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🧩 El caso paralelo a OCHOA que Cuba quiso ENTERRAR para siempre 🕳️

Secretos de Cuba25:05

Transcription

Pero aquí hay bastante democracia, sino que lo digan los oficiales. Aquí quiero decir en las fuerzas armadas, ¿es así o no? Ustedes dicen eso porque lo está diciendo el ministro, ¿no? Que hay libertad hasta de hablar, aunque eso no se lo cree mucha gente en la prensa, me refiero. Hay libertad de hablar. Yo estoy hablando aquí. Alguien dijo una vez que había que decir la verdad y nada más que la verdad, aunque no siempre es necesario decir toda la verdad. ¿Qué pasó con O? ¿Ustedes lo van a saber? Ya eso pasó. ¿Qué pasó con Dios? No sé si lo van a saber, pero lo más probable que lo sepan. Pero lo fundamental que quería decir que para amigos y enemigos de todo lo que he dicho aquí, lo oficial es lo que salga en el periódico Granma. Por eso se llama órgano oficial de nuestro partido.

El 14 de diciembre de 2023, La Habana despidió a un fantasma. Un hombre de 84 años falleció alejado por completo de la vida pública, consumido por las complicaciones de un cáncer de colon metastásico. Conforme a su última voluntad, sus restos fueron cremados en silencio, dejando atrás a su viuda Patricia, sus cinco hijos vivos, Diocles, Ami, Rafael y Diocles Segund, y también a sus hermanos. Para la inmensa mayoría fue el dios de un anciano prácticamente desconocido. Pero este hombre no era un cubano cualquiera. Su nombre era Diocles Torralba González, exguerrillero, alto mando militar y exministro y vicepresidente del Consejo de Ministros. Un cuadro de la élite intocable que terminó devorado por el mismo sistema que ayudó a construir, a levantar, al convertirse en una pieza clave de la purga más oscura del castrismo, el caso Choak, de 1989. Como un héroe indiscutible de la generación histórica, pasa de administrar los recursos de un país a ser acusado de disipación, sentenciado a 20 años de prisión y borrado tajantemente del relato oficial. Su caída expuso, como pocas, la opacidad, las rivalidades internas y el uso político de la justicia en la cúpula del poder. Aunque no fue fusilado ni juzgado en la célebre causa número uno del 89, su desgracia paralela sirvió al régimen cubano para enviar un mensaje letal y escenificar una supuesta limpieza moral de la revolución. Bienvenido una vez más a Secretos de Cuba. Ya comenzamos.

Para entender el estrépito de la caída de Diocles Torralba, primero hay que medir la altura de su ascenso. Nació en 1939 en Palmasoriano, en la antigua provincia de Oriente. Su biografía no es la de un burócrata de escritorio, sino la de un cuadro político-militar forjado en el terreno, en la caliente. Se vinculó desde muy joven a las filas del movimiento 26 de Julio. Tardó en subir a la Sierra Maestra. En las montañas demostró su valor como combatiente del ejército rebelde, alcanzando los respetados grados de capitán. Diversas fuentes históricas le atribuyen un papel protagónico en la ofensiva final contra la dictadura de Fulgencio Batista, específicamente en la toma de su propia ciudad, Palma Sorial, en los turbulentos días de diciembre de 1958. Tras el triunfo definitivo del 59, Torralba no colgó el uniforme para regresar a la vida civil. Su lugar estaba asegurado en el nuevo brazo armado del Estado, las Fuerzas Armadas Revolucionarias, la FAR. El poder castrista premiaba la sangre derramada con preparación técnica y él fue uno de los elegidos para cruzar el Atlántico. Lo enviaron directamente a la Unión Soviética para recibir formación militar en las estrictas aulas de la Academia Frunce. Y fue exactamente allí, entre pasillos de adoctrinamiento y estrategia soviética, donde trabó una relación que marcaría su destino. En la Frunce coincidió y estableció una estrecha amistad con otra figura que también iba en ascenso al Olimpo Revolucionario, el general Arnaldo Ochoa. Esa alianza entre ambos oficiales no se limitó a la camaradería en Moscú. Pronto la confianza mutua se pondría a prueba en operaciones sobre el terreno. En el año 1966, Torralba estuvo profundamente involucrado desde la cúpula de la FAR en la supervisión de un operativo clandestino de máximo riesgo. La misión consistía en llevar a su amigo Arnaldo Ochoa junto a un grupo selecto de militares cubanos hasta las remotas costas de Falcón en Venezuela. El objetivo internacionalista era, claro, reforzar a la guerrilla local que intentaba derrocar al gobierno de Raúl Leoni. Aquella incursión en Venezuela terminó siendo catalogada como un rotundo fracaso estratégico. Sin embargo, en la Cuba de los años 60, un revés táctico en el extranjero no frenaba la carrera de quienes contaban con el beneplácito del liderazgo. Torralba ostentaba el pedigrí perfecto para el sistema. Era un combatiente rebelde probado, poseía formación militar soviética de élite y, sobre todo, demostraba una lealtad inquebrantable al núcleo duro de Fidel y Raúl Castro. Lejos de estancarse, las puertas del Partido Comunista y de los ministerios estaban a punto de abrirse para Torralba de par en par. El verdadero ascenso político de Diocles Torralba comenzaba apenas.

