Transcription
Prepárate como María. El Señor esté con vosotros. Con tu espíritu.
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas. Gloria a ti, Señor.
En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José de la casa de David. El nombre de la Virgen era María. El ángel entrando en su presencia dijo, "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo." Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo, "No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concibirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre. Reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin."
Y María dijo al ángel, "¿Cómo será eso? pues no conozco varón." El ángel le contestó, "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios." También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez y ya está de 6 meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.
María contestó, "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra." Y el ángel se retiró.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
No hay vez que lea o medite este evangelio sin que me emocione. Además, los recuerdos me llevan a la primera vez y el resto en que he podido celebrar la Santa Misa allí. En aquella humilde cueva en Nazaret, donde se produjo este anuncio del ángel a la Virgen y esta aceptación por parte de María, si Dios quiere, confío en que Dios me lo permita. Volveré a estar allí en el próximo mes de marzo con una peregrinación. Es tan impresionante.
Cristo se hace hombre para salvar a los hombres, pero hay una puerta de entrada. Esa puerta de entrada tiene que ser cruzada porque Dios respeta la libertad. Esa puerta de entrada se llama María. Es la puerta del cielo, pero es también la puerta de la tierra. A ella no se le obliga, a ella se le solicita y se le pide. Dios respeta nuestra libertad. San Agustín lo dirá más tarde. Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti.
Pero lo primero que viene proclamado por el ángel es un dogma que la Iglesia tardó nada menos que 1854 años en reconocer y proclamar como tal, pero que ya está aquí anunciado. El ángel llama a la Virgen llena de gracia. Llena de gracia. No podía estar llena de gracia si no hubiera estado exenta del pecado original. Porque aún no se había producido la encarnación del Redentor. Primera frase. Por lo tanto, María es la Inmaculada. Lo dice el ángel. Es la primera cosa que dice, llena de gracia.
Y en segundo lugar le dice, "No tengas miedo." Y eso nos lo dice a nosotros. Se lo dice a María, nos lo dice a nosotros. No tengas miedo. No tengas miedo, alma mía, recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo. No tengas miedo. No tengas miedo. Confía. Confía. El Todopoderoso te ama, te conoce y te ama. No tengas miedo.
¿A qué no hay que tener miedo? Hacer la voluntad de Dios, por ejemplo, siguiendo al Señor para consagrarse a él. El miedo normalmente no está en las dificultades que van a venir, sino en la capacidad que tú tendrás para hacer frente a esas dificultades. No está en las pruebas. Vas a tener que mantener la castidad, la pobreza, la obediencia, sino en la fuerza que tú tendrás para ser casto, pobre y obediente. No está en la dedicación. Tendrás que vivir 24 horas sobre 24 pendiente de Dios y de los hijos de Dios. Si no está en la fuerza que tú tendrás, seré capaz. Ahí está el miedo. Dios te hará capaz. No tengas miedo. No tengas miedo.
Dios puede hacer, lo dice también San Pablo, con nosotros muchísimo más de lo que imaginamos y soñamos si nos ponemos en sus manos, porque es Dios y no nosotros los que el que obra las maravillas. Después de quitarle el miedo, le pide permiso y le dice el plan de Dios. Le dice, "No temas porque has encontrado gracia. Concebirás en tu vientre, darás a luz un hijo, le pondrás por nombre Jesús. Será grande. Él liberará a su pueblo de los pecados."
Bueno, le pide permiso y entonces ocurre algo insólito. Esta inmaculada, esta jovencita llena de gracia le para los pies al ángel. "¿Cómo sabré que tú eres un ángel de Dios y no el demonio? ¿Cómo sabré que esto es la voluntad de Dios?" No pregunta como había dicho, había hecho Zacarías, eh, a ver, dame una prueba. No, no. La Virgen no tiene dudas de que Dios puede hacer eso y más cosas, pero quiere saber si de verdad esa es la voluntad de Dios. Entonces no pregunta por el fin, lo acepta. Por el poder del que lo manda, por supuesto que lo acepta. Pregunta por los medios. Esta es la primera lección que nos da la Virgen y es la base esencial de toda la moral católica. Es la Virgen la que nos enseña el camino de la ética cristiana. El fin no justifica los medios.
