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Desacelerar bajo el subtítulo "El manifiesto del decrecimiento" es un libro del joven filósofo japonés Coei Saito, publicado en su idioma original en 2020 y en español en 2025. El capitalismo del crecimiento permanente nos conduce al colapso. No es posible concebir un capitalismo estacionario y lo del capitalismo verde es un mito. De una forma u otra, la era del neoliberalismo ha terminado. Está claro que los mercados libres, los planes económicos de austeridad y el estado mínimo no han sido capaces de hacer frente a las múltiples crisis.
En lo personal, ¿qué tipo de medidas se toman individualmente para prevenir el calentamiento global? ¿Usar una bolsa reutilizable, un vaso rellenable? ¿Comprar un automóvil eléctrico? El solo hecho de suponer que estas acciones son efectivas nos puede desmotivar a participar en grandes acciones que sí son realmente necesarias. Funcionan como las indulgencias católicas que le permitían a los fieles escapar de los remordimientos. Lo mismo sucede con el llamado green washing, con el que las empresas simulan proteger el ambiente o con los objetivos de desarrollo sostenible promovidos por las organizaciones internacionales y los estados nacionales, que son solo una coartada para mantener vivo un sistema incapaz de combatir el cambio climático.
Carlos Marx llamaba opio de los pueblos a la religión porque la religión era un alivio temporal frente a la dolorosa realidad provocada por el capitalismo. El desarrollo sostenible funciona hoy como una versión contemporánea de ese opio de los pueblos, a la manera de una buena conciencia mientras nada cambia. En este camino, los ultraricos podrán conservar su estilo de vida, mientras nosotros, la gente común, perderemos nuestra forma de vivir por completo.
Para determinar qué dirección es la correcta, debemos rastrear la crisis climática hasta su mismo origen. Y la causa fundamental es el capitalismo. La crisis climática no es algo que vaya a suceder en 2050. La crisis ya ha comenzado. La revolución industrial fue el primer paso presionando sobre el medio ambiente a medida que aumentaba la población y el consumo de energía. Todo ello aumentó más rápidamente a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial y se volvió a incrementar al fin de la Guerra Fría. El problema es que esta aceleración no puede continuar indefinidamente.
Mirando hacia atrás, observamos que los estilos de vida enriquecidos que disfrutan en el norte global se sostienen en el funcionamiento del sur global, ya que esas vidas satisfechas que disfrutan en el norte serían imposibles sin los recursos naturales saqueados y las fuerzas de trabajo explotadas del sur global. Los sociólogos alemanes Urrich Brand y Marcus Wisen pusieron nombre a este estilo de vida que disfrutan las personas del norte. Lo llaman modo de vida imperial. Sin la explotación de los otros, el modo de vida imperial sería insostenible. Sostener el bajo nivel de vida de los habitantes del sur es un requisito previo para el funcionamiento del capitalismo. Por eso, el desequilibrio norte sur no es una anomalía; es parte normal del sistema. El sociólogo alemán Stefan Lesenic ha llamado sociedad de la externalización, a este formato que traslada los costes a algún lugar lejano e invisibilizado. Una sociedad que crea permanentemente un exterior con el fin de derivar allí las cargas que le permiten mantenerse, como el caso de trabajadores de bajos salarios. Pero el objeto de la explotación del capitalismo no es solo la fuerza de trabajo de la periferia, sino también el medio ambiente de toda la Tierra. Todo lo que el capitalismo ha hecho es externalizar los costos ambientales a las periferias. La periferia siempre debe perder para que el núcleo gane. Por supuesto que el núcleo no está exento del impacto del empeoramiento de las condiciones naturales, pero dada la externalización es poco probable que el capitalismo reciba un golpe que afecte seriamente su funcionamiento. La Tierra se volverá inhabitable para la humanidad antes de que el capitalismo colapse. Para decirlo más claramente, cuando la gente de los países desarrollados pueda mirar el problema a la cara, ya será demasiado tarde.
Un problema adicional es que el espacio exterior para la externalización del trabajo y de la explotación de recursos naturales, la periferia, se va reduciendo a medida que países como China y Brasil, históricamente espacios de externalización, se dedican a su propio desarrollo económico a alta velocidad. A medida que desaparece ese afuera de donde extraer mano de obra barata, las tasas de ganancia caen y la explotación de los trabajadores comienza a crecer, pero ahora en los propios países centrales. El efecto directo es el crecimiento de la desconfianza y el malestar social, al mismo tiempo que los movimientos nacionalistas y populistas se fortalecen. No estamos ante una crisis ambiental, estamos ante una crisis sistémica provocada por el propio capitalismo, porque a medida que se reduce la externalización en la periferia, se ve dificultada la acumulación de capital que acompañó al capitalismo hasta ahora.
