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La República es un diálogo escrito por el filósofo Platón en el siglo cuarto antes de Cristo. En este texto, Platón presenta una teoría de la justicia y argumenta que las personas justas siempre son más felices que las personas injustas. En este vídeo, vamos a hablar muy brevemente de: primero, quién era Platón; segundo, cuáles son los personajes que aparecen en la República; y tercero, los conceptos y argumentos principales de la República, yendo paso a paso a través de los 10 libros que integran este texto.
Platón era un filósofo de Atenas en Grecia antigua que vivió entre el 428 antes de Cristo y el 348 antes de Cristo. Venía de una familia aristocrática. En su juventud, Platón fue alumno de Sócrates, que era otro gran filósofo ateniense, maestro y antecesor de Platón. A pesar de que la obra de Platón demuestra un fuerte interés por temas sociales y políticas, él no se involucró personalmente en la vida política ateniense. Se dedicó a la enseñanza de la filosofía y, a tal fin, fundó la Academia alrededor del año 385 antes de Cristo. La Academia fue una institución educativa que funcionó en Atenas durante 300 años y que fue la precursora de nuestras actuales universidades.
Platón escribió muchas obras sobre diversos temas, mayormente en el formato de diálogos. La influencia de estos textos en la cultura occidental ha sido descomunal. El impacto del pensamiento platónico es multidisciplinario, ya que no solo ha influido en filosofía, sino que también ha sido muy relevante para la ética, la política, la literatura, la psicología, la teoría del conocimiento y la teología, entre otras disciplinas. El pensamiento platónico sigue siendo muy influyente hoy en día.
Al igual que en otras obras de Platón, la República, que fue escrita más o menos entre el 380 y el 375 antes de Cristo, nos presenta un diálogo entre distintos personajes. Se trata de personas que realmente existieron y a las que Platón conoció. El principal personaje de la República es Sócrates. Sócrates suele ser el personaje central en la mayoría de los diálogos de Platón. Además, la República está contada en primera persona, es decir, es Sócrates el que nos habla.
En el comienzo del libro, Sócrates dice: "Ayer bajé al Pireo". "¿Ayer bajé al Pireo?". ¿Qué quiere decir eso? Bueno, el Pireo es el puerto de Atenas. Los puertos suelen estar en las zonas bajas de las ciudades. Sócrates nos cuenta que bajó al Pireo, al puerto, porque fue a adorar a una diosa y también porque quería ver un festival nuevo que se realizaba allí. Y a partir de ese momento, comienza un diálogo entre Sócrates y sus acompañantes en el viaje de regreso. Volviendo del Pireo, subiendo a la ciudad, se encuentra con unos amigos en el camino y va con ellos a la casa de un conocido que se llama Céfalo y que es presentado como un anciano con una buena posición económica. Conversa con Céfalo y, en la charla, se empiezan a tocar temas filosóficos. Se habla de la vejez y de cómo conviene vivir la vida, y así se llega al tema de la justicia. A partir de ese momento, la discusión sobre la justicia continúa durante los diez libros que componen la República.
Entre los personajes principales que participan en el diálogo están Adimanto y Glaucón, que en la vida real también fueron discípulos de Sócrates y, además, eran hermanos de Platón. También aparecen Trasímaco, que es un sofista, y Polemarco, que es el fogoso hijo de Céfalo. Durante estos diez libros, nosotros, como lectores, escuchamos lo que dice Sócrates, pero tenemos que recordar siempre que esta es una obra de Platón y que es Platón el que nos está presentando sus ideas. Acá, cuando Platón, en su madurez, escribe y utiliza a Sócrates como personaje, no lo hace para que conozcamos las verdaderas ideas de Sócrates, sino que se trata de las ideas del mismo Platón. Platón usa a Sócrates como medio, como vehículo, para contar sus propias ideas. Sócrates es como la marioneta, es el "chirolita" de Platón.
La República, decíamos, está dividida en 10 libros. El tema del libro 1 es el examen de las distintas definiciones de la justicia. Y el anciano Céfalo sostiene que la justicia consiste en devolver a cada uno lo que le corresponde, es decir, lo que se le debe, lo que merece, lo que se ha recibido de él. Pero Sócrates le va a dar a Céfalo un contraejemplo. Le dice: "Si uno recibe armas de un amigo y después tu amigo se vuelve loco y vuelve para pedirte las armas en ese estado de locura, ¿es lo justo ahí no devolvérselas?".
El fogoso Polemarco sale en defensa de su padre Céfalo y él reformula esta primera definición, que es darle a cada uno lo que le corresponde, diciendo que lo que corresponde o lo correcto es hacer el bien a los amigos y el mal a los enemigos. Esta es la segunda definición de la justicia. Sócrates nunca dice que estas primeras definiciones de la justicia sean 100% falsas. Tienen algo de verdad, pero el problema es que parten de definiciones imprecisas. Porque, ¿cómo sabemos quién es nuestro amigo? Si te invitan a una fiesta o a beber un jueves a la noche, tal vez vos pensás que te están haciendo un bien, pero en realidad te están invitando a algo que te va a hacer mal. O si no te devuelven las armas, o si no te dejan manejar tu auto un día que estás muy alterado, quizás sentís que están siendo malos con vos, pero en realidad están siendo buenos. ¿Qué es un bien y qué es un mal? El problema de estas definiciones de la justicia es que no están pensadas a fondo hasta sus últimas consecuencias.
En este punto, interviene Trasímaco, un sofista, que define a la justicia como "lo ventajoso para el más fuerte". La persona que tiene poder pone las leyes que le convienen y dice que esas leyes son justas. Lo justo entonces es lo legal, lo lícito, de acuerdo a las leyes y costumbres vigentes y al gobierno de turno. Fíjense que esta tercera definición de la justicia, que la justicia es lo que le conviene al más poderoso, ya no es tanto una definición, sino un ataque al ideal de la justicia. Como cada uno persigue sus propios intereses, lo justo será cualquier cosa que responda a los intereses del legislador, lo que le sea útil. Según Trasímaco y los sofistas, al individuo siempre le va a convenir ser Injusto y no preocuparse ni por las leyes ni por el concepto de justicia, sino defender sus intereses particulares y, de este modo, ser feliz. Para Trasímaco, la justicia es una palabra vacía que sirve para legitimar el egoísmo. La justicia es pura eficacia y cero validez, puro poder, ser legitimidad.
