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LA CIENCIA MENTAL AUDIOLIBRO COMPLETO EN ESPAÑOL - THOMAS TROWARD - AUDIOLIBROS DE METAFÍSICA

Aubiblio Narraciones3:15:08

Transcription

[Música] anfibio. En la descripción de este vídeo encontrarán algunos códigos limitados que les permitirán obtener el audiolibro gratuito en audible.com. Agradeceremos mucho que nos apoyen con una calificación positiva si el audiolibro es de su agrado. Dicho esto, comencemos.

Audible.com presenta La Ciencia Mental, audiolibro completo en español. Escrito por Thomas Astro Word. Narrado por D'Angelo Medina.

Capítulo 1: Espíritu y Materia

Al iniciar un curso sobre ciencia mental, es un poco difícil para el conferencista determinar cómo debería abrir la ponencia. Se puede abordar desde muchos lados, cada uno con alguna ventaja peculiar. Pero después de una cuidadosa deliberación, me parece que, a los efectos del presente curso, no se podría seleccionar un mejor punto de partida que la relación entre espíritu y materia.

Elijo este punto de partida, ya que nos es familiar generar una clara distinción entre estos dos, y esto me permite utilizar los adjetivos con los que solemos expresarlas. El espíritu está vivo y la materia está muerta. Estos términos expresan nuestra impresión actual de la oposición entre espíritu y materia con suficiente precisión. Y considerando sólo desde el punto de vista de las apariencias externas, esta impresión es sin duda correcta.

El consenso general de la humanidad tiene razón al confiar en la evidencia de nuestros sentidos, y cualquier sistema que nos diga que no debemos hacerlo nunca obtendrá una base permanente en una comunidad sana y cuerda. No hay nada de malo en la evidencia transmitida a una mente sana por los sentidos de un cuerpo sano, pero el error surge cuando interpretamos el significado de tal información.

Estamos acostumbrados a juzgar solo por apariencias externas y por ciertos significados limitados que atribuimos a las palabras. Pero cuando comenzamos a indagar en el significado real de nuestras palabras y analizar las causas que dan lugar a las apariencias, encontramos que nuestras viejas nociones se van cayendo poco a poco de nosotros, hasta que por fin nos despertamos al hecho de que vivimos en un mundo completamente diferente al que reconocíamos anteriormente.

El viejo modo limitado de pensar se ha desvanecido sin que seamos conscientes de ello, y descubrimos que hemos dado un paso hacia un nuevo orden de cosas, donde todo es libertad y vida. Este es el trabajo de una inteligencia iluminada, resultante de la determinación persistente de encontrar la verdad, y que es independiente de las nociones preconcebidas. Nos impulsa a pensar por nosotros mismos en lugar de esperar a que otros piensen por nosotros.

Al principio, podemos ser proclives a decir que la vitalidad consiste en el poder del movimiento y que, en su ausencia, sólo se encuentra la muerte. Pero una pequeña indagación en artículos científicos recientes nos mostrará que esta definición no es del todo acertada, al menos no si queremos analizar la palabra en profundidad. Se ha corroborado por la ciencia física: ningún átomo de lo que llamamos materia muerta está sin movimiento.

Sobre la mesa frente a mí yace un sólido trozo de acero, pero a la luz de la ciencia actualizada sé que los átomos de esa masa aparentemente inerte están vibrando con la energía más intensa, continuamente lanzándose de un lado a otro, chocando, golpeando y rebotando unos de otros, o dando vueltas como sistemas solares en miniatura con una rapidez incesante, cuya compleja actividad basta para desconcertar la imaginación. La masa, como masa, puede permanecer inerte sobre la mesa, pero lejos de estar desprovista de movimiento, es la morada de la energía inagotable que mueve las partículas con una rapidez en la que la velocidad de un tren expreso es como la nada.

Por lo tanto, no es el mero hecho del movimiento lo que está en la raíz de la distinción que trazamos instintivamente entre espíritu y materia. Debemos ir más profundo que eso. La solución del problema nunca se encontrará comparando la vida con lo que llamamos muerte. La razón de esto será evidente más adelante, pero la verdadera clave se encuentra comparando un grado de vida con otro.

Por supuesto, hay un sentido en el que la calidad de vida no admite grados, pero hay otro sentido en el que se trata enteramente de grados. No tenemos ninguna duda sobre la vitalidad de una planta, pero no le damos el mismo valor que a la vida de un animal. Nuevamente, ¿qué el niño promedio no preferiría un fox terrier a un pez dorado como mascota? O de nuevo, ¿por qué ese mismo niño está por encima del perro?

La planta, el pez, el perro y el niño están igualmente vivos, pero hay una diferencia en la calidad de su vida de la que nadie puede dudar. Y nadie dudaría en decir que esta diferencia está en el grado de inteligencia. De cualquier manera que miremos el tema, siempre encontraremos que lo que llamamos vida se mide en última instancia por su inteligencia.

Es la posesión de una mayor inteligencia lo que coloca al animal más alto que la planta, en la escala del ser; al hombre más alto que al animal; al hombre intelectual más alto que al salvaje. La inteligencia aumentada activa modos de movimiento de un orden superior que se corresponde con esta misma. Cuanto mayor es la inteligencia, más controlado se tiene este movimiento, y a medida que ésta disminuye, se genera un movimiento automático fuera del control consciente.

Este descenso es gradual, desde el auto-reconocimiento de la personalidad humana más elevada, al orden más bajo de formas visibles que generalizamos como cosas, y de las cuales el auto-reconocimiento está completamente ausente. Vemos entonces que el nivel de vida consiste en el grado de inteligencia, en otras palabras, en el poder del pensamiento. Y por lo tanto, podemos decir que la cualidad distintiva del espíritu es el pensamiento, y como opuesto a esto, podemos decir que la cualidad distintiva de la materia es la forma.

No podemos concebir la materia sin forma; debe haber alguna forma, aunque invisible al ojo físico, pues la materia, para ser materia en absoluto, debe ocupar espacio, y ocupar cualquier espacio particular implica necesariamente una forma correspondiente. Por estas razones, podemos establecer como proposición fundamental que la cualidad distintiva del espíritu es el pensamiento, y la cualidad distintiva de la materia es la forma.

De esta distinción se derivan importantes consecuencias, y por lo tanto el estudiante debe observarla cuidadosamente. La forma implica extensión en el espacio y también limitación dentro de ciertos límites. El pensamiento no implica ninguna de las dos. Por lo tanto, cuando pensamos que la vida existe en cualquier forma particular, la asociamos con la idea de extensión en el espacio, de modo que se puede decir que un elefante consiste en una cantidad mucho mayor de sustancia viva que un ratón.

Pero si pensamos en la vida como el hecho de vivir, sin asociarlo con ninguna idea de extensión, inmediatamente nos daremos cuenta de que el ratón está tan vivo como el elefante, a pesar de la diferencia de tamaño. El punto importante de esta distinción es que, si podemos concebir algo fuera del elemento de extensión en el espacio, debe estar presente en su totalidad en cualquier lugar y en todas partes, en cada punto del espacio simultáneamente.

El tiempo, según su definición científica, es el periodo que ocupa un cuerpo al pasar de un punto dado del espacio a otro. Y por lo tanto, de acuerdo a esta definición, cuando no hay espacio, no puede haber tiempo. Y así, la concepción del espíritu, que le describe como desprovisto del elemento espacio, debe también describirle como desprovisto del tiempo.

Entonces, encontramos que la concepción del espíritu como pensamiento puro, y no como forma concreta, es la concepción del mismo como algo que subsiste perfectamente y con independencia absoluta del tiempo y el espacio. De esto sucede que, si la idea de algo se concibe como existente en este nivel, sólo puede representar esa cosa como si estuviera realmente presente aquí y ahora. En esta visión de las cosas, nada puede estar alejado de nosotros ni en el tiempo ni en el espacio, o la idea se disipa por completo, o existe como una entidad presente, real, y no como algo que será en el futuro, porque donde no hay secuencia del tiempo, no puede haber futuro.

De manera similar, donde no hay espacio, no puede existir la noción de que algo puede encontrarse a una distancia de nosotros. Cuando se saca de la fórmula el tiempo y el espacio, todas nuestras ideas de las cosas deben necesariamente subsistir en un "aquí" universal y un "ahora" eterno. Esta es, sin duda, una concepción muy abstracta, pero le pediría al estudiante que se esforzara por comprenderla a fondo, ya que es de vital importancia en la aplicación práctica de la ciencia mental, como se verá más adelante.

La concepción opuesta es la de las cosas que se expresan a través de condiciones de tiempo y espacio, y por lo tanto establecen una variedad de relaciones entre sí, como el volumen, la distancia y la dirección, o la secuencia en el tiempo. Ambos conceptos son respectivamente el de lo abstracto y el de lo concreto; el de lo no condicionado y el de lo condicionado; y el concepto del absoluto y de lo relativo. No son opuestos entre sí en un sentido de incompatibilidad, sino que uno complementa al otro, y la realidad única radica en la combinación de ambos.

El error del idealista extremo es esforzarse por alcanzar lo absoluto sin lo relativo, y el error del materialista extremo es esforzarse por alcanzar lo relativo sin lo absoluto. Por un lado, es un error tratar de alcanzar lo interno sin lo externo, y por otro, el intentar alcanzar lo externo sin lo interno. Ambos son necesarios para la formación de una entidad sustancial.

Capítulo 2: El Modo de Inteligencia Más Alto Controla el Inferior

Hemos visto que el descenso de la personalidad está relacionado con el descenso gradual en la escala de inteligencia, teniendo un no control y reconocimiento absoluto de sí mismo si tiene un alto grado de inteligencia, o incapacidad de controlar y reconocer su propia existencia si su inteligencia es inferior. Cuanto mayor es el grado de vida, mayor es la inteligencia, de dónde se sigue que el principio supremo de la vida debe ser también el principio último de la inteligencia.

Esto lo demuestra claramente el gran orden natural del universo. A la luz de la ciencia moderna, el principio de la evolución nos es familiar a todos, y el ajuste exacto que existe entre todas las partes del esquema cósmico es demasiado evidente como para refutarlo. En este libro, todo avance de la ciencia consiste en descubrir nuevas sutilezas de conexión en este magnífico orden universal que ya existe, y sólo necesita nuestro reconocimiento para que podamos utilizarlo de modo práctico.

Entonces, si el trabajo más elevado de las mentes más grandes no consiste en nada más que el reconocimiento de un orden ya existente, no hay manera de escapar de la conclusión de que una inteligencia suprema debe ser inherente al principio de vida que se manifiesta a sí misma en la forma de este orden. Y así, vemos que debe haber una gran inteligencia cósmica subyacente a todo.

La historia física de nuestro planeta nos muestra primero una nebulosa incandescente dispersa en vastas infinitudes de espacio. Más tarde, este se condensa en un sol central rodeado por una familia de planetas resplandecientes que apenas se han consolidado a partir de la materia plástica primordial. Luego, se suceden incontables milenios de lenta formación geológica, una tierra poblada por las formas de vida más bajas, ya sean vegetales o animales, de cuyos orígenes toscos un avance majestuoso, incesante, sin prisas, lleva a las cosas por etapa a la condición en la que la conocemos ahora.

Al observar esta progresión constante, está claro que, independientemente de cómo podamos concebir la naturaleza del principio evolutivo, este proporcione infaliblemente el avance continuo de la raza. Pero lo hace creando tales cantidades de cada clase que, tras permitir un amplio margen para todos los posibles accidentes en los individuos, parece cuidar de perpetuarse. Parece cuidar tanto de la especie, parece despreocupada por la vida del individuo.

En pocas palabras, podemos decir que la inteligencia cósmica opera mediante una ley de promedios que permite un amplio margen de accidentes y fallos en los individuos, pero el progreso hacia una inteligencia superior siempre se dirige en la dirección de estrechar este margen de accidentes y alejar cada vez más al individuo de la ley de los promedios, y de sustituir la ley de la selección individual. En el lenguaje científico ordinario, esta es la supervivencia del más apto.

La reproducción de los peces está en una escala que ahogaría el mar con ellos si todos sobrevivieran, pero el margen de mortalidad es el necesario para no sobrepoblar el mar, y así la ley de los promedios simplemente mantiene la proporción normal de la raza. Pero en el otro extremo de la escala, la reproducción no excede enormemente la supervivencia. Es cierto que existe un amplio margen de accidentes y enfermedades que corta a un número de seres humanos antes de que hayan atravesado la duración media de la vida, pero todavía está en una escala muy diferente de la destrucción prematura de cientos de miles frente a la supervivencia de uno.

Por lo tanto, puede tomarse como un hecho establecido que, en la medida en que avanza la inteligencia, el individuo deja de estar sujeto a una mera ley de promedios y tiene un poder cada vez mayor de controlar las condiciones de su propia supervivencia. Entonces, podemos ver que existe una marcada distinción entre la inteligencia cósmica y la inteligencia individual, y que el factor que diferencia a la humanidad de la primera es la presencia de la voluntad del individuo.

Ahora viene el fin de la ciencia mental: es determinar la relación de este poder individual de evolución con la gran ley cósmica que prevé el mantenimiento y el avance de la raza. Y el punto que debe notarse cuidadosamente es que el poder de la voluntad individual es, en sí mismo, el resultado del principio evolutivo cósmico en el punto donde alcanza su nivel más alto.

El esfuerzo de la naturaleza siempre ha sido ascendente, desde el momento en que sólo las formas más bajas de vida poblaban el globo, y ahora ha culminado en la producción de un ser con una mente capaz de razonamiento abstracto y un cerebro apto para ser el instrumento físico de tal mente. En esta etapa, el principio creador de la vida se produce a sí mismo en una forma que es capaz de reconocer el funcionamiento de la ley evolutiva y la unidad y continuidad del propósito que ha prevalecido en toda la progresión hasta ahora. E indica, sin ninguna duda, que la labor de un ser así en el esquema universal debe ser introducir el uso de ese factor el cual, hasta este momento, ha brillado por su ausencia: el factor de la voluntad del individuo inteligente.

La evolución que nos ha llevado a este punto de vista ha funcionado según una ley cósmica de promedios. Ha sido un proceso en el que el propio individuo no ha tomado parte consciente. Pero si el hombre ha de evolucionar más ahora, sólo puede ser por su propia cooperación consciente con la ley que lo ha llevado al punto en el que es capaz de darse cuenta de que esta ley existe. Su evolución en el futuro debe darse con su participación consciente en la gran obra, y esto sólo puede hacerse efectivo mediante su inteligencia y su esfuerzo individual.

Nadie más puede crecer por nosotros; cada uno de nosotros debe crecer con su propio esfuerzo. Y este crecimiento inteligente consiste en nuestro creciente reconocimiento de la ley universal que nos ha llevado hasta donde hemos llegado, y de nuestra propia relación individual con esa ley, basada en el hecho de que nosotros mismos somos el producto más avanzado de ella.

Es una gran máxima que la naturaleza nos obedece precisamente en la proporción en que obedecemos primero a la naturaleza. Dejemos que el electricista intente ir en contra del principio de que la electricidad siempre debe pasar de un potencial más alto a uno más bajo, y no conseguirá nada. Pero si el electricista comprende y acepta esta ley fundamental, realizará grandes proezas con el uso de la energía eléctrica.

Estas consideraciones nos muestran que la diferencia entre una inteligencia superior y una inferior consiste en el reconocimiento de sí mismo, y cuanto más inteligente sea ese reconocimiento, mayor será el poder. El grado más bajo de auto-reconocimiento es el que se ve a sí mismo como una entidad separada de todas las demás entidades, como el ego se distingue del no-ego. De grado más alto de auto-reconocimiento es aquel que, al darse cuenta de su propia naturaleza espiritual, ve en todas las demás formas no tanto el no-ego o "eso que no es el mismo", sino el alter ego o "eso que es el mismo en otro modo de expresión".

Ahora bien, es este mayor grado de auto-reconocimiento el poder mediante el cual el científico mental produce sus resultados. Por eso es imperativo que comprenda claramente la diferencia entre forma y ser. Es el modo de lo relativo y la marca de estar sujeto a las condiciones, y el otro es la verdad de lo absoluto y es lo que controla las condiciones.

Este reconocimiento superior de uno mismo como una individualización del espíritu puro debe necesariamente controlar todos los modos de espíritu que aún no han alcanzado el mismo nivel de auto-reconocimiento. Estos modos inferiores de espíritu están sujetos a la ley de su propio ser porque no conocen la ley mencionada, y por lo tanto, el individuo que ha alcanzado este conocimiento puede controlarlos a través de esa ley.

Pero para comprender esto, debemos indagar un poco más en la naturaleza del espíritu. Ya he mostrado que la gran escala de adaptación y ajuste de todas las partes del esquema cósmico entre sí exhibe la presencia en algún lugar de una inteligencia maravillosa subyacente al todo. Y la pregunta es: ¿dónde se encuentra esta inteligencia? En última instancia, sólo podemos concebirlo como inherente a alguna sustancia primordial que es la raíz de todos esos modos más burdos de materia que conocemos, ya sean visibles al ojo físico o no, inferidos por la ciencia a partir de sus efectos perceptibles.

Es ese poder que, en todas las especies y en todo individuo, se convierte en "eso que es" esa especie o ese individuo. Y así, sólo podemos concebirlo como una inteligencia que se forma a sí misma y es inherente a la sustancia última de la cual cada cosa resulta ser una manifestación en particular. Que esta sustancia primordial se forma a sí misma por medio de una inteligencia inherente que mora en sí, resulta evidente por el hecho de que la inteligencia es la cualidad esencial del espíritu.

Si tuviéramos que concebir la sustancia primordial como algo separado del espíritu, deberíamos postular a algún otro poder que no es ni espíritu ni materia y que los origina a ambos. Pero esto solamente situaría la idea de un poder auto-evolutivo un paso atrás y afirmaría la producción de un grado inferior de espíritu indiferenciado por uno superior, lo cual es una asunción puramente gratuita y contradice cualquier idea que podamos formarnos sobre el espíritu indiferenciado.

De cualquier modo que tratemos de alejar el punto original donde todo comienza, no podemos evitar la conclusión de que, en ese momento, el espíritu contiene la sustancia primordial, lo que nos lleva de nuevo a la afirmación de que "lo creó todo de la nada". Así encontramos dos factores en la realización de todas las cosas: el espíritu y la nada. Al añadir nada al espíritu, sólo queda el espíritu (x * 0 = x).

De estas consideraciones, vemos que el fundamento último de toda forma de materia es el espíritu, y por lo tanto, que una inteligencia universal subsiste en toda la naturaleza, inherente a cada una de sus manifestaciones. Su inteligencia críptica no pertenece a la forma particular, excepto en la medida en que se adapta físicamente a su concentración en la individualidad que se reconoce a sí misma. Se esconde en esa sustancia primordial de la cual la forma visible es una manifestación más burda.

Esta sustancia primordial es una necesidad filosófica y sólo podemos imaginarla como algo infinitamente más refinado que los átomos, que en sí mismos ya constituyen una conclusión filosófica de la ciencia física. A falta de una palabra más exacta, podemos decir convenientemente que la inteligencia primaria inherente a la sustancia misma de las cosas es la "inteligencia atómica". El término puede quizás estar abierto a algunas objeciones, pero servirá a nuestro propósito actual de distinguir la inteligencia espiritual de la inteligencia individual.

Esta distinción debe comprenderse con claridad, ya que es mediante la respuesta de la inteligencia atómica a la inteligencia individual que el poder del pensamiento puede producir resultados en el plano material, como la cura de enfermedades mediante el uso del poder de la mente. La inteligencia se manifiesta a sí misma por su capacidad de respuesta. El esfuerzo de la mente cósmica para llevar el proceso evolutivo desde sus inicios hasta su estado humano actual no es más que una respuesta inteligente continua a la demanda que cada etapa del progreso ha hecho para su desarrollo.

Desde entonces, hemos reconocido la presencia de una inteligencia universal que impregna todas las cosas, pero también debemos reconocer una correspondiente capacidad de respuesta oculta en lo profundo de su naturaleza y lista para ser llamada a la acción cuando se la solicite. Todo tratamiento mental depende de esta capacidad de respuesta del espíritu, en sus grados inferiores, a los grados superiores de sí mismo.

