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k. [Música] [Música] [Aplausos] [Música] [Música] Somos responsables de lo que vemos. [Música] Hemos repetido cuán poco se te pide.
Para que aprendas este curso es la misma pequeña dosis de buena voluntad que necesitas para que toda tu relación se transforme en dicha. El pequeño regalo que le ofreces al Espíritu Santo, a cambio del cual él te da todo, lo poco sobre lo que se basa la salvación. El pequeño cambio de mentalidad por el que la crucifixión se transforma en resurrección; y puesto que es cierto, es tan simple que es imposible que no se entienda perfectamente, puede ser rechazado pero no es ambiguo; y si decides oponerte a ello, no es porque sea incomprensible, sino más bien porque ese pequeño costo parece ser, a tu juicio, un precio demasiado alto para pagar por la paz.
A ver, como decimos siempre, para que esto no quede en una abstracción, vamos a tener en la mente algo que represente a lo que el curso se está refiriendo. Aquí vamos a leerlo de nuevo desde esta perspectiva; por ejemplo, puede ser la relación especial, y dentro de la relación especial, ¿qué es lo que la define como especial? El cuerpo. Por lo tanto, inicialmente y a modo de experimento, vamos a verlo de esta forma: eso que tú crees que tienes que sacrificar para estar en paz es lo que más valoras en la relación especial, el cuerpo; y dentro del cuerpo, la sexualidad. Ahora imagínate que el precio que tienes que pagar para estar en paz es no volver nunca más a tener, eh, sexo con nadie. Hm. Utilizamos esto, como digo, a modo de ejemplo para que se entienda. ¿Por qué hay esta dificultad? Si crees que el sexo no es tu caso, porque ni tienes sexo ni crees que te interesa, pon la comida o lo que sea en relación al cuerpo; algo que tú valores especialmente. Y ahora vamos a leerlo teniendo ese pensamiento presente.
Desde arriba hemos repetido cuán poco se te pide. Para que aprendas este curso es la misma pequeña dosis de buena voluntad que necesitas para que toda tu relación se transforme en dicha. El pequeño regalo que le ofreces al Espíritu Santo, a cambio del cual él te da todo, lo poco sobre lo que se basa la salvación. El pequeño cambio de mentalidad por el que la crucifixión se transforma en resurrección; y puesto que es cierto, es tan simple que es imposible que no se entienda perfectamente, puede ser rechazado pero no es ambiguo; y si decides oponerte a ello, no es porque sea incomprensible, sino más bien porque ese pequeño costo parece ser, a tu juicio, un precio demasiado alto para pagar por la paz.
Esto es lo único que tienes que hacer para que se te conceda la visión, la felicidad, la liberación del dolor y el escape del pecado: di únicamente esto, pero dilo de todo corazón y sin reservas. Pues en ello radica el poder de la salvación. Soy responsable de lo que veo, elijo los sentimientos que experimento y decido el objetivo que quiero alcanzar; y todo lo que parece cederme, yo mismo lo he pedido y se me concede tal como lo pedí. Fijémonos bien que incluso en estos ejemplos que hemos utilizado con respecto al cuerpo, aplica perfectamente esto: soy responsable de lo que veo, elijo los sentimientos que experimento y decido el objetivo que quiero alcanzar, lo que siento. Entonces, no depende del que le he atribuido al cuerpo, ni al otro en relación a mi cuerpo, ni a la comida en relación a mi cuerpo, ni a nada en relación a mí, porque soy yo quien elige los sentimientos que experimento.
No te engañes por más tiempo pensando que eres impotente ante lo que se te hace; reconoce únicamente que estabas equivocado y todos los efectos de tus errores desaparecerán. Es imposible que el hijo de Dios pueda ser controlado por sucesos externos a él; es imposible que él mismo no haya elegido las cosas que le suceden. El guion ya está escrito; recordemos su poder de decisión, es lo que determina cada situación en la que parece encontrarse, ya sea por casualidad o por coincidencia; y ni las coincidencias ni las casualidades son posibles en el universo tal como Dios lo creó, fuera del cual no existe nada. ¿Quién ha elegido entonces todo lo que le está ocurriendo? Yo, nadie más. Si sufres, es porque decidiste que tu meta era el pecado; si eres feliz, es porque pusiste tu poder de decisión en manos de aquel que no puede sino decidir a favor de Dios por ti.
