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Me da tanta alegría poder celebrar esta Eucaristía con todos ustedes en esta mañana y poder traer en oración sobre este altar la vida de nuestros enfermos. Los que hemos caminado al lado de un enfermo por mucho tiempo sabemos lo que implica el cuidado de un enfermo. Sabemos lo que implica el desgaste en el cuidado de un enfermo y sabemos lo que implica el ser capaces de mantenerse fiel en esa prueba tan grande, sin renegar, sin generar incomodidad y procurando siempre el bien con calidad de vida de esa persona.
Por eso hoy con alegría traemos a nuestros enfermitos en este altar, pero también traemos a los cuidadores de los enfermos, esas personas que no solamente cuidan al enfermo, sino que están cuidando también su enfermedad al ser cuidadores, porque se van gastando, porque se van fatigando y porque en ocasiones también en ellos se va robusteciendo la desesperanza al ver que parecieran infructuosos sus esfuerzos.
Es maravilloso que el Señor nos encuentre hoy alrededor de una palabra como la que acabamos de escuchar. Y por eso vamos a entender muy bien lo que el Señor nos va sugiriendo, porque no es solamente la enfermedad física. Muchos de los enfermitos que usted ve postrados en una cama, que usted juzga su enfermedad desde afuera, le aseguro que su enfermedad más grande está adentro. A veces es la enfermedad de saberse solos y están enfermos hacia afuera, pero a veces la enfermedad más dolorosa es verse en la enfermedad abandonados de sus hijos. Y a veces llega la enfermedad de la tristeza al sentir sencillamente una cantidad de exigencias y de requerimientos de aquellos que desde afuera les piden más cuando ellos no tienen fuerzas para dar más. La enfermedad más triste no es la de afuera, es aquella que no se ve.
Y es posiblemente la que vivió un rey llamado Salomón. Un hombre tan sabio, un hombre que hasta la reina de Saba vino a verlo porque había escuchado de él maravillas. Y cuando llegó donde él dijo, "Esto no es nada de lo que yo escuché, es mucho más." Y empezaron a llenar de regalos al rey Salomón. Y llegó el momento en el que su vida y su interior llena de halagos y de superficialidades, empezó a robustecer una enfermedad interna que se llama la soberbia, que todos la tenemos en mayor o menor grado y que hizo que en algún momento terminara desviando la mirada de Dios. Ustedes van a seguir escuchando las lecturas durante estos días del libro de los Reyes y se van a dar cuenta como ese hombre dotado de una gran sabiduría, no de conocimiento, sino del temor de Dios y de la manera de saber vivir la vida bien, empieza a vivir mal. Es decir, negoció su sabiduría y empezó a enfermarse en su interior. Porque cuando a uno lo llenan de halagos, uno empieza a comprometer sencillamente su humildad, su vida y su proyecto de felicidad.
El Papa León XIII ha escrito una carta, un mensaje con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo. Y es una carta preciosa porque coge el evangelio del buen samaritano o del samaritano misericordioso y empieza a desarrollar unas ideas extraordinarias y una de las ideas que llama la atención es invitarnos a no tener una compasión pasiva. "Ay, qué pesar de ese enfermito, home. Es que mira como está de acabado, de acabada. Ay, como era de fuerte. Mira cómo está de débil." No, el Papa León XIII dice, "No, porque te convertís en el sacerdote que dio un rodeo y pasó de largo. Te convertís en el levita que dio un rodeo y pasó de largo." Y entonces tenés que detenerte frente al enfermo y el que te está necesitando, pero no con una compasión pasiva, sino activa.
Y por eso nos llama a entender una cosa. Hay personas que le dicen a uno, "Padre, es que yo no le hago mal a nadie." Es que el problema no es que no le hagas mal a nadie, es que no le haces el bien a nadie. Atención a eso. Yo no le hago el mal a nadie. Maravilloso. Pero es que tampoco le haces bien a nadie. Y el Papa León nos impulsa a que entendamos que nuestros enfermos necesitan que les hagamos el bien. Es decir, ir un poquito más allá de lo que se nos está pidiendo. Padre, es que cuesta mucho. Entonces, estás encontrando una cosa que se llama mérito. Padre, ¿y qué es el mérito? Es el aplauso de Dios, no del mundo. Por eso no reniegues frente a un enfermo y no le cuentes al mundo lo que estás haciendo para que no se pierda el mérito de esa gracia que es un don.
No merecen nuestros enfermos, nuestro cuidado cuando se enfermaron cuidándonos a nosotros. Es que nosotros somos la razón de ser de sus enfermedades. Perdieron la vista mirándonos a nosotros. Fueron perdiendo la movilidad en sus manos, preparándonos alimentos, mojándose acalorados o acaloradas y lavando ropa para que nosotros estuviéramos bien. Y sus rodillas se fueron estropeando y sus pies se fueron volviendo cada vez más lerdos cuando salían detrás de nosotros a buscarnos para que no nos perdiéramos. No merecen esas personas que están hoy en la cama necesitadas, no merecen de nuestro cuidado y de nuestra atención. Amigos, es para tener un derroche de amor y de generosidad. Es para exaltarlos y ensalzarlos y no cansarnos de darles gracias a nuestros enfermos, porque como las velitas se fueron apagando, entregando la luz.