Es aquí donde entra en juego la diferencia entre el científico mental y la persona no instruida. El primero conoce esta capacidad de respuesta y la utiliza a su favor, mientras que el segundo no puede utilizarla, ya que no la conoce.

Capítulo 3: La Unidad del Espíritu

Ya hemos allanado el camino para comprender lo que quiere decir la unidad del espíritu. En la primera concepción del espíritu como el origen subyacente de todas las cosas, vemos una sustancia universal que, en esta etapa, no se diferencia por ninguna forma específica. No estamos hablando del pasado, sino de algo que subsiste a través del tiempo en la naturaleza de todos los seres.

Así, nos damos cuenta de que la división entre una forma específica y otra contiene en sí una profunda unidad esencial que actúa como soporte de las distintas formas de individualidad que surgen de ella misma. Y a medida que nuestro pensamiento penetra profundamente la naturaleza de esta sustancia espiritual que todo lo produce, vemos que no puede limitarse a una sola porción del espacio, sino que debe ser ilimitado como el espacio mismo, y que la idea de que no se encuentra en determinado punto del espacio es inconcebible.

Una de esas percepciones intuitivas de las que la mente humana no puede escapar es que este espíritu viviente primordial y omnipresente debe ser proporcional a la infinitud y, por lo tanto, sólo podemos pensar en él como algo universal o infinito. Ahora bien, es una verdad matemática que el infinito debe ser una unidad. No puedes tener dos infinitos, porque entonces ninguno sería infinito; cada uno estaría limitado por el otro. Ni puedes dividir el infinito en fracciones. Matemáticamente, el infinito es una unidad esencial.

Este es un punto que el estudiante debe tener muy en claro, ya que de él se derivan las conclusiones más importantes. La unidad, como tal, no se puede multiplicar ni dividir, porque cualquiera de las dos operaciones destruye la unidad. Multiplicando, producimos una pluralidad de unidades de la misma escala que el original, y al dividir, producimos una pluralidad de unidades de menor escala. Y una pluralidad de unidades no es unidad, sino multiplicidad.

Por lo tanto, si deseamos penetrar más allá de la naturaleza exterior del individuo hasta el punto más íntimo de donde surge su individualidad, sólo podremos hacerlo pasando más allá de la concepción de la existencia individual hacia la de la unidad del ser universal. Esto puede parecer palabrería filosófica, pero el estudiante que produzca resultados prácticos debe darse cuenta de que estas generalizaciones abstractas son la base del trabajo práctico que va a realizar.

Ahora bien, lo que se debe comprender acerca de la unidad es que, debido a que es una sola, dondequiera que esté, debe estar la totalidad. En el momento en que permitimos que nuestra mente se desvíe hacia la idea de extensión en el espacio y digamos que una parte de la unidad está aquí y otra allá, hemos descendido de la idea de unidad a la de partes o fracciones de una sola unidad. Es pasar a la idea de una multiplicidad de unidades más pequeñas, y en ese caso se trata de lo relativo, la relación que subsiste entre dos o más entidades que, por lo tanto, están limitadas entre sí y que, a la vez, han escapado de los límites del concepto del absoluto.

Matemáticamente, resulta necesario que, debido a que el principio original de la vida es infinito, se trata de una sola unidad y, consecuentemente, dondequiera que esté, toda su totalidad debe estar presente. Pero como es infinito o ilimitado, está en todas partes y, por lo tanto, la totalidad del espíritu debe estar presente en cada punto del espacio al mismo tiempo. Así, el espíritu es omnipresente en su totalidad y, por consiguiente, es lógico concluir que, sin importar dónde y cuándo fijemos nuestro pensamiento respecto al espíritu, éste se encontrará ahí.

Este es el hecho fundamental de todo ser, y por eso he preparado el camino estableciendo la relación entre espíritu y materia como la idea, por un lado, lo absoluto donde los elementos del tiempo y espacio están totalmente ausentes, y por otro, lo relativo que depende por completo de esos elementos. Lo grandioso es que el espíritu puro subsiste continuamente en lo absoluto, ya se trate de un elemento corpóreo o no, y de él fluyen todos los fenómenos de la existencia, ya sea en el plano mental o en el físico.

El comprender esta verdad con respecto al espíritu es la base de toda operación espiritual consciente y, por lo tanto, nuestro creciente reconocimiento de él aumentará en igual proporción nuestro poder de producir resultados visibles externos mediante la acción de nuestro pensamiento. El todo es más grande que una parte, y por lo tanto, si mediante nuestro reconocimiento de esta unidad podemos concentrar todo el espíritu en un punto dado en cualquier momento, incluimos de ese modo cualquier individualización de él con la que queramos tratar. La importancia práctica de esta conclusión es demasiado obvia, y creo que no me es necesario explicarla.

El espíritu puro es el principio de vida. Cuando pensamos en él como algo separado del espacio y el tiempo, sin darle una forma en particular, en este aspecto es inteligencia pura que no se ha establecido en la individualidad. Como inteligencia pura, tiene una capacidad de respuesta y una sensibilidad infinita. Como carece de relación con el tiempo y el espacio, carece de personalidad individual. Es entonces, en este aspecto, un elemento puramente impersonal sobre el que, en razón de su inteligencia y susceptibilidad inherentes, podemos imprimir cualquier reconocimiento de personalidad que queramos.

Estas son las bases con las que trabaja el científico mental, y el estudiante hará bien en reflexionar profundamente sobre su significado y la responsabilidad que conlleva el tener ahora en sus manos esta información.

Capítulo 4: La Mente Subjetiva y la Mente Objetiva

Hasta este punto, ha sido necesario sentar las bases de la ciencia mediante el enunciado de principios generales sumamente abstractos, a los que hemos llegado mediante un razonamiento puramente metafísico. Pasemos ahora a la consideración de ciertas leyes naturales que han sido establecidas por una larga serie de experimentos y observaciones, cuyo significado e importancia se aclarará cuando veamos su aplicación a los principios generales que hasta ahora han ocupado nuestra atención.

Sería una pérdida de tiempo poner en duda la validez de los fenómenos del hipnotismo, ya que estos han sido claramente respaldados por la ciencia. Ellos se han fundado dos grandes facultades de la medicina y, en algunos países, disfrutan de una legislación especial. La pregunta que nos planteamos hoy no tiene que ver con la credibilidad de los hechos, sino con las conclusiones tan apropiadas que proporcionan. Aprenderlas correctamente es de gran ayuda para el científico mental, puesto que confirman las conclusiones de lo que ha sido a priori un puro razonamiento, elaborado mediante una serie de ejemplos que ratifican la validez de estas conclusiones.

La gran verdad que ha sacado a la luz la ciencia del hipnotismo es la naturaleza dual de la mente humana. Existe un gran conflicto entre diferentes escritores en cuanto a si esta dualidad resulta de la presencia de dos mentes realmente separadas en un solo hombre, o de la acción de la misma mente en el empleo de diferentes funciones. Esta es una de aquellas paradojas de la vida que esparce obstáculos en el camino del hombre hacia la verdad. El hombre solo puede poseer una individualidad, y por tanto, resulta igual si concebimos que su accionar mental proviene de dos mentes separadas, por así decirlo, o como funciones variadas de una sola mente. En cualquier caso, estamos tratando con una sola individualidad, y como podemos imaginarnos el funcionamiento del mecanismo mental queda relegado a un segundo plano.

Entonces, por serme conveniente en este curso, hablaré de esta acción dual como si procediera de dos mentes: una externa y otra interna. Ya a la interna la llamaremos mente subjetiva, ya a la externa objetiva. Una larga serie de cuidadosos experimentos, realizados por observadores altamente capacitados, algunos de ellos de reputación mundial, han establecido ciertas diferencias notables entre la acción de la mente subjetiva y la de la mente objetiva, que pueden resumirse de la siguiente manera:

La mente subjetiva solo es capaz de razonar de manera deductiva y no inductiva, mientras que la mente objetiva puede hacer ambas cosas. El razonamiento deductivo es conclusión pura; demuestra por qué necesariamente debe resultar una tercera proposición al asumirse otras dos, pero no nos ayuda a determinar si las dos afirmaciones iniciales son verdaderas o no. Determinar esto es función del razonamiento inductivo, que extrae sus conclusiones de la observación de una serie de hechos.

La relación de los dos modos de razonamiento es que, primero, al observar un número suficiente de instancias, llegamos inductivamente a la conclusión de que cierto principio es de aplicación general, y luego entramos en el proceso deductivo asumiendo la verdad de este principio y determinando que el resultado debe seguir en un caso particular sobre la hipótesis de su verdad. Así, el razonamiento deductivo toma por ciertas algunas hipótesis o suposiciones de las que no se preocupa por su veracidad o falsedad, sino que centra su interés en los posibles resultados en el caso de que éstas sean ciertas. El razonamiento inductivo, por otro lado, es el proceso mediante el cual comparamos una serie de instancias separadas entre sí hasta que vemos el factor común que da origen a todas ellas. La inducción procede de la comparación de hechos, y la deducción de la aplicación de principios universales.

Innumerables experimentos con personas en estado hipnótico han demostrado que la mente subjetiva es completamente incapaz de hacer la selección y comparación que son necesarias para el proceso inductivo, pero aceptará cualquier sugerencia, por falsa que sea, y una vez que haya aceptado cualquier sugerencia, es estrictamente lógica en deducir las conclusiones adecuadas de él y elabora cada sugerencia hasta la fracción más diminuta de los resultados que se derivan de él como consecuencia.

De esto se deduce que la mente subjetiva está enteramente bajo el control de la mente objetiva, con gran fidelidad reproduce todo lo que la mente objetiva le imprime, y el campo del hipnotismo pone en evidencia que las ideas pueden ser impresas en la mente subjetiva tanto por la mente objetiva de otro individuo como por la propia. Este es un punto muy importante, porque es de esta facilidad para la sugestión por el pensamiento de otro que dependen todos los fenómenos de curación presentes o ausentes, de la telepatía y similares.

Bajo el control del hipnotizador experimentado, la personalidad misma del sujeto cambia. Por el momento, cree que es lo que el operador le dice que es: es un nadador que se enfrenta a la brava marea, un pájaro que vuela en el aire, un soldado en un tumulto de la batalla, un indio que sigue sigilosamente a su víctima. En fin, por el momento se identifica con cualquier personalidad que le inculque la voluntad del operador y actúa con una precisión inimitable.

Pero los experimentos del hipnotismo van más allá y demuestran la existencia en la mente subjetiva de poderes que trascienden con mucho cualquiera que la mente objetiva puede ejercitar por medio de los sentidos físicos: poderes de lectura de pensamientos o de transferencia de pensamientos, de clarividencia y similares. Todos ellos se manifiestan cuando al paciente se le lleva al estado hipnótico más elevado, y así tenemos la prueba de la existencia de facultades trascendentales cuyo pleno desarrollo y control consciente nos colocaría en una esfera de vida perfectamente nueva.

Pero debemos recordar que el control debe ser nuestro y no de alguna inteligencia externa, ya sea esta de carne o no. Pero quizás el más grande logro del hipnotismo ha sido demostrar que la mente subjetiva es la constructora del cuerpo. La entidad subjetiva del paciente es capaz de diagnosticar el carácter de la enfermedad que padece y señalar los remedios adecuados, lo que indica un conocimiento fisiológico que supera el de los médicos más capacitados, y también un conocimiento de las correspondencias entre la condición de enfermedad del organismo y los remedios que pueden proporcionar alivio.

Y así, estamos a tan solo un paso de esos numerosos casos en los que se prescinde por completo del uso de remedios materiales y se actúa directamente sobre el organismo, de modo que la mejora total de la salud se produce gracias a que el operador le afirma al hipnotizador que éste se encuentra en perfecto estado de salud. Ahora bien, estos son hechos plenamente establecidos por cientos de experimentos llevados a cabo por diferentes investigadores en diferentes partes del mundo, y de ellos podemos extraer dos inferencias de la mayor importancia:

Si la mente subjetiva es en sí misma absolutamente impersonal, y la otra, que es la constructora del cuerpo, o en otras palabras, que es el poder creativo en el individuo, que es impersonal en sí misma, se demuestra por su disposición a asumir cualquier personalidad el hipnotizador decida imprimirle. Y la inferencia inevitable es que su realización de la personalidad procede de su asociación con la mente objetiva particular de su propia individualidad. Cualquiera que sea la personalidad que la mente objetiva le imprima, esa personalidad la asume y actúa de acuerdo con ella. Y puesto que es la constructora del cuerpo, construirá un cuerpo en correspondencia con la personalidad que le ha sido impresa.

Estas dos leyes de la mente subjetiva constituyen el fundamento del axioma de que nuestro cuerpo representa el conjunto de nuestras creencias. Si nuestra creencia fija es que el cuerpo está sujeto a toda clase de influencias que escapan a nuestro control, y que este aquel otro síntoma muestra que tal influencia incontrolable actuando sobre nosotros, entonces esta creencia se imprime en la mente subjetiva, que por la ley de su naturaleza acepta sin cuestionar y procede a moldear las condiciones corporales de acuerdo con esta creencia.

Además, si nuestra creencia fija es que ciertos remedios materiales son el único medio de curación, entonces encontramos en esta creencia el fundamento de toda la medicina. No hay nada infundado en la teoría de la medicina; es la correspondencia lógica con el conocimiento que puedan asimilar aquellos que confían en ella y actúa precisamente de acuerdo a su creencia. De que la medicina hace bien en un gran número de casos, pero también fracasa en muchos otros. Por lo tanto, para aquellos que aún no tienen una percepción completa de la ley de la naturaleza, los medicamentos o la medicina en general son necesarios para el alivio de cualquier enfermedad física.

El error no está en que crean que la medicina es capaz de curarlos, sino que no consideren que existe un camino mucho más eficiente para librarse de sus dolencias. Entonces, por el mismo principio, si comprendemos que la mente subjetiva es quien construye el cuerpo y que éste no está sujeto a ninguna influencia excepto aquellas que lo hacen a través de la mente subjetiva, lo que tenemos que hacer es pensar en ella como en la fuente de vida perpetua, la cual está renovando continuamente al cuerpo, construyéndolo con material fuerte y saludable, en la más completa independencia de cualquier clase de influencia con excepción de todo aquello que imprimamos en nuestra mente subjetiva por medio de nuestros propios pensamientos.

Cuando meditemos en este principio de vida, comprenderemos lo sencillo que es externalizar salud o enfermedad para nuestro cuerpo. A medida que ponemos esto en práctica, aumenta la confianza en nuestro poder de vida, y esta confianza, si tiene una base sólida, eventualmente producirá un correspondiente cuerpo saludable. Por eso, y para proporcionar una base sólida respecto a este principio de vida, es el propósito de la ciencia mental.

Capítulo 5: Otras Consideraciones sobre la Mente Subjetiva y Objetiva

Debemos tener en cuenta respecto al hipnotismo que aquello que llamamos estado hipnótico es el estado normal de la mente subjetiva. Se concibe a sí misma de acuerdo con alguna sugestión que se le transmite, ya sea consciente o inconscientemente, al modo en que la mente objetiva la gobierna, y produciendo en lo externo el resultado correspondiente. La anormal naturaleza de las condiciones inducidas por el hipnotismo experimental está en la eliminación del control ejercido normalmente por la mente objetiva del individuo sobre su mente subjetiva y la sustitución por algún otro control.

Así podemos decir que la característica normal de la mente subjetiva es su acción constante sobre algún tipo de sugestión. Por lo tanto, es de gran importancia determinar en cada paso cuál es la naturaleza de la sugestión y cuál es su fuente. Pero antes de considerar las fuentes de sugestión, debemos comprender más plenamente el lugar que ocupa la mente subjetiva en el orden de la naturaleza.

Si el estudiante ha seguido lo que se ha dicho respecto a la presencia de un espíritu inteligente que impregna todo el espacio y penetra toda materia, ahora tendrá poca dificultad en reconocer este espíritu omnipresente como la mente subjetiva universal. Es obvio que la mente universal no puede tener las cualidades de la mente objetiva. La mente universal es el poder creador en toda la naturaleza, y como poder originario, debe primero dar lugar a las diversas formas en las que la mente objetiva reconoce su propia individualidad, antes de que estas mentes individuales puedan reaccionar sobre ella. Y por lo tanto, como espíritu puro o causa primera, no puede ser otra cosa que la mente subjetiva.

Y el hecho ampliamente demostrado por los experimentos de que la mente subjetiva es la constructora del cuerpo nos demuestra que la característica esencial de la mente subjetiva es el poder de crear desde nuestro interior mediante el crecimiento. Por lo tanto, ya sea por los experimentos como por los razonamientos a priori, podemos decir que dondequiera que encontremos el poder creativo trabajando, estamos en presencia de la mente subjetiva, ya sea trabajando en la gran escala del cosmos o en la escala diminuta del individuo.

Por consiguiente, podemos establecer como principio que la inteligencia universal omnipresente que ha sido considerada en los capítulos 2 y 3 es una mente puramente subjetiva y, por lo tanto, sigue la ley de la mente subjetiva, es decir, que es susceptible a cualquier sugestión que se le imprima, llevándola a cabo hasta sus últimas consecuencias lógicas. La gran importancia de esta verdad puede no llamar la atención del estudiante en primer instancia, pero tras meditar un poco en ella, le mostrará las enormes posibilidades que almacena.

En el capítulo final tocaré brevemente las muy serias consecuencias que resultan de ella. Por el momento, bastará con darse cuenta de que la mente subjetiva en nosotros es la misma mente subjetiva que está actuando en todo el universo, dando lugar a la infinidad de formas naturales con las que estamos rodeados, incluso a nosotros mismos. Puede ser llamado el soporte de nuestra individualidad, y podemos vagamente hablar de nuestra mente subjetiva como nuestra porción personal en la mente universal.

Esto, por supuesto, no implica fraccionar la mente universal, y es para evitar este error que he discutido la unidad esencial del espíritu en el tercer capítulo. Pero para evitar concepciones demasiado abstractas en la etapa actual del progreso del estudiante, podemos emplear convenientemente la

Idea de una participación en la mente subjetivo universal. Visualizar a nuestra mente subjetiva individual de esta manera nos ayudará a superar la gran dificultad metafísica que encontramos en nuestro esfuerzo por hacer un uso consciente de la causa primera.

En otras palabras, crear resultados externos por el poder de nuestro propio pensamiento. En última instancia, sólo puede haber una causa primera que es la mente universal. Pero por ser universal, no puede actuar en el plano del individual y particular. Si lo hiciera, dejaría de ser universal y, por lo tanto, dejaría de ser el poder creador que queremos emplear.

Por otra parte, la intención de utilizar esta potencia universal en aplicación a un fin particular nos envuelve en la paradoja de querer hacer que el universal actúe en el plano de lo particular. Queremos unir los dos extremos de la escala de la naturaleza: el más interno espíritu creativo y una particular forma externa. Entre estos dos hay un gran abismo, y la cuestión es cómo cruzar de un lado a otro sin caernos.

Para crear este puente, debemos concebir que nuestra mente subjetiva individual es nuestra participación en la mente subjetivo universal, ya que por un lado está en conexión inmediata con la mente universal y, por el otro, está en conexión inmediata con la mente objetivo individual. Y ésta, a su vez, está en conexión con el mundo de la exteriorización, que está condicionado por él el tiempo y el espacio.

Y así, la relación entre las mentes subjetiva y objetiva en el individuo forma el puente que se necesita para conectar los dos extremos de la escala. Siendo así, la mente subjetiva individual puede ser considerada como el órgano de lo absoluto, precisamente del mismo modo que la mente objetiva es el órgano de lo relativo.

Para hacer buen uso de esos dos órganos, es que es necesario entender qué significan los términos absoluto y relativo. Lo absoluto es aquello que existe por sí mismo, sin la necesidad de tener relación con algo más, y lo relativo es aquello que para existir necesita de estar circunscrito por un determinado entorno. Lo absoluto es la región de las causas y lo relativo es la región de las condiciones.

