Transcription
Hoy, así bien, en este segundo domingo del Tiempo de Adviento, Ciclo A, seguimos avanzando en nuestro camino de preparación para la Navidad. Y la Palabra de Dios para este domingo nos indica precisamente cómo tiene que ser esta preparación. Tiene que ser un camino de continua conversión.
El Evangelio de este domingo está tomado del capítulo número tres de San Mateo, donde Juan el Bautista aparece como el profeta que señala la cercanía del Reino de Dios. Él nos dice: "Hoy, conviértanse, porque el Reino de los Cielos ya está cerca". Una predicación que nos puede parecer dura, por lo menos aparentemente, porque reclama con toda su fuerza que pongamos al máximo de nuestra parte para que sea posible el paso de Dios por nuestra vida. Sus primeras palabras son una llamada a la conversión, y la conversión que él exige facilitará precisamente este paso del Señor.
De hecho, Jesús va a iniciar su predicación de una manera muy parecida. Si nosotros fuéramos un capítulo más adelante, al capítulo 4 del Evangelio según San Mateo, vamos a escuchar cómo Jesús, en la sinagoga, a sus contemporáneos les dice: "El Reino de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse". Por lo tanto, ante la iniciativa de Dios que quiere venir a nuestra vida, es necesario por parte de nosotros una conversión de corazón, un cambio de mentalidad, con el deseo de participar en el amor sobrenatural de la vida divina. Y esta es la buena nueva que escuchamos hoy, más que la amenaza del fuego eterno con la que hoy Juan el Bautista le habla a los fariseos y saduceos, un fuego eterno que es una consecuencia precisamente de no convertirse.
La buena nueva que escuchamos hoy es que el Reino de Dios está cada vez más cerca. Ya San Pablo nos lo dijo en la segunda lectura del domingo pasado: "La salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe". Y hoy el Evangelio nos dice que, ante esa cercanía, ante esa inminencia del Reino de Dios, nosotros necesitamos convertirnos. Pues si nosotros queremos convertirnos, si queremos cambiar nuestra persona, no es tanto movidos por el miedo de un castigo o por una amenaza. Queremos convertirnos, queremos cambiar nuestra mentalidad, nuestra manera de vivir, para poder responder de la mejor manera ante el amor que Dios quiere darnos, ante esta presencia de Dios que viene, para poder vivir en una vida de comunión, en una vida de amor con Él y con nuestro prójimo.
La primera lectura de este domingo está tomada del capítulo 11 del libro del profeta Isaías, donde el profeta nos describe la necesidad que tenía el pueblo de que el Mesías se hiciera presente. Nos habla de la dinastía del reinado de David como un tronco seco. El pueblo estaba pasando por una necesidad grande, y el profeta va a hablar de parte de Dios diciéndole que Dios va a infundir vida, que va a brotar un retoño del tronco de Jesé, ese es el padre de David, que va a dar un germen de vida y de salvación. Y de esta manera se describe al futuro Mesías.
Y la segunda lectura, tomada del capítulo 15 de la carta de San Pablo a los Romanos, Pablo nos va a dar las pistas de cómo podemos llevar a cabo esta conversión que el Señor espera de nosotros. Él va a repetir dos veces en la lectura de hoy que hay que glorificar a Dios. Para ello, propone tener los mismos sentimientos de Cristo, aceptando de buena gana a los demás. Cristo vino para salvarnos a todos, Él aceptó a gente de todos los pueblos, no hizo menos a nadie. Esta unión, este sentimiento de unión por parte nuestra, tiene que abarcar personas y tiene que ser un sentimiento que brote precisamente de los sentimientos de Cristo.
Necesitamos estar en una continua conversión. Nunca podremos decir que ya nos hemos convertido suficientemente. Un signo de que estamos en este proceso de conversión es revisar cómo es nuestra vivencia del sacramento de la Confesión, que no nos llegue la Misa de la Navidad sin la debida preparación por parte nuestra, para entender la conversión como este proceso que acompaña al cristiano toda la vida, un cambio continuo de mentalidad y de arrepentimiento de corazón.
Quiero citar aquí las palabras que el Papa emérito Benedicto XVI dijo a los sacerdotes de la diócesis de Roma en marzo del 2007: "No podemos pensar en vivir inmediatamente una vida cristiana al ciento por ciento, sin dudas y sin pecado. Debemos reconocer que estamos en camino, que debemos y podemos aprender, que necesitamos también convertirnos poco a poco. Ciertamente, la conversión fundamental es un acto que es para siempre, pero la realización de la conversión es un acto de vida que se realiza con paciencia toda la vida. Es un acto en el que no debemos perder la confianza y la valentía del camino".
Precisamente debemos reconocer esto: no podemos hacer de nosotros mismos cristianos perfectos de un momento a otro. Sin embargo, vale la pena ir adelante, ser fieles a la opción fundamental, por decirlo así, y luego continuar con perseverancia en un camino de conversión que a veces se hace difícil. En efecto, puede suceder que venga el desánimo, por lo cual se quiere dejar todo y permanecer en un estado de crisis. No hay que batirse enseguida, sino que con valentía comenzar de nuevo. El Señor me guía, el Señor es generoso y con su perdón voy adelante, llegando a ser generoso también yo con los demás. Así aprendemos realmente a amar al prójimo.
Y la vida cristiana implica esta perseverancia de no detenerme en el camino, precisamente cuando somos conscientes de la fragilidad de nuestra naturaleza humana y que Dios quiere venir a colmar esa fragilidad con su amor, con su misericordia y con su perdón. Es como nosotros podemos dar pasos sinceros, honestos y eficaces en nuestra búsqueda de conversión con la gracia del Espíritu Santo.
Yo soy Fray José Leiva, y que el Señor de la paz en la aurora de tu amanecer brillará como sol resplandeciente en la aurora de tu amanecer. Venció, pero con tu luz y con tu amor el vestido de marca. Esta no la mamá de gloria tiene el Señor arriba.