Transcription
Bueno, vamos a iniciar entonces la catequesis para todos del día de hoy. Hoy tenemos como tema fundamental: dejarnos guiar por el Espíritu. Hoy vamos a ver cómo estamos llamados todos nosotros a dejarnos guiar por el Espíritu Santo. Así es que, sin más, vamos a hacer el canto y después la oración al Espíritu Santo para iniciar.
[Música]
Implorando tu presencia, el corazón te espera para honrarte y alabarte. Santo Espíritu de amor, inunda nuestras almas con el fuego de tu amor y con tu misericordia. Dale paz al corazón. Aquí estamos, Santo Espíritu de amor, con tu poder.
[Música]
Aquí estamos, Santo Espíritu de amor. Derrama tu gracia y purifícame.
[Música]
[Música]
Que tu aliento dulce y tierno fortalezca nuestra unión para ser ofrenda digna que sea grata a nuestro Dios.
[Risas]
Aquí estamos, Santo Espíritu de amor, con tu poder.
[Música]
Renuévame tu gracia y
[Música]
purifícanos. Derrama tu gracia y purifícame.
[Música]
Recuerda, la vida es única y vale la pena
[Música]
vivirla. Y decimos juntos: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu que renueve la faz de la tierra. Oh Dios, que llenaste los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, concédenos que, guiados por el mismo Espíritu, sintamos con rectitud y gocemos siempre de tu consuelo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Bien, como les decía, hoy vamos a ver este tema: dejarnos guiar por el Espíritu Santo. Siempre será importante descubrir al Espíritu Santo como aquel que construye el Reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo, animando a los hombres en su corazón y haciendo germinar dentro de la vivencia humana las semillas de salvación definitiva que se dará al final de los tiempos. Esta es una cita del Papa San Juan Pablo II, que recientemente acabamos de celebrar este pasado 22 de octubre, donde nos refiere precisamente mirar cómo el Espíritu Santo acompaña la historia, mirar cómo el Espíritu Santo nos impulsa a los hombres y mujeres de todos los tiempos a hacer presente el Reino de Dios. Porque en realidad, es el Espíritu Santo el que mueve nuestros corazones, el que nos acompaña, el que llena nuestra vida con su presencia, y esa presencia nos lleva a nosotros y a cada uno a ser esta presencia del Reino de Dios.
Hoy hemos leído en la liturgia de la Eucaristía del día de hoy este hermosísimo texto del Evangelio donde Jesús refiere cómo, con qué compararé al Espíritu al Reino de Dios y habla de estas dos parábolas: no, la semilla de mostaza que crece tanto que es capaz de sostener vida, donde dice, donde las aves vienen y colocan sus nidos, y también habla de la levadura que fermenta la masa. Así es el Espíritu, nos mueve a los hombres y mujeres, discípulos de Jesucristo, a hacer presente el Reino de Dios, a que desde lo pequeño, como la semilla de mostaza, o lo que podría pasar desapercibido, como la levadura, fermentan la masa y sostienen la vida. Es el Espíritu el que nos mueve en el interior y nos hace capaces de ayudar a que el Reino de Dios se haga presente.
Pues así, con esta cita de San Juan Pablo II, comenzamos la introducción a esta catequesis por el Espíritu Santo, dejarnos guiar por el Espíritu, por el Espíritu Santo. Les pido ya en este momento a todos los que estamos presentes y a los que de manera posterior verán esta catequesis, que me ayuden a compartirla. Acuérdense que podemos colocar un like, un corazón, una carita, lo que quieran mandar y después hacer algún comentario los que tienen posibilidad de hacer comentario en la catequesis y compartir la catequesis, que es el tercer elemento. Siempre que comencemos la catequesis, recuerden, hay que compartir la catequesis. Así como les pido todo lo que reciben de nuestro canal de Dragma del Evangelio, de nuestra parroquia de Fátima, lo puedan compartir con los demás. Se los voy a agradecer de todo corazón, porque acuérdense que ustedes no saben en el momento que le puede llegar a alguien que lo necesitaba en ese momento en su corazón.