Es una excelente objeción la de Trasímaco. Al igual que las intervenciones anteriores, la de Céfalo y la de Polemarco, tiene mucho valor y es por eso que es incluida en este libro. Sin embargo, Platón y su portavoz, Sócrates, no van a estar de acuerdo. Trasímaco está en el diálogo para representar la postura que la República intenta rechazar, la postura de los sofistas.
En el libro 2, Glaucón, hermano de Platón, sin ser sofista, profundiza este argumento, el argumento de Trasímaco, y hace referencia a la leyenda del Anillo de Giges. Hay una leyenda que habla de un anillo que hace invisible al que lo usa. El primer día que lo usás, si sos una buena persona y te vas a comportar bien, vas a ser justo. Pero como nadie te ve actuar, casi seguro a la larga vas a terminar haciendo cosas para beneficio propio o para beneficio de tus allegados. Si fuéramos invisibles a la ley, como Giges con el anillo, vamos a ser Injustos. Si uno se impune, si no hay riesgo de ser castigado, uno no va a elegir siempre la justicia. En el fondo, todos somos Injustos. Solamente somos justos por miedo al castigo de la ley o por la promesa de obtener algún beneficio por ese buen comportamiento. Y para peor, en el mundo real, ser justo no es buen negocio. Al hombre Injusto se lo honra con dinero y gloria. Muchas veces, el hombre justo es el que termina marginado por la ciudad. Todos se burlan de él. Los justos terminan pobres y solos.
Glaucón propone entonces que distingamos entre las cosas que deseamos por sus consecuencias, como los medicamentos, y las cosas que son un fin en sí mismas, como la alegría, por ejemplo. A ver, la gimnasia, la dieta, los medicamentos, no los elegimos como un fin en sí mismo, sino como un medio para sanar. Pero hay otras cosas que sí son un fin en sí mismas, por ejemplo, la salud, o la alegría, el placer, el conocimiento. Bueno, el tema es: ¿en qué grupo cae la justicia? La justicia es un remedio, es un medio para lograr otra cosa, o es algo deseable por sí misma. Glaucón señala que la mayoría de las personas clasificamos a la justicia en el grupo de los medios para conseguir otra cosa. La justicia es una pastilla que nos tenemos que tragar, aunque muchas veces tengamos ganas de robarnos algo que no nos pertenece o de ser violentos con alguien. Nos resignamos a ser justos como medio para qué: para evitar un mal mayor. O sea, aceptamos el mal menor, que son las leyes y las reglas que nos permiten no matar, ser Injustos, hacerle daño a otras personas, para prevenir el mal mayor. No queremos que nos hagan esas cosas a nosotros. Esto que aparece en boca de Glaucón es importantísimo para la historia del pensamiento político, porque Glaucón está proponiendo la primera teoría del contrato social en la filosofía occidental, 2000 años antes que los grandes teóricos del contrato social como Hobbes, Locke o Rousseau. Platón nos explica: "Pagamos el precio de la justicia porque la pasaríamos peor si no entráramos en este contrato". La justicia no es algo que se practica por sí misma, sino algo en lo que uno se involucra por miedo y por debilidad. No nos molesta la injusticia en general, nos molestan las injusticias que los demás nos hacen a nosotros. Nos molesta cuando cobran un penal Injusto a favor del equipo contrario, pero no nos molesta que nos regalen un penal a nuestro equipo. Nuestras propias injusticias no nos molestan.
Después de este poderoso argumento de Glaucón, él le pide a Sócrates que demuestre que la justicia es algo que deseamos por sí misma, no únicamente por sus consecuencias, como una medicina, no un contrato social en el que entramos por conveniencia, sino que la justicia es algo intrínsecamente bueno, deseable por sí mismo.
Adimanto completa este punto diciendo que somos justos a causa de las recompensas, sea en esta vida, cuando nos premian por portarnos bien, o sea después de la muerte, según las leyendas que dicen que a quienes fueron Injustos en la vida se los castiga o se los tortura en el infierno.
Y en este punto, Sócrates va a darle un giro a la discusión que marca todo el resto del texto. Dice que es muy difícil responderle a Glaucón y a Adimanto y darles la demostración que nos están pidiendo. Y dice también que examinar la justicia en un individuo, en una persona, es como leer en letras muy pequeñitas. Sócrates entonces propone que busquemos la justicia en la polis, en el orden social, lo cual es como leer lo que es la justicia en letras gigantes, en mayúsculas. Vamos a investigar mejor qué es la justicia si la pensamos al nivel de la comunidad.
Sócrates inaugura así el proyecto de definir la forma ideal de la polis, a la que llama "Calípolis", es decir, la ciudad bella. Detengámonos en el significado del término griego "polis". "Polis" significa ciudad, pero no cualquier tipo de ciudad. Es una ciudad que es una república, un estado. "Polis" no se refiere a lo que hoy denominamos ciudades, la aglomeración de personas y autos y edificios en un espacio urbano, como contrapuesto al campo. La polis, para los griegos antiguos, es una comunidad de personas que viven dentro de las fronteras de un territorio, respetando cierta organización política y ciertas leyes fundamentales, y que comparten una cierta identidad. Por ejemplo, son atenienses, tebanos, espartanos, macedonios. Esta es la idea de las ciudades-estado. La polis, entonces.
En el libro 2, Sócrates se pregunta cómo hacen las personas para vivir juntas en una comunidad política y dice que lo primero cronológicamente y lo esencial en la historia de una comunidad es que las personas necesitan subsistir. Los seres humanos tenemos necesidades básicas: alimentarnos, vestirnos, tener una casa. Trabajamos para satisfacer estas necesidades básicas. Con el tiempo, se hace evidente que ciertas personas son buenas para una tarea o un oficio en particular. Uno es bueno construyendo casas, el otro cultivando, el otro fabricando herramientas, el otro criando animales o Tejiendo vestidos. Esta división se da de modo natural, no necesita ser creada artificialmente. Los individuos tienen inclinaciones naturales, gustos, talentos que los distinguen de los demás. Esto, que en primer lugar es un desarrollo histórico, tal vez contingente, azaroso, se transforma en un principio de organización social: el principio de especialización. Establece que cada persona debe desempeñar el papel para el que es naturalmente más apta y que no debe inmiscuirse en ningún otro asunto. El carpintero que construya muebles, el agricultor debe limitarse a cultivar. La especialización produce la división del trabajo óptima. Este es otro gran ejemplo del rol de Platón como pensador fundamental. Por primera vez en la historia de Occidente, se formula el principio de la división del trabajo, que permite la máxima eficiencia de la sociedad. Es un principio que va a ser retomado por los grandes teóricos de la economía, como Adam Smith y otros.