"¿Cómo será eso? Pues no conozco, varón." ¿Qué va a ocurrir conmigo para quedar embarazada? ¿Qué me va a pasar? ¿Me vas a pedir que yo traicione a mi marido? Había tenido lugar ya la primera parte de los desposorios. ¿Me vas a pedir que traicione a mi marido? Voy a tener que hacer algo indigno, algo que va en contra de los mandamientos y de mi conciencia. "¿Cómo será eso? Pues no conozco varón." Es decir, soy virgen, ¿cómo me voy a quedar embarazada? No dice que Dios no pueda hacerlo, no pide una prueba, dice, "Quiero saber cómo, porque así sabré si este es el camino de Dios, si de verdad tú eres un ángel de Dios y no un demonio que se disfraza, el fin no justifica los medios." Ahí ya tenemos a María como la maestra. Madre va a serlo y ya maestra.
El ángel se lo aclara. El ángel no la castiga, como había hecho el mismo ángel con Zacarías por haber dudado. "Te vas a quedar mudo hasta que nazca el niño." 9 meses de quedarte mudo. El ángel se lo explica. Entiende perfectamente que madre tiene el derecho y el deber de hacer esta pregunta. Y entonces la Virgen responde con una frase que la define a ella, el ángel la ha definido llena de gracia, inmaculada y ella se define a sí misma esclava. Esclava. Esclava del Señor. No de San José, no de los hombres. Esclava del Señor, mujer de San José, pero esclava del Señor. La esclava del Señor.
Y esto, simplemente esta frase nos retrotrae al inicio de la creación, al libro del Génesis, aquella primera tentación, la tentación primordial. Si decides por ti mismo lo que es bueno y lo que es malo, serás como Dios. Seréis dioses. La tentación es la que caen Eva y Adán. Y María, movida por el Espíritu Santo que tiene dentro esta inmaculada llena de gracia, se sitúa como la nueva Eva, como la que rechaza ser diosa, como la que se concibe a sí misma, no como una aspirante a derrotar a Dios, a derribarle de su trono para ponerse ella. Sino como la que se concibe a sí misma, como la que está permanentemente al servicio de Dios con la humildad de su esclava. Lo dirá más tarde, unos meses más tarde, cuando pronuncie el Magnificat delante de Santa Isabel, el Señor ha mirado la humillación de su sierva. Seguramente es la frase más importante pronunciada por un ser humano en la historia de la humanidad. Esta frase abrió la puerta. Esta frase permitió la encarnación, pero esta frase también nos indica cuál es nuestro camino. Aquí está. "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra." Y el ángel se retiró.
La esclava. Esa es María, la inmaculada, pero la que quiere ser solo la esclava del Señor. La esclava. Y eso es lo que tenemos nosotros que imitar de nuestra madre si queremos parecernos a ella. Quiero ser como tú. Quiero que me ayudes a ser como tú. Ayúdame a tener humildad, a confiar ciegamente en los momentos de mayor turbación, de mayor miedo, de mayor riesgo, aceptar la voluntad de Dios cuando la entiendo y cuando no la entiendo. Quiero ser como tú. No quiero pedir explicaciones. Quiero simplemente decir, "Hágase en mí según tu palabra."
Pidámosle a Dios por mediación de María que nos ayude a ser dignos hijos de esta madre, a parecernos al menos un poco a esta inmaculada humilde, a esta nueva Eva, a esta puerta del cielo y puerta de la tierra. Repitamos nosotros con el corazón en la mano. Señor, aquí está el esclavo, la esclava del Señor. Ayúdame tú. Ayúdame. Ayúdame para parecerme a tu santísima madre. Que así sea.