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Dignidad de la Persona: Historia de un término. Francesc Torralba

BioeticaRed25:44

Transcription

[Aplausos] El foco de mi reflexión versará sobre ese vocablo que es dignidad y que además es una de las palabras de los vocablos más utilizados en las discusiones bioéticas del principio y final de la vida, pero con significados no exactamente idénticos. Empiezo.

Pues en primer lugar, la importancia que tiene esta palabra en el cuerpo de los textos legislativos, en estas constituciones, en estas cartas de derechos o códigos deontológicos. Nunca se define dignidad, se da por supuesto. Eso que es o ese significado que evoca está tal punto que no es extraña la sospecha de que se haya convertido en un concepto ornamento o un concepto estético, de tal modo que su uso no genera ningún tipo de disenso. Hay un consenso y aceptación del uso y, sin embargo, los lectores lo leen y lo interpretan muy distintamente y también derivan prácticas distintas de el mismo vocablo. Eso, por lo tanto, lo puede convertir en un concepto vacío. Y de lo que se trata es precisamente de evitar esta este vaciamiento estético. No cabe otro camino que ahondar mínimamente en la historia del concepto. Los historiadores de la ética y quienes nos dedicamos a la historia de la filosofía, al menos identificamos tres hitos clave o tres momentos clave que corresponden a tres pensadores clave.

No lo ubicamos en el Renacimiento, que es Pico de la Mirandola, con su discurso sobre la dignidad del hombre, donde subraya precisamente que la dignidad es un rasgo propio de la condición humana, algo exclusivo de la condición humana en virtud de sus potencias, de sus capacidades, en virtud de la naturaleza de ese ser humano que le faculta para unas operaciones, para unas capacidades que no observamos en los otros seres de la creación. Que es el lenguaje que utiliza Pico de la Mirandola. Hay una idea clave en este discurso que es la idea de que el ser humano no tiene un lugar fijo en el orden de la creación, sino que tiene la capacidad de elegir por sí mismo su lugar y de alcanzar sus propios horizontes a partir de sus potencias. A diferencia de las otras realidades que están fijamente establecidas en el orden de la creación. De tal modo que esto evoca que el ser humano puede elevarse al ámbito de lo angelical, al ámbito de las sustancias espirituales, dependerá de que haga con sus potencias. Pero puede también descender al nivel del bruto y puede extender también al nivel de lo infrahumano.

Hay otro hito que es habitualmente el que se cita cuando se plantea el concepto en clave moderna, que es Immanuel Kant. Lo que propiamente denominamos la ética, la fundamentación metafísica de las costumbres o la crítica de la razón práctica, la segunda gran crítica de Immanuel Kant, publicada en 1788, donde Kant, a partir de su propia antropología y a partir de su propio planteamiento de ética formal universal, trata de justificar porque la dignidad es un rasgo, es una característica, es una cualidad exclusivamente de la condición humana. A partir de una tesis que es la tesis del ser humano como un ser defines como ser capaz de determinar fines, horizontes, sentido y, por otro lado, como un ser capaz de vivir una experiencia, el asombro frente o debajo de la cúpula celestial, la admiración frente al mundo y la ley moral en mí que me impera a tratar al otro siempre como un fin y no exclusiva ni únicamente como un medio o instrumento. Para acá, esta experiencia es inequívocamente humana y es lo que nos define como seres cualitativamente distintos de cuanto hay en el conjunto de la naturaleza. Otra cosa es que yo sea capaz de auscultarla y que yo sea capaz de vivir conforme a ella. También puedo obedecer a las inclinaciones y sucumbir al nivel de lo infrahumano, pero en cualquier caso, el ser humano tiene esta capacidad en su propia naturaleza y eso le hace cualitativamente distinto.

Hay otro hito que es Fichte, el filósofo idealista alemán Fichte, autor de las conocidas obras Discursos de la nación alemana, porque la razón que sobre todo esgrime es la libertad potencial del ser humano, la capacidad de poder elaborar decisiones libres, autodeterminarse, pensar por uno mismo, no estar determinado por los imperativos de la especie o por las necesidades estrictamente naturales, sino ser capaz de poner distancias a esas necesidades y de esbozar un propio proyecto de vida, hacer de la vida una obra de arte, como diría también Søren Kierkegaard. Cualquier caso, en la modernidad, el concepto de dignidad, como veremos, pivotará especialmente sobre el concepto de libertad. Ahora voy a andar en eso. La historia del concepto sería, como pueden imaginar, mucho más larga, pero que permiten al menos darse cuenta que el concepto no es vacío, que quizá lo hemos vaciado entre todos, pero que el concepto tiene un grosor fruto de siglos de reflexión filosófica y especialmente elaborada en Occidente.