La ciudad justa que Sócrates está comenzando a delinear en este libro 2 está, en un principio, poblada por granjeros, constructores de casas, sastres, artesanos, cada uno de los cuales hace su propio trabajo y se abstiene de desempeñar cualquier otro papel. Todos son miembros de lo que Sócrates denomina la "clase productora", porque su función es producir objetos para su uso. Sócrates llama a esta ciudad la "ciudad sana", porque solo se rige por los deseos necesarios. En la ciudad sana, solo hay productores que producen únicamente lo necesario para vivir. Pero Glaucón le dice a Sócrates que más que una ciudad sana, es una ciudad de cerdos, porque no tiene nada de refinado. La gente refinada, la gente sofisticada, culta, anhela comidas exóticas, música, arte, lujos. Pero de todos modos, gracias a la eficiencia de la división del trabajo, por un proceso de acumulación de riquezas, esta ciudad sana se va a transformar en una ciudad lujosa. Aquí, Platón anticipa a varios autores modernos, en particular a Jean-Jacques Rousseau, que mucho más tarde, en el siglo XVIII, sostuvo que allí donde hay un excedente en la producción, un excedente de riqueza, aparecen los lujos. La ciudad se ha burguesa y se terminan corrompiendo las relaciones entre las personas. Platón y Rousseau coinciden en los dos remedios que pueden impedir esta corrupción: primero, ponerle un freno a la acumulación de riquezas, limitar los excesos; y segundo, tratar a la educación como una cuestión de estado. Platón y Rousseau tienen esto en común: los dos articulan su filosofía política con una filosofía educativa. En Platón, esta articulación entre política y educación está en la República. En Rousseau, aparece en dos textos: la filosofía política en "El Contrato Social", la educación en "Emilio".
Bueno, volvamos a la ciudad lujosa. Se crean oficios que antes eran innecesarios, como el de comerciante, médico, poeta, tutor, sofista. La riqueza excesiva conducirá a la envidia, a crímenes, a guerras, por lo que se necesita una clase de guerreros para mantener la paz dentro de la ciudad y también para proteger a la polis de las amenazas externas, las otras ciudades que ambicionan sus riquezas. Los productores no pueden actuar como guerreros, porque eso violaría el principio de especialización. Así que, desde este momento, habrá dos clases sociales: los productores por un lado, los guerreros por el otro.
Ahora bien, también será necesaria una tercera clase social: los gobernantes, que son los que establecen las leyes de la ciudad, es decir, el orden y la organización interna, y también gestionan alianzas con otras ciudades y naciones. Por lo tanto, para Platón, las clases sociales son tres: primero, el pueblo, que incluye a todos los productores (granjeros, artesanos, comerciantes); segundo, los guerreros o guardianes; y tercero, los gobernantes, que en la ciudad ideal van a ser, lo veremos más adelante, los filósofos.
Hablemos de la clase social de los guardianes. Ahora, para su preservación, el estado tiene que lidiar con dos frentes de batalla. Hay una guerra interna en la ciudad, que es la lucha entre las clases sociales, pero también hay una guerra externa, la lucha contra las otras naciones. Guerra externa siempre va a haber, es decir, siempre va a haber pueblos o naciones que, al no participar del pacto social, están potencialmente en conflicto. Entonces, los miembros de la polis, los ciudadanos, tienen que estar unidos para hacer frente a las amenazas externas. Como dice un famoso poema tradicional argentino: "Los hermanos sean unidos". Esta es la ley primera, porque si entre ellos se pelean, los devoran los de afuera. Es necesario que los hermanos, los miembros de la polis, sean uno, que estén hermanados, que no haya divisiones internas. O como dice Platón: "que no haya dos estados, sino un solo estado". Como la clase productora se preocupa por sus intereses particulares, principalmente por ganar dinero, es la clase de los guerreros la que debe encarnar esta unidad, tanto al reprimir la sedición interna como al defender a la polis de los enemigos externos.
Platón dedica el resto del libro 2 y la mayor parte del 3 a hablar de la educación de los guerreros o guardianes. Pero, ¿qué es la educación? No miremos la educación desde el punto de vista del individuo que quiere adquirir conocimientos o tener un título que lo habilite a un futuro mejor. ¿Qué es lo que pensamos hoy cuando hacemos orientación vocacional y elegimos una carrera? Hoy en día, elegimos una carrera según nuestros intereses particulares. Pero Platón ve la educación desde el punto de vista de la comunidad. La educación es el mecanismo por el cual el estado se reproduce a sí mismo. Y la verdad es que esto es verdad en la República de Platón y en todas las otras épocas: el estado se clona de sí mismo, que son los ciudadanos. Es decir, el estado forma individuos que llevan al estado adentro. Este es el propósito de toda política educativa: producir un cierto tipo de ciudadanos, con un cierto sesgo, un cierto perfil. Se forman ciudadanos con características, ciudadanos que van a llevar las categorías del estado en su mente, van a tener un modo de pensar que reproduce al estado dentro del alma individual. Esto que estoy diciendo ahora es uno de los puntos más importantes de la República. El libro "La República" es un tratado, entre otras cosas, acerca de cómo lograr que el estado se perpetúe, se copie a sí mismo, vuelva a germinar y a crecer dentro de la cabecita de cada uno de los alumnos que asisten a las instituciones educativas.
Platón propone que los guardianes tengan el siguiente perfil psicológico: un equilibrio justo entre dulzura y dureza, entre sensibilidad y coraje. Es una educación emocional, sobre todo. La educación de los guardianes implicará entrenamiento físico para que sean rudos y también música y poesía para que sean sensibles y civilizados. Desde que nacen hasta los 20 años, su educación consiste únicamente en música y gimnasia. Y contra todo lo que se ha dicho del racionalismo de Platón y los filósofos, la primera teoría filosófica educativa en la historia de Occidente es una teoría de la educación emocional. El principio básico de la educación en la concepción de Platón es que el alma, al igual que el cuerpo, puede tener un estado saludable o puede estar enferma. Hay que estar atentos al modo en que alimentamos al cuerpo del guerrero y también a qué alimentos le damos a su alma. Por eso, los estímulos disponibles en la ciudad deben controlarse rígidamente. Platón compara a las almas de los guerreros con ovejas que pastan constantemente. Si ponemos a las ovejas en un campo de hierba envenenada, eventualmente se van a enfermar y se van a morir. Por eso, ya desde el libro 2, Platón establece qué tipo de poesías y de historias se van a permitir en la ciudad, qué relatos son los mejores para alimentar el alma de los guerreros.
