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El Señor esté con ustedes.
Y con tu espíritu.
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo.
Gloria a ti, Señor.
Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al agua. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca. Se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas.
Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, ni como la tierra no era profunda, brotó enseguida, pero en cuanto salió el sol se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos ciento, otros sesenta, otros treinta.
El que tenga oídos, que oiga.
Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:
—¿Por qué les hablas en parábolas?
Él les contestó:
—A ustedes se les ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque el que tiene, se le dará y tendrá de sobra; y el que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: "Oirán con los oídos sin entender, mirarán con los ojos sin ver, porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos para no ver con los ojos ni oír con los oídos ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure".
Dichosos sus ojos, porque ven, y sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ven ustedes y no lo vieron, y oír lo que oyen y no lo oyeron.
Ustedes oigan lo que significa la palabra del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que le escucha y la acepta enseguida con alegría, pero no tiene raíces, es inconstante; en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende, que se dará fruto y producirá: ciento, sesenta o treinta por uno.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
[Música]
Se cuenta que había un sacerdote en un pueblo que tenía la fama de que sabía de memoria toda la Biblia y siempre daba citas precisas para cada situación concreta. Y una vez un joven se le acercó y le dijo:
—Sacerdote, padre, tengo un profesor que desaprueba a todo el salón. ¿Qué cita podría darle a ese profesor?
Y el sacerdote le dijo:
—Dile a tu profesor que lea Éxodo 34, 6. Ahí se nos dice que Dios es lento a la ira y rico en misericordia. Dile a tu profesor que sea rico en misericordia.
Y este chico le dice al sacerdote:
—¿Y si me desaprueba, qué texto me daría usted para que yo lea?
Y el sacerdote rápidamente le dice:
—Entonces, si te entrega tu examen y estás desaprobado, tú tienes que leer Lucas 22, 62. Ahí se dice que Pedro se fue a llorar amargamente.
Y un día a este sacerdote le fue a buscar un boxeador. Y el boxeador le dice al sacerdote:
—Padre, yo soy boxeador. ¿Qué texto bíblico me recomienda?
Y este sacerdote rápidamente le dice:
—Hechos 20, 35. ¿Qué dice? "Hay más alegría en dar que en recibir".
Ustedes dirán: ¿Por qué el padre Carlos nos ha contado esta anécdota? Porque hoy la palabra de Dios nos habla de cómo tenemos que relacionarnos con todo lo que Dios nos dice. Fíjense, Dios nos habla a través de su palabra, y esa palabra tiene que producir frutos. En la primera lectura hemos escuchado cómo la palabra de Dios es como la lluvia que empapa la tierra y la hace germinar.
Hoy tenemos que hablar de nuestra relación con la palabra de Dios y, para ello, vamos a la parábola que Jesús nos ha contado. Jesús nos habla hoy de la parábola del sembrador. Jesús es el sembrador, la semilla de su palabra, y esa semilla, que es la palabra de Dios, cae en cuatro destinos. Vamos a analizar los cuatro destinos a ver dónde estamos nosotros.
Una parte de la semilla cayó en el camino y las aves comieron la semilla. Otra parte de la semilla cayó entre piedras y, por tanto, la semilla no brotó. Otra parte de la semilla cayó entre zarzas; algo creció, pero luego las zarzas ahogaron las plantas. Y finalmente, una parte de la semilla cayó en buena tierra. Aquí tenemos los cuatro destinos a donde pueden llegar la palabra de Dios.
Ahora vamos a profundizar en esos cuatro destinos. En primer lugar, Jesús dice que la semilla cayó en el camino. Ese es el caso cuando nosotros no prestamos atención a la palabra de Dios, cuando la palabra de Dios entra por un oído y sale por el otro oído. Y aquí entonces viene un verbo muy importante: atender. Queridos hermanos, hay que atender la palabra de Dios. Y uno atiende lo que considera importante. En el lenguaje coloquial decimos: "para la oreja". Van a decir algo importante.
San Gregorio Magno, cuando hablaba a la gente de la palabra de Dios, les decía: "Imagínense ustedes que el emperador les escribe una carta y les manda la carta dentro de un sobre sellado. ¿Qué harían ustedes? Inmediatamente abren el sobre y leen la carta, porque es algo importante, es el emperador quien les está escribiendo". Pues con mucha mayor razón, presten atención a la palabra de Dios.
