📱

Get Our Mobile App

Take your business learning on the go!

Download on the App StoreGet it on Google Play

Nada por lo que matar o morir | José María Rodríguez | TEDxBariloche

TEDx Talks19:38

Transcription

[Música] [Música] [Aplausos] En mi documento, en mi documento dice "ex combatiente, héroe de la guerra de las Islas Malvinas". El que aparezca ese texto fue una opción y estuve de acuerdo. Me llenó de orgullo. Hoy, hoy no me siento héroe. Hoy sé que fui una víctima, víctima de una guerra. Quiero contarles una historia que comienza el primer día del primer grado, cuando conocí a Alejandro. Nos hicimos amigos, nos pusimos nuestros apodos: Sapo y Cabezón. Hicimos el colegio juntos, mi primer amigo.

Con 18 años nos llegó el servicio militar obligatorio en el Ejército Argentino. Comenzamos la colimba, corre, limpia, barre en Mar del Plata. A la semana nos dieron siete días de licencia para rendir examen de ingreso en la universidad. Esto fue en marzo del 82. Regresamos y el 2 de abril de 1982, las fuerzas armadas argentinas, en un intento de mantener la dictadura cívico-militar, recuperaron por la fuerza el control de las Islas Malvinas, que estaba en manos de Inglaterra. Con menos de un mes de haber ingresado al servicio, sin instrucción, sin ser soldados, nos seleccionaron para ir a la guerra. Luego de preparar los pertrechos que debíamos llevar, ropa y armas que no sabíamos usar, nos dieron un par de días para que vayamos a despedirnos de nuestra familia. Era Semana Santa. No sabía distinguir un sargento de un capitán, no sabía distinguir un avión argentino de un avión inglés, y esa era nuestra misión en Malvinas: derribar aviones ingleses.

Al primer avión que disparé era un avión argentino. Al llegar a las islas, nos bajamos del avión y era una noche cerrada. Nunca había estado en semejante oscuridad. A lo lejos distinguía la voz de la luz del pueblo, una penumbra, pero no lograba ver la espalda del soldado que caminaba delante mío, solo diminutas chispas que producían los zapatos nuevos contra el asfalto. Me sentía indefenso, entregado y perdido.

Nos encontramos con el equipo de utilizar. Era un sistema de última tecnología, muy moderno. Estaba compuesto por dos cañones antiaéreos de 35 milímetros, como ametralladoras gigantes que disparaban 1100 municiones por minuto. Estos cañones estaban controlados, dirigidos desde una casa rodante llamada director de tiro, que tenía radares de exploración, cámara de video, computadora, estación meteorológica, grupo electrógeno, un sistema muy moderno.

La primera vez que entro ahí en Malvinas, al director de tiro, me siento en el pupitre, en el puesto operador, y me sorprendo. Era muy similar al Missile Command, Missile Command, un jueguito electrónico que conocía muy bien porque había trabajado delante el año anterior en Saco, en los juegos electrónicos. Uno ya avisaba por radio o buscaba en la pantalla de radar si había algún objetivo entrando en los 16 kilómetros que teníamos de alcance. Con un joystick se posicionaba una cruz sobre el objetivo y las cámaras te lo mostraban en primer plano, y simplemente apretando un botón, los dos cañones que estaban a 300 metros disparaban con muchísima precisión contra el avión. Pero el avión también nos disparaba a nosotros, y la gran diferencia con el jueguito era que no teníamos tres vidas.

Ya es nuestra posición esperando la llegada de la flota inglesa. Continuamos con la esperanza de no entrar en combate, de que alguien detenga la guerra. El primero de mayo a la noche se iluminó sobre el aeropuerto a lo lejos como fuegos artificiales. Lo sacó Alejandro de la carpa, que estaba durmiendo, y mirábamos absortos las explosiones y las trazas de las municiones del combate. Nos hicieron caer en la realidad, llegó la guerra. Después llegaron los barcos, se arrimaban a la costa y disparaban hasta que se cansaban. Ahí nos informaron que no habíamos traído cañones de largo alcance. Todo era difícil, no teníamos nada. No planearon dónde íbamos a comer, dormir o ir al baño. 66 días así. Tuve dolor de muelas, no había dentista. Dormíamos sin sacarnos el casco ni las botas, en pozos o refugios improvisados con tambores. Todo era muy difícil.

