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El Soldado Vietnamita Que Engañó a la CIA Durante Años

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El año es 1957. En el corazón de Saigón, un joven vietnamita de 28 años cruza la puerta de la redacción de Time Magazine con una libreta en la mano y una sonrisa que nadie jamás olvidaría. Habla inglés con un acento tan pulido que los corresponsales americanos lo confunden con alguien que creció en California. Conoce el béisbol, conoce la política de Washington, conoce el nombre de cada general que ha pisado Vietnam del Sur. Para los americanos que lo rodean, es uno de los suyos. Para el Vietong es el activo más valioso que tienen sobre el terreno y durante 18 años nadie lo sabe.

Fam Xuan no era un espía de película, no llevaba pistola, no hacía saltos desde helicópteros. Su arma era la confianza y la cultivó con una paciencia que los occidentales simplemente no podían imaginar. Mientras Estados Unidos construía la mayor maquinaria de inteligencia militar que el mundo había visto jamás en territorio vietnamita, este hombre sentado frente a una taza de café en el club de corresponsales de Saigón les contaba a todos exactamente lo que querían escuchar y al mismo tiempo memorizaba cada detalle de lo que ellos le contaban a él.

Para entender a An hay que entender Saigón en los años 50. Era una ciudad que vivía entre dos mundos. Por un lado, los vestigios del colonialismo francés, los bulevares anchos, los cafés con mesitas de hierro forjado, los edificios de fachadas blancas con persianas que filtraban la luz del mediodía. Por otro, una tensión política que hervía a fuego lento. Hochimin había declarado la independencia en el norte. El sur estaba gobernado por Engin Diem, un anticomunista férreo respaldado por Washington. Y en el campo, el Viet Kong organizaba una red de resistencia que crecía cada año sin que los americanos terminaran de comprenderla.

H nació en 1927 en la provincia de Bienoa, al este de Saigón. Su padre trabajaba en la administración colonial francesa, lo que le dio algo que muy pocos vietnamitas de su generación tenían. Acceso a educación occidental, exposición al pensamiento político europeo y la habilidad de moverse con naturalidad entre dos culturas. Desde joven entendió algo fundamental. La información es poder y el acceso a la información depende de parecer inofensivo.

A los 25 años se unió al Viet Min, el movimiento de resistencia anticolonial liderado por Hoimin, pero su rol nunca sería el de combatiente. Sus superiores vieron algo diferente en él, una mente analítica, una personalidad magnética y una capacidad para hacer que cualquier persona que hablara con él sintiera que era la única en la habitación. Eso no se entrena. O lo tienes o no lo tienes. An lo tenía.

La gran jugada vino en 1957. Sus mandos en el Vietong lo enviaron a Estados Unidos a estudiar periodismo en el Orange Coast College de California. No era un viaje cualquiera, era una inversión estratégica a largo plazo. Construir la cobertura perfecta para un espía que iba a operar en el corazón mismo del aparato informativo americano en Vietnam. Pasó 2 años en California. Aprendió a pensar como un periodista americano. Entendió cómo funciona la prensa, cuáles son sus fuentes, cómo se verifica una historia, cómo se construye la credibilidad en ese mundo. Pero también aprendió algo más difícil de enseñar. ¿Cómo piensan los americanos? ¿Qué los mueve? ¿Qué los ciega?

Cuando regresó a Saigón en 1959, era una persona completamente diferente en la superficie y exactamente la misma por dentro. Sus primeros trabajos como periodista fueron para agencias menores, pero el ascenso fue rápido. Tenía fuentes que nadie más tenía. Conocía a oficiales militares del ejército survietnamita, a diplomáticos americanos, a funcionarios del gobierno de Diem. Para sus colegas periodistas, Ann era simplemente el mejor en lo que hacía. un reportero con acceso extraordinario y una habilidad casi sobrenatural para aparecer en el lugar correcto en el momento correcto.

En 1965, Time Magazine lo contrató como corresponsal permanente. Era el sello definitivo. Ahora tenía credencial de prensa, acceso sin restricciones a briefings militares, fuentes directas en el cuartel general americano y la confianza total de algunos de los periodistas más influyentes del mundo. Nadie imaginaba que detrás de cada artículo había un segundo análisis escrito en código que viajaba hacia el norte.

El mecanismo era elegante en su simplicidad. Han memorizaba lo que veía y escuchaba, lo analizaba en su apartamento, lo escribía en papel de arroz ultrafino y lo pasaba a una red de contactos del Viet Kong en Saigón. Su esposa Enguyenti, Tunan, fue parte de esa red durante años, aunque en los documentos oficiales vietnamitas posteriores su rol se minimizó. Los mensajes viajaban a través de varios intermediarios antes de llegar al norte. El sistema tenía múltiples capas de protección. Si un eslabón caía, An quedaba expuesto directamente.