En los antiguos libros de Homero y en otros poemas tradicionales, los dioses son personajes irritables, iracundos, mentirosos, asesinos, vengativos. Sócrates dice que la primer ley de la ciudad es "no relatar cosas semejantes a los niños". Los dioses siempre tienen que ser representados como seres buenos que nunca cometen injusticias. Si los dioses se presentan de otra manera, los niños van a creer que ese comportamiento es admirable. No van a tener respeto por la verdad y por la honestidad. Los niños copian lo que ven y lo que escuchan. Las historias que los niños escuchan modelan su alma. Platón entonces propone censura para varios versos de Homero en los que se muestra a los dioses y a los héroes comportándose en forma deshonesta o siendo débiles o llorones o sintiendo miedo a la muerte. En lugar de estos poemas, Platón propone otros más edificantes. Por ejemplo, propone contar a todos los habitantes de la República el mito de que la tierra en la que habitan es su madre. Platón está formulando una metáfora que todavía hoy usamos: "Hay que defender la madre patria". Si todos somos hijos de la misma madre, entonces los otros ciudadanos de la polis son nuestros hermanos. También propone contar otro segundo mito, que él admite que es una mentira: "Dice, hay que decirle a los ciudadanos que el Dios que los formó puso oro en el alma de los gobernantes, mezcló plata en la formación de los guardianes y puso hierro y bronce en la de los labradores y los artesanos". Los magistrados, es decir, los funcionarios del estado, tienen la responsabilidad de fijarse en el metal de que se compone el alma de cada niño. Así, si a uno le dicen: "Vos sos campesino porque en tu alma pusieron hierro", va a estar satisfecho con su posición social. Digamos que la clase queda naturalizada y así se protege el orden de la ciudad, la paz social. En resumen, para Platón, los magistrados supremos tienen derecho a mentir a fin de engañar al enemigo o a los mismos ciudadanos para bien de la República. Fíjense que perjudicamos al individuo para privilegiar el bien de la ciudad. Vos tenés ganas de tocar el violín, no podés, te tocó ser zapatero. Querés saber la verdad, no te voy a mentir. Fíjense también que a veces Platón parece defender la verdad que es conceptual y oponerse a todo tipo de relatos, cuentos, poemas y mitos, pero por otro lado, él mismo usa mitos y alegorías para explicar su punto de vista y aprueba el uso de estos mitos, incluso cuando son falsos, como el mito de los metales, para solidificar el orden social.
En el libro 3, Platón saca de la galera otro invento de gran influencia en nuestra historia. Platón es el primero que propone el comunismo. Para Platón, ninguno de los guerreros debe tener nada propio. No pueden tener ni casa, tienen que comer en mesas comunes, tienen que vivir juntos, dice. "Todas las cosas deben ser comunes entre los amigos". Les prohíbe tocar los metales preciosos, porque desde el momento en que se hagan propietarios de tierras, de casa y de dinero, los guardianes que eran se van a convertir en empresarios y en labradores, y de defensores del estado se van a convertir en sus enemigos y en sus tiranos. Notemos una vez más cómo Platón anula el interés particular y egoísta en nombre del interés de la polis, el interés universal. Plantea el comunismo no para todos, pero sí para la clase de los dirigentes, para asegurarse que los guerreros estén identificados con la ciudad como un todo.
En el libro cuarto, Adimanto le objeta a Sócrates: "¿Cómo alguien que tiene un puesto de prestigio en la polis, un guardián, un gobernante, no va a tener derecho ni siquiera a tener una casa propia?". Y Sócrates le responde que su propósito es crear en el pensamiento una ciudad feliz, no una clase de personas o de individuos felices. Si un buen escultor hace una estatua, lo que privilegia es la armonía del todo. No piensa: "Ah, voy a embellecer los ojos porque si los pinto de dorado a los ojos, tal vez arruina el conjunto". Entonces va a preferir que los ojos no sean tan colorinches, pero que la composición total produzca este efecto de belleza. Bueno, lo mismo vale para el estado: no se trata de hacer que una clase social sea feliz, no se trata de darle cosas a los labradores o a los guardianes o a los gobernantes, sino de cuidar la armonía y la felicidad del conjunto. Y para esto, bueno, si los guardianes no tienen que tener casas, pues que no tengan casas.
Un estado, nos dice, a veces contiene dos estados que se hacen la guerra: los ricos y los pobres. Platón nos está hablando desde la realidad de Atenas, un lugar en el cual, en esa época, las clases sociales se enfrentaron repetidamente, debilitando al estado. Y Platón insiste en que para ser sano, el estado debe ser uno, no dos. Entonces propone limitar la riqueza y el tamaño de la polis. No debe ser ni muy rica ni muy pobre, ni muy grande ni muy pequeña. Debe permanecer en un justo medio. Esta preocupación por el justo medio era una forma típica de pensar de la democracia ateniense, que se refleja muchas veces en su filosofía.
En este contexto, y siguiendo con las grandes contribuciones de Platón, en el libro cuarto declara que hay que fundar una nueva disciplina: la ciencia política. Es decir, una disciplina que tenga por objeto la conservación del estado, que delibere sobre el mejor funcionamiento y el gobierno del estado. Pero como Platón no es un demócrata, sino un elitista y un aristócrata, él va a proponer que esa ciencia política resida en una parte pequeña del estado. Es decir, la ciencia política es responsabilidad de los que están a la cabeza del estado. No hace falta que todos sepan de ciencia política, sino solamente los "reyes filósofos", que son los que tienen que mandar con prudencia.
