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¡Gorbachov NO era quien decía ser! ¿Quién era en realidad?

Historias Secretas de Guerra24:03

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30 de agosto de 2022. Un hombre muere en Moscú, 91 años. Último líder de la nación más grande que ha existido sobre la tierra. 15 repúblicas, casi 300 millones de ciudadanos. El arsenal nuclear más grande del planeta. El presidente de su país le manda una corona de flores. No va al funeral. No hay ceremonia de estado. Una corona como si hubiera muerto el director de una oficina de provincia.

Ese mismo día en Occidente los canales interrumpen su programación. Los presidentes graban condolencias. Los periódicos publican portadas enteras con su cara. Lo llaman héroe, libertador, el hombre que cambió la historia. El mismo hombre, el mismo día. Dos reacciones que no pueden ser verdad al mismo tiempo.

Poco antes de morir concedió una entrevista. El periodista le hizo la pregunta que millones llevan décadas haciéndose en silencio. ¿Se arrepiente de lo que ocurrió? Gorbachov no apartó la mirada, no dudó. Hice lo que debía hacer y no me arrepiento de nada.

Bajo su mandato desapareció un estado de 70 años. Los ahorros de cientos de millones de personas se convirtieron en papel sin valor en semanas. Médicos que dejaron de cobrar, ingenieros vendiendo cigarrillos en la calle, familias que no podían comprar pan, tres generaciones sin el suelo bajo los pies y no se arrepiente de nada.

Hay dos maneras de leer esa frase. La primera, un hombre convencido de que actuó bien, aunque las consecuencias fueran devastadoras. La segunda, un hombre que sabía exactamente lo que hacía desde el principio y que por eso no tiene nada de que arrepentirse.

Más del 70% de los rusos lo consideran el principal responsable de la catástrofe de los años 90. No lo llaman libertador, lo llaman el hombre que destruyó su país. En Occidente, mientras tanto, siguió acumulando premios hasta el final. El Nobel de la Paz, contratos millonarios para conferencias, títulos honoríficos. una fundación financiada con dinero internacional, todo proveniente del mismo lado que durante 40 años había considerado a la Unión Soviética su principal enemigo, del mismo lado que más ganó cuando ese estado desapareció. Coincidencia.

Para responder esa pregunta hay que hacerse tres preguntas previas. Primera, ¿cómo es posible que el hijo de un campesino de una aldea sin nombre llegara a gobernar la superpotencia más grande del planeta? En apenas tres décadas en la Unión Soviética había millones de personas brillantes y leales que esperaban su turno durante décadas. Gorbachov subía, siempre subía, como si existiera un ascensor invisible que solo él podía usar.

Segunda, ¿por qué cada reforma que puso en marcha terminó en catástrofe? No una, no dos, cinco consecutivas, cada una dejando al Estado soviético más débil. Una vez es error, dos veces es mala suerte, cinco veces en la misma dirección es un patrón.

Tercera, ¿por qué los que más ganaron con la desintegración soviética fueron exactamente los mismos que después llenaron de honores a Gorbachov? Hoy vamos a leer los hechos en voz alta, sin teorías, con fechas y nombres. Al final tú decides.

2 de marzo de 1931, aldea de Pribolnoe, región de Stabropol, sur de Rusia. Nace Mijail Gorbachov. Familia campesina humilde, dice la biografía oficial. Padre, operador de maquinaria. Abuelo materno Pantelei Gopcalo, presidente de un coljoz. Una granja colectiva estatal. Suena normal. No lo era. Ser presidente de un colos en los años 30 era la posición más peligrosa del sistema soviético. Si la granja no cumplía los planes de Moscú, arresto. Si los cumplía demasiado bien, acusación de falsificar datos. Si alguien te delataba por cualquier motivo, desaparición. Los presidentes duraban uno o dos años antes de ser reportados o ejecutados. Era la estadística real de la época. El abuelo de Gorbachov ocupó ese cargo durante años. No le pasó nada.