La Iglesia necesita discípulos y misioneros, es decir, hombres y mujeres como tú y como yo. La Iglesia necesita discípulos y misioneros llenos de Espíritu. Esto necesita la Iglesia hoy: hombres y mujeres llenos de Espíritu que demos a conocer la buena noticia de Jesucristo, el Señor que ha llegado a nuestras vidas, que ha iluminado nuestras vidas, que llena nuestras vidas, no solo comunicarlo con nuestras palabras, sino con el propio testimonio de vida, la cual ha sido transformada por el amor de Dios.
Este fin de semana, este sábado, hemos tenido aquí en la parroquia el retiro que se ofrece a todas las pequeñas comunidades y a todos nuestros grupos, movimientos que participan en nuestras parroquias, en nuestra diócesis de Tlalnepantla. Este retiro que se ha hecho que se llama "Permanecer en el Amor", donde está fundamentado en el primer capítulo del Evangelio de San Juan, "Permanecer en el Amor". Y precisamente, lo que reflexionamos este sábado con los hermanos de pequeñas comunidades es cómo, cuando el Señor nos ha llamado, la alegre noticia de compartir este encuentro con Jesús nos lleva a buscar a otros. Y reflexionamos en torno a la figura de Andrés. Andrés, que es uno de esos dos discípulos que sigue a Jesús, indicada, indicada esta acción por el Bautista, San Juan Bautista, que les dice: "Ese es el Cordero de Dios". Y Andrés, que una vez se ha encontrado con Jesús, va y busca, va y busca a su hermano Simón y le dice: "Hemos encontrado al Mesías". Es decir, el que encuentra a Jesús en su corazón, inmediatamente busca a quién, cómo comunicarlo. Por eso la Iglesia hoy necesita de estos discípulos misioneros que valientemente, valientemente puedan ellos comunicar la alegre noticia del amor de Dios en sus corazones y comunicarlo con las palabras, pero sobre todo con el testimonio de vida.
Urgen, pues, discípulos y misioneros llenos del Espíritu Santo, puesto que Dios es amor y quiere que todos sus hijos vivan en él y gocemos de él. De ahí, pues, que nos deja al Espíritu Santo para que nos acompañe y nos guíe en la misión como discípulos y misioneros. Por lo tanto, cuando el Señor nos envía, no nos envía solos, nos envía guiados, acompañados por el Espíritu Santo. Y entonces, ahí sí, descubrimos que en esta misión es el Espíritu el que nos guía, es el Espíritu el que nos acompaña. Por eso es la promesa que el Padre ha hecho a todos los que conocemos a Jesús y nos dejamos guiar por él para comunicarlo a los demás.
Jesús nos ha dado el mandamiento de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Por lo tanto, el amor será el eje que nos conduzca, el eje conductor de toda la vida cristiana y también el eje que nos, el eje conductor de las comunidades. Pero el amor no se puede entender sin la intervención del Espíritu, porque el Espíritu es el amor del Padre y del Hijo. Es el fruto del amor del Padre y del Hijo. Por lo tanto, el amor que Jesús nos pide compartir y vivir con los hermanos es una inspiración del Espíritu en nuestra vida. No nos viene dado por nuestro amor, nos viene dado por la inspiración del Espíritu. El amor con el que amamos a los demás es el amor que nos inspira el Espíritu en el corazón, el Espíritu que Dios nos entregó como regalo de amor para que amemos como él ama.
Esta infinita caridad con la que amamos, dice el apóstol Pablo así en la carta a los Romanos: "Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado". Es el Espíritu, pues, el que infunde el amor en nuestros corazones. Y así, cuando Jesús nos pide amar a los demás, hacer caridad, hacer el bien, lo hacemos movidos, inspirados, guiados por el Espíritu, guiados por el Espíritu. Y es entonces ahí cuando somos capaces nosotros de mirar, de mirar la fuente de inspiración al amor. Es el Espíritu Santo el que nos ayuda a descubrir lo que el Señor quiere de cada uno de nosotros.
Así pues, cuando nosotros leemos la carta a los Romanos, encontramos esta cita que nos ayuda a discernir que no somos nosotros los promotores del amor por el amor que nosotros tenemos, sino por la inspiración del Espíritu Santo.
Vamos adelante. Por todo lo anterior y a fin de tomar conciencia de la gracia y las maravillas que obtenemos al dejarnos guiar por el Espíritu Santo, aquí quiero colocar y compartir algunas sugerencias con la mejor intención de que reavivar acciones, acciones llenas de espíritu. Y entonces, así queremos aprender a dejarnos guiar por el Espíritu.