Del mismo modo, la valentía no es necesaria para todo el estado, sino para una parte: para los guardianes. Toda la educación de los guardianes apunta a fomentar esta virtud, el valor, la valentía. Fíjense que estamos entrando en la teoría de las virtudes. Virtud es una traducción aproximada del término griego "areté". ¿Recuerdan que habíamos pasado de la justicia individual, que era muy chiquita, al estudio de la justicia de la polis? Bueno, esta misma comparación entre la justicia individual y la justicia del estado o de la polis, la podemos hacer también con respecto a las virtudes. A las virtudes las podemos ver tanto en el cuerpo político como en el cuerpo del ciudadano individual. Las tres virtudes son:
Primero, la prudencia (en griego, "phrónesis"). Es la sabiduría práctica que nos permite tomar decisiones correctas en la vida. Vieron que hay personas, y en algunos casos también políticos, que tal vez no son grandes teóricos, pero que son personas que suelen tomar las decisiones prácticas acertadas. En la polis ideal que traza Platón, la "phrónesis" o prudencia es la virtud de los gobernantes. En el alma humana, a nivel individual, la prudencia le pertenece a la parte más alta del alma, que es el intelecto, es la parte del alma que razona. Esta parte del alma la identificamos con la cabeza.
La segunda virtud es la valentía. Es la virtud que nos permite activar nuestro enojo frente a quienes nos hacen daño. Al nivel social, es la virtud de los guerreros, pero los guerreros se subordinan a los gobernantes. Platón nos dice que los guardianes siempre tienen que estar sometidos a los gobernantes, como los perros lo están a los pastores. En el individuo, esta virtud se encuentra en la parte fogosa del alma, a la que en griego se denomina "thymos", y que los griegos pensaban que estaba en el pecho. A nivel del individuo, también se da esta subordinación, ya que cuando estamos demasiado enojados, poseídos por la ira, entonces la razón, por medio de una conversación interna, puede apaciguar estas emociones. Este "thymos", es decir, no nos hablamos a nosotros mismos, nos decimos: "Bueno, no te calientes tanto". Entonces, la razón pacifica el enojo, dulcifica al "thymos", como un pastor tranquiliza a su perro.
La tercera virtud es la templanza. La templanza es el dominio sobre nuestros apetitos y placeres, y pertenece a todo el estado. Es una virtud necesaria para todas las clases sociales. El alma humana individual tiene tres partes, entonces: tenemos primero el intelecto, que es la parte racional; segundo, las emociones ("thymos"), la parte fogosa del alma; y tercero, la parte apetitiva o deseante del alma, a la que podemos situar en el vientre. Esta parte del alma es el principio del amor erótico, del hambre, de la sed y de los demás deseos. Es amiga de los goces y de los placeres. La templanza es la virtud de lograr que la parte apetitiva o deseante obedezca las órdenes de las partes superiores del alma. Cuando el intelecto manda y la parte apetitiva obedece, se dice del hombre que es dueño de sí mismo. Pero cuando la parte inferior, que es la más grande, impera sobre la parte superior, que es pequeña, se dice que el hombre es esclavo de sí mismo. Cuando la parte inferior del alma, los apetitos, se revela contra el intelecto, es decir, la razón, la parte más alta, entonces el "thymos", el enojo, que es el guardián del alma, interviene acá como un tercero y toma las armas a favor de la razón. Este es el momento en que nos reprimimos, nos regañamos a nosotros mismos, y así moderamos nuestros deseos. "No puede ser que haga esto", "no puede ser que de nuevo me esté gastando todo el dinero en el casino". Nos regañamos a nosotros mismos, nos reprimimos.
Fíjense que Platón distingue entre estos dos aspectos de la afectividad: las emociones, como el enojo o el miedo, por un lado, y los apetitos o deseos, por el otro. Fíjense también que la prudencia y la valentía se encuentran solo en una parte del estado, los gobernantes y los guardianes, pero que hacen que todo el estado, por completo, sea prudente y valiente.
En resumen, en el estado ideal que diseña Platón, los deseos y las pasiones de la multitud son dominados por la prudencia de los gobernantes. Y algo parecido debe suceder en el alma humana. Recordemos que cada ciudadano no debe tener más que un oficio. Esto, junto a la teoría de las tres partes del alma, nos acerca a la definición de la justicia de Platón. La justicia consiste en que cada uno se ocupe únicamente de sus asuntos, cada uno hace lo que tiene la obligación de hacer. Así, la justicia aparece como una cuarta virtud que contiene a cada uno en los límites de su propio rol en la ciudad. Si la naturaleza te destinó a ser comerciante, pero vos, engreído por tus riquezas o por tus fuerzas, te querés entrometer en los asuntos de los guerreros o tenés ambiciones políticas, querés gobernar la ciudad, estás atentando contra el orden de la polis, incluso estás cometiendo un crimen contra el estado. Volvé a tu lugar. La justicia consiste en que cada uno de los órdenes del estado, los negociantes, los gobernantes, los guardianes, los artesanos, cada uno se mantenga en los límites de su oficio y no los traspase. Es un perfecto acuerdo, como entre las tres notas de un acorde: la grave, la aguda y la media. Una sociedad es justa cuando las relaciones entre las tres clases sociales son las correctas.
Estamos volviendo entonces del nivel social al nivel individual. Platón afirma que el alma de cada individuo tiene una estructura tripartita, análoga a las tres clases de la sociedad. Hay una parte racional del alma que busca la verdad y es responsable de nuestras inclinaciones filosóficas, nuestra parte de gobernante. Una parte enérgica, fogosa del alma, que desea el honor y es responsable de nuestros sentimientos de ira e indignación, nuestra parte guerrera. Y hay una parte apetitiva del alma que codicia todo tipo de cosas, pero que, al igual que el pueblo, sobre todo desea dinero, ya que el dinero puede usarse para cumplir cualquier otro deseo que tengamos. El hombre que se rige por la razón busca la sabiduría. El hombre que está dominado por sus emociones busca el honor. El hombre que es esclavo de sus deseos busca el beneficio. El individuo justo es análogo a la sociedad justa. En la sociedad justa, las tres clases sociales deben obedecer a una cierta jerarquía. En el individuo, la justicia se logra por la armonía jerárquica entre las tres partes del alma, y al tope de la jerarquía siempre tiene que estar la razón, el intelecto. En resumen, la justicia funciona de modo idéntico en el estado y en el individuo. El hombre justo y el estado justo tienen la misma forma. Ambos se rigen por este equilibrio entre sus partes. El ciudadano es justo del mismo modo en que el estado es justo. Si se dan las tres primeras virtudes (prudencia, valor y templanza), entonces también se va a dar la cuarta virtud, la justicia, en el individuo y en el estado. La injusticia es una sedición que ocurre cuando uno de los elementos se extralimita y entra en lo que no es de su incumbencia, usurpando atribuciones ajenas. El todo siempre tiene que predominar sobre la parte, el universal sobre lo particular. Las virtudes y los defectos de un sistema político se van a calcar en la psicología del individuo, y a su vez, de la psicología de los individuos dependerá el tipo de estado que pueden constituir. Por eso es importante intervenir con música y gimnasia, formando el alma de los ciudadanos.
