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Evangelio de hoy Martes 09 de Diciembre de 2025 | Lecturas y Reflexión

Padre Jorge Pulido M17:31

Transcription

Martes 9 de diciembre de 2025.

Sean bienvenidos, mis queridos hermanos, a este encuentro con la palabra del Señor. Les invito para que nos pongamos en presencia de Dios e iniciemos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Pidamos la fuerza, la gracia, el don del Espíritu Santo. Oh Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, inspírame siempre lo que debo pensar, lo que debo decir, cómo debo decirlo, lo que debo callar, cómo debo actuar, lo que debo hacer para gloria de Dios, bien de las almas y mi propia santificación. Espíritu Santo, dame agudeza para entender, capacidad para retener, método y facultad para aprender, sutileza para interpretar, gracia y eficacia para hablar, dame acierto al empezar, dirección al progresar y perfección al acabar. Amén.

Espíritu Santo, ilumínanos y santifícanos.

Con mucha alegría les comparto las lecturas correspondientes al día de hoy. La primera lectura es tomada del libro del profeta Isaías en el capítulo 40, versículos del 1 al 11.

"Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén, gritadle que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados. Una voz grita en el desierto, preparadle un camino al Señor. Allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios. Que los valles se levanten, que los montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor y la verán todos juntos. Ha hablado la boca del Señor. Dice una voz, grita. Respondo, ¿qué debo gritar? Toda carne es hierba y su belleza como flor campestre. Se agosta la hierba. Se marchita la flor cuando el aliento del Señor sopla sobre ellos. Sí, la hierba es el pueblo. Se agosta la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre. Súbete a un monte elevado, heraldo de Sion. Alza fuerte la voz. Heraldo de Jerusalén, álzala. No temas. Di a las ciudades de Judá, aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder y su brazo manda. Mirad, viene con él su salario y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho. Cuida el mismo a las ovejas que crían."

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Oremos con el salmo 95.

"Aquí está nuestro Dios que llega con fuerza. Cantad al Señor un cántico nuevo. Cantad al Señor toda la tierra. Cantad al Señor. Bendecid su nombre. Proclamad día tras día su victoria. Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones. Decida a los pueblos, el Señor es rey. Él gobierna a los pueblos rectamente. Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena. Vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque delante del Señor que ya llega, ya llega a regir la tierra. Regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad."

Aquí está nuestro Dios que llega con fuerza.

El evangelio es tomado de San Mateo en el capítulo 18, versículos del 12 al 14.

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos, "¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene 100 ovejas. Si una se le pierde, no deja la 99 en los montes y va en busca de la perdida. Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las 99 que no se habían extraviado. Igualmente, no es voluntad de vuestro padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños."

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Mis queridos hermanos, continuamos en este tiempo del Adviento, caminando en esta segunda semana del tiempo del Adviento, de la espera de la llegada de nuestro Señor Jesucristo a nuestros corazones. Recordemos que el Adviento nos está preparando para dos venidas, para dos llegadas. La palabra adviento significa que ya viene el Señor, la llegada de Jesús, del Mesías. La primer llegada la que vamos a celebrar el 25 de diciembre, el 24 a la medianoche en la misa de la Navidad. y también la segunda venida, esa segunda venida que se va a realizar el día de la parucía de nuestro Señor Jesucristo, pero que también se nos puede adelantar ese encuentro con la gloria, con la majestad de Dios si morimos antes de que Cristo descienda de los cielos, que también es muy factible, nos estamos preparando para el encuentro con el Señor y la palabra de Dios nos sigue hablando a través del profeta Isaías en la primera lectura.

Esta primera lectura es un texto precioso, maravilloso. Dice la palabra, le dice Dios al profeta, "Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios, hablad al corazón de Jerusalén." Hermanos, el tiempo del Adviento es un tiempo de esperanza. Es un tiempo de consuelo porque Dios va a llenar a su pueblo con la luz de su hijo amado, nuestro Señor Jesucristo. Por eso es que dice, "Gritadle que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados. Ya hay uno que vino y que pagó por nosotros. Hay uno que saldó la deuda del pecado derramando su sangre preciosa en la cruz. Por eso es que el profeta tiene que gritar, consolar al pueblo, darle esta palabra de esperanza, porque en gracia de Dios, por la victoria de Cristo, hemos sido redimidos, hemos sido salvados.

Dice la escritura, una voz grita en el desierto, preparadle un camino al Señor. Allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios. Que los valles se levanten y que los montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Ya sabemos, como lo dice el evangelio de San Mateo, la voz que grita en el desierto es Juan el Bautista, el gran precursor de nuestro Señor Jesucristo, el que va disponiendo corazones, el que va preparando nuestros corazones para la llegada de nuestro Señor Jesucristo. ¿Y cuál es ese que grita en el desierto? ¿Y qué es lo que él grita? conviértanse, alláen los caminos para que entre el Señor. Él viene con justicia, él viene con gracia, pero él viene sobre aquellos que han abajado esas esas colinas de orgullo, de prepotencia, y ha levantado esos valles de paz, de sinceridad, de amor, de justicia, que se iguale lo que está escabroso y que lo torcido se enderece. Fíjense, hermanos, que es un llamado a la conversión, es un llamado al cambio de vida, a corregirnos interiormente, a hacer revisión de nuestro corazón, cómo estamos en orden a la propuesta de Jesús, qué estamos haciendo para preparar y disponer el corazón.