1937, el gran terror. Stalin lanza purgas masivas. No hace falta haber hecho nada. Basta una denuncia. Un apellido que suena extranjero, haber conocido a la persona equivocada. Entre 700,000 y 1,200,000 personas ejecutadas en 2 años. Los presidentes de Colos. Objetivo prioritario. En ese año exacto, el abuelo de Gorbachov no fue arrestado. Fue condecorado con la orden de Lenin, la distinción más alta del estado soviético, entregada a un presidente de aldea en el peor año de las purgas. La orden de Lenin no se otorgaba localmente, requería una cadena de aprobaciones desde la región hasta Moscú. Alguien con poder real decidió que ese hombre específico merecía ese reconocimiento específico en ese momento específico. La historia oficial no explica quién ni por qué.

Llega la guerra. En agosto de 1942, los alemanes ocupan Stabropol durante casi 6 meses. Cuando el ejército rojo reconquista la región, llega el NKV de con instrucciones precisas. Investigar a toda la población que vivió bajo ocupación. Cualquier contacto con el enemigo es motivo de arresto. Decenas de miles de personas en el Cáucaso del Norte son enviadas a campos de trabajo simplemente por haber sobrevivido en territorio ocupado. La familia Gorbachov estuvo allí los 6 meses completos. No les pasó nada.

1948. Mijail tiene 17 años. Trabaja como ayudante de cosechadora. La brigada registra una buena cosecha y Mijail, con 17 años recibe la orden de la bandera roja del trabajo, una de las condecoraciones laborales más importantes del estado, entregada a un adolescente cuando adultos que trabajaban décadas enteras no recibían nada comparable. Obtenerla requería que alguien con autoridad iniciara el trámite, redactara la documentación, la elevara por los canales correctos y considiera la aprobación de varias instancias sucesivas. Alguien lo hizo por un chico de 17 años de una aldea sin importancia.

1950. Con la condecoración en su expediente, Gorbachov solicita plaza en la Universidad Estatal de Moscú, Facultad de Derecho, la institución más prestigiosa del país, donde se formaba la élite del partido y la diplomacia. Competencia brutal. Hijos de la nomenclatura con colegios especiales y conexiones directas en el aparato del estado. Un chico de aldea con bachillerato rural y sin conexiones familiares visibles en Moscú. Entra en la MGU conoce a Raisa Titarenko. Filosofía inteligente, elegante, apasionada por la literatura occidental y las ideas del liberalismo europeo. Quienes los conocieron coinciden. Raisa no era simplemente la esposa. Era la voz que Gorbachov escuchaba cuando las oficiales se apagaban. Cuando años después llegue el poder, Ray estará presente en reuniones donde ninguna esposa del líder soviético había estado jamás. Para Occidente será el símbolo visible de un líder diferente, moderno, abierto, cercano. Esa imagen no surgió por accidente, fue construida pieza a pieza.

Un abuelo que sobrevive lo que nadie sobrevive, una familia ilesa donde todos son investigados. Un adolescente con honores que adultos no obtienen en toda su vida. Un chico de aldea de la universidad más competitiva del país. Una esposa que desde el primer día mira hacia Occidente con una claridad llamativa. Cada hecho por separado tiene explicación razonable. Juntos forman algo difícil de explicar, solo con talento y buena suerte. Forman un patrón. Y ese patrón continúa en Stabropol, donde un joven abogado con matrícula de honor toma una decisión que parece un paso atrás, pero que como veremos fue el movimiento más inteligente de toda su carrera o el más inteligente que alguien hizo por él.