Dejémonos guiar por el Espíritu. San Pablo nos recuerda que el Espíritu actúa en nuestros corazones derramando el amor de Dios. El modo más común de su actuación son sus inspiraciones. Sus inspiraciones obrarán en nosotros en tanto que seamos dóciles a la acción del Espíritu y nos dejemos guiar por él. Es el gran trabajo y la gran tarea que nosotros tenemos: dejarnos guiar por el Espíritu. Por eso, yo quiero ya de entrada decirles, y ojalá esto nos pueda quedar como el fruto de esta catequesis: si tu oración de todos los días fuera: "Hazme dócil a tus inspiraciones", refiriéndose al Espíritu, "Hazme dócil a tus inspiraciones", estaríamos abriendo el oído, pero del corazón, para que el Señor hable profundamente en nuestras vidas y nos haga descubrir su voluntad en nosotros, nos haga descubrir qué es lo que él quiere de nosotros.
El Padre Antonio Chevrier, de él hablaré un poquito más adelante en una catequesis especial que voy a preparar, que quiero compartirles. El Padre Antonio Chevrier decía, un sacerdote francés, decía: "Nuestra oración de todos los días debe de ser: Danos, Señor, tu Espíritu. Danos, Señor, tu Espíritu". Porque solo el que tiene el Espíritu de Dios actúa las obras de Dios, actúa inspirado por Dios, actúa movido por la gracia de Dios. "Danos, Señor, tu Espíritu". Que lo podamos tener así grabado en el corazón, grabado en nuestra mente, grabado en nuestra vida. "Danos, Señor, tu Espíritu".
Este es el modo común como el Espíritu se manifiesta: nos inspira, nos susurra al oído, nos susurra la conciencia, nos susurra al corazón para escuchar lo que Dios quiere. Por lo tanto, los discípulos y misioneros con espíritu habrían de hacer suya la actitud del salmista que en el Salmo 143:10 dice: "A cumplir tu voluntad, que tu buen Espíritu me conduzca por el camino recto, que me conduzca para hacer tu voluntad".
¿Qué significa entonces dejarnos guiar por el Espíritu? Esto es lo que hoy queremos preguntarnos y dar algunas pautas de qué significa dejarnos guiar por el Espíritu. Y aquí, entonces, les pido que pongamos mucha atención, porque aparecerán algunos puntos muy concretos en relación a cómo dejarnos guiar por el Espíritu.
¿Qué hacer para dejarnos guiar por el Espíritu? Lo primero es tener fe. ¿Por qué? Porque la función del discípulo dentro de su misión evangelizadora de la experiencia del amor, es decir, la experiencia del amor que surge en el encuentro con Jesús, porque conociéndole a Jesús, creemos en él y entonces así podemos llegar a la fe del amor, al conocimiento y del conocimiento a la fe. Dejarnos guiar por el Espíritu es pasar por este proceso del amor que recibimos de Jesús, el deseo de conocerlo y el deseo de dejarnos guiar por su Espíritu a través de la fe. Porque es la fe la que nos va a llevar a postrar nuestra vida a los pies de Jesús.
Como sabemos, la fe es un don, un regalo del Espíritu, tal como nos dice el apóstol Pablo en la primera carta a los Corintios: "Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús, porque nadie puede decir 'Jesús es el Señor' si no lo hace bajo la acción del Espíritu Santo". Es decir, nadie podemos decir: "Yo conozco a Jesús" si el Maestro de lo interior, que es el Espíritu, no nos ha revelado a Jesús. ¿Quién nos revela a Jesús en nuestra vida? ¿Quién nos revela a Jesús en nuestra vida es el Espíritu? Y entonces, cuando Jesús se nos revela en la vida, tenemos el deseo profundo de conocerlo, de amarlo, por lo tanto, de creer en él.
Dejarnos guiar por el Espíritu es tener fe. Y entonces, la fe, además de ser un don de Dios, es la respuesta que nosotros le damos al Señor al decirle: "Creo en ti". Creo en ti y en medio de las dificultades y en medio de los momentos más difíciles de la vida, decirle al Señor: "Creo en ti, creo en ti". Espero en ti. Y esto lo hacemos movidos por el Espíritu, porque al final de cuentas, la fe nos viene por la iluminación del Espíritu, por la inspiración del Espíritu. Es el Espíritu al que mueve nuestro corazón para descubrir lo que Dios quiere de nosotros.
