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Cómo Se Formó Europa: La Historia Completa De Los Reinos Medievales | Documental

El Mapa de BatallaAI36:32

Transcription

El mapa de Europa que conoces hoy no existía. Durante siglos fue un territorio en llamas, fragmentado, sin fronteras fijas, donde quien tenía el ejército más brutal ponía el nombre al suelo que pisaba.

Lo que vas a ver en este video es cómo ese caos se convirtió en reinos, cómo esos reinos se convirtieron en naciones y cómo cada guerra, cada conquista, cada corona disputada fue tallando el continente que hoy reconocemos en cualquier atlas. Esto es la historia completa de los reinos medievales de Europa. Y si a ti también te gusta la Edad Media, si eres un apasionado de la historia, suscríbete para apoyar el canal. Comencemos.

Observa este mapa. El año 476, el Imperio Romano de Occidente acaba de colapsar. No hay una sola línea de frontera estable en todo el continente. Hay tribus en movimiento, ciudades sin dueño, ríos que nadie controla. Míralo. Es un vacío de poder de proporciones que el mundo occidental no había visto en cinco siglos.

El Imperio Romano tardó casi 100 años en dejar de existir por completo. No fue una caída en un día, fue un desmoronamiento lento, territorio por territorio. Las legiones dejaron de pagar, las provincias dejaron de obedecer y en ese espacio que quedó libre empezaron a moverse pueblos que Roma había contenido durante generaciones en sus fronteras del norte y del este.

Los bisigodos entraron primero. Cruzaron el Danubio en el año 376, un millón de personas aproximadamente empujados desde el este por los unos de Atila. Roma los dejó entrar. Error de cálculo histórico. Dos años después en Adrianópolis derrotaron al ejército imperial en campo abierto, algo que casi nadie había logrado en 300 años. El emperador Valente murió en esa batalla. Desde ese momento, Roma nunca recuperó el control del Frente Norte.

Los bisigodos se instalaron en el sur de la Galia y en la península ibérica. Construyeron un reino que duró 2s siglos y medio, desde el año 416 hasta el año 711, cuando los ejércitos islámicos cruzaron el estrecho de Gibraltar y en menos de 3 años desmantelaron lo que los bisigodos habían tardado generaciones en construir. Ese dato solo ya dice mucho sobre la fragilidad de los primeros reinos medievales, estructuras enormes, pero sin los cimientos administrativos que Roma había tardado siglos en perfeccionar.

Mientras los bisigodos se movían hacia el suroeste, los vándalos cruzaban la Galia entera, entraban en Hispania y desde allí saltaban al norte de África en el año 429. 120,000 personas en barcos cruzando el Mediterráneo para tomar Cartago. Lo consiguieron. Desde el norte de África controlaron el Mediterráneo occidental durante un siglo, asaltando las costas, cortando el suministro de grano a Roma, acelerando el colapso de lo que quedaba del imperio. En el año 455 saquearon Roma durante 14 días. El saqueo más metódico y prolongado que la ciudad había sufrido no fue destrucción caótica, fue extracción sistemática de riqueza acumulada durante siglos. Estatuas, metales, tejidos, personas, la capital del mundo antiguo, reducida a un depósito de recursos para un pueblo del norte de África que había tardado dos generaciones en llegar allí desde el Báltico.

Los burgundios tomaron el este de la Galia. Los alamanes se instalaron en lo que hoy es el suroeste de Alemania y el norte de Suiza. Los anglos, los sajones y los jutos cruzaron el mar del norte hacia Britannia desde el año 450 en adelante, empujando a los Britones romanos hacia el oeste, hacia lo que hoy es Gales y Cornualles. Ese proceso tardó 150 años y borró del mapa a la cultura romano-britónica del este de la isla.

Y entonces llegaron los francos y el mapa cambió de verdad. Los francos eran una confederación de tribus germánicas del bajo Rin. No eran más poderosos militarmente que los bisigodos o los burgundios al principio. Lo que los diferenciaba era su capacidad para absorber territorio sin destruirlo, para pactar con la Iglesia romana en lugar de combatirla y para producir líderes que entendían que la conquista sin administración no dura.