Si es complejo el concepto de dignidad, todavía resulta más problemático cuando se utiliza como adverbio: morir dignamente, vivir dignamente o trabajar dignamente. La palabra fácilmente genera consensos. ¿Quién no quiere vivir dignamente? ¿Quién no desea morir dignamente? ¿Quién no desea un trabajo digno o trabajar dignamente? Pero cuando se tiene que precisar, fácilmente observamos que aparecen las disputas de todo orden. Y por otro lado, está el debate de las condiciones de posibilidad. ¿Qué tiene que darse en una institución, en un país, qué tiene que darse a nivel económico, a nivel social, a nivel cultural, a nivel espiritual para que se pueda vivir dignamente en él? Desde el medio ambiente a la calidad de los vínculos que se establecen en una unidad de cuidados intensivos o en una unidad de cuidados paliativos.

Lo primero que observa uno es que se utiliza el término dignidad para evocar una realidad que merece ser respetada y, por tanto, implica un límite en la relación con ella, un auto resistencia. Alguien diría, ¿y qué límite? No puedo colonizar, no puedo tratarla como un objeto. Y por otro lado, tampoco puedo ser indiferente a su sufrimiento, a su dolor, a su destino, a su situación. Donde hay indiferencia, no hay respeto, hay pasividad, hay abandono, hay dejadez. Entonces, tiene que ver con algo como una relación adecuada que, por un lado, mantenga esa realidad, pero por otro lado, no se desentienda de su suerte o de su sufrimiento. ¿Cuántas veces utilizamos la palabra respeto como un eufemismo de indiferencia? Yo lo respeto todo y lo que hay en el inconsciente es: me ha dado absolutamente igual. Y eso no respetar, eso es indiferencia. Donde hay respeto y mirada atenta, por lo tanto, voluntad de preservar esa realidad.

O bella que es en sí misma, la palabra dignidad evoca una constelación de conceptos que no son exactamente idénticos. Por un lado, evoca el respeto a la integridad de esa persona, la integridad física. La integridad física no la puedo segmentar, no la puedo torturar, no la puedo dejar, no la puedo maltratar, no la puedo herir, no la puedo bofetear, aunque pudiere físicamente, aunque pudiere porque, pongamos por caso, nadie me va a ver. No lo puedo hacer. Una especie de auto limitación. Debo respetar esa integridad física, ya sea del *nachiturus* en sus primeras etapas de desarrollo, ya sea de un ser enormemente frágil durante o al final de su vida. Tengo que respetar esa integridad. Lo que no significa indiferencia. Tengo que velar para que pueda vivir a pesar de la fragilidad. ¿Qué puedo articular para que, a pesar de su fragilidad, tenga la máxima cualidad existencial? De que la dignidad no sea un concepto pasivo, sino que evoca voluntad y estima por la integridad física del otro. Y eso tiene que ver con su cuerpo, corporidad, alimentación, con sus circunstancias de transporte, sus circunstancias simplemente de hogar, de trabajo. Donde hay masificación, no hay respeto a la dignidad. Donde los seres humanos son transportados como ganado, no hay respeto a la dignidad, porque los cuerpos no son respetados en su integridad física.

Pero es que además el concepto evoca respeto a la integridad moral, sentido del honor, su buen nombre, independientemente de su estado de salud, de su nivel de pobreza o de riqueza. Eso es integridad en sentido moral. Evoca otra idea, porque es autonomía. Es una de las asociaciones más directas en el imaginario colectivo. Quiero morir dignamente, digo yo, quiero morir autónomamente. Quiero decidir cuándo, cómo, dónde, en qué circunstancia. No quiero que lo decidan otros por mí. Quiero decirlo yo. Y por tanto, el valor de la autonomía se vincula muy estrechamente también al de la dignidad. ¿Qué significa capacidad de elección, de decisión? No ser un receptáculo de decisiones que otros han tomado de un modo unilateral, sino ser actor de mi propia vida, ejecutor de mis actos, capaz de diseñar qué quiero hacer con todo lo que me atañe.

Plantea un debate filosófico muy serio, puesto que si la dignidad se relaciona con la autonomía, ¿qué pasa con esos seres que carecen de autonomía para poder decidir y sin embargo forman parte de la condición humana? Entonces, claro, la palabra dignidad relacionada con la autonomía muy rápidamente lleva a un subconjunto muy excluyente, a no ser que también se respete dicha autonomía simplemente en el plano potencial. Podría haber desarrollado libremente su vida, pero dada la enfermedad, dada la fragilidad constitutiva, no puede desarrollarla. Aún así, hay un potencial de autonomía, ergo, hay dignidad. Pero si no lo resume estrictamente al ejercicio fáctico de la autonomía, el escenario de la dignidad se reduce exclusivamente a esos seres que pueden decidir libre y responsablemente sobre su vida porque tienen capacidad para hacerlo. En cambio, la dignidad relacionada con la integridad se exige de a todos, porque todo ser humano tiene una integridad física, también ese ser humano que acaba de nacer y no es capaz de tomar todavía ninguna decisión libre y responsable, atendiendo a su estado de desarrollo tan primario.

