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Domingo XIII Ordinario 2026 (Mt 10,37-42). Jesús no te pide nada, hoy te hace una promesa.

Padre Eugenio Fernández Herrera17:48

Transcription

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: "El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí. El que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta. Y el que recibe a un justo, porque es justo, tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa."

Palabra del Señor.

Nos podemos sentar, hermanos. Señor, que nos quiere tanto, ojalá tengas hoy esa certeza. El amor de Dios, que el Señor que nos quiere tanto, nos da siempre la palabra que necesitamos.

Es curioso porque hoy estamos aquí muchos de diferente. Venimos cada uno de nuestro mundo, de nuestras situaciones, nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestras alegrías, lo que sea, lo que hayamos vivido esta semana, lo que hayamos vivido hoy. No lo sé. No sé cómo has venido hoy, pero sí sé que esta palabra es para ti.

Eh, siendo tan diferentes, el Señor nos da la palabra que todos los que estamos aquí necesitamos, cada uno, porque el Señor hoy viene a hablarnos a cada uno de nosotros. No, no da una palabra en general. Mira, os voy a dar una palabra: "Ta, ta, ta". Ya vale. Miren a ver, mirad a ver qué hacéis cada uno y ya está. No, el Señor que ve tu sufrimiento, que ve tu corazón, que ve mi sufrimiento, que ve mi corazón, nos da, te da y me da esta palabra que es la que te puede ayudar, la que te puede levantar, la que te puede resucitar.

La Eucaristía, hermanos, tiene dos cosas maravillosas. Esto no es: "Venimos por cumplir". No, no, no, no venimos porque toca. La Eucaristía nunca venimos porque toca. La Eucaristía venimos porque lo necesitamos.

Y la Eucaristía es, primero, el mayor exorcismo que existe. El mayor exorcismo. O sea, tú vienes con demonios aquí, ahora mismo todos están callados, todos los demonios. Tu demonio de lujuria está calladito ahí, ¿verdad? No se atreve a salir porque como salga lo cojo yo y le doy cuatro vueltas yo. Y el de soberbia tampoco. Es el mayor exorcismo que hay en la Eucaristía.

Salimos de aquí nuevos, renovados, pero también tiene una cosa maravillosa la Eucaristía: que venimos muertos y salimos resucitados. No solo nos exorciza el Señor, sino que nos resucita. Por eso es maravilloso, hermanos. ¿Y quién hace esto? Lo hace Cristo. Simplemente, ¿cómo? Sentándote tú ahí a escuchar.

Puedes venir no a abrir la boca, venir con cara de estar hasta las narices de toda tu vida, de tu mujer o de tu esposo o de tus hijos o del trabajo, o del país o de los políticos, que no me extrañaría nada, o de lo que sea. Puedes estar hasta las narices de todo, pero tiene algo la Eucaristía.

A mí, por lo menos, yo a veces he llegado a celebrar hasta seis eucaristías en un día. En Colombia, cuando estaba allí en misión, me tocaba a veces seis eucaristías, el domingo seis eucaristías. Bueno, pues ya está. Y las seis maravillosas. Terminaba hecho polvo, claro, terminaba hecho un desastre, pero feliz, resucitado. Y cada eucaristía, resucitado.

Y hay eucaristías que uno, os lo digo como sacerdote, que uno como presbítero que tiene que celebrar algún funeral, alguna alguna cosa así que que nadie responde nada, ¿verdad? "El Señor esté con vosotros". Nada. Y aun así a mí me ayuda la Eucaristía. Es maravilloso.

Bueno, os digo esto, hermanos, porque de las cosas más importantes que tiene la Eucaristía verdaderamente es pasar al banquete eucarístico, es recibir a Jesucristo en ti, es unirte a Cristo, por supuesto. No es lo mismo venir y comulgar a venir y no comulgar. No es lo mismo. No es lo mismo.

Pero es que es importantísimo y dedicamos mucho tiempo a la palabra. Porque cuando tú amas a alguien, tú le hablas, y el Señor, la prueba de que nos ama, es que nos habla. Por eso hemos dicho después de cada palabra: "Palabra de Dios". Ojo, que no es palabra de cualquiera, es Dios que te está hablando porque te quiere.

Dicho esto, hermanos, que es como el aperitivo, es el abrebocas, no he empezado la homilía todavía. Así que esperad y aguantad. Voy a ser breve hoy. Quiero deciros que esta palabra es prodigiosa porque el Señor hoy nos hace una promesa. Vienes destruido. El Señor te da esperanza porque, fijaros, todas las palabras tienen una promesa encerrada.