Viví varias guerras: el frío, el hambre, la falta de profesionalismo e injusticia de mis superiores y la guerra. Pensé en suicidarme, que ese sufrimiento terminara, pero elegí pelear por vivir. Así pasábamos los cortos días y las largas noches bajo el bombardeo de los barcos y el ataque de los aviones. La última y eterna noche de combate, ya los ingleses habían desembarcado y avanzaban, y ya sabíamos que la guerra estaba perdida. Ya habían hecho cabecera de playa, estaban avanzando hacia Puerto Argentino, ya los teníamos muy cerca. Los bombardeos de morteros ya estaban cerca, estaban a pocos kilómetros. Con los cañones antiaéreos tirábamos tierra, tierra, sin saber a dónde era, para dónde venían los ingleses, sin apuntar, sin saber si había tropa propia o solo ingleses. Disparamos hasta que los cañones no dieron más, se rompieron. Ahí me meto en un pozo, en un refugio, solo oscuridad total. Encuentro una lata de dulce de membrillo azucarado, me abrazo la lata y me comí todo el dulce. Recordaba la pasta frola de membrillo de mamá. Las esquirlas impactaban encontradas las paredes del refugio. El final de la guerra o la muerte que estaba cerca.

Por la mañana, nuevo bombardeo y llegó por fin la orden de replegarnos hacia Puerto Argentino. Ahí nos comunicaron el alto el fuego, la rendición. Soldados, soldados ingleses caminaban por la calle como si nada, se acercaban, nos mirábamos, hasta algunos se sacaban fotos. ¿Qué pasó de ayer a hoy? Ayer nos disparamos, hoy no hay odio. ¿Qué guerra? La vuelta a nuestras casas estaba cerca. La suerte estuvo del lado de los que logramos sobrevivir, pero cómo duelen los que quedaron en Malvinas para siempre. Nunca imaginé lo que dolió volver. Costó muchísimo volver a vivir en sociedad. Volví con 15 kilos menos y la cabeza quemada. Los primeros meses me repetía: "Hay que olvidar, no pasó nada, ya terminó". Mucho tiempo parado delante de la heladera de la casa de mamá, preocupado porque falta la comida nuevamente. Me sentí indefenso. Me fui a comprar un arma para defenderme y no me la vendieron porque era menor de edad.

Los excombatientes empezamos a juntarnos, a hablar, a no callar, a pensar que nos habían prohibido hablar. Formamos los centros de ex soldados combatientes, verdaderos centros de autoayuda. Empezamos a pelear por desfilar y lo logramos. La sociedad nos fue convirtiendo en héroes y yo me la creí, pero había algo que no estaba bien. A pesar de todo, me siento un tipo muy afortunado. Apenas regresé, encontré el amor de mi vida, mi compañera de ruta. Formamos una hermosa familia, tuvimos las mellizas. Ellas me contienen, muchos años conteniéndome. Trabajé siempre, trabajé siempre, tuve esperanza, pero no me gustan las injusticias. Con Alejandro seguimos siendo grandes amigos, es mi hermano de la vida.

Y quiero contarles un hito, algo que cambió mi vida. Durante años, con Alejandro soñamos y planificamos volver a Malvinas. Queríamos volver los dos solos y lo logramos en abril del 2014, 32 años después. No sabíamos a qué, pero sabíamos que teníamos que volver. Ya antes de aterrizar, por la ventanilla del avión, me sorprendo. Malvinas tiene colores, era increíble, pero en nuestro, en nuestras cabezas todos los recuerdos eran en blanco y negro. Recorrimos el pueblo, campos de batalla, zonas minadas, hermosas playas de arena blanca. Por donde anduvimos hay cicatrices de la guerra. Cada bombazo está ahí convertido en cráteres inundados, como fosas abiertas esperando. Los isleños nos trataron bien, no hay odio, solo malos recuerdos. Encontramos nuestro lugar, nuestro pozo, que era uno de los objetivos. Ahí encontramos los restos de tambores y ese día, almorzando en unas piedras a un costado en un cerro, conversábamos que no podíamos comprender cómo sobrevivimos en 66 días así.

