Transcription
En la madrugada del 24 de marzo de 1976, quienes estaban escuchando la radio en Argentina escucharon como todas las transmisiones se interrumpieron y cómo comenzaba a sonar Avenida de Las Camelias, una marcha militar de 1915. Luego, por cadena nacional se confirmó lo que muchos vaticinaban. El gobierno de Isabel Perón había sido derrocado y comenzó una nueva dictadura militar en Argentina. Se comunica a la población que a partir de la fecha el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta Militar. Pero esta sería diferente a todas las anteriores. Esta última dictadura que fue cívico militar y eclesiástica, tuvo represión, desapariciones forzadas, vuelos de la muerte y robo de bebés. También un plan económico, una propaganda mediática sin precedentes, un mundial de fútbol, una guerra contra Inglaterra, centros clandestinos de detención y mucho más de lo que parece posible explicar en un solo video. Por eso, empecemos desde el principio.
Para mediados de los años 70, la población argentina estaba acostumbrada a los golpes militares. Desde 1930, con el derrocamiento de Hipólito Urigoen por parte de José Félix Uriburu, se sucedieron ciclos que alternaron gobiernos democráticos y militares de manera frecuente. Pasó en 1943, en el 55, en el 62 y en el 66. La generación de adultos que vio ascender a los militares en 1976 había visto desde su nacimiento esta interrupción continua del orden institucional y existía también un cierto consenso social, sobre todo dentro de la clase media, respecto a que los militares llegaban a poner orden y que tras un periodo breve se iban. No obstante, esa creencia también era relativa. La autodenominada revolución libertadora que había derrocado a Perón en 1955 duró desde septiembre de ese año hasta el primero de mayo de 1958 y unos años después, Juan Carlos Onania gobernó por casi 4 años. No eran dictaduras precisamente cortas. También vale decir que el efecto directo del golpe del 55 fue la proscripción del peronismo que duraría casi 18 años.
Con Perón exiliado en España, Argentina comenzó a atravesar un periodo político marcado por el comienzo de la llamada resistencia peronista que iría dando paso en movimientos guerrilleros. Comenzaron en zonas rurales como los en Tucumán y Santiago del Estero, pero con el correr del tiempo estos grupos crecieron también en las zonas urbanas. Los años 60 significaron un fuerte cambio de paradigma para la juventud, no solo en Argentina, sino en todo el mundo. Los movimientos estudiantiles crecían en universidades de Europa y América Latina, y el movimiento hippi y distintas expresiones contraculturales empezaban a tener su reflejo en la música y la estética de la época. Por un lado, se daban la Guerra Fría y la guerra de Vietnam, pero en contraposición también se despertaba la liberación sexual y una creciente crítica al estilo de vida americano en particular y al capitalismo en general. Además, la revolución cubana inspiraba movimientos de izquierda que crecían en las universidades y en ámbitos intelectuales y tenían su correlato en el trabajo social en las villas y en la militancia barrial. Incluso había un eco de estas transformaciones hasta dentro de sectores progresistas de la iglesia. De más está decir no era una transformación exenta de violencia. En Estados Unidos, el partido Panteras Negras denunciaba la brutalidad policial contra los afroamericanos con acción comunitaria, pero también armada. En Colombia, el movimiento guerrillero campesino se fortalecía. a través de la FARC y el ELN, que terminaría llevando adelante secuestros durante décadas y un Uruguay crecía el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros. Así, con la particularidad de cada país, se transitaban años de expansión guerrillera y acciones armadas.
En Argentina esto estaba marcado por dos movimientos que crecían ampliamente en la juventud, la izquierda y el peronismo. El ejército revolucionario del pueblo, más conocido por su sigla ERP, era el brazo armado juvenil del Partido Revolucionario de los Trabajadores. Y a su vez las fuerzas armadas peronistas y montoneros fueron la expresión más popular del peronismo de izquierda y exigían el regreso de Perón y el fin de la proscripción. La aparición pública de justamente Montoneros estuvo marcada en 1970 por el secuestro y ejecución del exdictador Pedro Eugenio Aramburu. Aramburu no era un blanco cualquiera, había sido el presidente de facto de la Revolución Libertadora que proscribió al peronismo, prohibió incluso mencionar el nombre Perón y ordenó el fusilamiento de militares y civiles peronistas en los basurales de José León Suárez en junio de 1956, episodio que Rodolfo Wolsh inmortalizó en operación Masacre. Para montoneros, secuestrar Aramburu un 29 de mayo de 1970, aniversario del cordobazo, y someterlo a un juicio revolucionario, era un acto cargado de simbolismo. El peronismo proscripto ajusticiaba a quien lo había proscrpto y el impacto fue enorme. Montoneros pasó de ser una organización desconocida a ocupar el centro de la escena política argentina. El operativo demostró una capacidad operativa que sorprendió tanto a las fuerzas de seguridad como a la propia diligencia peronista y funcionó como un llamado a la acción para miles de jóvenes que se sumarían a la militancia en los años siguientes. Pero también marcó un punto de no retorno en la espiral de violencia que terminaría siendo utilizada como justificación para todo lo que vendría después.
Y es que el antiperonismo ya era una expresión fuerte en la política argentina y el anticomunismo una tendencia global. Para 1973, el equilibrio era tan frágil que cuando Héctor José Campor asumió brevemente la presidencia, ya se sabía que el retorno de Perón era inminente. La elección de septiembre le dio un triunfo aplastante con el 62% de los votos, pero la celebración duró poco. Apenas dos días después, José Ignacio Ruchi, secretario general de la CGT y uno de los hombres más cercanos a Perón, fue acribillado a balazos frente a su casa en el barrio de Flores. Este es el clima que se vive en este lugar. Producto de un atentado, murió el dirigente José Ignacio Ruchis. El crimen nunca fue oficialmente adjudicado, pero tanto la investigación judicial como múltiples testimonios apuntaron a montoneros. Ruchi representaba el sindicalismo ortodoxo al que la juventud radicalizada acusaba de frenar las reformas sociales que el peronismo históricamente había prometido. Su asesinato fue un mensaje brutal que dinamitó cualquier convivencia posible dentro del movimiento.
El 12 de octubre de 1973, Perón llegó a la presidencia por tercera y última vez, pero gobernaría apenas 8 meses. Las tensiones internas entre las facciones del peronismo no tardaron en desbordarse y la fractura más visible ocurrió el primero de mayo de 1974 cuando Perón convocó un acto multitudinario en Plaza de Mayo. Montonero sacudió en masa, pero en lugar de acompañar el discurso presidencial comenzó a corear preguntas incómodas que por qué había funcionarios de la derecha peronista en el gobierno o que qué pasaba con las promesas de transformación social que los habían movilizado durante años. Perón, visiblemente furioso desde el balcón de la Casa Rosada, interrumpió su discurso para llamarlos inverbes y estúpidos que gritan y reivindicó a los sindicatos como la verdadera columna vertebral del movimiento. Montoneros abandonó la plaza y con ello se fue cualquier posibilidad de reconciliación entre Perón y la juventud que había luchado por su regreso. que a través de 20 años pese a estos estúpidos que gritan. Las organizaciones sindicales se han mantenido inconmovibles y hoy resulta que algunos interbes pretenden más méritos que los durante 20 años.
