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Desde un territorio sin ley en la República Democrática del Congo, al mirar a alguien, no puede saber si es un asesino. Pasando por la caja negra de la moral humana, o sería malo que el alma no sea más que un mecanismo. Y un laboratorio de psicología de la Universidad de Stanford, era el mal en estado puro. Hasta un polémico bautismo en una cárcel de máxima seguridad, habita el ser humano. Mirar cara a cara al mal, la maldad. A ella se le achaca la crueldad más absoluta e inimaginable. Es una oscura fuerza externa a la que todos somos vulnerables y que debemos exportar para reprimir, o está en nuestro interior. Es una mancha en el alma cerebral, o no es más que una palabra que utilizamos para distanciarnos de un comportamiento genuinamente humano.
En mi opinión, uno de los puntos más importantes para entender que el mal existe, es que nos demos cuenta de que lo que vemos son sus últimas consecuencias, el resultado definitivo. Vemos la solución final de Hitler, la masacre del Instituto Politécnico de Virginia, pero no el proceso de la maldad.
En 1971, Philip Zimbardo, profesor de psicología de la Universidad de Stanford, se dispuso a estudiar el proceso de transformación que lleva a las personas a cometer actos de maldad. Hizo que se detuviera a nueve jóvenes. La policía los metió en los coches, encendió las luces y las sirenas. Los vecinos salieron a mirar qué estaba pasando y todos se preguntaban qué habrían hecho aquellos chicos para meterse en problemas. Ninguno de ellos había hecho nada malo. Eran chicos normales y sanos, no tenían antecedentes penales, ni de consumo de drogas, ni enfermedades mentales o físicas de ningún tipo. Aquellos chicos se presentaron voluntarios para un estudio del comportamiento. Fueron seleccionados entre 75 personas que respondieron a un anuncio que pusimos en el periódico para hacer un estudio sobre la vida en las cárceles.
Ento de psicología de Stanford, esperando a los presos del experimento. Había otros nueve jóvenes voluntarios que iban a actuar como funcionarios de la prisión. Sin Zimbardo y su equipo habían convertido el sótano del departamento de psicología en una cárcel. El experimento de la cárcel de Stanford fue uno de los primeros estudios en los que se analizó cómo influye la situación en que nos hallamos en el comportamiento humano. En qué medida somos seres cariñosos, atentos, generosos y altruistas, y a cuántos de nosotros no nos costaría demasiado acabar siendo asesinos o participando en un genocidio.
A quienes participaban como presos se les encerró en celdas de tres en tres y, como en las cárceles reales, se les facilitaron uniformes y números de identificación para despojarlos de su individualidad. Los guardias llevan uniformes de estilo militar. Los presos no llevan más que unas batas con un número cosido a la espalda. Los números sustituían sus nombres, iban a ser su nueva identidad. 8612, 4157. En poco tiempo no serían más que ese número. "Número 8 es un mal recluso, hizo daño a la cárcel y todos pagaremos". Los guardias llevaban gafas de sol. Todo tenía una razón de ser. Las gafas de espejo te desprenden de humanidad. La mayor parte de nuestra humanidad interactúa con otras personas, se transmite a través del contacto visual, del hecho de mirarnos a los ojos. Si pones una barrera, a la gente le resulta más fácil maltratar a los demás. Lo que sucedió en los cinco días siguientes conmocionó a la comunidad científica.
La maldad habita en el interior del ser humano, única y exclusivamente.
En 1994, el reverendo Roy Radcliff visitó la cárcel de máxima seguridad de Portage, Wisconsin, para conversar sobre la Biblia con un hombre condenado a 16 cadenas perpetuas consecutivas. Un hombre que para muchos era la maldad personificada. "Conocí a Jeffrey Dahmer el 20 de abril de 1994. Ese día se ha quedado grabado en mi memoria". Aquel día, la labor de Radcliff era determinar si iba a ayudar a Dahmer, que había asesinado y mutilado a al menos 17 víctimas inocentes, a encontrar el perdón ante los ojos de Dios. Cuando iba conduciendo hacia la cárcel, me temblaban las manos y me preguntaba: "¿Qué tipo de persona es este hombre?".
El 22 de julio de 1991, a las 11:30 de la noche, dos agentes de policía entraban en el piso de Dahmer, guiados por un hombre que había huido despavorido de allí. Jamás habrían podido imaginar lo que se iban a encontrar allí: una cabeza humana en el frigorífico, otras tres y un cuerpo decapitado en un congelador pequeño, dos cráneos humanos en un armario, un recipiente con manos y genitales masculinos y un barril industrial de más de 200 litros con tres cadáveres sumergidos en ácido. En total, en el piso se encontraron restos de 11 víctimas: cráneos, esqueletos y miembros mutilados.