La gran pregunta que se hace Saito es si a medida que el capitalismo colapsa, el mundo se sumirá en el caos o será reemplazado por un sistema social diferente. El sistema capitalista es la razón principal para que la crisis ambiental se haya vuelto tan grave. Y en todo el mundo se debaten políticas gubernamentales para hacer algo antes de que sea tarde. Entre esas alternativas políticas aparece el llamado Green New Deal, parafraseando la política del New Deal implementada por Frankin Roosevelt en los años 30 para salir de la crisis económica mundial. Este nuevo trato verde implica incrementar el gasto público a gran escala para promover energías renovables, crear empleo estable y generar una transición hacia una economía verde sostenible. El neoliberalismo con sus políticas de austeridad y reducción del Estado ha demostrado ser incapaz de hacer frente a las crisis y parece ser tiempo de un keinesianismo ambiental. ¿Es esto posible? Se pregunta Saito. El problema es que este keinesianismo verde también estimula un mayor crecimiento económico a partir de importantes inversiones para cambiar la matriz económica global. Ahora bien, ¿es suficiente componer una etiqueta de verde al crecimiento para que no produzca las mismas consecuencias negativas que cualquier crecimiento?
El científico sueco Johan Rockstrong no es nada optimista al respecto y plantea la gran cuestión, la del desacoplamiento. Desacoplar el crecimiento económico de las consecuencias ambientales de ese crecimiento se ha demostrado extremadamente difícil. Aunque ese crecimiento se pretenda verde o virtuoso. El desacoplamiento es el intento de separar el crecimiento económico de su impacto negativo sobre el medio ambiente, es decir, que se pueda crecer al mismo tiempo que se reduzca la contaminación ambiental. Desacoplar crecimiento de contaminación. Una postura es lograr un desacople relativo, parcial, mediante tecnologías de ahorro energético, pero el hecho de que sea relativo no permite combatir efisazmente el cambio climático. Como siempre pasa en el capitalismo, el llamado crecimiento verde en los países centrales no es más que la externalización de los costos sociales y ambientales en los países periféricos. La ilusión del desacoplamiento es que mientras en los países centrales se puede lograr que el consumo de energía y emisión de gases se reduzca, en los países del sur global como Brasil o China, la tendencia es a la inversa. El porcentaje de la energía dentro del PIB aumenta rápidamente en estos países que impulsan el crecimiento mundial. Por eso no es suficiente un desacoplamiento relativo. Se necesita uno absoluto y de eso se trata la trampa del crecimiento. Por eso Rockstrom sostiene que frente a la trampa del crecimiento, la solución que pasa a primer plano es la renuncia al crecimiento económico, única forma de lograr el desacople absoluto. El problema es que esta renuncia al crecimiento no puede darse dentro del capitalismo.
Por otra parte, existe una paradoja. Las nuevas tecnologías mejoran la productividad y se producen más bienes a menos costos, lo cual aumenta el consumo. Se producen televisores que consumen menos energía, pero se venden más televisores que nunca y como resultado se consume más energía. Lo mismo pasa con el reemplazo total de los autos con motor a explosión por autos eléctricos, pero las baterías de iones que utilizan requieren enormes cantidades de metales raros, como el litio y la extracción de litio requiere un enorme drenaje de aguas subterráneas afectando ambientalmente a las regiones de donde se extrae. Lo mismo pasa con el cobalto, casi el 60% se extrae del Congo, una de las naciones más pobres y menos estables de África. La extracción de cobalto no solo genera la destrucción del medio ambiente, sino que se hace en lamentables condiciones de trabajo, inclusive de trabajo infantil o esclavo. De eso se trata. La trampa del crecimiento.
