Transcription
Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la dedicación del templo. Era invierno y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón. Los judíos, rodeándolo, le preguntaban, "¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dinoslo francamente."
Jesús les respondió, "Os lo he dicho y no creéis. Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen y yo les doy la vida eterna. No perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno."
Palabra del Señor. Podemos sentar, hermanos. Seguimos en este ambiente de las ovejas del pastor que inauguramos con el domingo del buen pastor este domingo pasado. Y a mí personalmente esta palabra, este evangelio me da mucha esperanza, ¿no? Espero que a ti te alegre también. A mí me alegra muchísimo eh, saber, dice que las ovejas, mis ovejas están están en la están en las manos de Cristo. Dice, "Y nadie las arrebatará de mi mano." Y luego dice, "Y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre." O sea, es que estar en las manos de Cristo es estar en las manos del Padre. Por eso dice, "Yo y el Padre somos uno. Quien me ha visto a mí ha visto al Padre." Dice también, ¿no? Bueno, estar en las manos de Cristo, hermanos, una oveja en las manos del Señor. A eso estamos llamados.
Pero fijaros el contexto de este evangelio. ¿A quién está hablando Jesús? A los más pecadores de de de que estaban allí en Jerusalén. a los últimos, los pecadores, los malditos, los los criminales. ¿A quién le dice vosotros no sois de mis ovejas? Porque lo dice, eh, dice, "Vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas." ¿A quién se lo está diciendo? ¿Os habéis fijado? ¿A quién se lo está diciendo? ¿Dónde estaba Jesús? Jesús estaba Jesús estaba en el templo a todos los que iban al templo a orar. Es como si se planta aquí ahora Jesús y nos lo ha dicho en el evangelio y nos dice, "Vosotros, ninguno sois ovejas mías. ¿Cómo quedaríamos? Wow.
Pues igual hizo Jesús en el templo de Jerusalén. Estaba paseando por el templo y los que estaban allí, los sumos sacerdotes, los escribas, los doctores de la ley, los fariseos, los que ofrecen sacrificios, no los pecadores, porque esos no podían entrar al templo. No los leprosos, no los no los no los impuros, no, no. Esos no podían entrar al templo. Los buenos estaban en el templo. Y es a ellos, a los que les dice, "Vosotros no me conocéis, no creéis en mí, porque no sois de mis ovejas." Fijaros qué palabra poquito fuerte.
Y entonces, ¿cuáles son las ovejas del Señor? ¿Quiénes son las ovejas del Señor? De quien conoce mi voz. Quien conoce mi voz. Dice, "Os lo he dicho hoy. No creéis. Mis ovejas escuchan mi voz y las conozco. Escuchar la voz de Dios es lo que nos hace ovejas. Escuchar su voz, escuchar la voz del pastor. Bueno, ¿y cómo escucho yo la voz del pastor? No es solo venir a escuchar la palabra. No, no. Es mucho más profundo, hermano, porque el Señor nos habla en nuestra vida, el Señor nos habla en nuestra historia. Y la voz del pastor, yo lo dije el domingo, creo recordar, la voz del pastor es amor. No es otra cosa, es amor. Es experimentar este amor que el Señor nos tiene, que nos quiere y no escuchar la voz del otro, del demonio que viene a desesperarnos, que viene a acabar con nosotros. Hermanos, el demonio no nos quiere, el demonio nos odia, no nos puede ver, quiere nuestra destrucción. Pero, ¿cuántas veces creemos en él? Y lo tengo que decir así abiertamente, ¿cuántas veces creemos en él? Como Adán y Eva creyeron en él. Come, que serás como Dios. Y comieron.
Cuántas veces, hermanos, a lo largo del día. caemos a lo largo del día, pecamos a lo largo del día tenemos un momento de debilidad, una tentación en la que caemos, sea la que sea, hablar mal del otro, creerte mejor que los demás, un momento de egoísmo, de pensar solo en ti, en pensar solo en tu comodidad, tratar mal a tu esposa, que es Cristo tu esposa, tratarla mal, no pensar en ella. pensamientos que tenemos, porque hemos creído, hermanos, lastimosamente hemos reducido el pecado a una sola cosa. Lo voy a decir eh suavemente para que no nos escandalicemos. Los pecados de cintura para abajo. ¿Y cuántos años nos hemos confesado de cintura para abajo? ¿Se entiende, verdad? Y lo más grave no está de cintura para abajo, está aquí. Lo que hablas, el desprecio, creerte mejor, pensar mal de los demás, la difamación, la calumnia, el chisme, eso no está de cintura para abajo. Y son gravísimos esos pecados. Y es allí, hermanos, donde no creemos en Cristo. Es allí donde nuestros nuestras obras no dicen esto.
Por eso espero que después de haber hecho este pequeño regaño, que quería hacerlo porque también me lo hago a mí, no creáis que no, espero que ahora venga la esperanza a tu vida y que sepas que el Señor te ha llamado a ser oveja de él, a estar en sus manos. El evangelio empieza con una expresión preciosa y con esto termino yo. Dice, "Era invierno." Hermanos, ¿por qué dice el evangelio era invierno? ¿Qué más da que era invierno que era verano? Cuántas veces en vivimos un invierno en nuestra vida. El invierno es pues una época fría, una época triste, como oscura, como estamos todos más un poquito más deprimidos, ¿verdad? Hay que ver, hay solo hay que ver los los lugares. En el norte somos un poquito más secos, digámoslo abiertamente, ¿verdad? Que los del sur, ¿sí o no? Los del sur son más folclóricos, más alegres, más, no sé. O y si vamos más al norte, si cogemos un sueco o cogemos un finlandés, son sos sosos, pero vamos, resosos. ¿Por qué? Porque allí no sale casi ni el sol. Porque él, el sol, el verano da alegría. Ahora viene el verano y todos nos ponemos contentísimos. ¿No has visto que cuando sale el sol todos estamos como más radiantes, más alegres? Cuando está nublado, que aquí estamos muy nublados casi todo el año, estamos más tristones, pues es invierno, pero detrás de las nubes, hermanos, está el sol. Aunque no lo veas, aunque no te llegue la luz, allí está el sol. Allí está el amor del Señor siempre. Y esas nubes son tantas veces nuestros pecados, nuestros proyectos, nuestras idolatrías, pero que el Señor se puede encargar fácilmente, hermanos, de quitarlas. Por eso, da igual que hoy sea invierno en tu vida. El Señor está. El Señor está. Está en el templo. Ojalá vengamos no con la actitud de los fariseos de creernos mejores, sino que vengamos con la actitud del publicano que llegó al templo a orar y a decir, "No soy digno, Señor. Ten piedad de mí. Ese si es la oveja de su rebaño, el pecador arrepentido. Que así sea, hermanos.