Como ministro de la Iglesia de Cristo, Radcliff cree que con el bautismo de inmersión, una persona puede quedar libre de sus pecados y asegurarse la vida eterna en el cielo. Básicamente, cree que si una persona acepta a Jesucristo y se arrepiente, sus actos malvados se le perdonan. "Había una parte de mí que decía: 'No', pero al mismo tiempo, la otra me decía: 'Sirves a Dios y Dios también puede llegar a él'. Me preguntaba si se lo merecía y si no sería únicamente para aliviar el sufrimiento que sentía por los crímenes que había cometido y encontrarse mejor. ¿Sería capaz de hacerlo? ¿Podría bautizar a un hombre al que muchos consideraban un monstruo?". Aparqué el coche y me dirigí hacia la puerta.
Un pueblo es algo terrible, pero no pensamos que el huracán sea malvado. ¿Por qué no? Porque el huracán no es un ser consciente. Pensemos en un tigre que mata a un niño en una aldea. El tigre puede ser consciente, en cierta medida, de lo que está haciendo. Tiene una intención. Puede que piense: "Voy a ir a por ese niño en lugar de a por ese otro porque parece más tierno". Pero tampoco pensamos que el tigre sea malvado. Así que, ¿qué más tiene que darse para que algo que es malo pase a ser malvado?
Jonathan Cohen, de la Universidad de Princeton, y Joshua Green, de la de Harvard, creen que la maldad es una creación de la mente humana, de la moral. Así que, para que un individuo lo entienda, tiene que distinguir entre el bien y el mal. ¿En qué parte de nuestro cerebro reside esa capacidad? Green y Cohen usan imágenes de resonancia magnética para observar los mecanismos que se activan en el cerebro cuando hacemos juicios morales. "Como científicos, es difícil saber exactamente a qué hacemos referencia cuando hablamos del mal. Pero una misma persona puede no actuar siempre en beneficio propio. Algunas veces sí y otras no".
Los participantes en los estudios del laboratorio de neurociencia y control cognitivo de Princeton son voluntarios, personas normales y sanas. "Vamos a entrar en la sala, te vas a tumbar y te vamos a introducir en el aparato de resonancia y te mostraremos unos textos que describen una escena, una situación. Tienes que leer las preguntas que aparecen en pantalla y responder pulsando los botones. Vamos a captar imágenes de tu cerebro mientras tomas decisiones morales". La resonancia magnética funcional muestra qué partes del cerebro se activan mientras realizamos una tarea determinada. Al detectar a qué regiones concretas del cerebro llega sangre oxigenada, con este método, Green, Cohen y su equipo quieren elaborar un mapa de la geografía moral del cerebro. ¿Son la bondad y la maldad fruto de la actividad de neuronas cerebrales?
A fin de cuentas, el cerebro es un mecanismo, algo que hace cosas, y lo que hace depende de las circunstancias en las que se encuentre y su capacidad para valorar los resultados. Y, como cualquier otra tecnología o cualquier otra máquina, se puede utilizar para el bien o para el mal.
La maldad es hacer que un niño viole a su madre y a continuación matar a su padre delante de él. Es un acto de maldad. Y usar esa técnica para llevarte después al niño y convertirlo en soldado y construirte una casa de muchísimo dinero que has ganado con la sangre de un montón de gente y que te dé totalmente igual.
Aïsha Nilson es la jefa de la oficina del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas del este del Congo y supervisa la distribución de 3.000 toneladas (3 millones de kilos) de ayuda alimentaria de emergencia cada mes. Ha sido testigo de cómo las circunstancias pueden empujar a una buena persona a hacer cosas impensables. "Aquí habitualmente nos encontramos cadáveres a los que se ha extirpado el corazón, los órganos sexuales, una costilla. Es aterrador". Actualmente, la situación es tan peligrosa que Aïsha debe viajar en un convoy de cascos azules de la ONU.
"Hola, soy Aïsha, jefa de la oficina del Programa Mundial de Alimentos. Encantado. Un placer. Vamos a... Llevo 10 años viviendo y trabajando en zonas de África en guerra. El... verdad, es un trabajo peligroso. Han asesinado a mucha gente que he conocido".
La República Democrática del Congo está situada en una zona muy conflictiva que aún se está recuperando de una de las guerras más mortíferas desde la Segunda Guerra Mundial y la más larga de la historia moderna en el continente africano. Hasta la fecha, han muerto 4 millones de personas, muchas de ellas por inanición o a causa de enfermedades. Los ciudadanos de a pie han tomado las armas para sobrevivir y se han vuelto contra sus vecinos. Las violaciones se multiplican. Amnistía Internacional alerta del aumento de la violencia en el este del Congo, que podría desembocar en una matanza étnica. En la última semana, los enfrentamientos entre el líder de los tuis, el general Nkunda, y las fuerzas congoleñas han obligado a decenas de miles de personas a abandonar sus hogares.