El primer rey que unificó a los francos fue Clodobeo de la dinastía Merovingia. En el año 486 derrotó al último gobernador romano en la Galia, Siagrio, y tomó el territorio entre el Sena y el Loira. Después giró contra los alamanes, los derrotó en Tolvique en el año 496 y algo sucedió en esa batalla que cambió la historia europea. Clodobeo se convirtió al cristianismo católico, no al arrianismo que practicaban bisigodos y ostrogodos, sino al catolicismo romano. Esa decisión política tiene consecuencias que llegan hasta hoy. La Iglesia de Roma necesitaba un poder temporal que la protegiera en Occidente. Clodobeo necesitaba la legitimidad que solo la Iglesia podía darle entre las poblaciones romanizadas de la Galia. El pacto fue inmediato. Clodobeo fue bautizado junto con 3000 de sus guerreros y desde ese momento los francos tuvieron respaldo eclesiástico para cada conquista que hicieran.

El año 507 atacó a los bisigodos en Buyé. Los derrotó. El rey bisigodo Alarico Segund cayó en la batalla. Los bisigodos perdieron casi toda la Galia y quedaron confinados a la península ibérica. El reino franco controlaba ahora desde el Rin hasta los Pirineos. En menos de 25 años, Clodobeo había construido el estado más poderoso de Europa occidental.

Cuando murió en el año 511, su reino se dividió entre sus cuatro hijos. Esta era la norma merovingia. El territorio se hereda como propiedad personal, se reparte entre los hijos, se fragmenta, se vuelve a unir por conquista interna o matrimonio, se vuelve a fragmentar. Durante 150 años, los francos se pasaron el tiempo en guerra civil entre sí. Es uno de los patrones más repetidos en la historia medieval europea. El reino que más cuesta construir desde fuera es el más fácil de destruir desde dentro.

Para finales del siglo VII, el poder real en el reino franco no estaba en los reyes merovingios, que reinaban sin gobernar, sino en los mayordomos de palacio. El cargo, que en teoría era administrativo, se había convertido en el verdadero poder ejecutivo y el mayordomo más capaz del siglo VII era Pipino de Eristal. Su hijo fue Carlos Martel. Y en el año 732, cerca de Poitiers, en algún punto entre Tours y esa ciudad, el ejército islámico que llevaba dos décadas conquistando la península ibérica y ya había cruzado los Pirineos, chocó contra los francos. La batalla duró varios días. El comandante omeya Abd al-Rahmán al-Gafiki cayó en combate. El ejército islámico se retiró. Europa occidental no fue conquistada. Carlos Martel no era rey, era mayordomo, pero después de Poitiers era el hombre más poderoso del continente.

Su hijo Pipino el Breve dio el paso siguiente. En el año 751 depuso al último rey merovingio, Childerico III, le rapó la cabeza, señal de destitución en la tradición franca y lo encerró en un monasterio. Pipino fue coronado rey de los francos con la bendición del Papa Zacarías, primera vez en la historia occidental que el papado sancionaba explícitamente el derrocamiento de una dinastía y la legitimación de otra. El poder político y el poder eclesiástico acababan de firmar un acuerdo que estructuraría Europa durante 600 años.

El hijo de Pipino era Carlomagno y Carlomagno es el eje alrededor del cual gira la historia medieval de Europa. En el año 768 heredó la mitad del reino franco. En el año 771 su hermano Carlomán murió y tomó la otra mitad. Desde ese momento hasta su muerte en el año 814, 46 años de campañas militares casi continuas, redibujó el mapa de Europa a una escala que nadie había conseguido desde los romanos.

Las guerras sajonas fueron las más largas y costosas. 32 años de campañas entre el año 772 y el 804. Los sajones eran paganos, organizados en tribus sin estructura monárquica centralizada, con una tradición de resistencia feroz. Carlomagno entró en Sajonia, destruyó el Irminsul, el árbol sagrado que representaba el eje del mundo en la cosmología sajona, y lo hizo ante los sajones para que vieran que sus dioses no respondían. Táctica psicológica y militar al mismo tiempo. Los sajones se levantaron 39 veces en esos 32 años. Cada vez Carlomagno volvía. El año 782, tras una emboscada sajona en el paso de Suntel, donde cayeron varios condes francos, Carlomagno ejecutó en un solo día a 4500 prisioneros sajones en Verden. El episodio más brutal de su reinado y también el que mejor resume su método. La resistencia tenía un coste tan alto que sostenerla se hacía imposible. Para el año 804, Sajonia era cristiana y formaba parte del reino franco.