Y por lo tanto, si deseamos controlar las condiciones, esto solo puede ser hecho por nuestro poder del pensamiento operando en el plano de lo absoluto, lo cual puede hacerse sólo a través de la mente subjetiva. El uso consciente del poder creativo del pensamiento consiste en alcanzar el poder de pensar en lo absoluto, y esto sólo puede lograrse mediante una clara concepción de la interacción entre nuestras diferentes funciones mentales.

Para este propósito, el estudiante debe tener presente que la mente subjetiva es intensamente sensible a la sugestión. Entonces, si queremos sacar cualquier idea del reino de lo relativo, donde está limitada y restringida por las condiciones que le imponen las circunstancias, y transferirla al reino de lo absoluto, donde no está limitada por nada, un correcto reconocimiento de nuestra constitución mental nos permitirá hacerlo mediante el uso de un método claramente definido.

El objeto de nuestro deseo es necesariamente primero concebido por nosotros en su exacta relación con las circunstancias existentes que pueden o no parecer favorables a él. Y lo que queremos hacer es eliminar todo lo relacionado a la casualidad y lograr algo que sea certero. Hacer esto es trabajar en el plano de lo absoluto, y para ello debemos esforzarnos en imprimir en nuestra mente subjetiva la idea de lo que deseamos, apartada totalmente de cualquier condición.

Esto implica dejar de lado la idea de tiempo y, en consecuencia, pensar en la cosa como si ya existiera. A menos que hagamos esto, no estamos operando conscientemente en el plano de lo absoluto y, por lo tanto, no estamos empleando el poder creativo de nuestro pensamiento.

Un método práctico para adquirir el hábito de pensar de esta manera es concebir la existencia en el mundo espiritual de un prototipo, también espiritual, de cada cosa existente que se convierte en la raíz de la correspondiente existencia externa. Si nos acostumbramos a considerar el prototipo espiritual como el ser esencial de la cosa, en la forma material como el crecimiento de este prototipo en la expresión exterior, entonces veremos que el paso inicial para la producción de cualquier hecho externo debe ser la creación de su prototipo espiritual.

Este prototipo, al ser puramente espiritual, sólo puede ser formado por la operación del pensamiento, y para que tenga sustancia en el plano espiritual, debe pensarse en él como algo que ya existe. Este concepto ha sido elaborado por Platón en su doctrina de las ideas arquetípicas y por Swedenborg en su doctrina de las correspondencias. Y un maestro aún más grande ha dicho: "Todas las cosas que en oración pidáis, creyendo que ya las habéis recibido, las recibiréis" (Marcos 11:24).

La diferencia de los tiempos en este pasaje es notable. El orador nos pide primero que creamos que nuestro deseo ya se ha cumplido, que es una cosa ya realizada, y que luego su realización se dará en el futuro. Esto no es más que una dirección concisa para hacer uso del poder creativo del pensamiento, imprimiendo en la mente subjetivo universal la cosa particular que deseamos como un hecho ya existente.

Al seguir esta dirección, estamos pensando en el plano de lo absoluto y eliminando de nuestras mentes toda consideración de condiciones que implican limitación y la posibilidad de contingencias adversas. Y así, estamos plantando una semilla que, de no ser perturbada, terminará infaliblemente en un fruto externo.

Haciendo así un uso inteligente de nuestra mente subjetiva, creamos, por así decirlo, un núcleo que, no bien es creado, comienza a ejercer una fuerza de atracción, atrayendo hacia sí material de carácter similar al suyo. Y si se permite que este proceso continúe sin ser perturbado, continuará hasta que una forma externa correspondiente a la naturaleza del núcleo salga a la manifestación en el plano del objetivo y relativo.

Este es el método universal de la naturaleza en todos los planos. Algunos de los pensadores más avanzados de la ciencia física moderna, en el empeño de explicar el origen del mundo, han postulado la formación de lo que llaman anillos de vórtice, formados por una sustancia primordial infinitamente fina. Nos dicen que es un anillo de ese tipo se forma en la escala más pequeña y se pone en rotación.

Entonces, puesto que se movería en el éter puro y no estaría sujeto a ninguna fricción, debe, según todas las leyes conocidas de la física, ser indestructible y su movimiento perpetuo. Dejemos que dos anillos de este tipo se acerquen el uno al otro y, por la ley de la atracción, se unirán en un todo y así sucesivamente hasta que se forme finalmente la materia manifestada tal como la percibimos con nuestros sentidos externos.

Por supuesto, nunca nadie ha visto esos anillos con el ojo físico. Son de esas abstracciones que resultan si seguimos la ley observada de la física y las secuencias inevitables de las matemáticas hasta sus consecuencias necesarias. No podemos explicar las cosas que podemos ver a menos que asumamos la existencia de otras cosas que no podemos ver, y la teoría de los vórtices es una de estas suposiciones.

Esta teoría no ha sido planteada por los científicos mentales, sino por los científicos puramente físicos, como la conclusión última a la que les han conducido sus investigaciones. Y esta conclusión es que todas las innumerables formas de la naturaleza tienen su origen en el núcleo infinitamente diminuto del anillo de vórtices, la cual sea el medio por el que el anillo de vórtices haya recibido su impulso inicial, cuestión de la que la ciencia física, como tal, no se ocupa.

Así como la teoría del vórtice explica la formación del mundo inorgánico, la biología explica la formación del organismo vivo. Éste también tiene su origen en un núcleo primario que, tan pronto como se establece, opera como centro de atracción para la formación de todos aquellos órganos físicos de los que se compone el individuo perfecto. La ciencia de la embriología muestra que esta regla es válida sin excepción en todo el mundo animal, incluido el hombre, y la botánica muestra el mismo principio en todo el mundo vegetal.

Todas las ramas de la física demuestran el hecho de que toda manifestación, ya finalizada, de cualquier clase y a cualquier escala, comienza con el establecimiento de un núcleo infinitamente pequeño pero dotado de una energía inextinguible de atracción que hace que se incremente firmemente en poder y en definición de propósito hasta que el proceso de crecimiento se completa y la forma ya madura destaca como un hecho consumado.

Ahora bien, si este es el método universal de la naturaleza, no sería ilógico suponer que éste debe comenzar su operación en una etapa anterior a la formación del núcleo material. Tan pronto como éste es llamado a la existencia, comienza a operar por la ley de la atracción en el plano material. Pero, ¿cuál es la fuerza que origina el núcleo material?

Dejemos que una obra reciente de la ciencia física nos dé la respuesta: "En su esencia última, la energía puede ser incomprensible para nosotros, excepto como una exhibición de la operación directa de lo que llamamos mente o voluntad." La cita es de un curso de conferencias sobre las ondas en el agua, el aire y el éter, pronunciadas en 1902 en la Royal Institution por J. Fleming.

He aquí, pues, el testimonio de la ciencia física de que la energía originaria es la mente o la voluntad. Y por lo tanto, no sólo estamos haciendo una deducción lógica a partir de ciertas intuiciones inevitables de la mente humana, sino que también estamos siguiendo las líneas de la ciencia física más avanzada cuando decimos que la acción de la mente planta ese núcleo que, si se le permite crecer sin ser perturbado, eventualmente atraerá hacia sí todas las condiciones necesarias para su manifestación en forma externa visible.

Ahora bien, la única acción de la mente es el pensamiento, y es por esta razón que mediante nuestros pensamientos creamos las condiciones externas correspondientes, porque así creamos el núcleo que atrae hacia sí sus propias correspondencias en el orden debido, hasta que la obra terminada se manifiesta en el plano del objetivo y relativo.

Esto es, según la concepción estrictamente científica de la ley universal de crecimiento. Y por lo tanto, podemos resumir brevemente, argumentando, diciendo que nuestro pensamiento de cualquier cosa forma un prototipo espiritual de la misma, constituyendo así un núcleo o un centro de atracción con todas las condiciones necesarias para su eventual exteriorización por una ley de crecimiento inherente al propio prototipo.

**Capítulo 6: La Ley del Crecimiento**

Una correcta comprensión de la ley del crecimiento es de suma importancia para el estudiante de la ciencia mental. Lo que se debe de comprender con respecto a la naturaleza es que es natural. Por más que esto suene obvio, no lo es. Podemos pervertir el orden de la naturaleza, pero a la larga prevalecerá, regresando, como dice el poeta Horacio, "por la puerta trasera, aunque la echemos a empujones".

De principio a fin, en la ley de la naturaleza encontramos el principio de crecimiento a partir de una vitalidad inherente a la entidad misma. Si comprendemos esto desde el principio, no malgastamos nuestro trabajo intentando forzar las cosas a que sean lo que en su propia naturaleza no son.

Por esta razón, cuando la Biblia dice que "el que cree no se apresura", está anunciando un gran principio natural de que el éxito depende de que utilicemos y no nos opongamos a la ley universal del crecimiento. Sin duda, cuanto mayor sea la vitalidad que pongamos en la semilla que hemos convenido en llamar prototipo espiritual, más rápido germinará. Pero esto es debido simplemente a que con una concepción más lograda instalamos más poder de crecimiento en la semilla que con una débil concepción.

Nuestro error recae en desconfiar de la ley del crecimiento. O bien pensamos que podemos acelerarla mediante algún esfuerzo propio desde el exterior, y así nos vemos arrastrados a la prisa y la ansiedad, por no decir que a veces empleamos métodos gravemente erróneos. O bien abandonamos toda esperanza y negamos así el poder germinativo de la semilla que hemos plantado. El resultado, en cualquiera de los dos casos, es el mismo, ya que en cualquiera de ellos estamos formando un nuevo prototipo espiritual de carácter opuesto a nuestro deseo, que por lo tanto neutraliza el primero formado y lo desintegra y usurpa su lugar.

La ley es siempre la misma: que nuestro pensamiento forma tipo espiritual que, si se deja inalterado, se producirá en las circunstancias externas. La única diferencia está en el tipo de prototipo que formamos. Y así, el mal nos llega precisamente por la misma ley que el bien.

Estas consideraciones simplificarán en gran medida a nuestras ideas sobre la vida. Ya no tenemos que considerar dos fuerzas, sino una sola como la causa de todas las cosas. La diferencia entre el bien y el mal resulta simplemente de la dirección en que se hace fluir esta fuerza. Es una ley universal que si invertimos la acción de una causa, invertimos al mismo tiempo el efecto. Con el mismo aparato podemos empezar por un movimiento mecánico que generará electricidad, o podemos empezar con electricidad que generará un movimiento mecánico.

O, para tomar un simple ejemplo aritmético, si 10 entre 25, entonces 10 entre 5. Y por lo tanto, una vez que reconocemos el poder del pensamiento para producir cualquier resultado, veremos que la ley por la que pensamiento negativo produce resultados negativos es la misma por la que el pensamiento positivo produce resultados positivos.

Por lo tanto, toda nuestra desconfianza en la ley del crecimiento, ya sea que se muestre en el esfuerzo ansioso de ejercer presión desde el exterior o en permitir que la desesperación tome el lugar de la expectativa alegre, está invirtiendo en la acción de la causa original y, en consecuencia, invirtiendo la naturaleza de los resultados.

Es por esta razón que la Biblia, que es un libro lleno de profunda sabiduría, continuamente pone tanto énfasis en la eficiencia de la fe y la destructiva influencia de la incredulidad. Y de la misma manera, todos los libros sobre cada rama de la ciencia espiritual nos advierten enfáticamente contra la admisión de la duda o el miedo. Es la inversa del principio que construye y, por lo tanto, es el principio que derriba. Pero la ley en sí misma nunca cambia, y es en la inmutabilidad de la ley que se funda toda la ciencia mental.

Estamos acostumbrados a darle cuenta de la inmutabilidad de la ley natural en nuestra vida cotidiana, y por lo tanto no debería ser difícil darse cuenta de que la misma inmutabilidad de la ley que se obtiene en el lado visible de la naturaleza se obtiene también en el lado invisible. El factor variable no es la ley, sino nuestra propia voluntad, y es combinando este factor con el invariable que podemos producir los diversos resultados que deseamos.

El principio del crecimiento es el de la vitalidad inherente a la propia semilla. Las operaciones del jardinero tienen su análogo exacto en la ciencia mental. No ponemos la vitalidad auto-expansiva en la semilla, pero debemos sembrarla. Y también podemos, por así decirlo, regarla mediante la contemplación tranquila y concentrada de nuestro deseo como un hecho ya realizado. Pero debemos eliminar cuidadosamente de esa contemplación cualquier idea de un esfuerzo extenuante por nuestra parte para hacer crecer la semilla.

Su eficacia consiste en ayudar a alejar esos pensamientos negativos de duda que plantarían cizaña en nuestro trigo. Y por lo tanto, en lugar de un sentimiento de esfuerzo agotador, tal contemplación debe ir acompañada de un sentimiento de placer y descanso ante la seguridad de la realización de nuestros deseos. Este es ese "dar a conocer nuestras peticiones a Dios con acción de gracias" que recomienda San Pablo, y tiene su razón de ser en esa perfecta plenitud de la ley del ser que sólo necesita que la reconozcamos para ser utilizada por nosotros en la medida que queramos.

Algunas personas poseen el poder de la visualización o de crear imágenes mentales en mayor grado que otras, y por ello esta facultad puede ser empleada ventajosamente para facilitar su comprensión del funcionamiento de esta ley. Pero aquellos que no poseen esta facultad en ningún grado marcado no deben desanimarse, ya que la visualización no es la única manera de darse cuenta de que la ley está trabajando en el plano invisible.

Aquellos con predisposición mental hacia la física deberían comprender la ley del crecimiento como la fuerza creativa que se encuentra en toda la naturaleza. Aquellos quienes tienen mente matemática pueden pensar que todos los sólidos son generados por el movimiento de un punto que, como nuestro viejo amigo Euclides nos dice, es aquello que no tiene ni partes ni magnitud, y por lo tanto, se trata de algo tan abstracto como el núcleo espiritual.

Citando a los apóstoles, estamos tratando con "la sustancia de las cosas que no se ven", y tenemos que alcanzar la habilidad mental por la cual veremos esa realidad y sentiremos que estamos manipulando mentalmente la única sustancia que existe y de la cual todas las cosas visibles son solo sus diferentes materializaciones. Por lo tanto, debemos considerar nuestras creaciones mentales como realidades espirituales y luego confiar plenamente en que la ley del crecimiento hará el resto.

**Capítulo 7: Receptividad**

A fin de sentar las bases para el trabajo práctico, el estudiante debe esforzarse por obtener una concepción clara de lo que se entiende por la inteligencia del espíritu indiferenciado. Queremos captar la idea de la inteligencia al margen de la individualidad, una idea que es bastante propensa a eludirnos hasta que nos acostumbramos a ella.

La falta de comprensión de esta cualidad del espíritu es lo que ha dado lugar a todos los errores teológicos que han traído amargura al mundo, y ha sido prominente entre las causas que han el verdadero desarrollo de la humanidad. Transmitir con precisión este concepto en palabras es tal vez imposible, y tratar de definirla es limitar la que es lo que buscamos evitar. Es una cuestión de sentimiento más que de definición.

Sin embargo, hay que hacer algún esfuerzo para indicar la dirección en la que debemos sentir esta gran verdad si queremos encontrarla. La idea es la de realizar la personalidad sin esa misma edad que diferencia a un individuo de otro. "No soy ese otro porque soy yo mismo" es la definición de la individualidad, pero necesariamente imparte la idea de limitación, porque el reconocimiento de cualquier otra individualidad afirma a la vez un punto en el que cesa nuestra propia individualidad y comienza la del otro.

Ahora bien, este modo de reconocimiento no puede atribuirse a la mente universal. Para ella, reconocer un punto en el que cesa a ella misma y comienza a otra cosa sería reconocerse a sí misma como no universal, porque el significado de la universalidad es la inclusión de todas las cosas. Y por lo tanto, para esta inteligencia, reconocer cualquier cosa como fuera de sí misma sería una negación de su propio ser.

Entonces, podemos decir sin vacilar que cualquiera que sea la naturaleza de su inteligencia, debe estar totalmente desprovista del elemento de auto-reconocimiento como personalidad individual en cualquier escala. Visto desde este modo, es evidente que el espíritu originario y omnipresente es el gran principio impersonal de la vida que da origen a todas las manifestaciones particulares de la natura.

Sin personalidad absoluta, en el sentido de la ausencia total de toda conciencia de individualidad, es un punto en el que no se puede insistir lo suficiente. El atribuir una individualidad a la mente universal es uno de los dos grandes errores que encontramos en los fundamentos de la religión y de la filosofía de todos los tiempos. La otra consiste en irse al extremo opuesto y negar la cualidad de la inteligencia personal en la mente universal.

Respondemos a este error con una sencilla pregunta: ¿El que hizo el ojo no puede ver? ¿El que plantó el oído no puede oír? O, para usar un proverbio popular, "no se puede sacar de una bolsa más de lo que hay en ella". Y en consecuencia, el hecho de que nosotros mismos seamos centros de inteligencia personal es una prueba de que el infinito del que se concentran todos estos centros debe ser una inteligencia infinita. Y por lo tanto, no podemos evitar atribuirle los dos factores que constituyen la personalidad: la inteligencia y la abolición.

Por lo tanto, llegamos a la conclusión de que esta esencia universalmente difundida, que podríamos considerar como una especie de proto-plasma espiritual, debe poseer todas las cualidades de la personalidad sin el reconocimiento consciente de sí mismo que constituye la individualidad separada. Y puesto que la palabra "personalidad" se ha asociado tanto en nuestra conversación ordinaria con la idea de individualidad, tal vez sea mejor acuñar una nueva palabra y hablar de la "personalidad" de la mente universal como indicando su cualidad personal, apartada de la individualidad.

Debemos darnos cuenta de que este espíritu universal impregna todo el espacio y toda la sustancia manifestada, al igual que los científicos físicos nos dicen que lo hace el éter. Y dondequiera que esté, allí debe llevar consigo todo lo que conforma su ser. Y entonces veremos que estamos en medio de un océano de vida indiferenciada pero inteligente, por arriba, por debajo y alrededor, e impregna nuestra mente y nuestro cuerpo, haciendo lo mismo con todos los demás.

Poco a poco, a medida que vayamos comprendiendo la verdad de esta afirmación, nuestros ojos comenzarán a abrirse a su inmenso significado. Quiere decir que toda la naturaleza está impregnada de una personalidad interior infinita en sus potencialidades de inteligencia, capacidad de respuesta y poder de expresión, y que sólo espera ser llamada a la actividad por nuestro reconocimiento. Por las condiciones de su naturaleza, sólo nos puede responder si llevamos nuestra atención a ella.

Si estamos en ese nivel intelectual donde sólo vemos que el azar gobierna el mundo, entonces esta mente universal subyacente se nos presentará sólo como una fortuita confluencia de fuerzas, sin ningún orden inteligible. Si estamos lo suficientemente avanzados para ver que tal confluencia sólo podría producir un caos y no un cosmos, entonces nuestras concepciones se expanden a la idea de la ley universal, y encontramos que esta es la naturaleza del principio subyacente.

Hemos hecho un inmenso avance desde el reino del mero accidente hasta el mundo donde hay principios definitivos con los cuales podemos calcular con certeza cuando los conocemos. Pero aquí está el urdimbre del asunto: las leyes del universo están ahí, pero las ignoramos, y solo a través de la experiencia adquirida por los repetidos fracasos podemos llegar a comprender las leyes con las que tenemos que tratar. ¡Qué doloroso es cada paso y qué lento es el progreso! No bastarían eones y eones para comprender todas las leyes del universo en su totalidad, no sólo en el mundo visible, sino también en el mundo del invisible.

Cada fracaso en el conocimiento de la verdadera ley implica un sufrimiento derivado de nuestro incumplimiento ignorante. Y así, puesto que la naturaleza es infinita, nos encontramos con la paradoja de que tenemos que ingeniárnoslas de algún modo para abarcar el conocimiento del infinito con nuestra inteligencia individual, y tenemos que peregrinar por un incesante vía crucis bajo el látigo de la inexorable ley hasta encontrar la solución al problema.