En paralelo, la persecución contra el movimiento guerrillero ya había comenzado en democracia. La Alianza Anticomunista Argentina, la tristemente célebre Triple A, operaba desde fines de 1973 bajo el mando de José López Rega, ministro de Bienestar Social desde el gobierno de Cámpora. Su objetivo era lisa y llanamente el exterminio total de la izquierda en Argentina. Eh, fíjese que a mí me suena titular de brujo, ¿no? Entonces, yo le podría dar una profecía. El general cumplirá y con la ayuda de Dios y de todos los argentinos todo su gobierno y lo cumplirá exitosamente para bien de la patria y para galardón en la historia. Eh, hay mucha gente que está interesada, hay muchos candidatos que están esperando a ver si pueden tomar el puesto del general. Aquí no se trata de quién quiere, sino de quién pueda. Y con la muerte de Perón el primero de julio de 1974, la influencia de López Rega en el gobierno de la nueva presidenta Isabel Martínez de Perón fue total. Con gran dolor debo transmitir al pueblo el fallecimiento de un verdadero apóstol de la paz y la no violencia. Asumo constitucionalmente la primera magistratura del país, pidiendo a cada uno de los habitantes la entereza necesaria dentro del lógico dolor patrio, que Dios me ilumine y me fortifique para cumplir con lo que Dios y Perón me otorgaron como misión. López Rega pasó así convertirse en el poder detrás del trono, al punto de que ni siquiera se molestaba en disimularlo y hasta respondía preguntas por Isabel. Eh, ¿tiene indicado alguna reunión importante? Bueno, en realidad eso no se lo puede decir porque eso hoy hoy el día está condicionado a cómo vaya el movimiento de trabajo.
El 5 de octubre de 1975, Montoneros llevó adelante la operación Primicia, un ataque coordinado al regimiento de infantería de Monte 29, un cuartel militar en Formosa que incluyó el secuestro de un avión comercial. En los meses siguientes, los atentados se multiplicaron, pero también comenzaron a salir mal. El AERP lanzó un asalto al batallón de Arsenales 601 en Monte Chingolo, pero fue un desastre, ya que los servicios de inteligencia habían infiltrado el operativo, los esperaron y mataron a más de 60 combatientes. Fue el golpe del que el nunca se recuperaría. Los medios cubrían estos hechos de manera constante y la sensación de que el país estaba al borde de un abismo se instalaba con fuerza en la sociedad. A la vez, la represión estaba desatada y ya había secuestros, torturas y desapariciones. El principal objetivo eran los jóvenes que militaban tanto dentro del peronismo como las agrupaciones de izquierda. El video de la noche de los lápices disponible en este canal sirve como síntesis del nivel de crueldad que significaba el plan de exterminio iniciado en los años previos al golpe.
Para marzo de 1976, las organizaciones guerrilleras ya estaban severamente debilitadas. La amenaza militar real que representaban era una fracción de lo que realmente había sido. Sin embargo, los militares seguían hablando de la guerrilla como si fuera una amenaza capaz de destruir el país, aunque en los hechos ya no lo era. Pero ese discurso le servía como excusa para lo que realmente venían a hacer, tomar el control total del Estado e imponer un proyecto político y económico que iba mucho más allá de combatir a la guerrilla. Pero para eso hacía falta la estocada final, un gobierno militar que llevara la persecución política a un nivel masivo, sistemático y con todos los dispositivos estatales a su servicio.
Poco antes de la 1 de la mañana del 24 de marzo de 1976, Isabel Perón subió a un helicóptero en la residencia de Olivos. Le dijeron que iba a Casa Rosada, pero nunca llegó. El piloto simuló un desperfecto y desvió el vuelo a aeroparque, donde tres oficiales la estaban esperando para comunicarle que las fuerzas armadas habían tomado el poder y que ella había sido destituida. La trasladaron en un avión militar a la residencia del Meidor en Neuken, junto al lago Anahuel Guapí y ahí permanecería detenida más de 5 años. La presidenta constitucional de la Argentina acababa de ser secuestrada y así llegamos a la madrugada en que la junta militar tomó el poder. Este golpe ya desde sus comienzos representaba un cambio sustancial con respecto a los anteriores. Jorge Rafael Videla, teniente general comandante general del ejército. Emilio Eduardo Macera, almirante comandante general de la Armada. Orlando Ramón Agosti, brigadier general, comandante general de la Fuerza Aérea. Las tres fuerzas estaban actuando en conjunto para interrumpir el orden constitucional y lo hacían a través de tres representantes que pasarían a la historia como las caras visibles de una dictadura de una potencia y coordinación nunca antes vista.
Jorge Rafael Videla había nacido el 2 de agosto de 1925 y pertenecía a una tradicional familia de la ciudad bonaerense de Mercedes con antepasados muy vinculados a la política argentina. Su tatarabuelo Blast Videla fue un líder unitario y su abuelo Jacinto gobernó San Luis por un breve periodo. Videla cargaba en su propia identidad con una historia marcada por la muerte. Sus nombres, Jorge y Rafael, fueron elegidos en honor a sus dos hermanos mayores, mellizos entre sí, que habían muerto de sarampión en la década del 20. Para los años 70, Videla ya tenía una carrera militar destacada en el ejército. Emilio Eduardo Macera era nieto de inmigrantes suizos y en él convivían una formación católica rígida y conservadora con una vida que en esa época podría calificarse como licenciosa. Tenía amantes, se movía en ámbitos de vedets y muchos lo definían como un hombre de la noche. Había ingresado a la Marina a los 17 años y ascendió hasta comandarla en 1973, pero aspiraba a mucho más. Era un anticomunista convencido y también entrenado, ya que había viajado a Washington para formarse en la llamada guerra antisubersiva. Además, pertenecía a propaganda Due, una logia masónica italiana anticomunista de la que también formaba parte el ya mencionado López Rega. Entre Videla y Masera siempre existió una rivalidad marcada y quien mediaba era Orlando Ramón Agosti, representando a la Fuerza Aérea de la que era comandante. Su vínculo más estrecho era con Videla, con quien eran amigos desde la infancia, aunque su carisma y personalidad eran bastante diferentes.
Las tres fuerzas tenían el objetivo explícito de aniquilar lo que calificaban como subsión y que iba mucho más allá de las organizaciones guerrilleras. La Junta Militar tenía una concepción global del término dicho por ellos mismos, y consideraban como un enemigo a todo lo que se opusiera al nuevo orden político y económico que ellos encarnaban. Juro por Dios nuestro Señor y ante estos santos evangelios desempeñar con lealtad y patriotismo el cargo de presidente de la nación argentina y observar y hacer observar fielmente los objetivos básicos fijados y estatutos para el proceso de reorganización nacional y la Constitución de la Nación Argentina. Si así no lo hiciere, Dios y la patria me lo demanen.
