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Ya hemos discutido los elementos del conocimiento y sus rasgos fundamentales. Básicamente, el conocimiento es la interacción entre un sujeto que busca conocer o aprender (recordemos que este "aprender" es con hache) y un objeto que se deja aprender. Sin embargo, hay algunas interrogantes que quedan en el aire. Por ejemplo, ¿siempre es posible aprender al objeto? ¿Debemos confiar en nuestros sentidos o en nuestra razón? ¿Existe una realidad objetiva o se construye según las ideas de cada sujeto? Estas y otras interrogantes constituyen auténticos problemas filosóficos que han producido grandes debates a lo largo de la historia.
En este curso trataremos brevemente tres problemas: la posibilidad del conocimiento, el origen del conocimiento y la esencia del conocimiento. ¿Es posible conocer lo que nos rodea? ¿Podemos alcanzar la verdad? Esas son las preguntas fundamentales que definen este problema. Seis posiciones filosóficas intentan dar respuesta a estas preguntas.
La primera de ellas se conoce como dogmatismo. El vocablo "dogma" proviene del griego *doxa* y originalmente hacía referencia a la opinión subjetiva que una persona podía formular sobre un tema. Posteriormente, el término fue cambiando a la noción de una creencia incuestionable y absoluta. Y en este sentido, entendemos el dogma como una doctrina cuyos postulados no pueden objetarse jamás. Para el dogmatismo, el conocimiento no es una relación entre dos elementos. Parte de la premisa que la conciencia de sujeto es capaz de comprender la totalidad de las cosas. Por lo tanto, la aprensión del objeto no representa problema alguno. Esto quiere decir que la reflexión profunda que cuestiona, duda e indaga sobre el objeto es inexistente en él. Puede alcanzarse la verdad, sí, pero se trata de una verdad absoluta, inmutable e incuestionable, producto de una confianza ingenua en el conocimiento completo de la realidad por parte del sujeto.
El dogmatismo es la posición filosófica más antigua y se encuentra en muchas explicaciones mitológicas y religiosas, pero también en nuestro mundo actual. Solo tenemos que pasarnos por la enorme cantidad de ideas, opiniones y mensajes sin fundamento expresados en los medios de comunicación y redes sociales a los que estamos expuestos todos los días. Has escuchado o leído frases similares a estas: "Es un hecho que...", "Siempre ha sido así...", "No hay que cuestionar...". Son ejemplos ilustrativos de ideas dogmáticas, preceptos incuestionables que deben aceptarse a pesar de la existencia de evidencia contundente que los refuten. Los fundamentalismos políticos y religiosos también se basan en férreos dogmas.
¿Cuál es el gran peligro del dogmatismo? Su actitud irreflexiva. No reflexiona sobre los hechos ni examina la evidencia. Esto conduce a un comportamiento intolerante e intransigente, en el que prevalece la irracionalidad y, en las situaciones más extremas, conduce al fanatismo.
La segunda posición es el escepticismo. A diferencia del dogmatismo, que confía ciegamente en la capacidad de la conciencia, el escepticismo duda por completo de la capacidad del sujeto para aprender al objeto. En ese sentido, el escepticismo reconoce que la imagen generada por la mente no se corresponde con el objeto. Factores internos inherentes al sujeto, junto a factores externos pertenecientes al entorno, afectan la capacidad de la conciencia e impiden que el sujeto logre aprender al objeto. De acuerdo al escepticismo, el sujeto duda constantemente y considera que, a pesar de las profundas reflexiones que pueda realizar, el objeto siempre se le escapa, no se deja aprender. En consecuencia, no puede decir nada definitivo sobre este. ¿Podemos alcanzar la verdad? Dado que como nunca se aprende al objeto, el conocimiento no se produce y, por lo tanto, la verdad es imposible.