Pero algunos preguntan: ¿No podemos continuar hasta alcanzar por fin la posesión de todo el conocimiento? La gente no se da cuenta de lo que significa el infinito, o no haría tales preguntas. El infinito es lo que no tiene límites y no se agota. Imagina la capacidad más vasta que puedas tener, y una vez que la unes con el infinito, lo que queda del infinito es tan infinito como antes.

Para el matemático, esto se puede explicar muy claramente: eleva x (siendo x el infinito) a cualquier potencia que quieras, y sin importar el número al que lleves x, el resultado seguirá siendo el mismo, o sea, el infinito. El reino universal de la ley es una verdad magnificente. Es uno de los dos grandes cimientos del universo, representado por los dos pilares que se erigían en la entrada del templo de Salomón: Jachín. Pero Boaz debe estar equilibrado por Jachín.

Es una verdad perdurable que nunca puede ser alterada: que toda infracción de la ley de la naturaleza lleva consigo sus consecuencias punitivas. Nunca podemos ir más allá del rango de la causa y el efecto. No se puede escapar de la ley del castigo, excepto por el conocimiento. Si conocemos una ley de la naturaleza y trabajamos con ella, la encontraremos como nuestra amiga infalible, siempre dispuesta a servirnos y nunca reprimiéndonos por los fracasos pasados. Pero si la transgredimos, ignorante o deliberadamente, es nuestra enemiga implacable hasta que volvamos a ser obedientes a ella.

Y por lo tanto, la única redención del dolor y la servidumbre se da mediante una auto-expansión que pueda abarcar la infinitud misma. ¿Cómo se logra esto? Por medio de nuestro progreso hacia este tipo y grado de inteligencia que nos permite comprender la personalidad inherente a la vida divina presente en todos y en todo, que es al mismo tiempo la ley y la sustancia de todo lo que hay.

Bien decían los antiguos rabinos judíos: "Es una persona". Cuando nos damos cuenta de que la vida universal y la ley universal son una sola cosa con la personalidad universal, entonces hemos establecido el pilar Boaz como el complemento necesario de Jachín. Y cuando encontramos el punto común en el que estos dos se unen, hemos levantado el arco real a través del cual podemos entrar triunfalmente en el templo.

Debemos disociar la personalidad universal de toda concepción de la individualidad universal. Nunca puede ser individual, sólo sería una contradicción en términos. Pero como la personalidad universal es la raíz de todas las personalidades individuales, encuentra su más alta expresión en respuesta a aquellos que comprenden su naturaleza personal, y es este reconocimiento el que resuelve la paradoja aparentemente insoluble.

Comprendiendo que la inteligencia universal, en medio de la cual nosotros flotamos como en un océano viviente, es infinita como la ley, propia, cambiará la vía crucis por un camino de dicha. Esta es una inteligencia sin personalidad individual, pero que al producirnos, se concentra en las individualidades personales que somos.

¿Qué relación tiene tal inteligencia con nosotros? No una de favoritismo. No hay nada en la ley que le haga respetar a una persona sobre otra. Ella es la raíz del soporte de cada una. No se opone a nuestros avances, porque sin individualidad no puede tener ningún objetivo personal que entre en conflicto con el nuestro. Y puesto que ella misma es el origen de toda inteligencia individual, no se puede apartar por ser incapaz de comprender.

Por lo tanto, por ser parte de su esencia, esta mente infinita subyacente y omnipotente debe estar dispuesta a responder inmediatamente a todos los que se den cuenta de su verdadera relación con ella. Como principio mismo de la vida, debe ser infinitamente susceptible a los sentimientos y, por consiguiente, reproducirá con absoluta exactitud cualquier concepción de sí misma que imprimamos.

Y por lo tanto, si comprendemos la mente humana como aquella etapa de la evolución del orden cósmico en la que ha surgido una individualidad capaz de expresar no sólo la vivacidad, sino también el carácter personal del espíritu universal subyacente, entonces vemos que su modo más perfecto de auto-expresión debe ser la identificación con estas personalidades individuales.

La identificación está, por supuesto, limitada por el grado de la inteligencia individual, lo que significa no sólo comprender la ley de causa y efecto, sino también su indescriptible reciprocidad de sentimiento, por la cual reconocemos instintivamente algo en otro que lo hace afín a nosotros. Y así, cuando comprendemos que el principio más íntimo del ser debe, en razón con su universalidad, tener una naturaleza común con la nuestra, entonces hemos resuelto la paradoja del conocimiento universal, porque nos hemos dado cuenta de nuestra igualdad con la mente universal, que es proporcional a la ley universal.

Así podemos comprender lo acertado de las palabras de San Juan al decir: "Vosotros conocéis todas las cosas". Sólo que este conocimiento es principalmente en el plano espiritual. No se manifiesta necesariamente en la inteligencia que todos conocen, porque no es su finalidad el aprendizaje de determinada información, sino que abarca la totalidad del conocimiento, pudiendo usarlo en el campo que deseemos.

En este libro estamos utilizando esta inteligencia en el campo filosófico, porque aunque la acción de la mente individual consiste en diversificar lo universal en aplicaciones particulares, diversificar todo lo universal sería una contradicción. Y así, porque no podemos agotar el infinito, nuestra única tarea es utilizarlo según la ocasión lo requiera, siendo el único límite el que nosotros mismos asignemos a tal manifestación.

De esta manera, entonces, el reconocimiento de la comunidad de personalidad entre nosotros y el espíritu universal indiferenciado, que es la raíz y la sustancia de todas las cosas, resuelve la cuestión de nuestra liberación del férreo control de una ley inflexible. No aprobando la ley, lo que significaría la aniquilación de todas las cosas, sino produciendo en nosotros una inteligencia igual en afinidad con la ley universal misma, y permitiéndonos así aprender y satisfacer los requerimientos de la ley en cada particular.

Tal como surge de este modo, la inteligencia cósmica se individualiza y la inteligencia individual se universaliza. Las dos se vuelven una, y en la proporción en la que esta unidad es comprendida, encontraremos que la ley, la cual produce todas las condiciones externas tanto del cuerpo como de las circunstancias, se comprenderá más claramente y, por lo tanto, podrá ser usada más libremente.

Que con el esfuerzo firme e inteligente para desplegarnos en estas líneas podemos alcanzar grados de poder a los cuales es imposible asignarle cualquier límite. El estudiante que quiera comprender el fundamento del desarrollo de sus propias posibilidades no debe equivocarse en este punto. Debe comprender que todo el proceso consiste en poner lo universal al alcance del individuo, elevando el individuo al nivel del universal, y no al revés.

Es una obviedad matemática que no se puede contraer el infinito. Así se puede extender la unidad, y es precisamente sobre estas líneas que funciona la evolución. Las leyes de la naturaleza no pueden ser alteradas en lo más mínimo, pero podemos llegar a una comprensión tal de nuestra propia relación con el principio universal de la ley que la subyace, como para poder presionar todas las leyes particulares a nuestro servicio, ya sea del lado visible o invisible de la naturaleza, y así encontrarnos dueños de la situación.

Esto debe lograrse mediante el conocimiento, y el único conocimiento que efectúa este propósito en toda su inmensidad sin medida es el conocimiento de la reciprocidad del espíritu universal con nuestra propia personalidad. Nuestro reconocimiento de este espíritu debe ser, por lo tanto, doble: uno, como principio de una secuencia, orden o ley necesaria; dos, como principio de inteligencia que responde a nuestro propio reconocimiento del mismo.

**Capítulo 8: La Acción Recíproca de la Mente Universal e Individual**

Hay que admitir que las condiciones anteriores nos llevan a los límites de la especulación teológica, pero el estudiante debe tener en cuenta que, como científico mental, le corresponde considerar incluso los fenómenos espirituales más exaltados desde un punto de vista puramente científico, que es el del funcionamiento de una ley natural universal. Si se limita a tratar los hechos tal como los encuentra, no hay duda de que el verdadero significado de muchas afirmaciones teológicas le resultará claro.

Pero ahora bien, al establecer como regla general que no es necesario ni para el uso ni para la comprensión de ninguna ley, ya sea de lado personal o impersonal de la naturaleza, queremos una explicación teológica de la misma. Aunque nunca podemos insistir demasiado en la cualidad personal inherente al espíritu universal presente en todas las cosas, debemos recordar que al tratar con él, estamos todavía tratando con un poder natural que reaparece en cada punto en diferentes formas, pudiendo manifestarse como persona o cosa en cada caso.

Lo que retorna al individuo está directamente relacionado con su reconocimiento de este poder. Para todos y cada uno, tiene la relación de apoyo de la raza, y donde el desarrollo individual es incapaz de realizar algo más, éste es el límite de la relación. Pero a medida que el poder de reconocimiento del individuo se expande, encuentra una expansión recíproca por parte de este poder inteligente, que gradualmente se desarrolla en la conciencia de compañerismo íntimo entre la mente individualizada y la fuente no individualizada de la misma.

Ahora bien, esta es exactamente la relación que, según los principios científicos ordinarios, deberíamos esperar encontrar entre el individuo y la mente cósmica, suponiendo que la mente cósmica es una mente subjetiva. Y por las razones ya expuestas, no podemos considerarla de otro modo. Como mente subjetiva, debe reproducir exactamente la concepción de sí misma que la mente objetiva del individuo, actuando a través de su propia mente subjetiva, y al mismo tiempo, como mente creativa, construye hechos externos en correspondencia con esta concepción.

"What homines tot sententiae" (Cuántos hombres, tantas opiniones). Cada uno exterioriza en sus circunstancias personales la idea que tiene de la mente universal. El hombre que se da cuenta de que, por la ley natural de la mente, puede llevar a la mente universal a una acción perfectamente recíproca con la suya, la convertirá, por una parte, en fuente de instrucción infinita y, por otra, en fuente de poder infinito.

De este modo, alternará sabiamente los aspectos personales e impersonales respectivamente entre su mente individual y la mente universal. Cuando busque orientación o fuerza, considerará su propia mente como el elemento impersonal que debe recibir la personalidad de la sabiduría y la fuerza superior de la mente mayor. Y cuando, por otra parte, quiera manifestar lo que tiene guardado en su interior, deberá invertir la posición y considerar su propia mente como el elemento personal y la mente universal como el impersonal, a la que podrá dirigir con certeza, imprimiéndole sus deseos personales.

No debemos asombrarnos de la grandeza de esta conclusión, pues se desprende necesariamente de la relación natural entre las mentes subjetiva y objetiva. Y la única cuestión es si limitaremos nuestra visión al nivel inferior de esta última o la ampliaremos para abarcar las posibilidades ilimitadas que nos presenta la mente subjetiva.

He tratado esta cuestión con cierta extensión porque ofrece la clave de dos temas muy importantes: la ley de la oferta y la naturaleza de la intuición. Los estudiantes a menudo encuentran más fácil entender cómo la mente puede influir en el cuerpo, con el que está tan infinitamente asociada, que cómo puede influir en las circunstancias. Si la operación del poder del pensamiento se limita exclusivamente a la mente individual, esta dificultad podría surgir.

Pero si hay una lección que el estudiante de la ciencia debe tomar a pecho más que otra, es que la acción del poder del pensamiento no se limita a una individualidad escrita. Lo que el individuo hace es dar dirección a algo que es ilimitado, llamar a la acción a una fuerza infinitamente mayor que la suya, que, por ser en esa misma impersonal, aunque inteligente, recibirá la impresión de su personalidad y, por lo tanto, podrá hacer sentir su influencia más allá de los límites que circunscribe en la percepción objetiva individual de los sucesos con los cuales él trata.

Es por esta razón que pongo tanto énfasis en la combinación de dos aparentes opuestos en la mente universal: la unión de la inteligencia con la impersonalidad. La inteligencia no sólo le permite recibir la impresión de nuestro pensamiento, sino que también le hace idear exactamente los medios adecuados para llevarlo a cabo. Esto no es más que el resultado lógico de la hipótesis de que se trata de una inteligencia infinita que es también una vida infinita. La vida significa poder, y la vida infinita, por lo tanto, significa poder ilimitado.

Y no se puede concebir que un poder ilimitado, movido por una inteligencia ilimitada, se detenga jamás en la realización de su objeto. Por lo tanto, dada la intención de la mente universal, no hay cabida a la duda respecto a su logro último. Luego viene la cuestión de la intención: ¿cómo podemos saber cuál es la intención de la mente universal?

Aquí entra el elemento de la impersonalidad. No tiene intención porque es impersonal. Como ya he dicho, la mente universal trabaja por una ley de promedios para el avance de la raza y no se preocupa en absoluto de los deseos particulares del individuo. Si sus deseos están en consonancia con el movimiento de avance del principio eterno, no hay en la naturaleza ningún poder que le restrinja su cumplimiento. Si se oponen al movimiento general de avance, entonces lo harán chocar con él y éste lo aplastará.

De la relación entre ellos resulta que el mismo principio que se muestra en la mente individual como voluntad, se convierte en la mente universal en una ley de tendencia, y la dirección de esta tendencia debe ser siempre la de dar vida, porque la mente universal es el espíritu vital indiferenciado del universo. Por lo tanto, en cada caso, la prueba es: ¿nuestra intención particular está en esa misma dirección hacia la vida? Y si lo está, entonces podemos estar absolutamente seguros de que no hay ninguna intención por parte de la mente universal de frustrar la intención de nuestra propia mente individual.

Estamos tratando con una fuerza puramente impersonal y no se opondrá a nosotros con planes específicos propios, como lo haría el vapor o la electricidad. Combinando, pues, estos dos aspectos de la mente universal: su total impersonalidad y su perfecta inteligencia, encontramos precisamente el tipo de fuerza natural que necesitamos: algo que emprenderá cualquier proyecto que pongamos en sus manos sin hacer preguntas ni negociar condiciones, y que, habiendo emprendido nuestra empresa, aportará una inteligencia para la que el conocimiento unido de toda la raza humana no es nada.

Puede que estés simplificando demasiado el asunto, pero mi objetivo es hacer comprender al estudiante la naturaleza del poder que puede emplear y el método para emplearlo. Y por lo tanto, resumirlo aún más con el siguiente enunciado: su objetivo no es dirigir todo el cosmos, sino atraer beneficios particulares específicos (mentales, morales o financieros) a su propia vida o a la de otra persona.

Desde este punto de vista individual, la fuerza creadora universal no tiene mente propia y, por lo tanto, usted puede decidir por ella. Cuando se hace esto, el poder creativo universal le escucha y pone en marcha a la obra para trabajar a su favor. Así se dará, a menos que esta concentración sea disipada por el mismo agente que la produjo en primera instancia.

Al tratar con esta gran inteligencia impersonal, estamos tratando con el infinito, y debemos comprender plenamente la infinitud como aquello que toca todos los puntos. Y si lo hace, no debería haber ninguna dificultad en comprender que esta inteligencia puede unir los medios requeridos para su propósito, incluso desde los confines del mundo. Y por lo tanto, al identificar la ley de acuerdo a la cual ha de producirse el resultado, debemos dejar resueltamente de lado todo cuestionamiento en cuanto a los medios específicos que serán empleados para su cometido.

Debemos recordar que nuestro primer objetivo es erradicar toda duda, lo cual nos permitirá utilizar todo ese esfuerzo mental para la comprensión de la ley general por la cual los trenes de causas secundarias se ponen en movimiento, y no desperdiciar nuestro tiempo y fuerzas intentando predecir las diversas causas secundarias que eventualmente se combinarán para producir el resultado deseado.

Estableciendo de antemano qué causas particulares deben ser necesarias y de qué parte deben venir, empleados de la segunda manera, nuestro intelecto se convierte en el mayor obstáculo para nuestro éxito, pues sólo contribuye a aumentar nuestras dudas, ya que trata de captar detalles que en ese momento están totalmente fuera de su círculo de visión. Empleados de la primera manera, proporciona la ayuda necesaria para mantener ese núcleo sin el cual no hay ningún centro del cual el principio de crecimiento pueda afirmarse.

El intelecto sólo puede deducir el resultado de hechos que es capaz de establecer y, por consiguiente, no puede deducir las consecuencias de hechos cuya existencia aún no ha podido ver o palpar a través de los sentidos. Pero es por esta misma razón que puede darse cuenta de la existencia de una ley por la cual las circunstancias aún no manifestadas pueden ser llevadas a la manifestación.

Así usado ordenadamente, el intelecto se convierte en el esbirro de ese poder interior que habita en nosotros y que manipula la sustancia invisible de todas las.

Cosas, pudiendo llamarlo primera causa relativa.

Capítulo 9. Causas y condiciones.

La expresión "primera causa relativa" se ha utilizado en el último capítulo para distinguir la acción del principio creador en la mente individual de la causa primera universal, por un lado, de las consecuencias secundarias, por otro. Tal como existe en nosotros, la causa primaria es el poder que inicia un conjunto de causas dirigidas a un propósito individual. Como el poder para iniciar una secuencia nueva de causa y efecto es primera causa, y en lo que se refiere al propósito individual es relativo, se le puede denominar "primera causa relativa", o "el poder de la causa primordial expresado por el individuo", o "el poder de causación primaria manifestado por el individuo".

La comprensión y el uso de este poder es todo el objeto de la ciencia mental, y por lo tanto, es necesario que el estudiante vea claramente la relación entre las causas y las condiciones. Una simple ilustración será más útil para este propósito que cualquier explicación elaborada. Si se introduce una vela encendida en una habitación, ésta se ilumina, y si se retira la vela, se vuelve a oscurecer. Ahora bien, tanto la iluminación como la oscuridad son condiciones: la una, positiva, resultante de la presencia de la luz; y la otra, negativa, resultante de su ausencia. A partir de este sencillo ejemplo, vemos, pues, que a toda condición positiva le corresponde una condición negativa exactamente opuesta, y que esta correspondencia resulta de que están relacionadas con la misma causa.

De ahí que podamos establecer la regla de que todas las condiciones positivas resultan de la presencia activa de una determinada causa, y todas las condiciones negativas de la ausencia de tal causa. Una condición, ya sea positiva o negativa, nunca es primaria. La causa primaria de cualquier serie nunca puede ser negativa, pues la negación es la condición que surge de la ausencia de una causa activa. Esto debe entenderse bien, ya que es la base filosófica de todas estas negaciones que juegan un papel tan importante en la ciencia mental, y que pueden resumirse en la afirmación de que el mal, siendo negativo o privación del bien, no tiene existencia sustantiva en sí mismo.

Sin embargo, las condiciones, ya sean positivas o negativas, no son llamadas a la existencia hasta que se convierten en causas a su vez y producen otras condiciones, y así ad infinitum, dando lugar a toda la cadena de causas secundarias. Mientras no juzguemos más que a partir de la información que nos transmiten los sentidos exteriores, trabajaremos en el plano de la causalidad secundaria y no veremos más que una sucesión de condiciones que forman parte de un tren interminable de condiciones precedentes que salen del pasado y se extienden hacia el futuro. Y desde este punto de vista, estamos bajo el dominio de un destino férreo, del que no parece haber posibilidad de escapar. Esto se debe a que los sentidos externos sólo son capaces de tratar con las relaciones que un modo de limitación tiene con otro, ya que son los instrumentos por los que tomamos conocimiento de lo relativo y lo acondicionado.

Ahora bien, la única forma de escapar es salir de la región de las causas secundarias para entrar en la de la causalidad primaria, donde se encuentra la energía originaria antes de que haya pasado a la manifestación como condición. Esta región se encuentra dentro de nosotros mismos; es la región de las ideas puras, y es por esta razón que he hecho hincapié en los dos aspectos del espíritu como pensamiento puro y forma manifestada. La imagen-pensamiento o el modelo ideal de una cosa es la primera causa en relación con esa cosa; es la sustancia de esa cosa sin ninguna condición previa. Si comprendemos que todas las cosas visibles deben tener su origen en el espíritu, entonces toda la creación que nos rodea es la prueba permanente de que el punto de partida de todas las cosas son las imágenes-pensamientos o ideas, pues no se puede concebir del espíritu otra acción que la formación de tales imágenes antes de su manifestación en la materia.

