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[Música] Arranque de los Sanfermines de 2025. En el momento del chupinazo con la plaza abarrotada de gente que solo quiere celebrar un año más la fiesta grande de Pamplona, toman la palabra Dina Carrat, Lidón Soriano y Eduardo Ibero de la Asociación Yala Nafarroa con Palestina. Y ocurre lo siguiente.
"Pamplonesas, pamploneses. Viva San Fermín."
"San Fermín. Está llenos free palestine."
Yala Nafarroa con Palestina fue la elegida por la ciudadanía entre las cinco candidaturas seleccionadas por la mesa general de San Fermín con el 50% de los votos. No hay que ser muy avispado para comprender que este es un claro ejemplo de aquella frase de Edmund Burk, que parafraseándola dice que para que ocurran este tipo de cosas solo hace falta que la gente despolitizada no haga nada.
Yala Nafarroa con Palestina llegó al chupinazo de Pamplona tras una intensa campaña entre sus 225 colectivos que votaron en masa mientras el resto de la población estaba ocupada haciendo otras cosas. Y de este modo, una celebración popular blanca, apolítica y enraizada en la noche de los tiempos pasa a ser una celebración política. Los miles de participantes de la celebración estaban de acuerdo con estas consignas. ¿Tiene algo que ver una festividad popular en Pamplona con lo que esté ocurriendo en Gaza?
Vivimos tiempos donde la política ya no se limita a las urnas ni a los parlamentos, sino que ha colonizado la mesa del comedor, la cama, la amistad y hasta el supermercado. A esto lo llamamos politización, la conversión de cuestiones privadas, profesionales o culturales en banderas ideológicas. No es un fenómeno nuevo, pero su escala y su intensidad actuales sí lo son. Hoy la elección de un producto, la forma de educar a un hijo o incluso un simple piropo callejero pueden ser etiquetados como actos políticos.
Especialmente desde la izquierda cultural se ha instalado la idea de que todo gesto es un posicionamiento y que la neutralidad equivale a complicidad con alguna opresión sistémica. Comer carne es violencia, usar tacones es su misión y un chiste equivocado basta para ser condenado al ostracismo. La esfera privada se ha vuelto un campo minado de significados morales.
Para la izquierda contemporánea, especialmente en sus expresiones postmodernas y WK, la idea de que la persona pueda desligarse de su política no solo es improbable, sino inmoral. Esto se debe a un marco teórico muy concreto, heredado de muchas corrientes intelectuales del siglo XX que asumen que la identidad del individuo está determinada, o al menos profundamente condicionada por su posición dentro de estructuras de poder. Desde esta perspectiva, tú no eres solo tú, eres tu clase, tu raza, tu género, tu orientación sexual, tu grado de privilegio o de opresión. Y como estos atributos están inmersos en sistemas históricos de dominación, todo lo que hagas, pienses o digas, está teñido de esa condición.
Si eres hombre blanco y heterosexual, no puedes despolitizarte porque tu existencia, te guste o no, forma parte de un sistema patriarcal y racista. Si eres mujer racializada, has tenido suerte. Tu voz se interpreta automáticamente como la de una resistencia frente al opresor y fuera de esas lindes no existes y si te sales de ellas estás contaminada.
Este marco explica también la obsesión por el lenguaje, los gestos y las microconductas. Porque si todo es expresión de un sistema de poder, incluso lo más simple y lo más trivial se convierte en trinchera. Por eso no hay chistes inocentes, ya no hay cumplidos inofensivos, no hay conversaciones casuales que no puedan ser leídas políticamente.
El precio de esta visión es alto. Convierte a la persona en un mero portavoz de su colectivo y hace imposible la tregua o el encuentro sin ideologías. Una carga constante que arrastra a la gente a la militancia forzada o al silencio y que paradójicamente deshumaniza al sujeto en nombre de su colectivo.
Les voy a poner otro ejemplo reciente. Estamos en julio de 2025 en el parque Warner. Centenares de familias llevan a sus hijos a pasar un día despreocupados, disfrutando de las atracciones. Sin embargo, el desfile habitual de la tarde se convierte en un acto de propaganda y las calles del parque Warner se tiñen de la bandera arcoiris.
En su momento yo viví una situación semejante. Recuerdo en una ocasión cuando fui a ver un espectáculo sobre el marqués de Sade, creado por la fura del Baus y antes de comenzar una voz enf hizo un alegato defendiendo el no a la guerra y lanzando consignas contra el gobierno de Aznar. Todos los que estábamos allí y habíamos pagado una entrada tuvimos que tragarnos un miting político como precio adicional para poder asistir a una obra de teatro.
¿De dónde viene este impulso a leerlo todo en clave política? ¿Por qué está cruzada por el control simbólico de la vida cotidiana? La politización de la vida cotidiana no nace con las redes sociales ni con las universidades norteamericanas de los 90. Tiene raíces mucho más profundas ligadas a la secularización de la moral y al paso del activismo revolucionario al cultural. Cuando las grandes utopías políticas se desinflaron tras el fracaso del comunismo real, la lucha se trasladó del terreno económico al simbólico. La revolución abandonó las fábricas y se instaló en la conciencia, el lenguaje y los hábitos.