Al mismo tiempo, conquistó el reino lombardo del norte de Italia en el año 774. Entró en Roma, fue recibido por el Papa Adriano I y asumió el título de Rex Langobardorum, rey de los lombardos. En el año 772 y siguientes empujó hacia el este del Rin, sometió a los bávaros y al duque Tasilón III, que intentó mantener la independencia bávara con apoyo lombardo y ávaro. Sin éxito, Baviera se integró al reino franco en el año 788.

Los ávaros eran el siguiente problema. Un pueblo nómada de estepas que controlaba la cuenca del Danubio desde la actual Hungría y extorsionaba a los estados vecinos con tributos que Bizancio llevaba décadas pagando. Carlomagno los atacó entre el año 791 y el 800. Destruyó el Ring, la fortaleza circular que era el centro del poder ávaro y sacó de allí tal cantidad de riqueza acumulada durante generaciones que, según las crónicas francas, los bienes tardaron 15 días en ser transportados en carros. Los ávaros desaparecieron como entidad política. El territorio quedó bajo control franco y se convirtió en la Marca del Este, la Ostmark, que seis siglos después se convertiría en Austria.

La Navidad del año 800 en Roma fue el momento más simbólico de la historia medieval temprana. Carlomagno estaba arrodillado en oración en la Basílica de San Pedro cuando el Papa León III se acercó por detrás y le colocó una corona en la cabeza. Lo proclamó emperador de los romanos. Carlomagno, según las crónicas de su biógrafo Eginardo, dijo después que si hubiera sabido las intenciones del Papa, no habría entrado en la Iglesia ese día. ¿Cierto o no, el resultado fue el mismo. El Imperio Carolingio existía. Por primera vez desde el año 476 había un emperador en Occidente reconocido por la Iglesia de Roma.

El Imperio Carolingio en su punto máximo cubría lo que hoy son Francia, Bélgica, los Países Bajos, Suiza, Austria, el norte de Italia, Alemania hasta el Elba y partes de España al norte del Ebro. No había nada comparable en el mundo occidental de ese momento y duró exactamente lo que duran casi todos los imperios construidos sobre la personalidad de un solo hombre.

Carlomagno murió en el año 814. Su hijo Ludovico Pío lo heredó entero. Cuando Ludovico murió en el año 840, sus tres hijos se lo repartieron en el Tratado de Verdún del año 843. Este tratado es uno de los documentos más importantes de la historia europea, porque las líneas que trazó prefiguran con una precisión perturbadora las fronteras de Francia y Alemania más de 1000 años después. Carlos el Calvo recibió la Francia occidental, el territorio que se convertiría en Francia. Ludovico el Germánico recibió la Francia oriental, el territorio que se convertiría en el reino de Germania y eventualmente en el Sacro Imperio Romano Germánico. Lotario recibió la franja central, una banda larga y estrecha que iba desde los Países Bajos hasta el centro de Italia y que sus descendientes no pudieron mantener unida. Esa franja se fragmentó. Sus restos fueron disputados durante siglos y los últimos ecos de esa disputa llegaron hasta las dos guerras mundiales del siglo XX.

Mientras los carolingios se dividían, tres amenazas externas atacaban Europa desde tres direcciones simultáneamente. Los vikingos desde el norte, los magiares desde el este, los sarracenos desde el sur.

Los vikingos empezaron atacando monasterios costeros. Lindisfarne en el año 793 es el primer ataque documentado con precisión. Indefensos, ricos en metales y manuscritos, sin murallas, blancos perfectos. Pero los ataques costeros fueron solo el principio. En el año 845, Ragnar Lodbrok, cuya existencia histórica real está parcialmente documentada, aunque mezclada con saga, navegó por el Sena con una flota de 120 barcos y llegó a París. El rey Carlos el Calvo pagó 7000 libras de plata para que se fueran. Se fueron y volvieron. Los vikingos no eran solo saqueadores, eran colonizadores, comerciantes y conquistadores que construyeron asentamientos permanentes donde el territorio lo permitía.