El tránsito de Diocles Torralba hacia la élite orgánica del sistema fue un proceso cuidadosamente diseñado en la Cuba de los años 70. Los méritos de la Sierra Maestra y la disciplina de la Academia Soviética eran las credenciales administrativas definitivas. Su lealtad fue recompensada cuando ingresó al prestigioso Comité Central del Partido Comunista de Cuba en la etapa de consolidación institucional del país. Algunas fuentes sitúan esta entrada en el primer Comité Central, mientras que otras precisan su elección formal durante el primer congreso del partido en 1975. Independientemente de la fecha exacta, el mensaje era inequívoco. Torralba Diocles ya no era un simple oficial. Se había convertido en un supervisor político de máxima confianza. Su poder ejecutivo quedó sellado al ocupar la vicepresidencia del Consejo de Ministros, un cargo de inmensa jerarquía que mantendría ininterrumpidamente entre 1972, escucha esto, 1972 y 1989, convirtiéndose en una pieza inamovible de la cúpula gubernamental cubana. Con el Estado reorganizado tras la Constitución de 1976, bajo una lógica de inspiración soviética, a Torralba se le asignó el control del sector económico más simbólico y estratégico de la nación, el Azúcar. Aunque algunas notas fúnebres indican que fue ministro de la industria azucarera desde 1977, los registros oficiales de Azcuba y la Gaceta Oficial documentan su mandato preciso entre 1980 y 1985. Lo crucial de este nombramiento es que Torralba no perdió su rango superior. En enero de 1980, la Gaceta oficializó que simultanearía su recién adquirido ministerio con la vicepresidencia del Consejo de Ministros. Habría acumulado en sus propias manos la cartera productiva más vital del país y el rango de la alta dirección del Estado. Su etapa al frente del Ministerio del Azúcar coincidió con lo que hoy sabemos fue un espejismo de prosperidad. Durante la primera mitad de los años 80, la agroindustria azucarera promedió unos 7,35 millones de toneladas anuales, alcanzando zafras altísimas en 1982, 84 y el propio año 85. En aquel momento parecía un administrador brillante. Sin embargo, ese aparente éxito productivo era estructuralmente dependiente y artificial. No se trataba de genialidad gerencial, sino de una maquinaria sostenida por la demanda inagotable de la Unión Soviética y los países socialistas del CAME, que compraban el azúcar cubano a precios preferenciales inmensamente superiores a los del mercado mundial. Diocles Torralba administraba una bonanza frágil, un sistema gigantesco que, al colapsar su cimiento soviético pocos años después, arrastraría a toda la economía nacional a la barranca.