Este es el pequeño regalo que le ofreces al Espíritu Santo, y hasta esto él te da para que te lo des a ti mismo. Pues mediante este regalo se te concede el poder de liberar a tu Salvador, para que él a su vez te pueda dar la salvación a ti. Fijémonos en la importancia de esto, observemos bien: primero te remite, perdón, te remite la responsabilidad; eres el único responsable de lo que ocurre y de lo que siente. Ahora, todo lo que ocurre, por lo tanto, puesto que no hay casualidades y el guion ya está escrito, lo has elegido tú; y ni las coincidencias ni las casualidades son posibles en el universo tal como Dios lo creó, fuera del cual no existe nada; no existe nada más allá de lo que Dios ha creado, dentro de lo cual no hay casualidades, accidentes o errores. Si sufres, es porque decidiste que tu meta era el pecado, esto independientemente de lo que ocurra. Si sufres, ¿por qué? Vas a sufrir por lo que ya está escrito, es decir, por lo que has elegido o por la forma en la que estás interpretando lo que ya está escrito, porque eso no lo vas a cambiar. Hay un accidente de coche; puedes elegir sufrir o no sufrir. El accidente, que no es tal, está escrito y tiene como propósito tu aprendizaje; ahora tú decides. ¿En manos de quién pones esa experiencia? Si sufres con esa experiencia que ya está escrita, es porque decidiste que tu meta era el pecado; si eres feliz… no dice evidentemente que te vayas a poner a dar saltos de alegría por tener un accidente, pero sí que lo puedas utilizar para tu bien, porque todo lo que ocurre es para tu bien. Si eres feliz, es porque pusiste tu poder de decisión en manos de aquel que no puede sino decidir a favor de Dios por ti, aquel que no puede sino decidir a favor de Dios por ti; pero para eso tienes que ponerlo en sus manos.
Este es el pequeño regalo que le ofreces al Espíritu Santo: ponerlo en sus manos; y hasta esto él te da para que te lo des a ti mismo. ¿Quién se beneficia de que tú pongas todo en sus manos? Tú. ¿Por qué? Por lo siguiente: pues mediante este regalo de poner todo en sus manos se te concede el poder de liberar a tu Salvador, para que él a su vez te pueda dar la salvación a ti. La única forma en la que te salvas de esta situación es poniendo todo en sus manos. Cuando tú pones todo en las manos del Espíritu Santo, eres llevado directamente a esa liberación, porque esa es su función. ¿Cómo podría ser otro desenlace si es la única función que Dios le ha otorgado? Por lo tanto, si su única función es liberarte cada vez que acudes a él, te liberas; y si estás permanentemente con él, significa que ya eres libre. No resientas tener que dar esta pequeña ofrenda, pues si no la das, seguirás viendo el mundo tal como lo ves ahora; más si la das, todo lo que ves desaparecerá junto con él. Nunca se dio tanto a cambio de tan poco; este intercambio se efectúa y se conserva en el instante Santo. Ahí el mundo que no deseas se lleva ante el que sí deseas, y el mundo que sí deseas se te concede puesto que lo deseas. Ah, es se produce una corrección de la percepción, y el mundo que sí deseas se te concede puesto que lo deseas. Más para que esto tenga lugar debes primero reconocer el poder de tu deseo; tienes que aceptar su fuerza, no su debilidad; tienes que percibir que lo que es tan poderoso como para construir todo un mundo puede también abandonarlo, y puede asimismo aceptar corrección si está dispuesto a reconocer que estaba equivocado. Veamos esto a partir de la frase 8, porque aquí está haciendo alusión a la importancia de reconocer dónde estamos y que estamos ahí porque lo deseamos y no en contra de nuestra voluntad, no siendo víctimas del mundo. Más para que esto tenga lugar, esa liberación, debes primero reconocer el poder de tu deseo. Vemos que está aludiendo a la responsabilidad. Para que esto tenga lugar debes primero conocer el poder de tu deseo, pero de tu deseo también cuando estás sufriendo, no de tu deseo solamente en cuanto a lo que te hace feliz; tu deseo en cuanto a lo que te hace sufrir, porque eso es lo que te devuelve el poder, como dice