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Homilía 8.3.2026 / Domingo 3º de Cuaresma

En ti confío10:11

Transcription

Domingo tercero de Cuaresma, que en su ciclo A proclama el evangelio de la samaritana. Está en el capítulo cuarto de San Juan. Recuerdo que el primer domingo se proclamó las tentaciones del desierto y el segundo la transfiguración del Señor. El tercero, este encuentro de Jesús en el pozo de Sicar con esa mujer samaritana.

Jesús está cansado por el camino, pide agua, pero está buscando que sea esa mujer la que le pida a Jesús: "Dame de beber." Y Jesús se muestra como el agua viva que satisface su corazón. Es una verdadera radiografía, radiografía de ti y de mí, del hombre de nuestro tiempo, y muestra, revela como Jesús viene a darnos el don del Espíritu Santo.

Vayamos por partes. El camino cuaresmal en el que nos encontramos, esos 40 días, evocan la travesía del desierto que hizo el pueblo de Israel hasta llegar a la tierra prometida. Sabemos que el gran reto del desierto es que falta agua. Esto no es sino una parábola del desierto de la vida. El hombre tiene sed. Tenemos sed. Tenemos sed de una felicidad que todo el bienestar material del mundo no es capaz de satisfacer.

¿Quién dijo eso de que felicidad es igual a bienestar? Totalmente falso. La felicidad no se identifica con el bienestar porque el bienestar depende de las condiciones externas. Mientras que la felicidad brota de descubrir y gozar el sentido, la vocación de la vida. Uno puede gozar de muchas comodidades y, sin embargo, vivir una desazón interior, vivir vacío, mientras que puede estar atravesando muchas pruebas de sufrimiento sin perder la paz y la alegría interior.

El bienestar suele buscar evitar el dolor sin más, mientras que la felicidad enseña a atravesar el dolor con el amor. El bienestar se mide por lo que se tiene. La felicidad se mide por lo que se ama. El bienestar es frágil, pasajero. La felicidad permanece incluso en la cruz. Por eso el cristianismo, Jesús no promete bienestar, promete la bienaventuranza, la felicidad.

Pues bien, Jesús se encuentra en el evangelio con la samaritana, imagen del hombre de nuestro tiempo, imagen tuya, imagen mía. Alguien que, por cierto, mendiga afectividad sin alcanzar el amor. Seis maridos había tenido. Una mujer que no es feliz y que acaso ni tan siquiera sepa que no es feliz. Que, por cierto, esta es otra. Hay muchas personas que no son felices y que, si se hiciesen una encuesta, tal vez dirían que sí son felices, no porque mientan, sino porque han dejado de tener verdadera esperanza de que se puede ser feliz. Quizás, como he dicho, porque confundan felicidad con bienestar o simplemente porque se consuelan pensando que en esta vida hay otros que están peor que ellos, ¿no?

Pero la infelicidad, la infelicidad existe y es muy dura. Está expresada en este relato evangélico en esa necesidad que tenía la samaritana de ir una y otra vez a la fuente a por agua, en busca de un agua que solo era capaz de saciarla por un rato. "Busco agua para cuando me voy a casa, ya de nuevo tengo sed, tengo que volver. No consigo beber algo que me sacie para siempre."

El materialismo promete saciar la sed de felicidad, pero en realidad genera más sed. Le ofrece objetos, placeres, seguridades, pero ninguno de ellos toca el corazón del hombre. Cuanto más se bebe de lo material, más se descubre la insuficiencia, ¿no?

Entonces, aquí viene una pregunta. ¿No será que el corazón del hombre está hecho para la trascendencia? Vamos a ver esto. A diferencia del resto de los animales que han evolucionado para adaptarse al entorno, así se dice, ¿no? El ser humano parece no terminar de acomodarse a este mundo, ¿no? La insatisfacción le acompaña siempre. Entonces surge una pregunta: ¿estamos mal hechos? ¿Se ha equivocado la evolución con nosotros? ¿Somos unos seres inadaptados, crónicos? ¿Somos un error?