Nos dice el Papa León que tenemos que vencer la indiferencia. Por eso un autor decía, "Lo contrario del odio." Lo contrario del amor no es el odio. Lo contrario del amor es algo peor que el odio y es la indiferencia. Porque el odio te lleva a reconocer al otro. Te odio y te miro en tu rostro, pero la indiferencia ni siquiera te lleva a descubrir el rostro del otro. Y en ese mensaje que le manda a los enfermos, nos dice, "Tenés que vencer la indiferencia del que en tu casa te está pidiendo un poquito de atención y de cuidado." Y por eso nos va a regalar y nos va a invitar a que aprendamos a dar tiempo, pero un tiempo que sepa cercanía, un tiempo con calidad y que sepamos decirle al enfermo con nuestro tiempo cuánto nos importa.
El evangelio nos va a empezar a decir una cosa muy especial, que lo que más duele es lo de adentro. No duele tanto lo de afuera y una enfermedad de afuera se hace llevadera con pomaditas y con medicina. Pero lo de adentro, eso no se arregla con pomadas. "Prefiero tus golpes al golpe de tus palabras", le decía alguien a su esposo. Prefiero el golpe físico al golpe de tus palabras, porque tus palabras me hieren y me lastiman. No es malo lo que entra, dice el evangelio. Es malo lo que sale, porque lo que sale de dentro es el resultado de la podredumbre que hemos ido cosechando en el interior.
Y por eso, queridos amigos, yo no he descubierto unas lágrimas tan sinceras como las de una mujer. Y les cuento esto porque ella va a dar ese testimonio, lo va a dar delante de todos ustedes, se van a acordar de mí, y lo va a dar delante de los jóvenes de nuestra parroquia, dos grupos juveniles, uno de 70 jóvenes y el otro de 90 jóvenes. Porque cuando yo la escuchaba, yo le decía, "Tenés que contarle esto al mundo." Y venía llorando y me decía, "Padre, yo me hice unos implantes en mis senos y en mis caderas. Padre, que el mundo entendiera lo que eso significa, no se lo haría. Padre, padre, he pasado mendigando en los hospitales que me atiendan." Y llorando me decía, "Padre, me estaba pudriendo por dentro. Logré, padre, que me quitaran las de las caderas. Estoy llena de cicatrices por todas partes. Estoy, padre, vuelta nada. Y tengo a mi lado un marido que me ama con mis cicatrices, pero yo quiero gritarle al mundo, Padre, que se ocupen más de lo de adentro que de lo de afuera. Aún no me ha quitado mis senos, Padre, pero no veo la hora de que me retiren esta porquería que me empezó a robar la vida porque negocié, Padre, lo natural." Le tenés que contar esto a los jóvenes, le tenés que contar esto al mundo. Y yo no voy a generar un juicio sobre la persona que se lo hace o no se lo hace. No, lo que yo quiero es invitarlos a que nos queramos como somos y seamos capaces de dirigir una mirada al interior. Lo de afuera de pronto ya no tiene arreglo, pero Dios no te va a pedir razón de lo de afuera. Dios te va a pedir razón de lo de adentro. Hacete una cirugía en el corazón, hacéle una cirugía a tus palabras, hacéle una cirugía a tu mente, genera una cirugía y un cambio allá donde estás vuelto nada y donde nadie lo ve.
Y es seguramente, amigos, lo que el mundo nos está pidiendo, porque la enfermedad de hoy es el ocuparnos más de lo de afuera, de la fachada, que verdaderamente de un interior que comunique esperanza y que muestre a Dios. Por eso, queridos amigos, en el día del enfermo, la Iglesia, la palabra nos invita a que seamos capaces de pensar en cómo estamos allá adentro. Cómo estamos allá adentro, cómo está tu interior. Nos preocupamos por limpiarnos afuera, nos preocupamos porque la gente nos vea muy lindos afuera. Y cómo está tu corazón lleno de rabia, lleno de odio, lleno de resentimientos, rabias contenidas, cosas que no has podido sanar. Todo el tiempo estás lleno de ira, tratando mal a todo mundo, descargando tu rabia sobre los que no merecen tus insultos y tu maltrato. Entonces, estás más enfermo que aquel que está postrado en una cama, incluso conectado a unos cables, pero en la mesura, en la serenidad y en la espera de Dios. Porque vos vas caminando por las calles vuelta nada, lleno de rabia y lleno de desesperación.
Es el día del enfermo y el Señor nos invita de una manera especial a pensar de qué manera podemos nosotros empezar a tratarnos para también aliviarnos. Compasión activa, vencer la indiferencia y un poco más de tiempo. Puede que el enfermo no sea el otro, puede que el enfermo seas vos y entonces te tenés que mirar con mucho amor y te tenés que regalar tiempo para que empecés a sanarte. Que nos ayude el Señor y nos conceda a todos nosotros esa gracia, la gracia bonita de ocuparnos más de lo de adentro que de lo de afuera. Digan conmigo, amén.