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RADIONOVELA | LA ESTRATEGIA DEL PARASITO | CAPITULO #2

Habla Pablo Podcast23:39

Transcription

[Música] la estrategia del parásito de César mallorqui.

Este libro está dedicado a Elena y María astier Álvarez porque tienen estrellas en los ojos e iluminan el mundo con sus sonrisas.

[Música]

Capítulo 2.

Aunque insistí mucho, aquel maldito funcionario se negó en redondo a darme la dirección y el teléfono de Figuerola. "No podemos facilitar esa información", fue todo lo que saqué. Frustrado, abandoné la secretaría. Me detuve en el amplio vestíbulo de la facultad y observé el ir y venir de los estudiantes. Durante un segundo, pensé en largarme de allí y olvidarme de todo. Pero, ¿qué clase de periodista pretendía hacerme si me rendía al primer contratiempo?

Comencé a examinar los tablones de anuncios que colgaban en las paredes. Al poco, descubrí que "Temas distribuidos: Arquitecturas de comunicaciones" era una asignatura optativa de quinto curso, pero ese día no había clase. Consulté el plan de estudios y averigüé que la clase de "Sistemas informáticos", una de las asignaturas obligatorias del quinto, estaba a punto de acabar. Así que, tras enterarme de dónde estaba el aula, me dirigí allí.

A los pocos minutos, las puertas de la clase se abrieron y una riada de estudiantes comenzaron a dispersarse por el corredor. Entonces, empecé a repetir en voz alta: "Alguien conoce a Mario Rocafort". Al cabo de unos segundos, un estudiante con gruesas lentes de miope se acerca a mí y me dijo: "Yo le conozco".

"Ah, cojonudo. ¿Eres amigo suyo? ¿Compañero de clase?".

"Oye, ¿sabes que Mario ha muerto?".

"Sí, de eso se trata. Verás, me llamo Óscar Herrero y fui al colegio con Mario. El otro día leí en el periódico la noticia de un accidente y, bueno, hacía mucho que no nos veíamos y me gustaría saber algo más de él, si no te importa".

"Te invito a tomar un café en el bar y charlamos unos minutos".

"Como quieras", respondió con un encogimiento de hombros. "Yo soy Tomás, Tomás Rodríguez. Pero oye, tampoco te creas que conocía mucho a Mario".

"Por poco que sepas, seguro que sabes más que yo".

Nos dirigimos al bar de la facultad y, tras pedir en la barra un par de cafés con leche, nos sentamos en una de las mesas.

"Tengo clase dentro de 10 minutos", dijo Tomás, mientras vertía un sobrecito de azúcar en el café. "Así que mejor nos damos prisa, ¿vale?".

"Mario estudiaba quinto?".

"No, qué va. El muy cabrón acaba la carrera en 4 años. Ahora estaba preparando doctorado. Así que era buen estudiante".

"Buen estudiante... Ese tío era un genio. Sabía más que la mayor parte de los profesores".

"Entonces, si ya había acabado la carrera, supongo que últimamente no lo verías mucho".

"Ni últimamente ni nunca. Mario iba a su bola, no tenía amigos, muy poquitos. Que yo recuerde, solo Fran".

"¿Quién es Fran?".

"Francisco Melgo. Cerebrito. Clase después de Mario. Está hoy aquí en la facultad".

Tomás sacudió la cabeza. "Hace días que no lo veo. ¿Y Mario no tenía más amigos?".

"Insistí".

Se encogió de hombros. "En la facultad, que yo sepa, no". Sus cejas se alzaron de golpe, como si hubiera recordado algo. "Espera. Tenía una novia. También era rarita, pero estaba muy buena. Estudiaba Exactas, creo".

"¿Recuerda cómo se llamaba?".

Tomás entrecerró los ojos y, tras reflexionar unos segundos, chasqueó los dedos. "Judit", exclamó. "Eso es. Se llamaba Judit".

"¿El apellido no lo sabrás, verdad?".

"No, tío, ni idea. Pero es inconfundible. Morena, con el pelo corto, guapa. Lleva un piercing en la nariz y siempre viste de negro, en plan gótico o algo así".

"¿Y dices que estudiaba Exactas?".

"Sí, seguro. Lo recuerdo porque me llamó la atención que a una tía tan maciza le fueran las matemáticas".

Le di un sorbo al café y dije: "Antes has comentado que Mario estaba preparando la tesis doctoral. ¿Sabes de qué trataba?".

"Ni puñetera idea. Pero su autor era Erasmo Figuerola, el profesor de Arquitecturas de comunicaciones".

Casi me atraganté con el café al oír aquel nombre.

"Me han dicho que estaba de baja".

"Eso he oído".