aquí: debes primero reconocer el poder de tu deseo en toda circunstancia. ¿Por qué estoy sufriendo en esta relación de pareja? Porque esto es lo que deseo. ¿Por qué tengo estos síntomas físicos? Porque esto es lo que deseo. ¿Por qué tengo esta situación económica? Porque esto es lo que deseo. Esta es la dirección que tiene que ser invertida ahora, pero no puede haber una inversión de la dirección si primero no reconozco que estoy en el lugar al que me he llevado a mí mismo, ¿cómo? De qué del poder de mi deseo. Nadie puede cambiar una cosa que primero no reconoce como propia. Si el destino me ha llevado hasta aquí, que el destino se haga cargo; pero si he sido yo el que se ha llevado hasta aquí, me corresponde a mí primero reconocer que me he llevado a mí mismo hasta aquí para ahora reconocer que cambiando de decisión el resultado será otro, pero no puedo disociarme de adónde me he llevado simplemente porque duela, porque entonces tampoco voy a reconocer el poder que tiene mi deseo para llevarme a un lugar distinto, ya que no reconoceré ese poder como propio sino que lo proyectaré sobre una voluntad ajena que puedo llamar Dios, el mundo, el destino o como mejor me parezca, pero todo menos el reconocimiento de que solamente me corresponde a mí la responsabilidad del lugar en el que me encuentro. Tienes que aceptar su fuerza, la fuerza de tu deseo, no su debilidad; tienes que percibir que lo que es tan poderoso como para construir todo un mundo, un mundo con el que te haces daño, puede también abandonarlo, y puede asimismo aceptar corrección si está dispuesto a reconocer que estaba equivocado, pero no antes. El mundo que ves no es sino el testigo fútil de que tenías razón, de que tenías razón en tu locura. Obviamente es un testigo demente; tú le enseñaste cuál tenía que ser su testimonio, es decir, qué tenía que reafirmar en cuanto a lo que creías; y cuando te lo repitió, lo escuchaste y te convenciste a ti mismo de que lo que decía haber visto era verdad. Es decir, el mundo te repite aquello que tú le has dicho que es real y que tiene valor. El mundo no te puede devolver absolutamente ninguna idea que tú primero no hayas puesto en tu mente. Vamos a repetir esto desde arriba: el mundo que ves no es sino el testigo fútil de que tenías razón, eres un demente. ¿Por qué? Porque le da forma a tu demencia, representa la demencia que le pidió atestiguar; tú le enseñaste cuál tenía que ser su testimonio; y cuando te lo repitió, lo escuchaste y te convenciste a ti mismo de que lo que decía haber visto era verdad. Has sido tú quien se ha causado todo esto a sí mismo. Solo que con que comprendieses esto, comprenderías también cuán circular es el razonamiento en que se basa tu, entre comillas, “porque no es del espíritu”. Eso no fue algo que se te dio, ese fue el regalo que tú te hiciste a ti mismo y que le hiciste a tu hermano. Accede entonces a que se le quite y a que sea reemplazado por la verdad; y a medida que observes el cambio que tiene lugar en él, se te concederá poder verlo en ti mismo. Tal vez no veas la necesidad de hacer esta pequeña ofrenda; si ese es el caso, examina más detenidamente lo que dicha ofrenda representa, y no veas en ella otra cosa que el absoluto, que el absoluto intercambio de la separación por la salvación. El ego no es más que la idea de que es posible que al hijo de Dios le puedan suceder cosas en contra de su voluntad, y por ende, en contra de la voluntad de su Creador, la cual no puede estar separada de la suya. Si comprendieses en profundidad esta última frase, sería imposible que siguiéramos creyendo que puede ocurrirnos algo en contra de nuestra voluntad simplemente por correlación de ideas. ¿Hay algo que se pueda oponer a la voluntad de Dios cuando la voluntad de Dios es lo único que existe? No hay algo que Dios haya creado aparte de su hijo; nada es, por lo tanto, el hijo de Dios, una extensión de su voluntad. ¿Lo es? ¿Puede algo oponerse a la voluntad de Dios y de su hijo? Absolutamente nada, absolutamente nada. Cada vez que creemos que algún acontecimiento o