Así pues, dejarse guiar por el Espíritu es gozar de la alegría de saber que estamos acompañados por la verdad plena en la persona de Jesús, y nos unimos a él y en él al amor del Padre, y nos integramos a la familia de la Trinidad por medio de la fe. Por medio de la fe es como podemos dejarnos guiar por el Espíritu. Es a través del camino de fe como podemos llegar al encuentro con Dios, fortalecer nuestra vida y actuar según la voluntad del Señor como hijos de Dios. Es él quien nos elige, el Padre nos moldea, nos forma, nos corrige, nos transforma y nos coloca aquí y allá para servir, para hacer vida sus palabras y sus obras en la vida propia y en la comunidad. Y en todo este camino, el que nos guía, el que nos mueve, el que nos inspira es el Espíritu Santo.
Por lo tanto, el Espíritu Santo siempre está detrás de nuestra vida cristiana, siempre nos está acompañando, siempre nos está guiando. Por eso la oración que necesitamos hacer es: "Dame, Señor, tu Espíritu. Dame, Señor, tu Espíritu". Eso es lo que nosotros necesitamos aprender a decir siempre. Que el Espíritu Santo nos guíe, que el Espíritu Santo nos acompañe siempre. "Danos, Señor, tu Espíritu".
Confiar en el Espíritu es ver que está en la tierra, que actúa en nosotros y nos lleva a Dios, que nos anima, nos santifica y nos regala dones de amor, fe, caridad, en la medida que somos capaces para unirnos más íntimamente a Dios por medio de su Hijo Jesucristo. Esa fuerza, esa fuerza, esa fuerza que nos acompaña, esa luz que siempre nos ilumina, esa guía que hay en nuestro interior que ilumina nuestra mente, que nos fortalece, que nos conforta en el momento de la lucha, es el Espíritu Santo. Por eso Jesús lo decía con tanta, con tanta confianza: "No los dejaré solos, pediré al Padre una ayuda especial, un consolador, alguien que abogue por ustedes, que pida por ustedes delante del Padre, que les recuerde todo lo que yo he hecho y he dicho". Es ayuda, es el Espíritu. Por eso la Iglesia se sostiene guiada por el Espíritu. Es el Espíritu el que conduce a la Iglesia, el que inspira a la Iglesia. Por eso, en toda oración, siempre será: "Danos, Señor, tu Espíritu". "Danos, Señor, tu Espíritu". Repite esta oración cuando estés en la mayor necesidad de descubrir lo que Dios quiere de ti. Siempre pídele la luz al Espíritu Santo y no dudes, no dudes que el Espíritu Santo te guía, te acompaña, te conduce, te fortalece.
Primer punto entonces para dejarnos guiar por el Espíritu es tener fe. Fe en este amor, confiar en esta misericordia que Dios ha tenido por ti y caminar desde ahí, iluminado por el Espíritu.
Segundo punto para dejarnos guiar por el Espíritu es dejarse formar. Porque a veces somos rudos, somos poco dóciles, somos poco disponibles para lo que el Señor quiere. Dejarse formar por el Espíritu Santo es ponernos en manos de nuestro maestro interior, que es el Espíritu, de nuestro mejor director. Como dice el Padre Chevrier, el mejor director de nuestras almas es nuestro Señor, que nos guía a través del Espíritu, que nos guía a través del Espíritu Santo. Déjate formar por el Espíritu, sé dócil al Espíritu, porque cuando nos ponemos difíciles, cuando nos ponemos rudos, el Espíritu no está en nosotros, no le permitimos que el Espíritu actúe en nuestras vidas.
El apóstol Pablo dice que no hay nada en nosotros que él no sepa. El Espíritu todo lo sabe. "¿Qué hombre conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?", se pregunta Pablo en la primera carta a los Corintios, capítulo 2. "Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios". Así es que el Espíritu sabe todo de ti, pero además sabe todo de Dios y es quien te puede revelar el misterio de Dios en tu vida. Es el Espíritu el que te guía, el que te acompaña y el que te revela quién es tu Padre, quién es Jesucristo, tu Salvador. Pero para eso necesitamos dejarnos formar por el Espíritu, moldear por el Espíritu, ser dóciles al Espíritu.