Y dice la palabra, "Se revelará la gloria del Señor y la verán todos juntos." Ha hablado la boca del Señor. Dice una voz, grita. Y entonces el profeta responde, "¿Qué debo gritar? Toda carne es hierba y su belleza como flor campestre. Todos los pueblos son hierba. Todos nosotros somos como la flor campestre, que por la mañana está bella y luego se marchita, se muere. Todo lo que hay en este mundo pasa, se agota, se acaba. Hermanos, lo único que permanece, como dice la palabra, es precisamente lo que sale de la boca de Dios. Dice la escritura, la palabra de nuestro Dios permanece para siempre. La palabra. Por eso debemos de caminar en orden a la palabra. ¿Y quién es la palabra? Es Jesucristo, verbo encarnado, que se hace hombre por amor a nosotros. Cristo es la palabra, Cristo es el verbo, Cristo es el dabar de Dios. Cristo es el logos que viene a permanecer en el corazón de todos aquellos que le escuchan con atención.

Dice el Señor al profeta, "Súbete a un monte elevado, heraldo de Sion. Alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén, álzala. No temas. Di a las ciudades de Judá, aquí está vuestro Dios. Este es el anuncio de la Navidad ante el cual nos estamos preparando con el Adviento. Aquí está nuestro Dios, el Emmanuel, el Dios con nosotros. Está la palabra de esperanza, está la palabra de salvación. Mirad, el Señor Dios llega con poder y con su brazo manda. Mirad, viene con él su salario y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho. Cuida el mismo a las ovejas que crían. Aquí ya se está evocando la figura de Jesús, buen pastor. Desde el Antiguo Testamento, en el ambiente pastoril, el pueblo de Israel veía en Dios a un pastor que los cuidaba, los apacentaba, los conducía a estanques para beber, para calmar la sed, que lo llevaba a pastos abundantes, que los corregía. Hermanos, ese pastor es Jesucristo, es el Señor. El mismo en persona va a venir a pastorear a su pueblo. Él va a venir a tomar en brazos a los corderos, a las crías. Él va a venir a vendar las heridas de aquellas que están enfermas. Él va a venir a apacentar a su rebaño.

Esto conecta inmediatamente con el evangelio que escuchamos en el día de hoy, cuando San Mateo nos cuenta que Jesús dijo a sus discípulos, "¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene 100 ovejas. Si se le pierde una, no deja las 99 en los montes y va en busca de la perdida." nos propone esta parábola de la oveja perdida de una manera muy sintética, pero dándonos este mensaje de misericordia. Jesús es el buen pastor que ha venido por la oveja perdida, por la oveja descarriada. Él es capaz de dejar las 99 para ir en busca de una sola. ¿Por qué? Porque a todos nos ama con un amor eterno, con un amor infinito, con un amor entrañable. Y dice, "Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las 99 que no se habían extraviado. La alegría que tiene el Señor cuando nosotros nos dejamos encontrar por él. Qué importante que durante este tiempo del Adviento nos dejemos encontrar por Jesús, buen pastor, porque él quiere apacentarnos, él quiere cuidarnos. Pongámonos en las manos de este pastor. Son las mejores que existen, mis hermanos. Él viene con esos cuidados tan grandes, tan hermosos. Él viene a recostarnos sobre su pecho. Él viene a llevarnos sobre sus hombros. Él viene a sanarnos. viene a curar nuestras heridas, las heridas que el pecado, que la desobediencia ha causado en nuestra carne débil. A eso viene Jesús. Él es el buen pastor y dice la escritura, igualmente, no es voluntad de vuestro padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños. Nuestro padre no quiere que ninguno de nosotros nos perdamos, aún el más pequeño de todos, el más pecador de todos ante los ojos de Dios. Por esa persona el Padre envió a Jesús al mundo.

Hoy nosotros tenemos un gran encargo. ¿En qué consiste ese encargo? En congregar, en reunir a las ovejas dispersas. ¿Para qué? para que Jesús las pueda las pueda sanar. La iglesia es como ese redil, la iglesia es como ese corral donde se acumulan, donde se reúnen las ovejas para que el pastor las pueda cuidar, las pueda apacentar. Todos los que evangelizamos estamos cooperando, colaborando para que las ovejas se encuentren con el pastor. Ese es nuestro trabajo. Somos heraldos, somos mensajeros. Nosotros no somos los salvadores, el que salva es Jesús. Pero nosotros sí acompañamos el rebaño. ¿Para qué? para que ese rebaño pueda ser acogido por los brazos de papá Dios, por los brazos de nuestro Señor Jesucristo, buen pastor. Qué gran tarea la que tenemos. Tú, mi hermano, mi hermana, debes colaborar para que tus hijos, para que tu esposa, para que tu esposo, para que tus compañeros puedan llegar donde Jesús, buen pastor. Esa es la tarea. Eso es lo que Jesús ha puesto en nuestras manos. Él nos comparte su ministerio, él nos comparte su gracia para que nosotros podamos ayudarle a congregar el rebaño disperso. Todos nosotros somos colaboradores de la obra de la salvación, como lo hizo la santísima Virgen María con su sí generoso. Nosotros somos oveja perdida, encontrada por el Señor, pero también somos del grupo de los que ayudan a encontrar a otras ovejas. No se nos puede olvidar que somos corresponsables de la salvación de aquellos que están a nuestro alrededor. Tú eres profeta. Tú estás llamado a anunciar esta palabra, a compartirla con todo aquel que esté lejos de Dios. Todos nosotros cumplimos una labor, una misión y es la de colaborar en el anuncio del reino de los cielos, en el anuncio gozoso del evangelio.

Que Dios les bendiga y les guarde, mis queridos hermanos, en el poderoso nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Que tengan un santo y un feliz día en el amor de Dios. M.