La primera lectura, que el profeta Eliseo visita un matrimonio que no tienen hijos y lo acogen con un amor inmenso. Acogen al profeta porque saben que viene de Dios. ¿A cuántos profetas acoges tú? ¿Tú acoges verdaderamente al profeta? Para que Dios actúe en tu vida. Para que Dios actúe en mi vida, yo estoy llamado a acoger al profeta. Profeta es aquel que Dios ha enviado a mi vida, al ángel. Llámalo como quieras: ángel, apóstol, profeta, discípulo, enviado, como quieras. Pero el Señor a todos nosotros nos envía alguien, y estas personas acogen al profeta y hay una recompensa maravillosa.

Les dice: "El próximo año, por esta época, tú estarás abrazando un hijo". No podían tener hijos por lo que sea, serían estériles, o muy mayores, yo que sé. "Tú estarás abrazando un hijo". El Señor hace una promesa a estas personas, y te la hace hoy a ti. También Dios quiere que tú abraces un hijo. ¿Y qué quiere decir abrazar un hijo? Quiere decir ser feliz. Acordaros de Abraham. La felicidad de Abraham era tener un hijo y una tierra porque era un hombre fracasado, que no tenía una descendencia y no tenía una tierra, y al final Dios se la da. Este tener este hijo es Jesucristo. O sea, la promesa que nos está haciendo el Señor es que tú vas a engendrar dentro de ti a Jesucristo como María. El cristiano es figura de María o al revés, si lo quieres decir: María es figura del cristiano. Quedamos en embarazo de Cristo.

Bueno, luego viene el salmo y nos hace otra promesa. Todos son promesas. Hoy el Señor. Y te digo una cosa: el que te promete cumple. Este que te está prometiendo, que es Dios, este sí cumple. No es como tu esposo que promete y no cumple. No, no, no, no. Este sí cumple. Y dice: "Cantaré eternamente las misericordias del Señor". Fijaros qué tiempo verbal es "cantaré". ¿Presente, pasado o futuro? A ver, gramática básica. "Cantaré". ¿Qué es? ¿Futuro, sí o no? Es futuro. "Cantaré". Canto, presente; canté, pasado; cantaré. Es una promesa. Algún día cantaré las misericordias del Señor. Hoy quizás no las canto porque estoy engañado, porque estoy esclavizado de algún vicio, porque estoy destruido por algún pecado, porque estoy angustiado, porque estoy fatal, pero algún día cantaré. ¡Qué promesa tan bonita que nos hace el Señor!

La segunda lectura, otra promesa, dice, fijaros: "Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él". Vuelvo a la gramática española. "Viviremos". ¿Qué tiempo verbal es? Futuro. Algún día viviremos con él, con Cristo en nuestra vida, hermanos, porque te voy a dar una buena noticia. Espero que te ayude. La buena noticia que te voy a dar no es que te has ganado la lotería, esa sería muy buena, ¿verdad? Pues esta es mejor, ¿no? No es que tu suegra se ha muerto, no, esta es mejor. Me perdonáis las suegras que estáis aquí. Dicen: "¿Por qué se mete tanto con las suegras, padre?". No sé, en verdad no sé porque no tengo, pero no sé. No es que te han ascendido en el trabajo la buena noticia, no. La buena noticia es que tú puedes hoy vivir el cielo aquí en la tierra. Hoy puedes vivir el cielo. Y vivir el cielo es estar con Cristo. Es estar con Cristo. Creemos que algún día viviremos con él, y ese día puede ser hoy. Por eso os decía que saliendo de la Eucaristía tú puedes salir a vivir con Cristo en tu matrimonio, en tu casa, con las dificultades que tengas hoy, esta semana, lo que sea.

Y el evangelio, el evangelio, hermanos, no es una exigencia de Cristo. Cuando vamos a la Biblia, yo repasaba un poquito la las lecturas de hoy en la Biblia. La Biblia que tengo yo es la Biblia de Jerusalén, que es muy buena para estudiar, para todo. Y leía y los que hacen la Biblia, cada traducción, lo que sea, les ponen un título a cada cosa, ¿no? A cada pasaje bíblico. Y este tenía un título que decía: "Condiciones para seguir a Jesús". ¡Qué título tan horrible! ¡Qué título tan horrible! Porque Cristo no nos pone ninguna condición.

Cristo no ha llamado a Pedro y le ha dicho: "Tú sígueme". Pero para seguirme, oye, no me puedes negar, ¿eh? Tienes que dejar todo y tienes que no sé qué y tienes que... No, ha dicho: "Sígueme". Y él solo ha dejado todo. Le ha dicho: "Sígueme". Y Mateo dejó su trabajo y dejó de robar. Ha dicho: "Sígueme". Y dejándolo todo, lo siguieron. El Señor no nos pone condiciones para seguirlo.

Esto que nos da hoy el Señor no es una exigencia, no son condiciones, y ni siquiera es para... porque podemos pensar: "Oye, pues esto es como muy muy exigente, ¿no? El Señor, quien ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí. Quien ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí. Tomar la cruz, perder la vida, pero eso es seguir a Cristo. Eso será para los curas y las monjas".

