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Déjame preguntarte esto. ¿Qué tendría que pasar para convencerte de que no estamos solos en este mundo? De que hay seres que se esconden en lugares remotos y desiertos, lejos de cualquier tipo de civilización, apareciendo solamente por unos segundos antes de volver a esconderse en bosques densos o cuevas inexploradas.
Te pregunto esto porque yo viví una experiencia de este estilo, una que me convirtió en un creyente irrecuperable, en alguien que ya no ve el mundo de la misma manera. Esto pasó en un tramo perdido de la ruta 40. Me gustaría ser más específico, pero hay personas muy poderosas poniendo mucha plata para que esto no salga a la luz. Así que esta es la única versión de la historia que puedo contar.
En esa época trabajaba en una cuadrilla de mantenimiento para una empresa privada, dando servicio y manutención a infraestructura por todo el país. Íbamos a donde se necesitaba, a veces por días, otras meses enteros. Era algo común quedarnos en hoteles locales, pero si el lugar era remoto, se armaba una especie de asentamiento con módulos prefabricados de chapa o conttainers.
Esta vez nos habían mandado a revisar un generador y una antena que estaban fallando desde hacía unas semanas. Se nos dijo que había interferencia y que el grupo de mantenimiento local no pudo encontrar de dónde venía el problema, pero sí vio varias áreas dañadas por la exposición a la naturaleza. Hasta ahora todo era rutinario. En zonas aisladas es común que los mecánicos del área no puedan resolver ciertos incidentes y tengan que pedir ayuda más especializada. La cosa seguramente iba para largo. Este tipo de infraestructura es delicada y es un trabajo que hay que hacer bien para que dure.
Llegamos un domingo temprano, nosotros en una combi y atrás nuestro dos camiones de la empresa con todo el equipo para asentarnos varias semanas ahí. Ese día me acuerdo que me llamó la atención todo el tiempo que tardamos en llegar. Como dije, los detalles fueron escasos. Pero, ¿quién construye una antena tan grande y tan demandante de mantenimiento en un lugar tan apartado inclusive para los estándares de la Patagonia?
Bajamos todo y empezamos a ensamblar. El campamento era chico, tres módulos prefabricados que funcionaban como vivienda y comedor, un tanque de gasoil y algunos baños portables afuera, a unos pasos del área principal. éramos 10 personas en total, siete obreros y operarios encargados de todo el trabajo manual y después nosotros tres, Martínez, ingeniero de comunicaciones, Salguero, el jefe de la cuadrilla, y yo, que era mecánico especializado. No había mucho que ver, solamente monte para donde sea que se te ocurriera mirar. Estando tan lejos del camino principal, era normal ver animales dando vueltas. Así que los muchachos se entretenían en su tiempo libre. Yo estaba más interesado en hablar con la familia, pero casi en ningún lugar había señal. A veces si te subías al tanque de agua enganchabas una rayita de vez en cuando.
La primera noche fue tranquila, salvo por el perro del puesto. Se había quedado mirando al monte por una hora sin mover un músculo. Según les contaron a unos compañeros, lo habían rescatado hace tiempo y los empleados venían de vez en cuando para traerle comida y agua, así que ahí estaba. mirando los árboles como si viera algo a través de las plantas. Martínez dijo que seguro había un puma dando vueltas, pero el perro ni siquiera movía los ojos. Lo que sea que estuviese viendo, también estaba quieto como una estatua.
Al otro día arrancamos con las pruebas. El generador funcionaba bien, pero cada tanto daba bajones de tensión y las luces parpadeaban. Nada grave, cosas que pueden pasar en estos casos. Lo raro era la antena. De las 6 de la tarde en adelante parecía agarrar una señal desconocida, diferente a todas las demás que recibía diariamente. Fue bastante complicado trabajar con esos aparatos. Solamente se nos había dicho que era una antena de comunicación de larga distancia y se nos dio las especificaciones técnicas justas y necesarias para darle servicio. Salguero nos dijo que podía ser el viento o un cable flojo y que concentráramos los esfuerzos en la estructura que estaba dañada por las lluvias del año pasado. Si me preguntas a mí, el jefe de la cuadrilla estaba equivocado. Si revisabas las señales entrantes y cómo se comportaba la interferencia, era evidente que se estaban captando frecuencias de algún lado. Todavía era el primer día, así que lo dejamos pasar optando por dar mantenimiento general a todo lo demás.
El segundo día fue tranquilo y pudimos hacer bastante progreso. Pero a la tarde, cuando el sol ya estaba bajando entre los árboles, vimos un grupo de zorros grises parados en el camino de tierra. Estaban quietos todos mirando para el mismo lado, directo al plato de la antena. Ni siquiera se movían como si estuvieran hipnotizados por la estructura. Pasaron un buen rato así. hasta que uno giró la cabeza mirando a los demás y todos salieron corriendo perdiéndose en el monte. Pero entonces uno de los obreros dijo algo que por algún motivo no se me había ocurrido en toda esa secuencia. Los zorros son animales solitarios, más se agrupan en manada y mucho menos salen a cazar en grupo. Eso me dejó pensando por el resto de mi estadía en aquel lugar.
