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Sacarse un 10 sin saber nada: la educación en la era de ChatGPT

Santiago Bilinkis18:28

Transcription

Estudiar, ¿para qué? Para saber. La IA sabe más. Para resolver problemas, la máquina lo hace mejor y más rápido. Para sacarte buenas notas, hoy puedes tener un 10 sin siquiera leer el enunciado. Cada vez más tareas son escritas por una IA y cada vez más docentes las corrigen también apoyándose en una IA. Ensayos generados por un algoritmo y evaluados por otro. Y los humanos, los humanos somos ese tiempo liberado para ver más videos virales en TikTok.

[Música]

La educación ya venía en crisis en muchos sentidos. Sigue funcionando como hace 100 años, a pesar de que el mundo cambió por completo. Y como si eso no fuera suficiente, la IA vino a poner todo patas para arriba. En este episodio quiero que pensemos juntos sobre los enormes desafíos de la educación actual. Porque entender qué está fallando y por qué es el primer paso para recuperar el sentido de aprender en la era de la IA y construir una educación que de verdad nos prepare para el futuro.

Soy Santiago Vilquis y esto es Futuro en Construcción. En construcción, un espacio para pensar el presente, entender los cambios y encontrar nuestro camino al futuro. Este episodio fue posible gracias al apoyo de I y de Adidas.

Parte uno, el problema de las notas.

En junio de 2025, un estudiante de la Universidad de California en Los Ángeles, UCLA, generó una enorme controversia durante su ceremonia de graduación. Mostró en su computadora que prácticamente todos los exámenes que necesitó aprobar para recibirse habían sido hechos con IA. Al mismo tiempo, en la Universidad de Columbia expulsaron a otro estudiante por crear una herramienta indetectable para resolver ejercicios de programación en los exámenes y entrevistas. ¿Por qué de repente tantas personas buscan el atajo de aprobar sin aprender?

Para pensarlo, te invito a meternos en el mundo de la motivación humana. A mediados de los 80, dos investigadores de la Universidad de Rochester propusieron uno de los marcos más interesantes para entender qué nos moviliza y notaron que en cualquier actividad humana existen dos grandes tipos de motivaciones. Las intrínsecas, que surgen del placer y la satisfacción de hacer la tarea por sí misma, y las extrínsecas que nos impulsan a hacer algo, no por el acto en sí, sino para obtener una recompensa o para evitar un castigo.

Este segundo tipo siempre jugó un rol central en las escuelas. Durante décadas, tener una buena educación fue la llave para el progreso y la movilidad social. Había un pacto implícito. Si estudiás, si cumplís y obedecés, te espera una vida mejor. Tal vez la universidad, tal vez un buen trabajo, el futuro. Pero hoy ese pacto está roto o al menos muy debilitado. Podes ser todo bien y aún así no tenés ninguna garantía, ni de empleo, ni de progreso, ni de horizonte.

Pero quizás la principal motivación extrínseca en la educación siempre fueron las notas, esos numeritos que marcaban si pasabas de año, si eras o no un buen alumno. Y así la educación se volvió en muchos casos una carrera con obstáculos donde el objetivo ya no era aprender, era saltar vallas. Cuando la nota y el aprendizaje van de la mano, no importa si estudias por amor al conocimiento o por miedo a desaprobar. El resultado es el mismo, aprendiste. Pero cuando esas dos cosas se separan y podés sacarte un 10 sin haber entendido nada, corremos el riesgo de gastar toda la energía en perseguir la meta equivocada. Y eso es exactamente lo que pasó. Exactamente lo que pasó.

Parte dos, la diferencia entre aprobar y aprender.

Seamos honestos, la memoria humana no es gran cosa, especialmente cuando se trata de recordar datos que no nos interesan en lo más mínimo. Todos vemos a nuestros hijos la noche anterior un examen memorizando datos fácticos, nombres, fechas para repetir como loros al día siguiente. Y ellos saben, nosotros sabemos y sus docentes también saben que se van a olvidar absolutamente todo un minuto después de que el examen termine. Todos somos cómplices, padres, estudiantes y especialmente docentes que muchas veces se ven atrapados en un sistema que los obliga a evaluar de manera que ellos mismos cuestionan. ¿Acaso vos te acordás de lo que memorizaste para rendir historia en la secundaria o química o geografía?