Si este es el modus operandi del espíritu para expresarse, no hay más que trasladar esta concepción de la escala del espíritu cósmico, que trabaja en el plano de lo universal, a la del espíritu individualizado, que trabaja en el plano de lo particular, para ver que la formación de una imagen ideal por medio de nuestro pensamiento es la puesta en marcha de la primera causa con respecto a este objeto específico. No hay diferencia de especie entre la operación de la causa primera, el universal y en lo particular; la diferencia es sólo de escala, pero la potencia misma es idéntica.

Por lo tanto, debemos tener siempre muy claro si estamos utilizando conscientemente la primera causa. Nótese la palabra "conscientemente", porque ya sea consciente o inconscientemente, siempre estamos utilizando la primera causa. Y fue por esta razón que enfaticé el hecho de que la mente universal es puramente subjetiva y, por lo tanto, está sujeta a las leyes que se aplican a la mente subjetiva en cualquier escala. Entonces, siempre estamos imprimiendo algún tipo de ideas en ella, seamos conscientes del hecho o no, y todas nuestras limitaciones existentes son el resultado de haber imprimido habitualmente en ella esa idea de limitación que hemos imbuido al restringir toda posibilidad a la región de las causas secundarias.

Pero ahora que la investigación nos ha mostrado que las condiciones no son nunca causas en sí mismas, sino sólo los eslabones subsiguientes de una cadena iniciada en el plano del ideal puro, lo que tenemos que hacer es invertir nuestro método de pensamiento y considerar el ideal como real y la manifestación exterior como un mero reflejo que debe cambiar con el cambio del objeto que lo moldea. Por estas razones, es esencial saber si estamos haciendo uso consciente de la causa primera con un propósito definido o no. Y el criterio es este: si consideramos el cumplimiento de nuestro propósito como contingente a cualquier circunstancia pasada, presente y futura, no estamos haciendo uso de la causa primera. Hemos descendido el nivel de la causalidad secundaria, que es la región de las dudas, los temores y las limitaciones, todo lo cual estamos imprimiendo en la mente subjetiva universal, con el resultado inevitable de que construirá las condiciones externas correspondientes.

Pero si nos damos cuenta de que la región de las causas secundarias es la región de las meras reflexiones, no pensaremos en nuestro propósito como contingente a ninguna condición, sino que sabremos que al formar la idea de él en el absoluto y mantener esa idea, hemos moldeado en la primera causa la forma deseada y podemos esperar el resultado con alegre expectativa. Aquí vislumbramos la importancia de comprender la independencia del espíritu respecto al tiempo y el espacio. Un ideal, como tal, no puede formarse en el futuro; debe formarse aquí y ahora, o no formarse en absoluto. Y es por esta razón que todos los maestros que han hablado con el debido conocimiento del tema han inculcado a sus seguidores la necesidad de imaginarse que la realización de sus deseos ya ha sido hecha en el plano espiritual, pues esta es una condición indispensable para la realización en lo visible y concreto.

Cuando esto se entiende correctamente, cualquier pensamiento ansioso en cuanto a los medios a emplear en el cumplimiento de nuestros propósitos se ve que es totalmente innecesario. Si el fin ya está asegurado, se deduce que todos los pasos que conducen a él también lo están. Los medios pasarán al círculo más pequeño de nuestras actividades conscientes día a día en el orden debido, y entonces tenemos que trabajar en ellos, no con miedo, duda o excitación febril, sino con calma y alegría, porque sabemos que el fin ya está asegurado y que nuestro uso razonable de los medios que se presentan en la dirección deseada es sólo una parte de un movimiento coordinado mucho más grande, cuyo resultado final no admite dudas. La ciencia mental no promueve la pereza, pero tampoco le exige al estudiante que acumule ansiedad y realice un esfuerzo arduo para alcanzar el éxito.

Ahora, supongamos lo siguiente: se ha llegado a un punto en el que hay que tomar una decisión trascendental, y nos equivocamos en la hipótesis de que el fin ya está asegurado. No se puede decidir mal. Su decisión correcta es uno de los pasos necesarios para el logro del fin, como cualquiera de las condiciones que conducen a él, y por lo tanto, mientras se tiene cuidado de evitar la acción precipitada, podemos asegurarnos de que la ley que está controlando el resto de las circunstancias en la dirección correcta influirá sobre nuestro juicio para llevarnos en esa misma dirección.

Para obtener buenos resultados, debemos comprender adecuadamente nuestra relación con el gran poder impersonal que estamos utilizando. Es inteligente, y nosotros somos inteligentes, y las dos inteligencias deben cooperar. No debemos contrariar a la ley esperando que haga por nosotros lo que solo puede hacer a través de nosotros, y por lo tanto, debemos usar nuestra inteligencia, teniendo siempre presente de que está actuando como el instrumento de una inteligencia mayor. Y porque tenemos este conocimiento, podemos y debemos dejar de lado toda ansiedad respecto al resultado final.

En la práctica, primero debemos formar el concepto ideal de nuestro objeto con la intención clara de grabarlo en la mente universal. Esta intención excluye a ese pensamiento del ámbito de la mera fantasía casual. Y a continuación, afirmar que nuestro conocimiento de la ley es razón suficiente para una expectativa calma de un resultado correspondiente, y que por ello todas las condiciones necesarias vendrán a nosotros en su debido orden. Podemos entonces ocuparnos de los asuntos de nuestra vida diaria con la tranquila seguridad de que las condiciones iniciales ya están ahí o pronto se harán visibles. Si no las vemos de inmediato, contentémonos con saber que el prototipo espiritual ya existe y esperemos hasta que alguna circunstancia que apunte la dirección deseada comience a mostrarse. Puede ser una señal muy pequeña, pero lo que hay que tener en cuenta es la dirección y no la magnitud.

Tan pronto como la veamos, debemos considerarla como el primer brote de la semilla que hemos sembrado en el absoluto y hacer, con calma y sin excitación, lo que las circunstancias parezcan requerir. Y entonces, más adelante, veremos que este actuar conducirá a su vez a otras circunstancias en la misma dirección, hasta que nos encontremos frente a la realización de nuestros deseos. De este modo, la comprensión de este principio nos liberará poco a poco del pensamiento ansioso y del trabajo agotador, y nos llevará a un nuevo mundo en el que el empleo útil de todas nuestras facultades, ya sean mentales o físicas, sólo será un despliegue de nuestra individualidad sobre las líneas de su propia naturaleza y, por lo tanto, una fuente perpetua de salud y felicidad, un incentivo suficiente, sin duda, para el estudio cuidadoso de las leyes que gobiernan la relación entre la mente universal y la individual.

Capítulo 10. Intuición.

Hemos visto que la mente subjetiva es susceptible de ser sugestionada por la mente objetiva, pero también hay una acción de la mente subjetiva sobre la objetiva. La mente subjetiva del individuo es su ser más íntimo, y su función principal es el mantenimiento de la individualidad. Y puesto que ese espíritu puro tiene su existencia continua en ese plano del ser donde todas las cosas subsisten en el aquí universal y en el eterno ahora, y por consiguiente puede informar a la mente inferior de cosas alejadas de su vista tanto en distancia como en tiempo, como no cuenta con las condiciones de tiempo y espacio, debe concentrar lógicamente todo en el presente. Y no podemos asignar ningún límite al poder de percepción de la mente subjetiva. Y por lo tanto, surge la pregunta: ¿por qué no mantiene la mente objetiva continuamente informada sobre todos los puntos? La respuesta es que lo haría si la mente objetiva estuviera suficientemente entrenada para reconocer las indicaciones dadas, y este entrenamiento es uno de los propósitos de la ciencia mental.

Cuando reconocemos la posición de la mente subjetiva como sostén de toda individualidad, aceptamos que mucho de lo que tomamos como movimiento espontáneo de la mente objetiva tiene su origen en la mente subjetiva, siendo ésta quien impulsa la mente objetiva en la dirección correcta sin que seamos conscientes de ello. Pero a veces, cuando la urgencia del caso parece exigirlo, o cuando por alguna razón aún desconocida, durante un momento la mente objetiva está más compenetrada con la mente subjetiva, la voz interior se escucha con fuerza y persistencia, y cuando éste es el caso, hacemos bien en prestarle atención.

La falta de espacio me impide dar ejemplos, pero sin duda cosas así no estarán alejadas de la experiencia del lector. No se puede exagerar la importancia de comprender y seguir la intuición, pero admito sinceramente la gran dificultad práctica de mantener el feliz término medio entre el desprecio de la voz interior y el dejarse llevar por fantasías infundadas. La mejor guía es el conocimiento que proviene de la experiencia personal y que conduce gradualmente a la adquisición de un sentido interno que nos permite distinguir lo verdadero de lo falso, y que parece crecer con el deseo sincero de la verdad y con el reconocimiento del espíritu como su fuente.

Los únicos principios generales que el escritor puede deducir de su propia experiencia son que cuando, a pesar de todas las apariencias que apuntan en la dirección de una determinada línea de conducta, existe todavía un sentimiento persistente de que no debe seguirse, en la mayoría de los casos se encontrará que el argumento de la mente objetiva, por muy correcto que sea sobre los hechos objetivamente conocidos, era deficiente por la ignorancia de hechos que no podían ser objetivamente conocidos en ese momento, pero que eran conocidos por la facultad intuitiva. Otro principio es que nuestra primera impresión de sentimientos sobre cualquier tema es generalmente correcta, antes de que la mente objetiva haya comenzado a argumentar sobre el tema. Es como en la superficie de un lago quieto, que refleja claramente la luz desde arriba; pero tan pronto como comienza a argumentar desde las apariencias externas, éstas también arrojan sus reflejos sobre su superficie, de modo que la imagen original se vuelve borrosa y ya no es reconocible.

Esta primera concepción se pierde muy rápidamente, por lo que debe ser observada y registrada cuidadosamente en la memoria, con el fin de probar los diversos argumentos que surgirán posteriormente en el plano objetivo. Sin embargo, es posible reducir una acción tan inferior como la intuición a la forma de reglas duras y rápidas, y más allá de anotar cuidadosamente los casos particulares a medida que se producen. Probablemente, el mejor plan para el estudiante será incluir todo el tema de la intuición en el principio general de la ley de atracción, especialmente si ve cómo esta ley interactúa con esa cualidad personal del espíritu universal de la que ya hemos hablado.

Capítulo 11. Sanación.

El tema de la sanación ha sido elaborado por muchos escritores y merece plenamente toda la atención que se le ha dado, pero el objeto de este libro es más bien para fundamentar al estudiante en los principios generales en los que todo el uso consciente del poder creativo del pensamiento se basa, que para establecer reglas formales para las aplicaciones específicas de la misma. Por lo tanto, examinaré los principios generales que parecen ser comunes a los diversos métodos de curación mental que están en uso, cada uno de los cuales deriva su eficacia no en la peculiaridad del método, sino de ser un método que permite que las leyes superiores de la naturaleza entren en juego.

Ahora bien, el principio universalmente establecido por todos los sanadores mentales, en cualquier término que lo expliquen, es que la base de toda curación es un cambio de creencias. La secuencia de la que esto resulta es la siguiente: la mente subjetiva es la facultad creativa dentro de nosotros y crea cualquier cosa que la mente objetiva le imprime. La mente objetiva o el intelecto imprime su pensamiento; el pensamiento es la expresión de la creencia. Por lo tanto, cualquier cosa que la mente subjetiva crea es la reproducción externa de nuestras creencias. En consecuencia, todo nuestro objeto es cambiar nuestras creencias, y no podemos hacerlo sin una base sólida de convicción de la falsedad de nuestras viejas creencias y de la verdad de las nuevas. Y esta base la encontramos en esa ley de causalidad que me he esforzado en explicar.

La creencia errónea que se exterioriza como enfermedad es la creencia de que alguna causa secundaria, que en realidad sólo es una condición, es una causa primaria. El conocimiento de la ley muestra que sólo hay una causa primaria, y ésta es el factor que nuestra propia individualidad llama mente subjetiva o subconsciente. Por esta razón, he insistido en la diferencia entre colocar una idea en la mente subconsciente, es decir, en el plano de lo absoluto y sin referencia al tiempo y el espacio, y colocar la misma idea en la mente intelectual consciente. Sólo percibe las cosas relacionadas con el tiempo y el espacio.

Ahora bien, la única concepción que puedes tener de ti mismo en el absoluto es como espíritu puramente viviente, no obstaculizado por condiciones de ningún tipo, y por lo tanto, no sujeto a la enfermedad. Cuando esta idea esté firmemente impresa en la mente subconsciente, está al exteriorizarla. La razón por la que este proceso no siempre tiene éxito en el primer intento es que durante toda nuestra vida hemos mantenido la falsa creencia de que la enfermedad es una entidad sustancial en sí misma, y que por lo tanto es una causa primaria, en lugar de ser simplemente una condición negativa resultante de la obsesión de una causa primaria. Y una creencia que se ha arraigado desde la infancia no puede ser erradicada de un momento a otro.

A menudo encontramos que después del tratamiento hay una mejora en la salud del paciente, y que luego de un tiempo los viejos síntomas retornan. Esto es debido a que la nueva creencia en su facultad creativa todavía no ha tenido tiempo de entrar hasta las recónditas profundidades de la mente subconsciente, y sólo ha entrado en ella parcialmente. Cada sucesivo tratamiento fortalece a la mente subconsciente para sostener a la nueva creencia un poco más, hasta que al final se logra una cura permanente. Este es el método de auto-tratamiento basado en el conocimiento que tiene el paciente sobre su propio ser, pero no está en todos los hombres este conocimiento, o en todo caso, no un reconocimiento tan completo de él que les permita darse un tratamiento exitoso a sí mismos. Y en estos casos, se hace necesaria la intervención del sanador.

La única diferencia entre el sanador y el paciente es que el primero ha aprendido a controlar los modos menos auto-conscientes del espíritu por el modo más auto-consciente, mientras que el paciente no ha alcanzado todavía este conocimiento. Y lo que hace el sanador es sustituir su propia mentalidad objetiva o consciente, que está unida al intelecto, por la del paciente, y de este modo encontrar la entrada a su mente subconsciente e imprimir la sugestión de la salud perfecta.

La pregunta que surge es: ¿cómo puede el sanador sustituir su propia mente consciente por la del paciente? Y la respuesta muestra la aplicación práctica de esos principios tan abstractos que expuse en los capítulos anteriores. Nuestra habitual concepción acerca de nosotros mismos es que la personalidad individual finaliza donde otra personalidad comienza, es decir, que las dos personalidades están totalmente separadas. Esto es un error. No existe una línea de demarcación tan rígida entre las personalidades, y los límites entre una y otra pueden aumentarse o reducirse en rigidez según la voluntad. De hecho, pueden eliminarse temporalmente de forma tan completa que, por ese instante, las dos personalidades se funden en una sola.

Entonces, la acción que tiene lugar entre el sanador y el paciente depende de este principio. El sanador pide al paciente que se ponga en una actitud mental receptiva, lo que significa que debe ejercer su voluntad con el fin de eliminar la barrera de su propia personalidad objetiva y permitir así la entrada al poder mental del sanador. Por su parte, el sanador también hace lo mismo, solo que con la diferencia de que mientras el paciente retira la barrera con la intención de admitir un flujo de entrada, el sanador lo hace con la intención de permitir un flujo de salida. Y así, por la acción conjunta de las dos mentes, se eliminan las barreras de ambas personalidades y se determina la dirección del flujo de la abolición, es decir, fluye desde el sanador, como activamente dispuesto a dar, hacia el paciente, como pasivamente dispuesto a recibir, de acuerdo con la ley universal de la naturaleza de que el flujo debe ser siempre del pleno al vacío.

Esta eliminación mutua de la barrera mental externa entre el sanador y el paciente es lo que se denomina establecer una relación entre ellos. Y aquí encontramos una aplicación práctica muy valiosa del principio establecido anteriormente en este libro: que el espíritu puro está presente en su totalidad en cada punto simultáneamente. Es por esta razón que, tan pronto como el sanador se da cuenta de que las barreras de la personalidad externa entre él y su paciente se han eliminado, entonces puede hablar a la mente subconsciente del paciente como si fuera la suya propia, porque al ser ambos puro espíritu, el pensamiento de identidad los hace idénticos, y ambos son concentrados en una entidad singular en un punto singular, en el que la mente consciente del sanador puede operar acorde con el principio universal del control de la mente subjetiva por la mente objetiva a través de la sugestión.

Por eso he insistido en la distinción entre espíritu puro, o espíritu que se concibe a partir de su proyección sobre cualquier molde, y la concepción del mismo dentro de esa proyección. Si nos concentramos en la condición de enfermedad del paciente, estamos pensando en él como una personalidad separada, y no estamos centrando nuestra mente en esa concepción de él como puro espíritu, lo que nos permitiría una entrada efectiva en la fuente de su ser. Por lo tanto, debemos retirar nuestro pensamiento de la contemplación de los síntomas y, de hecho, de su personalidad corpórea por completo, y debemos pensar en él como una individualidad puramente espiritual, totalmente libre de sugestión a cualquier condición, y en consecuencia, externalizar voluntariamente las condiciones que expresan la vitalidad y la inteligencia que es el espíritu puro.

Pensando así en él, afirmamos mentalmente que construirá en lo externo lo correspondiente a esa vitalidad perfecta, la cual conoce en sí mismo interiormente, y esta sugestión es impresa por el pensamiento consciente del sanador, mientras que el pensamiento consciente del paciente está al mismo tiempo imprimiendo el hecho de que está recibiendo el pensamiento activo del sanador. El resultado es que la mente subconsciente del paciente se impregna completamente con el reconocimiento de su propio poder de dar vida y, de acuerdo con la ley reconocida de la mentalidad subjetiva, procede a trabajar esta sugestión en la manifestación externa, y así la salud es sustituida por la enfermedad.

Debe entenderse que el propósito del proceso aquí descrito es fortalecer la individualidad del sujeto, no dominarlo. Utilizarlo para la dominación es una inversión que conlleva su correspondiente penalización para el operador. En esta descripción, he completado el caso en el que el paciente coopera conscientemente con el sanador, y es para obtener esta cooperación mental generalmente se esfuerza por instruir al paciente en los amplios principios de la ciencia mental, si no está ya familiarizado con ellos. Pero esto no siempre es aconsejable o posible. A veces, la exposición de los principios crea prejuicios, y cualquier antagonismo activo por parte del paciente tiende a intensificar la barrera de la personalidad consciente, en la cual es el primer objeto a remover por el sanador.

En estos casos, nada es tan eficaz como un tratamiento a distancia. Si el estudiante ha comprendido todo lo que se ha dicho sobre el tema del espíritu y de la materia, verá que en el tratamiento mental, el tiempo y el espacio no cuentan para nada, porque toda la acción tiene lugar en un plano en el que no se dan estas condiciones, y por lo tanto, es bastante irrelevante que el paciente esté junto al sanador o en un país lejano. En estas circunstancias, la experiencia ha demostrado que uno de los métodos más eficaces de curación mental es el tratamiento durante el sueño, porque entonces todo el sistema del paciente está en un estado de relajación que le impide ofrecer oposición al tratamiento, y por la misma regla, el sanador también es capaz de tratar aún más eficazmente durante su propio sueño que mientras está despierto.

Antes de ir a dormir, imprime firmemente en su mente subjetiva que debe trasmitir la sugestión curativa a la mente subjetiva del paciente, y luego, por los principios generales de la relación entre la mente subjetiva y objetiva, está sugestión se lleva a cabo durante todas las horas que la individualidad consciente está envuelta en el reposo. De hecho, la única ventaja del encuentro personal entre el paciente y el sanador es la instrucción que puede darle oralmente, o cuando el paciente se encuentra en esta etapa temprana de conocimiento en la que la presencia visible del sanador transmite la sugestión de que se está haciendo algo que no se podría hacer en su ausencia. Por lo demás, la presencia o la ausencia del paciente son asuntos perfectamente indiferentes.