"Vamos a visitar un par de aldeas que han sido atacadas a ver si podemos ayudarlos y repartir comida". En una región asolada por la guerra, la comida se convierte en un objetivo más para ambos bandos. Dos vehículos armados, una torreta con un artillero y 10 soldados de las Naciones Unidas escoltan a Aïsha. Ser humano a una población harta de vivir en guerra. "Estaremos más o menos una hora. Vamos a ponernos a repartir la comida. Digamos que eso de las... 10:00".
El reparto de comida transcurre como estaba previsto, pero se entera de que esa noche han asaltado la aldea. "Empezaron a disparar y le dieron a un niño en la cabeza que murió al instante. Nosotros salimos corriendo".
"Muchas gracias. Gracias". Ahora, en el este del Congo, no hay nadie que mantenga el orden y eso tiene aterrorizada a la población. "Hola". Para que Aïsha pueda hacer su trabajo, tiene que averiguar quién está atacando las aldeas y hablar con ellos para descubrir por qué. En el este del Congo se dan una serie de situaciones como la pobreza y la guerra pueden someter la voluntad individual y crear un caldo de cultivo para que fructifique lo que conocemos como maldad.
"Para mí, la maldad es el ejercicio de un poder destructor. Es observar a alguien destrozar en un segundo un castillo de arena que otra persona ha tardado horas en construir".
Día en la cárcel de la Universidad de Stanford, se produjo un motín. Levantaron barricadas en las puertas de la cárcel para que los guardias no pudieran entrar. Se arrancaron los números para mostrar su rechazo ante el anonimato. Insultaron a los guardias y se negaron a salir de las celdas. Los carceleros, al ver cuestionada su autoridad y saber que los reclusos los superaban en número, acudieron al superintendente de la cárcel. "Los guardias me preguntaron qué podían hacer. Dije: 'Es vuestra cárcel, decidid vosotros'". Los carceleros pidieron refuerzos. Actuaron con firmeza. Decidieron abrir las puertas a la fuerza, desnudar y encadenar a los reclusos, sacar fuera las camas y meter a los líderes del motín en celdas de castigo el tiempo que hiciera falta. Ese es uno de los guardias rociando la celda con el chorro helado de dióxido de carbono de un extintor. El sadismo requiere un cierto grado de ingenio e iniciativa y, en este caso, además de creatividad. Finalmente, la rebelión se sofocó y los guardias probaron la sensación de poder y autoridad por primera vez. Pero tenían otra cuestión que plantearse: ¿cómo iban a evitar que se produjesen incidentes o motines de nuevo? La respuesta era sencilla: acabando con su fortaleza psicológica.
"Es increíble. Nos han dejado ropa en solo 36 horas". El primer preso, el 8612, se derrumbó y tuvo una crisis nerviosa. Empezó a gritar, a llorar y actuar de forma irracional. La tortura psicológica funcionó. Había empezado a producirse una transformación asombrosa. Ese fue el punto de inflexión en el que unos chavales que estaban jugando a polis y ladrones empezaron a asumir en serio el papel de carceleros. La maldad es un proceso, es una pendiente resbaladiza, una bola de nieve que va creciendo y que, cuando empieza uno, no imagina hasta dónde le puede llevar. Por eso tienes que resistirte desde el primer momento. Si no lo haces, el siguiente paso resulta más fácil, y el siguiente, y el siguiente. Y de pronto, has llegado al último paso y te has convertido en un criminal.
El paso del huracán Katrina, que causó tantas muertes, fue algo terrible. Es horrible que la gente muera. Cuando se produce un tornado o un terremoto, pero eso no es malo de por sí. Son demasiado grandes los pecados de Dahmer para ofrecerle la redención. ¿Puede el Dios de Radcliff perdonar la interminable lista de pecados de este hombre?
"El guardia me dijo que esperase allí. Me senté y esperé. Estaba tan nervioso que no podía ni leer la Biblia". Unos siete u ocho minutos después, ahí estaba Jeffrey Dahmer. Los seres malvados no tienen cuernos. Había hecho cosas horribles, pero parecía una persona normal y corriente. Me dijo: "Quiero que me bautices". Conocía los pasajes de la Biblia sobre el tema y entendía el propósito y la función del bautismo. Quería expiar los pecados de su vida y creía en Jesucristo. Me dijo: "Tenía miedo de que me dijeras que no podía bautizarme porque mis pecados eran demasiado graves". A medida que Radcliff conversaba con Dahmer, empezó a sorprenderse con lo que sentía durante la conversación. "Nos miramos a los ojos y hablamos con franqueza, y empecé a encontrar cosas de él que me causaban admiración, como su forma de valorar la verdad y su deseo de comprender a Dios y parecerse a él cada vez más. Es cierto que mi fe me exige no juzgar a la gente según un determinado estereotipo y entender que la gente puede cambiar y que, de hecho, cambia". Tomé la decisión enseguida. Se fijó una fecha: el 10 de mayo de 1994.