Cuando nos dejamos formar por el Espíritu, nos abrimos a la acción de su gracia y permitimos que sus dones nos transformen. Hoy escuchaba una frase hermosísima que decía: "Ahí donde no hay amor, pon amor y recibirás amor. Ahí donde no hay amor, pon amor y recibirás amor". ¿Quién nos mueve para ello? El Espíritu. Es el Espíritu Santo el que nos mueve y nos conduce a ello. ¿Cómo nos dejamos formar? Aceptando sus consejos, sus santas inspiraciones. Nos dejamos mover por esa fuerza que da origen, vigor e impulso a todo lo que tiene vida. Es el Espíritu el que misteriosamente, silenciosamente nos mueve, nos inspira, nos conduce. Por lo tanto, nos hace responsables de nuestra vida, pero dóciles a sus inspiraciones.
Imagina la alegría de saber que por amor, Dios, a través de su Espíritu, nos guía, nos corrige y hace su obra en nosotros. El Espíritu nos convierte en las que Dios pensó desde que estábamos en el vientre de nuestra madre. ¿Te has preguntado cómo Dios te soñó? Pues si esa pregunta te la has hecho, pídele al Espíritu que te revele cómo te soñó el Padre, cómo pensó en ti, qué espera de ti. Eso te lo revela el Espíritu. Y cuando eres dócil a esas inspiraciones, entonces te estás dejando formar, te estás dejando moldear, te estás dando la oportunidad de tener la luz y la guía que el Espíritu te ofrece para caminar según la voluntad de Dios.
Punto número uno: primero, tener fe. Segundo, dejarse formar. Tercero, hacer las obras del Espíritu. El Espíritu Santo, que es el amor, produce las obras de Dios. Por lo tanto, el discípulo con espíritu recibe amor y transmite el amor que recibe. ¿Qué recibimos del Espíritu? El amor de nuestro Dios, el amor de nuestro Padre. Eso es lo que recibimos del Espíritu y entonces transmitimos el mismo amor que hemos recibido.
En efecto, "todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios, porque viven, piensan, actúan conforme a la voluntad de Dios, conforme a la voluntad de Dios". Esto dice el apóstol Pablo en la carta a los Romanos, en el capítulo 8. Cuando decimos que un discípulo misionero tiene espíritu, nos referimos a la motivación que da sentido a la acción amorosa personal y comunitaria de esos discípulos misioneros. Qué hermoso es encontrar hermanos en la comunidad, qué hermoso es encontrar discípulos y misioneros en las comunidades parroquiales que se dejan guiar por el Espíritu. Ordinariamente son hombres y mujeres dóciles, trabajadores, llenos de comunión, que unen a los hermanos, que no andan metidos en chismes, que no andan metidos en divisiones, que no andan metidos en estos grupos que buscan poder, que no le dan oportunidad de participar a otros. Un hombre de espíritu es un hombre de puertas abiertas, de mente abierta, pero sobre todo de corazón abierto, primeramente a las inspiraciones del Espíritu y después abierto a las necesidades de los hermanos.
Dejarse guiar por el Espíritu, pues, nos implica un modo de vida como el de Jesús. Un modo de vida que nos lleve a vivir como Jesús. Hacer las obras del Espíritu es hacer las obras de Dios en medio de la comunidad, en medio de la familia, en medio de las personas con las que vivimos. Ahí, ahí precisamente es donde tenemos que acompañar este servicio. Una acción realizada por un discípulo con espíritu es muy diferente a la de un discípulo que realiza una tarea por obligación, que le sobre, que le sobrelleva, la sobrelleva, pero es contraria a sus propias aspiraciones o deseos. Las acciones del primero darán fruto, las del segundo difícilmente darán fruto. Por eso Jesús lo decía en el Evangelio de San Juan: "Yo los envío para que den fruto y que su fruto permanezca". Pero solamente va a permanecer ese fruto si ha sido no obra nuestra, sino obra del Espíritu de Dios en nosotros, porque es el Espíritu el que hace la obra en nosotros, es el Espíritu el que hace la obra en nosotros.