En el año 911, el rey carolingio Carlos el Simple firmó el Tratado de Saint-Clair-sur-Epte con el caudillo vikingo Rollón. Le cedió el territorio en torno a la desembocadura del Sena a cambio de que Rollón se convirtiera al cristianismo, reconociera la soberanía nominal del rey franco y detuviera los ataques. Ese territorio se llamó Normandía, tierra de los hombres del norte, los normandos. 150 años después, los descendientes de esos vikingos convertidos en señores feudales francófonos cruzarían el Canal de la Mancha y conquistarían Inglaterra.

En el este, los magiares eran un pueblo de jinetes de la estepa que se instaló en la cuenca del Danubio hacia el año 900. Durante 50 años realizaron incursiones a gran escala en toda Europa central y occidental. Llegaron al norte de Italia, a la Galia, a la península ibérica. Su técnica de combate, caballería ligera, arco desde el caballo, velocidad de movimiento y repliegue rápido era casi imposible de contrarrestar con la infantería pesada feudal. Los reinos de Germania sufrieron las consecuencias más directas.

El fin de las incursiones magiares llegó en el año 955 en la Batalla del río Lech, cerca de la actual Augsburgo. Otón I de Germania reunió la caballería pesada de ocho ducados germánicos y salió al encuentro del ejército magiar en campo abierto. El resultado fue una derrota magiar completa. Siete de sus jefes principales fueron ejecutados. Las incursiones cesaron. Los magiares se sedentarizaron en la llanura panónica, se convirtieron al cristianismo bajo el rey Esteban I en el año 1000 y fundaron el reino de Hungría, uno de los estados más duraderos de la historia medieval europea.

Otón I, que había ganado en el Lech, fue coronado emperador romano en el año 962 por el Papa Juan XII. Renacía el concepto imperial en Occidente, esta vez con sede efectiva en el mundo germánico. El Sacro Imperio Romano Germánico, aunque ese nombre exacto es posterior, era en teoría el heredero de Carlomagno y de Roma. En la práctica era una confederación de ducados, condados y obispados, donde el poder imperial dependía de la capacidad del emperador para imponer su voluntad a nobles que tenían ejércitos propios.

La tensión entre el poder imperial y el poder papal que había empezado con el bautismo de Clodobeo llegó a su punto más dramático en el año 1076 con la Querella de las Investiduras. El Papa Gregorio VII y el emperador Enrique IV se disputaban el derecho a nombrar obispos y abades, cargos que controlaban territorios enormes y rentas que ninguno de los dos quería ceder al otro. Gregorio excomulgó a Enrique. La excomunión en el siglo XI no era un castigo espiritual abstracto, era una catástrofe política. Un rey excomulgado no podía exigir lealtad a sus vasallos. Los nobles germánicos que buscaban excusa para rebelarse tenían ahora cobertura eclesiástica.

En enero del año 1077, Enrique IV cruzó los Alpes en invierno y esperó 3 días a pie, descalzo en la nieve, ante el castillo de Canossa, donde estaba alojado el Papa Gregorio, penitente público. El pontífice no pudo negarse a absolver a un penitente arrepentido sin traicionar los principios que él mismo proclamaba. Lo absolvió. Enrique recuperó su corona y volvió a Alemania a combatir a los nobles que durante su ausencia se habían organizado para quitarle el trono. El episodio de Canossa muestra mejor que ningún otro el equilibrio de poder entre Iglesia e Imperio. En el siglo XI, ni uno podía destruir al otro y esa tensión estructural nunca se resolvió del todo.