Al cuarto día, la transformación que había empezado a producirse en los guardias tras haber sofocado la rebelión de los presos seguía avanzando. A uno de los guardias, que era, por así decirlo, el más malvado, el más sádico y el más ingenioso para inventar tácticas que quebraban la moral y la resistencia de los presos y evitar más motines, los reclusos lo apodaban "John Wayne". "Chicos, hay que tomar una decisión". Lo llamaban así porque era como un cowboy del Salvaje Oeste, un tipo duro. "Tenemos tres, elegid uno". John Wayne se dedicaba a intimidar y aterrorizar a los presos. Zimbardo más adelante nos dijo: "Estaba haciendo experimentos, quería comprobar cuánto podía presionar a los presos hasta que se rebelaran. Yo quería que se rebelaran, pero como veía que no lo hacían, empecé a perder la compasión por ellos y a tratarlos cada vez peor". "¿Qué [expletive] dices?". "Creo que aquello era una especie de justificación por su comportamiento". Arriba, abajo, el grado de agresión y maltrato aumentaba día tras día. Y cuando observamos estos actos de degradación, tenemos que tener en cuenta que los carceleros trabajaban en turnos de 8 horas, así que cuando volvían a sus casas, tenían 16 horas para pensar en las cosas horribles que hacían a esos presos inocentes. Suponíamos que cuando volvieran se sentirían culpables o avergonzados y relajarían el trato que les dispensaba, pero fue todo lo contrario.
"Quiero que os acerquéis uno por uno y le deis una patada". El sadismo de John Wayne y del resto de los carceleros empezó a adquirir tintes sexuales. El siguiente escalafón fue decirles: "Vale, la mitad sois camellos y la otra mitad machos. Colocaos detrás de ellos y montad". Los guardias empezaron a reír. Así que los carceleros estaban obligando a los presos a simular que estaban sodomizando a sus compañeros. "Saltad unos por encima de otros". No olvidemos que eran alumnos universitarios que participaban en un experimento sobre la psicología del encarcelamiento. Estos jóvenes sanos y normales, seleccionados para el experimento, tenían un comportamiento cada vez más irreconocible y disfrutaban cada vez más con las sádicas prácticas con las que humillaban a los presos a los que les habían hundido física y moralmente. Cuando vi que empezaban a aumentar las humillaciones sexuales, me di cuenta de que los guardias se habían metido demasiado en el papel. Empezaban a surgir todos los tipos de comportamiento sádico, muy similares a los que había observado en los reservistas del ejército estadounidense de la cárcel de Abu Ghraib.
En 2004, aparecieron informes en los que se hablaba del maltrato a los prisioneros de la cárcel de Abu Ghraib en Irak. Se acusaba a los soldados y agentes de los servicios de inteligencia estadounidenses de haber torturado a los presos. "Antes de bajar a esos calabozos, eran buenos soldados, unos chicos normales y sanos. Les pones en esa situación y todos los que formaban parte de aquel turno de noche en el módulo 1A participaron en las atroces torturas a los prisioneros". Entre las humillaciones y torturas había prácticas sádicas de todo tipo e intentos de homicidio. "Si lo sacamos de ahí, nos siguen haciendo barbaridades. Estén o no en la cárcel, vuelven a ser quienes eran". ¿Qué [expletive] dices? De Zimbardo son correctas. En la situación adecuada, cualquiera de nosotros sería capaz de hacer cosas terribles.
La neurociencia es el estudio del cerebro y de cómo surge la mente, la conciencia, a partir de él. El proceso por el que los mecanismos físicos del cerebro nos llevan a hacer el tipo de cosas que consideramos propias de la mente. Podemos ver esos mecanismos físicos en acción, ya en el aparato de resonancia magnética funcional de la Universidad de Princeton. A Tyler, el sujeto de estudio, se le plantean dilemas rudimentarios para observar en qué partes del cerebro, asociadas con la emoción, aumenta la actividad. "Vas andando por una carretera junto a un campo y oyes una llamada de socorro que procede de unos matorrales cercanos. Te encuentras a una mujer cubierta de sangre. Te dice que la han asaltado mientras caminaba por el campo y te pide que la lleves a un hospital. Tu primera intención es ayudarla porque es probable que muera si no recibe atención médica enseguida. Pero si la ayudas, se te va a manchar el traje de firma que llevas puesto. ¿Te parece apropiado dejar a esa mujer en la cuneta?".