Así se desplegó un mecanismo represivo sin precedentes que tuvo por objetivo borrar del mapa todos los que pensaran diferente, ya sean militantes políticos, sindicalistas, estudiantes, alumnos de colegios secundarios, maestros, curas, artistas y también sus familiares. Así se planteó desde el principio y así se hizo por los siguientes 7 años. El golpe militar en Argentina no era una excepción a nivel continental. En Chile ya gobernaba Augusto Pinochet. Uruguay había vivido un golpe el mismo año que puso en el poder a Juan María Bordaberry en Paraguay hace ya 20 años que Alfredo Struer encabezaba una de las dictaduras más largas de la región. Bolivia estaba bajo el mando de Hugo Bancer Suárez y Brasil vivía su propio proceso desde los primeros años 60 con Humberto de Alencar Castelo Branco. Todo esto tenía poco de casualidad. Había un hilo invisible que unía esta tendencia y podría definirse bajo dos conceptos, la doctrina de seguridad nacional y el plan cóndor.
La primera era un lineamiento surgido en Estados Unidos a partir de la Guerra Fría y que buscaba impedir la expansión del comunismo en el mundo bajo la idea central de que se trataba de un enemigo interno. Para combatirlo, veían necesario que las fuerzas armadas de cada país recibieran un entrenamiento especial que buscaba reprimir ya no a una tropa extranjera bajo las normas de una guerra tradicional, sino exterminar dentro de las propias fronteras con un enemigo definido no por características étnicas o religiosas, sino ideológicas. Militares de todos los países mencionados, especialmente de Argentina, recibieron entrenamiento directo tanto de tropas estadounidenses como francesas con un enfoque específico, la contrainsurgencia. Los militares debían estar entrenados para detectar y eliminar a la subversión y para ello era fundamental contar con herramientas de inteligencia y represión que solo podían garantizarse si se controlaba cada sector del estado. Para la puesta en marcha de esta estrategia fue central la experiencia de Estados Unidos y Francia en las guerras de Vietnam y Argelia, respectivamente. Ambos países comenzaron a adoptar mecanismos de tortura, secuestros y desaparición forzada como método sistemático de combate de aquel enemigo interno. Y este conocimiento fue inculcado a los militares latinoamericanos con el objetivo de que lo apliquen a lo largo y ancho de sus territorios. Y de más está decir fue un proceso que no se dio de la noche a la mañana. Existen registros de que esta doctrina de la guerra sucia fue enseñada por militares franceses a militares argentinos desde 1957 y se aceleró con la aplicación del plan Condor, la otra pata clave que enmarca la dictadura militar argentina.
El 25 de noviembre de 1975, reunidos en Santiago de Chile, militares que encabezarían los distintos golpes de estado en América del Sur sellaron un pacto represivo que tendría una efectividad milimétrica. y Argentina fue un laboratorio destacado para este experimento. El golpe militar del 24 de marzo significó luz verde para dar paso a un sistema represivo aplastante con la lucha antisubersiva como excusa y un objetivo de disciplinamiento aún más grande y ambicioso. Los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio tuvieron sus primeras expresiones ya en 1975 con la escuelita de Famayam Tucumán y el campito en Campo de Mayo, provincia de Buenos Aires. La empresa Sind de Villa Constitución fue otro de los primeros ensayos de un mecanismo que se masificaría. En el primer año de la dictadura hay registro de 350 centros clandestinos establecidos en todo el país y hubo otros de breve duración que fácilmente duplicarían esa cifra.
Las detenciones que se daban de manera sorpresiva en la calle o en las casas, ya sea de madrugada o a plena luz del día, por su carácter clandestino, eran en realidad secuestros. eran llevados a cabo en gran medida por los denominados grupos de tareas, patotas integradas por militares y agentes de seguridad e inteligencia que solían moverse en auto Ford Falcon. El modus operandi de estos grupos habitualmente incluía liberar zonas y llevarse a personas previamente marcadas y a todos los que estuvieran con ellos. Una vez que alguien era chupado, sus familiares ya no sabían su paradero y en muchos casos no lo sabrían nunca más. regía el estado de sitio y los derechos y garantías básicos estaban suspendidos. De esta manera comenzaba a circular el concepto de desaparecidos. Pero lo que ocurría dentro de los centros clandestinos se mantuvo en el más absoluto de los secretos durante años. La prensa argentina no cubría lo que pasaba en esos lugares y ni siquiera se hablaba abiertamente de su existencia. Esa estructura de desaparición sistemática se erigía sobre cinco centros que por su importancia y alcance serían considerados los más emblemáticos. La Escuela de Mecánica de la Armada y el Club Atlético, ambos en la ciudad de Buenos Aires, el Campito en Campo de Mayo, el Besubio, también en la provincia de Buenos Aires y La Perla en Córdoba. Aprovecho para mencionar que al menos hasta el momento de la publicación de este video, los mapas de todos los centros clandestinos de detención están disponibles en la página del gobierno nacional y hasta se pueden filtrar por provincias.
Lo que ocurría dentro de estos centros fue reconstruido años después por los testimonios de los sobrevivientes. El procedimiento era similar en casi todos. Al llegar, los secuestrados eran tabicados, se les vendaban los ojos con trapos o capuchas y no volvían a ver la luz durante semanas, meses o hasta que los mataran. Eran despojados de sus nombres y recibían un número o un apodo. Las sesiones de tortura, que los militares llamaban interrogatorios, incluían la picana eléctrica, golpizas prolongadas, simulacros de fusilamiento y el submarino, tanto seco como húmedo, podían durar horas y repetirse durante días y días. El objetivo declarado era obtener información sobre otros militantes, pero la tortura seguía aún cuando el detenido ya no tenía nada más para decir. Cuando no eran torturados, los prisioneros permanecían asinados en espacios mínimos. En la Esma, el sector conocido como capucha era un altillo donde cada detenido ocupaba un espacio en el piso de no más de 1 m de ancho, separado del siguiente por una placa de aglomerado. Ahí mismo hacían sus necesidades en un balde. Las condiciones sanitarias eran deliberadamente degradantes y se los mantenía en un estado de deshumanización permanente. En la ESMA se dio además un caso particular. Un grupo de detenidos fue obligado a realizar trabajo esclavo falsificando documentos, traduciendo textos y hasta redactando artículos para el diario Convicción, el órgano de difusión que Masera usaba como plataforma política. Escribían bajo amenaza de muerte, torturados por quienes les encargaban los textos.
El destino final de la inmensa mayoría era lo que los militares llamaban el traslado. Se les decía a los detenidos que serían trasladados a otro centro o a una granja de recuperación, pero en realidad eran drogados con Pentotal y cargados. muchas veces aún con vida, en aviones militares, desde los que eran arrojados al Río de la Plata o al Mar abierto, en los que se definieron como los vuelos de la muerte. Otros eran fusilados y enterrados en fosas comunes como NN. Se estima que solo por la esma pasaron alrededor de 5,000 personas, de ellas sobrevivieron menos de 200. Todo este proceso se daba en la clandestinidad y en algunos casos concretos se procedía al blanqueo de detenidos poniéndolos a disposición del poder ejecutivo. En casos aún más contados se los mandaba al exilio o pedían asilo. Ese fue el destino de artistas comprometidos que tras amenazas, extorsiones, listas negras y desapariciones de seres queridos debieron abandonar el país y toda la verdad se comenzó a filtrar poco a poco.