1955, Gorbachov se gradúa con matrícula de honor. 24 años, el mejor título del país. Moscú a sus pies y vuelve a Abropol. Todo el mundo esperaba lo contrario. En Moscú había ministerios, cargos centrales, acceso directo al poder. Quedarse era lo lógico para alguien con su expediente. Pero Stabropol no era una región ordinaria y esa decisión que parecía un paso atrás fue la clave de todo lo que vino después. Kislovarzk, Piatigorsk, Yesentuki, Mineral Nievodi, los balneari más importantes de la Unión Soviética. Cada verano, cada temporada, los hombres más poderosos del país llegaban a descansar allí. Miembros del politó, ministros, generales, directores de la KGB, jefes de la diplomacia y todos tenían que ser recibidos, atendidos y acompañados por el primer secretario del Comité Regional del Partido. Eso significaba acceso directo, continuo e informal al núcleo del poder soviético. No reuniones protocolarias en despachos de Moscú, sino conversaciones durante paseos y cenas lejos de la capital. donde los hombres poderosos bajan la guardia y recuerdan a las personas con las que hablaron. Gorbachov lo entendió mejor que nadie y lo aprovechó durante 23 años. La trayectoria es precisa y sin interrupciones.

1955, estructuras del COMsomol Regional. 1961, jefe del Departamento de Órganos del Partido. 1966, primer secretario del partido de la ciudad de Stabropol. 1968, segundo secretario del Comité Regional, 37 años. 1970, primer secretario del Comité Regional, 39 años. En la era de Bresnev esto rozaba lo imposible. Los primeros secretarios regionales tenían más de 50 años con décadas de servicio. Los jóvenes esperaban, los viejos no se movían, excepto cuando alguien los movía. Y entre todos los visitantes que pasaron por Stabropol, tres dejaron una huella que cambiaría el rumbo de todo. Yuri Andropov, director de la KGB desde 1967. frío, metódico, inteligente, sabía que la Unión Soviética necesitaba renovarse y que eso requería personas nuevas, jóvenes, flexibles, capaces de comunicarse con el mundo occidental, sin perder el control. Gorbachov encajaba con precisión. Mijail Suslov, el principal ideólogo del partido, el hombre gris del Kremlin, quien construía y destruía carreras desde las sombras, conservador extremo, y aún así vio en Gorbachov algo que consideró útil. Andrey Gromico, ministro de asuntos exteriores durante 28 años, un hombre al que respetaban y temían dentro y fuera del país. Su respaldo equivalía a una garantía. Los tres visitaban Stabropol con regularidad, los tres hablaron con Gorbachov y los tres apoyaron activamente su traslado a Moscú. tres de los hombres más influyentes del país, todos convencidos del mismo joven secretario regional al mismo tiempo por razones distintas, pero con el mismo resultado.

1978, Gorbachov llega a Moscú como secretario del Comité Central Responsable de Agricultura. El salto es enorme. De dirigente regional a aparato central, apartamento en la capital, despacho en el Comité Central, acceso directo al núcleo del poder. 1979, candidato al politó. 1980, miembro de pleno derecho. 49 años. El más joven por un margen considerable. A su alrededor, Bresnev con 73 años y salud visible y públicamente deteriorada. Suslov 77. Gromico, 70. una sala de ancianos enfermos aferrados al poder mientras el país se hundía. El reloj corría. Gorbachov esperaba.

10 de noviembre de 1982. Muere Bresnev. Su sucesor es Andropov, el mismo que había identificado a Gorbachov en Stabropol. Andropov llega con energía clara. Limpiar la corrupción, restaurar la disciplina, modernizar el aparato. Por primera vez en años el estado parece moverse y hace de Gorbachov su colaborador más cercano. Pero pasan solo 15 meses.

9 de febrero de 1984. Andropov muere. Oficialmente insuficiencia renal, 69 años. Había comenzado reformas reales y desaparece antes de consolidarlas. llega Constantín Charnenko, gravemente enfermo desde el primer día, apenas puede hablar en público, no gobierna de manera efectiva, todos lo saben.

10 de marzo de 1985, Chernenko muere. Tres secretarios generales en menos de 3 años, sin precedentes en la historia soviética y cada muerte deja el camino un poco más despejado para el mismo hombre.

11 de marzo de 1985, el politó elige al nuevo secretario general. Gromico toma la palabra y pronuncia una frase que todos recordarán. Este hombre tiene una sonrisa agradable, pero dientes de hierro. La votación es unánime. Mijail Gorbachov, 54 años, secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, el cargo más poderoso de la segunda superpotencia del mundo. El nieto del presidente de Colos, que sobrevivió el gran terror, el adolescente que alguien condecoró con 17 años, el chico de aldea al que alguien abrió las puertas de la MGU. El secretario regional, al que tres de los hombres más poderosos del país empujaron hacia arriba durante 20 años, ha llegado al Kremlin.