"No, no le parece apropiado". La respuesta de Tyler es rápida y coherente con la mayoría de los datos que Green y Cohen han reunido. "La mayoría de la gente dice que no le parece correcto. Mi teoría es que, por un lado, tenemos una respuesta emocional intuitiva que nos hace decir: 'No, qué horror, no hagas eso'. Y si te fijas en los resultados obtenidos al observar el cerebro cuando la gente contesta a este tipo de preguntas, comprobamos que aumenta la actividad en las partes del cerebro asociadas a la emoción y la llamada cognición social". Los estudios de Green y Cohen sugieren que si la mujer fuese alguien sin rostro, al otro lado del mundo, que se estuviera muriendo en el Congo, por ejemplo, a Tyler le hubiera parecido bien dejarla en la cuneta. Pero como la tiene justo delante, se activa una respuesta emocional intuitiva que le hace ayudarla y le refrena de cometer un acto que la mayoría calificaría de malvado.
Pero, ¿qué ocurre en el cerebro cuando el dilema moral no es tan trivial como elegir entre mancharse el traje y ayudar a una desconocida moribunda? ¿Qué ocurre cuando un acto aparentemente malvado se hace en beneficio de los demás?
"Cuando matan a alguien en una aldea, no se inicia ningún tipo de investigación. Aquí no hay un CSI Congo ni nada de ley y orden". El coordinador de Socorro de Emergencia de las Naciones Unidas, John Holmes, ha informado al Consejo de Seguridad de la ONU de que lo más grave de la situación en el Congo es que ha provocado el desplazamiento de unos 300.000 civiles. "Nos dirigimos a un campamento de desplazados internos en el que viven unas 3.000 personas que están en una situación desesperada. Dependen por completo de los alimentos que les suministramos nosotros. No tienen nada y lo están pasando fatal".
Quienes acaban aquí suelen ser quienes más han sufrido las consecuencias de la guerra, que abandonan sus casas y se refugian en los campamentos en busca de alimento, cobijo y seguridad. "¿Qué tal? Bien". "Me alegro". Muchas de las mujeres del campamento de Niera han sido víctimas de violaciones. Aquí, los alimentos y la atención médica escasean. Aïsha y sus compañeros charlan con los refugiados para calibrar la magnitud del conflicto y sus consecuencias. "Hola, hola. ¿Por qué está aquí? ¿Por qué está usted aquí? ¿Nos puede decir de qué pueblo es y de qué huía?". "Huíamos porque nos asaltaban en nuestras propias casas y se lo llevaban todo. Te desnudaban y, si te tocaba la mala suerte, te violaban delante de tu marido. Si tienes una niña de 14 o 15 años, la violan delante de su padre. Al ver eso, nos escondimos en el bosque. Aunque llovía y teníamos que dormir a la intemperie con los niños temblando, aterrorizados. Nos daba miedo estar en el bosque y haber visto cómo violaban a las niñas delante de nosotros. Así que nos fuimos". Durante la invasión, decapitaron al jefe de policía y el resto huyó. "Ella lo vio. ¿Vio usted todo eso?". "Sí, sí. En esos días nos buscaban por el bosque y, si un niño tosía o lloraba, nos encontraban y nos hacían cosas horribles". "Parecen demonios". "No son demonios, tienen forma humana".
Este conflicto, que está arraigado en el tribalismo y las disputas fronterizas, nos ha hecho ser testigos de las mayores atrocidades imaginables. Lo que hace tan difícil entender este tipo de barbaridades es que quienes las cometen son gente corriente, ni demonios, ni monstruos, ni psicópatas. Esta gente no puede volver a su casa. Están asustados y tienen miedo de que vayan a matarlos. Yo tampoco volvería, es muy arriesgado y nadie quiere morir.
El convoy de la ONU, que escolta a Aïsha, se dirige ahora hacia el norte, a una aldea asaltada recientemente. Van en busca de los hombres acusados de atacar a los civiles y robarles la comida. "Da la sensación de que está vacía y abandonada. No estaba así la última vez que vinimos". "Hay muy poca gente". "Hola". "¿Dónde está todo el mundo?". "¿Hay alguien?". "Tiene miedo de mí". "Hola". "Aquí pasa algo raro. Está muy vacía". Encuentra a los habitantes que quedan y los reúne en el centro de la aldea para hablar con ellos. "A ver, ¿alguien me podría contar lo que ocurrió la semana pasada? ¿Hubo algún ataque aquí?". "Hay disparos todos los días". "Vale, voy a hablar con este hombre. ¿Quiénes están disparando y asaltando la aldea?". "Solo dice que hay gente armada". Creo que tiene miedo de decirnos quiénes son. Esta gente necesita ayuda, pero hay que hacerlo como hay que hacerlo. Aïsha no puede distribuir comida aquí porque no quiere poner a la aldea en peligro. Aquí no hay ningún tipo de autoridad. Sin los cascos azules, hay que confiar en la buena voluntad de las personas. Decide suspender el reparto de comida.