Entre el 6 y el 15 de noviembre de 1976, una delegación de amnistía internacional llegó a la Argentina. El objetivo era recabar información directa y reunirse con autoridades para denunciar la existencia de personas presas por motivos políticos, tortura, secuestros ilegales y desapariciones forzadas. El grupo integrado por una investigadora del secretariado internacional, un parlamentario de la Cámara de los Lores del Reino Unido y un miembro de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos y sacerdote católico se entrevistaron con familias víctimas de la represión. La investigación no fue fácil. Recibieron hostigamiento y vigilancia constante con una escolta de 20 policías de civil que lo seguía y amedrentaba. En el primer aniversario del golpe de estado dieron a conocer un informe en el que hicieron público en una conferencia de prensa en Londres lo que estaba pasando en Argentina, los secuestros, torturas y las personas desaparecidas cuyas familias habían contactado amnistía. Esa lista con nombres, apellidos y fechas de secuestros fue la primera aproximación a una cifra mucho mayor que nunca fue detallada en su número exacto por las fuerzas militares. En el documento recalcaban que las autoridades se negaban a facilitar datos de los detenidos. Según la estimación del organismo, solo hasta enero de 1977 había entre 5,000 y 6,000 presos políticos, de los cuales por lo menos dos tercios no tenían cargo alguno. La cifra de desaparecidos ese primer año se situaba en torno a los 15,000. Se habían presentado avías corpus, se recibían unas 10 denuncias por día y ya se mencionaba la existencia de centros no oficiales de detención. Este informe se convertiría también en el primer daño a la imagen pública internacional de la dictadura que buscaba mantener una idea de orden y paz interior.
Pero además del aspecto político y social que buscaba imponerse a través de la violencia, otro foco fundamental para entender este periodo es el aspecto económico. Ahí es donde quizás estén explicadas las verdaderas motivaciones de todo esto. una figura central de la dictadura. Fue un abogado, economista y profesor universitario que ya había dado sus primeros pasos como funcionario de gobiernos de facto anteriores. José Alfredo Martínez de OS, apenas iniciada la dictadura, presentó su programa de recuperación, saneamiento y expansión de la economía argentina. El programa incluía liberación de precios, libre mercado de cambio, liberación total de las importaciones, quita de retenciones a exportadores, liberación del precio de los alquileres, eliminación de subsidios, suspensión de paritarias y del derecho a huelga y sobre todo de toma de deuda con el Fondo Monetario Internacional. Para Martínez de OS el efecto inmediato de su plan sería lo que dio en llamar los tres incendios: inflación, deuda y recesión. A largo plazo, la dictadura aseguraba que todo esto desembocaría en una Argentina que, apoyada en el desarrollo del sector agropecuario, petrolero y minero, se insertaría en un nuevo orden internacional del trabajo que demandaba naciones proveedoras de materias primas. Pero este plan no se improvisó el día del golpe. Venía gestándose desde hacía años en un círculo de civiles conocido como el grupo Perrió, liderado por el abogado político Jaime Perrió. Lo integraban empresarios, intelectuales y economistas que compartían una misma visión, desmantelar todo lo que el peronismo y la izquierda habían construido o aspiraban a construir. Entre ellos estaba el propio Martínez de Os y también frecuentaba el grupo Mariano Grondona, un periodista que tendría un protagonismo central en la construcción del relato mediático que acompañó a la dictadura, porque el plan económico necesitaba un complemento indispensable.
El silencio y el sistema de medios masivos del país fue clave para garantizarlo. La lógica de Martínez de Oz era simple. Una clase obrera fuertemente sindicalizada y una industria sostenida por subsidios estatales llevaban al país al atraso. La solución se sintetizó en un eslogan que definió la dictadura. Achicar el Estado es agrandar la nación. El aspecto propagandístico de la dictadura resultó clave para que ese mensaje se instalara con fuerza en la sociedad. Además de las campañas publicitarias, el cine y la televisión fueron elementos claves para difundir estos conceptos. Antes la competencia era insuficiente. Teníamos productos buenos, pero muchas veces el consumidor debía conformarse con lo que había sin poder comparar. Ahora tiene para elegir, además de los productos nacionales, los importados. Esta competencia fortalece a la industria nacional. Pero cuidado, los productos importados pueden ser buenos, regulares o malos. Ahora hay mucho más para elegir. Aproveche esta situación y compare. Desde productos de entretenimiento que buscaban desviar la atención hacia historias simples y comedias ligeras, hasta un lavado de cara explícito de las fuerzas militares en diferentes productos audiovisuales. Levantar el techo. Veamos el techo, por favor. Ahora inmediatamente se levantará el piso. Esto es mayor inflación. Todo quedaría como antes. Entonces, ¿qué hizo el gobierno con las nuevas medidas? Está bajando el piso. Bajo el piso. Bajó el piso. Ahí está el secreto. Estas medidas deben ser complementadas por una acción en el mismo sentido de los sectores oficiales y privados. Todo colaboró a que se creara un clima social que mantuvo sellado el silencio. En las calles. Este mensaje se tradujo en una frase típica de la época. Cada vez que un grupo de tareas secuestraba a alguien. Algo habrá hecho. Desorden, especulación, terrorismo, desprestigio, estancamiento. Esto ocurría antes del 24 de marzo de 1976. Usted lo vivió. Recuerde y compare.
Y la Iglesia Católica en su cúpula fue otra pata fundamental del entramado represivo y no se trató de una omisión, fue una participación activa. El vicariato castrense, la estructura de la iglesia que asignaba capellanes a las fuerzas armadas, estaba encabezado por monseñor Adolfo Tortolo, que era también presidente de la Conferencia Episcopal Argentina. Tortolo defendía la legitimidad de la tortura, citando teólogos medievales y meses antes del golpe ya anunciaba que las fuerzas armadas encabezarían un proceso de purificación. A su lado, el obispo Victorio Bonamín, probicario castrense, durante más de dos décadas, se llevaba a un diario personal en el que anotaba lo que sabía sobre los métodos represivos. No eran casos aislados. Se calcula que al menos 102 capellanes ejercieron su función pastoral en unidades militares donde funcionaban centros clandestinos de detención. Algunos asistían a sesiones de tortura, otros aconsejaban a los familiares de desaparecidos tener paciencia y resignación y otros directamente colaboraban con los servicios de inteligencia. Monseñor Antonio Plaza, arzobispo de La Plata, tenía rango de comisario como capellán de la policía bonarense y visitaba a los detenidos torturados repartiendo medallas religiosas y hasta les aconsejaba confesar lo que sabían a cambio de que les mitigaran la tortura. El padre Emilio Gracelli recibía a las familias que buscaban a sus desaparecidos. tomaba nota de cada caso y tenía vínculos directos con los marinos de la esma y además portaba un arma bajo la sotana. Por supuesto que hubo excepciones notables como monseñor Enrique Angeleli, obispo de La Rioja, asesinado el 4 de agosto de 1976 por denunciar la represión, o Monseñor Jaime de Nevares, obispo de Neuken, que acompañó a los organismos de derechos humanos desde el primer día. Pero la jerarquía eclesiástica como institución eligió el silencio si no era la colaboración.