Los primeros meses parecen exactamente lo que el país necesitaba. habla sin leer papeles, es enérgico, directo, moderno, el país cree. Pero debajo de esa imagen hay algo que solo se vuelve visible cuando miras los 6 años siguientes completos con todos los datos sobre la mesa. Cada decisión importante tocará exactamente uno de los pilares que sostienen el sistema soviético y cada vez que uno de esos pilares sea tocado, no se fortalecerá, se debilitará sin excepción.

1985. El país espera reformas económicas. Lo que recibe es una campaña contra el alcohol. El problema era real. Consumo altísimo, productividad en caída, esperanza de vida masculina bajando. Pero la solución fue demoledora. Se cerraron destilerías, se limitó la producción, se arrancaron viñedos enteros en Georgia, Moldavia y Crimea, variedades únicas de uva destruidas en semanas por orden del estado. Los ciudadanos empezaron a producir alcohol casero masivamente. El azúcar desapareció de las tiendas y el estado perdió ingresos fiscales equivalentes a decenas de miles de millones de rublos anuales, justo cuando el precio del petróleo, principal fuente de divisas soviéticas, se desplomaba a la mitad. Primer golpe. Las finanzas del Estado empiezan a sangrar en el peor momento posible.

Abril de 1986. Ternó explota. Las autoridades locales minimizan lo ocurrido desde el primer momento. Los habitantes de Pripiat, a 3 km del reactor, pasan la noche sin saber nada. Al día siguiente, algunos llevan a sus hijos a ver el incendio desde los puentes porque nadie avisó del peligro. La evacuación tarda 36 horas. Gorbachov tarda 18 días en hablar públicamente del desastre. Chernóyl no destruyó solo un reactor. Destruyó la idea de que el Estado protegía a sus ciudadanos, que cuando algo grave ocurría, la autoridad decía la verdad. Esa confianza no se recuperó. Se acumuló en forma de desconfianza que alimentaría todo lo que vendría después.

Ese mismo año, la Glassnost. Apertura informativa. Los archivos se entreabren. Los periódicos publican lo que durante décadas estaba prohibido. Purgas, crímenes, desastres enterrados bajo capas de propaganda. La intención era que un sistema capaz de mirarse al espejo podría corregirse. El problema fue que nadie calculó lo que ocurre cuando derrumbas la narrativa que mantiene unida a una sociedad sin ofrecer ninguna otra en su lugar. El vacío no fue llenado por ningún nuevo relato y una sociedad sin narrativa común empieza a fragmentarse. Segundo golpe, colapso ideológico del Estado desde dentro.

1987, la perestroica económica. Las empresas estatales deben ser responsables de sus propios resultados. El plan centralizado se afloja. Se permite cierta iniciativa privada limitada. El sistema soviético no estaba diseñado para funcionar a medias. Era una máquina que necesitaba control total o libertad total. A medias se bloqueaba. Los gestores no sabían tomar decisiones de mercado. Los precios seían fijados por el estado. La planificación se relajó sin que nada la reemplazara. Resultado, sin plan y sin mercado al mismo tiempo. Las tiendas se vaciaron no por falta de producción, sino porque el sistema de distribución había perdido su lógica interna sin encontrar una nueva. Las colas se convirtieron en el símbolo de la época. Tercer golpe, escasez generalizada y erosión cotidiana de la fe en el sistema.

1988, la 19ena conferencia del partido. Se crea un nuevo órgano legislativo con elecciones parcialmente competitivas. El Partido Comunista pierde su monopolio constitucional sobre el poder. El partido no era solo una organización política, era la columna vertebral de todo: economía, ejército, administración, medios, educación. Cada decisión importante en cada rincón del país pasaba por alguna estructura del partido. Al retirarlo del centro, Gorbachov no creó una nueva institución que llenara ese espacio. Creó un vacío a secas. Las élites regionales empezaron a actuar por su cuenta. Cada República buscó su propio camino. Ese mismo año está ya los primeros conflictos interéctnicos abiertos. Nagorno Carabaj, Fergumgit. El centro ya no parecía todopoderoso. Cuarto golpe. Desintegración del mecanismo central de control.