Tomás consultó su reloj. "Oye, lo siento, voy a tener que irme".

"Vale, solo un par de cosas más. Me gustaría hablar con Figuerola. ¿Sabes cómo puedo localizarle?".

"Yo no doy clase con él, pero espera un momento. Creo que Carmen tenía su teléfono".

Tomás se levantó de la silla, caminó hasta la barra y habló con una chica que estaba tomándose una Coca-Cola con un amigo. Le vi sacar un bolígrafo y apuntar algo en una servilleta de papel. Luego se aproximó y, sin volver a sentarse, me entregó la servilleta. Había un número escrito en ella.

"Es el móvil de Figuerola", aclaró.

"Gracias", dije, al tiempo que lo guardaba en un bolsillo. Me puse en pie y añadí: "Una cosa más. ¿Tienes la dirección o el teléfono de ese amigo de Mario, Fran Melgar?".

"No, pero puedo preguntar en clase. Dame tu teléfono y te llamo si me entero de algo".

Le di mi número de móvil y, tras agradecerle la ayuda, nos despedimos. Él se dirigió al interior de la facultad y yo al exterior, a la parada de autobuses. Mientras aguardaba, saqué la servilleta del bolsillo y contemplé el número de teléfono con una sonrisa. Después de todo, no había sido tan difícil.

Cogí el móvil, tecleé el número y el alma se me cayó a los pies cuando una voz grabada dijo en el auricular: "El número que acaba de marcar no corresponde a ningún abonado".

Entonces no lo sabía, ni siquiera ahora estoy seguro. Pero supongo que esa llamada también despertó la atención de un lejano y a la vez muy próximo poder oculto. Cualquier llamada al antiguo número telefónico de Ernesto Figuerola lo habría hecho. De modo que aquella frustrada comunicación telefónica, al igual que había ocurrido con la dirección IP de mi ordenador, debió ser archivada en algún banco de datos. Con una diferencia: el móvil estaba a mi nombre, lo cual significaba que ya podía ser identificado. Pero los datos no se cruzaron. Aún no.

Tras descubrir que el número telefónico de Figuerola era equivocado o que la línea había sido anulada, guardé el móvil y esperé la llegada del autobús. Intenté no pensar en nada durante el trayecto de regreso a la ciudad, ni luego cuando cogí otro autobús que me condujo a la Complutense. Pero al bajarme frente a la Facultad de Ciencias de la Información, decidido a no perder las últimas clases de la mañana, me detuve frente a la entrada con el convencimiento de que me resultaría imposible prestar atención. Por mucho que lo intentase, no podía quitarme de la cabeza el asunto de Mario. Mi compañero de colegio había muerto y su autor para la tesis doctoral estaba aparentemente desaparecido. Y Mario, según traslucía su carta, le tenía miedo a algo. ¿Pero a qué? ¿Y por qué?

¿Qué? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo? Esas son las preguntas que, según uno de mis profesores, todo periodista debe responderse al escribir una noticia. Y de momento, no podía contestar a ninguna de ellas. Apenas tenía nada, solo un par de nombres: Fran Melgar, el compañero y amigo de Mario, y una chica llamada Judit, la novia, una chica que estudiaba Exactas y su facultad estaba muy cerca de la mía.

Casi sin darme cuenta de lo que hacía, puse rumbo a la Facultad de Ciencias Matemáticas. Había supuesto que no habría muchas chicas matriculadas en Exactas y era cierto. Tan solo un 30% de los alumnos pertenecía al sexo femenino. No obstante, el 30% de más de 100 alumnos era un montón de chicas. Recorrí la Facultad de Matemáticas de arriba abajo, preguntando a cuántos se cruzaban conmigo por una estudiante llamada Judit, pero nadie me dijo nada concreto. A algunos les sonaba, otros la habían visto en clase, pero no la conocían. Uno me dijo que Judit estudiaba tercero, otro insistió en que era alumna de cuarto y otro más aseguró que cursaba quinto. Al parecer, nadie sabía cómo se pillaba.

Finalmente, a última hora de la mañana, harto de dar vueltas hablando con desconocidos, me dirigí al bar de la facultad. Me acode en la barra, pedí una cerveza y me quedé allí un rato, sumido en mis pensamientos, dándole distraídos sorbos a la bebida. Al cabo de unos minutos, y luego de apurar el botellín, y cuando me disponía a pagar la consumisión, una voz dijo a mi espalda: "Creo que me buscas".

Giré en redondo y me quedé mirando a una chica de mediana estatura, morena, con el pelo corto y los ojos del color de la miel. Aunque su ropa totalmente negra y un maquillaje muy oscuro le daban un aire algo siniestro, saltaba a la vista que era muy, muy guapa. Si me quedaba alguna duda sobre su identidad, el aro de oro que llevaba en una de las aletas de la nariz la disipó.