Lo que enviaba no eran simples rumores, eran análisis militares de una calidad que los propios generales del norte encontraban difícil de creer. An estudiado estrategia militar de forma autodidacta con una profundidad casi académica. Cuando leía un documento del Pentágono o asistía a un briefing en el Maco B, el cuartel general militar americano no solo copiaba los datos, los interpretaba, explicaba qué significaban, cuáles eran las implicaciones, qué movimiento vendría a continuación. Para el mando del Viet Kongk, recibir un informe de AN era como tener un general americano en la sala.

Hay un caso concreto que ilustra el impacto real de su trabajo. En 1965, Estados Unidos lanzó la operación Starlight, el primer gran enfrentamiento terrestre entre marines americanos y unidades regulares del Viet Kong. La batalla se consideró una victoria americana, pero lo que los libros de historia no cuentan siempre es que el Viet Kong ya sabía que estaba llegando. La información sobre el movimiento de tropas, los objetivos, la coordinación entre unidades, todo había llegado al norte días antes. El Viet Kong ajustó su posición, salvó a miles de combatientes de una emboscada. Parte de esa inteligencia venía de Ann.

Lo mismo ocurrió con la ofensiva del Tet en enero de 1968, quizás el momento decisivo de toda la guerra. La coordinación de ataques simultáneos en más de 100 ciudades y pueblos del sur requería una inteligencia sobre las defensas americanas y survietnamitas de una precisión extraordinaria. Los analistas que han estudiado el caso son cautelosos con las atribuciones directas, pero hay consenso general en que AN contribuyó de forma significativa a la comprensión del Viet Kong sobre las vulnerabilidades del sur antes de esa ofensiva.

La clave de que nunca lo atraparan no era solo la inteligencia operacional, era algo más profundo. An era genuinamente querido. Sus amigos americanos en Saigón no eran contactos, eran personas con las que tenía conversaciones reales, con las que bebía, con las que debatía. Frank McCallock, el jefe de la corresponsalía de Time en Asia, lo consideraba uno de sus mejores periodistas. David Halberstam, el periodista del New York Times que ganó el Pulitzer por su cobertura de Vietnam, lo describió como una de las mentes más brillantes que había conocido. Neil Shihan, que publicaría los papeles del Pentágono, tenía a An como fuente y como amigo.

Eso creaba una situación perversa y fascinante. An les daba a sus colegas americanos historias reales, análisis genuinos, información valiosa. No los engañaba en lo que les contaba. El engaño estaba en lo que no decían, en la vida paralela que existía detrás de cada conversación en el café. Era un periodista excelente que también era un espía excelente. Y las dos cosas no se contradecían. De hecho, se reforzaban mutuamente. Su credibilidad como periodista le abría puertas que luego beneficiaban su trabajo de inteligencia.

Hay algo que me parece fascinante desde un punto de vista puramente humano. An nunca odió a los americanos con los que trabajaba. Entrevistas que dio décadas después, siempre dejó claro que distinguía entre las personas y la política. Admiraba a muchos de sus colegas. Le dolió saber que su revelación los había lastimado. Pero también era absolutamente claro en algo. Estaba en una guerra por la independencia de su país y en esa guerra su deber ganar. No hay ambigüedad en eso. La guerra es así.

El ambiente en Saigón durante esos años era una mezcla extraña de tensión y normalidad que resulta difícil de imaginar hoy. La ciudad seguía funcionando. Los restaurantes estaban llenos, los mercados abrían cada mañana. Los periodistas se reunían en el Continental Palace y en el bar Caravela. Y mientras tanto, a menos de 40 km, había combates que dejaban cientos de muertos por semana. Han vivía en ese espacio intermedio con una habilidad casi sobrehumana para compartimentar. Durante el día, reportero, por las noches, análisis. Y siempre, siempre la sonrisa que hacía que todos en la sala se sintieran cómodos.

La CIA no era ajena a la existencia de Ann. Lo tenían en su radar desde principios de los años 60. Hubo momentos en que fue sometido a investigación. William Colby, que llegaría a ser director de la CIA, lo conocía personalmente. Luke Conin, uno de los agentes más veteranos de la CIA en Vietnam, interactuó con él en múltiples ocasiones. En algún punto, según documentos desclasificados posteriores, la CIA llegó a contemplar reclutar a Han como fuente. Eso dice todo sobre el nivel de su cobertura. El hombre que espiaba para el Viet Kong estuvo a punto de ser contratado por la agencia que debería haberlo descubierto.

