Transcription
En aquel tiempo, los 11 discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo, "Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id pues y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos."
Palabra del Señor.
Podemos sentar, hermanos, la ascensión de Jesús al cielo. Señor, asciende, pero fijaros, esta celebración la tenemos en medio de la Pascua. Todavía os recuerdo que seguimos en el tiempo pascual hasta la otra semana que tendremos ¿qué? Pentecostés. Muy bien. 50 días de Pascua. Pentecostés. Y digo esto de la Pascua porque va pasando el tiempo y yo no sé si la Pascua te ha ayudado. Este tiempo de Pascua. A ver, hermanos, no es un tiempo eh es un tiempo fuerte, importante en la iglesia. La iglesia tiene sus tiempos, el tiempo ordinario, el tiempo de Pascua, el tiempo de Navidad, el Adviento, la Cuaresma, etcétera. Pero el tiempo de Pascua es muy importante y no puede pasar así como cualquier cosa. La Pascua significa el paso de la muerte a la vida. Eso es la Pascua. Entonces, para la resurrección, pero Cristo ha resucitado. Muy bien. Y eso a mí, ¿de qué me importa? O sea, quiero decir que resucitó hace 2000 años Jesús. Eso a mí, ¿en qué me ayuda? Te ayuda o no te ayuda, porque puedes decir, "Bueno, a mí lo que me interesa es que se me arregle este problema que tengo en la casa o que se me solucione este otro problema que tengo en el trabajo o a ver cómo llego a final de mes." Y eso, pues la resurrección de Cristo no sé si me ayuda mucho o no, no sé porque podemos decir esto, ¿verdad?
No, la resurrección de Cristo te ayuda, porque si Cristo ha vencido la muerte, si tú tienes a Cristo dentro, tú también por Cristo que está en ti vences la muerte. O sea, la resurrección. Os quiero hacer una pregunta muy sencilla. A ver, para resucitar se necesita algo previo? O sea, ¿qué qué necesitamos para resucitar? Estar muertos. Muy bien. Muy bien. Estar muertos. Entonces, ya has descubierto tu muerte. El Señor te ha resucitado en esa muerte. Que igual la muerte era la relación con tu cuñado, igual la muerte era la relación con tus hijos o con tus padres o el matrimonio o la enfermedad. Igual era un momento de muerte serio en tu vida que te ponía triste, que te deprimía o la soledad o la viudez, lo que sea, yo que sé, que no tienes el dinero suficiente para vivir o no sé o o o tu relación con los demás, algún vicio, alguna esclavitud que tienes, no lo sé. Y es allí donde el Señor, que ha vencido todas esas muertes, puede entrar a resucitarte.
¿Cómo resucita mi matrimonio el Señor? Cambiando a mi mujer no tienes que cambiarla por otra ni cambiar a tu esposo por otro. No, no. Así no se resucita. Cambiando tu corazón para que puedas amar a esa mujer que Dios te ha dado, a ese hombre que Dios te ha dado. ¿Cómo es el punto? No está en el otro. Siempre, hermanos, el punto está en nuestro corazón. Por eso el Señor quiere venir a resucitarnos, pero no solo a resucitarnos y es lo que celebramos hoy, sino que también nos quiere meter en el cielo. Cristo no solo ha resucitado, sino que ha ascendido al cielo, que es maravilloso. Es una buena noticia. Es la buena noticia. O sea, que el Señor nos ha abierto el cielo para poder entrar en él con él, poder entrar en el cielo con Cristo, entrar en el cielo.