De camino al convoy, se cruza con una cara conocida. Son de la brigada Bravo. "La sección... Brigada Bravo... ¿Sois... Brigada Mix? Repatriadas por el ejército congoleño mediante un frágil tratado para que los ayuden a mantener la paz en la región". "¿Podemos ir a hablar con ellos?". "Hoy... ¿Por qué no? Que nos digan por qué atacan a su pueblo". "Eso era todo. Yo me voy ya. Muchas gracias, papá. Hasta pronto". El convoy de Aïsha avanza hacia el norte. Se dirigen al campamento base de la brigada Bravo para intentar hablar con ellos cara a cara.
"Preso 8189". Con el experimento de la cárcel de Stanford, Zimbardo quería observar cómo afecta el entorno situacional en el comportamiento humano, pero en la recta final, una de las observaciones más escalofriantes que hizo tuvo que ver consigo mismo. En la noche del cuarto día, los presos podían recibir visitas. Los presos que tenían familiares o amigos en el vecindario podían invitarlos a venir. Y es una de las pocas veces en que yo intervine en el experimento. Ahí estoy entrando para vigilar la sala de visitas. Cuando vi la grabación, me sorprendí por la postura que adopté, por el lenguaje no verbal. Al salir del patio, llevaba las manos agarradas detrás de la espalda. Es la postura que adoptan las figuras de autoridad cuando un militar o un político pasa revista a las tropas. Cuando lo vi, me di cuenta de que me había convertido en el superintendente del experimento de la cárcel de Stanford. Zimbardo se había convertido en un participante de su propio experimento. Esa mera observación debería haberle hecho pensar en dar por concluido el experimento, pero no lo hizo. Dejó que continuase. Hubo que esperar al quinto día, en el que Zimbardo invitó a unos colegas de profesión a hacer una visita para que se diera cuenta de la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Una de las personas que vino era una antigua alumna mía, Christina Maslach, que trabajaba como profesora adjunta en Berkeley. Se quedó atónita al ver lo que pasaba allí. Los presos llevaban bolsas en la cabeza o iban con los ojos vendados, encadenados, los guardias gritándoles y haciéndoles caminar como zombies con los brazos en alto, diciéndoles obscenidades. Y yo le dije: "Mira, Chris, es la naturaleza humana en estado puro, el comportamiento humano en acción. Nada... ¡Nunca había algo así!". Y ella me contestó: "Basta, es horrible lo que les estás haciendo a estos chicos. Tú eres el responsable de esto". Así que tuve que hacer un ejercicio de introspección para analizar cuánto me había cambiado aquella situación, cómo había distorsionado mi percepción de la realidad.
El 20 de agosto de 1971, tras 5 días de maltratos a los presos por parte de los carceleros de Zimbardo, el experimento de la cárcel de Stanford se dio por concluido, una semana antes de lo previsto. Eran buenas personas dominadas por el poder de la situación hasta un extremo inimaginable. Y yo permití que siguiera adelante porque había dejado de ser un investigador para pasar a ser el superintendente de la cárcel de Stanford y, como consecuencia, había perdido la perspectiva ética, la perspectiva de preocuparme por los sujetos. Eso es algo que me pesa, un sentimiento de culpa con el que he tenido que vivir desde entonces. Hoy, 36 años después de la experiencia de la cárcel de Stanford, Zimbardo sigue teniendo que hacer frente a todo el horror que salió a la superficie con la excusa de un experimento científico. Un escalofriante ejemplo de esta maldad fruto del entorno situacional teorizada por Zimbardo hizo que se le llamara como testigo de la defensa en calidad de experto para declarar en el consejo de guerra en el que se juzgó a uno de los oficiales estadounidenses por los actos cometidos en la cárcel de Abu Ghraib. "Hay que preguntarse cuál es el sistema que subyace y genera, perpetra, mantiene este tipo de maldad". En contra de la opinión de Zimbardo de culpar al sistema y no solo al individuo, casi todos los reservistas de baja graduación fueron considerados culpables de maltrato y procesados. Hemos subestimado el poder de las situaciones para socavar la naturaleza humana, para corromper lo mejor de cada cual. Y hasta que no nos demos cuenta de que tenemos que observar cómo evolucionan y se crean esas situaciones y quiénes las mantienen, el mal seguirá ahí.
Una de las ventajas de contar con las técnicas de imagen cerebral es que podemos observar qué partes del cerebro intervienen en los distintos momentos y cuáles se activan en función de los distintos tipos de decisiones que tomemos. En el laboratorio de neurociencia y control cognitivo de Princeton, Jonathan Cohen y Joshua Green trabajan para aislar la mecánica de los juicios morales, nuestro del bien y del mal, trazando los patrones de los procesos neurológicos. La toma de decisiones morales no es un único proceso, son dos procesos muy distintos que en ocasiones rivalizan. "Dentro tendrás un espejo a la altura de la vista". Heeder, otro de los sujetos del estudio, se va a enfrentar al segundo dilema, diseñado para contraponer dos fuerzas opuestas en su cerebro.