En 1985, Torralba experimentó un cambio de cartera que muchos podrían malinterpretar, pero que en la lógica del poder castrista representó un movimiento lateral de absoluta confianza. Fue designado ministro de transporte. No hubo destitución, no perdió su vicepresidencia del Consejo de Ministros, ni existió una sola crítica pública a su gestión o a su carrera. El liderazgo lo necesitaba en otro frente crítico. El transporte en Cuba no significaba simplemente gestionar ómnibus o trenes. Era una zona de seguridad nacional que controlaba la logística completa del país: puertos, ferrocarriles, transporte marítimo, movilidad militar, importaciones, exportaciones y el vital flujo de combustible. Este traslado ocurrió en un contexto histórico sumamente tenso. A mediados de los 80, Cuba entraba en impago de su deuda en divisas y Fidel Castro lanzaba el proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas, tema sobre el cual te lo he prometido varias veces, tendremos video en este canal. La Rectificación de Errores y Tendencias Negativas era una contrarreforma en toda regla, implacable, que rechazaba la Perestroika soviética, concentrando aún más el poder en el Comandante en Jefe y regresando a la centralización y a los estímulos morales. En medio de esa turbulencia política, Diocles Torralba dirigía un ministerio donde la acumulación de vehículos, chóferes, almacenes y recursos asignados representaba un polvorín. Eran privilegios, privilegios que pasaban desapercibidos bajo la protección del régimen, pero que, si la cúpula decidía mirar de cerca, buscar bien, podía convertirse en el expediente perfecto para la destrucción de un hombre. Ese fue el apogeo de Diocles Torralba y el principio de su fin.

Torralba encarnaba a la perfección el modelo del dirigente histórico: combatiente heroico, fiel administrador y poseedor de un acceso ilimitado a los recursos del Estado. Pero en las sombras de esa confianza ciega se estaba gestando su vulnerabilidad. El mismo expediente que lo elevó a lo más alto de la revolución y que le otorgó el control sobre las arterias logísticas de la isla sería exactamente el arma que el poder utilizaría para aniquilarlo cuando llegara el momento del escarmiento. El poder en Cuba nunca ha sido exclusivamente administrativo. Es ante todo un asunto de familias, de lealtades cerradas y clanes intocables. Y Diocles Torralba estaba profundamente enraizado en el árbol genealógico de la élite. Su vida privada era un reflejo de sus alianzas políticas. Su hija María Elena Torralba contrajo matrimonio con el coronel Antonio "Tony" de la Guardia, el audaz oficial de tropas especiales que operaba en las sombras del misterio del interior. De la noche a la mañana, Torralba se convirtió en el suegro de uno de los hombres con más secretos en Cuba. Además, la rumorología documentada le atribuye un lazo aún más cercano con el propio centro del poder. Su sobrina Dael mantuvo una relación con Antonio Castro Soto, hijo de Fidel Castro. Torralba no solo trabajaba para los dueños del país, compartía su mesa. Esa cercanía le otorgó un escudo de impunidad que se materializó en su estilo de vida. Mientras el ciudadano cubano común enfrentaba las rigideces del racionamiento y el discurso oficial exigía sacrificio y austeridad revolucionarias, la alta dirigencia habitaba un universo paralelo. Diocles residía en Miramar, el exclusivo barrio habanero reservado para la nomenclatura. Testimonios posteriores afirman, aunque no pueda darse como un hecho plenamente verificado con documentación pública, que sus propiedades en Miramar nunca fueron confiscadas tras su caída. Sin embargo, lo que verdaderamente selló su destino no fue la casa en sí, sino lo que ocurría tras sus puertas cerradas. El hogar del vicepresidente se convirtió en el epicentro de la sociabilidad vedada. Las fuentes y la reconstrucción histórica apuntan a que en la casa de Torralba se organizaban constantes fiestas a las que asistían altos jerarcas del poder cubano, oficiales militares y personajes vinculados al selecto círculo de Arnaldo Ochoa y a los hermanos de la Guardia. En el lenguaje castrista, a esto se le denominaba "disipación". No era un simple concepto legal, sino una condena moralizante. Ser un disipado significaba entregarse a la vida burguesa, al alcohol, los lujos, placeres, privilegios desmedidos y relaciones sociales ajenas a la pureza ideológica exigida por el Partido Comunista. La élite podía tolerar estos excesos durante años, pero solo mientras el dirigente fuera útil. Cuando la balanza se inclinaba en su contra, esas mismas fiestas privadas se transformaban en el arma ejecutora.

