Transcription
El Señor esté con ustedes. [Risas]
Lectura del santo evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de ahí en barca a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo, la gente lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, Jesús vio a la multitud, le dio lástima y curó a los enfermos.
Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: "Estamos en despoblado y es muy tarde. Despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer". Jesús les replicó: "No hace falta que vayan. Dadles vosotros de comer". Y ellos replicaron: "Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces". Les dijo: "Traédmelos".
Mandó a la gente que se recostaran en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se lo dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos, y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos 5.000 hombres, sin contar mujeres y niños.
Palabra del Señor. [Música]
Queridos hermanos, cuando nosotros leemos la Biblia, encontramos que Dios hace verdaderos milagros. Todo milagro supera las leyes de la naturaleza. El evangelio de hoy nos presenta un verdadero milagro. Tenemos unos datos concretos: una multitud. Jesús, a partir de cinco panes y dos peces, da de comer a una multitud. Solo los varones eran 5.000, y encima sobran 12 canastas. Todos estos datos que nos da el evangelio tienen la intención de decirnos que fue un verdadero milagro.
Jesús hace milagros porque es Dios, y los milagros están dentro de lo extraordinario. Dios actúa de forma extraordinaria con los milagros, pero también de forma ordinaria. Y yo quisiera remarcar que lo nuestro es ser santos en lo ordinario, sin dejar de lado el hecho de que Dios siga haciendo milagros. Lo nuestro es ser santos en lo ordinario.
En verdad, Dios hoy sigue haciendo milagros. Hace algunas semanas, una señora me contaba su testimonio: tenía cáncer, rezó con fe y ahora los médicos le dicen que está sana. Es un milagro. Dios sigue haciendo milagros. Pero, queridos hermanos, lo nuestro es ser santos en lo ordinario. Porque si nosotros pensamos que todo lo va a resolver Dios con los milagros, vamos a perder de vista que estamos llamados a ser santos en la vida ordinaria. Y muchas veces, Dios no va a actuar extraordinariamente en nuestra vida. Dios sabe más, pero siempre Dios actúa en lo ordinario de nuestra vida.
Tenemos que ser santos cuidando las pequeñas cosas de cada día. Tenemos que ser santos haciendo bien nuestros deberes de cada día. Tenemos que ser santos yendo en contra de la corriente. Tenemos que ser santos cuidando la oración diaria. Tenemos que ser santos cuidando el trato con los demás. Y el mejor ejemplo de ser santos en la vida ordinaria, ¿no lo tenemos en la dupla ganadora? María y José.
Queridos hermanos, busquen en los evangelios si Dios le hizo un milagro a la Virgen María Santísima, la mujer más santa que ha existido y que existirá en la tierra. No fue receptora de ningún milagro. Podrán ver, si algunos padres, el misterio de la Encarnación. Pensemos si alguna vez Jesús hizo un milagro para beneficiar a su madre. Por si acaso, las bodas de Caná beneficiaron a los que estaban en la fiesta, no a la Virgen María. Ella fue santa en lo ordinario.
O piense en San José. No conocemos en los evangelios ningún milagro que Dios le haya hecho a San José. Y después de María, San José es el ser más santo que ha existido y existirá en la tierra. La Virgen y San José nos enseñan a ser santos en lo ordinario, cuidando los detalles propios de nuestros deberes. Ahí está, podemos decir, el gran milagro: queridos hermanos, ser santos en lo ordinario, ser santos en el día a día, ser santos en el trato con los demás, ser santos dando testimonio de Cristo en lo que estamos haciendo.
Vamos a pedirle hoy a María Santísima y a San José que nos ayuden a experimentar ese gran milagro: la santidad en la vida cotidiana. Que así sea.
Hemos escuchado el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Es un verdadero milagro. Jesús, a partir de cinco panes y dos peces, da de comer a una multitud y, encima, sobran 12 canastas. Es un milagro. Hoy también Dios sigue haciendo milagros. Dios actúa de forma extraordinaria en la vida de los hombres con los milagros, y hay muchos testimonios de milagros hoy y aquí, en este santuario. Sin embargo, queridos hermanos, lo ordinario, que no haya milagros todos los días, eso es lo ordinario. Pero Dios sigue actuando a nuestro favor, y lo nuestro es que seamos santos en lo ordinario. Ahí está la santidad en las cosas de cada día.
Pensemos en la Virgen María. Dios no le estaba haciendo milagros todos los días a la Virgen. Es más, los evangelios nunca dicen que Jesús le hizo un milagro a su madre. Las bodas de Caná, por si acaso, no beneficiaron a la víctima. Jesús hace el milagro para beneficiar a los esposos, a los invitados. La Virgen. Jesús tampoco le hizo milagros a San José. San José tuvo que sudar la camiseta en su taller de carpintero.
Lo nuestro es ser santos en lo ordinario: levantarnos a la hora establecida, tener todos los días un momento de oración, hacer bien nuestro trabajo, ser honestos, cuidar el trato con los demás, decir la verdad, etcétera, etcétera. Ahí está la santidad en lo de cada día, en lo ordinario, en las cosas pequeñas de cada día. Ese es el gran milagro: la santidad en lo ordinario.
Vamos a pedirle a María Santísima y a San José que nos ayuden a cuidar nuestros deberes de cada día, a ser santos en lo ordinario.
Dios te salve María, llena de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Jesús en ti, Jesús en ti, con Jesús en ti. Dulce Corazón de María, salvación del alma mía. San José, ruega por nosotros. Santos Cosme y Damián, rueguen por nosotros.