alguna situación nos puede hacer daño en contra de nuestra voluntad, estamos afirmando que la voluntad de Dios no existe, y estamos inventando otra voluntad en su lugar. Eso es lo que sumerge a la mente en el sueño, porque es la negación de la naturaleza misma de la realidad. Al negar al creador de la realidad, Dios y su voluntad no pueden estar separados. Cuando negamos la voluntad de Dios, al negar nuestra voluntad que está unida a la suya, negamos a Dios mismo. Cuando negamos a Dios, ¿qué hacemos? Negamos la realidad. Cuando negamos la realidad, ¿qué ocurre? Que nos adentramos en los sueños, en la percepción. Con esta idea fue con lo que el hijo de Dios reemplazó su voluntad en rebelión de mente contra lo que no puede sino ser eterno. Dicha idea es la declaración de que él puede privar a Dios –el hijo puede privar a Dios de su poder y quedarse con él para sí mismo–, privándote de la idea la que has entronado en tus altares y a la que rindes culto, y todo lo que supone una amenaza para ella parece atacar tu fe, pues en ella es donde la has depositado. No pienses que te falta fe, pues tu creencia y confianza en dicha idea son ciertamente firmes. El Espíritu Santo puede hacer que tengas fe en la santidad y darte visión para que la puedas ver fácilmente, mas no has dejado libre y despejado el altar donde a estos dones les corresponde estar. Esto significa que tu disposición no es aún completa o no es aún lo suficientemente firme; está obstaculizada por, por tu fidelidad al sistema de creencias del ego todavía; y donde ellos debieran estar, estos dones, has colocado tus ídolos, los cuales has consagrado a otra cosa, a esa otra voluntad entre comillas, porque no puede existir sino fantasías que parece decirte lo que ha de ocurrir, le confieres realidad; por lo tanto, aquello que te demostraría lo contrario no puede por menos que parecerte irreal –el Espíritu Santo o la voluntad de Dios–, por eso la niegas. Lo único que se te pide es que le hagas sitio a la verdad, el suficiente como para comprobar por ti mismo los efectos de la realidad en tu mente. No se te pide que inventes o que hagas lo que está más allá de tu entendimiento, o sea, este conocimiento, esto que te está pidiendo, se puede aplicar perfectamente en tu vida cotidiana. Lo único que se te pide es que dejes entrar a la verdad, que ceses de interferir en lo que ha de acontecer de por sí, y que reconozcas nuevamente la presencia de lo que creíste haber desechado. Accede, aunque solo sea por un instante, a dejar tus altares libres de lo que habías depositado en ellos, y no podrás sino ver lo que realmente se encuentra allí. El instante Santo no es un instante de creación sino de reconocimiento, de reconocimiento de lo que ya ha sido creado ahí, pues el reconocimiento procede de la visión y de la suspensión de todo juicio. Solo entonces es posible mirar dentro de uno mismo y ver lo que no puede sino estar allí, claramente a la vista y completamente independiente de cualquier inferencia o juicio. Deshacer no es tu función, es la función del espíritu, pero sí depende de ti el que le des la bienvenida o no. La fe y el deseo van de la mano, pues todo el mundo cree en lo que desea. El reconocimiento emocional del que hablamos tantas veces… ya hemos dicho que hacerse ilusiones es la manera en que el ego lidia con lo que desea para tratar de convertirlo en realidad. No hay mejor demostración del poder del deseo y, por ende, de la fe para hacer que sus objetivos parezcan reales y posibles. La fe en lo irreal conduce a que se tengan que hacer ajustes en la realidad para que se amolde al objetivo de la locura. Observemos bien esto, porque está hablando de la disociación, del uso equivocado de, de la motivación o de la fe. El curso, como siempre, comienza haciendo una descripción en el párrafo 9. Ya hemos dicho que hacerse ilusiones es la manera en que el ego lidia con lo que desea para tratar de convertirlo en realidad. Hacerse ilusiones, poner tu motivación en lo que crees para que ocurra… ese es el poder de crear del hijo de Dios. El hijo