencia y constitución de los estados latinoamericanos.