En la Declaración Universal de los Derechos Humanos se utiliza la expresión "dignidad inherente", que también podemos traducir filosóficamente como dignidad intrínseca. Significa que no depende de tu obrar, no depende de tus rasgos externos, no depende de tu condición social, del reconocimiento público que uno tenga, del estado mental, sino que va con él siempre. Es inherente. Mientras que la dignidad, si fuera extrínseca, dependería de rasgos. Usted la ha perdido porque no es capaz ya de razonar por sí mismo. Usted ha perdido porque ya no es una persona reconocida socialmente o simplemente porque está olvidado en un campo de refugiados o en una celda de un centro penitenciario. Sin embargo, cuando decimos dignidad inherente, decimos que es imborrable, va con él siempre.

También se relaciona con otro concepto que es el concepto intimidad, un ámbito propio, exclusivo, ajeno a la mirada externa. Es decir, una voluntad de no ser expuesto como un objeto, como una cosa, como un trozo de carne, no, sino la necesidad de un velo, la necesidad de una frontera, la necesidad de una puerta, la necesidad de que haya un ámbito para mí. En un ámbito como puede ser un campo de refugiados o como puede ser un tren que deporta personas a un campo, allí perdieron la dignidad porque allí perdieron la intimidad, amontonados en vagones como ganado.

Quiero subrayar dos debates de enorme trascendencia hoy y que tienen como epicentro la dignidad. Hay un debate que a mí me gusta denominar que es intramuros y hay un debate que es extramuros. En el debate intramuros está el debate de si eso de la dignidad inherente puede decirse de todo ser humano o solo de un subconjunto. En la antropología de carácter cristiano y en la ética cristiana, la dignidad es un rasgo común a todo ser humano. Pero el debate contemporáneo ético, eso no es una evidencia. Y de hecho, hay autores que distinguen entre seres humanos que están dotados de dignidad porque tienen capacidad de obrar autónomamente, de valorar su vida, de dibujar su horizonte personal, y hay seres humanos que carecen de dignidad porque carecen de esta capacidad. Incluso alguna utiliza la distinción entre ser humano y persona como argumentar que la idea de dignidad es para todo ser humano independientemente de sus rasgos, características, estado de desarrollo. Y eso no es ya una evidencia en la ética contemporánea, lo que exige a quienes pensamos que es así un trabajo a fondo de persuasión racional de por qué creemos que es así. Aunque ese trabajo de persuasión racional también puede ser vía consecuencialista, mostrando qué pasa y qué ha pasado históricamente cuando uno se olvida que la dignidad es inherente a todo ser humano. Por ejemplo, es históricos lamentablemente vividos. Es el diálogo intramuros.

Pero el diálogo extramuros también es muy intenso, porque el concepto dignidad para algunos debería también extenderse a animales por un lado y extenderse a máquinas inteligentes por otro. Por tanto, el debate sobre la dignidad exclusivamente la condición humana es un debate. Pero el otro es: ¿y por qué no podríamos decir que el animal tiene dignidad? Un bonobo, un simio, un orangután, un chimpancé. O el otro debate: ¿y por qué no lo podemos decir de máquinas inteligentes con capacidad de pensar, razonar, recordar, sentir, que tienen algunas más capacidades y atribuciones que el mismo ser humano en condiciones naturales? ¿Por qué se debe limitar exclusivamente a la condición humana?

En el primer debate extramuros está el debate con el animalismo. Yo aquí coincido plenamente con el pensamiento de Adela Cortina, que citada, no. Yo creo que los animales tienen valor, pero no tienen dignidad. Tienen que ser respetados, pero no tienen dignidad inherente. Pero una cosa es limitar el ejercicio que causa dolor a un animal y otra cosa es reconocer la dignidad y reconocerle derechos. Es un debate de filosofía del derecho de enorme calado ese. Pero el otro debate también es enormemente serio y tiene como digamos como interlocutor el transhumanismo. Desde los filósofos transhumanistas, la dignidad no es una exclusividad humana, sino que hay seres máquinas, artefactos con enormes capacidades que tienen no solo valor, sino también dignidad. De tal modo que sugieren una constitución donde no haya solo reconocimiento de la dignidad humana, sino de al menos los grandes simios y también las máquinas inteligentes.