O quizá la clave está en que no estamos hechos para encajar en este mundo. Nuestra inquietud permanente podría ser la señal de que estamos abiertos a algo que nos supera. No sería esto un fallo evolutivo, ¿no?, sino una vocación a la trascendencia. Esa insatisfacción, lejos de ser un problema, sería en el fondo una llamada para adaptarnos, para buscar lo eterno. De ahí nuestra continua insatisfacción e infelicidad.

No, dicho esto, no tenemos que admirar la pedagogía paciente de Jesús en el encuentro con la samaritana, en el encuentro con el hombre sediento de nuestros días, ¿no? Jesús está despertando en el interior de esa mujer una verdadera búsqueda que le lleva a recurrir un camino interior. Tiene que recorrer ese camino y está buceando en su deseo de felicidad hasta descubrir que, en realidad, ella tiene sed de Dios. No lo sabe, pero tiene sed de Dios. Y eso es lo que Jesús está ayudando a descubrir.

Lo cierto es que Jesús, como digo, tiene una gran pedagogía y paciencia porque para llevarle a descubrir eso, empieza por pedirle: "Dame de beber." Y es cierto que Jesús tiene sed física, pero sobre todo, más allá del sentido literal, Jesús tiene sed de que el hombre tenga sed de Dios. Por eso le dice: "Si conocieras el don de Dios, si supieses quién es el que te está pidiendo a ti, serías tú el que le pedirías a él, ¿no?"

Y así el diálogo continúa hasta que se llega a la meta. Y la meta es que esa mujer dice: "Dame tú de beber a mí. Dame de beber, dame de beber." Es cuando ella se da cuenta que solamente Jesús puede saciar la sed crónica que ella tiene, que nosotros tenemos, ¿no?

Pues bien, esta es la meta de la evangelización. La meta de la evangelización es doble. Por una parte, es educar la sed del hombre. Educar la sed del hombre para descubrir que detrás de ella se esconde la sed de Dios. Insisto que incluso detrás de determinadas búsquedas muy torpes de placer se encuentra el deseo de Dios. Detrás de las adicciones que tan generalizadas están en esta vida, se esconde la sed de Dios. Que a veces quedamos atrapados en la satisfacción inmediata de nuestros deseos cuando, en el fondo, estamos buscando a Dios. Por lo tanto, la primera meta de la evangelización es educar la sed del hombre para descubrir que, en realidad, es de Dios de quien estamos sedientos.

Y, claro, y en segundo lugar está en saciar esa sed con el don del Espíritu Santo, que es el único capaz de saciar la sed del hombre, porque estamos hechos para Dios y descubrir que Jesús es el dador del Espíritu Santo. Esto es, esto es lo impresionante, ¿no? Impresiona ver como Jesús ha salido al encuentro del hombre sediento y como finalmente se manifiesta como el dador de agua viva. Jesús, fuente de agua viva. "El que viene a mí no tendrá más sed." En la samaritana descubrimos el alma sedienta y en Cristo la fuente del Espíritu Santo.

Como dice San Agustín, San Agustín tiene expresiones bellísimas. San Agustín dice: "Jesús tenía sed de la sed de aquella mujer. Jesús deseaba que ella desease a Dios." ¿No es algo maravilloso? Porque para poder darle de beber es importante que tenga sed. ¿Cómo darle de beber a alguien que no experimenta la sed de Dios? ¿Cómo podemos dar a Dios alguien que no abre la boca porque no tiene conciencia de que lo necesita?

Y así entendemos la famosa frase con la que San Agustín introduce el libro de las Confesiones, ¿no? El libro de las Confesiones de San Agustín está introducido por una de las frases más redondas, ¿no?, que más repiten de San Agustín: "Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti."

La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.