El estudiante debe recordar siempre que la mente subconsciente no tiene que trabajar a través del intelecto y consciente para producir sus efectos curativos. Es parte de la fuerza creativa inherente de la naturaleza, mientras que el intelecto no es creativo, sino distributivo. De la curación mental, pri más que un paso hacia la telepatía, la clarividencia y otras manifestaciones afines de poder trascendental que de vez en cuando son exhibidas por la entidad subjetiva, y que siguen leyes tan precisas como las que gobiernan los que estamos acostumbrados a considerar como nuestras facultades más normales. Pero estos temas no entran propiamente en el ámbito de un libro cuyo propósito es establecer los principios generales que subyacen a todos los fenómenos espirituales. Hasta que no se comprendan claramente estos principios, el estudiante no podrá sacar provecho de los conocimientos que abren las puertas a poderes más avanzados, el hacer eso sin un firme conocimiento y experiencia práctica lo expondrá a peligros desconocidos y sería contrario al principio científico de que el avance hacia lo desconocido sólo puede hacerse desde el punto de vista de lo conocido; de otro modo, solo llegaríamos a una región confusa de conjeturas sin ningún principio claramente definido que nos sirva de guía.

Capítulo 12. La Voluntad.

La voluntad es de tal importancia que el estudiante debe evitar cualquier confusión respecto a la posición que ocupa en la economía mental. Muchos escritores y profesores insisten en la fuerza de voluntad como si ésta fuera la facultad creadora. No cabe duda de que la fuerza de voluntad intensa puede producir ciertos resultados externos, pero como todos los otros métodos compulsivos, carece de la armonía del crecimiento natural. Las apariencias, formas y condiciones producidas por la fuerza de voluntad sólo se mantendrán unidas mientras continúe la fuerza compulsiva, pero si se agota o se retira, los elementos así forzados a una combinación antinatural volverán inmediatamente a sus afinidades propias. La forma creada por la compulsión nunca tuvo el germen de la vitalidad en sí misma y, por lo tanto, se disipa tan pronto como se retira la energía externa que la sostenía.

El error está en atribuir el poder creativo a la voluntad, quizá debería decir, en atribuirnos el poder creativo a nosotros mismos. La verdad es que el hombre nunca crea nada; su función no es crear, sino combinar y destruir lo que ya existe. Y lo que llamamos nuestras creaciones son nuevas combinaciones de material ya existente, ya sea mental o corpórea. Esto está ampliamente demostrado en las ciencias físicas; nadie habla de crear energía, sino sólo de transformar una forma de energía en otra. Y si nos damos cuenta de esto como un principio universal, veremos que tanto en el plano mental como en el físico, nunca creamos energía, sino que sólo proporcionamos las condiciones por las que la energía ya existente en un modo puede exhibirse en otro.

Por lo tanto, lo que relativamente al hombre llamamos su poder creativo es esa actitud receptiva de expectación que, por así decirlo, hace un molde en el que la sustancia plástica y aún indiferenciada fluirá y tomará la forma deseada. La voluntad ocupa en nuestra maquinaria mental el mismo lugar que el portaherramientas en un torno mecánico. No es el poder, pero mantiene las facultades mentales en esa posición relativa al poder que les permite llevar a cabo el trabajo deseado. Utilizando la palabra en su sentido más amplio, podemos decir que la imaginación es la función creadora. Podemos llamar a la voluntad el principio centralizador; su función es mantener la imaginación centrada en la dirección correcta. Se trata de controlar conscientemente nuestras facultades mentales en lugar de dejar que nos lleven de un lado a otro sin propósito alguno.

Por lo que debemos comprender la relación de estas facultades entre sí para la producción de resultados externos. En primer lugar, todo el tren de la causalidad se inicia por una emoción que da lugar a un deseo; a continuación, el juicio determina si vamos a exteriorizar este deseo o no. Luego, el deseo, habiendo sido aprobado por el juicio, la voluntad se adelanta y la imaginación para formar el prototipo espiritual necesario. Y la imaginación, así centrada en un objeto particular, crea el núcleo espiritual que a su vez actúa como un centro alrededor del cual las fuerzas de atracción comienzan a trabajar y continúan operando hasta que, por la ley de crecimiento, el resultado concreto se hace perceptible a nuestros sentidos externos.

El asunto de la voluntad, entonces, es mantener las diversas facultades de nuestra mente en esa posición en la que realmente están haciendo el trabajo que deseamos, y esta posición puede ser generalizada en las tres actitudes siguientes: o deseamos actuar sobre algo, o ser actuados por ello, o mantener una posición neutral. En otras palabras, tenemos la intención de proyectar una fuerza, o recibir una fuerza, o mantener una posición de inactividad en relación con algún objeto particular. Ahora bien, el juicio determina cuál de estas tres posiciones adoptaremos: la conscientemente activa, la conscientemente receptiva y la conscientemente neutra. Y entonces, la función de la voluntad es simplemente mantener la posición que hemos determinado. Y si mantenemos una actitud mental determinada, podemos contar con toda certeza con la ley de atracción que nos lleva a las correspondencias que simbolizan exteriormente la actitud en cuestión.

Esto es muy diferente a la confusión, si mi animal de las fuerzas nerviosas que para algunas personas representa la fuerza de voluntad, no implica ninguna tensión en el sistema nervioso y, en consecuencia, no va seguida de ninguna sensación de agotamiento. La fuerza de voluntad, cuando se transfiere de la región de la mentalidad inferior al plano espiritual, se convierte simplemente en una determinación tranquila y pacífica de mantener una cierta actitud mental a pesar de todas las tentaciones en contra, sabiendo que al hacerlo, el resultado deseado se manifestará con seguridad. El adiestramiento de la voluntad y su transferencia desde el plano inferior al superior de nuestra naturaleza se encuentran entre los primeros objetos de la ciencia mental.

El hombre se reduce a su voluntad. Por un lado, tenemos todo aquello que hace por voluntad propia, y por otro, lo que hace sin el consentimiento de su voluntad, lo que indica que el acto ha sido dirigido por el poder con el cual su voluntad fue coaccionada. Pero debemos reconocer que en el plano mental, ninguna otra individualidad puede obtener el control sobre nuestra voluntad a menos que primero se lo permitamos, y es por esta razón que todo uso legítimo de la ciencia mental es el fortalecimiento de la voluntad, ya sea en nosotros mismos o en otros, y traerla bajo el control de una razón iluminada.

Cuando la voluntad comprende su poder de tratar con la causa primera, no es necesario para el operador formularse extensamente toda la filosofía de su acción. Cada vez que desee usarla, sino que, sabiendo que la voluntad entrenada es una tremenda fuerza espiritual que actúa en el plano de la causa primera, simplemente expresa su deseo con la intención de operar en ese plano, y sabe que el deseo así expresado se exteriorizará a su debido tiempo como hecho concreto. Ahora ve que el punto que realmente exige su atención seria no es si posee el poder de exteriorizar cualquier resultado que elija, sino de aprender a elegir sabiamente qué resultados producir. Porque de los poderes más elevados nos sacarán de la ley de causa y efecto; jamás podremos poner en marcha una causa sin provocar los efectos que ya están contenidos en su embrión y que volverán a convertirse en causas a su vez, produciendo así una serie que debe seguir fluyendo hasta que se interrumpa, poniendo en funcionamiento una causa de carácter a la que la originó.

De este modo, el campo para el ejercicio de nuestra inteligencia se ampliará continuamente con la expansión de nuestras facultades, porque concebida una buena intención, siempre deseamos contemplar los resultados de nuestra acción hasta donde nuestra inteligencia lo permita. Puede que no seamos capaces de ver muy lejos, pero hay un principio general seguro que se desprende de lo que ya se ha dicho sobre las causas y las condiciones, y es que toda la secuencia participa siempre del mismo carácter que la causa inicial. Si ese carácter es negativo, es decir, desprovisto de cualquier deseo de exteriorizar la bondad, la alegría, la fuerza, la belleza o cualquier otro tipo de bien, esta cualidad negativa se hará sentir en toda la línea. Pero si el carácter positivo está en el motivo original, entonces reproducirá su tipo en formas de amor, alegría, fuerza y belleza con una precisión infalible.

Por lo tanto, antes de empezar a producir nuevas condiciones mediante el ejercicio de nuestro poder de pensamiento, debemos sopesar cuidadosamente los resultados adicionales a los que pueden conducir. Y aquí de nuevo encontraremos un amplio campo para el entrenamiento de nuestra voluntad al aprender a adquirir ese autocontrol que nos permitirá posponer una satisfacción presente inferior a un bien futuro mayor.

Estas consideraciones nos llevan naturalmente al tema de la concentración. Acabo de señalar que toda acción mental debidamente controlada consiste en mantener la mente en una de las tres actitudes, pero hay una cuarta condición mental que es la de dejar que nuestras funciones mentales se desarrollen sin que nuestra voluntad las dirija ningún propósito definido. Es en esta palabra "propósito" donde debemos fijar toda nuestra atención, y en lugar de malgastar nuestras energías, debemos seguir un método inteligente de concentración.

La palabra "concentrar" significa reunir en el centro, y el centro de cualquier cosa es aquel punto en el que todas sus fuerzas están en perfecto equilibrio. Por lo tanto, concentrarse significa, en primer lugar, llevar nuestras mentes a una condición de equilibrio que nos permita dirigir conscientemente el flujo del espíritu hacia un propósito claramente definido, y luego evitar que nuestros pensamientos induzcan un flujo en la dirección opuesta. Debemos tener siempre en cuenta que estamos tratando con una maravillosa energía potencial que aún no está diferenciada en ningún modo particular, y que por la acción de nuestra mente podemos diferenciarla en cualquier modo específico de actividad que queramos. Y manteniendo nuestro pensamiento fijo en el hecho de que la afluencia de esta energía está teniendo lugar y que por nuestra actitud mental estamos determinando su dirección, realizaremos gradualmente una exteriorización correspondiente.

La concentración, en todo, no consiste en realizar esfuerzos extenuantes que agoten al sistema nervioso y frustren en su propio objetivo al crear la conciencia de una fuerza adversa que lo combate, creando de esta manera las circunstancias adversas que tememos, sino en dejar fuera toda clase de pensamientos que podrían dispersar al núcleo espiritual que formamos y morar con alegría en el conocimiento que, porque la ley es segura en su acción, nuestro deseo es seguro que se producirá. El otro gran principio que hay que recordar es que la concentración tiene por objeto determinar la cualidad que vamos a dar a la energía previamente indiferenciada, más que disponer las circunstancias específicas de su manifestación. Ese es el trabajo de la propia energía creativa, que construirá sus propias formas de expresión de forma natural si se lo permitimos, ahorrándonos así una gran cantidad de ansiedad innecesaria.

Lo que realmente deseamos es la expansión en una determinada dirección, ya sea salud, riqueza, etc., y mientras consigamos esto, ¿qué importa si nos llega a través de algún canal con el que creíamos poder contar o a través de algún otro cuya existencia no habíamos sospechado? Es el hecho de que estamos concentrando energía de un tipo particular para un propósito particular en lo que debemos fijar nuestra mente, y no mirar ningún detalle específico como esencial para la realización de nuestro objeto. Estas son las dos reglas de oro de la concentración.

Pero no debemos suponer que por tener que mantenernos alerta ante los pensamientos ociosos que se mueven a la deriva, no podremos descansar en ningún momento. Por el contrario, es durante los periodos de reposo que acumulamos fuerza para la acción, ya que el reposo no es un estado carente de propósito. Como espíritu puro, la mente objetiva nunca descansa; es sólo la mente objetiva en su conexión con el cuerpo físico la que necesita descanso. Y aunque no cabe duda de que hay momentos en los que el mayor descanso posible se obtiene deteniendo por completo la acción de nuestro pensamiento consciente, el método más aconsejable es cambiar la dirección del pensamiento y, en lugar de centrarlo en algo que pretendemos hacer, dejar que descanse en nosotros.

Esta dirección del pensamiento podría, por supuesto, convertirse en la más profunda especulación filosófica, pero no es necesario que siempre estemos proyectando conscientemente nuestras fuerzas para producir algún efecto externo o elaborando los detalles de algún problema metafísico, sino que podemos simplemente darnos cuenta de que somos parte de la vivencia universal y así obtener una tranquila centralización que, aunque mantenida por un acto consciente de la voluntad, es la esencia misma del descanso. Desde este punto de vista, vemos que todo es vida y todo es bien, y que la naturaleza, desde su superficie claramente visible hasta sus profundidades más cercanas, es un vasto almacén de vida y bien enteramente dedicado a nuestro uso individual. Tenemos la llave de todos sus tesoros, y ahora podemos aplicar nuestro conocimiento de la ley del ser sin entrar en todos esos detalles que sólo son necesarios para propósitos de estudio.

Y al hacerlo, encontramos que el resultado es que hemos adquirido la conciencia de nuestra unidad con el todo. Este es el gran secreto, y cuando profundizamos en él, podemos disfrutar de nuestra posesión del todo, o de alguna parte de él, porque por nuestro reconocimiento lo hemos hecho y podemos hacerlo cada vez más nuestro. Lo que más nos atrae a un momento al lugar determinado es aquella modalidad del espíritu viviente universal con la que en ese momento estamos en contacto, y al darnos cuenta de ello, extraeremos de ella corrientes de energía vital que harán que el diario vivir sea alegría constante.

Puede que no tengamos habilidades literarias, artísticas o científicas para presentar a los otros el resultado de nuestra comunión con la naturaleza, pero la alegría de ese sentir produce un resultado correspondiente que se manifiesta en una mirada más feliz, en un semblante más amable. Pekín así comprende su unidad con cada aspecto del todo. Él se da cuenta, y este es el punto más importante, respecto a esa actitud de la mente que no está dirigida a ningún objeto externo específico, sino hacia él mismo, de que él es y siempre debe ser el centro de toda esta galaxia de vida. Y así se contempla sentado en el centro de la infinitud, no una infinitud de espacio vacío, sino palpitando con el ser vivo, y reconociendo que en toda ella la esencia es buena.

Esto es lo opuesto a una actitud egocéntrica, ya que en este concepto recibimos todo el centro, pero también fluimos hacia todo a partir de ese mismo centro. Este principio de circulación es inquebrantable, y si pensamos que nosotros seremos el centro y que así llegará todo a nosotros, hemos malentendido nuestro estudio al pasar por alto la

La verdadera naturaleza del principio de vida, que es acción y reacción. Si queremos que la vida entre en nosotros, nosotros mismos debemos entrar en la vida, entrar en el espíritu de la misma, al igual que debemos entrar en el espíritu de un libro o de un juego para disfrutar de él. No puede haber acción en un centro solamente; debe haber un flujo perpetuo hacia la circunferencia y de ahí de vuelta al centro para mantener un flujo constante.

Si nos damos cuenta de la naturaleza recíproca de la pulsación vital y que el flujo hacia el exterior consiste en el hábito de la mente de dar a los otros el bien que ve en sí misma, entonces encontraremos que el cultivo de esta disposición proporcionará innumerables vías para que la vivacidad universal fluya a través de nosotros, ya sea dando o recibiendo lo que nunca antes habíamos sospechado. Y esta acción y reacción construirá de tal manera a nuestra propia vitalidad que cada día nos encontrará más llenos de vida que nunca.

Esta es, pues, la actitud de reposo en la que podemos disfrutar de la belleza de la ciencia, la literatura y el arte, o podemos comulgar pacíficamente con el espíritu de la naturaleza sin la ayuda de otra mente que actúe como intérprete. Lo cual sigue siendo una actitud intencionada, aunque no esté dirigida a un objeto específico. No hemos permitido que la voluntad relaje su control, sino que simplemente hemos alterado su dirección, de modo que, tanto para la acción como para el reposo, encontramos que nuestra fuerza reside en nuestro reconocimiento de la unidad del espíritu y de nosotros mismos como una concentración individual del mismo.

Capítulo 13. En contacto con la mente subconsciente.

Las páginas anteriores han hecho que el estudiante se dé cuenta, en cierta medida, de la inmensa importancia de nuestro trato con la mente subconsciente. Nuestra relación con ella, ya sea a escala individual o universal, es la clave de todo lo que conocemos o podemos ser. En su funcionamiento no reconocido es la fuente de todo lo que podemos llamar la acción automática de la mente y el cuerpo, y en la escala universal es el poder silencioso de la evolución que trabaja gradualmente hacia ese acontecimiento divino hacia el cual se mueve toda la creación.

Cuanto más estrecha sea esa relación, con el mayor será nuestro control de lo que hasta ahora hemos considerado como una acción automática, ya sea en nuestro cuerpo o en nuestras circunstancias, hasta que, al final, controlaremos todo nuestro mundo individual. Dado que este es el problema que se nos plantea, descifrar cómo vamos a ponernos en contacto de una manera práctica con la mente subconsciente es muy importante. La pista que nos da la dirección correcta se encuentra en la cualidad impersonal de la mente subconsciente, de la que he hablado. No impersonal como carente de los elementos de la personalidad, ni siquiera en el caso de la mente subjetiva individual como carente del sentido de la individualidad, sino impersonal en el sentido de reconocer las relaciones externas particulares que a la mente objetiva le parecen constituir su personalidad y tener una relación de sí misma bastante independiente de ellas.

Si queremos entrar en contacto con ella, debemos encontrarla en su propio terreno. Sólo puede ver las cosas desde el punto de vista deductivo y, por lo tanto, no puede tomar nota del punto de vista inductivo desde el que construimos la idea de nuestra personalidad externa. Y en consecuencia, si queremos ponernos en contacto con ella, no podemos hacerlo bajando al nivel de lo externo y no esencial, sino sólo elevándonos a su propio nivel, en el plano de lo interior y esencial.

¿Cómo se puede hacer esto? Dejemos que dos conocidos escritores respondan. Rudyard Kipling nos cuente su historia de Kim, como el niño solía perder a veces su sentido de la personalidad, repitiéndose a sí mismo a la pregunta "¿Quién es quién?". Poco a poco su personalidad parecía desvanecerse y experimentaba la sensación de pasar a una vida más grande y más amplia, en la que el niño Kim era desconocido, mientras que su propia individualidad consciente permanecía, sólo que exaltada y expandida hasta un punto inconcebible. Y en la vida de Tennyson, su hijo ha comentado que a veces el poeta tenía una experiencia similar.

Entramos en contacto con el absoluto en la proporción exacta en la que nos apartamos de lo relativo. Ambos son inversamente proporcionales. Por lo tanto, para entrar en contacto con nuestra mente subconsciente, debemos esforzarnos por pensar en nosotros mismos como seres puros, como esa entidad que apoya interiormente la manifestación exterior. Y nos daremos cuenta de que la cualidad esencial del ser puro debe ser buena. Es en sí mismo vida pura y, como tal, no puede desear nada perjudicial para la vida pura bajo cualquier forma que se manifieste. En consecuencia, cuanto más puras sean nuestras intenciones, con mayor facilidad nos relacionaremos con nuestra entidad subjetiva. Y a fortiori, lo mismo se aplica a esta gran mente subconsciente de la que nuestra mente subjetiva individual es una manifestación particular.

En la práctica, el proceso consiste en formar primero una concepción clara en la mente objetiva de la idea que deseamos transmitir a la mente subjetiva. Entonces, cuando se ha captado firmemente, se debe tratar de perder de vista todos los demás hechos relacionados con la personalidad externa, excepto con el que se está trabajando, y luego dirigirse a la mente subjetiva como si fuera una entidad independiente e imprimirle lo que se quiere creer o hacer. Cada uno debe desarrollar su propia metodología de trabajo, pero un método que es a la vez simple y eficaz es decir a la mente subconsciente: "Esto es lo que quiero que hagas ahora. Tomarás mi lugar y lo harás, aportando todos tus poderes e inteligencia para hacer realidad lo que anhelo". Una vez hecho esto, vuelve a la realización de tu propia personalidad objetiva y deja que la mente subconsciente realice su tarea con la plena confianza de que, por la ley de su naturaleza, lo hará, si no se lo impide una repetición de mensajes contrarios de la mente objetiva.

