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Yo llevo 15 años recorriendo el mundo con mis cámaras. Llevo 15 años, he recorrido tres cuartas partes del mundo y he visto y he conocido muchas historias. He contado algunas de ellas también, de personas que me han demostrado que el origen no tiene por qué determinar el futuro.
Nadie de nosotros ha elegido dónde nacer, cómo nacer, en qué condiciones, en qué situación socioeconómica, sociopolítica. Y la mayoría de nosotros, es verdad, que nos vemos atrapados por esas circunstancias a lo largo de toda nuestra vida y nos condicionan y ya no sabemos cómo escapar.
Pero como os decía, en todos estos viajes he visto tantas y tantas personas que se habían escapado que me puse a reflexionar para entender, para intentar comprender cuáles eran esas variables. Y todos ellos tenían, todos absolutamente todos, un denominador común.
Hay alguien en la sala ahora mismo que pudiera decir que no siente miedo por nada? Todos tenemos miedo. Todos tenemos miedos. Nos los han inculcado desde pequeñitos, a veces con sentido, pero muchas veces sin él. Así que vamos creciendo con muchísimos miedos.
Pero ¿aquí tenemos miedo? Pues primero, tenemos miedo al propio miedo. Tenemos miedo a sentir miedo. A nadie le gusta sentir miedo. Tenemos miedo en nuestro camino para cumplir nuestros sueños, para que nuestro origen no determine nuestro destino. Tenemos miedo a no tener determinación, a no ser capaces, a no creer suficiente nosotros mismos como para decir: "Voy a ser capaz de llegar a ese sitio al que quiero".
Pero la realidad es que la mayoría de las cosas que uno se propone es capaz de hacerlas. Y como dice mi madre, dice: "Hijo, nadie nunca te va a preguntar cuánto tiempo tardaste en hacer algo, o cuánto esfuerzo, cuánto sacrificio, cuántas horas le tuviste que meter. A la gente no le importa esto, realmente le importa si lo has conseguido o no". Por lo tanto, como lo que vale es efectivamente que tú vayas en el camino en el que quieres ir, luches por eso, por lo que quieres luchar, hazlo.
Tenemos mucho miedo a no tener esa determinación. Tenemos miedo al rechazo. Muchos tenemos miedo al rechazo. Pero la pregunta que deberíamos hacernos es: ¿a qué rechazo tenemos miedo? Pero además, dice: "¿A qué rechazo de la sociedad, del resto de la gente?". Vivimos en un mundo en el que toda la gente opina de nosotros, de manera mejor o peor intencionada. Todo el mundo nos da consejos, todo el mundo nos critica, todo el mundo opina de nuestra vida.
Pero ¿sabéis cuánto debería realmente importarnos eso? ¿Sabéis cuánto le importa eso a todas las personas que son capaces de hacer que su origen no determine su destino? Nada. Y la reflexión que deberíamos hacer es la siguiente: si nosotros nos muriésemos mañana, todos nos morimos mañana, ¿sabéis qué harían pasado mañana todas esas personas que se han permitido opinar de nuestra vida, que se han permitido darnos consejos, que se han permitido juzgarnos? ¿Sabéis qué harían pasado mañana? Seguir con su vida tan tranquilos.
Por lo tanto, le digo siempre a todo el mundo: si yo me voy a morir mañana y no estás dispuesto a enterrarte conmigo, no te atrevas a opinar sobre mi vida, no te atrevas a juzgarme, no me des consejos que no te pido. Justamente por eso. Así que decimos: ¿al rechazo de quién? ¿De gente que si nos morimos no le importa nada? No tiene sentido.
Tenemos miedo al fracaso. Por eso no emprendemos muchísimas tareas en nuestra vida. Pero resulta que dices que es el fracaso. El fracaso es no haber conseguido llegar al sitio donde quiere llegar, no haber llegado a tener ese logro, obtener este logro que tú pretendías. Pues la realidad es que no todas las personas que han intentado hacer cosas en la vida, aunque no las han conseguido, no sienten ninguna sensación de fracaso. Porque la verdad es que el fracaso, y la real sensación de fracaso, se tiene cuando uno no lo intenta. Y todas las personas que son capaces de cambiar sus orígenes y de que no determine su destino, han sido capaces de vencer ese miedo al fracaso.