Si el desacoplamiento se presenta improbable, no tenemos más remedio que abandonar el crecimiento económico y considerar al decrecimiento como la base de cualquier plan para combatir el cambio climático. Por supuesto que hay millones de personas en el mundo que no tienen acceso a la electricidad o al agua potable o a la educación o a una alimentación suficiente. Para estas personas el desarrollo económico es obviamente necesario, pero también es cierto que el desarrollo basado en el crecimiento económico llegó a un callejón sin salida. Una sociedad sostenible solo puede lograrse si se establece un sistema económico global que permita que tantas personas como sea posible prosperen sin afectar el techo ecológico. Pero la verdad es incómoda. Utilizar a las naciones desarrolladas como modelo para que los países emergentes mejoren su nivel de vida nos llevará a la destrucción total. La diferencia extremadamente injusta entre el norte y el sur solo podría rectificarse sin dañar al medio ambiente si nos dejamos de aferrar al sueño del crecimiento económico perpetuo.
Una vez que las personas cumplen con los estándares básicos de consumo, no solo el crecimiento económico puede hacer que una sociedad prospere. La prueba es que Estados Unidos tiene un PIB per cápita mayor al de los países líderes europeos, pero sin embargo estos tienen estándares sociales muchos más altos que los estadounidenses. Porque no importa cuánto crezca una economía, si ese crecimiento va a ser monopolizado por una parte pequeña de la población. También puede verse que cuando una sociedad tiene una economía que no crece, pero cuyos recursos se distribuyen equitativamente, puede prosperar. Por eso es imprescindible llevar a los que viven por debajo del nivel de la base social al rango de prosperidad sostenible para luego alejarnos del modelo de crecimiento del norte global. ¿Es posible bajo el capitalismo lograr una distribución verdaderamente justa? No, porque desde el punto de vista de la justicia global, el capitalismo es un sistema completamente disfuncional.
Saito elabora un esquema con cuatro resultados posibles para el futuro basado en dos ejes. Un eje horizontal que va de la igualdad a la desigualdad y otro vertical sobre el mayor o menor poder del estado. Ambos ejes dan forma a cuatro cuadrantes. El primer modelo posible es el llamado fascismo climático, conformado por la conjunción de un alto poder del Estado y una gran desigualdad, en el que el modelo capitalista de alto crecimiento y daño climático perdura y donde los únicos que podrán prosperar serán los componentes de la elite ultra rica bajo la protección del Estado. El segundo modelo probable es la barbarie, que se ubica en el cruce entre una alta desigualdad y un bajo poder del Estado. Este escenario es que el cambio climático sigue avanzando, proliferan los refugiados climáticos y colapsa la producción de alimentos en un marco de guerras y levantamientos. Una rebelión de las masas derrocaría a los gobiernos autoritarios sumiendo al mundo en el caos. Una guerra de todos contra todos. El tercer modelo posible es el magoísmo climático, que se establece en el cruce de una gran igualdad y un fuerte poder del Estado, que surge como contrapeso ante la probabilidad del caos y la barbarie, mediante un gobierno fuerte y centralizado que implica dejar de lado la economía de mercado y la democracia liberal. El cuarto modelo lo encontramos en la confluencia entre la igualdad y bajo poder del Estado. Esta es la alternativa incógnita a despejar. Quizás formas democráticas de ayuda mutua con los individuos definiendo voluntariamente estrategias para combatir el cambio climático. Se trata de un futuro posible que ofrezca una oportunidad de supervivencia y preserve al mismo tiempo ideales de libertad, igualdad y democracia, siendo su clave el decrecimiento.
¿Por qué es necesario el decrecimiento? Si el crecimiento verde, aún con sus restricciones, no conduce a la preservación del medio ambiente y alcanzar un desacoplamiento absoluto con crecimiento es solo una ilusión, resulta evidente que las políticas gubernamentales dirigidas al crecimiento económico jamás podrán poner fin a la crisis ambiental. Necesitamos una nueva lógica, crear un sistema económico que ya no dependa del crecimiento para funcionar, priorizando las necesidades de la humanidad y de la naturaleza. Pero, ¿existe una forma de decrecimiento dentro del sistema capitalista? Saito sostiene que no, porque el capitalismo nunca se detendrá, ni siquiera cuando se enfrente a algo tan aterrador como la crisis ambiental. En la medida que la reforma se lleve a cabo en el marco del capitalismo, siempre tenderá a privilegiar el crecimiento y la búsqueda de ganancias, empeorando la crisis ambiental global. Un escenario al que la ensayista canadiense Naoy Klein calificó como capitalismo del desastre.