Marcuse, figura esencial de la escuela de Frankfurt, ya en los 60, denunciaba la tolerancia represiva de las democracias liberales y abrió la puerta a justificar la censura y la opresión social contra las voces opresoras. Focult contribuyó con su idea del poder difuso y capilar. La política no se ejerce solo desde el Estado, sino a través de micropoderes que están presentes en las costumbres, en las normas y el lenguaje. De ahí a convertir las palabras en armas había un paso muy pequeño, pero es en las últimas décadas cuando esta deriva toma cuerpo bajo lo que hoy llamamos movimiento walk.
Kimberley Krenhaw, madre de la interseccionalidad, elevó la experiencia subjetiva a la categoría de verdad política. Judith Butler, con su teoría del género como construcción performativa, sembró la idea de que la identidad es una ficción social impuesta por el poder. No son más que un par de ejemplos. Estas corrientes nacidas en la academia saltaron al activismo y de ahí al consumo masivo a través de las redes sociales. De este modo, el hokequeísmo consolidó un marco mental en el que no hay actos inocentes. Todo comportamiento, toda palabra, incluso todo silencio, puede ser interpretado como una forma de violencia o de privilegio. Una nueva religión laica que en lugar de redención ofrece señalamiento y castigo.
Esa es la historia que explica por qué hoy no puedes ni ir a tomarte un café sin que alguien te lea la cartilla moral o no puedes ver una película sin que esta tenga un tinte político, una moralina de AliExpress que provoca que incluso llevar a tus hijos a ver Superman esté cargado de ideología. Así, el director de El nuevo Superman se encarga de advertirte que el superhéroe es en realidad un inmigrante. Es una película sobre la inmigración y si no te gusta eres americano.
"Es justo de lo que va la película. A ver, nosotros apoyamos a nuestra gente, ¿sabes? Amamos a nuestros inmigrantes. Sí, Superman es un inmigrante y sí, la gente que nosotros apoyamos en este país son inmigrantes y si no te gusta eres americano."
El desgaste social provocado por la politización constante es a estas las duras un fenómeno tan evidente como difícil de revertir. Cuando todo se vuelve político, la convivencia se resiente, la confianza se erosiona y las comunidades, lejos de cohesionarse terminan fracturándose. Esta dinámica ya deja de ser una molestia cultural, se convierte en una amenaza real para la salud democrática.
La primera consecuencia es la paranoia moral. Si cualquier acto cotidiano, desde usar una determinada palabra hasta hacer un chiste privado, puede ser interpretado como una toma de postura o un acto de violencia simbólica, el ciudadano medio opta por la autocensura. Esto no solo empobreza el debate público, sino que produce un clima de desconfianza donde las relaciones humanas se vuelven un campo de minas. En lugar de conectar, la gente empieza a calcular, ¿puedo hacer este comentario? ¿Me van a malinterpretar? El resultado es una sociedad que respira con miedo, incluso entre amigos o compañeros de trabajo.
El segundo efecto es la tribalización. Al politizar la vida cotidiana, las personas dejan de agruparse por afinidad humana y pasan a hacerlo por afinidad ideológica. Lo vemos en las redes sociales donde las burbujas de opinión son cada vez más herméticas. Lo vemos en la vida real, donde gente que comparte aficiones o valores sencillos deja de hablarse porque uno vota a un partido y el otro a su rival. Las comunidades naturales se resquebrajan bajo el peso de una identidad política que se vuelve excluyente.
Un tercer desgaste más sutil, pero devastador es el agotamiento emocional. La militancia constante cansa. No se puede vivir en estado de alerta moral permanente. Las personas sometidas a este bombardeo acaban cayendo en una mezcla de apatía, resentimiento o cinismo. Esto favorece la polarización extrema. O te fanatizas o desconectas. Lo vimos en movimientos como el Black Lives Matter, donde parte de la población abrazó el activismo con fervor religioso y otra parte se replegó en un que le folle cargado de desde lo vemos cada vez que surge un conflicto bélico como el de Palestina o como el de Ucrania. De repente todo el mundo tiene algo que decir al respecto. Aunque vivan a más de 4,000 km, no hayan estado jamás allí ni se les espera y el conflicto no les toque directamente.
Y por último, la banalización del mal y la inflación del conflicto. Si todo es violencia, ya nada lo es. Si todo es fascismo, ya nada lo es. La palabra se desgasta, la indignación se vuelve rutina. Y cuando un problema real aparece, la sociedad ya está agotada o insensibilizada. Pasa con las denuncias de racismo, con las acusaciones de machismo, con los debates sobre género o sobre identidad. El ruido constante convierte incluso las causas más legítimas en caricaturas de sí mismas. Ya es imposible distinguir un meme de la realidad.
La politización permanente no produce una sociedad más justa, genera una sociedad más frágil, más desconfiada y, en última instancia más manipulable, que imagino que es lo que hay detrás de todo esto. Una sociedad donde, parafraseando a Tokville, los ciudadanos dejan de ser actores políticos y se convierten en vigilantes morales los unos de los otros, sin saber muy bien para quién están trabajando gratis.