"Eres Judit", dije. No era una pregunta.

Así que ella se me quedó mirando en silencio, expectante.

"Te estaba buscando, es cierto", continué. "Soy Óscar Herrero y fui compañero de colegio de Mario Rocafort. Eh, supongo que sabes que Mario ha muerto".

"Un accidente de moto. Ya lo sé", lo dijo con voz neutra, sin mostrar la menor emoción.

Un tanto desconcertado, proseguí: "Verás, estuve en la Facultad de Informática y un compañero de Mario me dijo que tú eras su novia".

"Lo fui. Cortamos hace un par de meses y novia no es la palabra adecuada, salíamos de vez en cuando. Eso es todo".

"Ya. Bueno, quería hacerte una pregunta sobre Mario".

"Mario me habló de ti", volvió a interrumpirme. "¿Qué?".

"Un par de días antes del accidente vino a verme y me pidió que, si te ponías en contacto conmigo, te ayudara".

"¿Ayudaras a qué?".

Se encogió de hombros. "No lo sé. Dímelo tú, que me estabas buscando".

Me apoyé en la barra y respiré hondo. "Perdona", dije, "pero estoy un poco perdido. Escucha, Mario y yo fuimos compañeros en el colegio, pero no éramos especialmente amigos. De hecho, hacía mucho que no nos veíamos y ayer, de repente, recibí por correo un paquete suyo".

Por primera vez, el inexpresivo rostro de Judit mostró una emoción: curiosidad. "¿Qué había dentro?", preguntó.

"Una carta y un pendrive".

"¿En la carta me decía dónde está el qué?".

"La carta... ¿la tienes aquí?".

"No, en mi casa". Judit asintió con la cabeza y dio un paso hacia la salida. "Vámonos", dijo.

"¿A dónde?".

"A tu casa. Prefiero leer la carta yo misma a que me la cuentes".

"Vamos, tengo coche".

Parpadeé y, tras abonar la consumisión, me dirigí al aparcamiento junto a aquella extraña chica. Judit tenía un Mini Cooper Sport negro. Mucho coche para un estudiante, pensé. Durante el trayecto, intenté charlar, pero ella se limitó a contestarme con monosílabos acompañados de largos silencios, de modo que no tardé en desistir.

Cuando llegamos a casa, encontramos a Emilio, mi compañero de piso, en el salón, sentado frente al televisor, comiéndose un bocadillo. Tras unas rápidas presentaciones, llevé a Judita a mi cuarto, cerré la puerta y le entregué la carta de Mario. Judit se sentó en una silla y comenzó a leerla lentamente, con mucha atención, como si quisiera memorizar cada palabra.

Cuando acabó, se me quedó mirando, inexpresiva. "El otro día", dijo en voz baja, "cuando Mario vino a verme, estaba muy nervioso, asustado, creo. Nunca le había visto así. Le pregunté qué qué le pasaba y él estuvo a punto de decírmelo, pero al final se arrepintió y no lo hizo. Entonces me habló de ti. Dijo que eras listo y eso, viniendo de él, es todo un halago. Luego me pidió que, si recurría a mí, te ayudara".

"¿Pero no te dijo a qué tenías que ayudarme?".

"A encontrar a Figuerola, supongo".

"Eso dice en la carta". Me senté en el borde de la cama. "Es un profesor de la facultad de informática".

"Yo lo sé. Era el de Mario".

"Lo vi un par de veces. ¿Sabes dónde vive?", pregunté esperanzado.

Dejé escapar un suspiro. "Esta mañana he estado en Informática. Por lo visto, Figuerola lleva más de un mes de baja y ha solicitado la excedencia. No han querido darme su dirección, aunque conseguí su número de teléfono, pero está mal, no hay abonado".

Hice una pausa y proseguí: "Mira, hacía mucho que no veía a Mario, así que apenas sé nada de él. Esa carta suya es un poco rarita, suena paranoica. Mario estaba bien, ¿es decir, no le pasaba nada raro?".

Judit arrugó el ceño. "¿Se le había ido la olla?".

"Pues sí, o menos".

"El cociente intelectual de Mario superaba los 190. Era el tío más inteligente y más cuerdo que he conocido en mi vida".

"Vale, vale", acepté. Judit desvió la mirada. "Pero en algo tienes razón", dijo. "Últimamente estaba paranoico. Por qué, no lo sé. Había descubierto algo que lo obsesionaba".

"¿El qué?".

Se encogió de hombros. "Algo relacionado con Internet, creo. Nunca me lo dijo, pero sea lo que sea, debió de descubrirlo hace cinco o seis meses. Poco después de que empezara a preparar la tesis".