Ahora bien, esta es la forma más radical de escepticismo. Podríamos llamarlo escepticismo lógico. Sin embargo, la actitud escéptica es importantísima, pues nos lleva a dudar de nuestras percepciones y a cuestionar todo lo que nos rodea. En el escepticismo metódico, una variante moderada del escepticismo, podemos examinar nuestro entorno y dudar sobre los datos que recogen nuestros sentidos, sobre las primeras imágenes formadas en nuestra mente. De esta forma, después de sucesivas reflexiones y una intensa acumulación de evidencia, lograríamos eliminar lo falso y obtener un conocimiento más cierto o, al menos, más probable. Del escepticismo se han desprendido numerosas variantes y posiciones a lo largo de la historia de la filosofía, incluyendo las que veremos a continuación.
Dijimos previamente en el escepticismo que tanto los factores internos del sujeto como los externos impiden la aprensión del objeto. Bueno, el subjetivismo, la tercera posición filosófica, se concentra en los primeros. ¿Cuáles son los factores internos? Percepciones, valores, preferencias, ideología y capacidad intelectual, todas variables inherentes al sujeto. Para el subjetivismo, sí podemos alcanzar la verdad, pero esta depende de las percepciones, creencias e ideas de la persona. Entonces, ¿podemos hablar de una verdad universalmente válida? No, pues se trata de una verdad limitada al sujeto. Por lo tanto, cada sujeto juzga lo que es verdadero. Por ejemplo, cuando expresamos cuál es la mejor canción o la pintura más bella, considerando únicamente las emociones que sentimos, solo podemos alcanzar una verdad estrictamente personal y subjetiva. La afirmación del filósofo Protágoras, "El hombre es la medida de todas las cosas", describe muy bien la premisa básica del subjetivismo.
La cuarta posición es el relativismo y esta se concentra en los factores externos pertenecientes al entorno al sujeto. ¿Cuáles son estos factores? La cultura, la época y el territorio donde habita el sujeto. En el relativismo, la verdad es alcanzable, pero esta se encuentra condicionada por las costumbres y rasgos de cada sociedad. Por lo tanto, decimos que se trata de una verdad relativa. Así lo explica el filósofo Oswald Spengler cuando expresa que "solo hay verdades en relación a una humanidad determinada". Esto significa que, al igual que en el subjetivismo, tampoco existen verdades universalmente válidas. Por ejemplo, las ideas reconocidas como verdaderas en una época son rechazadas en otra. La monarquía absoluta o la esclavitud fueron prácticas ampliamente aceptadas por la sociedad occidental en el pasado y hoy en día son repudiadas por la misma sociedad. De la misma manera, pueden existir verdades relativas para diferentes generaciones de individuos, determinados valores, hechos o ideas.
La quinta posición es el pragmatismo y parte del presupuesto siguiente: el sujeto no pretende comprender el mundo ni teorizar sobre este. El sujeto es un ser práctico, de voluntad de acción, que utiliza su intelecto para orientarse en la realidad y satisfacer sus necesidades. A diferencia de las posiciones anteriores, al pragmatismo no le interesa conocer y entender, sino obrar. Por lo tanto, el sujeto percibe el objeto solo aquello que le es útil. La verdad como correspondencia entre el objeto y la imagen en la mente del sujeto es inalcanzable. En ese sentido, llega al extremo de modificar el concepto de verdad. Para el pragmatismo, lo verdadero es aquello que resulta útil y provechoso a los fines del ser humano. El usuario promedio no necesita conocer los principios físicos que explican el funcionamiento de su teléfono celular para utilizarlo. Solo le resulta útil conocer las propiedades que permiten satisfacer sus necesidades de comunicación e información.
La sexta y última posición es el criticismo. Mientras que subjetivismo, relativismo y pragmatismo son, en cierto modo, variantes del escepticismo, el criticismo representa una posición mediadora. Comparte con el dogmatismo la confianza en la capacidad de la conciencia humana para conocer el mundo. No obstante, examina las afirmaciones y juicios emitidos. No se limita a aceptar ciegamente sin antes cuestionar. En esto se parece más al escepticismo. Según el criticismo, es posible conocer todo lo que nos rodea. Se puede alcanzar la verdad, sí, mediante una actitud reflexiva y crítica, obtenemos certezas sobre los objetos con los que interactuamos.