El problema es que si los métodos de evaluación son equivocados, sacarse una buena nota y aprender ya no son la misma cosa. Y desde siempre existe una segunda forma de separar las calificaciones del conocimiento, la copia. Muchos piensan, "¿Para qué memorizar y olvidar si puedo directamente hacer trampa?" Obviamente copiarse no nació con Google ni con Chat GPT. En mis tiempos se usaban unos papelitos escondidos que en Argentina llamábamos machetes. Y ojo, los machetes tenían su mérito. En cierto modo eran un acto de rebeldía contra la falacia de la memorización. Prohibírselos a los chicos. Pero si los adultos vivimos macheteándonos. ¿O acaso alguien va al supermercado sin una listita en papel? De hecho, elegir qué poner en ese papelito que tenía que ser chico y fácil de ocultar era uno de los mejores ejercicios de síntesis jamás inventados. Para preparar un buen machete y después entender lo que pusiste, había que pensar, jerarquizar y entender lo esencial.

Hasta que llegó Google y apareció la opción de simplemente copiar y pegar. En 2017, un informe reveló que el 80% de los estudiantes universitarios buscaban las respuestas directamente en internet y el 15% iba más allá. Pagaba para que alguien hiciera los trabajos por ellos. Escucha este dato. En Kenya más de 20,000 personas vivían de escribir ensayos académicos para alumnos de países ricos. Una industria de trampa globalizada.

Una salida frente a esta disyuntiva era tomar exámenes a libro abierto o incluso a computadora abierta. Si la pregunta no era por datos fácticos, sino de elaboración, no había otra que analizar y pensar para poder responder. Pero con la llegada de la IA, ni siquiera nos queda eso. Cualquier persona puede presentar un ensayo sofisticado en 20 segundos sin siquiera leer el enunciado. Y su mal uso no es la excepción, se está volviendo la norma. La antigua disociación entre aprobar exámenes y aprender pasa por su peor momento y por primera vez parece que ya ni sabemos cómo volver a unirlas.

Volver a unir.

Parte tres, cuando aprobar no alcanza.

Volvamos por un minuto al tema de la motivación. Cuando hablamos de los dos tipos, intrínseca y extrínseca, tal vez pensaste que la extrínseca es menos valiosa. Hacer las cosas por premios y castigos en vez de por interés genuino, pero no es así. La capacidad de motivarse y hacer algo que no te gusta solo porque sabes que es bueno para vos es una habilidad fundamental. Es lo que está detrás de la disciplina de hacer algo por un beneficio que llegará recién mañana. La vida está llena de esas situaciones. Para la mayoría, el gimnasio no es placentero, pero tener la voluntad de hacerlo porque sabes que cuida tu salud a largo plazo, eso es crucial y eso también lo debería entrenar la escuela.

Pero lo cierto es que en casi todos los ámbitos y la educación no es la excepción, es mucho más fácil motivar con premios y castigos que despertar un deseo real de aprender. Durante décadas el sistema se apoyó demasiado en las notas. Ya sea por tener un buen promedio o por el miedo de desaprobar y repetir, el deseo genuino de aprender quedó completamente relegado. Cada vez que uno de nuestros chicos tiene que responder en un examen cuál es la capital de Bulgaria y no responde Sofía, le marcan que está mal y le bajan un punto. En ese caso, lo que aprende no es el nombre de la ciudad. Lo que aprende y jamás olvida es que en la vida siempre hay que evitar equivocarse porque el error se paga.

Pero el problema es que no existe la innovación sin permitirnos la posibilidad del error y no hay curiosidad sin permiso para dudar. Pensemos en el ejemplo de Thomas Edison buscando crear la bombita eléctrica. Probó más de 1000 materiales diferentes para el filamento e inicialmente nada funcionó. ¿Cuál fue la respuesta de Edison ante la falla? "No he fracasado. He encontrado 1000 formas que no funcionan." Si Edison hubiera ido a la escuela de hoy, probablemente le habrían bajado la nota por cada filamento que se quemó.

Para muchos chicos, la forma en que enseñamos y evaluamos apaga justo lo que más necesitamos encender: la creatividad, la curiosidad y hasta el disfrute por entender. Y no es por falta de vocación o esfuerzo de los docentes. Muchos entran a la profesión justamente para despertar esa curiosidad, pero se encuentran con aulas sobrepobladas, escasez de recursos, currículas rígidas y una presión de hacer triples turnos para poder llegar a fin de mes.

Y el resultado es mucho más grave. No es solo que el gusto por el conocimiento quede relegado a un segundo plano. Lo peor es que el precio de que aprendan de esta manera es muchas veces que terminemos odiando los temas que tuvimos que estudiar. Pensá cuántas personas dicen que odian la matemática o la física. Dos de las ciencias para mí más hermosas que existen.