Ahí, en el medio de la nada, el 2 de abril rendimos nuestro homenaje. Fuimos al cementerio argentino en Darwin. Ahí cantamos el Himno Nacional Argentino, los dos solos, lloramos, nos abrazamos. Solo nos acompañaba el susurro que provoca el viento en los rosarios colgados de las cruces. Y ahí fuimos cerca, a Bahía San Carlos, donde desembarcaron. Y parado delante del pequeño cementerio de soldados ingleses, me resuena de nuestro himno: "O juremos con gloria morir". O juremos con gloria morir. Delante de tanta muerte, de tantas tumbas, no tenía ningún sentido. Dejamos Malvinas llena de cicatrices, pero esta vez, al volver a casa, algo cambió. No actué por héroe, no fui un héroe. Hice lo que pude hacer, hice lo que me tocó hacer, lo hice lo mejor que pude, pensando en volver, pensando en mi familia, pensando en sufrir lo menos posible. No elegí.

En los actos del 2 de abril se rinde homenaje a los veteranos de guerra y a los que perdieron o dieron la vida por la patria. Se mezclan padres y sus hijos, soldados que pueden hablar, soldados que no pueden hablar, militares arrepentidos, militares orgullosos, héroes, víctimas y cobardes. Se habla de soberanía, de la gesta Malvinas, se habla de la guerra, se habla de los chicos de la guerra, se habla de los héroes, se habla de patriotismo, se habla de colonialismo y de promesas políticas. "Nada por lo que matar o morir", dice Lennon en imagen. Nada por lo que matar o morir. Y pienso menos y mandar a matar o morir. ¿Cuántos dejarían a un hijo de 18 años ir a la guerra? No fue defender a la patria. Muchas veces se escuchó: "La guerra no sirve para nada, todos pierden, nadie gana". Pero cuando se habla de la guerra de las Islas Malvinas, por honor a los caídos, por respeto a los que combatimos, o qué sé yo, por qué se habla de gesta patriótica. Lo principal que tenemos, lo más valioso, es nuestra vida. Estoy hablando de valorizar la vida. Venimos al mundo a vivir y a convivir, y en el medio, en la vida, nos hacen creer distintas nacionalidad, raza, sexo, religión. A 35 años de la guerra, haberme dado cuenta de que no fue una gesta, que fue una guerra, es mi batalla ganada. No me siento héroe. Como héroe no podía sentir dolor. Hoy estoy más cerca del camino de encontrar la paz. Por años no pude probar el dulce de membrillo. [Aplausos] [Música] [Aplausos] [Música] [Aplausos]

José, ¿qué crees que van a sentir los excombatientes luego de ver esta charla? Es un tema difícil. O sea, yo soy consciente que a mí me tocó bailar con una de las más feas. Hay muchos excombatientes que están orgullosos y que la pasaron no tan mal en Malvinas o la pasaron mal, pero se sienten muy bien, que sienten mucho orgullo de haber hecho eso. Pero hay algunos que no, y que han no han podido hablar o que no se sienten bien. Y pienso que esto les puede ayudar a ellos, a los que no se sienten bien. Y pienso también que sirve para la sociedad de tener un poco de conciencia distinta. Yo en esto me hizo ruido al principio en los actos del 2 de abril. Y quiero, quiero proponer, mi objetivo próximo es que el 2 de abril le hagamos una marcha en contra de las guerras, no un acto de reivindicación de la guerra. [Aplausos] [Música]