A su vez, la censura sobre cualquier producto considerado subversivo estaba en su máximo nivel. Además de la persecución a artistas, la prohibición de transmitir ciertas canciones en la radio y los recortes impuestos a mensajes que se entendían como contrarios al régimen, también había quema de libros y prohibiciones que resultaban hasta ridículas. Por solo poner unos ejemplos, prohibieron libros infantiles como Un elefante ocupa mucho espacio porque los animales del cuento hacían una huelga. Prohibieron la planta de Bartolo porque tenía fantasía ilimitada y cuestionamiento ideológico social. Prohibieron cinco dedos, un cuento donde una mano verde persigue dedos rojos que se unen formando un puño, ya que lo catalogaron como preparación para la captación ideológica típica de la acción subversiva y prohibieron hasta el Principito. Entre las razones, el personaje habla de libertad y aparece un dictador turco que los militares temían que se asociara con ellos también porque lo encontraban en muchas casas allanadas de subversivos. Y es que simplemente era un libro totalmente popular. Y aún hay más. Prohibieron hasta una rama entera de las matemáticas. Sacaron la teoría de conjuntos de los programas escolares porque la palabra conjunto le sonaba agrupación, a masa, a multitud y los diagramas de Ben les parecían sospechosos de incitar ideas de agrupación. El Confer tenía una lista de casi 200 canciones censuradas. Resucitarás. ¿Cuántas noches pasarás desesperando?
El 30 de abril de 1977 ocurrió uno de los eventos más contundentes de la creciente resistencia contra la dictadura. 14 mujeres se reunieron en la Plaza de Mayo ante las puertas de la Casa Rosada para exigir saber dónde estaban sus hijos. Esta situación ya había comenzado a suceder en barrios y bares. Cada vez más mujeres se reunían a compartir lo que durante los últimos meses las desvelaba. Sus hijos e hijas, que habían sido detenidos, estaban ahora desaparecidos. Ninguna autoridad respondía qué había pasado con ellos, en qué comisaría estaban retenidos, ni cuáles eran los cargos en su contra, si es que había. A su cena, Villaflor de de Vincenti fue una de las primeras en proponer que en lugar de ir a recorrer comisarías cada familia por separado, hicieran un pedido colectivo. Y no solo buscaban a sus hijos, algunas también a sus nietos, ya que numerosas mujeres jóvenes que permanecían secuestradas estaban embarazadas y debían haber dado a luz en el transcurso de esos meses. Con el tiempo se sabría que esos bebés seguían con vida, pero habían sido robados. ¿Qué pasa, señora? Queremos nuestros hijos que nos digan dónde están por lo menos dijo, hoy hace 15 meses, ¿dónde están los bebés? ¿Por qué no nos dicen a nosotros si están vivos, si están muertos? E mi hija estaba embarazada de 5 meses cuando se la llevaron. Mi nieto tiene que haber nacido en agosto del año pasado. Hasta ahora no he podido saber nada de él. Lo único que sabemos es que los chicos nacen, pero se los pero se los dejan en los establecimientos así este casas cunas con nn y no podemos encontrarnos nunca con dice que ustedes son mentirosas. Nosotros somos mentirosas. ¿Qué estamos estamos mintiendo de que de que los hijos desaparecieron? Está todo comprobado. En el en el Palacio de Justicia están todos los testimonios. En el Ministerio de Hacienda. El Ministerio de Hacienda tiene todos los testimonios y todas las denuncias. La policía federal tiene todas las denuncias, está todo, todo testimoniado. Nosotros solamente queremos saber dónde están nuestros hijos, vivos o muertos, pero queremos saber dónde están. Les podemos asegurar que hay miles y miles de hogares sufriendo mucho dolor, mucha angustia, mucha desesperación, dolor y tristeza, porque no nos dicen dónde están nuestros hijos, no sabemos nada de ellos. nos han quitado lo más preciado que puede tener una madre, eh, su hijo, angustia, porque no sabemos si están enfermos, si tienen frío, si tienen hambre, no sabemos nada y desesperación, Señor, porque ya no sabemos a quién recurrir. Les rogamos a ustedes, son nuestra última esperanza. Por favor, ayúdennos. Ayúdennos, por favor. Son nuestra última esperanza. Nacieron esos nietos. No nacieron. ¿Dónde están esos bebés? ¿Dónde están esos bebés? Asesinos. Son unos asesinos. Que nuestros hijos que nos entregan nuestros hijos hijos la cara y digan dónde están. Son cobardes. ¿Por qué no muestran la clara? Hay tanta muertes que no se atreven a decir los que están los pocos que quedaron porque saben que todos los demás están muertos. Están muertos. Por eso si dicen que son subversivos, que digan por qué son subversivos. ¿En qué? Que muestren la cara y digan por qué. Mis chicos no subversivos, trabajaban y estudiaban.
La primera ronda en Plaza de Mayo fue totalmente improvisada. Como regía el estado de sitio y estaban prohibidas las reuniones, los militares obligaban a circular, por lo que las mujeres comenzaron a caminar en círculos. Vamos, señores, circulando, por favor, vamos circulando. Así nacían las madres de Plaza de Mayo. Después también lo harían las abuelas de Plaza de Mayo. En ellas aparecía el primer pedido público internacional de justicia por quienes estaban viviendo aquellos crímenes en carne propia. y sus voces no pasarían desapercibidas por los militares. Públicamente, la dictadura las calificaba de locas, pero puertas adentro se ponía en marcha un plan de exterminio dirigido especialmente para ellas. El encargado de llevarlo a cabo se llamaba Alfredo Astis y era uno de los mejores alumnos del capitán de corbeta, Jorge Eduardo el Tigre Acosta, quien estaba al mando de la esma. Ati empezó a oficiar de espía y su tarea consistió en infiltrarse entre las madres de Plaza de Mayo, ganarse su confianza y sacar provecho de su juventud y de sus buenos modales. Durante meses adoptó otra identidad. Las madres lo conocían como Gustavo Niño y dijo ser familiar de un desaparecido. De hecho, el 10 de diciembre de 1977 firmó una solicitada en el diario de La Nación con su falsa identidad en la que exigía la aparición con vida de los desaparecidos hasta ese momento. era un colaborador activo en las organizaciones de derechos humanos que se hacían en la iglesia, pero en realidad tomaba nota de todo y redireccionaba información a la esma mientras esperaba que le dieran el visto bueno para pasar a la siguiente fase del plan. Actis marcó hacia 12 personas, incluidas las fundadoras de Madre de Plaza de Mayo, a dos monjas francesas y a siete activistas. Para que los grupos de tareas pudieran identificarlos, Astis le dio un beso y un abrazo a cada uno en el atrio de la iglesia. Después de eso, todos fueron secuestrados. El propio Gustavo Niño, es decir, Astis, también se evaporó. Por un tiempo las organizaciones lo creyeron un desaparecido más, pero en realidad él había regresado a las filas militares. Las 12 personas que había entregado, en cambio, fueron torturadas y arrojadas al mar, aún con vida, pero bajo los efectos de las drogas sedantes. Tiempo después, algunos cuerpos llegaron, empujados por la corriente hasta las playas de General Lavalle y fueron enterrados como NN en el cementerio local. Cabe destacar que antes de asesinar a las monjas francesas, las obligaron a posar para una foto en el sótano de la Esma, sentadas frente a una bandera de montoneros y con un diario del día como si hubieran sido secuestradas por la guerrilla y no por el estado. La foto fue tomada por otro detenido desaparecido forzado a trabajar como fotógrafo dentro del centro clandestino. La imagen se hizo circular públicamente para desviar los reclamos del gobierno francés. Años después, otro prisionero obligado a trabajar en el laboratorio fotográfico de la Esma, Víctor Basterra, logró robar y sacar de ahí negativos de otros detenidos desaparecidos y, sobre todo, fotos de los propios represores. Las escondía en su ropa interior durante las salidas vigiladas que les permitían.