En el sur, la amenaza sarracena empezó cuando el Islam conquistó el norte de África y la península ibérica en el siglo VII. Sicilia cayó en manos árabes entre el año 827 y el 902. Desde allí, piratas y ejércitos árabes atacaron las costas italianas durante dos siglos. En el año 846 desembarcaron en la costa romana y saquearon la basílica de San Pedro y San Pablo, fuera de los muros de la ciudad, el mayor golpe simbólico contra el papado medieval. El Papa León IV mandó construir lo que hoy se llama el Borgo Leonino, la muralla que rodeó el barrio del Vaticano directamente como respuesta a ese ataque.

Sicilia fue reconquistada por los normandos a finales del siglo XI, entre el año 1061 y el 1091, bajo Roberto Guiscardo y su hermano Roger. Los mismos normandos que habían conquistado Inglaterra. Y esta coincidencia cronológica no es casual. La generación normanda del siglo XI fue la más conquistadora de la historia medieval occidental. En menos de 40 años, los descendientes de aquellos vikingos instalados en la desembocadura del Sena tomaron el sur de Italia, Sicilia y la isla de Inglaterra.

El 14 de octubre del año 1066 en Hastings, en el sur de la costa inglesa, el ejército normando de Guillermo el Conquistador derrotó al ejército anglosajón del rey Harold Godwinson. Harold cayó en la batalla, posiblemente por una flecha, según representa el Tapiz de Bayeux, que es la fuente visual más detallada que tenemos de ese día. En menos de 5 años, Guillermo controlaba Inglaterra, distribuyó el territorio entre sus varones, construyó castillos de piedra para controlar la resistencia anglosajona y creó el Domesday Book en el año 1086, el primer censo de propiedad territorial completo de la historia inglesa medieval. Un rey normando de origen vikingo, gobernando en inglés y francés al mismo tiempo un territorio que hasta 20 años antes era completamente anglosajón.

Esta es la dinámica que define el siglo XI en Europa. Territorios que cambian de mano a una velocidad sin precedentes. Culturas que se fusionan por conquista, lenguas que se hibridan, sistemas de poder que se superponen. Y todo esto mientras en Oriente otro proceso empezaba a moverse.

En el año 1071, el ejército selyúcida derrotó al Imperio Bizantino en la Batalla de Manzikert en la actual Anatolia Oriental. El emperador Romano IV Diógenes fue capturado en combate. Primera vez en la historia del Imperio Romano de Oriente que un emperador caía prisionero en batalla. Los selyúcidas avanzaron por Anatolia, tomaron territorios que Bizancio controlaba desde siglos y llegaron a las puertas de Nicea, a menos de 150 km de Constantinopla.

El emperador Alejo I Comneno pidió ayuda al Papa Urbano II en el año 1095 en el Concilio de Clermont. Urbano convocó la Primera Cruzada. El discurso que pronunció no está completamente documentado, pero sus efectos sí. 80,000 personas aproximadamente, combatientes, peregrinos, no combatientes, se pusieron en marcha hacia Jerusalén. 4 años después, el 15 de julio del año 1099, el ejército cruzado entró en Jerusalén. La ciudad llevaba 461 años bajo control islámico.

Las Cruzadas cambiaron Europa tanto como cambiaron Oriente Próximo, no solo como movimiento militar, sino como proceso económico, cultural y demográfico. Las rutas de comercio que los cruzados abrieron, mantuvieron y dependieron conectaron el Mediterráneo Oriental con el occidente europeo de una manera que no existía desde el colapso romano. Las ciudades italianas, Venecia, Génova, Pisa, se convirtieron en las grandes beneficiarias comerciales. Sus flotas transportaban cruzados, sus factorías comerciaban con los puertos del Levante, sus banqueros financiaban campañas y reinados. El dinero que empezó a circular por esas rutas construyó la base económica que dos siglos después financiaría el Renacimiento.

Mientras Europa occidental miraba hacia el este, en el norte del continente, los reinos escandinavos completaban su transformación. Dinamarca, Noruega y Suecia habían pasado de confederaciones de jefes tribales a reinos con estructuras monárquicas reconocibles entre los siglos X y XI. El mismo proceso que en el continente había tardado dos siglos desde Carlomagno. La conversión al cristianismo fue clave en todos los casos porque dio legitimidad eclesiástica a los reyes y socavó la base de poder de los jefes tribales que dependían de las religiones paganas.