Cuántas veces he contado, y a mí me da risa, que algunos feligreses con buena intención te dicen: "Padrecito, qué bonito ha predicado, qué bonito ha hablado, padrecito, le felicito". Y entonces yo pregunto: "¿Y de qué ha hablado?". "No me acuerdo, pero bonito ha hablado". Queridos hermanos, hay que atender la palabra de Dios. No se olviden de ese verbo. Es el primero. ¿Cuál es? Atender.
Vamos al segundo destino: la semilla que cae entre piedras. Cuando nosotros atendemos la palabra de Dios, pero no profundizamos, estamos en ese caso. Hay que profundizar en la palabra de Dios. No nos quedemos en la superficie. Y aquí tenemos el segundo verbo: profundizar. ¿Y cómo profundizamos en la palabra de Dios? Cuando llevamos a la oración la palabra de Dios. Les recomiendo que todos los días lleven a la oración el Evangelio del día. Esa tarea les voy a dejar, y así van a profundizar en la palabra de Dios.
Contrario, podemos atender la palabra de Dios, pero si no llega al corazón, es decir, si no profundizamos, entonces no daremos frutos. Vamos con el tercer destino: la semilla que cae entre zarzas. Jesús dice: crece algo, pero las zarzas terminan por ahogar las plantas. Queridos hermanos, podemos atender y podemos profundizar, pero hay que perseverar. Si nosotros no perseveramos viviendo las exigencias de la palabra de Dios, somos el tercer caso: la semilla que cayó entre zarzas. Aquí tenemos entonces el tercer verbo. ¿Cuál es? Perseverar.
Todos los días hay que dejarnos guiar por la palabra de Dios. Esto es muy importante, porque puede ser que cuando vengan las dificultades, como es el tiempo actual, dejemos de guiarnos por la palabra de Dios y escuchemos otras palabras que son palabras mentirosas, porque la palabra de Dios es la verdad. Queridos hermanos, pidamos en este momento a Jesús la gracia de la perseverancia. No basta atender, no basta profundizar, hay que perseverar.
Y ustedes saben que representan las zarzas que ahogan la palabra de Dios. Esas zarzas representan el ambiente mundano, lo que impide que nosotros perseveremos en la palabra de Dios es la mundanidad. Por ejemplo, la palabra de Dios nos habla de que cada persona humana tiene una dignidad, un valor, pero el ambiente mundano nos invita a ser selección de personas: "estos viven, estos no viven, estos son importantes, estos no son importantes". Y eso no dice la palabra de Dios. La palabra de Dios habla de que cada persona humana tiene una dignidad porque cada persona humana es imagen y semejanza de Dios. Que no se meta esa zarza de la mundanidad en nuestra vida.
Otro ejemplo: la palabra de Dios nos habla de ser desprendidos, de no estar aferrados a los bienes materiales, pero la mundanidad nos habla del consumismo. Y si nosotros dejamos que la zarza de la mundanidad se meta en nuestra vida, dejamos de perseverar en la palabra de Dios.
Y vamos al cuarto destino. ¿Se acuerdan cuál es? ¿Cuál es el cuarto destino? Cuando la semilla cae en buena tierra. Y esto lleva al cuarto verbo: practicar. Hay que practicar la palabra de Dios. Hay que plasmar cada día en nuestra existencia lo que Dios nos dice. Queridos hermanos, no basta con atender, no basta con profundizar, no basta con perseverar. Todo ello desemboca en practicar. Y eso se expresa cuando ahí donde estamos, comunicamos el amor de Cristo.
¿Cómo sé yo que estoy atendiendo, profundizando, perseverando y practicando la palabra de Dios? Porque ahí donde estoy, reflejo a Cristo, imito a Cristo, tengo de nuevo lo de Cristo como único el amor de Cristo.
Hace algún tiempo leí el testimonio de un misionero que es el siguiente, y que a mí me gusta mucho predicar lo cuando tengo que hablar de las exigencias de la palabra de Dios. Este misionero estaba haciendo sus misiones, estaba evangelizando una comunidad nativa de una zona que está en un lugar muy alejado de las ciudades de ese país, y que ahí pues no hablan castellano, tienen su lengua propia. Quiso hacer una Biblia con la lengua propia de los nativos y, para ello, pidió ayudas económicas. Y ya tenía el dinero para sacar la primera edición de una Biblia con la lengua propia de esa comunidad. Y cuando ya iba a llevar el dinero a la imprenta, vino una catástrofe climática y mucha gente perdió sus casas, perdieron sus cosechas. Y entonces este sacerdote todo el dinero lo utilizó para ayudar a la gente y, por tanto, no pudo publicar la primera edición de la Biblia con la lengua propia de esa comunidad.