de Dios crea de esta forma, mediante su motivación; pero claro, ¿qué es lo que motiva al hijo de Dios? ¿Qué es lo que hace que su mente se extienda? El conocimiento de la realidad, la cual es tan incontenible que produce el deseo de extenderla. Aquí, en lugar de ser la realidad la que produce esa motivación, son las ilusiones, con lo cual se pone el poder creador del hijo de Dios al servicio de dichas ilusiones; y esto hace que en lugar de crear, fabrique, que es la función original de crear distorsionada. Repito: ya hemos dicho que hacerse ilusiones es la manera en que el ego lidia con lo que desea para tratar de convertirlo en realidad. No hay mejor demostración del poder del deseo y, por ende, de la fe para hacer que sus objetivos parezcan reales y posibles. La fe en lo irreal –esto es ese poder creador del hijo de Dios puesto al servicio de las ilusiones– conduce a que se tengan que hacer ajustes en la realidad para que se amolde al objetivo de la locura. Fijémonos el precio tan alto que se paga por poner nuestro poder creador al servicio de las ilusiones. ¿A qué nos lleva esto? Al rechazo de la realidad. Ahora la realidad se tiene que ajustar a nuestras ilusiones. ¿Qué ocurre con el estudio del curso? Justamente eso lo explicábamos en la primera clase de este segundo ciclo, en el audio número 100 que podéis ver en la web, que puesto que tenemos ilusiones que queremos hacer reales cuando estudiamos el curso, todo aquello que no encaje con nuestras fantasías lo vamos a distorsionar, y por eso no podemos entender el curso tal como es, sobre todo al principio, hasta que no, no se produzca una depuración de nuestra percepción con el paso del tiempo y del estudio. Repito la última frase tres: la fe en lo irreal conduce a que se tengan que hacer ajustes en la realidad para que se amolde al objetivo de la locura. El objetivo del pecado induce a la percepción de un mundo temible para justificar su propósito, un mundo temible del cual luego nos asustamos. Verás aquello que desees ver; y si la realidad de lo que ves es falsa, lo defenderás, no dándote cuenta de todos los ajustes que has tenido que hacer para que ello sea como lo ves. Cuando se niega la visión, la confusión entre causa y efecto es inevitable. El propósito ahora es mantener la causa oculta del efecto y hacer que el efecto parezca ser la causa. A ver, vamos a ir despacio con esto, sé que tenemos poco tiempo –8 minutos nos quedan–, no vamos a quizá terminarlo, no importa, pero es muy importante que estos siguientes párrafos queden perfectamente claros. Así que vamos a ir despacio con esto. Hemos dicho que las ilusiones son la consecuencia de negar la visión, la visión del espíritu. Bien, cuando se niega la visión, la confusión entre causa y efecto es inevitable. Vamos a quedarnos con esto: ¿qué es la visión? La visión es orden, es comprensión. ¿Qué es visión aplicado prácticamente? La comprensión de que primero ocurre el pensamiento y que el pensamiento da lugar a la experiencia, la cual después es percibida. Eso tiene un orden y un significado, un sentido, ¿verdad? Se puede entender, es razón y es lógico. Cuando se niega la visión, la confusión entre causa y efecto es inevitable. Cuando no tenemos esta visión, ¿qué ocurre? Que invertimos el orden, como la respuesta que le di antes a la pregunta de una compañera. Ahora considero, en esta confusión, que el mundo es la causa de lo que yo siento. ¿Por qué estás triste? Por las noticias. ¿Por qué te sientes mal? Porque me han dicho que no soy inteligente o que no me amaban. ¿Cuál es la causa entonces de la emoción? El mundo. Cuando se niega la visión, la confusión entre causa y efecto es inevitable; por eso estamos hablando de la responsabilidad. Este es un subcapítulo: “Somos responsables de lo que vemos”, se llama así para empezar a restablecer el orden en nuestra mente. Repito: cuando se niega la visión, la confusión entre causa y efecto es inevitable. El propósito ahora es mantener la causa oculta del efecto y hacer que el efecto parezca ser la causa. Es una ampliación del ejemplo