En la península ibérica el proceso fue inverso al del resto de Europa. Mientras el norte del continente se fragmentaba y luego se reagrupaba, la península vivía desde el año 711 la coexistencia y el conflicto entre reinos cristianos al norte y el califato, luego taifas, luego almorávides, luego almohades al sur. La Reconquista, como la historiografía llama a ese proceso de expansión territorial de los reinos cristianos del norte, no fue una campaña unificada, sino un proceso de ocho siglos con avances, retrocesos, alianzas cruzadas y momentos de convivencia que el relato simplificado no captura bien.

El año 1212 en la Batalla de las Navas de Tolosa fue el punto de inflexión definitivo. La coalición de los reinos de Castilla, Aragón y Navarra, con apoyo de Portugal y tropas cruzadas llegadas de otros países europeos, derrotó al ejército almohade del califa Muhammad al-Nasir en el paso de Sierra Morena. Fue la mayor derrota militar del poder almohade en la península. En las décadas siguientes, Córdoba cayó en el año 1236, Sevilla en el 1248, Valencia en el 1238. En menos de 40 años, el mapa de la península cambió más que en los 200 años anteriores.

El siglo XIII fue también el siglo de los mongoles. El mayor imperio terrestre que la historia ha conocido llegó a las puertas de Europa central en el año 1241. El ejército de Batu Kan y Subutai cruzó el Vístula en invierno, derrotó al ejército polaco en Legnica en abril, derrotó al ejército húngaro en el río Sajó tres días después. Cruzó el Danubio helado en diciembre y llegó a las costas del Adriático. Nada en Europa occidental podía detenerlos. El Papa llamó a cruzada. Nadie se movió a tiempo y entonces llegó la noticia de la muerte del Gran Kan Ögedei en Mongolia. Batu Kan se retiró para participar en la elección del sucesor. Europa occidental no fue conquistada por razones de sucesión dinástica mongola, no por resistencia militar europea. Esa es la verdad histórica del momento más cerca que Europa ha estado de desaparecer como concepto cultural.

Los mongoles sí se quedaron en lo que hoy es Rusia y Ucrania. La Horda de Oro, el kanato mongol del noroeste, cobró tributos a los principados rusos durante casi 250 años. Novgorod, Moscú, Vladimir, todos pagaban. Este periodo de dominio mongol, llamado el Yugo Tártaro en la historiografía rusa, tuvo consecuencias estructurales profundas sobre la evolución política de Rusia. El modelo de poder centralizado, autocrático y con escasa representación aristocrática que caracterizaría a la Rusia imperial siglos después tiene raíces parciales en ese periodo.

En el oeste, el siglo XIII fue el de la consolidación monárquica. Felipe II de Francia, llamado Augusto, transformó el reino Capeto en una monarquía capaz de controlar a sus propios vasallos. La Batalla de Bouvines en el año 1214, donde derrotó la coalición formada por el rey inglés Juan Sin Tierra, el conde de Flandes y el emperador Otón IV, fue el momento donde la hegemonía francesa en Europa occidental se estableció de forma duradera. Otón perdió el imperio. Juan perdió Normandía, que ya había perdido 10 años antes, y volvió a Londres a enfrentarse a una revuelta varonial que produjo la Magna Carta en el año 1215. La Magna Carta no fue en su origen el documento de derechos universales que la tradición anglosajona posterior construyó. Fue un contrato entre el rey y los varones que limitaba la capacidad del monarca de actuar arbitrariamente contra la nobleza, pero sentó el principio de que el poder real tenía límites escritos y pactados. Y ese principio tuvo consecuencias constitucionales que llegaron hasta el siglo XVII inglés y desde allí a las democracias modernas.

El siglo XIV fue el de las catástrofes. La Gran Hambruna entre el año 1315 y 1322 afectó toda Europa noroccidental. Lluvias excesivas, cosechas perdidas durante 7 años consecutivos, ganado sin forraje, precios del grano multiplicados por 10. Se calcula que entre el 10 y el 15% de la población de Europa noroccidental murió por hambre o enfermedades asociadas a la desnutrición en ese periodo. Las estructuras económicas feudales basadas en la producción agrícola local sin capacidad de redistribución a gran escala no tenían mecanismos para absorber una crisis de esa magnitud.