"Los soldados enemigos han invadido tu aldea. Tienen órdenes de matar a todos los civiles. Te has escondido en una casa junto con otros habitantes de la aldea. Desde fuera llegan las voces de los soldados que están saqueando las casas en busca de objetos de valor. Empieza a llorar y le tapas la boca para que no la oigan. Si quitas la mano, el llanto va a llamar la atención de los soldados que entrarían y os matarían a ti y a tu hija y a todos los que están escondidos allí con vosotras. Para salvarte a ti y al resto del grupo, ¿asfixiar al bebé? ¿Te parece apropiado asfixiar a tu hija para salvarte y salvar a los demás?". Algunas personas responden que sí y otras que no. ¿Mataría Heeder a su hija para salvar al grupo? Qué batalla está teniendo lugar en su cerebro. Un cerebro sano y normal.
Tras su reunión inicial en la cárcel con el asesino en serie Jeffrey Dahmer, el reverendo Roy Radcliff ha determinado que es un buen candidato para recibir el bautismo y el perdón de Dios. El bautismo significa morir al pecado y renacer a una vida nueva. "Todos los pecados son malos a ojos de Dios. Ningún pecado es tan malo como para que la sangre de Cristo no lo pueda lavar". La fecha elegida para el bautismo fue el 10 de mayo de 1994. Un eclipse solar envolvió la cárcel en un halo espectral. Para Radcliff, era como si el propio Dios estuviera observándolo todo. "Primero pasé todos los controles y los trámites necesarios para poder reunirme con Jeff. Se confesó conmigo en el despacho del capellán. Después me escoltaron desde allí hasta la enfermería, donde tienen una especie de bañera metálica que utilizan para tratar a los reclusos cuando tienen lesiones de espalda. Y cuando abrieron la puerta, Jeff ya estaba metido en la bañera. Estaba en posición fetal y lo único que le sobresalía del agua era la cabeza. Me estaba mirando hacia él. Le coloqué las manos sobre la cabeza y dije: 'Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, para que tus pecados sean perdonados', y le sumergí la cabeza. Cuando la sacó, le dije: 'Bienvenido a la familia de Dios'. Y me contestó: 'Gracias'. Fue una ceremonia muy tranquila y silenciosa, pero muy hermosa a la vez. No hubo cánticos celestiales ni nada por el estilo, pero sí un silencio que tenía algo de sagrado, algo muy bonito que recordar".
Cuando Radcliff salió de la cárcel, no podía imaginar cómo iba a afectar a su vida este acto de fe y perdón. "Sigo viviendo bajo la sombra de los actos malvados de Jeff. Era un día oscuro y esa oscuridad me ha seguido de alguna manera también en mis experiencias con Jeffrey Dahmer".
Al mirar a alguien, no puede saber si es un asesino. Aïsha Nilson, responsable del Programa Mundial de Alimentos en el Congo, se dirige al norte del país, al campamento base de la brigada. Su intención es entrevistarse con el comandante regional, que está a las órdenes del general Nkunda, acusado de numerosos crímenes de guerra. Aïsha trata de averiguar si son sus tropas las que están aterrorizando y obligando a la población a abandonar sus hogares y por qué.
En un estado de corrupción generalizada, donde los derechos humanos se pisotean de forma descontrolada y la administración de justicia brilla por su ausencia, es raro que nadie cuestione a los estamentos militares. Se aproximan a las instalaciones donde se aloja el comandante regional. "Soldados, madre mía, tenemos que apagar la cámara. Apágala. Apágala". Aïsha entra en el despacho del comandante. El comandante no quiere hablar con ella, pero designa a uno de sus capitanes como portavoz. "Me puede decir su nombre y rango". "Me llamo Johnny, estoy a cargo de la disciplina de esta brigada". "Me gustaría saber si me podría explicar por qué hay tantos desplazados en esta región". "Hemos trasladado a la población como medida de precaución. Somos militares. Los militares respetamos lo que se llama cadena de mando, ¿cierto? Estamos a las órdenes de los oficiales de rango superior. Nos limitamos a cumplir órdenes. Si se nos ordena que hagamos una incursión, iremos. Somos soldados, obedecemos órdenes. Si se nos da una orden, la obedecemos". "Gracias". "Se limitan a cumplir órdenes". Aïsha difícil aceptarlo.
"Era encantador. Has visto cómo sonreía. Es guapo y parece joven. Son todos así".