Las obras de Dios son inspiradas por el Espíritu y darán fruto. Por eso nos ha dado a cada uno talentos y carismas que, puestos al servicio de nuestros hermanos, darán fruto abundante, porque todo lo que hemos recibido como don, como talento, ha sido dado para el bien común. Que cada uno ponga sus dones y sus talentos al servicio de todos, dice el apóstol Pablo, porque eso estamos llamados. Los dones y los talentos que Dios ha puesto en nuestras vidas no nos los ha dado para una vanagloria, nos los ha dado para el bien común, para el bien de todos, para que el Espíritu nos lleve a que las obras de Dios sean la carta de presentación de nuestra vida.
Así pues, el discípulo tiene el don de Espíritu y dará fruto, dado que es elegido y puesto por Dios para realizar su obra en la comunidad donde habita. El evangelista San Juan dice: "No me habéis elegido ustedes a mí, sino que yo los he elegido a ustedes y los he destinado para que vayan y den fruto y que su fruto permanezca". Como ya lo habíamos comentado.
Así pues, participar del Espíritu es actuar con caridad, es decir, con la lógica de quien ama y se entrega por amor gratuito a los otros, de quien tiene como prioridad el bien común y sale de sí mismo para encontrarse con el hermano y auxiliar. Esta podríamos decir que es la descripción de aquellos que actúan movidos por el Espíritu, aquellos que no permanecen en sí mismos, sino que son capaces de salir de sí mismos, de ser generosos, misericordiosos con los demás, pero sobre todo de dejarse guiar por el Espíritu, porque todas esas obras no son por nuestra bondad en sí misma, sino inspirados por el Espíritu.
Hacer, pues, las obras del Espíritu es hacer presente a Jesús con nuestra vida. Hacer presente a Jesús con nuestra vida es hacer las obras del Espíritu. Tú y yo estamos llamados a ser discípulos del Señor y discípulos que nos dejemos guiar por su Espíritu.
Cuarto y último punto: dejarse guiar por el Espíritu es orar. Es importante tener un diálogo sincero y amoroso con Dios, pidiéndole al Espíritu su entendimiento para conocer la voluntad de Dios en nuestra vida, la gracia de llevarla a cabo y ser constantes para permanecer unidos a él en el amor, en la caridad. Así pues, dialogar es tener esta cercanía, esta relación con Dios. Sin una comunicación sincera con él, Señor, las tareas y acciones son vacías y sin sentido. Se termina debilitando por el cansancio y el fervor se apaga. Las obras ya no son obras, pues carecen de lo más importante: carecen de Jesús y carecen de la gracia divina.
A cuántos hermanos nosotros hemos visto en la Iglesia que por un momento son apasionados, entregados, generosos, pero llega un momento que se queman, que se desaniman, que se enfrascan en situaciones de poder, en situaciones de dinero, en situaciones de estatus, de cansancio, de pleitos, de discordias, de chismes, de distancias, de división, y terminan por salir de la Iglesia, y terminan por dejar de ser discípulos del Señor, y terminan por abandonar la barca de la Iglesia. Muchos hay así en el camino de la Iglesia y en la historia. Tal vez en algún momento dado nosotros también hemos tenido esa tentación. Por eso, hoy sería un buen día para renovar, para renovar nuestra adhesión a Jesús y decirle: "Señor, dame tu Espíritu para que las obras que realizo no sean pasajeras, no sean transitorias, no sean momentáneas a mi estado de ánimo, sino coherentes con mi fe, con dejarme formar por el Espíritu, con hacer las obras del Espíritu y con tener una relación cercana a ti para dejar hacer a Dios en nuestras vidas, para dejar hacer Dios en nuestras vidas".
Es necesario abrirnos al diálogo frecuente con él, procurando el encuentro mediante la lectura orante de la palabra, la Lectio Divina, la lectura de la palabra de Dios, la oración y la vida sacramental. Estos son caminos ineludibles para tener una relación profunda, cercana. Así como lo decíamos en la catequesis pasada, conocer a Jesús es amarlo, es escuchar su palabra, es responderle en la oración, es recibir la gracia en sus sacramentos y es dejarnos guiar por su Espíritu para hacer la obra de Dios en nosotros. Que Dios haga su obra en nosotros. A nosotros nos corresponde dejarnos guiar por el Espíritu.