La obra va a profundizar estos temas en los libros 8 y 9. Vamos al libro 5. En este libro, Platón habla del papel de las mujeres en el estado ideal. Es de avanzada en cierto sentido, porque opina que las mujeres tienen la capacidad para hacer las mismas cosas que los varones, una opinión para nada común en el siglo IV antes de Cristo. "En el gobierno del estado, no hay ocupación que sea propia de la mujer o del hombre en cuanto tales. Los dos sexos tienen las mismas facultades. Las mujeres pueden ser guerreras o gobernantes, por lo tanto, deben recibir la misma educación que los hombres". Pero, pero, hay un lado machista bastante importante también en Platón, porque él sigue pensando de todos modos que el sexo femenino es el sexo débil. Dice: "Se tendrá en cuenta la debilidad de su sexo al asignarles cargas más ligeras que a los hombres". También dice: "En todas las artes, los hombres son superiores a las mujeres, salvo algunas excepciones como el trabajo textil, la separación de tortas y de viandas". O sea, que en general, para Platón, las mujeres son más débiles o inferiores a los hombres.
Esta visión del rol de las mujeres se combina con el comunismo que propone Platón. Ninguna mujer es propiedad de ningún guerrero, ninguna de ellas, nos dice, cohabita en particular con uno de ellos. Los hijos son comunes, los padres no saben quiénes son sus hijos, ni los hijos saben quiénes son sus padres. Al final del libro quinto, Sócrates defiende la tesis de que el estado ideal llegará cuando gobiernen los filósofos.
En el libro sexto, Sócrates se pregunta: "Pero, ¿qué es un filósofo realmente? ¿Cómo lo podemos encontrar? ¿Cómo podemos definir el conocimiento filosófico en contraposición a la variedad de opiniones que tienen las personas?". Entonces, aquí es cuando aparece la teoría del conocimiento de Platón, según la cual existe un mundo sensible, que es el mundo de las cosas que vemos con los ojos del cuerpo, y existe un mundo inteligible, un mundo de conceptos, un mundo de formas o de ideas, que solo es captado por la razón, por los ojos de la mente. La filosofía, para Platón, está movida por este deseo de acceder al mundo de las ideas, de poder ver las cosas como son en sí mismas. El filósofo, como lo indica la etimología de la palabra ("filo" es amor, "sofía" es conocimiento), el filósofo es el que ama el conocimiento. El filósofo, nos dice, rechaza los placeres corporales y las riquezas y no tiene miedo a la muerte.
Sócrates utiliza la famosa metáfora de la nave del estado. El estado como un barco, que siempre aparece en Platón. El piloto de la nave tiene que ser el que tenga más conocimientos de navegación, por supuesto. La polis es como una nave, llegará a buen puerto únicamente si gobiernan los filósofos. El filósofo, el conocedor de la idea del bien, la idea más alta, tiene que estar al timón del estado. Sócrates explica la idea del bien por medio de la alegoría del sol. Para ver, hacen falta tres cosas: el ojo, el objeto mirado y la luz. En la oscuridad, el ojo no funciona. Del mismo modo que la luz hace posible ver en el mundo sensible, la idea del bien es la luz que hace posible que la inteligencia vea, es decir, que entienda en el mundo de las ideas. Más aún, así como el sol otorga a los seres vivos el calor y la energía necesarios para crecer y desarrollarse, la idea del bien otorga a las cosas conocidas el existir y la esencia.
Y aquí llegamos al punto crucial del libro 6: la línea dividida. Platón representa el conocimiento como cuatro segmentos consecutivos. Los primeros dos segmentos corresponden al mundo de las opiniones ("doxa"), también llamado mundo sensible. Los segundos dos segmentos corresponden al mundo del conocimiento conceptual, filosófico y científico ("episteme"), también llamado mundo inteligible. Dentro de la "doxa", tenemos primero los mitos y las imágenes, y en segundo lugar, las creencias que provienen de nuestra experiencia cotidiana del mundo tal como lo percibimos por medio de nuestros sentidos. Dentro del intelecto o "episteme", tenemos primero el razonamiento y finalmente la contemplación intelectual de la idea del bien. El conocimiento humano, entonces, puede verse como un avance, una progresión desde la "doxa" a la "episteme", hasta llegar a la idea del bien. Por cuestiones de espacio, no voy a desarrollar el tema de la línea dividida en detalle en este video. En la descripción, les dejo el link a un vídeo sobre este tema para quienes quieran profundizar sobre el libro 6 y la línea dividida.
Si "La República" es uno de los libros más importantes de la historia de la filosofía, la alegoría de la caverna es el pasaje más famoso y más importante de "La República". Esta alegoría, que Platón trabaja en el libro 7, retoma la misma idea de la línea dividida: la de un progreso de la "doxa" a la "episteme" y a la idea del bien. La alegoría de la caverna ilustra esta misma transición por los cuatro segmentos, pero ahora se trata de una historia. Una historia en la que unos esclavos están en el fondo de una caverna, ven imágenes proyectadas sobre la pared y confunden estas imágenes con la realidad. Esto simboliza la relación de los seres humanos comunes, los seres humanos que no son filósofos, con el conocimiento. En la vida cotidiana, recibimos imágenes que nos vienen del mundo sensible y solemos aceptarlas como si fueran verdaderas. Sin embargo, el mundo sensible es cambiante, efímero, contradictorio. Al tipo de conocimiento que obtenemos en el mundo sensible, Platón lo llama "doxa", término griego que se traduce aproximadamente por "opinión". La alegoría de la caverna relata el proceso por el cual un esclavo puede ser liberado de la caverna, sacado al mundo exterior, en el que va a ver las cosas tal cual son. El mundo exterior representa en esta alegoría a la "episteme", es decir, el conocimiento verdadero, que en Platón es un conocimiento de las formas, un conocimiento conceptual, no ya de meras imágenes. Esta transición dolorosa de la caverna al mundo exterior la logramos por medio de la educación, de la que tanto se habla en "La República", y en último término, por la filosofía.
En el mundo exterior podremos incluso elevar nuestra mirada al sol, que como ya lo sabemos representa la idea del bien. A través de esta historia, entonces, Platón defiende una vez más el papel de la educación y de la filosofía como los únicos caminos que nos acercan a la verdad.