Esto no es una mera fantasía, sino una verdad comprobada diariamente por la experiencia de un número cada vez mayor de personas. Los hechos no han sido fabricados para ajustarse a la teoría, sino que la teoría ha sido construida mediante una cuidadosa observación de los hechos. ¿Existe alguna razón por la que las leyes que son válidas para la mente subconsciente individual no lo sean también para la mente universal? Como ya se ha demostrado, la mente universal debe, por su propia universalidad, ser puramente subjetiva, y lo que es la ley de una parte debe ser también la ley del todo. Las cualidades del fuego son las mismas, tanto si los centros de combustión son grandes o pequeños.

Y por lo tanto, podemos concluir este libro considerando qué resultados obtendremos si aplicamos lo que hemos aprendido de la mente subconsciente individual en la mente universal. Hemos aprendido que los tres grandes hechos relacionados con la mente subconsciente son su poder creativo, su facilidad para la sugestión y su incapacidad para trabajar por otro método que no sea el deductivo. Este último es un punto sumamente importante, ya que implica que la acción de la mente subconsciente no está limitada en modo alguno por los precedentes. El método inductivo trabaja sobre principios inferidos de un patrón ya existente y, por lo tanto, en el mejor de los casos, sólo produce lo viejo en una nueva forma. Pero el método deductivo trabaja de acuerdo con la esencia o espíritu del principio y no depende de ninguna manifestación concreta previa para su comprensión.

Y este último método de trabajo debe ser necesariamente el de la mente que todo lo origina, porque como no puede haber un patrón previo existente del que pueda aprender los principios de construcción, la falta de un patrón habría impedido su creación si su método fuera inductivo en lugar de deductivo. Así, por la necesidad del caso, la mente universal debe actuar deductivamente, es decir, de acuerdo con la ley que ha sido tomada como verdadera por la mente subconsciente individual. Por lo tanto, no está sujeta a ningún precedente, lo que significa que su poder creativo es absolutamente ilimitado. Y puesto que hablamos de una mente subjetiva y no de una mente objetiva, es totalmente susceptible de ser sugestión.

Nada de la identidad de la ley que rige en la mente subconsciente, ya sea en lo individual o en lo universal, se deduce inevitablemente que, al igual que podemos imprimir mediante la sugestión una determinada personalidad en la mente subconsciente individual, también podemos hacerlo y lo hacemos en la mente universal. Y es por esta razón por la que he hecho hincapié sobre la cualidad personal inherente del espíritu puro. Cuando se contempla en su plano más íntimo, se convierte, por lo tanto, en la más importante de todas las consideraciones. Elegir cuidadosamente con qué carácter investiguemos a la mente universal, ya que como nuestra relación con ella es puramente subjetiva, infaliblemente tendrá para nosotros exactamente el carácter que imprimamos. En otras palabras, será para nosotros exactamente lo que creamos que es.

Esto es simplemente una inferencia lógica del hecho de que, como mente subjetiva, nuestra relación primaria con ella sólo puede ser en el plano subjetivo e indirectamente relaciones objetivas también deben surgir de la misma fuente. Este es el significado de ese notable pasaje que se repite dos veces en la Biblia: "Limpio te mostrarás para con el limpio, y severo serás para con el perverso" (Salmos 18:26 y Segunda de Samuel 22:27). El reino espiritual está dentro de nosotros, y a medida que lo comprendemos, se convierte para nosotros en una realidad. La ley constante de la vida subjetiva es que, como un hombre piensa en su corazón, así es él; es decir, sus estados objetivos internos son la única realidad verdadera, y lo que llamamos realidades externas son sólo sus correspondencias objetivas.

Si comprendemos por completo la verdad de que la mente universal es exactamente congruente con nuestra concepción de ella, y que esta relación no es meramente imaginaria, sino que, por la ley de la mente subconsciente, debe ser para nosotros un hecho y el fundamento de todos los demás hechos, entonces es imposible sobreestimar la importancia de la concepción de la mente universal que adoptamos. Para los no instruidos, hay poca o ninguna elección; se forman una concepción de acuerdo con el escaso concepto que han recibido de otros, y hasta que hayan aprendido a pensar por sí mismos, tienen que acatar las consecuencias de ese concepto, porque las leyes naturales no admiten excepciones. Y por muy defectuoso que sea el concepto adquirido, su aceptación implicará una reacción correspondiente sobre la mente universal, que a su vez se reflejará en la mente consciente y en la vida externa del individuo.

Pero aquellos que comprenden la ley serán los únicos responsables de no obtener ningún beneficio de ella. El más grande maestro de la ciencia mental que el mundo ha visto ha establecido reglas suficientemente claras para nuestra orientación, con un conocimiento del tema cuya profundidad sólo puede ser apreciada por aquellos que tienen algún cimiento práctico del mismo. Pida su audiencia no instruida, aquellas personas comunes que lo escucharon con gusto, que se imaginen a la mente universal como un padre benigno, tiernamente compasivo con todos, y que envía las bondades comunes de la naturaleza tanto a los malos como a los buenos. Pero también mencionó que tendría un trato especial con aquellos que reconocieran su voluntad. "Los cabellos de vuestra cabeza están todos contados, y sois más valiosos que muchos gorriones". La oración debía hacerse al ser invisible, no con duda o temor, sino con la absoluta seguridad de una respuesta favorable, y no debía establecerse ningún límite a su poder o voluntad de obrar por nosotros.

Pero para los que no se daban cuenta de ello, la gran mente era necesariamente el adversario que los arrojaba a la cárcel hasta que pagaran el último centavo. Y así, en todos los casos, el maestro imprimirá en sus oyentes la exacta correspondencia de la actitud de este poder invisible, propia actitud. Tal enseñanza no era un antropomorfismo estrecho, sino la adaptación a la capacidad intelectual de la multitud letrada de las verdades más profundas de lo que ahora llamamos ciencia mental. Y la base de todo ello es la críptica personalidad del espíritu oculto en la naturaleza, bajo toda forma de manifestación, como vida e inteligencia pura. No puede ser otra cosa que el bien; no puede tener intención de hacer el mal, y por lo tanto, todo mal intencional debe ponernos en oposición a él y así privarnos de su guía y fortalecimiento, dejándonos a tientas solos en nuestro diario caminar. Y siendo enemigos del universo, y lo más probable es que el resultado final sea la aceptación de que perderemos en esta batalla.

Pero recuerden que la oposición nunca puede ser por parte de la mente universal, porque en sí misma es mente subconsciente, y suponer cualquier oposición activa tomada por su propia iniciativa sería contrario a todo lo que hemos aprendido en cuanto a la naturaleza de la mente subconsciente, ya sea en el individuo o 'el universal'. La posición de la mente universal hacia nosotros es siempre el reflejo de nuestra propia actitud. Por lo tanto, aunque la Biblia está llena de amenazas contra aquellos que persisten en la oposición consciente a la ley divina del bien, por otro lado, está llena de promesas de perdón inmediato y completo a todos los que cambian su antigua actitud por el deseo de cooperar con la ley del bien en la medida en que la conocen.

Las leyes de la naturaleza no actúan de forma vengativa, y a través de todos los formularios teológicos e interpretaciones tradicionales debemos darnos cuenta de que estamos tratando con la ley suprema de nuestro propio ser. Y es sobre la base de esta ley natural que encontramos declaraciones como la de Ezequiel 18:22, que dice que si abandonamos nuestros malos caminos, nuestras transgresiones pasadas nunca más serán mencionadas. Estamos tratando con los grandes principios de nuestro ser subjetivo, y nuestro mal uso de ellos en el pasado nunca puede hacer que cambien su ley inherente de acción. Si nuestro método de utilizarlos en el pasado nos ha traído dolor, miedo y problemas, sólo tenemos que recurrir a la ley de que si invertimos la causa, los efectos también se invertirán.

Y así, lo que tenemos que hacer es simplemente invertir nuestra forma de pensar y esforzarnos por ser congruentes con esta nueva actitud mental. El esfuerzo sincero por actuar de acuerdo con esta nueva actitud mental es esencial, ya que no podemos pensar de una manera y actuar de otra. Pero nuestros repetidos fracasos para actuar plenamente como desearíamos no deberían desanimarnos. Lo esencial es la intención sincera que, con el tiempo, nos liberará de la esclavitud de los hábitos que actualmente parecen casi insuperables.

Entonces, el primer paso consiste en determinarnos a visualizar a la mente universal como el ideal de todo lo que desearíamos que fuera, tanto para nosotros como para los demás. Habiendo dado este paso, entonces podemos contemplar la alegre mente como si se tratara de una amiga que siempre está presente, proveyéndonos de todo lo bueno, protegiéndonos de todo peligro y guiándonos con sus consejos. Gradualmente, a medida que el nuevo concepto de la mente universal se arraiga en nosotros, encontraremos que, de acuerdo con las leyes que hemos estado considerando, se volverá para nosotros cada vez más personal y, en respuesta a nuestros deseos, su inherente inteligencia se hará cada vez más perceptible, pudiendo percibir su verdad sin la necesidad de validaciones científicas del mismo.

Del mismo modo, si pensamos en ella como un gran poder dedicado a satisfacer todas nuestras necesidades, imprimiremos también este carácter y, por la ley de la mente subconsciente, procederá a representar la parte de esa providencia especial que le hemos atribuido. Y si, más allá del cuidado general de nuestras preocupaciones, queremos atraer hacia nosotros algún beneficio particular, la misma regla vale para imprimir nuestro deseo en la mente subconsciente universal. Y si nos damos cuenta de que, por encima y más allá de todo esto, queremos algo aún más grande y duradero: la construcción del carácter y el despliegue de nuestros poderes para que podamos expandirnos en medidas más y más completas de la vida gozosa y dadora de alegría, también es válida la misma regla.

Transmitir a la mente universal la sugerencia del deseo y, por la ley de relación entre la mente subconsciente y la objetiva, esto también se cumplirá. Y así, los problemas más profundos de la filosofía nos devuelven al viejo enunciado de la ley: "Pedid y recibiréis; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá". Este es el resumen de la ley natural de la relación entre nosotros y la mente divina. Por lo tanto, no es un alarde vano que la ciencia mental pueda permitirnos hacer de nuestra vida lo que queramos. Debemos empezar donde estamos ahora y, estimando correctamente nuestra relación con la mente divina universal, podemos crecer gradualmente hacia cualquier condición que deseemos, siempre que primero nos hayamos familiarizado con la actitud mental que corresponde a esas condiciones. Porque nunca podremos superar la ley de la correspondencia, y la exteriorización siempre estará de acuerdo con el principio interno que la origina.

Y para esta ley, no hay límite. Lo que puede hacer por nosotros hoy, lo puede hacer mañana, y a través de toda esa protección de mañanas que se pierde en las tenues vistas de la eternidad. La creencia en la limitación es la única cosa que causa la limitación, porque si imprimimos la limitación en el principio creativo, y en la proporción en que dejemos de lado esa creencia, nuestros límites se expandirán y la vida creciente y la bendición más abundante serán nuestras. Pero no debemos ignorar nuestras responsabilidades. El pensamiento entrenado es mucho más poderoso que el no entrenado, y por lo tanto, cuanto más profundamente penetremos en la ciencia mental, más cuidado debemos tener con todos los pensamientos y palabras que expresen la más mínima declaración de mal. Y las habladurías, los chismes, las risas burlonas no están de acuerdo con los principios de la ciencia mental.

Y del mismo modo, hasta nuestros más pequeños pensamientos de bien llevan consigo una semilla de bien que seguramente dará sus frutos a su debido tiempo. Esto no es mera candidez, sino una importante lección de la ciencia mental, ya que nuestra mente subconsciente toma su color de nuestros hábitos mentales establecidos, y una afirmación o negación ocasional no será suficiente para cambiarla. Y por lo tanto, debemos cultivar ese tono que deseamos ver reproducido en nuestras condiciones, ya sea de cuerpo, mente o circunstancia.

En este libro, mi propósito ha sido no tanto dar reglas específicas de práctica como establecer los amplios principios generales de la ciencia mental que permitirán al estudiante formar reglas para sí mismo en todos los aspectos de la vida. El conocimiento de los libros es sólo un medio para alcanzar un fin. Los libros sólo pueden indicarnos dónde buscar y qué buscar, pero somos nosotros los que construiremos. Y el conocimiento, por lo tanto, si realmente has captado los principios de la ciencia, elaborará sus propias reglas y verás que éstas te darán mejores resultados que los que habrías conseguido al seguir el método de otra persona.

Probablemente dirás: "Pero, ¿por qué no imitar algo que ya ha funcionado?". Debes recordar que esta persona tuvo éxito con este método porque lo adaptó para él. Nunca temas ser tú mismo. Si la ciencia mental no te ha enseñado a ser tú mismo, entonces no te ha enseñado nada. Todo lo que debes querer ser es ser tú mismo. Como dice Walt Whitman: "Eres más de lo que hay entre tu sombrero y tus botas".

Capítulo 14. El cuerpo.

A algunos estudiantes les resulta difícil darse cuenta de que la acción mental puede producir algún efecto real en la materia. Pero si esto no es posible, no existe la ciencia mental, cuyo propósito es producir condiciones mejoradas tanto del cuerpo como del entorno, de modo que la manifestación final a la que se aspira es siempre una demostración en el plano de lo visible y concreto. Por lo tanto, demostrar que existe una conexión real entre lo visible y lo invisible, entre lo interno y lo externo, es uno de los puntos más importantes en el curso de nuestros estudios. Que tal conexión debe existir se demuestra por medio de un argumento metafísico en respuesta a la pregunta: ¿cómo llegó a existir algo? Y toda la creación, incluidos nosotros mismos, es una prueba de esta gran verdad.

Pero para muchas mentes, un concepto tan abstracto como este no es completamente convincente, o en todo caso, se vuelve más convincente si se apoya en algo de naturaleza más concreta. Y para tales lectores, yo daría algunas pistas en cuanto a la correspondencia entre lo físico y lo mental. El tema cubre un área muy amplia, y el espacio limitado de que dispongo sólo me permite tocar algunos puntos. Sin embargo, estos pueden ser suficientes para mostrar que el argumento abstracto tiene algunos hechos correspondientes detrás de él.

Una de las pruebas más convincentes que he visto es la proporcionada por el biómetro, un pequeño instrumento inventado por un eminente científico francés, el difunto Dr. Hippolyte Baraduc, que muestra la acción de lo que él llama la corriente vital. Su teoría es que esta fuerza, cualquiera que sea su naturaleza real, está universalmente presente y opera como una corriente de vitalidad física perpetua que fluye con más o menos energía a través de cada organismo físico, y que puede, en todo caso, hasta cierto punto, ser controlada por el poder de la voluntad humana. La teoría, en todas sus minucias, es muy elaborada y ha sido descrita en detalle en las obras publicadas. El Dr. Baraduc, en una conversación que mantuve con él hace aproximadamente un año, me dijo que estaba escribiendo otro libro que arrojaría más luz sobre el tema, pero unos meses más tarde falleció antes de que fuera presentado al mundo.

Sin embargo, el hecho que deseo presentar al lector es la demostración ocular de la conexión entre la mente y la materia que ofrece un experimento con el biómetro. El instrumento consiste en un vaso de campana, de cuyo interior está suspendida una aguja de cobre mediante un fino hilo de seda. El vaso se encuentra sobre un soporte de madera, debajo del cual hay una bobina de hilo de cobre que, sin embargo, no está conectada a ninguna batería ni a ningún otro aparato, y que sólo sirve para condensar la corriente. Debajo de la aguja, dentro del vaso, hay una tarjeta circular dividida en grados para marcar la dirección de la aguja. Dos de estos instrumentos se colocan uno al lado del otro, pero no están conectados de ninguna manera, y el experimentador extiende los dedos de ambas manos hasta una pulgada de los vasos.

De acuerdo con la teoría, la corriente entra por la mano izquierda, circula por el cuerpo y sale por la derecha, es decir, hay una entrada por la izquierda y una salida por la derecha, coincidiendo así con los experimentos de Rasingback sobre la polaridad del cuerpo humano. Debo confesar que, aunque había leído el libro del Dr. Baraduc, la evaluación humana me acerqué al instrumento con un estado de ánimo muy escéptico, pero pronto me convencí de mi error. Al principio, manteniendo una actitud mental de completa relajación, descubrí que la aguja de la izquierda era atraída en 20 grados, mientras que la aguja de la derecha, afectada por la corriente saliente, era repelida en 10 grados.

Después de dejar que el instrumento volviera a su equilibrio normal, me acerqué de nuevo a él con el propósito de ver si un cambio de actitud mental modificaba en lo más mínimo el flujo de la corriente. Esta vez asumí la actitud mental más fuerte que pude, con la intención de enviar un flujo a través de la mano derecha, y el resultado, en comparación con el anterior, fue notable. La aguja de la mano izquierda fue atraída ahora sólo 10 grados, mientras que la de la derecha fue desviada algo más de 30, indicando así claramente la influencia de las facultades mentales en la modificación de la acción de la corriente. Debo mencionar que el experimento se realizó en presencia de dos médicos que observaron el movimiento de las agujas.

No me detendré aquí a discutir la cuestión de cuál puede ser la constitución real de esta corriente de energía vital, pues es suficiente para nuestro propósito actual que está ahí, y el experimento que he descrito nos pone frente al hecho de una correspondencia entre nuestra propia actitud mental y las fuerzas invisibles de la naturaleza. Incluso si decimos que esta corriente es alguna forma de electricidad y que la variación de su acción está determinada por los cambios en la polarización de los átomos del cuerpo, entonces este cambio de polaridad es el resultado de la acción mental, de modo que la aceleración o el retardo de la corriente cósmica es igualmente el resultado de la actitud mental. Ya sea que supongamos que nuestra fuerza mental actúa directamente sobre la corriente misma o indirectamente al inducir cambios en la estructura molecular del cuerpo, cualquiera que sea la hipótesis que adoptemos, la conclusión es la misma: es decir, que la mente tiene el poder de abrir o cerrar la puerta a las fuerzas invisibles de tal manera que el resultado de la acción mental se hace evidente en el plano material.

Ahora bien, la investigación muestra que el cuerpo físico es un mecanismo especialmente adaptado para la transmutación del poder interior o mental en modos de actividad externa. Sabemos por la ciencia médica que todo el cuerpo está atravesado por una red de nervios que sirven como canales de comunicación entre el ego espiritual residente, que llamamos mente, y las funciones del organismo externo. Este sistema nervioso es doble. Un sistema, conocido como el simpático, es el canal para todas aquellas actividades que son dirigidas conscientemente por nuestra voluntad, como el funcionamiento de los órganos digestivos, la reparación del desgaste diario de los tejidos y similares. El otro sistema, conocido como sistema voluntario o cerebro-espinal, es el canal a través del cual recibimos la percepción consciente de los sentidos físicos y ejercemos el control sobre los movimientos del cuerpo.

Este sistema tiene su centro en el cerebro, mientras que el otro tiene su centro en una masa ganglionar en la parte posterior del estómago, conocida como plexo solar, y a veces se habla de él como cerebro abdominal. El sistema cerebro-espinal es el canal de nuestra acción mental volitiva o consciente, y el sistema simpático es el canal de aquella acción mental que apoya inconscientemente las funciones vitales del cuerpo. Así, el sistema cerebro-espinal es el órgano de la mente consciente, y el simpático es el de la mente subconsciente. Pero la interacción de la mente consciente y subconsciente requiere una interacción similar entre los sistemas nerviosos correspondientes.

Y una conexión conspicua aquí entra en escena: el nervio vago. Este nervio sale de la región cerebral como una porción del sistema voluntario, y a través de él controlamos los órganos vocales. Luego pasa al tórax, enviando ramificaciones al corazón y a los pulmones, y finalmente, al pasar por el diafragma, pierde el revestimiento externo que distingue a los nervios del sistema voluntario y se identifica con los del sistema simpático, formando así un vínculo de conexión entre ambos y haciendo del hombre físicamente una sola entidad.