"¿De qué iba su tesis, quiero decir?".

Judit me miró y, por primera vez, esbozó una sonrisa, una sonrisa irónica. "Aplicación de autómatas celulares a criptosistemas de cifrado en flujo", dijo. "Ese era el título de la tesis".

"¿Entiendes algo?".

"Lo de aplicación me suena. Un día Mario me lo intentó explicar y a los 5 minutos ya estaba mareada".

Hubo un silencio. Cogí la carta y le eché un vistazo. "¿Tona esa empresa que menciona Mario?", pregunté.

"Tac Systems. Fabrica equipos informáticos".

"¿Ya lo sé? La conozco. Pero, ¿te habló Mario de ella?".

"No, ya te he dicho que no me contaba nada".

Hubo un nuevo silencio. "¿Conoces a un amigo de Mario llamado Francisco Melgar?", pregunté.

"Sí, lo he visto varias veces".

"¿Tienes un número o dirección?".

Judit negó con la cabeza y se puso en pie. "¿Dónde está el pendrive?", dijo.

"Lo tengo guardado. ¿Quieres verlo?".

"No, da igual. No lo pierdas".

"¿Qué vas a hacer esta tarde?".

"Estoy de prácticas en una radio. Es que estudio periodismo, ¿no te lo había dicho?".

"Vale. Entonces, ¿nos vemos mañana a las 9 en punto en la entrada de la Facultad de Informática?".

"¿De acuerdo?".

"Para qué".

"Para localizar a Figuerola", respondió, al tiempo que se aproximaba a la puerta. "De eso se trata, ¿no?".

Acompañé a Judita a la salida y me despedí de ella. Nada más cerrar la puerta, Emilio se aproximó a mí y me preguntó: "¿Quién es esa tía?".

"Una amiga", respondí lacónicamente.

"Pues está muy buena", me miró con ironía. "¿Sabe Paloma que tienes amigas tan macizas?".

"Es la novia de un amigo que acaba de palmarla".

Emilio sonrió como un zorro y, ahora, dijo guiñándome un ojo: "¿Vas a consolar a la viuda, eh, cabronazo?". Mi compañero de piso, que estudiaba medicina, conocí a Paloma a través de él y llevábamos tres años compartiendo el alquiler. Era un buen tío, pero tenía un pequeño problema: se le daban fatal las chicas. Así que solía estar más salido que un mono. De hecho, su principal motivación para estudiar medicina era especializarse en ginecología.

"Estás enfermo", dije, al tiempo que echaba andar hacia mi cuarto. "Deberías hacértelo mirar".

Emilio soltó un estornudo. "Pues mira, sí", repuso, mientras me alejaba. "Me estoy pillando un trancazo de caballo".

Aquella noche, después de pasar mi correspondiente media hora de jornada en la emisora, cuando regresé a casa, metí la pata hasta el fondo. Fui a mi cuarto, conecté el ordenador portátil y me quedé pensando. Mario me pedía en su carta que no hablara de él por Internet, pero no decía nada de Figuerola. Así que tecleé "Ernesto Figuerola" en Google y pulsé Enter. Encontré referencias suyas en la página de la Universidad Complutense y en varias páginas especializadas en informática, pero no vi por ninguna parte ni su dirección ni su teléfono.

Así que escribí "Tac Systems" en la ventanita de Google y volví a pulsar la tecla. La verdad es que fue algo absurdo, pues obtuve casi 50 millones de resultados, como era de esperar, tratándose de una conocida multinacional del sector informático. Desconecté el ordenador, sintiéndome frustrado y tonto. Aquello no me había servido de nada, salvo para llamar la atención, porque si bien entonces no lo sabía, al introducir en la red los nombres de Ernesto Figuerola y Tac Systems, los datos por fin se cruzaron, uniéndose a mi llamada telefónica al profesor y a la búsqueda en Google de miyasaki, lo cual, esta vez sí, hizo saltar las alarmas al instante.

Todos los datos que había sobre mí en Internet: mi historial académico, mis direcciones en Burgos y en Madrid, mis movimientos bancarios, mi historia médica, mis comentarios en blogs, en Facebook o en Twitter, mis correos electrónicos, mi cuenta telefónica... todo, absolutamente todo, fue copiado y procesado. El vigilante en las sombras aún no hizo nada, pero ya me tenía en su punto de mira.

[Música]

Se oculta. No puedes verlo, pero siempre está ahí, observándote, vigilándote.

[Música]

Depende de ti. Por eso se esconde y te utiliza. Y entre tanto, crece y crece sin parar.

[Música]

[Música]

Ah.