Este es un resumen muy breve. Por si les interesa profundizar en la alegoría de la caverna, les dejo en los comentarios este video, el link a otro video en el que trato el tema en detalle.
En la ciudad ideal de Platón, la Calípolis, ¿cómo nos aseguramos de que los ciudadanos no sean esclavos viendo falsedades en el fondo de la caverna? ¿Cómo los llevamos al mundo exterior? Dijimos, lo hacemos por medio de la educación. Hasta ahora hablamos de la educación de los guardianes por medio de la música y la gimnasia hasta los 20 años. Ahora Platón nos va a presentar todo el programa de estudios completo hasta llegar a ser filósofos gobernantes.
Este programa lo podemos dividir en cinco partes:
Primero, música y gimnasia hasta los 20 años.
Segundo, selecciona a los mejores y se les enseña matemática, aritmética y geometría, astronomía y armonía durante diez años, de los 20 a los 30.
Tercero, se hace una nueva selección. Identificamos quiénes son los mejores entre aquellos que habíamos elegido antes, y los nuevos elegidos van a estudiar filosofía durante cinco años.
Cuarto, a los 35 años hay un nuevo filtro, una nueva selección, y los que demostraron ser inteligentes, valerosos, incorruptibles, inician ahora un periodo de servicio a la comunidad, es decir, se vuelven funcionarios del estado durante 15 años.
Quinto, a los 50 años, los que pasaron todas las pruebas y selecciones anteriores, ya son reyes filósofos. Pasarán el resto de sus vidas dedicados a la contemplación filosófica y a gobernar el estado ideal.
La ciudad ideal es una aristocracia, porque allí gobiernan los mejores: los reyes filósofos. El gobierno que propone Platón no se elige democráticamente, sino que solamente aquellos que llegan a conocer la idea del bien pueden ser gobernantes. Fíjense que Platón dice que la felicidad mayor es la contemplación filosófica, pero esta felicidad no se distribuye de modo igualitario. Son muy pocos los que llegan a disfrutar de esta máxima felicidad, como acabamos de verlo en el libro 7. Solamente son los reyes filósofos, unos poquitos.
O sea que, en resumen, Platón está proponiendo un sistema aristocrático, meritocrático, elitista, donde un pequeño grupo de personas, los reyes filósofos, encarnan el ideal universal de toda la sociedad. Esto hace que la sociedad como un todo sea feliz y, derivadamente, permite la felicidad de los individuos que viven en ella. El particular, entonces, es feliz, pero es feliz por participar en la totalidad, en el universal. No es feliz persiguiendo sus propios deseos o ambiciones particulares, y tampoco es feliz como el rey filósofo, que es el único que llega a contemplar la idea del bien.
Ahora bien, Platón nos dice que existen otros regímenes políticos posibles además de esta aristocracia. Por eso, en el libro 8, Sócrates describe los cuatro tipos de gobierno de la ciudad que no son la Calípolis, no son la ciudad bella o ideal. Son cuatro formas de gobierno, cuatro constituciones decadentes, deficientes en comparación con el sistema que propone Platón.
El segundo régimen político después de la aristocracia es la timocracia. Esto viene de *timo*, ¿se acuerda? En la parte del alma fogosa. La timocracia es una especie de régimen militar que invierte toda su energía en hacer la guerra y defender el honor de los gobernantes. Es el triunfo de la gimnasia por sobre la música. El hombre timocrático está controlado por sus emociones, sobre todo por su *timos*, su enojo.
La timocracia no es un sistema estable, sino que a la larga va a degenerar en oligarquía. La oligarquía es el gobierno de los ricos, únicamente quien tiene riquezas y propiedades está autorizado a participar en el gobierno oligárquico. El estado queda así partido en dos estados: los ricos por un lado, los pobres por el otro. Ambos estados están en guerra entre sí. La ciudad oligárquica, entonces, es débil, porque una ciudad en constante guerra interna no puede defenderse de los enemigos externos.
La oligarquía, a la vez, va a degenerar hasta convertirse en una democracia, un escalón más abajo. La democracia comienza por medio de una revolución de los ciudadanos pobres contra el régimen oligárquico. Es la democracia. Todos tienen una participación equitativa en el gobierno de la ciudad. Esto no es bueno para Platón. Para Platón, esto no es una situación deseable, porque ahora se van a repartir los puestos de poder sin tener en cuenta quién es la persona más capacitada o con más méritos para cada puesto. En esta ciudad, la prioridad es la libertad, la libertad del individuo. Cada uno es libre de decir lo que quiera y de arreglar su vida como le plazca. Es una sociedad en la que no hay orden ni armonía.
Es un gobierno muy cómodo, dice Sócrates, donde nadie manda, en el que reine una mezcla encantadora y una igualdad perfecta, lo mismo entre las cosas que son iguales como entre las cosas que son desiguales. Como dice un tango: "Acá todo es igual, nada es mejor". Lo mismo un burro que un gran profesor. Este amor extremo a la libertad conduce a la anarquía y lleva a la democracia en degenerar en tiranía, el peor de los regímenes posibles. El pueblo le otorga el poder a un caudillo para que restablezca el orden, le pide mano dura para defender sus intereses. Una vez en el poder, este caudillo se va a volver tirano, va a quitar del medio a quien pueda realizar sus decisiones. Los ciudadanos terminan siendo sus esclavos.
En la última etapa de decadencia, entonces, la democracia, la ciudad más libre, desciende a la tiranía, la ciudad más esclavizada. Estoy resumiendo muy brevemente una larga exposición de Platón sobre cada uno de estos cinco sistemas de gobierno. Una vez más, yo le sugiero que vean el video en que profundizamos este tema. Pongo el link en la descripción, porque es muy revelador y muy actual. Todo lo que dice Platón sobre la oligarquía, los sistemas elitistas, los gobiernos militares, la democracia, la tiranía, es tremendamente importante para el pensamiento político de Occidente.
Que Platón allá identificado y haya descrito estos cinco regímenes políticos, además, para cada uno de estos regímenes políticos, delinea la psicología del individuo. Es decir, hay un hombre aristocrático que tiene ciertos rasgos psicológicos de tipo aristocrático, hay también un hombre timocrático de carácter timocrático, un hombre oligárquico, un hombre democrático y uno tiránico. Y esto es coherente con la analogía que vimos entre el estado y el ciudadano, porque si decimos que el estado se hace carne, se reproducen en cada individuo, entonces un estado democrático generará hombres con psicología democrática y lo mismo para los demás tipos de sistema político. En esto, Platón preanuncia pensadores como Karl Marx y Max Weber, que llegarán 2.500 años más tarde.