30 años después llegó la Peste Negra. El brote llegó a Europa por los puertos del Mar Negro en el año 1347, transportado en barcos genoveses que venían de Crimea. En 3 años se extendió por todo el continente. Las cifras que los estudios demográficos sostienen hoy apuntan a que entre un tercio y la mitad de la población europea murió entre el año 1347 y el 1353. Aproximadamente 25 millones de personas en 6 años. El impacto de esa cifra sobre la estructura feudal fue de proporciones que ningún evento político o militar del periodo puede comparar. Con menos campesinos disponibles, los que sobrevivieron podían negociar mejores condiciones. Los señores feudales, que antes controlaban trabajo abundante y barato, vieron sus rentas caer y su capacidad de coerción reducida. El feudalismo como sistema económico entró en crisis estructural de la que no se recuperó. En Inglaterra, las revueltas campesinas de 1381, lideradas por Wat Tyler, son la expresión más directa de ese cambio. En Francia, la Jacquerie de 1358 fue otro. Los campesinos medievales empezaban a moverse.

Mientras Europa central gestionaba el impacto de la peste, en el oeste, la Guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia redefinió los dos reinos de forma irreversible. No fue una guerra de 100 años en el sentido de combate continuo, sino una serie de conflictos entre el año 1337 y el 1453 con periodos de tregua renovados por disputas dinásticas sobre quién tenía derecho legítimo al trono de Francia. El rey inglés Eduardo III era nieto por línea materna del rey francés Felipe IV. La Ley Sálica francesa excluía la herencia por línea femenina. Eduardo no aceptó esa exclusión.

En Crécy en el año 1346, los arqueros ingleses con sus arcos largos de tejo, aniquilaron la caballería pesada francesa. La misma tecnología del arco largo que en Azincourt, en el año 1415 permitió a Enrique V de Inglaterra derrotar a un ejército francés cuatro o cinco veces más numeroso. En esa batalla, los nobles franceses, siguiendo la tradición caballeresca de atacar en primera línea, cayeron en tal número que la alta nobleza francesa tardó una generación en reponerse. La guerra parecía perdida para Francia en los años 20 del siglo XV. Los ingleses controlaban el norte, incluido París. El rey Carlos VI estaba refugiado en el centro del país, sin recursos, sin apoyo suficiente.

Y entonces, una campesina de 17 años de Domrémy convenció al rey de que Dios le había encargado liberar Francia. Juana de Arco no era militar, no tenía formación táctica, pero su presencia en el campo de batalla tenía un efecto sobre la moral de las tropas francesas que ningún general podía replicar. Levantó el sitio de Orleans en el año 1429 en 9 días. Escoltó a Carlos VII hasta Reims para que fuera coronado. Fue capturada al año siguiente por los borgoñones, vendida a los ingleses, juzgada por herejía y ejecutada en Ruan en el año 1431. Tenía 19 años. 20 años después de su ejecución, Francia había expulsado a los ingleses de casi todo su territorio. Solo Calais quedó en manos inglesas hasta el año 1558.

La Guerra de los Cien Años produjo algo que no existía claramente antes, una identidad nacional francesa. La experiencia compartida del conflicto, la figura de Juana como símbolo, la necesidad de construir un ejército permanente que no dependiera de los feudos nobiliarios, todo empujó hacia una monarquía más centralizada y una identificación del pueblo con el reino como entidad colectiva. Lo mismo sucedió en Inglaterra. Los años de guerra fortalecieron la identidad inglesa frente al enemigo francés y la fragmentación interna que siguió. La Guerra de las Dos Rosas entre las casas de Lancaster y York fue en parte consecuencia de la reabsorción de energía militar sin conflicto externo donde canalizarla.