Esa misma noche estábamos varios reunidos en el comedor jugando al truco. Eran como las 9, ya estaba totalmente oscuro afuera, exceptuando por las luces de la antena y de los módulos de vivienda. Sonaba la radio de fondo y la estábamos pasando bastante bien. Escuché unos pasos afuera. Era Martínez que entró sobresaltado a donde estábamos. venía del otro módulo y decía que escuchó un animal afuera. Se nos hizo exagerado que llegue de esa manera, pero estaba bastante agitado. Entre resongos y algún que otro insulto, salimos con las linternas atrás de él y nos llevó hasta una esquina del campamento. Resulta que había un guanaco parado atrás del alambrado, mirándonos fijos sin mover un músculo. No es común ver un guanaco en el medio del monte así. Si bien no es imposible, es raro encontrarlos de esta manera. Uno de los obreros le tiró una piedra que le cayó al lado. El ni siquiera pestañó. Martínez estaba perplejo, como si hubiera visto un truco de magia, casi aturdido de la confusión. Los muchachos volvieron el módulo y yo me quedé atrás para traerlo conmigo. Cuando me acerqué a él, me dijo, "Flaco, lo que yo escuché no era un guanaco. Los vine a buscar porque estaba seguro de que había un puma afuera. Te juro por Dios, sonó como si fuera un gruñido al lado de mi ventana. Me fue difícil pensar en algo para decirle y terminé por atribuírselo al cansancio. Lo mandé a dormir y le dije que cerrara todo con traba por las dudas.
Al día siguiente, Salguero se fue a la ciudad más cercana con la combi. Necesitábamos unos repuestos específicos para una parte exterior de la antena. Se llevó a cinco de los muchachos que querían ir. Al fin y al cabo, el trabajo estaba totalmente parado, sin los repuestos. Nos quedamos solos, Martínez, yo y dos de los obreros. La tarde fue rara con aquel perro mirando el monte como siempre. Había viento ese día y las copas de los árboles se doblaban un poco hacia los lados. Dieron las 6 de la tarde y como si fuera un reloj suizo, la antena volvió a captar esa señal fantasma que venía agarrando todos los días. Ahora Salguero no estaba, así que aproveché para mirar más de cerca los aparatos para ver qué pasaba con la señal. Miré uno de los monitores, que era nada más un fondo negro y una línea horizontal que representa las frecuencias. La pantalla mostraba todo lo que venía captando la antena. Se veía todo normal, con frecuencias conocidas y rutinarias, todo normal, hasta las 6 en punto de la tarde. Desde ese momento en adelante aparecía un pulso grueso, irregular, que no correspondía con ninguna frecuencia conocida. Me quedé más de media hora mirando el monitor, rascándome la cabeza pensando qué podía hacer. Afuera ya era casi de noche.
De repente, una luz blanca, como si fuera un rayo, entró por la ventana de la estación, acompañada por un sonido bajo, como si fuera la nota más grave de un piano viejo. En ese momento, la radio volvió a soltar interferencia. La luz de la sala de monitoreo parpadeó y el generador de afuera hizo un ruido seco. Pasaron unos 10 segundos y de a poco todo volvió a funcionar. Sentí olor a cable quemado, así que saqué la linterna de la cintura para revisar el generador. Pero cuando di vuelta a la cabina para verlo, estaba intacto, con todo funcionando perfecto.
Martínez. Había abierto la ventana del módulo y me hizo señas desde ahí. Quería que viera algo y apuntaba con las manos al monte. Giré la cabeza y puse los ojos en la fila de matorrales que rodeaba el predio de la antena. No me costó mucho verlo. Entre los troncos viejos y las plantas del piso estaba una especie de hombre blanco sin ropa ni pelo, parado atrás de un árbol grueso. No se movía y a la distancia solamente podía distinguir dos cuencas de ojos negras y vacías que parecían mirarme desde lejos. Lo único que me acuerdo sentir en aquel momento era una fascinación absoluta. Enfrente mío tenía un ser incomprensible que seguramente nadie había visto en su vida.
¿Qué pasó después? No me lo voy a olvidar jamás. Ese hombre blanco, impasible y sin apuro, se metió atrás del árbol y del otro lado salió un ciervo colorado, limpio, como si hubiera vivido toda su vida en cautiverio. Tenía la boca y los ojos abiertos de par en par, sin poder procesar lo que veía. Y así, sin teatro ni drama alguno, el siervo me miró por última vez y desapareció en el monte. dejando atrás solamente un silencio ensordecedor.
Martínez corrió a buscarme. Resulta que él solamente llegó a ver al hombre blanco, pero no al ciervo que corrió al bosque. Yo estaba mudo, pero en paz, como si en ese momento supiera que había vivido una experiencia que era una en un millón, algo que no se iba a repetir nunca más.
Al día siguiente volvió Salguero con los muchachos y desde ese entonces las cosas volvieron a la normalidad en aquel puesto remoto. Yo seguía esperando con mi reloj a que dieran las 6 de la tarde todos los días, pero la antena nunca más volvió a captar esa señal desconocida. Pasaron dos semanas más de trabajo intenso, pero pudimos terminar.
Al final, un hombre de traje negro, acompañado de dos guardaespaldas nos vino a felicitar personalmente por el buen trabajo que habíamos hecho en la estación. Según Salguero, ese tipo era un donante importante con un interés en desarrollar la infraestructura de la Patagonia. No hice más preguntas, pero con lo que había visto podía intuir que aquel tipo era más de lo que aparentaba. Al final eso no importa. Martin y yo juramos no hablar de esto con nadie más del equipo para no perder el trabajo. En este tipo de puestos te obligan a hacer exámenes psicotécnicos para seguir trabajando y una historia de un hombre blanco en el bosque no ayuda con el resultado.
Volví hace unos meses a casa, pero mi cabeza se quedó en aquel paraje cerca de la ruta 40. Todos los días pienso en eso y ahora sé que hay seres que se esconden en lugares remotos, lejos de cualquier tipo de civilización, apareciendo solamente por segundos antes de volver a esconderse en los bosques andinos de la Patagonia.