Del mismo modo, diferentes áreas del cerebro indican su conexión con las actividades objetivas y subjetivas de la mente, y hablando de manera general, podemos asignar la porción frontal del cerebro a la primera y la porción posterior a la segunda, mientras que la porción intermedia participa del carácter de ambas. La facultad intuitiva tiene su correspondencia en esta zona superior del cerebro, situada entre las porciones frontal y posterior, y fisiológicamente hablando, es aquí donde encuentran entrada las ideas intuitivas. Al principio, estas ideas son más o menos inestables y de carácter general, pero son percibidas por la mente consciente, de lo contrario no tendríamos conciencia de ellas.

Entonces, el esfuerzo de la naturaleza es llevar estas ideas a una forma más definida y utilizable, de modo que la mente consciente se apodera de ellas e induce una corriente vibratoria correspondiente en el sistema nervioso voluntario. A su vez, induce una corriente similar en el sistema involuntario, entregando así la idea a la mente subjetiva. La corriente vibratoria que había descendido primero desde el vértice del cerebro hasta el cerebro frontal y, por tanto, a través del sistema voluntario hasta el plexo solar, se invierte ahora y asciende desde el plexo solar a través del sistema simpático hasta la parte posterior del cerebro, indicando esta corriente de retorno la acción de la mente subconsciente.

Si apartamos la superficie de la parte superior del cerebro, justo debajo encontraríamos el brillante cinturón de sustancia cerebral denominado cuerpo calloso. Este es el punto de unión entre lo objetivo y lo subjetivo, y al regresar la corriente desde el plexo solar hasta este punto, llega a la zona objetiva del cerebro en la forma renovada que ha adquirido gracias a la silenciosa alquimia de la mente subconsciente. Así, la concepción que al principio sólo se reconocía vagamente se devuelve a la mente objetiva en una forma definida y vía. Y entonces, la mente objetiva, actuando a través del cerebro frontal, el área de comparación y análisis, procede a trabajar sobre una idea claramente percibida y a sacar a relucir el potencial que está latente en ella.

Hay que tener en cuenta, por supuesto, que aquí estoy hablando del ego mental en esa forma de existencia que nos resulta más familiar, es decir, como vestido de carne, aunque podría decir mucho más respecto a su actividad en las otras formas que lo componen. Pero para nuestra vida cotidiana, alcanza con considerar como un hito importante la correspondencia fisiológica del cuerpo con la acción de la mente. Y por lo tanto, aunque siempre recordemos que el origen de las ideas es puramente mental, no debemos olvidar que en el plano físico, cada acción mental implica una acción molecular correspondiente del cerebro y en el resto del sistema nervioso. Como dice el viejo poeta isabelino: "El alma es forma, y hacia el cuerpo es evidente".

Que el organismo físico debe ser un arreglo mecánico especialmente adaptado para el uso de los poderes del alma, como una máquina de vapor lo es para el poder del vapor. Y es el reconocimiento de esta reciprocidad entre ambos la base de toda curación espiritual o mental. Y por lo tanto, el estudio de esta adaptación mecánica es una rama importante de la ciencia mental, sólo que no debemos olvidar que es el efecto y no la causa. Al mismo tiempo, es importante recordar que es posible la inversión de la relación entre la causa y el efecto, de la misma manera que se puede hacer que el mismo aparato genere energía mecánica mediante la aplicación de electricidad, o que genere electricidad mediante la aplicación de energía mecánica.

Y la importancia de este principio consiste en esto: siempre hay una tendencia a que las acciones que al principio eran voluntarias se conviertan en automáticas, es decir, que pasen de la región de la mente consciente a la mente subconsciente y adquieran allí una morada permanente. El profesor Elmer Gates de Washington ha demostrado esto fisiológicamente en su estudio sobre la formación del cerebro. Nos dice que cada pensamiento produce un ligero cambio molecular en la sustancia del cerebro. La repetición del mismo tipo de pensamiento provoca la repetición de la misma acción molecular hasta que, al final, se forme un verdadero canal en la sustancia cerebral que sólo puede ser erradicado por un proceso inverso de pensamiento.

De este modo, los surcos de pensamiento son cosas muy literales, y una vez establecidos, las vibraciones de las corrientes cósmicas fluyen automáticamente a través de ellos y reaccionan así sobre la mente mediante un proceso inverso al que afecta nuestra capacitación voluntaria e intencionada de lo invisible. De esta manera se forma lo que llamamos hábitos, y de ahí la importancia de controlar nuestro pensamiento y protegerlo contra las ideas indeseables. Pero por otra parte, este proceso reaccionario puede ser utilizado para afirmar un modo de pensamiento bueno y vivificante, de modo que mediante el conocimiento de sus leyes podemos hacer participar al cuerpo físico en la construcción de una perfecta personalidad integral, que es una de las metas de nuestro estudio.

Capítulo 15. El alma.

Habiendo obtenido ahora una visión clara de la adaptación del organismo físico a la acción de la mente, debemos darnos cuenta de que la mente misma es un organismo que está igualmente adaptado a la acción de un poder aún más elevado. Sólo que aquí la adaptación es de facultad mental, al igual que otras fuerzas invisibles. Todo lo que podemos conocer sobre la mente lo aprendemos observando lo que hace, pero ya que nosotros mismos somos esta mente, la nuestra es una observación interior de los estados de conciencia. De este modo, reconocemos ciertas facultades de nuestra mente, cuyo orden de funcionamiento es descrito páginas arriba.

Pero el punto sobre el que quiero llamar la atención ahora es que estas facultades trabajan siempre bajo la influencia de algo que las estimula, y este estímulo puede venir tanto del exterior a través de los sentidos externos como del interior, por la conciencia de algo no perceptible en el plano físico. Ahora bien, el reconocimiento de estas fuentes interiores de estímulo para nuestras facultades mentales es una rama importante de la ciencia mental, porque la acción mental así establecida funciona con tanta precisión a través de las correspondencias físicas como las que parten del reconocimiento de hechos externos. Y por lo tanto, el control y la dirección correcta de estas percepciones interiores son una cuestión de gran importancia.

Las facultades más afectadas son la intuición y la imaginación, pero al principio es difícil ver cómo la intuición, que es enteramente espontánea, puede ser sometida al control de la voluntad. Por supuesto, la espontaneidad de la intuición no puede ser interferida de ninguna manera, porque si dejara de actuar espontáneamente, dejaría de ser la intuición. Sus funciones, por así decirlo, captar las ideas del infinito y presentárselas a la mente. En nuestra constitución mental, la intuición es el punto de origen, y por lo tanto, si dejara de actuar espontáneamente, dejaría de actuar en absoluto.

Pero la experiencia de una larga sucesión de observadores muestra que la intuición puede ser entrenada para adquirir una mayor sensibilidad en alguna dirección particular, y la elección de la discreción general está determinada por la voluntad del individuo. Se encontrará que la intuición funciona mejor con los temas que ocupan con mayor frecuencia nuestro pensamiento, y de acuerdo a las correspondencias fisiológicas que hemos estado considerando, esto puede ser debido a la formación de canales cerebrales especialmente adaptados para la inducción en el sistema molecular de vibraciones que se corresponden a la clase determinada de ideas en cuestión.

Pero, por supuesto, debemos recordar que las ideas no son causadas por los cambios moleculares, sino por el contrario, son la causa de ellos, y es en esta traslación de la acción del pensamiento a la acción física que nos encontramos cara a cara con el eterno misterio del descenso del espíritu en la materia. La clave de todo esto se encuentra en la palabra "vibraciones". Por más delicada que sea la sustancia etérica, su movimiento comienza por la vibración de sus partículas, y una vibración es una onda que tiene cierta longitud, amplitud y periodicidad, es decir, algo que solo puede existir en términos de espacio y tiempo. Y en cuanto tratamos con algo que puede ser medido, podemos estar muy seguros de que no estamos tratando con el espíritu, sino sólo con uno de sus vehículos.

Entonces, aunque podemos ahondar aún más en nuestro análisis de la materia, y en esta línea todavía queda mucho conocimiento que adquirir, encontraremos que el punto en el que el poder espiritual o la fuerza del pensamiento se traducen en una vibración sutil o atómica siempre nos eludirá. Consecuentemente, no debemos atribuir el origen de las ideas al desplazamiento molecular en el cerebro, aunque por la reacción de lo físico sobre lo mental, en la que he hablado antes, la formación de los canales de pensamiento en la materia gris del cerebro puede tender a facilitar la recepción de ciertas ideas.

Algunas personas son conscientes de la acción de la porción superior del cerebro durante el influjo de una intuición, siendo la sensación de una clase de expansión en el área del cerebro, la cual puede ser comparada con la apertura de una válvula o una puerta. Pero todo intento de inducir el influjo de las ideas intuitivas por el recurso fisiológico de probar a abrir esta válvula por el ejercicio de la voluntad debería ser desalentado, porque puede producir daños en el cerebro. Creo que algunos sistemas orientales abogan por este método, pero podemos confiar en que la mente regule la acción de sus canales físicos de una manera adecuada a sus propias necesidades, en lugar de tratar de manipular la mente mediante forcejeos antinaturales. Debemos recordar que el crecimiento se da de forma natural y no forzando indebidamente alguna parte del sistema.

El hecho, sin embargo, es que la intuición trabaja con mayor libertad en la dirección en la que habitualmente concentramos nuestro pensamiento, y en la práctica encontraremos que la mejor forma de cultivar la intuición en cualquier dirección es meditando en los principios abstractos de esa clase de temas, en lugar de considerar únicamente los casos particulares. Tal vez la razón sea que los casos particulares tienen que ver con fenómenos específicos, es decir, con la ley trabajando bajo ciertas condiciones limitantes, mientras que los principios de la ley no están limitados por las condiciones locales, y así la meditación habitual sobre ellos deja nuestra intuición libre para extenderse en una infinidad donde la concepción de las condiciones antecedentes no la limita de todos modos.

Cualquiera que sea la explicación teórica, encontrarás que comprender claramente los principios abstractos en cualquier dirección acelera de una manera maravillosa la intuición en esa dirección en particular. No se puede insistir demasiado en lo importante que es reconocer nuestro poder de dirigir así la intuición, puesto que si la mente está sintonizada para ser afín a las fases más elevadas del espíritu, este poder abre la puerta a las posibilidades ilimitadas del conocimiento. En su función más elevada, la intuición se convierte en inspiración, y ciertos grandes registros de verdades fundamentales y misterios supremos que han llegado hasta nosotros desde miles de generaciones, legados por profundos pensadores de la antigüedad, sólo puede explicarse suponiendo que su ferviente pensamiento sobre el espíritu originario, unido a una reverente adoración del mismo, abrió la puerta a través de su facultad intuitiva a las más sublimes inspiraciones relativas a las verdades supremas del universo, tanto con respecto a la evolución del cosmos como a la evolución del individuo.

Entre estos registros que explican los misterios supremos, hay tres que destacan por su preeminencia, ya que todos dan testimonio de la misma verdad única, y cada uno de ellos arroja luz sobre el otro. Y estos tres son: la Biblia, la Gran Pirámide y la baraja de cartas. Curiosa combinación, algunos dirán, pero aludo a estos tres registros aquí porque la unidad del principio que ellos exhiben, aunque exista una amplia divergencia de método, la prueba concreta de que la dirección tomada por la intuición es principalmente determinada por la voluntad del individuo que abre la mente en esa dirección particular.

La facultad de la imaginación está estrechamente relacionada con la intuición. Su relación consiste en que la intuición capta una idea de la gran mente universal, en la que todas las cosas subsisten como potenciales, y entonces la presenta a la imaginación en su esencia. Y luego nuestra facultad de construir imágenes desde una forma clara y definida que presenta ante la visión mental, y que luego verificamos dejando que nuestro pensamiento se detenga en ella, infundiendo así nuestra propia personalidad y proporcionando así ese elemento personal a través del cual la acción específica de la ley universal siempre tiene lugar.

El hecho de que nuestro pensamiento se detenga en una imagen mental particular depende de nuestra propia voluntad, y el ejercicio de nuestra voluntad depende de que confiemos en nuestro poder para utilizarla con el fin de dispersar o consolidar una imagen mental dada. Y finalmente, confianza en nuestro poder para hacer esto depende del reconocimiento de nuestra relación con Dios, que es la fuente de todo poder. Porque es una verdad invariable que nuestra vida tomará toda su forma.

tono y color de nuestra concepción de dios, ya sea esta concepción positiva o negativa. De esta manera, podemos comprender que nuestra intuición está relacionada con nuestra imaginación, y esta relación tiene su correspondencia fisiológica en el círculo de vibraciones moleculares que he descrito anteriormente, el cual, teniendo su comienzo en la parte superior del cerebro, fluye a través del sistema nervioso voluntario, el canal físico de la mente objetiva, regresando a través del sistema simpático, el canal físico de la mente subjetiva, completando así el círculo y siendo luego devuelto a la parte frontal del cerebro, donde es conscientemente modelado en formas claras y adecuadas a un propósito específico.

En todo esto, nunca debe perderse de vista el poder de la voluntad como regulador de la acción, tanto de la intuición como de la imaginación, pues sin ese poder central de control, perderíamos todo sentido de la individualidad. Por lo tanto, el objetivo final del proceso evolutivo es desarrollar las voluntades individuales, actuando con tal beneficencia e iluminación que les convierta en vehículos apropiados para la efusión del espíritu supremo, que hasta ahora ha creado cósmica mente y que ahora puede llevar el proceso creativo a sus etapas más elevadas, solo a través de la unión consciente con el individuo.

Porque esta es la única solución posible a la gran pregunta: ¿cómo puede la mente universal actuar en toda su plenitud en el plano del individual y particular? Esta es la evolución última, y el éxito de la evolución del individuo depende de su reconocimiento de ello y de que actúe en esa dirección. Y por lo tanto, este debe ser el gran fin de nuestros estudios.

Hay una correspondencia en la constitución del cuerpo, facultades del alma, y hay una correspondencia similar en las facultades del alma con el poder del espíritu omnipotente. Y como en todas las demás adaptaciones de vehículos específicos, así también aquí, nunca podremos comprender correctamente la naturaleza del vehículo y utilizarlo correctamente hasta que comprendamos la naturaleza del poder para cuyo funcionamiento está especialmente adaptado.

Entonces, ¿qué mejor manera de concluir este libro que considerando brevemente la naturaleza de ese poder?

Capítulo 16. El Espíritu, que es en sí el Espíritu Supremo Originario. Esta es la cuestión que se nos plantea. Comencemos observando un hecho acerca del cual no tenemos ninguna duda: él es creativo. Sino fuera creativo, nada existiría. Por lo tanto, sabemos que su propósito o ley de tendencia debe ser traer a la existencia vidas individuales y rodearlas de un entorno adecuado.

Ahora bien, un poder que tiene esto como naturaleza inherente debe ser un poder bondadoso. El espíritu de vida tiene como objetivo que los individuos tengan vida y que la tengan en abundancia. Suponer lo contrario sería una contradicción en los términos; sería suponer que el principio eterno de la vida actuara contra sí mismo. De modo que es imposible concebir que el espíritu de vida actúe de otro modo que no sea para aumentar la vida.

Hasta aquí, esto solo parece imperfecto debido a nuestra comprensión imperfecta de la situación y a nuestro consecuente deseo de una unidad consciente con la única vida eterna. A medida que nuestra conciencia de la unidad se perfeccione, la capacidad de dar vida del espíritu se hará más evidente. Pero en el reino de los principios, la naturaleza puramente afirmativa y dadora de vida del espíritu que todo lo origina es una conclusión inevitable.

Ahora bien, ¿con qué nombre podemos llamar a ese deseo inherente de aumentar la plenitud de cualquier vida individual, es decir, de hacerla más fuerte, más brillante y más feliz? Si esto no es amor, entonces no sé qué otra cosa es. Y así somos llevados filosóficamente a la conclusión de que el amor es el principal poder móvil del espíritu creador.

Pero la expresión es imposible sin forma. ¿Qué forma entonces debe dar el amor a los vehículos de su expresión? Según la hipótesis del caso, no podría expresarse en formas que le fueran odiosas o repugnantes, por lo que el único correlato lógico del amor es la belleza. La belleza no es aún manifestado universalmente por la misma razón que no lo es aún la vida, digamos, por la falta de reconocimiento de sus principios. Pero que el principio de la belleza es inherente a la mente eterna está demostrado por toda la belleza que hay en el mundo en que vivimos.

Estas consideraciones nos muestran que la naturaleza inherente del espíritu debe consistir en la interacción eterna del amor y la belleza como la polaridad activa y pasiva del ser. Entonces, este es el poder para cuyo funcionamiento están especialmente adaptadas nuestras facultades anímicas, y cuando se reconoce este propósito de la adaptación, comenzamos a tener una idea de la forma en que debe ejercitarse nuestra intuición, nuestra imaginación y nuestra voluntad.

Al entrenar nuestro pensamiento para que permanezca habitualmente en esta unidad dual de las fuerzas originarias del amor y la belleza, la intuición se hace cada vez más sensible de las ideas que emanan de esta fuente suprema, y la facultad de imaginar se entrena en la formación de imágenes correspondientes a tales ideas, mientras que en el lado físico, la estructura molecular del cerebro y del cuerpo se ajustan cada vez mejor a la generación de corrientes vibratorias que tienden a la manifestación externa del principio originario.

De esta manera, la totalidad del hombre se pone al unísono con sí mismo y con la fuente suprema de vida. Esto es, en las palabras de San Pablo, "él es renovado día a día ante la imagen de aquel que lo ha creado". Nuestro reconocimiento personal más inmediato del amor y la belleza que todo lo original se traducirá así en paz mental, salud corporal, discreción en la gestión de nuestros asuntos y poder en la realización de nuestras empresas.

Y a medida que avancemos hacia una concepción más amplia del funcionamiento del espíritu del amor y la belleza en sus infinitas posibilidades, nuestra intuición encontrará un ámbito más amplio y nuestro campo de actividad se expandirá junto con él. En una palabra, notaremos que nuestra individualidad se desarrolla más que nunca y que poco a poco descubrimos nuestro verdadero yo.

Por lo tanto, es de suprema importancia la cuestión ya planteada sobre cómo el individuo puede entrenarse con mayor perfección para conocer su verdadera relación con el espíritu de la vida omnipresente. Pero también es de tal magnitud que incluso esbozarlo brevemente en líneas generales requeriría un volumen para sí mismo, y por lo tanto, no voy a hablar de eso aquí, pues mi propósito actual está enfocado en ofrecer algunas pistas de los principios que subyacen a esa maravillosa unión del cuerpo, el alma y el espíritu que todos sabemos que somos.

Todavía estamos al principio del camino que conduce a la realización de esta unidad en el pleno desarrollo de todos sus poderes, pero otros han recorrido el camino antes que nosotros, de cuyas experiencias podemos aprender. Y no menos importante fue el ilustre fundador de la Fraternidad Cristiana de los Rosacruces. Esta mente maestra, partiendo en su juventud con la intención de ir a Jerusalén, cambió el orden de su viaje y permaneció primero durante tres años en la ciudad simbólica de Damcard, en el país místico de Arabia; luego, durante un año aproximadamente, en el país místico de Egipto; y después, durante dos años en el país místico de Fez.

Así, habiendo aprendido durante estos seis años todo lo que tenía que aprender en esos países, regresó a su tierra natal, Alemania, donde, sobre la base de los conocimientos adquiridos, fundó la Fraternidad Cristiana de los Rosacruces, para cuya instrucción escribió una serie de libros místicos. Así, cuando se dio cuenta de que su obra, en su presente estado, ya había sido cumplida, dejó su cuerpo físico por voluntad propia. No se dio por decadencia, enfermedad o muerte ordinaria, sino por la expresa dirección del espíritu de vida, resumiendo todo su conocimiento en las palabras: "Jesús me es homini", a Jesús lo es todo para mí.

Y ahora, sus seguidores esperan la llegada de Elías, el artista, quien llevará su Opus Magnum a la culminación. Él te lea, entienda.

Esto ha sido la Ciencia Mental, audiolibro completo en español, escrito por Thomas Troward, narrado por D'Angelo Medina. De AudioLibros. Si deseas agregar este libro a tu biblioteca, dejaremos los enlaces en la descripción. También puedes seguir nuestro canal principal, Auxilio. Gracias y nos vemos en la siguiente página.