En el este, el proceso de consolidación tomó una forma diferente. Polonia y Lituania se unieron en la Unión de Krewo en el año 1385, cuando el Gran Duque lituano Jogaila se convirtió al catolicismo y se casó con la reina polaca Jadwiga. La Unión Polaco-Lituana creó el mayor estado territorial de Europa en ese momento y su primera gran prueba fue contra la Orden Teutónica. Los Caballeros Teutónicos eran una orden militar religiosa fundada durante las Cruzadas que había trasladado su actividad al Báltico en el siglo XIII, convirtiendo por la fuerza a los pueblos paganos prusianos y lituanos. Construyeron un estado monástico militar entre el Vístula y el Niemen, que controlaba el Báltico oriental y cobraba de todo el comercio de la región.

El año 1410 en Grunwald, Tannenberg según la versión alemana, el ejército polaco-lituano derrotó a la Orden Teutónica en la batalla campal más grande de la historia medieval del norte de Europa. Aproximadamente 40,000 combatientes de cada lado. El Gran Maestre de la orden cayó en la batalla. La orden nunca se recuperó del todo. El dominio teutónico del Báltico empezó a declinar desde ese día.

Mientras todo esto ocurría en el oeste y el norte, en el este el Imperio Bizantino se moría lentamente. Había sobrevivido al colapso del Imperio Romano de Occidente en el siglo V, a los árabes en el siglo VII, a los selyúcidas en el siglo XI. Pero los cruzados de la Cuarta Cruzada hicieron lo que ningún enemigo exterior había conseguido hasta entonces. En el año 1204, desviados de su objetivo original por razones económicas y políticas en las que la ciudad de Venecia tuvo papel protagonista, los cruzados saquearon Constantinopla. La ciudad más rica y populosa de Europa en ese momento fue sistemáticamente vaciada durante 3 días. Reliquias, metales, manuscritos, obras de arte acumuladas durante 900 años de historia imperial. Mucho de lo que hoy está en Venecia llegó de allí. Los caballos de bronce sobre la fachada de la Basílica de San Marcos son botín de Constantinopla del año 1204.

El Imperio Bizantino restaurado en el año 1261 era una sombra del que existía antes, sin recursos, sin capacidad militar real, sin el territorio de Anatolia que los selyúcidas y luego los turcos otomanos fueron tomando décima a décima. El 29 de mayo del año 1453, el ejército otomano del sultán Mehmed II entró en Constantinopla. El último emperador, Constantino XI Paleólogo, murió en los combates de las murallas. La ciudad, que había sido capital del Imperio Romano durante más de 1000 años, dejó de serlo.

El impacto de la caída de Constantinopla en Europa occidental fue inmediato y de largo alcance. Muchos eruditos griegos que habían huido antes de la caída o que escaparon después llevaron consigo manuscritos de la antigüedad clásica que en Occidente se conocían solo parcialmente o no se conocían en absoluto. Ese flujo de textos y de conocimiento alimentó el humanismo renacentista que ya estaba creciendo en las ciudades italianas y la caída del control otomano sobre las rutas terrestres de comercio con Asia estimuló la búsqueda de rutas alternativas. 39 años después, Colón llegaba al continente americano.

La formación de Europa medieval había terminado. En algo menos de 1000 años, el continente había pasado de ser un mosaico de tribus sin estructura estatal a un sistema de reinos con fronteras relativamente estables, identidades nacionales emergentes, sistemas legales propios, una lengua internacional de cultura en el latín y una iglesia que por primera vez en la historia había actuado como elemento transversal de cohesión en un espacio político fragmentado. Fue un proceso lineal, fue un proceso de construcción y derrumbe continuo de reinos que nacían sobre las ruinas de otros, de fronteras que se movían con cada generación, de ideas que cruzaban fronteras que los ejércitos no podían cruzar. Y el resultado fue un continente donde la tensión entre unidad y fragmentación, entre poder central y poder local, entre fe y razón de estado, estaba tan profundamente instalada en las estructuras políticas que ninguna generación posterior pudo resolverla del todo.

Lo que Carlomagno construyó en 46 años de guerras nunca se volvió a unir. Lo que la Iglesia de Roma tejió durante 8 siglos empezó a deshacerse en el año 1517, cuando un monje alemán llamado Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg. Pero eso es otra historia y es la consecuencia directa de todo lo que acabas de ver.