Aquí es donde la historia se adentra en su zona más turbia y peligrosa. La rumorología, los chismes más persistentes respaldados por crónicas periodísticas posteriores sostienen que estas reuniones no eran encuentros privados, sino trampas mortales celosamente vigiladas por la Seguridad del Estado. Se dice que la casa de Torralba estaba plagada de micrófonos ocultos. En aquel ambiente de supuesta confianza y relajación, las lenguas sueltas durante el proceso se habrían determinado que en esas grabaciones secretas quedaron registrados comentarios despectivos y burlas directas contra Fidel Castro, críticas mordaces a otros miembros del gobierno y señales de descontento hacia la precaria situación económica del país. El general Arnaldo Ochoa, según reportes de la época, habría sido uno de los captados criticando abiertamente al liderazgo. Pero la leyenda negra del caso de Diocles Torralba no se detiene en simples grabaciones de audio. A su arresto se sumó el de Idalberto Gálvez Richardson, un funcionario de Publicitur, una entidad dedicada a la promoción del turismo. Relatos no oficiales, blogs y testimonios del exilio han construido una narrativa aún más escandalosa. Afirman que desde Publicitur se firmaban y cubrían estas bacanales, estas fiestas, existiendo incluso un supuesto canal del sol o grabaciones de chantaje sexual. Aunque estas versiones más sensacionalistas deben manejarse con cautela por falta de expedientes o información pública, su mera existencia sirvió para los propósitos del régimen. La casa de Diocles Torralba se erigió como el escenario narrativo perfecto para justificar la purga. El vicepresidente no fue el cerebro de una conspiración militar ni el arquitecto del narcotráfico. Su tragedia fue mucho más mundana, si se quiere. Su casa era un lugar donde se hablaba demasiado. En un sistema que fusiona la vida privada con la seguridad del Estado, la intimidad de los dirigentes es archivada pacientemente hasta el día del juicio final. Sus privilegios, sus lazos de sangre con Tony de la Guardia y las grabaciones de sus invitados lo convirtieron en el chivo expiatorio civil ideal. Su caída serviría para demostrar que el entorno de Ochoa no solo traficaba, sino que estaba podrido moralmente, conspirando entre copas mientras el pueblo se sacrificaba. La trampa estaba cerrada.