Pues bueno, te tengo una noticia. En aquella época no había ni curas ni monjas, había discípulos, y tú y yo estamos llamados a ser discípulos en diferente misión, por supuesto, cada uno a la misión que el Señor le ha llamado. Unos pues a ser ministros de la Eucaristía, de la confesión, de lo que sea, ministros; otros a ser matrimonio; otros a ser célibes; otros a rezar por el mundo en el monasterio, lo que sea, pero todos estamos llamados a ser discípulos, o sea, a vivir este evangelio.

Es que el evangelio, hermanos, no es... no hay dos tipos de evangelios. No hay un evangelio para la tropa común y otro para los selectos que pueden dar más. Y entonces a esos les pedimos que amen a Cristo con todo el corazón, con toda el alma y con todas... "Yo yo no soy Cristo. Yo yo puedo amar lo que puedo amar. Eh, yo no, a mí no me pidas que viva en castidad porque yo no puedo. A mí no me pidas que renuncie a mis bienes porque no lo voy a hacer". Pues te tengo una mala noticia: que no vas a ser cristiano. Entonces, "a mí no me pidas que ame al enemigo porque no lo voy a hacer. Al enemigo ni agua". Entonces, estoy diciendo refranes populares.

Y no hay dos, no hay dos maneras de ser cristianos hoy. Solo hay una. Esta. El que quiera ser discípulo mío. ¿Tú quieres ser cristiano? Ser cristiano quiere decir discípulo de Cristo. Si tú quieres ser cristiano, no puedes amar a tu hijo más que a Cristo. No puedes amar a tu mujer más que a Cristo, ni a tu esposo más que a Cristo, ni a tu padre más que a Cristo, ni a tu madre más que a Cristo. Porque es que si tú amas a Cristo, tú vas a amar a tu hijo bien, no quizá mal como lo haces ahora. Vas a amar a tu esposa bien, no mal. Vas a amar a tu padre bien y te vas a reconciliar con tu padre si amas primero a Cristo. Si lo amas más, dice: "Quien ama a su padre, su madre más que a mí".

Y es maravilloso esto porque, insisto, esto es una promesa. El Señor nos está diciendo lo que va a ser cuando tú seas cristiano. "Cuando yo sea cristiano, padre, pero si yo ya soy cristiano. Pero si yo ya soy cristiano. Este padre está loco. Pero, ¿qué está diciendo este cura? Yo soy cristiano. Yo estoy bautizado en Castro de toda la vida. Bautizado por monseñor. No sé quién, no sé quién. De misa diaria. He hecho 25 retiros de Maús. Soy de la obra. Soy del camino neocatecumenal. Yo, amiguísimo del Papa Francisco, y no soy cristiano, pero si yo soy el que ayuda en el templo al barrer, a lavar. Yo soy el que le lavo los calzoncillos al cura, el que le hace las lentejas al cura. ¿Cómo que no soy cristiano?".

Si algún día somos cristianos, amaremos a Cristo más que a nuestro padre y a nuestra madre. ¿Quieres ser cristiano? Si algún día serás cristiano, si algún día vas a ser cristiano, perderás tu vida. ¿Quieres ser cristiano? Si algún día eres cristiano, cargarás con tu cruz. ¿Quieres ser cristiano? Eso es lo que nos está diciendo hoy el Señor.

Y termino con esto. Perder la vida. Cristo ha vivido este evangelio, por eso lo dice. Cristo ha perdido su vida y dice: "El que pierda su vida, la encontrará". ¿Qué ha encontrado Cristo? Tu vida. Ha perdido su vida para ganar tu vida. Para ganar mi vida.

Me consolaba a mí, hermanos. Ya esto es una cosa mía personal. Cuando leía este evangelio y preparaba la homilía. Este, ¿cómo termina? "El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca". Ahora mismo tengo yo una sed con todos estos ropas y todas estas cosas que me pongo, ahora me bebería un buen vaso de agua fresca, como lo tomaré cuando termine la Eucaristía. Pero en el desierto de Judea, allí no te imaginas la delicia que es beberse un vaso de agua fresca cuando tienes sed. "El que dé un vaso de agua fresca a uno de estos por ser mis discípulos, no quedará sin recompensa".

Y yo me acordaba. Cuántas veces, hermanos, juzgamos a los sacerdotes. Cuántas veces, hermanos, juzgamos a las personas que dan su vida a su manera, como pueden, débiles, pobres, no son superhéroes. Y a veces basta un vaso de agua fresca. ¿Qué es? No lo tomes literal, que es escuchar. ¿Tienes algún amigo sacerdote? Escúchalo, pregúntale cómo está. Invítale a tomar algo, que llore contigo. Los sacerdotes también lloramos. Los sacerdotes nos angustiamos y no tenemos una mujer al lado para contarle nuestras tristezas. Me acordaba de eso. Digo, por si alguno le sirve y le ayuda, juzguemos menos y amemos más. Demos más vasos de agua fresca y no demos veneno.

Que así sea, hermanos.