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A comienzos de 1983, Argentina atraviesa una aguda crisis económica y social. Más de 7 años de dictadura dejan un país empobrecido, endeudado y dependiente de los organismos de crédito internacional, con su aparato productivo destruido y la mayor parte del capital concentrado en unas pocas manos.
El endeudamiento progresivo y la destrucción sistemática del Estado acentúan la crisis política del gobierno militar y lo arrastran al borde del abismo. Mientras la dictadura más sangrienta de la historia argentina inicia su salida del poder, el rumbo económico del mundo cambia.
En octubre de 1983, triunfa en las elecciones presidenciales Raúl Ricardo Alfonsín, candidato por la Unión Cívica Radical. El nuevo presidente se enfrenta a un agudo cuadro de crisis que le deja muy poco margen de maniobra. En sus primeros meses de gestión, vuelca todos sus esfuerzos a la búsqueda de consenso político y la restauración de las instituciones democráticas.
Mientras tanto, la economía sigue actuando como una bomba de tiempo. Durante 1984, su ministro de economía, Bernardo Grinspun, intenta llevar a cabo una política medianamente distribucionista que alivie la grave situación social que había dejado la dictadura. Pero con el pasar de los meses, la inflación aumenta y los salarios caen. La figura del ministro, que no era bien vista por los sectores del poder financiero, también comienza a ser cuestionada por la opinión pública.
En febrero de 1985, la crisis se dispara y Alfonsín reemplaza a Juan Vital Sourrouille con el propósito de frenar la inflación y aumentar la recaudación fiscal. El nuevo ministro implementa una versión moderada del plan de reforma del Estado impulsado por el Consenso de Washington, al que bautiza Plan Austral. El nuevo signo monetario se llamará austral.
El nuevo programa incluye un fuerte ajuste del gasto estatal, la instauración de precios fijos y la creación de una nueva moneda. Muere el peso, nace el austral, un dinero fuerte y sano que no arrastra consigo la carga de la inflación. Para hacerlo simple, elimine tres ceros de los pesos actuales. Ejemplo: 10.000 pesos = 10 australes. 5.000 pesos = 5 australes.
Este plan tiene un éxito inmediato. La inflación se detiene y las exportaciones aumentan, por lo que la recaudación fiscal crece y el Tesoro Nacional recupera su volumen de reservas. Por unos meses, la tormenta económica se calma.
Respaldado por la marcha del Plan Austral y por sus logros políticos recientes, como el juicio a las juntas y la resolución del conflicto por el Canal de Beagle, el radicalismo comienza a proyectarse para las elecciones de 1989. Pero a mediados de 1986, las presiones reaparecen. Los empresarios comienzan a exigir aumentos en los precios, al tiempo que los sindicatos reclaman un incremento en los muy desvalorizados salarios. El gobierno cede y la inflación retoma su curva ascendente.
Mientras tanto, los precios de los productos de exportación caen en picada, la deuda externa crece y los acreedores presionan al gobierno para que cumpla con el cronograma de pagos. Agobiado por las obligaciones, en 1987 el gobierno de Alfonsín realiza un intento de reforma del Estado que incluye la privatización de varias empresas públicas, pero su proyecto encuentra la oposición tenaz del peronismo y el rechazo masivo de la opinión pública. Afixiado por la falta de reservas, el gobierno comienza a emitir bonos, aumentando aún más la deuda del Estado.
Llegado 1988, la inflación está totalmente descontrolada y el déficit fiscal no para de crecer. El clima político tampoco es alentador. A partir de la Semana Santa de 1987, una serie de levantamientos militares mantiene en vilo a todo el país. Por otro lado, la CGT, liderada por Saúl Ubaldini, continúa con su campaña de huelgas generales que desgastan aún más la imagen del presidente.
Frente a este escenario, el gobierno elabora una estrategia de salvataje cuyo objetivo principal es lograr un mínimo control de la economía hasta llegar a la fecha de las elecciones. Es así que en agosto de 1988 se pone en marcha el Plan Primavera. Con este plan, el Estado busca regular el precio del dólar, estableciendo un doble juego cambiario, al tiempo que intenta un acuerdo entre obreros y empresarios para congelar precios y salarios. También se emiten nuevos bonos y se insiste con las privatizaciones de las empresas públicas.
Pero estas medidas no generan confianza y el Plan Primavera no pasa el verano. En los primeros meses de 1989, la inflación no da tregua y el Banco Mundial suspende temporalmente la ayuda a Argentina, mientras el índice de pobreza aumenta vertiginosamente y el costo de vida supera los sueldos de los trabajadores. El ministro Sourrouille renuncia.
Llegado mayo de 1989, el gobierno de Alfonsín recibe ataques de todos los frentes. En Estados Unidos, el nuevo presidente George Bush aumenta la presión financiera sobre el Estado argentino, íntimo a cumplir con los pagos de la deuda externa. Al mismo tiempo, dentro del país, las grandes empresas retienen sus divisas, la clase media compra dólares y las clases bajas a duras penas pueden comprar alimentos.
En este contexto, el 14 de mayo de 1989 se celebran las elecciones presidenciales. Luego de viajar por todo el país prometiendo "revolución productiva" y "salariazo", el candidato del peronismo, Carlos Menem, se impone por el 4% de los votos a la fórmula radical Eduardo Angeloz-Juan Manuel Casella.
Derrotado en las urnas y con la economía fuera de control, el gobierno de Alfonsín poco puede hacer para detener la inflación, que crece a más del 100% mensual. Dos días después de las elecciones, la situación social está desbordada. Durante un mes, los saqueos a supermercados ganan las primeras planas de los diarios y las pantallas de televisión. A esta altura, el poder político de Alfonsín es mínimo y muchos dudan que su gobierno pueda llegar al 10 de diciembre.
Junio de 1989 comienza en medio de grandes complicaciones, con un 114% de inflación mensual y el país bajo estado de sitio. El gobierno radical se dispone a pactar con el presidente electo del peronismo a cambio de que este tome anticipadamente el poder. El radicalismo se compromete a votar todas las leyes necesarias para hacer frente a la crisis.
Finalmente, el 8 de julio de 1989, 5 meses antes de la fecha estipulada para el inicio de su mandato, Carlos Menem asume como presidente.