1989. El ejército soviético completa su retirada de Afganistán. 10 años de guerra, 15,000 soldados muertos. Una retirada sin victoria transmitida en directo ante todo el mundo. Ese mismo año caen los regímenes comunistas en Europa del Este, uno tras otro. Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumania. En noviembre cae el muro de Berlín. Moscú no interviene. En la época de Bresnev la intervención era automática. Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968. Ahora el mundo ve que ese mensaje ha caducado y dentro de la Unión Soviética la pregunta ya está en el aire. Si Moscú no puede mantener el control sobre Polonia, podrá mantenerlo sobre Ucrania, sobre Lituania.

1990. Se elimina el artículo sexto de la Constitución, el que garantizaba al Partido Comunista su papel de fuerza dirigente del Estado. Las repúblicas bálticas declaran independencia, casi todas las demás declaran soberanía, la economía en caída libre, las tiendas vacías, los salarios no alcanzan. Quinto golpe. El partido sin poder legal, las repúblicas separándose. La economía en colapso. La sociedad sin rumbo. Cinco reformas. Cinco pilares distintos del sistema soviético tocados en orden sucesivo. El fiscal, el ideológico, el económico, el político, el constitucional e internacional. Cada golpe dejó al sistema más débil. Cada golpe creó las condiciones que hacían necesario el siguiente, como si alguien hubiera estudiado la arquitectura del edificio y elegido con precisión qué retirar y en qué orden para que el colapso fuera total. Incompetencia, buena intención con resultados imprevistos o algo calculado con más precisión de lo que la versión oficial admite. Los hechos no responden esa pregunta directamente, pero muestran algo difícil de ignorar. Cada golpe benefició exactamente a los mismos actores, los mismos que llevaban décadas buscando ese resultado. Los mismos que después llenaron de premios y dinero al hombre que los dio. Y ahora viene el final.

Marzo de 1991. Gorbachov convoca un referéndum. La pregunta es directa. ¿Quiere usted preservar la Unión Soviética como una federación renovada? El 77% vota que sí. Tres de cada cuatro ciudadanos quieren que el país continúe unido. Es el mandato democrático más claro que ha recibido en toda su carrera. No sirve para nada. Las élites ya habían tomado otra decisión y los ciudadanos que acababan de votar con total claridad no serán consultados de nuevo.

Agosto de 1991. Gorbachov descansa en Crimea cuando llega la noticia. Un grupo de altos funcionarios ha formado el Comité Estatal para el Estado de Emergencia. El vicepresidente, el ministro de Defensa, el director de la KGB, tanques en las calles de Moscú, Estado de emergencia, medios independientes suspendidos. El golpe fracasa en 72 horas, no porque el ejército lo aplastara, sino porque los propios militares se negaron a avanzar contra la población, porque miles de ciudadanos salieron a rodear el parlamento con sus cuerpos, porque Yelsin subió a un tanque y pronunció un discurso que dio la vuelta al mundo. Los organizadores se rindieron. Gorbachov regresó a Moscú, pero lo que regresó ya no tenía poder real. El partido fue suspendido, sus bienes confiscados, sus estructuras disueltas en cuestión de días. El esqueleto que había sostenido la Unión Soviética durante décadas dejó de existir legalmente. Sin ese esqueleto quedaba solo la apariencia exterior de un estado que ya no tenía interior.