El Premio Nobel Joseph Stiglitz propone una especie de capitalismo progresista, que sería una sociedad capitalista justa, lo que llama un capitalismo verdadero. Pero, ¿realmente se puede domesticar al capitalismo solo cambiando leyes y políticas? ¿Se puede poner un freno suficiente al capitalismo para hacerlo sostenible sin afectar las cuestiones de propiedad privada y de clase? Obviamente no es posible, dice Saito. El capitalismo de decrecimiento es una alternativa imposible. Los pensadores como Stiglitz, que proponen la transición a una sociedad de decrecimiento mientras se preserva el capitalismo, merecen ser llamados fantasiosos. Porque deshacerse del impulso de crecer, que maximiza las ganancias y al mismo tiempo preservar el capitalismo es como tratar de dibujar un triángulo redondo. Por eso, la única forma de enfrentar esta crisis y controlar el crecimiento económico es renunciar al capitalismo y llevar a cabo la transición hacia un sistema postcapitalista de decrecimiento.
El decrecimiento sigue siendo impopular, ya que para muchos la palabra decrecimiento suena como pobreza voluntaria. A primera vista suena correcta la crítica porque se trata de una crítica basada en la lógica capitalista que indica que si se detiene el crecimiento se avisola la tragedia. En la lógica del capitalismo es común pensar que el objetivo principal del decrecimiento es reducir el PIB y como si se reduce el PIB se es más pobre, entonces decrecimiento y pobreza se vuelven sinónimos. Pero el decrecimiento enfatiza formas de prosperidad y calidad de vida que no necesariamente se reflejan en el PIB. Se trata de decrecer en la fabricación de automóviles o de moda rápida, por ejemplo, y hacer crecer la financiación en educación, salud y vivienda.
Coei Saito buscará unir un modelo de decrecimiento con el pensamiento de Marx. Seguramente muchos lectores rechazarán la referencia a Marx y a utilizar su pensamiento para teorizar el decrecimiento. ¿Cómo puede ser posible si la Unión Soviética se preocupaba extremadamente por el crecimiento económico y generó un profundo y brutal daño del medio ambiente? ¿Cómo combinar marxismo con decrecimiento no suena acaso como mezclar agua con aceite? La imagen común que tiene la gente sobre el marxismo implica nacionalización de los modos de producción acompañado de un gobierno de partido único. Pero mediante una reevaluación de los textos de Marx, Saito encuentra la clave en la idea de los comunes. Los bienes comunes tomarían la forma de una alternativa a los extremos opuestos simbolizados por el neoliberalismo al estilo estadounidense y la nacionalización al estilo soviético. Los bienes comunes tienen como objetivo designar cosas como el agua, la electricidad, la vivienda, la salud y la educación, en tanto bienes públicos gestionados democráticamente.
Antes del capitalismo, la gente utilizaba los bienes comunes coexistiendo con la naturaleza sin entrometerse en ella, ya que no había ningún incentivo lucrativo para la sobreproducción. Porque si la gente tiene lo necesario para mantener su estilo de vida, no tendría necesidad de comprar nada. El sistema de propiedad privada que siguió al cercenamiento de los bienes comunes destruyó la sostenibilidad entre seres humanos y naturaleza basada en la abundancia. Al dividir los bienes comunes y convertirlos en propiedad privada de unos pocos, se impuso la escasez artificial, afectando la calidad de vida de casi todos en nombre de los derechos de muy pocos. Los bienes comunes deben hacerse sostenibles a nivel global y para ello deben ser reapropiados de su mercantilización, impidiendo que solo enriquezcan el estilo de vida de algunos. Tiene que haber otra forma de abordar el problema. Y para Saito, esta alternativa requiere de una nueva forma de análisis del pensamiento marxista.
Hasta ahora, dice Saito, marxismo y ambientalismo habían sido vistos como cosas no relacionadas y hasta opuestas. En sus primeros escritos, Marx se mostró como un defensor de la visión de la historia como progreso basada en el productivismo y el eurocentrismo. Esta postura llamada materialismo histórico recibió desde el pensamiento ambientalista una lluvia de críticas porque no parece detectar que el aumento de la productividad es lo que destruye al medio ambiente. Pero al final de su vida, Marx se involucra con los estudios de las ciencias naturales y elabora la idea de metabolismo de la naturaleza, donde los seres humanos también tienen una relación metabólica con el mundo físico. La humanidad solo puede vivir en este planeta participando de esos procesos cíclicos metabólicos. En esta instancia tardía de su vida, Marx modifica su visión optimista sobre el aumento de la productividad. Y esta ruptura con el productivismo implica el cuestionamiento de una visión del mundo más amplia, la visión de la historia como progreso. En su primera etapa, apoyada en el productivismo y el progreso, consideraba que el avance europeo era el modelo a imitar por el resto de los países. En su última etapa de pensamiento deja de lado esta mirada eurocéntrica de la historia como progreso por una que se centra en las sociedades no occidentales, elogiando las formas comunales de organización social que se expresan en ella.