El 12 de junio de 1989, el reloj de la impunidad se detuvo abruptamente para Diocles Torralba. Ese día, ostentando aún sus inmensos poderes como ministro de transporte y vicepresidente del Consejo de Ministros, fue fulminantemente destituido de todos sus cargos y arrestado. La precisión de esta fecha no es un detalle menor, es la pieza maestra que devela la coreografía del poder. Su caída ocurrió exactamente un día antes de que el país entero y el mundo también conocieran la noticia que haría temblar los cimientos de la propia revolución: la detención del general Arnaldo Ochoa, de su yerno Tony de la Guardia, el yerno de Diocles, y de otros altos mandos militares implicados en la ya infame causa número uno. Torralba fue la primera ficha en caer, el preludio civil de un terremoto militar sin precedentes. Al amanecer del 13 de junio, la implacable maquinaria mediática del Estado se puso en marcha. El periódico Granma, órgano oficial del Partido Comunista, no anunció su arresto en términos de negligencia administrativa o fracaso productivo. El lenguaje elegido fue un misil directo a su reputación y a su dignidad. Se le acusó públicamente de mantener una conducta personal inmoral, disipada y corrupta. Junto a él, junto a Diocles, la noticia reportaba también la detención de Idalberto Gálvez, el funcionario de Publicitur del que te hablé. Con esas pocas palabras, el régimen lo despojaba de su aura de combatiente heroico y lo lanzaba al escarnio público, presentándolo ante el ciudadano común como la encarnación misma de la decadencia burguesa incrustada en la cúpula. En aquellas primeras horas de conmoción, el propio periódico Granma intentó ejecutar una maniobra de contención narrativa, esforzándose por separar formalmente el caso de Diocles Torralba del abismo de traición que se abría con el caso Ochoa. Sin embargo, la verdad era insostenible y el mismo diario tuvo que reconocer que existían lazos comunes entre ambos círculos de poder. Aunque oficialmente se negaba que la purga del vicepresidente estuviera ligada a las sombras del narcotráfico, en las calles de La Habana y en los pasillos de los ministerios, ya su nombre resonaba irremediablemente entrelazado al de sus familiares y amigos cercanos. Diocles Torralba se convertía así en la puerta de entrada a un laberinto de escándalos que el castrismo necesitaba exponer y, al mismo tiempo, controlar milimétricamente.

Mientras la causa número uno acaparaba las pantallas de televisión con un juicio militar editado que culminó el 13 de julio del 89 con el fusilamiento del general Ochoa, el destino de Diocles Torralba se trazaba en las sombras de una causa separada. El exministro no fue arrastrado al paredón de fusilamiento ni procesado por los delitos de traición y narcotráfico que definieron el expediente principal. Su proceso fue derivado a la justicia civil, asumiendo el rol de una purga paralela, menos sangrienta, pero igual de calculada. Fue el Tribunal Provincial Popular de Ciudad de La Habana el encargado de poner el clavo final en el ataúd de su carrera política. El 24 de julio de 1989, apenas unos días después de que el eco de los disparos se apagara, se dictó la sentencia definitiva: 20 años de prisión. Los cargos abandonaron la ambigüedad de la acusación moral inicial para traducirse en delitos económicos y administrativos concretos y tangibles. Diocles fue hallado culpable de malversación de fondos, abuso de autoridad, uso o manejo indebido de recursos económicos, ocupación ilícita de edificios y falsificación documental pública. Entre las acusaciones específicas que la prensa de la época utilizó para cimentar su imagen de jerarca corrupto, se destacó la compra arbitraria de 200 carros por un valor superior a los $40,000, distribuidos a discreción a quien él quisiera. El hombre que administraba la logística de la nación terminaba condenado por devorar sus propios recursos. Pero más allá de los automóviles y los documentos falsificados, la condena de Diocles Torralba cumplió una función política vital: el escarmiento. El régimen, acorralado internacionalmente por las acusaciones de vínculos con el cártel de Medellín, necesitaba construir una narrativa de limpieza absoluta. No bastaba con eliminar a los militares traficantes. Había que amputar la supuesta corrupción moral de la élite revolucionaria. Torralba fue el chivo expiatorio perfecto para disciplinar a toda la cúpula civil y gubernamental. Su caída envió un mensaje aterrador y vertical: nadie, absolutamente nadie, ni un capitán de la Sierra Maestra, ni un ministro, ni un vicepresidente atrincherado en sus privilegios estaba por encima del poder de Fidel y de Raúl. La purga había escenificado la destrucción de un hombre para garantizar la sumisión de todos los demás.

