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La ciencia lo confirma: la mente no está solo en tu cerebro | Nazareth Castellanos.

NeuroSabiduria8:29

Transcription

¿Qué es la mente? ¿Dónde empieza? ¿Está en el cerebro? ¿Está en el cuerpo? ¿Está en todas partes?

Durante mucho tiempo creímos que la mente era un producto del cerebro, como si los pensamientos salieran disparados de las neuronas, igual que el sonido de una radio sale del aparato. Pero la ciencia actual nos invita a mirar con más humildad y con más asombro, porque el cerebro no lo explica todo. Sabemos cómo se activan las zonas cerebrales cuando alguien habla, siente, piensa o imagina. Podemos mapear las regiones que se prenden cuando recordamos, cuando decidimos, cuando sentimos miedo, pero aún no sabemos por qué aparece una experiencia consciente. Aún no hay una fórmula que explique cómo un conjunto de neuronas produce la vivencia de estar presente. La conciencia no está localizada y eso lo cambia todo. No hay un lugar en el cerebro donde se encuentra el yo. No hay una neurona reina. No hay una estructura que lo controle todo y sin embargo, aquí estás escuchando, sintiendo, existiendo.

Eso no es un fallo de la ciencia, es un misterio que la ciencia observa, porque la ciencia no demuestra, pero sí muestra. Y lo que nos muestra hoy es que la mente no se puede reducir a una función más del cerebro. La mente se revela, aparece, florece en condiciones determinadas. Y eso nos invita a dejar de buscar su origen y empezar a cuidar el entorno en el que puede aparecer.

A veces, para comprender lo que somos, hay que mirar lo que se rompe. En los años 60 se realizaron estudios con personas a las que se les había seccionado el cuerpo calloso, la estructura que conecta los dos hemisferios cerebrales. Lo hicieron como tratamiento para casos graves de epilepsia, pero el resultado fue asombroso. El cerebro se dividía y con él la conciencia. Uno de los pacientes recibió una orden que solo uno de sus hemisferios podía entender. Su cuerpo actuó, se levantó, caminó, cogió un objeto, pero cuando le preguntaron por qué lo había hecho, no lo sabía. Su otro hemisferio, el que controla el habla, no había recibido la orden. Entonces, inventó una razón lógica. Razonó una acción que no había elegido conscientemente. ¿Qué nos dice esto? Que la mente puede actuar sin que la conciencia lo sepa, que el cuerpo puede moverse desde una parte de ti que no piensa en el sentido tradicional, pero que sí sabe. Esto no es ciencia ficción, es evidencia científica. Hay personas que sonríen con una mitad de la cara y no con la otra, dependiendo de qué parte del cerebro procesa la emoción. Hay decisiones que tomas antes de que la conciencia decida. Hay movimientos que se inician antes de que los pienses. La conciencia no es un piloto, es más bien un testigo. A veces llega después de la acción, a veces solo observa y si eso es así, ¿dónde empieza la voluntad? ¿Qué parte de ti elige? ¿Y qué parte interpreta lo que ya ocurrió?

Este tipo de preguntas no buscan respuestas cerradas, buscan ampliar tu comprensión, porque cuanto más comprendes cómo funcionas, más puedes cuidarte, más puedes elegir, más puedes dejar de culparte por todo lo que no entiendes y empezar a vivir con más curiosidad, más amabilidad, más apertura.

Durante siglos se creyó que la conciencia era una función del alma. Luego se pensó que era una propiedad emergente del cerebro. Pero la ciencia de hoy se atreve a decir, "No lo sabemos." Y en esa frase, "No lo sabemos," hay una belleza enorme, porque significa que aún hay misterio, que no todo está definido, que hay espacio para el asombro, para la humildad, para seguir preguntando. Algunas teorías afirman que la conciencia es un producto del sistema nervioso central. Otras, como las teorías integradoras de la información, sostienen que la conciencia no está en un lugar, sino en la forma en que las partes del cerebro interactúan. Y hay quienes van más allá y dicen, "La conciencia no está dentro de nosotros, está en todas partes." Y lo que hace el cerebro no es crearla, sino sintonizarla como si fuéramos antenas que captan algo mayor. Y si no fuéramos los dueños de la conciencia, sino sus invitados, no usamos la expresión crear conciencia, sino dar lugar a la conciencia, porque no se trata de fabricarla, sino de facilitar las condiciones para que aparezca. Como una semilla que florece cuando el entorno lo permite. Eso lo cambia todo, porque ya no se trata de controlar la mente, ni de dominarla, ni de poseerla. Se trata de cuidar lo que la sostiene, tu cuerpo, tu entorno, tu forma de respirar, tu manera de mirar y eso sí depende de ti.

Si la mente no se crea, sino que se revela, entonces el reto no es producirla, sino permitirla. Y eso abre una puerta muy poderosa. La conciencia no llega por esfuerzo, sino por presencia. Dar lugar a la mente es un arte y como todo arte se cultiva con sensibilidad, no con imposición. No se trata de tener la mente en blanco ni de pensar perfecto. Se trata de crear un espacio interior donde la conciencia pueda aparecer. ¿Cómo se hace eso? Respirando lento, caminando con atención, comiendo con gratitud, observando sin juicio, escuchando de verdad, mirando sin querer entenderlo todo. La conciencia no brota del ruido, sino del silencio. No brota del control, sino del permiso. No brota de la exigencia, sino del cuidado. Por eso, cuando cuidas tu cuerpo, también estás cuidando tu mente. Cuando cuidas tu entorno, también estás afinando tu atención. Cuando eliges no reaccionar automáticamente estás abriéndole la puerta a algo nuevo. Eso es dar lugar a la mente, hacerle sitio al asombro. No necesitas saberlo todo, solo necesitas estar, habitarte, sentir, respirar, nombrar lo que hay dentro sin pelearte con ello.

Y cuando lo haces, sucede algo sutil, pero profundo. Te das cuenta de que ya estás presente, de que la mente no vino a ti, sino que tú por fin la estás dejando estar. La mente no se crea, se revela. Y cada día es una oportunidad para permitirle aparecer. Tal vez no tengas todas las respuestas. Tal vez haya cosas que no entiendes del todo, sensaciones que no puedes explicar, pensamientos que vienen y van y está bien, porque vivir con conciencia no significa tenerlo todo claro, sino estar presente incluso en la confusión, estar contigo, habitarte aunque no comprendas. Y en ese habitar la mente se revela como una brisa que no puedes forzar, pero sí invitar, como una luz que no controlas, pero sí puedes sostener abierta la ventana. La neurociencia no nos da certezas absolutas, pero nos muestra con humildad que somos más complejos, más sensibles y más conectados de lo que imaginábamos. Entonces, ¿por qué no vivir con un poco más de asombro? Asómbrate cuando respires y sientas que eso basta. Asómbrate cuando una emoción te cruce sin avisar. Asómbrate cuando te descubras más atento, más sereno, más libre, aunque sea por un instante, porque en esos instantes la mente despierta y tú también. Gracias por estar aquí, por cuestionar, por sentir, por permitir, porque cada vez que eliges mirarte distinto, cada vez que eliges pausar, cada vez que eliges cuidar tu mundo interno, le das lugar a lo más humano y a la vez más sutil que habita en ti: tu conciencia.