El término comunismo tiene varias definiciones posibles. Básicamente una que considera que la instauración del comunismo pasa por una aceleración del crecimiento económico, el llamado aceleracionismo de izquierda, que interpreta que el comunismo nos espera al final de los avances tecnológicos del capitalismo. El teórico aceleracionista Aaron Bastani considera que las nuevas tecnologías podrán resolver el problema de la insostenibilidad del productivismo extremo, incluso recorriendo avances que nos permitan recolectar recursos minerales del espacio. Se trata de una visión que no reconoce límites naturales. Para Bastani, la productividad aumentará a tal punto que ocurrirá una acción revolucionaria en el mecanismo de determinación de precios. Ya sabemos que los precios se asignan según la escasez. Por ejemplo, el aire no tiene precio porque abunda, a diferencia de los combustibles fósiles, que son escasos y por ende tienen un precio. Por lo tanto, cuando las energías renovables sean dominantes, dice Bastani, la energía producida dada su abundancia será gratuita. La producción mediante energía gratuita seguirá aumentando y los precios de las cosas seguirán bajando hasta llegar a lo que Bastani llama comunismo de lujo.
Taito descarta las ideas de Bastani porque nunca detiene la multiplicación de la producción y por ende requerirá un constante aumento de la extracción de recursos y como consecuencia aún si toda la energía fuese renovable y gratuita, la contaminación seguiría aumentando. La versión del comunismo de lujo de Bastani parece un escenario de simple abundancia consumista, una versión rebautizada del capitalismo de Silicon Valley. Bastani critica el capitalismo, pero parece bastante enamorado de él, lo cual, según Saito, evidencia el empobrecimiento actual del pensamiento de izquierda. El capitalismo solo puede funcionar acelerando. Por eso la desaceleración es su enemigo natural. Es la desaceleración y no la aceleración, el verdadero movimiento revolucionario.
Dice Saito, nos hemos acostumbrado de tal manera a esta forma de vida que perdimos la capacidad de imaginar cualquier otra. Debemos romper el vínculo conceptual entre crecimiento económico y abundancia para redefinir la idea de abundancia y no confundirla con el consumismo capitalista. Si preguntamos, ¿quién produce abundancia, el capitalismo o el comunismo? La respuesta obvia sería el capitalismo, pero no es toda la verdad. ¿Acaso el capitalismo no causa escasez al menos para el 99% de nosotros? Solemos entender el capitalismo como un sistema que genera riqueza y abundancia, pero es todo lo contrario. El capitalismo funciona produciendo escasez. Un ejemplo clásico de cómo el capitalismo produce escasez es la Tierra. Los alquileres no dejan de subir en todo el mundo. Las propiedades se compran y venden en gran cantidad, pero no para habitar, sino para especular. Y los residentes se ven expulsados de sus lugares por los altos alquileres producto de la escasez. El capitalismo es un sistema que produce escasez incesantemente. Por el contrario, si se prohibiera la especulación con la Tierra, los precios seguramente caerían y se generaría abundancia para los residentes en busca de alquilar.
En el siglo XIX, el político y científico escocés James Milan planteaba que la única diferencia entre la riqueza privada y la riqueza pública es la escasez. La riqueza pública, los ya aludidos bienes comunes están en manos de los ciudadanos y, por tanto, no se definen por la escasez, sino por la abundancia. En cambio, las riquezas privadas nacen de la creación deliberada de escasez al dividir en pocas manos la riqueza pública que todos necesitan. Las riquezas privadas aumentan a medida que aumenta la escasez. Mientras Adam Smith plantea que la riqueza de las naciones se mide en función de la suma de las riquezas privadas, Maldan considera que la verdadera riqueza de una nación reside en el acceso de los ciudadanos a la riqueza pública, a los bienes comunes. Eso explica como la riqueza medida en términos de dinero puede aumentar, pero la calidad de vida de los ciudadanos disminuir.