Pasaron los años y este sacerdote no se desanimó y volvió a pedir ayudas económicas para sacar la Biblia con la lengua propia de esa comunidad. Ya tenía el dinero y otra vez vino un desastre climático. Imagínense ustedes, también mucha gente se quedó sin sus casas, se perdieron las cosechas. Y por segunda vez, este sacerdote cuenta que todo el dinero lo utilizó en ayudar a la gente.
Por tercera vez pidió ayuda, logró el dinero. Ahora sí pudo publicar la primera edición de la Biblia en una lengua nueva, la lengua propia de esa comunidad. Y contento este sacerdote, fue a llevarle el primer ejemplar de esta Biblia al obispo del lugar. Y el obispo, al recibir la Biblia, la primera Biblia en el mundo con esa lengua, una lengua nativa, le dijo a este sacerdote: "Padrecito, te felicito por tu trabajo, pero que nunca se te olvide que las dos primeras ediciones de esta Biblia fueron las mejores, porque fueron las ediciones de la caridad".
Queridos hermanos, la palabra de Dios nos lleva a practicar la caridad. Y si no nos está llevando a practicar la caridad, es porque no estamos ni atendiendo, ni profundizando, ni perseverando, ni practicando.
Y ya para terminar, vamos a hacer la tarea. Todo lo que les he dicho, vamos a aplicarlo brevemente en la segunda lectura. A ver, les pregunto, no me decepcionen. ¿De qué nos ha tratado en la segunda lectura? Comencemos por el primer verbo: atender. ¿Han estado atentos? ¿De qué nos ha tratado la segunda lectura? Primer verbo: atender. San Pablo, en la carta a los Romanos, nos ha dicho: "Los sufrimientos presentes no se pueden comparar a la gloria que nos espera". Hoy la creación está gimiendo dolores de parto, pero la creación va a ser liberada y está esperando la manifestación de los hijos de Dios. Fíjense qué bonito.
Primer verbo: atender. Segundo verbo: profundizar. Vamos a profundizar. San Pablo nos dice: "Hoy hay dolor, hoy hay sufrimiento. Todos estamos sufriendo por esta pandemia, todos. Pero la palabra de Dios nos dice: tranquilo, paz, esto va a pasar. Esto que estamos sufriendo no se compara a la gloria que nos espera". Hay que tener esperanza. Esto va a pasar.
Y vamos al tercer verbo: perseverar. San Pablo nos dice que la creación está esperando la gloriosa manifestación de los hijos de Dios. Hermanos, Dios espera que todos los días de nuestra vida nos portemos como hijos suyos, que llevemos una vida limpia, que sigamos el Evangelio con radicalidad, que rechacemos todo tipo de ideologías, que reclamemos lo que es justo. Así vivimos como verdaderos hijos de Dios.
Y el último verbo: practicar. ¿A qué nos lleva la segunda lectura? A vivir alegres porque somos hijos de Dios, a no perder la fe porque todo esto va a pasar, a tener esperanza, nos espera el cielo, la gloria eterna.
¿Se dan cuenta, queridos hermanos, la importancia de estos verbos? Ahora viene el examen. ¿Cuáles son? Atender, ¿qué más? Profundizar, ¿qué más? Perseverar y practicar. Yo les invito a que estos cuatro verbos todos los días los apliquen a la palabra de Dios.
¿Quién vivió la palabra de Dios de manera más eficaz? La que mejor ha vivido estos verbos: la Virgen María. Atendió siempre la palabra de Dios, por eso dice: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lucas 1, 38). María profundizó en la palabra de Dios, por eso canta el Magnificat (Lucas 1, 46-55). María perseveró en la palabra de Dios, por eso está en oración con los apóstoles esperando la venida del Espíritu Santo (Hechos 1, 13-14). Y María practicó la palabra de Dios, por eso va a visitar a su prima Santa Isabel, enseñándonos lo que es la caridad.
Hoy le pedimos a la Virgen Santísima, nuestra Madre, que nos ayude a ser la tierra buena donde crece la buena semilla, que es la palabra de Dios.
Que así sea.