En el libro 9, Sócrates habla de la psicología del tirano, que es el hombre injusto por excelencia. Y aquí retoma la promesa del libro 2: demostrar que el hombre Injusto es infeliz, mientras que el hombre justo es feliz. El hombre tiránico es incapaz de controlar sus deseos, ya que no está gobernada por su razón. Busca cualquier medio para poder alcanzar sus metas y así usa a las otras personas como instrumentos para sus fines. No puede confiar en nadie por miedo a que lo traicionen y, aunque esté rodeado de ministros y consejeros y sirvientes, en el fondo está solo. Para Platón, el hombre Injusto es el más desdichado. Solamente el hombre justo es feliz.
En el libro 10, Sócrates afirma que los poetas y los artistas son imitadores cuyas creaciones son meras copias que están muy lejos de la verdad. Por eso, la ciudad justa no debe permitir la poesía. Paradójicamente, luego de expulsar a los poetas de la ciudad por mentirosos, Sócrates cuenta otro cuento más. No, ya nos contó no sé el cuento de los hombres que tienen distintos metales en su alma: oro, plata y hierro. Nos contó la alegoría de la caverna. Bueno, todavía falta un cuento más, bastante poético y quizás un poco mentiroso. Es muy irónico para mí que cuente cuentos y mitos para demostrarnos que los que cuentan mitos y los que cuentan historias y los poetas deben ser expulsados de la ciudad.
Bueno, a este último relato mentiroso se lo conoce como el mito de Er. Es un soldado que muere y es quemado en una pira funeraria, pero luego de varios días resucita a fin de contarle a los vivos qué ocurre con las almas de quienes mueren. Según él, cuando alguien fallece, el alma, que es inmortal, se separa del cuerpo y luego, si la persona fue justa, su alma es recompensada o castigada de modo terrible durante mil años. Si la persona fue injusta en vida, luego de este periodo, el alma se reencarna en un nuevo cuerpo y así tiene otra posibilidad de aprender y una buena vida.
Bueno, en conclusión, para Platón, la justicia es necesaria tanto para el individuo como para la sociedad, mientras que la injusticia nos lleva a la autodestrucción. La justicia social y la justicia del individuo tienen la misma estructura, son isomórficas, porque al estado lo componen los individuos y, a su vez, el estado forma el alma del individuo. El estado necesita encarnarse en cada persona, en cada ciudadano para reproducirse. Para que el estado no esté desordenado, el orden del estado debe vivir dentro de cada ciudadano.
La psicología que propone Platón, y este es, en mi opinión, el primer libro de psicología de la historia, no es la psicología del salvaje, no es una psicología del estado de naturaleza. Es la psicología del ciudadano, es una psicología política. El estado se hace alma. Las almas de los ciudadanos, con sus apetitos, sus pasiones y su razón, forman al estado.
Platón escribe la República en el siglo IV en Atenas, en una época de grandes convulsiones políticas y económicas, una época de guerras y de conflictos sociales. Atenas está en una encrucijada histórica y cultural, y aparecen dos respuestas posibles a esta crisis.
Primera alternativa disponible es volver a refugiarse en el saber tradicional, en los mitos homéricos, en el mundo religioso arcaico. Cuando Polimaco, en el libro 1, dice que la justicia es hacer el bien a los amigos y el mal a los enemigos, ahí está razonando como Aquiles, está razonando como Odiseo, se está guiando por esta idea antigua de la justicia, que es la justicia de la venganza y de la lealtad, la justicia de los antiguos héroes en el campo de batalla. Es una fórmula que busca evitar que me cometan injusticias a mí o a los míos, privilegia mi interés particular, pero no el interés general, el bien común. No hay pacto social aquí. El mito y las historias de la época antigua, de los relatos de Homero, proponen virtudes y valores firmes relacionados con el honor y la valentía, pero ya superados y obsoletos por el desarrollo cultural de la época de Platón. Parte de la sociedad ateniense añora volver a los buenos viejos tiempos, pero es imposible, porque los tiempos han cambiado, porque ya se produjo el pasaje del mito al logos, ya los valores imperantes son los de las instituciones de la democracia, del comercio, de la civilidad, del humanismo.
La segunda alternativa es la de los sofistas, que sí reconoce los nuevos tiempos, sí se adapta al cambio cultural, al pasaje del mito al logos, al reemplazo de la cosmovisión antigua por una cultura política de la argumentación, del razonamiento, que pone al ser humano en el centro, pero que disuelve todos los valores antiguos y nos lleva al relativismo. Este es el punto de vista de Trasímaco, que en el libro 1 dice que la justicia es lo que le conviene al poderoso. Según el argumento de los sofistas, el interés particular se impone sobre el interés general. Esto, para Platón, es muy peligroso. Ha visto en su época las consecuencias de esta visión.
Entonces, argumenta a favor de una tercera vía. Va a defender el punto de vista de la polis, que es el punto de vista de la comunidad, del universal, que ordena y subsume a los particulares. Frente a la quietud tradicionalista y frente al relativismo sofista, que lo disuelve todo, Platón trae una tercera vía, que es la de la filosofía y la de la dialéctica. En este tercer punto de vista, la justicia es un ideal universal que regula las relaciones sociales. La idea del bien es un ancla fija e inmóvil que nos permite hacerle frente a la acción disolvente de los sofistas.
Por eso, Platón no ve al filósofo como un individuo aislado en una biblioteca. Es alguien que vive en sociedad y que interviene en la sociedad en la que vive. Es más, la gobierna. La alegoría de la caverna narra un proceso de ascenso. Acuérdense, empezamos allá abajo, el libro en el Pireo, ahora ascendemos. Es un proceso de ascenso al saber y de liberación personal, pero también de transformación social.
Gracias por haber llegado hasta aquí. Reitero, para terminar, que en mi canal van a encontrar un video para cada uno de los 10 libros de la República. En la descripción les dejo los links y también el link a la Playlist. Si alguno de ustedes se decide a leer este libro, que es hermoso, importantísimo, podrán encontrar en estos videos un resumen de cada uno de los argumentos y, espero, una buena compañía para su lectura. Les dejo los links y nos estamos viendo. Gracias por escucharme.