La traducción de riqueza pública por parte de Marx sería valor de uso, el valor que tiene una cosa en función del uso que le damos. En tanto, la riqueza privada se mide en función del valor de cambio, que es el valor monetario de una mercancía puesta dentro de un mercado. Los bienes comunes constituyen valor de uso para la gente, precisamente porque algo es útil y necesario para todos. Solo la mercantilización puede asignar un valor monetario a los bienes comunes, haciendo que puestos en el mercado estos bienes se vuelvan escasos. Una vez que el sistema nos despoja de los bienes comunes, solo queda el valor de cambio. Y la primera escasez es la del dinero. Esta escasez se resuelve mediante el trabajo y el trabajo incesante produce enormes volúmenes de mercancías, por lo que hay que empujar a la gente al consumo permanente de esas mercancías. Para impulsar el consumo incesante aparece el branding, el valor de las marcas que dan otra vuelta de rosca la escasez, vinculando a la cosa con un valor artificial como puede ser el estatus social. Si todos pudieran acceder a un Rolex, su precio sería similar a un Omega, ya que el valor de uso en tanto reloj de un Rolex y un Omega es el mismo. Pero como el estatus social se vincula con un Rolex, su precio se fija por la escasez. Consumimos incesantemente para alcanzar nuestro ideal, nuestros sueños y deseos y nos impulsa a trabajar más duro para consumir más. Por esa razón, la industria del marketing es la tercera importancia detrás de la alimenticia y la energética.
Para resistir la escasez artificial del capitalismo, debemos crear una nueva sociedad basada en la abundancia. Y la clave para recuperar la abundancia es la recuperación de los bienes comunes. A medida que se restaure la abundancia, la mercantilización disminuirá y por lo tanto el PIB también disminuirá. Esto es de crecimiento y no significa empobrecimiento, ya que a medida que se expande el espacio de la ayuda mutua, alejada del intercambio comercial, las personas podrían disponer de una reducción del tiempo de trabajo y al recuperar el tiempo personal, lograr un estilo de vida más estable para dedicarnos a actividades no consumistas como el ocio, las relaciones con otros, el voluntariado, el arte, etcétera, etcétera. No nos empobrecemos porque no produzcamos excesivamente. Nos empobrecemos porque la escasez es la esencia del capitalismo. El antropólogo económico británico Jason Hickel lo explica con claridad. Mientras que la austeridad llama a la escasez para generar más crecimiento, el decrecimiento llama a la abundancia para ser del crecimiento algo innecesario.
En el esquema de posibles futuros de Saito, hemos mencionado que existe uno que permanece como una incógnita y se sitúa en la intersección de mayor igualdad y débil poder estatal. Ya podemos develar la incógnita. Se trata del comunismo del decrecimiento. Es un malentendido suponer que el comunismo se trata de un sistema que sacrifica la libertad en nombre de la igualdad. Porque la abundancia recuperada requiere redefinir el concepto de libertad, que ya no será la libertad del sistema de valores capitalista.
¿Cómo llevar a cabo el comunismo del decrecimiento en hechos concretos? El verdadero reino de la libertad se refiere a la gama de actividades que son necesarias para el ser humano, lo que Marx llama las actividades culturales colectivas, incluyendo las artes, la cultura, la amistad, el amor, los deportes. Pero esto no quita que el ser humano tenga necesidades materiales, lo que conforma el reino de la necesidad, como alimentos, ropa o vivienda. Y por supuesto se requieren formas de producción para proveerlos. Es decir, el reino de la libertad se construye sobre la satisfacción del reino de la necesidad.
La diferencia entre la propuesta de Saito y otros decrecionistas es que estos evitaron comprometerse con la cuestión del trabajo y se centraron solamente en la cuestión del consumo, aconsejando para decrecer que los consumidores se autolimitaran. Al no postular cambios en el ámbito laboral, nunca se enfrentan realmente al capitalismo. Para Saito, el comunismo decrecionista debe superar el sistema de producción que sostiene el modo de vida imperial, pero no a partir de un sistema político de arriba hacia abajo, sino de una fuerza social de abajo hacia arriba.