que acabo de poner, pero fijémonos bien lo que dice: el propósito ahora, para que todo se mantenga así, necesito mantener oculta la causa. ¿Y por qué tendría este propósito? La pregunta nos llevaría un paso más atrás: ¿y por qué negaría la visión? Tratamos de responder esa pregunta en nuestra mente: ¿qué tiene la visión del espíritu que supone para mí una amenaza? La visión del espíritu solamente podría suponer una amenaza para mí en la medida en que quisiera conservar en mi mente todavía las ilusiones. ¿Cómo puede ser para mí una amenaza aquello que me libera de toda limitación? Entonces estamos negando la visión del espíritu; y cuando se niega la visión del Espíritu es por una razón, tenemos un propósito: el propósito ahora, para mantenerlo, es mantener la causa oculta del efecto y hacer que el efecto parezca ser la causa. Esta aparente autonomía del efecto –el mundo pareciera tener una voluntad propia: el mundo me hace daño, el mundo me ataca, o los demás, o los que sean–, esta aparente autonomía del efecto permite que se le considere algo independiente y capaz de ser la causa de los sucesos y sentimientos que su hacedor cree que el efecto suscita. Vemos: para mantener ese propósito ahora debo automatizarlo, como hace siempre el ego para conservar… ¿qué? Hace automatizar, fragmentar, disociar. Yo tengo un propósito: mantener las ilusiones; para eso niego la visión; y con la negación de la visión, la causa –pensamientos– y el efecto –el mundo que percibo– se invierten; ahora el mundo es la causa; pero para que eso se conserve debo darle una autonomía al efecto, al mundo, y considerar, por lo tanto, al mundo como una voluntad aparte de la mía. Esta aparente autonomía del efecto –el mundo– permite que se le considere algo independiente, independiente de mí, y capaz de ser la causa y los sucesos y sentimientos que su hacedor, o sea yo, cree que el efecto suscita anteriormente. Y fijémonos bien en la asociación que hace ahora el curso: anteriormente hablamos de tu deseo de crear a tu propio creador y de ser el padre y no el hijo de él, cuando hablábamos del problema de la autoría, ocupar el lugar de tu creador en el proceso de la separación. Tú estás tan embelesado por tus ilusiones, por tus fabricaciones, que te planteas, ¿recuerdas?, si la realidad, si Dios estaría de acuerdo con ellas, si tendrías su bendición. Este es el favor especial que le pides a Dios; al no concedértelo tú, te eriges en el creador, entre comillas y en minúscula, de tu propio mundo, de tu propia realidad, intentando usurpar el papel del creador. Anteriormente hablamos de tu deseo de crear a tu propio creador y de ser el padre y no el hijo de él; se refiere a esto, esta inversión de causa y efecto es el mismo deseo: el hijo es el efecto que quiere negar a su causa, y así él parece ser la causa y producir efectos reales; pero lo cierto es que no puede haber efecto sin causa, y confundir ambas cosas es simplemente no entender ninguna de las dos. Vamos a, a quedarnos aquí, y el próximo día lo que vamos a hacer es retomar desde este párrafo 10, porque vamos a volver a, a verlo; os sugiero que lo, lo repaséis para comenzar con él, porque es muy importante. Esta es la clave de esta relación invertida de causa y efecto; lo hacemos como una forma de representar algo que ocurrió a otro nivel; por eso es tan importante que entendamos esto que explica aquí el curso para después transferirlo a nuestra relación con Dios, la inversión que hacemos de causa y efecto afecta directamente a la relación que tenemos con Dios como causa, siendo nosotros su efecto, porque se trata de una especie de fractal de eso mismo, una representación aquí que hemos llevado a la experiencia y que representa precisamente esa inversión que creímos realizar en cuanto a, a la autoría, a la relación con el verdadero creador, con la verdadera causa. Vale. Así que comenzamos el próximo día, repito, con el párrafo 10 de este.
Capítulo de ese subcapítulo 2 del capítulo 21.
Hasta entonces, que estéis muy bien y muchas gracias. Un abrazo. [Música] Chao. foreign