Confiemos, pues, y dejémonos guiar por el Espíritu Santo. Mantengamos un diálogo constante, preguntémosle, confiémosle nuestras alegrías, nuestras esperanzas, tal como lo haríamos con nuestro mejor amigo, con quien nos gusta estar, con quien nos gusta tener la cercanía. Acércate a la gracia del Espíritu y verás que en este diálogo y en esta cercanía aprenderás a dejarte guiar por el Espíritu. Cuanto más dialoguemos con nuestro Padre, más seremos capaces de dialogar con nuestros hermanos. Cuanto más le pidamos al Padre su Espíritu, cuanto más nosotros tendremos la posibilidad de dejarnos guiar por él.
Por ello, cuando nosotros queramos fortalecer nuestra relación con el Señor, pidámosle la gracia del Espíritu Santo. Digámosle: "Danos, Señor, tu Espíritu". Eso es lo que hoy yo quisiera invitarlos a ustedes: a dejarnos guiar por el Espíritu de Dios, a dejarnos guiar por la gracia que el Espíritu infunde en nuestros corazones.
Esta es una especialmente para todos aquellos que a veces nos resistimos a dejarnos guiar por el Espíritu, por aquellos que a veces pecamos de soberbia, donde queremos que sean nuestros planes, nuestros tiempos, nuestros ritmos, nuestros caminos los que funcionen, los que se apliquen, los que sean escuchados, los que sean tomados en cuenta. Pero aquí hay una gran sabiduría y es la sabiduría de toda la Iglesia: aprender a dejarnos guiar por el Espíritu. Y cuando nosotros nos dejamos guiar por el Espíritu, Dios hace su obra, no nuestra obra. Dios hace su obra. Y cuando Dios hace su obra, hace maravillas. Permítele a Dios, a través de su Espíritu, hacer sus maravillas en tu vida, hacer su voluntad en tu vida, hacer sus planes en tu vida.
Hoy, pues, digámosle así al Señor: "Danos, danos, Señor, tu Espíritu. Danos, Señor, tu Espíritu".
No se olviden de compartir esta catequesis. No se olviden de compartir todo aquello que les comparto por un medio, por otro, por otro. Compártanlo, le llegará a más de alguno que le pueda servir. Y yo, como siempre, con una alegría muy grande porque me dan oportunidad de compartir este espacio de encuentro con ustedes en esta catequesis para todos de los días martes. Y ya de entrada les aviso que el próximo martes yo estaré en una semana de ejercicios espirituales, por lo tanto, trataré de dejarme guiar por el Espíritu de manera especial esa semana para tener momentos más prolongados de oración, de reflexión, de meditación, de encuentro con sacerdotes. Diremos un grupo, aproximadamente unos 40 sacerdotes, a esta experiencia de los ejercicios espirituales. Y si Dios quiere y nos presta vida, nos estaremos viendo dentro de ocho días, dentro de 15 días, perdón, para nuestra catequesis para todos. Entonces, les aviso que el próximo martes no tendremos catequesis.
Pero lo que sí quiero recordarles es que vamos a tener el taller del Perdón, eh, que el equipo de Dragma prepara junto con un servidor y lo vamos a tener aquí ahora en la parroquia de Nuestra Señora de Fátima, aquí en la Unidad del Rosario, en Tlalnepantla. Tendremos el taller del Perdón, que yo se lo recomiendo a quienes no lo hayan tomado. El taller del Perdón será del lunes 18 al viernes 22 de noviembre a las 7 de la tarde. Lo vamos a transmitir por el canal de YouTube de "Yo soy Dragma". Ahí lo vamos a transmitir, pero quienes puedan de manera presencial, los esperamos por acá.
Bendecida noche. Que el Señor les conceda la gracia que necesitan cada uno de ustedes. Y les comparto la bendición: Que la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre todos ustedes y permanezca para siempre. No se olviden de compartir la catequesis. Ayúdenme a compartir la catequesis. Ahí donde están, pónganle compartir y me dará mucho gusto que otras, otros, otros lo reciban. Bendecida noche a todos. Gracias por acompañarnos en este día de formación, catequesis para todos. No te olvides de regalarnos un like y de compartirlo. Seguramente a más de alguno le podrá ayudar. También recuerda, la vida es única y vale la pena vivirla con la mirada fija en Jesús. Nos vemos la próxima.