La forma de implantar realmente el pensamiento marxista no es a través del productivismo basado en la tecnología, sino a partir de cuatro puntos. El primero, la economía basada en el valor de uso. Poner fin a una economía de producción y consumo basada en el valor de cambio de la mercancía. En la pandemia vimos como una cantidad de cosas que podían combatir la enfermedad eran escasas porque se había priorizado su valor de cambio por encima de su valor de uso. Si nos enfocamos en la producción de valor de uso a través de la planificación social, se buscará satisfacer las necesidades básicas de todas las personas. Este es el principio esencial del decrecimiento.
Segundo punto, reducción de la jornada laboral. Debemos reducir las horas de trabajo para mejorar la calidad de vida. El trabajo sin sentido disminuirá drásticamente, ya que se producirán cosas solo verdaderamente necesarias. Por ejemplo, el marketing y la publicidad, cuyo único propósito es estimular el consumo de cosas innecesarias, estaría prohibido. La consultoría y la banca de inversión dejarían de ser necesarias. Las entregas en el día serían prescindibles. Una vez que dejemos de producir tantas cosas que no necesitamos, se reducirán las horas de trabajo y el contenido del trabajo pasará a ser satisfactorio y atractivo. Marx nunca quiso eliminar el trabajo. Lo que planteaba era convertir el trabajo en algo atractivo como base para la autorrealización del individuo. Trabajar para la satisfacción de hacerlo para uno mismo o para los demás, pero no para ganar dinero.
Tercer punto, democratizar el proceso productivo. Dar a los trabajadores poder de decisión sobre la producción, lo que el economista francés Michelle Piquetti llama propiedad social. Las decisiones se tomarían democráticamente a través de la discusión y el debate, qué producir, cuánto y cómo. Uno de los factores que trae consigo este cambio es la desaceleración de las decisiones producto del tiempo necesario para el debate social. De esta manera, la democracia ralentiza la actividad económica sometida a la característica velocidad antidemocrática de la gerencia empresarial.
Cuarto punto, priorizar el trabajo esencial. El trabajo de cuidados es aquel que prioriza el valor de uso, un trabajo flexible, personal, de escucha y confianza. Por ejemplo, el trabajo de la educación y la sanidad. Se trata de un tipo de trabajo emocional que no tiene sentido si no se realiza sin reconocer los sentimientos del otro y que requiere de tiempo de desarrollo. Sin embargo, los trabajadores mejor pagos actualmente son los de marketing, publicidad, consultoría y finanzas, que deberían eliminarse, ya que como señala el antropólogo estadounidense David Graver, si desaparecieran todas esas tareas, la sociedad no sufriría por su ausencia, porque se trata de actividades sin sentido que no producen ningún valor de uso. Los trabajos esenciales son mal pagos y con histórica escasez de trabajadores. Debemos hacer una transición que priorice el valor de uso y asigne un gran valor al trabajo esencial con mejores salarios, mejores condiciones, espacios más seguros y amables y mayor cantidad de personal para mejorar los resultados.
El socialismo incurrió en un error. Intentó acabar con la explotación instalando la idea de una clase obrera peleando por disfrutar de un capitalismo sin capitalistas. El ejemplo de la Unión Soviética convertida en un capitalismo de estado es la prueba. Por eso, el marxismo expresado de ese modo nunca podrá ofrecer una solución a la crisis del antropoceno. Un segundo problema del pensamiento de izquierda de hoy es que considera que son las políticas de austeridad del neoliberalismo las que generan la escasez actual; no es causada por el neoliberalismo, sino por el capitalismo. El objetivo debe ser la gestión colectiva de los bienes comunes, es decir, ni propiedad privada ni propiedad del Estado, lo cual no significa que deba rechazarse el poder del Estado y de la política, ya que la democracia es ahora más importante que nunca para asegurar la lucha contra el cambio climático.
Vivimos en una época en la que el neoliberalismo desmanteló la ayuda mutua y la confianza en el otro. La única forma de reconstruir la solidaridad y la confianza es mediante la construcción de comunidades cara a cara y en ellas la política municipal resulta esencial, así como también las asambleas ciudadanas que realmente le permitan ejercer su poder al ciudadano. La organización de abajo hacia arriba de los movimientos sociales debe unirse a la organización de arriba hacia abajo de la política de partidos, potenciándose el uno con el otro. Todos los significados deberán ser revisados. El significado de la vida, el de la libertad, el de la igualdad deben debatirse desde cero. Este ejercicio de redefinición eliminará todo el sentido que hoy se da por sentado bajo el disfraz del llamado sentido común.