El año 77 significó un punto de quiebre para la dictadura. La inflación se había disparado. La rivalidad entre Videl y Masera seguía tensionando a las juntas y el escándalo de las desapariciones parecía una olla de presión mediática difícil de acallar, sobre todo en el extranjero. El diario Buenos Aires Gerald, bajo la protección de la embajada británica, publicaba de manera solitaria que en el país había secuestros y torturas y que el número de desaparecidos era tan incierto como descontrolado. Entonces Videla decidió dar un volantazo y dar cierta muestra de apertura al mundo y un mundial de fútbol parecía la forma más efectiva de controlar la narrativa. Ser anfitriones de la Copa Mundial significaba abrir las puertas del país a la prensa internacional y la oportunidad parecía perfecta para que la dictadura limpiara su imagen y estabilizara la golpeada economía, pero también daba la chance a que quienes se animaban a denunciar los crímenes tuvieran un micrófono que por fin los escuchara. Así, entre el primero y el 25 de junio de 1978, la selección argentina encabezada por Mario Alberto Quempe se abrió paso en el fixture mundialista hasta salir campeones. La primera estrella en la camiseta de la selección se trasladó a una euforia social sin precedentes en un pueblo profundamente futbolero y Videla quiso capitalizar las multitudes celebrando en las calles como si se tratara de un apoyo directo a su gobierno.
El Mundial, además, se apoyó en un fuerte programa propagandístico conocido como la campaña antiargentina. Esta estrategia de comunicación impulsada por la dictadura y acompañada por las grandes empresas mediáticas, principalmente los diarios Clarín y La Nación, tuvo su pico en plena fiebre mundialista. Se afirmaba que las crecientes denuncias por violación a los derechos humanos que se hacían tanto dentro del país como en organismos y medios internacionales eran en realidad mentiras divulgadas por grupos alineados a la subversión que buscaban desestabilizar al gobierno argentino. De esta lógica surgió otro nuevo eslogan que se imprimirían miles de calcomanías. Los argentinos somos derechos y humanos. La campaña fue ideada por una empresa en Londres y contratada por Videla para instalar el lema en la población. Al año siguiente, la empresa Lipson Sociedad Anónima pagó $16,117 por 250,000 stickers que mucha gente colocó en sus ventanas y automóviles.
En el medio, la dictadura estuvo a punto de llevar al país a una guerra contra Chile, ya que un antiguo conflicto territorial por el canal Bigle llegó a su punto de máxima atención el 22 de diciembre de 1978, cuando se lanzó la operación soberanía y las tropas estuvieron a horas de cruzar la frontera. La guerra se desactivó sobre la hora por la intervención del Papa Juan Pablo II, quien vio al cardenal Antonio Zamoré como mediador. El episodio dejó en evidencia una lógica que se repetiría pocos años después, la disposición de los militares a arriesgar vidas por orgullo nacionalista cuando el poder se les empezaba a escapar un poco de las manos. Videla creía estar logrando la revitalización de su régimen, pero la galopante inflación seguía siendo un problema que Martínez de Oscanzaba resolver, por lo que junto a Ricardo Arriasu crearon la tablita. Consistía en un esquema de devaluaciones programadas que ajustaban el tipo de cambio por debajo de la tasa de inflación. Esto daba lugar a la famosa bicicleta financiera, donde se vendían dólares, se cambiaban a pesos, se ponían a trabajar a tasas de interés altas y se volvían a cambiar por dólares en el momento justo para aprovechar una ganancia mayor y fugarlos. En otras palabras, especulación financiera. Esto daba por resultado un clima de plata dulce, facilidades momentáneas para consumir desenfrenadamente productos en apariencia baratos o para hacer viajes por costos menores a los acostumbrados. Ese clima de época quedó reflejado en la película titulada Justamente Plata dulce, estrenada en 1982. La cantidad de gente que había. Lo que pasa es que ahora con el dólar barato es un fenómeno viajar, ¿sabes cómo nos esperan allá? Y claro, ahora se dio vuelta la tortilla. Ahora no le vamos a pedir nada a nadie. Los que ponemos los dólares somos nosotros, querida los argentinos. Esa burbuja financiera generó un estado de
aparente prosperidad que incluso parecía beneficiar a sectores medios de la población que nunca había podido darse esos lujos, pero terminó siendo un espejismo más. Como toda burbuja estaba destinada a explotar, la dictadura ya había entrado en su última fase.
Para 1979, las denuncias sobre torturas y desapariciones habían generado una presión externa que Videla difícilmente podía controlar. Del 6 al 20 de septiembre de ese año, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos envió una delegación para evaluar lo que estaba ocurriendo y la dictadura accedió a recibirla. Los 14 días en que la comisión estuvo recorriendo centros de detención no hizo más que confirmar las sospechas. Recopilaron 5,580 denuncias directas de violaciones a los derechos humanos y resultó un paso fundamental para la reconstrucción de lo ocurrido en los 7 años de dictadura.
Pero aún quedaba camino por recorrer y uno de los momentos de 1979, que quedaría grabado para siempre en la memoria colectiva, se dio durante una conferencia de prensa que Videla encabezó en diciembre de ese año, cuando habló por primera vez del concepto de desaparecidos. "Frente al desaparecido, en tanto esté como tal, es una incógnita al desaparecido. Si el hombre apareciera, bueno, tendrá un tratamiento X. Y si la desaparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento, tiene un tratamiento Z. Pero mientras sea desaparecido, no, no puede tener ningún tratamiento especial. Es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido." Su definición marcó un hito porque era una justificación de las atrocidades ocurridas bajo sus órdenes, pero también un reconocimiento de la responsabilidad estatal en lo que se estaba denunciando.
Algo se estaba rompiendo en ese manto de silencio y también comenzaban a aparecer voces en contra de la dictadura a pesar del terror instalado. El 27 de abril de 1979 se realizó la primera huelga general contra la dictadura con un 70% de los trabajadores del país adhiriéndose. A pesar de que la mayoría de las comisiones internas de los gremios habían sido desmanteladas y que los delegados sindicales estaban secuestrados y desaparecidos, una enorme masa de trabajadores de distintas industrias pararon y si bien los medios no hablaban de la huelga, la semilla se había plantado.