Tres días después de que nuestro equipo visitara el campamento de la brigada, se descubrieron tres fosas comunes. Los soldados de la ONU destacados al este del Congo han encontrado tres fosas con varios cadáveres en una base militar que los rebeldes leales al exgeneral Nkunda habían abandonado hace unos días. Se desconoce quiénes pueden ser las víctimas y cuántas están enterradas allí. Algunos informes apuntan a que podría haber 27 cadáveres. Para las víctimas, la vida no es barata, pero para los asesinos sí. Cada vez es más difícil ver tanta miseria y sufrimiento a diario. Después de 10 años, cada vez me preocupa más. No me he insensibilizado y creo que si todos nos preocupamos un poco, podríamos hacer maravillas.
¿De dónde procede nuestro sentido del bien y del mal? Para Cohen y Green, la respuesta empieza por descubrir los mecanismos que nuestro cerebro emplea para hacer juicios morales. Heeder está en el interior del aparato de resonancia magnética de Princeton y se enfrenta a un dilema de vida o muerte. Tiene que tomar una decisión. "¿Te parece apropiado asfixiar a tu hija para salvarte y salvar a los demás?". "Observamos que cuando la gente responde que sí, vuelve a haber más actividad en la corteza prefrontal dorsolateral, es decir, es la parte del cerebro responsable del control cognitivo, la que se... emocional. La respuesta emocional te dice: 'No, qué horror, no hagas eso'. Pero entonces esta otra respuesta te salta con: 'Si no lo haces, va a morir todo el mundo. Por lo menos puedes salvarte tú y salvar al resto del grupo'. Y esa parte más racional del cerebro es la que interviene y, cuando lo hace, podemos visualizarlo en el cerebro". En este caso, la respuesta de Heeder es: "No, no asfixiar a su hija". En una situación así, si es como otras personas, su cerebro mostrará un aumento de la actividad en la corteza prefrontal media y en la corteza cingular posterior, lo que indica que ha basado su decisión en un sentido emocional del bien y el mal.
La cuestión que se plantea es: ¿qué utilidad puede tener conocer la maquinaria que se activa para tomar decisiones morales, más allá de la investigación científica? ¿Qué ocurriría si al observar el cerebro nos diéramos cuenta de que el ser humano no es más que el producto de la actividad de neuronas cerebrales comunicándose entre sí y controlando la actividad de los músculos, y que eso es lo único que explica nuestro comportamiento? ¿Y eso sería bueno o sería malo que el alma no sea más que un mecanismo? Algunos pensarían que es horrible, que lo peor que podemos descubrir es que no tenemos alma. O podría ser algo maravilloso. La creencia de que tenemos alma también puede hacer mucho daño. Uno de los ejemplos más radicales son los atentados del 11 de septiembre. Los terroristas que secuestraron aquellos aviones creían que sus cuerpos iban a morir, pero que sus almas se iban a salvar y a disfrutar de la vida eterna. ¿Lo habrían hecho si no hubieran creído que ellos y sus almas estaban al servicio de un fin más elevado?
El trabajo de Green y Cohen está en su etapa inicial, pero los primeros resultados apuntan a un futuro en el que la ciencia puede confrontar nuestra noción del mal con la razón, en un laboratorio de neurociencia, lejos de la acalorada retórica de la religión y la política. "¿Me oyes?".
Heeder, ¿qué es el mal y cómo reaccionamos ante él? Cuando la noticia del polémico bautismo de Dahmer empezó a circular, Radcliff no ha sabido prever la reacción de su congregación. "He tenido la sensación de que me consideraban un colaborador del mal. Nunca nadie me dijo algo así a la cara. Posiblemente eso diga mucho de la hipocresía de la gente". Radcliff asegura que la mitad de su congregación se fue en rechazo al bautismo de Dahmer. "Uno de mis pasajes favoritos de la Biblia habla sobre el mal. En lugar de tratar de explicarlo, debes prestarte a ayudar y consolar a la persona afligida. Lo que lamento es que la gente no haya respondido como yo creía, no haber sabido interpretar a la gente y no haber visto cómo se sentían, pero no me arrepiento de lo que hice". Seis meses después de su bautismo, Jeffrey Dahmer fue asesinado por otro recluso. "Yo creo que Jeff está en el cielo. Para ir al cielo, hay que tener fe en Jesucristo, y Jeff la tenía".
Nos levantamos para cantar.
Lo que digo es que la mente humana tiene una capacidad infinita para hacernos ser personas amables o crueles, atentas o indiferentes, egoístas o generosas, y para convertir algunos de nosotros en los malos y a otros en los buenos. Y eso es lo maravilloso. Zimbardo cree que cualquier persona es capaz de ser infinitamente cruel, pero que somos igual de capaces de ser enormemente bondadosos. Mientras intentamos entender qué es lo que lleva a las personas a cometer actos de maldad, lo realmente importante es que no nos limitemos a poner a la naturaleza humana frente al espejo, sino también a nosotros mismos.