Tenemos miedo a no tener el compromiso suficiente con eso que nosotros hemos dicho que queremos hacer, con eso que queremos conseguir. Pero fijaros, os voy a contar cómo funciona esto. La secuencia normal que todos pensamos, porque nos la han contado así, es que primero se produce el deseo de cualquier cosa y luego aparece la voluntad. Es decir, yo quiero comprar un coche nuevo, deseo comprar un coche nuevo y entonces decido que voy a hacer todo lo necesario, voy a trabajar los fines de semana, voy a dejar de salir a cenar para ahorrar dinero para comprarme ese coche. Este es el modelo lógico. Nos han contado que esto es así, pero es mentira.
La realidad es que el acto volitivo, la voluntad, es anterior al deseo. Quiere decirse que para cuando nosotros deseamos algo profundamente, es porque íntimamente ya nos hemos comprometido con nosotros mismos a hacer todo lo necesario para conseguirlo. Fijaros cómo es el cambio de paradigma. Esto quiere decir que cuando tengamos un deseo profundo, no dejemos de intentar cumplirlo, porque se va a cumplir. Ya hay un compromiso interno, interior nuestro, para hacer todo lo necesario. Y esto es así, es un arma muy poderosa. Y todas las personas que son capaces de hacer que su origen no determine su futuro lo saben y por lo tanto lo ejecutan.
Tenemos miedo, obviamente, a rendirnos por el camino. A todos nos da mucha vergüenza. No es ya solo por nosotros, no es por lo que piensen los demás. Pero antes hemos explicado que importa el miedo al rechazo. ¿Al rechazo de quién? ¿Rendimos ante quién? Ante nosotros mismos.
Y luego tenemos un miedo enorme a confiar. Pero resulta que es un miedo irracional. Porque fíjate, empezamos confiando en los políticos. Con lo cual, si confiamos en los políticos, a partir de ahí ya ¿qué tenemos miedo a confiar? Pero confiamos en el conductor del autobús cuando nos subimos, confiamos en el piloto del avión cuando nos subimos, confiamos en nuestro corazón que no deje de latir. Pero resulta que me doy cuenta de que la mayoría de las personas confiamos en aquellas cosas que no podemos controlar y sobre las que no podemos tomar decisiones. No me queda más remedio que confiar en que mi corazón siga latiendo, porque no puedo hacer nada para que lo haga o no lo haga.
Así que el salto que dan las personas que son capaces de cambiar su destino, de cambiar el destino que su origen les tenía predeterminado, es que son personas que confían. Han dado el salto y se han dado cuenta de que confiamos en tantas cosas porque no nos queda remedio, ¿por qué no confiar en nosotros mismos? ¿Por qué no confiar en la magia de la vida? ¿Por qué no confiar en nuestro corazón?
Todos los problemas o toda la solución a los problemas y todas las respuestas a todas las preguntas que tenemos los seres humanos están contenidas en el espacio que hay si estiramos el brazo y giramos sobre nosotros mismos 360 grados. En este espacio están todas las respuestas. Cuanto más grande es el problema, el espacio se va acortando. Y si el problema es muy grave, de verdad, le dijo, la solución está aquí, tocándose el corazón.
Todas las personas que son capaces de salir de ese destino que tenían predeterminado han hecho una cosa que es poner el corazón y confiar. A esto yo lo llamo ser capaces de saltar el miedo. Porque la vida con mayúsculas está realmente al otro lado del miedo. A este lado está la supervivencia, está que trabajamos para comer, está que hagamos las cosas cotidianas. Pero yo no sé si esto tiene que ver con lo que realmente uno siente, con lo que realmente uno sueña.
Y la realidad es que la única obligación que tenemos para con nosotros mismos los seres humanos, porque tenemos obligaciones con todo el mundo, con nuestros padres, con nuestra familia, con los compañeros de trabajo, con los amigos, con la sociedad, con todo, tenemos obligaciones. Pero con nosotros solo tenemos una, que es perseguir nuestros sueños. Es la única obligación que tenemos.
Y por supuesto, es normal que alguien piense y pregunte: "¿Pero acaso perseguir los sueños me va a dar la felicidad?". La respuesta es muy clara: por supuesto que no puede dártela o no. Lo que sí estoy seguro es que no perseguirlos te va a dar infelicidad. No importa si lo consigamos, si lo conseguimos o no. No importa si nos quedamos por el camino. Hemos sido capaces de saltar al otro lado del miedo.