Para 1980, la situación económica se perfilaba hacia una crisis inminente y las denuncias seguían minando la hegemonía de Videla. El Movimiento obrero, así como dirigentes políticos de todo el arco opositor a la dictadura, comenzaron a fortalecer una organización que en 1981 dio paso a la multipartidaria nacional, integrada por, como su nombre indica, muchos partidos políticos diferentes y en ocasiones hasta opuestos. El objetivo era muy claro: recuperar la democracia. Para ese momento eso ya no parecía algo inalcanzable, ya que las fisuras en el poder militar eran evidentes, a tal punto de que ciertos actos de rebeldía empezaban a lograrse. Así, con Ricardo Alfonsín a la cabeza, varios dirigentes de diversos partidos se reunieron por primera vez para anunciar que la salida de la dictadura era posible y que el estado de sitio podría frenar ese proyecto.
Y en la cúpula militar también pasaban cosas. El 29 de marzo de 1981, Videla dejó de estar al frente como presidente de facto, ya que la crisis económica terminó de dinamitar su poder. Fue reemplazado por Roberto Eduardo Viola, quien tenía el sueño de mantenerse en ese cargo hasta el '85. En este contexto, la reorganización social y especialmente la sindical parecía tener un horizonte. Y fue por esos meses cuando Saúl Ubaldini se fortaleció como líder de la CGT. Pero mientras el peso se seguía devaluando y la imagen de Viola bajaba a ritmo vertiginoso, el sector más duro militar contraatacó desde adentro. La junta militar anunció que Viola por cuestiones de salud era incapaz para ejercer el mando y más tarde hicieron algo así como un golpe dentro del golpe y en su lugar quedó Leopoldo Fortunato Galtieri. Él, durante el periodo más decadente y agonizante de la dictadura, buscó realzar la imagen con una decisión que se cobraría la vida de 649 personas: la guerra de Malvinas. "Si quieren venir, que vengan. Les presentaremos batalla." Sobre esto ya hay un video en el canal y lo recomiendo para profundizar en el que se convertiría en uno de los hechos más traumáticos de la historia argentina reciente. Fue la expresión más exagerada de la campaña mediática que intentó imponer la dictadura para sostenerse en el poder, aún cuando desde adentro todo ya había empezado a desmoronarse en el continente.
Mientras tanto, el silencio social que había permitido a los militares mantenerse todos esos años en el poder terminó de romperse el 30 de marzo de 1982, cuando una multitudinaria marcha bajo el lema "paz, pan y trabajo" copó la Plaza de Mayo y otros puntos del país. Con la derrota en Malvinas, se terminó de dilapidar el precario liderazgo de Galtieri, que renunció el 17 de junio de 1982, dejando tras de sí una herida social que nunca iba a sanar y una crisis económica que seguía acelerada. El último presidente de facto de Argentina sería Reynaldo Bignone, un epílogo dictatorial que cerró con un 200% de inflación y una decisión que sería la condena de los años que vendrían: la deuda externa. En esa época, un joven Domingo Cavallo asumió como titular del Banco Central y puso en marcha mecanismos que durante su gestión y la de su sucesor terminaron transfiriendo miles de millones de dólares de deuda privada de grandes empresas al Estado. En otras palabras, se estatizó la deuda privada. Tema hablado un poco más en profundidad en el video de la crisis del 2001.
Pero para que la dictadura cayera hubo mucho más que un imparable deterioro económico. La multisectorial presionaba por una salida en las urnas y eso fue acompañado el 16 de diciembre de 1982 por una concentración de 100,000 personas conocida como la marcha por la democracia. El 30 de octubre de 1983, Raúl Alfonsín ganó las elecciones con el 51,7% de los votos. Así, la Unión Cívica Radical marcaría el rumbo de la recuperación democrática al imponerse al candidato peronista Italo Luder.
Pero la reconstrucción del país iba a ser muy compleja. Los militares habían retirado del poder, pero seguían siendo un foco de tensión permanente para el recién asumido gobierno. Y eso quedó claro con los alzamientos carapintadas. Masera también intentó posicionarse en el nuevo orden democrático a través del Partido para la Democracia Social. Pero además está decir, los jerarcas militares ya no tenían ningún lugar en la política partidaria, ya que tras un largo y complejo proceso judicial y político llegó el juicio a las juntas el 22 de abril de 1985. Este juicio se convirtió en un caso de estudio a nivel mundial. Por primera vez, un tribunal civil juzgaba a los altos mandos militares de una dictadura y las sentencias tampoco tuvieron precedentes. Videla y Massera fueron condenados a prisión perpetua, Viola a 17 años y Astiz a 4 años y medio, entre otros.
Así, la sociedad argentina y mundial comenzaba a descubrir los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura. Los testimonios de exdetenidos, familiares y sobrevivientes habían sido recopilados en el libro "Nunca Más" publicado en 1984. El contenido de esos relatos es absolutamente crudo, al igual que los testimonios de quienes declararon en el juicio.
"La obligación de la patota era torturar. Lo hacían profesionalmente, lo hacían en forma fría, lo hacían en forma calculada. No necesitaban de ninguna droga, de alcohol, de nada. Estaban absolutamente conscientes de lo que hacían. Señor presidente, voy a contar el caso de una persona a la que no conocía, a quien torturaron durante días enteros. La patota lo torturó día y noche, lo torturó sin piedad, con todos los métodos que he relatado y muchos más. Por fin lo dejaron en paz y se fueron. Lo dejaron tirado enfrente de nuestro pasillo. Oíamos el jadeo de esa persona. Cuando la patota se fue, señor presidente, los guardias comenzaron a hacer un asado y a tomar vino y a emborracharse y a uno se le ocurrió torturar a este prisionero y comenzaron a torturarlo nuevamente. Esta vez no querían ninguna información, señor presidente. Se divertían y gritaban. Era una [ __ ] y lo único que querían y discúlpeme, señor, lo que voy a decir, pero el único objeto de esta tortura que duró horas y horas era que este prisionero dijera: 'Me la como doblada y mi madre es una hija de puta.' Estuvieron horas torturándolo, tratando de que lo diga. Y no lo dijo, señor presidente, no lo dijo. Lamento haberlo dicho, pero creo que es importante porque aquí se ha hablado de excesos y supuestamente estos son los excesos."
"Entraron cinco personas disfrazadas con pelucas, con barbas postizas y uno de ellos este de civil, la cara descubierta. Perdónenme, pero estoy muy nerviosa. Primeramente lo sacan a mi hijo a la calle y otro decía que no, este chico no lo llevamos. Enseguida otro dice: 'No, no, te dije que este chico lo llevemos.' Y ahí fue cuando nos sacan los dos a la calle, nos ponen con manos contra el sobre el techo. ¿Qué edad tenía su hijo, señora? 15 años. Nos ponen con las manos sobre el techo y ahí nos vendan y nos encapuchan. Deía primero entro yo al coche y seguidamente mi hijo, que fue sus últimas palabras. Va. En el momento de que nos pone la venda, él me estaba mirando a mí y fue sus únicas su única vez que lo vi."