8 de diciembre de 1991, Vela Becha, un bosque en el oeste de Bielorrusia, cerca de la frontera con Polonia. Tres hombres en una habitación. Yelsin, presidente de Rusia. Krapchuk, presidente de Ucrania, Shushkevic, presidente de Bielorrusia. Sin cámaras, sin periodistas, sin representantes de las otras 12 repúblicas, sin consulta popular, sin ningún proceso legal establecido en ninguna Constitución. Firman un documento de pocas páginas. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas deja de existir. 74 años de historia, el estado más grande del planeta, casi 300 millones de personas, liquidado con tres firmas. sin guerra, sin revolución, sin preguntar a los ciudadanos que 9 meses antes habían votado por mantener su país unido. Cuando Gorbachov recibe la llamada, ya es un hecho consumado. No se le ha consultado, no se le ha pedido aprobación, se le notifica. El presidente de la Unión Soviética se entera de que su país ha dejado de existir por teléfono.

25 de diciembre de 1991. Gorbachop aparece en televisión, lee un discurso breve, anuncia su renuncia, firma la transferencia del control nuclear a Yelsin. A las 7 de la tarde, la bandera roja es arriada del Kremblin, sin ceremonia, sin discurso final, sin despedida. La bandera baja, la rusa sube y eso es todo. 74 años. El estado que derrotó a Hitler lanzó el primer satélite al espacio y mantuvo en vilo al planeta durante cuatro décadas, terminado en silencio de noche, mientras sus ciudadanos miraban la televisión sin comprender lo que estaban viendo.

Lo que vino después pocos lo cuentan completo. Los activos que el Estado soviético había construido durante décadas pasaron a manos privadas a través de procesos que los propios economistas que los diseñaron reconocieron después como irregulares. Un pequeño grupo con las conexiones adecuadas se convirtió en multimillonario en cuestión de años. El resto perdió sus ahorros, sus empleos y, en muchos casos, su salud. La esperanza de vida masculina en Rusia cayó de 64 años a 57 en solo 5 años. una caída sin precedentes en tiempos de paz en ningún país industrializado moderno. Y mientras todo eso ocurría, Gorbachov vivía otra realidad, el Nobel de la Paz, honorarios millonarios por conferencias en universidades americanas y europeas, una fundación propia financiada con dinero internacional, reconocimientos que siguieron llegando durante más de tres décadas. Todo desde el mismo lado, del mismo lado que más había ganado. Los que más perdieron fueron exactamente los mismos que nunca fueron preguntados.

La versión oficial dice, "Quiso reformar el sistema. Las reformas se le fueron de las manos. Fue una tragedia involuntaria." Puede ser verdad, pero existe otra lectura. Una familia protegida durante décadas por coincidencias que desafían la probabilidad. Una carrera que subió como ninguna otra sin ayuda visible. Tres de los hombres más poderosos del país, convergiendo sobre el mismo joven durante 20 años. Cinco reformas que demolieron cinco pilares distintos del Estado, siempre en la misma dirección, y al final premios y dinero exactamente de quienes tenían razones objetivas para desear ese resultado desde el principio. No hay documento que pruebe una conspiración, tampoco hay uno que la descarte. Lo que hay son hechos y los hechos alineados dibujan una figura que no encaja con la imagen del reformador bien intencionado, que simplemente tuvo mala suerte cinco veces seguidas.

La pregunta más importante no es si Gorbachov fue un traidor o un idealista. La pregunta más importante es esta. ¿Cómo es posible que el destino de casi 300 millones de personas fuera decidido por tres hombres en un bosque de Bielorrusia en una noche de diciembre sin que nadie más pudiera decir nada? Esos 300 m,000000 habían votado 9 meses antes con total claridad lo que querían. Nadie les pidió que votaran de nuevo. Nadie les explicó lo que se firmaba en ese bosque hasta que ya estaba hecho. Si eso ocurrió una vez con esa facilidad, la pregunta no es solo la Unión Soviética, la pregunta es sobre cómo funciona realmente el poder en el mundo. ¿Quién toma las decisiones que afectan a millones? ¿Y cuántas de esas decisiones se toman en habitaciones a las que ninguno de esos millones tiene acceso? No tengo una respuesta definitiva, pero hacerse esa pregunta con todos los datos sobre la mesa, sin apartar la vista ya es el primer paso hacia pensar por uno mismo.