Pero, ¿cuál es el problema de depender exclusivamente de la motivación extrínseca, la que viene de afuera? Que si haces algo solamente porque es necesario para lograr un fin, por ejemplo, estudiar para aprobar, apenas aparece una manera de conseguir ese mismo resultado sin hacer el esfuerzo, como usar ChatGPT, esa opción se vuelve irresistiblemente tentadora. Usar la IA para esquivar la duda y el esfuerzo es como ir al gimnasio y pedirle a otro que levante las pesas por vos. Tus músculos no se fortalecen mirando a otro hacer el ejercicio y tu cabeza tampoco. Si delegamos toda la inteligencia artificial, vamos a oxidar nuestra capacidad de pensar. Y eso no se limita a la escuela. Es un riesgo real que enfrentamos todos ahora, hoy. Y un experimento que se hizo viral hace poco hizo que salten todas las alarmas.

Parte cuatro. El precio de dejar de pensar.

¿Escuchaste experimento? Investigadores del MIT reunieron a 54 estudiantes y les pidieron que escribieran un ensayo. Algunos tenían que hacerlo solo con su pensamiento, otros con ayuda de un buscador y un tercer grupo usando una IA generativa. Mientras escribían les midieron la actividad eléctrica del cerebro. El resultado fue impactante. Los que usaron IA mostraron un 55% menos de actividad en las áreas vinculadas a la creatividad y el lenguaje, como si grandes sectores de su mente se hubieran apagado mientras la IA hacía el trabajo. Pero lo más inquietante vino después. Solo uno de cada cinco podía recordar qué decía su ensayo apenas unos minutos después de terminarlo. Y no fue solo una desconexión momentánea. Después del experimento, esas áreas del cerebro no se reactivaron.

Al momento de grabar este video, el experimento todavía no fue revisado por pares y la muestra es pequeña, pero es la primera evidencia neurológica de algo que muy pronto nos va a parecer obvio: apoyarse demasiado en la IA puede debilitar nuestra capacidad de valernos por nosotros mismos. Y esto no es solo una hipótesis de laboratorio. Cuando junto a Mariano Sigman escribimos "Artificial", llamamos a este fenómeno sedentarismo cognitivo. Aprobar y cumplir nunca fue tan fácil como ahora, pero querer aprender e ir más allá de lo mínimo se volvió mucho más difícil. Todos tenemos acceso a todo el conocimiento humano al instante, pero cada vez ejercitamos menos nuestra propia capacidad de entender, conectar y reflexionar. De hecho, es una de las mayores preocupaciones de quienes respondieron la encuesta. A siete de cada 10 les preocupa bastante o mucho que la IA afecte el pensamiento crítico y la creatividad de los chicos. Y casi cuatro de cada 10 temen que nos volvamos demasiado dependientes de la IA para poder pensar. Y esa inquietud no es exagerada, porque el riesgo no es solo perder lo que sabemos, es dejar de entrenar cómo pensamos.

Y entonces prohibimos el uso de IA en las escuelas.

Parte cinco, conviviendo con el enemigo.

Como hablamos hace poco en otro episodio, saber usar IA va a ser una habilidad clave para el futuro, una que todos, chicos y grandes, vamos a tener que dominar más pronto que tarde. Por eso, prohibir su uso en las escuelas sería un error enorme. Pero ahí aparece con claridad la paradoja: que sepamos usar IA ya es fundamental, pero dejarla entrar en el aula sin cambiar nada más termina de destruir la efectividad del sistema educativo actual, que todavía funciona como si aprobar fuera equivalente a haber aprendido y saber.

El problema no es usar IA. El problema es cuándo y cómo la usamos. Si primero pensás, probás, te equivocás y después usas la IA para revisar, mejorar o explorar, ahí sí potencia tu pensamiento. Pero si la usas de entrada para esquivar el esfuerzo, no solo perdés la oportunidad de aprender, empezás a apagar tu capacidad de pensar por vos mismo.

Para ilustrar esta idea, déjame ser una metáfora. Imaginá que vivís en la prehistoria hace unos 10,000 años. Aunque el planeta es enorme, todo tu mundo se limita a lo que podés recorrer caminando desde tu cueva. Como mucho, unos 10 km a la redonda. Ese es el límite que marcan tus piernas y el riesgo de estar lejos cuando cae la noche y salen los depredadores. Y de repente alguien inventa un auto. Sí, ya sé, no hay caminos ni estaciones de servicio, pero bancame la licencia poética. Con una máquina así se abren dos posibilidades. Una, obvia, puedes ir más rápido a los mismos lugares, sin cansarte, sin miedo. Pero la otra es mucho más mágica: tu mundo se acaba de expandir. Ahora podés llegar a lugares que estaban completamente fuera de tu alcance. Pasás de un radio de 10 km a uno de 500. Eso sí, si ahora usas el auto hasta para ir al árbol de enfrente, vas a dejar de caminar. Tus músculos se van a debilitar, tu cuerpo se vuelve dependiente. Y con el pensamiento pasa lo mismo. El secreto es usar el auto para llegar a destinos nuevos, pero también seguir andando a pie cuando vayas a los lugares que podías llegar por tus propios medios.