Los survietnamitas tampoco lo vieron venir. La policía secreta de Saigón, temida por sus métodos brutales, tenía agentes por toda la ciudad. Muchos periodistas vietnamitas fueron detenidos, interrogados, torturados bajo sospecha de simpatizar con el norte. Han convivió con esa realidad durante 18 años. En alguna ocasión fue interrogado brevemente, pero nunca durante mucho tiempo. Su credencial de Time, sus amigos americanos, su reputación intachable como profesional, todo funcionaba como un escudo que ningún oficial survietnamita quería romper sin pruebas sólidas.

Uno de los aspectos menos conocidos de su historia es cómo gestionaba la presión psicológica. En entrevistas posteriores, An habló de algo que él llamaba vivir en dos mundos. No era una metáfora, era una descripción literal de su existencia. Había desarrollado una capacidad de disociación casi clínica. Podía estar completamente presente en una conversación con un corresponsal americano, mostrar interés genuino, aportar información real, reírse de los chistes y al mismo tiempo mantener en un compartimento separado de su mente todo lo que esa conversación significaba en términos de inteligencia. No es esquizofrenia, es disciplina llevada a un nivel que la mayoría de las personas simplemente no pueden sostener durante años.

Sus hijos no sabían nada. Su familia inmediata vivía una vida aparentemente normal en Saigón. Los niños iban a la escuela. La familia tenía amigos americanos que venían a cenar. A enseñó a sus hijos a hablar inglés. Era en muchos sentidos el epítome de lo que los americanos llamaban un aliado confiable. Y eso era exactamente lo que sus mandos en el norte necesitaban que pareciera.

El 29 de abril de 1975, el día antes de la caída de Saigón, algo extraordinario ocurrió. La CIA organizó evacuaciones de emergencia para sus activos survietnamitas, periodistas, oficiales del gobierno. A An le ofrecieron un lugar en uno de los helicópteros. Le dijeron que si se quedaba el gobierno comunista que estaba a punto de tomar el control podría verlo como colaborador de los americanos. Sus amigos americanos le rogaron que se fuera con ellos. An rechazó la oferta. Dijo que Vietnam era su hogar. Lo que ninguno de sus amigos americanos entendía en ese momento es que Anía que temer del nuevo gobierno. Era uno de los suyos.

Cuando Saigón cayó el 30 de abril de 1975 y los tanques del norte entraron por las calles, la vida de An cambió de forma radical hacia el exterior, pero no hacia el interior. Durante meses, sus identidades permanecieron separadas incluso para muchos en el propio gobierno comunista que acababa de tomar el poder. La revelación de su verdadero roló de forma gradual en círculos que fueron ampliándose lentamente.

La reacción de sus excolegas americanos cuando la verdad se hizo pública es uno de los capítulos más humanos de toda esta historia. No fue furia en general, fue algo más complicado. Shihan, Halberstam, Mcolog, todos procesaron la revelación de maneras distintas. Algunos se sintieron traicionados, otros con el tiempo llegaron a una comprensión diferente. Si eras vietnamita en 1957 y creías en la independencia de tu país, que otra cosa podrías hacer. La lealtad de Ann no era a América, nunca lo había sido, era a Vietnam. Y la honestidad de eso, vista desde la distancia tiene una lógica que resulta difícil de refutar.

El gobierno vietnamita lo reconoció como héroe de las fuerzas armadas del pueblo, la mayor distinción militar del país. Le otorgaron el rango de general de brigada, pero la vida de Anra estuvo lejos de ser fácil. El nuevo gobierno comunista nunca terminó de saber exactamente qué hacer con él. Era un héroe, sí, pero también era un hombre que había pasado 18 años viviendo entre americanos, que tenía amigos profundos en la prensa occidental. que había estudiado en California, que hablaba y pensaba como alguien que había absorbido profundamente la cultura occidental. En la Vietnam de los años 70 y 80 hacía que encajaras mal en cualquier categoría.

Durante años le prohibieron viajar al extranjero. Sus contactos con periodistas occidentales fueron vigilados. El hombre que había operado libremente por Saigón durante dos décadas pasó la siguiente con restricciones que nunca llegaron a explicarse oficialmente, pero que todo el mundo entendía. La paranoia de los aparatos de seguridad no distingue entre traidores y héroes cuando la herramienta de trabajo es la ambigüedad.

Fue solo en los años 90 con la apertura gradual de Vietnam hacia el exterior que han recuperó cierta libertad de movimiento. Periodistas americanos volvieron a entrevistarlo. Sus viejos amigos lo visitaron en Saigón, que ya se llamaba Ciudad Jochimin. Larry Berman, un profesor universitario americano, pasó años construyendo una biografía basada en cientos de horas de entrevistas con An. Ese libro publicado en 2007 con el título Perfect Spy es la fuente más completa que existe sobre su vida.