"La mera hipótesis de la impunidad. Salvo que la conciencia moral de los argentinos haya descendido a niveles tribales, nadie puede admitir que el secuestro, la tortura o el asesinato constituyan hechos políticos o contingencias del combate. Ahora que el pueblo argentino ha recuperado el gobierno y control de sus instituciones, yo asumo la responsabilidad de declarar en su nombre que el sadismo no es una ideología política ni una estrategia bélica, sino una perversión moral. A partir de este juicio y de la condena que propugno, nos cabe la responsabilidad de fundar una paz basada no en el olvido, sino en la memoria, no en la violencia, sino en la justicia. Esta es nuestra oportunidad y quizá sea la última. Quiero utilizar una frase que no me pertenece porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores jueces, nunca más."
Silencio en la sala. Silencio. Personal policial. Desaloque la sala. Desaloje la sala. Policial. Se dispone un corto intermedio. Señores, de pie.
Muchas de estas declaraciones se pueden encontrar completas en YouTube y muchas fueron compiladas en la película "El Juicio" de Ulises de la Orden. Son casi 3 horas de los relatos más duros que se puedan imaginar. Sin embargo, la justicia duró poco. Las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, sancionadas en 1986 y 1987, suspendieron los juicios pendientes y determinaron que los militares de menor rango no debían ser juzgados por estar cumpliendo órdenes. Y entre 1989 y 1990, ya bajo la presidencia de Carlos Saúl Menem, llegaron los indultos que dejaron sin efecto las condenas del juicio a las juntas. Los beneficiados no fueron solo los comandantes, también quedaron libres represores como Ramón Camps, responsable de 29 centros clandestinos, Guillermo Suárez Mason, jefe militar a cargo de desapariciones forzadas y hasta Mario Eduardo Firmenich, líder de Montoneros.
Durante la siguiente década, ante la imposibilidad legal de juzgarlos, en distintas ciudades del país se desarrollaron los "juicios por la verdad", procedimientos similares a un juicio, pero sin efectos penales, que buscaban visibilizar los crímenes y mantener viva la memoria. Así se fue abriendo el camino para lo que llegaría en 2003, cuando bajo el gobierno de Néstor Kirchner se anularon las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y se bajaron los cuadros de Videla y Bignone. La reapertura de las causas permitió una seguidilla de nuevos juicios que se extiende hasta el día de hoy. Más de 1100 represores fueron condenados por crímenes de lesa humanidad en las últimas dos décadas. Videla, que había sido indultado por Menem y quedó libre durante años, fue condenado nuevamente a prisión perpetua en 2010 y murió preso en el penal de Marcos Paz en mayo de 2013. Massera murió en 2010 tras años de demencia. Bignone falleció preso en 2018 y otros como Alfredo Astiz y Jorge Acosta siguen cumpliendo sus condenas a perpetua.
Uno de los aspectos que más trascienden 50 años después es la búsqueda de los bebés apropiados que hoy son adultos. Las Abuelas de Plaza de Mayo estiman que más de 400 bebés fueron robados en los centros clandestinos y sus madres fueron torturadas durante y después del embarazo. Esos bebés nacieron en condiciones inhumanas en maternidades clandestinas y fueron entregados a otras familias, a veces familias que desconocían su procedencia y otras a los propios militares que los criaron bajo identidades falsas queriendo borrar su verdadero origen. Al día de hoy, las Abuelas lograron recuperar a 140 nietos. El último caso confirmado fue en julio de 2025, un hombre de 48 años que vivía en Buenos Aires y que era hijo de Graciela Romero y Raúl Metz, ambos secuestrados en Cutralcó en 1976. Había nacido en el centro clandestino de "La Escuelita" de Bahía Blanca y nunca supo que era hijo de desaparecidos. Sin embargo, unos 300 nietos siguen sin conocer su origen. Muchos ya tienen hijos propios y pronto comenzarán hasta tener nietos. Muy pocas Abuelas de Plaza de Mayo siguen vivas, pero dejaron grabados sus testimonios para el día en que sus nietos regresen a casa. Además, el Banco Nacional de Datos Genéticos guarda la información necesaria para cotejar cualquier ADN. Quienes hayan nacido entre 1975 y 1983 y tengan dudas sobre su verdadera identidad, pueden contactarse con las Abuelas a través de su sitio abuelas.org.ar, donde se los orientará en la búsqueda aún si no son hijos de desaparecidos.
Por otro lado, a lo largo de las décadas, diversas excavaciones y trabajos de antropología continúan descubriendo restos humanos. El Equipo Argentino de Antropología Forense ha identificado los restos de 838 personas desaparecidas en un trabajo reconocido y admirado en el mundo entero y la búsqueda no se detiene. El 10 de marzo de 2026 se anunció la identificación de 12 restos hallados en excavaciones realizadas en La Perla, el centro clandestino de Córdoba, uno de los más emblemáticos de la dictadura. Todavía hay más de 600 cuerpos recuperados que esperan ser identificados.
Y mientras esa búsqueda sigue abierta, cada 24 de marzo vuelve a instalarse el mismo debate entre quienes sostienen la lucha por los derechos humanos y quienes buscan relativizar o hasta negar lo ocurrido: si son o no 30,000 los desaparecidos. Una discusión que no es más que una mera trampa argumentativa, discusión que reduce una conversación sobre crímenes de lesa humanidad a una discusión contable cuando el problema de fondo es que los militares destruyeron los registros y nunca dijeron la verdad. La propia CONADEP, que documentó 8961 casos, aclaró que esa lista era inevitablemente parcial y que la cifra completa solo la podían dar los responsables, es decir, los mismos que quemaron archivos y tiraron cuerpos al mar. Documentos de inteligencia norteamericana desclasificados en 2006 mostraron que los propios militares argentinos estimaban 22,000 víctimas ya en 1978, cuando todavía faltaban 5 años de dictadura. Discutir la cifra sin exigir antes que se abran los archivos militares es pedirle exactitud a las víctimas mientras se les concede silencio total a los victimarios. Los 30,000 no son un dato estadístico, son una consigna que nació en plena dictadura cuando las familias, las Madres y los organismos de derechos humanos intentaban ponerle un número a lo que el Estado se empeñaba en ocultar. Poner el foco en si el número es exacto o no es desviar la atención de lo que realmente importa: qué hicieron, por qué lo hicieron y dónde están los que faltan.
Y ese desvío tiene consecuencias concretas. En los últimos años, distintos sectores políticos impulsaron beneficios para los represores condenados. En mayo de 2017, la Corte Suprema resolvió aplicar el llamado "2 por 1" (un recorte de penas) que fue frenado por una masiva marcha de repudio y la votación unánime del Senado. En 2024, la visita de un grupo de diputados a represores presos, entre ellos Alfredo Astiz, generó una ola de rechazo en todo el país. Algunos represores condenados recibieron arresto domiciliario por su edad o condiciones de salud. Otros murieron en la cárcel y otros sencillamente se fugaron, como ya hablamos en otro video de este canal. Pero hay quienes siguen cumpliendo sus condenas.
Y la pregunta que los organismos de derechos humanos sostienen desde hace medio siglo sigue sin respuesta oficial: ¿Dónde están los desaparecidos? Este 24 de marzo, las tres palabras que sintetizan las marchas conmemorativas adquieren un peso aún mayor: memoria, verdad y justicia.