Esa es la magia de la IA. Podés usarla para lograr lo mismo que antes, sin esfuerzo y perder tu capacidad de pensar por vos mismo. O podés usarla para expandir tus fronteras, tu comprensión, tu habilidad para pensar críticamente y para producir ideas propias y originales. Porque la IA no vino a quitarnos la necesidad de pensar, vino a interpelarnos, vino a preguntarnos si de verdad todavía queremos hacerlo.

Parte final. La salida del laberinto.

Seamos claros, el problema de la educación no empezó con la IA. Ya veníamos enfrentando desafíos enormes. Las pruebas PISA y otras evaluaciones que intentan medir de manera estandarizada el grado de aprendizaje de los chicos muestran que muchísimos estudiantes no comprenden lo que leen ni logran incorporar los conceptos básicos que la escuela intenta transmitir. Pero el verdadero fracaso es más profundo. ¿De qué sirve que un chico pueda repetir los nombres de los reyes del siglo XV si no le interesa en lo más mínimo la historia y no entendió por qué conocer el pasado puede ser clave para su futuro? ¿Alcanza con que sepa sumar y restar si odia la matemática y no es capaz de tomar buenas decisiones porque no entiende probabilidades? ¿Para qué le sirve probar con 10 el examen de lengua si después cree cualquier cosa que lee en internet y no puede detectar cuando alguien intenta manipular sus emociones para que piense o vote de determinada manera? ¿De qué sirve que pueda recitar la tabla periódica si después su mayor aspiración en la vida es ir a un reality para convertirse en influencer y ser famoso?

Y no es por falta de compromiso de los docentes que hacen lo que pueden con herramientas del siglo pasado, estando mal pagos y enfrentando serias limitaciones de infraestructura. En todo lo que sigue pueden acusarme de ingenuo y tal vez lo sea, pero creo que la única salida de este laberinto es que trabajemos juntos: familias, estudiantes, docentes y políticas públicas para dirigir el foco hacia la motivación intrínseca, apostar a despertar la curiosidad y el deseo genuino de aprender. Porque si el motor fuera ese, usar IA como atajo perdería sentido. Sería como pedirle a alguien que coma tu plato favorito por vos, un disparate total.

Sé que suena imposible en la era de las pantallas y las redes, la inmediatez y la superficialidad, pero es una meta tan imposible como imprescindible. Hay una frase hermosa atribuida a varios pensadores, nadie sabe bien quién la dijo, pero todos coinciden en que es brillante: "La educación no consiste en llenar un vaso, sino en encender una llama." La verdadera medida del éxito de un sistema educativo no debería ser cuántos contenidos lograste recordar, debería ser de cuántas materias lograste enamorarte, porque la pasión nos enseña, se contagia. Aunque no nos acordemos casi nada de lo que estudiamos en nuestra adolescencia, de los profesores que nos dejaron una marca, uno nunca se olvida. Por eso, incluso en este mundo patas para arriba, todavía hay esperanza de que el fuego pueda volver a prenderse. Todavía hay esperanza de que el fuego pueda volver a prenderse.

[Música]

Bonus track. La educación no es cosa de chicos.

El problema que intentamos poner sobre la mesa en este episodio no es solo de los chicos ni solo de la escuela. Es también un tema urgente para todos los adultos, para vos y para mí. Investigar y escribir este episodio, el que estás viendo o escuchando ahora, llevó más de 20 horas de trabajo. ¿Sabes lo fácil que habría sido pedírselo entero a ChatGPT? Pero si lo hacía había dos problemas. El primero es que la voz que escucharías no sería la mía, sería la de un algoritmo que aprendió a imitarme. Y el segundo y más importante es que pensar qué quiero decirte, buscar las ideas justas y encontrar la forma más clara y hermosa de contártelas, eso es lo que mantiene mi cabeza en movimiento.

Vos también vas a tener que elegir, porque la IA va a estar ahí cada vez más ofreciéndote hacer el trabajo por vos. Entonces, vale la pena que te preguntes: ¿en qué cosas querés que la voz que se oiga siga siendo la tuya y qué músculos mentales no estás dispuesto a dejar atrofiar, aunque te tiente el camino fácil? Porque aprender, por suerte, es algo que no termina nunca. Porque aprender, por suerte, es algo que no termina nunca.

[Música]