Las pesadas puertas de la prisión se cerraron para Diocles Torralba en el verano de 1989. Atrás quedaron los despachos ministeriales, las escoltas, el poder absoluto y el eco victorioso de la Sierra Maestra. Y las fiestas también. El hombre que alguna vez dirigió la maquinaria logística de todo un país se convirtió de la noche a la mañana en el recluso de una causa separada. De su implacable condena a 20 años de privación de libertad, cumplió aproximadamente la mitad. Fue excarcelado hacia finales de la década de los 90, regresando a unas calles que ya no le pertenecían. Pero la verdadera condena impuesta por el castrismo no termina con el encierro físico. Su fase final es el olvido institucional. Diocles Torralba pasó a vivir como un fantasma en La Habana, apartado por completo de la vida pública. El sistema aplicó contra él uno de sus mecanismos más clásicos y eficientes: la reescritura implacable del pasado. Diocles Torralba pasó de ser un héroe rebelde con proyección, ministro intocable y vicepresidente del Consejo de Ministros, a ser un personaje sistemáticamente borrado de todas partes, toda su trayectoria anterior. Su formación en la Academia Soviética Frunce y su lealtad de décadas quedaron subordinadas y aplastadas por el peso de su caída. Para el Estado oficial, simplemente dejó de existir. Su vida se redujo al silencio en la misma capital desde donde antes gobernaba, envejeciendo a la sombra de un proceso que nunca le perdonó sus privilegios ni sus excesos.

Para Diocles, el telón cayó definitivamente el 14 de diciembre de 2023. Diocles Torralba falleció. Ese día en La Habana, a los 84 años de edad, su muerte no fue anunciada con comunicados oficiales ni honores militares. El fin llegó de manera silenciosa, provocado por las severas complicaciones de un cáncer de colon metastásico. Atrás dejaba un rastro humano y familiar marcado por el estigma. Le sobrevivieron su viuda Patricia, sus cinco hijos vivos (una hija murió), Diocles, Eleri, Ami, Rafael y Diocles Segund, y sus hermanos Rosa y Tomás. De acuerdo con fuentes familiares citadas por la prensa independiente, la última voluntad del antiguo jerarca fue clara y escueta: sus restos serían cremados. Con el fuego de esa cremación, Torralba se llevó a la tumba los últimos secretos no revelados de 1989. Las palabras exactas que se pronunciaron en su casa de Miramar, las verdaderas intenciones detrás de su arresto paralelo y las piezas perdidas del caso Ochoa quedaron reducidas a cenizas.

La figura de Diocles Torralba es hoy el retrato más crudo, quizás, de las contradicciones internas del poder cubano. No fue el acusado principal de la causa número uno. No enfrentó al pelotón de fusilamiento en la madrugada del 13 de julio. Oficialmente, ni siquiera se le condenó por narcotráfico o por traición. Sin embargo, su caída fue una pieza lateral, pero muy significativa, del gran ajuste de cuentas del régimen cubano. Fue la exposición calculada y humillante de una élite revolucionaria que vivía sumergida en el privilegio mientras exigía austeridad a un país al borde del abismo. Su legado no es el de sus años como ministro de transporte o ministro del azúcar. Su legado es lo que su caída nos revela sobre las entrañas del sistema: la inmensa opacidad, las rivalidades internas silenciosas y el uso político implacable de los procesos judiciales en la cúpula cubana. Diocles Torralba nos demuestra la tolerancia selectiva de un régimen que permite lujos y abusos mientras el cuadro político es útil, pero que los convierte en crímenes morales irreversibles cuando necesita fabricar escarmiento y disciplinar a los suyos. ¿Fue Diocles Torralba un chivo expiatorio civil necesario para que el alto mando militar cubano limpiara sus propias culpas o simplemente un dirigente atrapado en la red de su propia ambición y vida disipada? La historia está llena de matices y quiero aquí escuchar tu perspectiva. Deja tu comentario, tu opinión en la caja de comentarios, porque debatir es el primer paso para desenterrar la verdad. Si este recorrido por las sombras del año 1989 te ha parecido valioso, apóyanos con un me gusta, suscríbete al canal y activa la campanita para que no te pierdas nuestras próximas inmersiones en el pasado y el presente de Cuba. Yo soy Víctor y como siempre te digo, esto es Secretos de Cuba. Hasta el próximo expediente secreto.