Y aquí, hermanos, yo quiero deciros una cosa. Quizá lo que tú crees que es el cielo no lo es, o lo que no crees que es el cielo puede que sí lo sea. ¿Qué es el cielo para nosotros? Mira, te lo resumo fácil y voy a adivinar, voy a acertar. Lo que todos los que estamos aquí pensamos que es el cielo. Te lo digo tres cosas. Salud, dinero y amor. Lo dice la canción, ¿no? Tres cosas hay en la vida. Salud, dinero y amor. Y el que tenga esas tres cosas, que le dé gracias a Dios. El que no las tenga, pues mira que se suicide, porque ¿qué hacemos? No, qué canción tan horrible esa. No sé quién la hizo esa canción. No sé quién hizo esa canción. Es una canción bastante anticristiana. Entonces, el que no tiene salud no le puede dar gracias a Dios. Entonces, el que no se siente amado, no le puede dar gracias a Dios. El que le falta el dinero no le puede dar gracias a Dios. Qué cosa tan horrible. Y ese es el cielo para todos nosotros. Ese es el cielo para el mundo. Para todo el mundo, hermanos. Salud, dinero y amor. Punto. Mientras yo tenga esas tres cositas, todo va a estar muy bien. Es un cielo, hermanos, este horrible. horrible, porque el Señor que nos ama nos ha creado un cielo mucho más grande, no limitado como el que queremos tener nosotros, sino un cielo eterno que nos da una felicidad plena, porque tú puedes tener salud, dinero y amor y ser infeliz totalmente. Te pueden amar, puedes tener mucho dinero y puedes tener toda la salud del mundo y estar mal, estar mal, pero mal, mal de de depresiones y de demás, ¿no? Al final, hermanos, todo esto nos viene por por situaciones que vivimos en el corazón, el corazón la mayoría de las veces. Por eso el Señor tiene esto pensado para nosotros. El Señor nos quiere dar un cielo, un cielo nuevo.
¿Y dónde está ese cielo? Me encanta la primera lectura que hemos leído hoy, donde están los discípulos que ven subir al Señor al cielo, ¿no? Le ven subir en la nube y se quedan ahí mirando al cielo, ¿verdad? Y aparecen dos señores, dos personajes misteriosos, vestidos de blanco. ¿Ves? Interpretamos que son dos ángeles que se acercan a ellos y les dicen, "Oye, pero ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?" Esa pregunta nos la hace hoy el Señor. ¿Qué haces tú plantado ahí mirando al cielo? No mires al cielo. Entra en el cielo. El cielo no es para que lo mires, es para que entres en él. Ya Cristo te da la posibilidad de entrar con él al cielo. Mira al cielo y entra en el cielo. Pero no te quedes mirándolo ahí porque puedes ver el cielo en los demás. Puedes darte cuenta de la obra de Dios en la vida del otro. Muy bien. Qué bonito. Qué maravilla lo que hace Dios en este hermano, en esta otra hermana. Puedes ver, pero pero no. Dios quiere el cielo para ti, que te que tú puedas entrar, que seas feliz. El cielo es la felicidad plena. Ser felices, hermanos, ser felices. Nosotros aquí en la tierra vivimos el cielo, no en plenitud, por supuesto, pero sí un anticipo del cielo.
O también vivimos el infierno. Porque si hoy tengo que hablar del cielo, también tengo que hablar del infierno, hermanos, que es lo contrario. Y todos los que estamos aquí, yo creo que todos hemos vivido momentos de infierno en nuestra vida y momentos de cielo. Y estoy convencido que así es. ¿Y cuál? ¿Cuándo ha sido el infierno en nuestra vida? Te lo digo. Hemos vivido el infierno cuando nos hemos hemos vivido para nosotros mismos, cuando nos hemos amado a nosotros mismos, cuando los demás no existían. Solo existías tú, solo existo yo, yo, yo, yo. Y allí esto es el infierno, la soledad tuya contigo mismo y en una tristeza horrible. Y date cuenta, todos los pecados que cometemos, todos, todos es por una sola cosa, por vivir para ti. Todos, analízalos. Cuando vayas a confesarte, analízalos. Este pecado, este pecado, este otro, este otro, este otro. Oye, soy un egoísta. Pocos se confiesan de egoísmo y todos somos unos egoístas. Todos vivimos para nosotros buscando nuestro beneficio, buscando nuestra comodidad, buscando tener siempre la razón, buscando nuestro propio placer, buscando siempre nosotros, porque te has puesto tú en el lugar de Dios, te has puesto en el centro de la vida de todo el mundo, tú eres el centro y todo tiene que girar alrededor tuyo. Eso es el infierno y te lleva a vivir, insisto, amargado, triste, mal y a estar siempre peleando con el otro.