Bien, la pregunta clave es por qué. Y esta es la pregunta que ningún filósofo honesto y tampoco ningún teólogo honesto puede simplemente dejar de lado. No, en primer lugar, porque ocurriría algo que es terrible, que es el dogmatismo, algo que critica con razón Immanuel Kant y que de otro modo deslegitima esta opción. ¿Qué significaría? Es así y no hablemos más. Bueno, pero ¿por qué? A sabiendas que no exista una respuesta concluyente al por qué, uno tiene que hacer el esfuerzo al infinito de buscar razones para tratar de fundamentar sus convicciones morales, antropológicas, cosmológicas, sus convicciones teológicas, sino simplemente sucumbe al dogmatismo, a la credulidad o, en el peor de los casos, simplemente a la irracionalidad. Eso es así porque sí. Tampoco el argumento puede ser fundamentado en el principio de autoridad. Eso es así porque lo dijo alguien que supuestamente tiene una aureola de autoridad indiscutible. Lo dijo Aristóteles, lo dijo San Agustín, lo dijo Kant. Bueno, ¿y el autor que no reconoce esta autoridad porque no se ubica en el agustinismo o en el tomismo o en el aristotelismo o en el kantismo? Si el único argumento es la autoridad, se deshace, se desmorona ese argumento. Lo que no significa que no tenga valor que una figura inteligente haya desarrollado una tesis, pero en filosofía, la clave es la calidad de los argumentos, la seriedad de las razones.

Pero si en el diálogo con quienes no coinciden en la identificación de la dignidad, unos esgrimen un texto sagrado que el otro no reconoce como sagrado, sino el mejor de los casos como un texto literario sumamente valioso que ha generado miles de argumentos en novelas y romances, simplemente uno se queda desasistido. Lo dice el Corán, lo dicen los Upanishads, lo dice el Tao Te Ching, lo dice el Nuevo Testamento. No hablemos más. ¿Cómo que no hablemos más? En el ámbito de la pluralidad de cosmovisiones, de credos y de opciones, lo que cuentan son las razones que usted puede esgrimir de por qué ese ser humano tiene una dignidad inherente y por qué debe ser respetado a pesar de ser tan frágil y no tener ni siquiera conciencia de su dignidad, como le puede pasar a un *siturus*, a un enfermo terminal o a un Alzheimer en situación muy avanzada. Ni siquiera él es consciente de su dignidad y, sin embargo, la tiene.

Entonces, yo creo que aquí el argumento filosófico es las cualidades, las potencias, lo que hacen maravillosa la condición humana, capaz de lo más bello, ciertamente, de lo más noble, de lo más sublime, pero también de lo más mezquino y de lo más destructivo. Me parece que el análisis de estos rasgos fundamentales comunes, más allá de las antropologías culturales que identifica la antropología filosófica, son los que permiten razonar que cualquier ser humano tiene que ser objeto de respeto porque es depositario de una dignidad inherente. Ahí hay un lugar de encuentro también entre personas que se ubican en una cosmovisión laica y en personas que nos ubicamos en una cosmovisión religiosa o trascendente, en el reconocimiento de esas potencias, capacidades, ya sean en estado desarrollado o en estado incipiente.

La otra vía argumental es la que parte, obviamente, de un texto sagrado y en este caso del Génesis: es que usted es imagen y semejanza de Dios, aunque no lo sepa, aunque no lo reconozca, aunque su imagen y semejanza esté desfigurada por sus actos y su modo de obrar, y sin embargo, usted esa imagen y semejanza. Esta vía argumentativa nace de un texto que, por otro lado, es común al judaísmo, al cristianismo y al islam, a las religiones denominadas del libro. Aquí hay un campo también de encuentro.

Termino, pues, la labor de fundamentación no es irrelevante. Cuando no hay fundamentación, cuando no hay ejercicio de razonamiento, o se sucumbe al relativismo, todo vale, todo da lo mismo, o se sucumbe al dogmatismo, solo eso y porque lo dice alguien. Pero sin trabajo argumentativo, yo creo que la tarea difícil y, por otro lado, la única tarea para encontrar consensos y para encontrar mínimos comunes denominadores es a través del trabajo dialógico, de la búsqueda de razones. De eso se trata cuando hablamos de fundamentar, de dar razones de por qué ese ser que denominamos digno es digno intrínsecamente y no como una atribución externa. Y eso que es fundamental para muchos de nuestros contemporáneos ya no es evidente y precisamente por eso tiene más valor que nunca el trabajo de persuasión, de argumentación y de diálogo en el ágora pública.

Muchas gracias por la atención. [Aplausos] [Música] [Música]