An colaboró con Berman con una candor notable, aunque siempre con los límites que él mismo se imponía sobre ciertos detalles operacionales. En esas entrevistas tardías emergió una figura más compleja que cualquier etiqueta simple. Ann hablaba de sus amigos americanos con afecto genuino, expresaba admiración por el periodismo americano como institución y al mismo tiempo era absolutamente inequívoco sobre sus elecciones. Nunca se arrepintió de nada, nunca pidió perdón. Consideraba que había hecho lo que tenía que hacer en las circunstancias que le tocaron. Hay algo admirable en esa claridad, aunque resulte incómoda desde fuera.

Una cosa que se menciona poco es la dimensión estratégica de largo plazo de lo que Han logró. Los espías normalmente tienen un impacto táctico. Informan sobre un movimiento de tropas, revelan el contenido de una negociación, permiten anticipar un ataque específico. El impacto de Ann fue diferente. Durante 18 años, los mandos del Bet Kong y el ejército del norte tuvieron acceso a un análisis continuo y sofisticado de cómo pensaba el liderazgo militar americano. No eran datos sueltos, era una comprensión estructural del adversario que se acumulaba año tras año. Eso no se mide en batallas ganadas o perdidas, se mide en la capacidad de diseñar una estrategia que aguante el peso de la mayor potencia militar del mundo durante casi dos décadas.

El ejército americano tenía una superioridad tecnológica aplastante. Tenía helicópteros y B52 y napalm y una cadena de suministro que movía millones de toneladas de material de guerra. El Viet Kong tenía una red de inteligencia que incluía a Famuan Ann y ganó. Desde mi perspectiva hay algo que esta historia dice sobre la naturaleza del poder que va más allá de Vietnam. Los americanos cometieron el error clásico del poderoso. Confundieron la confianza que inspiraban con la lealtad que merecían. Dieron, por supuesto, que alguien que se comportaba como aliado, que hablaba su idioma, que compartía su mesa, que les ayudaba a entender el mundo, necesariamente era aliado. An demostró que esa suposición puede ser la más cara de todas. La información que más duele no es la que te roba el enemigo que identificas como tal, es la que te da el amigo que nunca supiste que era otra cosa.

Ann murió el 20 de septiembre de 2006 en ciudad Hochimin. Tenía 79 años. En sus últimas semanas recibió visitas de antiguos colegas americanos que habían hecho el viaje desde el otro lado del mundo. Sus últimas conversaciones, según quienes estuvieron presentes, fueron sobre periodismo, sobre la guerra, sobre Vietnam. Murió en la ciudad en la que había vivido toda su vida, en el mismo lugar desde el que había operado durante 18 años. murió siendo simultáneamente un héroe para su país y alguien difícil de encasillar para todos, incluido su propio gobierno.

Hay algo en esa dificultad para encasillar lo que me parece la clave de quién era. Los espías que vemos en las películas son figuras de una sola pieza. Fríos, calculadores, sin vínculos reales con nadie. An era lo contrario, un hombre de vínculos reales con todo el mundo de ambos lados, que nunca fingió afectos que no sentía y que al mismo tiempo nunca reveló la totalidad de lo que era. Esa es una forma de existencia enormemente solitaria, aunque la soledad nunca sea visible desde fuera.

La CIA tardó décadas en hacer un análisis honesto de lo que An representaba como fracaso de inteligencia. Los documentos que se han desclasificado parcialmente desde entonces muestran que hubo momentos en que estuvieron cerca, señales que se interpretaron mal, información que no se conectó de la manera correcta, pero la lección más importante no es operacional, es cultural. Enviaron a miles de personas a Vietnam sin entender Vietnam. confiaron en intermediarios sin entender que la lealtad de esos intermediarios podía tener raíces más profundas que cualquier relación profesional y construyeron una guerra sobre esa incomprensión durante 20 años.

Fam Xuan An entendió a los americanos mejor de lo que ellos lo entendieron a él. Y en una guerra de inteligencia esa asimetría lo es todo. El mito que persiste es que fue un engaño perfecto porque fue invisible. Pero lo interesante es que no fue invisible. Estaba ahí en las redacciones, en los briefings, en los cafés de Saigón. Lo veían todos los días. El engaño no fue hacerse invisible, fue hacerse tan visible, tan presente, tan familiar, que nadie podía imaginarse que hubiera algo más debajo. Esa es la lección que ningún manual de espionaje enseña bien. El mejor lugar para esconderse no es en la oscuridad, es exactamente donde todos pueden verte. M.