Y el cielo, cuando has podido vivir el cielo, que seguro que muchos o si no todos hemos podido experimentar algún momento de cielo, ¿sabéis cuándo ha sido? Cuando has podido vivir para los demás, cuando te has dado al otro, cuando has amado, cuando has perdonado, cuando has amados, amados como yo os he amado. Cuando has amado como Cristo, esto es el cielo. Este es el cielo, hermanos. Y allí es donde nos quiere subir el Señor. Por eso, no miremos el cielo. No basta con saber que amar es la verdad. No, pidámosle hoy al Señor que nos dé amar. Así pidámosle hoy al Señor que nos dé vivir para los demás, porque ese es el secreto, es que Dios ha escondido el cielo. Lo ha escondido como un tesoro escondido, como esa puerta estrecha por donde nadie quiere entrar. Pero a nosotros los cristianos nos ha dado el mapa del tesoro, nos ha dado el plano para poder llegar al cielo. Y podemos llegar hoy al cielo. Hoy el Señor en un instante nos mete en el cielo. El cielo, hermanos, es la cruz. No hay hombre más cerca del cielo que aquel que está más cerca de la cruz de Cristo. Y allí donde el mundo no puede ver el cielo, porque es una puerta estrechita, porque es un tesoro escondido, el cristiano lo puede ver. Y por eso el cristiano puede ver el cielo en una enfermedad. Y por eso el cristiano puede ver el cielo en ese matrimonio, que son dos caracteres totalmente diferentes, imposibles, parece como el agua y el aceite. Eh, pero si son cristianos, ahí está el cielo y viven felices. Por eso el cristiano puede ver el cielo en medio de pues quizá de una precariedad económica que te llega en algún momento, lo que sea, un acontecimiento malo. El cristiano puede ver entre ver allí la puerta estrecha y entra y ese camino se ensancha y es el camino de la felicidad eterna. Es allí, hermanos. Por eso es tan difícil vivir el cielo, porque la apariencia que da, pues no es tan bonita.
Y termino con esto. ¿Os acordáis que hay una parábola que nos dice Jesucristo eh del rico Epulón y Lázaro el pobre? ¿Os acordáis Lázaro que estaba en la puerta pidiendo y tal y el rico que no le da nada? No, no le da ni la nada. Y dice que el pobre Lázaro le pedía la puerta todos los días y nada, nada. Dice que se mueren los dos. Dice que el pobre Lázaro va al seno de Abraham, al cielo, ¿verdad? Y él el el rico va al infierno. Y os acordáis que hay un momento de ese de esa parábola donde dice, "Padre Abraham", dice el rico desde el infierno, "manda a Lázaro que moje, que moje mi lengua con un poquito de agua, porque me atormentan estas llamas." ¿Os acordáis? ¿Y qué le dice Abraham? Abraham le dice, "No, Señor, no puedo." No se puede. No se puede. Es imposible. Hay un abismo tan grande entre vosotros y nosotros que no se puede pasar de aquí allí ni de allí aquí. No se puede. Es imposible. Pues hoy os quiero dar una buena noticia. Abraham se equivocó porque hasta ese momento no era posible pasar de un lado a otro. Pero ha habido uno que ha pasado de un sitio al otro. ¿O no bajo al infierno Cristo? ¿O no? Decimos en el credo bajo a los infiernos. Al tercer día resucitó de entre los resucitó entre los muertos y subió a ¿dónde? Al cielo. Cristo ha roto ese abismo. Cristo ha pasado del infierno al cielo y pasamos nosotros con él.
Esto, hermanos, ¿por qué te lo digo? Porque si hoy vienes destruido, si hoy vienes en el infierno, si hoy no has podido amar, si vienes esclavo de algún de algún vicio, de alguna situación concreta, si vienes que no te soportas a tu esposa, que no te aguantas a tu esposo y que quieres tirar por la ventana a tu suegra, pues ánimo, ánimo, porque el Señor hoy te pasa de este infierno al cielo. Y salimos de aquí, hermanos, en un instante. El Señor ahora mismo puede poner el cielo en tu corazón. Ojalá te lo creas. Y si te lo crees, así va a ser, ¿eh? Porque el cielo se hace presente en esta Eucaristía. Como nosotros no podemos el cielo, pues ya me dirás cómo lo hacemos. Dios en su infinito amor sabe lo que ha hecho. Como nosotros no podemos alcanzar el cielo, ha bajado el cielo a nosotros con su hijo Jesucristo. Y en esta eucaristía se hace presente el cielo y entra en ti el cielo. Entra a través de la palabra, ya ha entrado, si es que has escuchado, y entra a través de la comunión, de la Eucaristía. Que entre el cielo en tu vida, que entre el cielo en mi vida y que podamos ser felices y no miremos tanto el cielo, sino que actuemos, entremos en él para que saliendo de aquí podamos, hermanos, ser verdaderamente felices y vivir alegres, que eso es la característica del cristiano, la alegría. Que así sea, hermanos.